Autor: Cerebro

  • ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    Se nos dice que vivimos en un mundo donde la empatía y la preocupación por el prójimo brilla por su ausencia. Cierto es que vivimos en un mundo individualista, pero no sé a ciencia cierta si la falta de empatía caracterice fuertemente a nuestras generaciones ya que en las anteriores ello también era algo muy presente (vaya, en el siglo XIX se pensaba que los negros estaban en una posición intermedia entre el humano y el animal). Lo cierto es que, en muchas ocasiones, tenemos problemas para empatizar y comprender al prójimo, y ello muchas veces es un problema.

    Aunque se nos diga que somos una sociedad individualista, lo cierto es que seguimos viviendo en una sociedad dentro de la cual estamos interconectados con los demás. No somos individuos aislados, sino individuos que viven en comunidad y que se explican por su relación con los demás. La empatía y la compasión básicamente son elementos del tejido social.

    El liberalismo no niega, como algunas personas podrían pensar, el componente colectivista y de bien común. Más bien presupone que el hecho de que los individuos busquen satisfacer sus intereses derivará en un bien común que está impreso en la famosa mano invisible de Adam Smith, quien en su libro Teoría de los Sentimientos Morales hace énfasis en la empatía y la preocupación por el otro. En una lectura superficial, habrá quien asegure que Smith cae en una contradicción, pero no la hay porque al hablar del interés propio, no está negando de ninguna forma la capacidad que tiene el individuo para empatizar y simpatizar con los demás. Smith imagina a un individuo libre y que es, al mismo tiempo, parte de una sociedad con la cual tiene una relación estrecha.

    El liberalismo busca reducir esa coerción sobre el individualismo en aras del bien común propio de los regímenes iliberales y solo la permite en aquellos rubros donde no puede haber conciliación alguna (franja que suelen disputar los partidos conservadores y de izquierda moderna enmarcados en la democracia liberal). Asume que ambos componentes coexisten de alguna manera, y por ello es que la empatía y la compasión se vuelven muy necesarios como mecanismos bajo el cual la conducta del individuo, quien no es restringido sobremanera en su individualidad, abona al bien común y a mantener una sociedad cohesionada.

    La falta de empatía y compasión (no lástima) por el que sufre en conjunto con la ignorancia conforman un círculo vicioso que laceran el tejido social. Lo primero es un hábito y, por tanto, un acto voluntario. El segundo es básicamente carencia de conocimiento sobre aquello que pensamos debería preocuparle.

    Así, una persona que carece del hábito tendrá pocos motivos para informarse sobre lo que la otra persona está pasando. Y de la misma forma, una persona que no tiene conocimiento tendrá menos elementos para lograr preocuparse por aquella otra persona. Por ello luego escuchamos frases como «los pobres son pobres porque quieren», «¿estás deprimido? Échale ganitas» o también el hecho de que relativice la violencia contra la mujer. Es más, incluso puede llegar ocurrir una falta de empatía hacia quien guarde prejuicios, cancelando así la posibilidad de persuadirlo. Todos estos paradigmas son propios de una falta de comprensión y conocimiento.

    Al individuo siempre le parecerá más difícil empatizar con aquello que está en la periferia que con lo que está en el centro. Lo periférico, lo que sale de los estándares normales, es lo menos comprendido y lo más estigmatizado. Fíjate en las frases que mencioné en el párrafo anterior. En todos hay un componente que ha estado históricamente en la periferia: los pobres, los trastornos mentales y la violencia misma contra la mujer que permanecía en la oscuridad. Lo mismo pasa con las personas de otras razas, las personas que profesan religiones distintas a la dominante (o que profese alguna en algún lugar donde nadie profese ninguna) o aquellas que tienen otra preferencia o identidad sexual.

    Y es comprensible que sea más complicado empatizar y comprender aquello que no comprende. ¿Qué tan fácil sería para una persona que jamás ha sufrido un ataque de pánico empatizar con una que sufre ataques a cada rato? Se puede dar una idea al ver las expresiones de aquella persona que sufre, pero al no entender lo que está viendo puede sacar conclusiones equivocadas y terminar haciendo más daño a aquella persona con frases como: «échale ganitas, es cuestión de actitud».

