Autor: Cerebro

  • Gatellmanía

    Gatellmanía

    Gatellmanía

    Hugo López-Gatell se ha convertido en uno de los funcionarios públicos más mencionados y tal vez hasta reconocidos de los últimos tiempos.

    Es él el que está en el centro de atención. De ser un completo desconocido hasta hace algunas semanas hoy es visto casi como el capitán del barco ante esta crisis pandémica que estamos viviendo. Todos los días se habla de él, todas las tardes aparece frente a cámaras, e incluso la prensa recuerda que pudo ser una estrella de rock en Santa Sabina. Todos opinan sobre aquello que dijo porque es el centro de atención: es el que le sabe.

    Si bien algunos dudan de su credibilidad por el simple hecho de pertenecer a un gobierno al cual cuestionan y con razón, muchos otros lo han encumbrado como si fuera una especie de superhéroe o salvador. Me parece que ambas posturas son imprecisas cuando menos y para ello hay que explicar el contexto en el que este fenómeno se da.

    Me atrevo a decir que esta «Gatellmanía» (medio mame, medio en serio) tiene una explicación relativamente sencilla. Partamos del hecho de que López Obrador ha dejado un vacío debido a su grosera falta de liderazgo.

    López-Gatell es algo así como la antítesis de López Obrador. Es un tecnócrata, es una persona muy estudiada, es relativamente joven, se le ve vigoroso, es elocuente, pareciera ser una persona razonable, pragmática y hasta tiene cierto sex appeal dentro de algunos sectores de la sociedad. Y en una crisis donde la gente tiene incertidumbre ya que no sabe bien qué va a pasar, una persona con estas características se vuelve casi en automático una referencia porque dicha gente siente que puede confiar en ella, y esto ocurre más cuando su figura contrasta con el mismo gobierno del cual forma parte.

    En la percepción del público, frente al líder irracional (AMLO) se postra algo de seriedad (López Gatell) como para equilibrar la balanza, como una suerte de dialéctica donde la sinrazón y la ineptitud termina diluida por su antítesis. Algo relativamente parecido ocurre en Estados Unidos con Donald Trump y el doctor Fauci.

    El problema es que, más allá del impacto mediático que genera López-Gatell, el margen de maniobra que tiene no es muy amplio. Él es tan solo una de las diversas variables que van a determinar el destino de nuestro país con respecto de la crisis sanitaria. Peor aún, tiene que sufrir las restricciones naturales de formar parte de un gobierno cuyo poder se encuentra muy concentrado en el Presidente, lo cual reduce su margen de maniobra ya que hacer aquello que ponga en entredicho las ambiciones del presidente puede ser un problema. Las alabanzas norcoreanas que hizo a AMLO lo explican todo, había que quedar bien con el ejecutivo para refrendarse en el cargo y tener cierto margen de operación.

    Por más que Gatell quiera implementar una buena estrategia, muchas cosas lo rebasarán. La política económica (o más bien ausencia de) en torno al Covid-19, el lamentable rol del propio presidente, el estado actual del sistema de salud, la falta de recursos de diversa índole, el papel que tiene la ciudadanía misma en esta emergencia (que hasta hoy ha dejado algo que desear), el hecho de que muchas personas en nuestro país presentan comorbilidad (diabetes y obesidad sobre todo), el hecho de que mucha gente no puede hacer cuarentenas porque tiene que comer, la corrupción a distintos niveles, todo eso rebasa a la estrategia que plantee el epidemiólogo y tan solo puede aspirar a trabajar adaptándose a las condiciones que existen.

    Si el doctor Fauci poco pudo hacer ante las posturas irracionales de Trump que hoy tienen al país sumido en una dura crisis sanitaria, sería difícil esperar que López-Gatell logre controlar por sí solo una pandemia que tiene muchas aristas. La realidad es que los pronósticos para México, tanto sanitarios como económicos, son muy reservados. La realidad es que para el mismo Gatell la tarea que tiene es en extremo complicada por lo anteriormente mencionado y porque tendrá que «tropicalizar» lo aprendido en países desarrollados en un contexto tan diferente como lo es México.