    A este problema generalmente se suma aquello que muchos llaman la Teoría Del mundo Justo, un mecanismo psicológico bajo el cual el individuo culpabiliza a la víctima pensando en que todo mundo obtiene lo que e merece para así pensar que ello no le va a pasar a él o a los suyos. Frases como «la violaron por cómo iba vestida» o «el pobre es pobre porque quiere» son el claro ejemplo de ello. Ello también explica por qué haya quienes insistan mantener ciertos problemas o fenómenos relegados en la periferia.

    Ayer leí un tuit que generó mucha polémica, porque básicamente refleja este problema: falta de comprensión, conocimiento, y este mecanismo psicológico activado:

    Podemos ver que para esta usuaria, los trastornos de depresión y ansiedad literalmente no existen (contraviniendo toda la evidencia científica) y los reduce a estados mentales propios de gente débil de carácter. Es paradójico que hable sobre «pajas posmodernas» cuando posmoderno sería más bien el acto de relativizar o negar un fenómeno que existe objetivamente en aras de sentir una falsa sensación de seguridad y reafirmación personal: «Todo el poder está en tu mente».

    La empatía (ponerse en los zapatos de los demás) y la compasión (aquella motivación para ayudar al que sufre) son diferentes de la lástima, la cual implica un sentimiento de superioridad sobre aquel que sufre, como bien afirma Matthieu Ricard en su libro «Altruísmo». La empatía y la compasión implica colocarte al nivel de quien sufre, con todo lo que eso implica. La compasión en la definición Nietzscheniana más bien se traduce en lástima, porque ni la empatía ni la compasión (la cual baso en el libro de Ricard) implican negar las potencialidades ni la vitalidad de aquella persona que sufre. Quien las niega necesariamente está adoptando una postura de lástima que se traduce en una postura de superioridad y dominio sobre el afectado atrofiándolo. Quien siente compasión, en cambio, busca ayudar al individuo a salir adelante.

    Alguien que siente compasión por una persona que tiene un trastorno mental, por poner un ejemplo, comprenderá que dicho trastorno rebasa su voluntad y no la juzgará por ello (como hace la chica del tuit) porque sabe que objetivamente necesita ayuda y que el trastorno no es producto de alguna debilidad de carácter. Pero también esperará que quien sufre haga lo que tiene en sus manos para solucionar su problema: por ejemplo, ir al doctor y seguir sus indicaciones tales como tomarse los medicamentos, hacer meditación o ejercicio en caso de lo que aplique. Quien tiene lástima o conmiseración dirá: «pobre tipo, no puede salir adelante, hay que sobreprotegerlo».

    Esperar que el individuo tenga voluntad y tesón para poner lo que haya que poner de su parte no implica que creamos que solo con su voluntad saldrá adelante. La voluntad es condición necesaria, mas no suficiente. Quien tiene un trastorno no lo tiene por ser una persona débil sino por un desbalance químico, y quien lo tiene necesita ayuda profesional básicamente porque él solo no puede curar su problema. El trastorno es una enfermedad, no es una «mala actitud».

    El problema es que prejuicios como los que guarda esta tuitera, terminan derivando en soluciones equivocadas que perjudican a las personas que sufren una condición de trastorno, o en políticas erróneas para combatir la pobreza que van desde atribuir toda la responsabilidad al pobre (como tiende a ocurrir en la derecha) hasta como quienes lo perciben casi como un inválido «al que hay que tratar y cuidar como un animalito» (AMLO dixit).

    La empatía y la compasión por el prójimo son necesarios para comprender las problemáticas individuales y sociales. Cada problema es muy complejo y tiene muchos matices, y solo la sincera preocupación nos ayudarán a entenderlos al menos de una forma más aproximada.

    No se trata de «echarle ganitas».

  • Insabi qué pedo con el avión

    Insabi qué pedo con el avión

    Insabi qué pedo con el avión

    Hoy nos despertamos con una puesta en escena tragicómica: AMLO anunció en la mañanera que iba a rifar el avión.

    ¡Está senil! ¿Ves? ¡AMLO está enfermo! Dice la oposición, pero no entiende lo que está pasando.

    AMLO sabe lo que hace, porque bien sabe cuál es el propósito de sus palabras y sabe a quienes van dirigidas.

    Si algo conoce muy bien López Obrador son los usos y costumbres de los que menos tienen, los que viven en barrios populares o pueblos y que no tienen acceso a la información que tienen las clases medias y altas. Ellos, en lugar de hacer una fastuosa cena de navidad como las clases altas hacen, cierran las calles de su barrio para ahí festejar la posada. Ellos tiran «cuetes», y también les gustan los juegos tradicionales como las tómbolas, rifas y demás.

    A muchos nos puede parecer aberrante (si es que va en serio) que López Obrador decida «rifar» el avión presidencial. Pero ello le funciona muy bien ante sus bases (que no son idiotas e ignorantes como algunos desearían que fueran) quienes tienen una visión muy diferente del gobierno de AMLO porque sus paradigmas y el contexto en el que viven son distintos a los de quienes formamos parte de las clases medias para arriba, porque son beneficiarios de sus programas sociales, por la retórica de las mañaneras que ven y que por todo esto que su vida cotidiana está mejorando.

    Y eso es lo que no entiende la oposición, que en su burbuja se indigna y se burla cuando no entiende que el mensaje no va para ellos sino para sus bases, que viven en una realidad distinta y no entienden. De hecho, AMLO seguramente ya dio por descontado que los opositores seguirán oponiéndose.

    Con la rifa, AMLO busca no solo darle vuelta ante ellos a los cuestionamientos del avión sino fortalecer su narrativa y su posición ante quienes lo apoyan: «¡ya sé cómo hacerle! ¡Y lo voy hacer de una forma que a ustedes les va a a sonar familiar!

    La oposición tendría, en todo caso, que saber cómo comunicarse con todos estos sectores y explicarle por qué, a pesar de que perciben en la vida cotidiana una mejora (que podría llegar a ser ilusoria en caso de que AMLO no corrija el rumbo), López Obrador está cometiendo muchos errores que a la larga les podrá llegar a afectar sobremanera. No lo saben hacer y luego se preguntan por qué López Obrador sigue siendo popular.

    Antes que los datos duros, los tecnicismos y demás, es la cotidianeidad bajo la cual la gente evalúa la gestión de un gobierno, y sobre todo lo es cuando la gente no tiene acceso a la educación que las clases medias y altas sí tienen. En su cotidianeidad, las cosas van «requetebien», y como perciben que las cosas van bien, entenderán los errores que sí perciben como parte necesaria de la «transición»: «Sí es un caos lo del Insabi, pero AMLO ya mejoró mi vida en varios aspectos, démosle chanza».

    Los opositores deberían entender más a esos sectores, acercarse a ellos y comunicarles lo que ellos ven del gobierno no de una fría y tecnocrática, sino de una forma en que lo entiendan. Menudo dilema, pero no hay de otra .

    Y mientras eso no ocurra, AMLO seguirá con sus ocurrencias. Rifará aviones y en una de esas organice el juego de las sillas para decidir a qué miembro del gabinete recortar. Ello le es muy familiar a la gente «del pueblo», ello genera la percepción de un presidente cercano, que sí los entiende. Y en un contexto así, la oposición, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, se encuentra en desventaja.

    Rifar un avión es aberrante y debe de serlo, pero no es un acto de locura. AMLO sabe lo que hace.

  • ¿A poco el liberalismo también es colectivista?

    ¿A poco el liberalismo también es colectivista?

    En muchas ocasiones se contrapone al liberalismo con el colectivismo y por ello muchos liberales ven lo colectivo como algo indeseable. Pero el liberalismo en realidad tiene un componente colectivista (referido en el sentido filosófico y político y no en la definición más bien económica referida a la propiedad social de los medios de producción).

    Por un lado tenemos la idea del individualismo, la idea de que el ser humano es libre de actuar o de creer en lo que deseé. En contraparte tenemos la idea del colectivo, del bien común, que busca el bien de la sociedad como un todo.

    Los regímenes antiliberales (socialistas, confesionales, autocráticos) creen que hay que restringir en cierta medida el individualismo para poder satisfacer lo colectivo: el bien común.

    El liberalismo no niega lo colectivo, más bien que cree que ambos ámbitos (el individualismo y el bien común pueden coexistir). Esta coexistencia queda bien plasmada en la famosa «mano invisible» de Adam Smith que dice que el interés propio de los individuos derivará en mayor bienestar para el colectivo. Es esa mano invisible la que lograría, en la teoría, conciliar lo individualista con lo colectivista.