    Peor aún, no va a ser tan fácil evaluar el trabajo desempeñado por Gatell porque basta con que algunas de las variables que él no controla (y que son la mayoría) no se desempeñen bien para que todo salga mal. Sería iluso pensar que como tenemos al frente de la estrategia sanitaria a un hombre que tiene capacidad ya nos habremos salvado o habremos sorteado la contingencia. Nada más falso. Incluso se puede dar el caso de que Gatell haga el mejor y más perfecto trabajo posible y todo termine en tragedia porque lo demás falló.

    López-Gatell tampoco es un héroe mítico como algunos quieren creer. Es un simple funcionario con preparación que está haciendo su trabajo, a mi parecer, con profesionalismo (y que no ha estado exento de errores siquiera), que tal vez resalte porque si algo le ha faltado a este gobierno es ser profesional. Eso que hace López-Gatell es eso mismo que deberíamos esperar de los funcionarios y del propio presidente (evidentemente, cada quien en su ámbito), pero de lo que lamentablemente parece que nos estamos desacostumbrando.

  • 3 libros que debes leer para entender la pandemia del #Covid19

    3 libros que debes leer para entender la pandemia del #Covid19

    3 libros que debes leer para entender la pandemia del #Covid19

    Los seres humanos estamos viviendo una pandemia inédita. No es la primera que ocurre evidentemente ni la única de la que hemos sido testigos (el SIDA es un claro ejemplo), pero sí es la primera en su tipo que nos ha tocado vivir a los seres humanos que el día de hoy estamos vivos y cuyo más reciente caso similar es la Gripe Española de 1918.

    Hay muchas cosas que el día de hoy no entendemos porque estamos ante un nuevo virus que tanto las universidades, farmacéuticas, instituciones y gobiernos están tratando de comprender, la incertidumbre es inevitable e irremovible en estos momentos, pero sí podemos aprender un poco más de este fenómeno con base la literatura que tenemos disponible.

    Por esto les recomiendo estos tres libros, que son diferentes entre sí y que nos pueden ayudar a comprender mejor este fenómeno desde perspectivas muy diferentes. La primera desde un punto de vista más social y cotidiano, la segunda desde una perspectiva histórica y la otra desde una perspectiva médica.

    La Peste de Albert Camus

    Basta buscar el nombre del escritor existencialista en Google Trends para ver cómo se han disparado las búsquedas de este autor desde que comenzó la pandemia. La explicación es autoevidente: muchas personas han buscado el libro de La Peste porque es una de las claras referencias cuando se quiere hablar sobre pandemias.

    Esta novela, que tiene lugar en la ciudad argelina de Orán, nos habla sobre la forma en que una sociedad tiene que lidiar con la peste que los ha obligado a ponerse en cuarentena sin saber si van a salir vivos de esa. La epidemia que los invade termina sacando lo mejor y lo peor de las persona y nos muestra cómo es que viven esta tragedia donde están confinados en una ciudad de la que no pueden salir.

    Con todo y el esfuerzo de los médicos que se solidarizan con el sufrimiento de la comunidad y buscan hacer lo posible para acabar con el problema, el bicho permanece por un largo tiempo hasta que de pronto, e forma paulatina, se comienza a retirar. Así, La Peste muestra a un ser humano impotente, rebasado y que no tiene control de su mundo por un microbio que es mucho más pequeño que él pero que ha irrumpido de forma agresiva en su cotidianeidad dominándolo.

    «Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca.»

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    Pandemics: A Very Short Introduction – Christian W. McMillen

    Si quieres conocer la historia de las pandemias que los seres humanos hemos sufrido a lo largo de la historia para tratar de entender lo que estamos viviendo el día de hoy, este libro va recomendadísimo.

    Es un libro sencillo, de esos que puedes leer en dos días; pero, a pesar de ser breve, es muy conciso y brilla porque explica muy bien el contexto social y cultural en el que ocurrieron las diversas pandemias (la peste, la viruela, tuberculosis, SIDA y demás), cómo es que la gente reaccionó, qué medidas tomaron las autoridades al respecto, qué creencias tenían con respecto a la pandemia que les tocó vivir y, sobre todo, cómo es que moldearon las sociedades a las que azotaron.

    En este libro vas a encontrar muchos puntos en común entre la pandemia que estamos viviendo y las pandemias que se vivieron en el pasado: gobiernos que la subestimaban y no hicieron nada hasta que fue muy tarde (la gripe española), desinformación y un ser humano que se sentía todopoderoso hasta que la pandemia lo azotó y le recordó lo vulnerable que es.