    Es, paradójicamente, el aspecto colectivista el que legitima al liberalismo. El liberalismo no dice nunca que «cada quien vea por su lado sin importar si la sociedad se sume en el caos». Por el contrario, da justificación a lo primero (individualismo) argumentando que logra satisfacer lo segundo (el bien común).

    Entonces, la diferencia entre las doctrinas liberales y las antiliberales es esa. Los liberales intentan entrometerse lo menos posible en las libertades del individuo (que no es que lo dejen de hacer por completo, ello sería utópico) mientras que los antiliberales restringen al individuo porque asumen que el individuo como tal es caótico y que los intereses propios siempre van en contra del bien común. Pero la idea de lo colectivo, el bien común, persiste tanto en el liberalismo como en el antiliberalismo.

  • ¿Insabi con sede en Houston?

    ¿Insabi con sede en Houston?

    El Insabi con sede en Houston

    Sería muy ingenuo pensar que un político va a atender su salud o la de los suyos en un lugar con una calidad de servicio más deficiente de la que se puede permitir. Ello implicaría supeditar su salud al discurso para reafirmarse en el poder, y sabemos a ciencia cierta (incluso tomando la pirámide de Maslow como referencia) que la salud siempre tiene prioridad: puede perder más al negarse a atenderse bien que contradecir su discurso (por una vez que lo haga no es como que le vaya a afectar mucho, como hemos sido testigos). Sería irracional que no tomara esa decisión.

    El político no tendrá problemas en subirse a un Jetta o en ir a desayunar a una fonda para aparentar no ser fifí, e incluso puede que ello le guste, que prefiera una fonda a un restaurant de alta cocina. Pero cuando se trata de algo tan importante como la salud, se permitirá hacer una digresión. Ya luego verá cómo se justifica o si hace como que no pasó nada.

    Este hecho recuerda que el político, por más que se diga de pueblo, pertenece a una élite (política), y en momentos tan importantes como los que tienen que ver con la salud y la de los suyos, aprovechará los privilegios que el ser parte de dicha élite le confiere (independientemente que sea el caso del nacimiento de su nieto, porque hemos visto que AMLO, su esposa y su hijo se atienden en hospitales privados de renombre). Las banderas de austeridad terminan ahí donde empiezan las necesidades del individuo.

    Porque al final el objetivo de esa narrativa, la de ser un hombre austero y parte del pueblo, no se tiene como fín a sí misma ni necesariamente es una convicción redonda, sino que tiene como fin último la legitimación para reafirmarse en el poder. El político que gobierna no puede dejar de asumirse como parte de una élite porque entonces tendría que dejar de gobernar: el acto de gobernar implica necesariamente formar parte de una élite.

    Que un político que ostenta un alto cargo se atienda en una clínica privada o extranjera no debería implicar contradicción alguna en tanto implique dinero bien habido (que su sueldo o sus ahorros lo permitan). Incluso al ciudadano mismo convendría que pueda hacerlo ya que es conveniente que quien lo gobierne goce de buena salud.

    Pero es el mismo López Obrador el que ha creado una contradicción donde no debería de haberla. Él es quien, al asumirse como parte del pueblo, reniega formar parte de una élite o de una posición privilegiada cuando sí lo hace ya que va implícito al ejercicio del poder. Tanto tiempo criticó a los otros políticos por atenderse en hospitales privados, que se terminó viendo mal a la hora de hacer lo mismo.

    Porque lo que debería importar es que aspire a mejorar los servicios de salud de los ciudadanos, no el opuesto: que empeore los que él recibe.

  • El algoritmo censor

    El algoritmo censor

    El algoritmo censor

    Tal vez muchos no se han dado cuenta, pero los censores del siglo XXI ya no son personas, sino algoritmos.

    Es la inteligencia artificial quien puede tomar la última decisión a la hora de juzgar a un usuario quien, aparentemente, ha contravenido las normas dentro del ciberespacio.

    Basta ver a Youtube (sobre todo estas últimas semanas con los últimos cambios en sus políticas). Los creadores de contenidos buscan sortear al algoritmo censor para evitar ser monetizados. Hoy hablan de la influencia del «nopor» en la sexualidad, o de la cultura del «n@rk0». Saben que están lidiando con un robot que analiza los contenidos arrojados en esa red social, y por tanto buscan la forma de engañarlo.

    Un ser humano sabe a lo que esos contenidos se refieren, y sabe que quienes lo consumen también lo saben. Pero el algoritmo no (al menos por el momento), porque no tiene consciencia propia y tan solo es producto de ciertos inputs que lo definen y lo restringen (por más que tenga la capacidad de «aprender» por medio del machine learning). Peor aún, el algoritmo adopta los sesgos de su creador. Si el creador tiene prejuicios sobre algún tema o algún colectivo de personas, posiblemente, en alguna medida, el algoritmo terminará adoptándolos.

    Pero así como al algoritmo se le puede engañar entendiendo su propia lógica, también dentro de ella es infalible y rígido. Si el algoritmo se «equivoca» es básicamente porque su construcción (por un agente externo como el ser humano) es perfectible, pero no se equivoca en sí mismo, es el agente externo el responsable de sus falencias. El algoritmo sigue a cabalidad las indicaciones que lo forman, por más sofisticadas que sean, y nunca se sale de ellas.

    Por ello, el algoritmo no es alguien a quien se pueda persuadir ni se le puede apelar a sus emociones. El algoritmo es implacable: si concluye que tal contenido contraviene las normas, entonces aplica la sanción correspondiente sin piedad alguna. Así, Youtubers son sancionados por publicar ciertos contenidos con base en un frío y mecánico análisis que no saldrá nunca de los límites del algoritmo mismo. El algoritmo es capaz de detectar groserías en el audio e incluso es capaz de analizar imágenes y determinar si hay alguna esvástica o algo que aparente ser un desnudo.

    Los Youtubers no tienen más de otra que apelar la decisión de tal forma que sean seres humanos los que lo revisen. Pero si los algoritmos están ahí es para agilizar actividades que con los seres humanos serían mucho más lentas. Entonces posiblemente pasen varios días para que aquel otro ser humano llegue a la conclusión de que fue una imperfección del algoritmo el que sancionó injustamente al Youtuber y retire la sanción. Sin embargo, el daño ya estará hecho.

    En Facebook esto también ha sido un problema donde la presencia de los algoritmos censores, más que sortear los sesgos e intereses propios de los seres humanos, los exponencian.

    Esto ocurre porque es un ser humano quien decide mandar a juicio a otro (donde los algoritmos son los jueces). Resulta que, en aras de crear un «mejor espacio de convivencia», los usuarios mismos reportan los contenidos que les parecen molestos. Un algoritmo analiza el contenido y emite un veredicto. ¿Cuál es el problema?

    Que es muy común que muchos usuarios reporten aquellos contenidos que les parezcan incómodos, no porque sean agresivos o atenten contra alguien, sino simplemente porque no están de acuerdo con ellos o simplemente porque desean silenciar a quien piensa diferente. El algoritmo, por su parte, es incapaz de determinar la intención con la que la denuncia se hizo, éste solo verifica el contenido, la razón por la cual el demandante hizo la denuncia y que especifica en su plataforma (que si es discriminación o contenido violento) y entonces decide si sancionar o no al usuario en cuestión.

    La denuncia toma fuerza si son varios los denunciantes ya que el algoritmo asume que si son varios quienes denunciaron el contenido, es porque este molesta a mucha gente. Pero es posible, y ocurre muchas veces, que los denunciantes se han puesto de acuerdo para buscar silenciar a tal o cual persona.

    Por ejemplo, basta con subir una esvástica con fines ilustrativos para que otros usuarios lo denuncien y el algoritmo decida sancionar al usuario por hacer «apología al nazismo» cuando esa nunca fue su intención.

    En Facebook también puedes apelar el frío y mecánico veredicto del algoritmo. Pero, igual, como los humanos son más lentos, más ineficientes y cuantitativamente limitados (es más fácil tener a millones de algoritmos que contratar a 100 personas para llevar a cabo un trabajo), entonces pasarán varios días para que al usuario, que era inocente, se le perdone.