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    In Defense of Self: How the Immune System Really Works – William R. Clark

    Nuestra principal arma para combatir el Covid-19 es nuestro sistema inmune. Si es fuerte, lo vencerá sin problema, si no, posiblemente presentemos síntomas más graves e incluso podríamos terminar en el hospital. Pero ¿cómo funciona nuestro sistema inmune? Éste es un gran libro para comprenderlo.

    El libro no solo explica a detalle cómo funcionan todos los actores que compone el sistema inmune, funcionamiento que es asombroso y tan solo hace que nos maravillemos más por la complejidad de nuestro organismo. Este libro también nos habla tanto de la relación de nuestro sistema inmune con las los virus, bacterias y microbios que crearon las pandemias más mortíferas de la historia, así como de aquellos momentos en el que el sistema inmune se puede ir en contra de nosotros.

    Aunque en algunos detalles está un poco pasado de tiempo (se escribió en la primera década de este siglo y por tanto todavía no aborda los últimos avances del SIDA), es un libro asombroso que nos ayudará a conocer mejor nuestro organismo.

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    Espero les haya gustado esta pequeña lista, son libros que valen mucho la pena.

  • La (última) oportunidad perdida, muy perdida

    La (última) oportunidad perdida, muy perdida

    La (última) oportunidad perdida

    Habían insistido en que lo que anunciaría López Obrador este domingo marcaría un parteaguas en el futuro de eso que llaman 4T.

    Dijeron que era la última oportunidad de reinventarse, se avisoraban cambios drásticos producto de la emergencia sanitaria y que nunca llegaron. En vez de eso, AMLO decidió retar la máxima de Einstein redefiniéndola: si quieres cambios, haz las cosas igual.

    Es posible que lo que aconteció hoy domingo sea lo que marque el fracaso de un proyecto que mucha gente esperó por años: o más bien habría que referirnos a la llegada de un personaje político a la presidencia porque era la figura del líder lo que generaba expectativas más que lo que estaba dispuesto a hacer.

    Lo de hoy fue lamentable: el aferrarse a un proyecto ya viciado de origen y que se vuelve todavía menos realizable con la contingencia sanitaria.

    El inicio del informe (porque al final fue eso, un informe aburrido lleno de retórica y demagogia) fue devastador. Pronto se hizo evidente que a López Obrador le importa más su proyecto en sí que la crisis misma, que importa más Santa Lucía, Dos Bocas o el Tren Maya que la emergencia sanitaria que parece que ni fue el tema central.

    La gente que esperó un manotazo recibió palabras huecas e insulsas, recibió más de lo mismo: un informe de lo que él considera sus logros y los proyectos de este gobierno. Fue uno de los tantos informes que a AMLO le gusta dar, pero lo hizo solo, como tratando de emular al Papa Francisco en medio de la soledad y el vacío en la Plaza de San Pedro (con eso de que le encantan los símbolos religiosos), pero la soledad puesta en escena evocó más bien a su creciente impopularidad.

    La decepción incluso hizo que el peso perdiera valor el mismo día, generó incertidumbre y hasta indignación. El mensaje fue claro y es una continuación de lo que venía diciendo: AMLO ha perdido el rumbo y se ha refugiado en los lugares comunes, en el discurso demagogo, en los programas sociales. En una crisis, López Obrador no se flexibiliza; por el contrario, se vuelve más rígido y terco. Y si el trabajo de López-Gatell y su equipo puede reconocerse, no se puede hacer lo mismo con el papel de AMLO que tiene que ver con el impacto económico de la contingencia. La gente quería respuestas.

    No es casualidad ver en las redes la decepción de muchos líderes y opinadores de izquierda, de esos que son autónomos y no fungen como «influencers orgánicos de la 4T»; lo que concluyeron fue devastador. Todos aquellos círculos intelectuales que le dieron el beneficio de la duda vieron horrorizados lo que se postraba frente a sus pantallas entre las cinco y las seis de la tarde: un presidente sin liderazgo, ensimismado, aferrado.

    No hay voluntad siquiera para hacer frente a la contingencia, y lo poco que pudiera haber está muy determinado por las políticas que AMLO viene implementando desde siempre.