    Con el tiempo, los algoritmos se harán más sofisticados. Seguramente tendrán una mayor capacidad de entender las intenciones de los seres humanos que están detrás de las pantallas. Pero posiblemente nunca dejen de ser implacables en sus decisiones. El ser humano no tendrá a quien pedir piedad, el algoritmo simplemente tomará la decisión y no habrá nada que hacer al respecto.

  • ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    Esta una pregunta muy complicada de contestar, e incluso lo es para los especialistas en el tema.

    Tal vez por ello quienes estén urgidos de dar una explicación por algún motivo traten de dar una respuesta facilona: «¡Los videojuegos! Dijo el Gobernador de Coahuila Miguel Ángel Riquelme»; el bullying, las armas, tal o cual problema, dirán otros. Pero eso, tratar de crear un responsable casi como si fuera el único problema, no nos ayuda en mucho.

    El problema es que la ecuación que explica por qué un niño es capaz de ir a matar a sus alumnos contiene muchas variables, la gran mayoría de las cuales deben estar presentes para que algo así (o algo parecido a ello) ocurra.

    ¿Por qué señalar con el dedo inquisidor a los videojuegos si millones de niños juegan juegos violentos y a casi ninguno de ellos se le ocurre ir a matar a alguien (incluso se debate si existe correlación alguna entre videojuegos y violencia aquí y aquí)? ¿Por qué centrarse exclusivamente en el bullying cuando millones de niños lo sufren y no es como que gran parte de ellos decida ir a matar a sus compañeros?

    Para que algo así ocurra muchas variables tienen que alinearse, interconectarse y coincidir de tal forma que deriven en la lamentable tragedia que ocurrió en Torreón.

    La salud mental es una variable muy relevante. Que un niño tenga una salud mental deteriorada es casi condición necesaria para que algo así ocurra, pero no es condición suficiente. Muchos niños padecen trastornos mentales y no salen a matar a la calle.

    Si vemos cómo aconteció la historia podemos darnos una pista de todas las variables que pudieron estar en juego. Seguramente el niño tenía problemas mentales, él quiso recrear lo ocurrido en la Masacre de Columbine, tuvo acceso a armas, pudo ingresarlas a la escuela, seguramente era víctima de bullying, se sospecha que tenía conflictos familiares. Posiblemente basta con quitar una de todas esas variables para que la tragedia no ocurriera. Incluso cosas que pueden parecer tan insignificantes como, por ejemplo, que sea invierno (en el entendido de que en invierno las depresiones aumentan), pueden ser la gota que derrame el vaso.

    En el libro Talking to Strangers, Malcolm Gladwell argumenta que sabemos menos de las personas que no conocemos de lo que inferimos, y pone un ejemplo que podría ayudarnos a entender de mejor forma este caso:

    En el Reino Unido, nos dice Gladwell, muchas personas se suicidaban con la ayuda de las estufas de monóxido de carbón que hacían relativamente fácil la tarea. Por razones que no tenían nada que ver con la tasa de suicidios, el gobierno de esta nación llevó a cabo una campaña para remover estas estufas con el fin de sustituirlas por otras más modernas, las cuales no serían útiles para quitarse la vida. Uno podría esperar que las personas buscaran otra forma de suicidarse porque «quien quiere matarse lo hace», pero esto no ocurrió y con la desaparición de estas estufas la tasa de suicidios se redujo.

    Hay muchas variables involucradas en un suicidio. Quien se quita la vida muy probablemente tiene un padecimiento mental como depresión, ansiedad o algún otro. Posiblemente le haya ocurrido un evento muy difícil. Ahí están los problemas latentes. Pero el hecho de tener una herramienta para suicidarse de forma fácil (la estufa de monóxido de carbón) es la gota que derrama el vaso.

    El que suicidarse sea fácil o no lo sea puede ser la variable que defina el resultado final, pero no es la única, solo es una de tantas.

    Y aunque estas estufas aumentan la incidencia de suicidios, no es como que explique los suicidios por completo, ni mucho menos podríamos hablar de una «estufa asesina» o algo por el estilo. Una persona que no tenga depresiones o no haya sufrido un evento traumático no se suicidará por el simple hecho de tener una estufa de monóxido de carbón en su casa.

    Lo mismo pasa con el alumno. El simple hecho de que no tuviera acceso a un arma habría sido condición suficiente para que la tragedia no ocurriera. Pero si el niño no hubiera sufrido bullying, o no tuviera problemas, o tuviera una escuela con una entrada más vigilada, o inclusive el caso hipotético de que viviera con sus papás y no con su abuela, entonces la tragedia no habría ocurrido. Incluso puede ocurrir que con solo cambiar de ciudad donde ocurre este escenario (el mismo niño, los mismos problemas) el resultado sea diferente.

    Y como son muchas variables las que explican la tragedia, entonces solo podemos llegar a la conclusión de que el problema se debe combatir desde muchos flancos para que reducir la posibilidad de que esto vuelva ocurrir al mínimo. Sí, tenemos que hablar de la salud mental; sí, tenemos que hablar del hecho de que un niño pueda tener acceso a armas; sí, tenemos que hablar de la cohesión familiar; sí, tenemos que hablar del bullying. Tenemos que hablar de todo.

    Y tenemos que hablar de todo porque si bien argumenté que es posible que puede bastar extraer una variable para que el resultado sea diferente, si solo atendemos a una, basta con que las otras variables sigan presentes para que se combinen con alguna otra para que ocurra otra tragedia.

    Digamos que otro niño tiene los mismos problemas que éste con excepción del bullying que aquél no sufre. Puede darse el caso de que el maestro repruebe a este otro niño y ello desate otra tragedia. O en el caso del Reino Unido, habría bastado con que apareciera alguna tecnología que, de alguna forma, también ayudara a la gente a suicidarse de forma fácil como lo hacían con la estufa de monóxido de carbón para que las tasas de suicidio vuelvan a su estado anterior.

    Por eso es que tomar una camiseta con el nombre de un videojuego como línea de investigación es absurdo y hasta demagógico. Absurdo es pensar que basta solo con atender una de las tantas variables involucradas para evitar que esto se vuelva a repetir. El problema tiene muchas dimensiones, hay que atender el mayor número de ellas posibles.

    Y entendiendo que son muchas las variables involucradas, que el estado de cosas en nuestro país de posibilidad a que tragedias así ocurran (no es la primera vez), nos habla de que hay cosas que no están bien en la sociedad. Y el problema es que algunas de esas variables, conjugadas con otras, también crean otro tipo de problemas.

    Pensar que un problema tan fuerte como este tiene una sola causa es ocioso y no va a combatir el problema. Menudo dilema para los hacedores de políticas públicas e incluso para la sociedad en su conjunto.

  • Odiar a Estados Unidos y amar a Irán

    Odiar a Estados Unidos y amar a Irán

    Odiar a Estados Unidos y amar a Irán

    Uno de los problemas fundacionales de la izquierda, a mi parecer, es esa tendencia a asumir que quien se encuentra en una posición de desventaja es necesariamente más bueno moralmente que el privilegiado.

    Ello en muchos casos puede ocurrir así, pero no es una regla general. En muchos casos quien se encuentra en desventaja no es opresor no porque no quiera, sino porque no tiene la capacidad de serlo. Es decir, puede darse el caso de que quien esté en desventaja sea opresor en potencia pero no en acto (esto es lo que la izquierda a veces pasa de largo). A lo largo de la historia hemos visto claros ejemplos de ello cuando quienes estaban en desventaja logran tomar el poder.

    Muchos izquierdistas (e incluso leí a alguna feminista defendiendo a este régimen misógino por antonomasia) han cerrado filas con Irán ante el conflicto con Estados Unidos porque es el país débil, el que se encuentra en desventaja frente a un Estados Unidos con un largo historial de ambiciones imperialistas e intervencionistas (muchas de ellas reprobables, ciertamente).

    Pero que Irán sea «el país débil del cuento» no lo hace bueno ni lo convierte necesariamente en una víctima. De hecho, los iraníes, con lo que tienen a la mano, juegan su juego en el terreno geopolítico. Dentro de su zona de acción ellos pueden comportarse de la misma forma con aquellos países con los que sí pueden meterse.

    Podemos criticar el actuar de Trump al mandar asesinar a Soleimani, pero también es cierto que previo a ello, los iraníes atacaron la embajada estadounidense de Iraq, lo cual deja patente que no es como que Irán sea una perita en dulce. Criticar a Trump no implica defender a la víctima, esa es una falsa disyuntiva. Bien se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo.

    Irán se puede asumir como una víctima geopolíticamente frente a los EEUU, pero sus asuntos internos contradicen absolutamente ese velo de superioridad moral que algunos le quieren poner. El régimen iraní es uno prácticamente absolutista y antidemocrático que se caracteriza por oprimir a las mujeres relagándolas de la vida pública y obligándolas a portar velo.

    ¿Por qué hemos de idealizar, de acuerdo a nuestros principios occidentales, a un régimen así? Imaginemos cómo sería Irán si de pronto le diéramos el poder imperialista que hoy Estados Unidos todavía ostenta: que pretenda crear una cultura global de opresión a la mujer y de imposición religiosa.

    De la crítica del actuar de Trump y/o Estados Unidos no se sigue que debamos subir a Irán a un altar ni compadecernos de él. Se vale criticar a Estados Unidos, pero no implica cegarnos para que, bajo un supuesto argumento donde victimizamos a quien está en desventaja, idealicemos a un régimen caracterizado por su misoginia y la falta de libertades y hagamos lo análogo con líderes opresores a quienes encumbremos como si fueran revolucionarios con las más buenas y nobles causas.

  • Sobre la postrebeldía

    Sobre la postrebeldía

    Sobre la postrebeldía

    En tiempos pasados, la rebeldía era atractiva porque, al sumirse en la incertidumbre y en la posibilidad de recibir un castigo o de ser señalado, el individuo sentía una sensación de vértigo al rebelarse contra el estado de cosas.

    El individuo que se hacía un tatuaje, fumaba, se dejaba el pelo largo, se ponía un arete o escuchaba metal sentía esa sensación de ser un rebelde. Era una forma de inconformidad, una forma de rebelarse contra el estado de cosas, contra las autoridades, contra el gobierno. Podemos discutir si tal o cual forma de rebeldía tenía alguna causa o justificación o no, pero no podemos negar que el rebelde sentía el placer de serlo.

    Para que la rebeldía sea tal, se requiere que aquellos que se rebelen sean una pírrica minoría frente a una mayoría conformista y apegada a los cánones del deber ser. La mayoría no puede ser rebelde porque en automático dejaría de serlo. El rebelde se asume como outsider y rehuye de todo aquello que pueda parecer normal.

    Por eso, al ser minoría, a los rebeldes se les ve como especiales, diferentes y arrebatadores: la rebeldía atrae, al rebelde se le percibe como un alfa, como alguien que incluso tiene cierto sex appeal, como aquel que lidera, irrumpe y que no le importa el juicio de los demás; el rebelde es quien, en el imaginario colectivo, es capaz de enfrentarse al caos y pagar el precio por ello.

    En el fondo, muchos querían ser rebeldes, pero pocos se atrevieron a serlo.

    Pero las empresas y las organizaciones vieron que esa rebeldía podría explotarse comercialmente y la empaquetaron como para exhibirla en un anaquel y venderla de forma masiva: sé rebelde, sé diferente, nos dijo la publicidad, y los consumidores que soñaban con ser rebeldes cayeron. ¿Y qué pasó?

    Que el sistema (el estado de cosas cultural, social, político y económico) asimiló esos elementos de rebeldía y los vació de contenido.

    El arete o el tatuaje ya son cada vez menos una expresión contra el sistema porque progresivamente el sistema mismo los ha incluido en su ethos. Las empresas admiten cada vez más sin problema a una persona tatuada en aras de promover la diversidad. La publicidad nos dice que ser rebelde (en su concepto empaquetado) es cool, pero ser rebelde es una cosa y ser cool es otra. Lo cool así se convierte en lo aceptable, se convierte en el propio deber ser que se suponía era el antípodas de la rebeldía: tienes que ser cool y, por tanto, tienes que aparentar ser rebelde, pero no lo eres, eres normal.

    Al sistema no le importa si dicha persona tiene 10 aretes o si fuma marihuana siempre y cuando cumpla con lo que se espera de él. El otrora rebelde ya no es diferente, ya es uno más, ya no es tan especial porque como las barreras de entrada para ser rebelde (o más bien aparentarlo) bajaron, entonces todo mundo lo puede ser, y como todo mundo lo puede ser, ya no se es especial, ni rebelde.