    La misma retórica lo terminó por enredar en un galimatías que lo hace contradecirse una y otra vez y perder el sentido de lo que hace y dice. Dice que no quiere caer en el juego de los «neoliberales conservadores» pero es reacio a endeudarse y a establecer medidas contracíclicas (keynesianas). Dice admirar a Roosevelt pero hace lo opuesto que lo que aquel mandatario habría hecho. No hay nada parecido a un New Deal, lo que tenemos es un extraño adelgazamiento del Estado bajando aún más los sueldos de funcionarios públicos a los cuales incluso les ha quitado el aguinaldo (lo que es ilegal). Hace justamente eso que le pide a las empresas que no haga.

    López Obrador dejó huérfano a México. Le importa más rescatar a ese monstruo inrescatable llamado Pemex que ayudar a sobrevivir a aquellas pequeñas y medianas empresas, así como los empleos que generan. Evidentísimo es que desea concentrar y centralizar el poder a través de la paraestatal para así financiar programas sociales que le ayuden a mantener sus redes clientelares. Incluso es cuestionable que vaya a lograr eso ya que hasta eso forma parte de su concepción utópica del servicio público.

    Los empresarios (ya no los grandes, sino los medianos y dueños de PyMES) vieron horrorizados el mensaje. Ellos no tienen la fortuna de ser un rentista como Ricardo Salinas Pliego como para esperar algún apoyo del gobierno, quien más bien les exige que acaten lo que para muchos es imposible: suspender sus actividades y seguir pagando sueldos íntegros. Tampoco hay apoyo a los trabajadores más allá de las redes clientelares que busca tejer por medio de sus programas sociales y que espera se conviertan en votos.

    Pero todos nos horrorizamos al ver al presidente hablar de moral y de su cruzada a la corrupción al tiempo que pronunciaba mentiras flagrantes como el que México era, solo por debajo de la India, el país con menos casos de Covid-19 y muertos para decir que vamos requetebien, lo cual es absolutamente falso, no solo en números absolutos, sino aún más considerando los otros factores (los pocos casos que se reportan, que estamos en una fase más temprana de contagio). Incluso se atrevió a decir que la Línea 3 del Tren Ligero en Guadalajara había sido concluida: cosa que es tan falsa que los tapatíos no vemos para cuándo se inaugure.

    Si esta cosa rara que es a la vez informe y a la vez una burda imitación del Papa Francisco en medio de la soledad es lo que marcará el resto del sexenio, entonces podemos prever un desastre, el final anticipado de un proyecto que tantas expectativas generó.

  • Nuestra terrible incertidumbre en tiempos del COVID-19

    Nuestra terrible incertidumbre en tiempos del COVID-19

    Nuestra incertidumbre en tiempos de COVID-19

    Todos en algún momento nos hemos enfrentado a la incertidumbre, a esa sensación de que no sabes qué va a pasar:

    Nos pasa cuando nos vamos a cambiar de ciudad, cuando vamos a entrar a una nueva escuela o trabajo, cuando estamos esperando algún resultado, cuando vamos a pedirle matrimonio a una persona del sexo opuesto. Es una incertidumbre que, en la gran mayoría de los casos, sabemos que tarde o temprano va a desaparecer en el momento en que nos adaptemos a las nuevas circunstancias: asumimos su temporalidad.

    Es esa incómoda sensación de que no sabes qué es lo que va a pasar porque no tienes la información suficiente para prever el futuro. Entonces te imaginas demasiados escenarios e incluso sobresaturas a tu cerebro tratando de encontrar una respuesta que te mantenga en calma y que no existe: en algún momento te dices que todo va a salir bien y luego, de pronto, te vuelves más bien pesimista.

    Hoy el mundo vive una situación de incertidumbre inédita desde la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de las incertidumbres que vivimos en nuestra vida diaria no sabemos cuándo va a acabar. Sabes que la incertidumbre de cambiar de trabajo terminará cuando te hayas adaptado al nuevo, o que la incertidumbre de saber si tu persona amada te dirá que sí o no terminará en el preciso instante en que te dé la respuesta.

    Pero con el Covid19 no sabemos siquiera cuándo van a terminar de llegar las respuestas, porque se trata de una incertidumbre temporalmente indefinida. No solo es la incertidumbre per sé, sino aquella otra incertidumbre de saber cuándo la primera incertidumbre va a terminar.

    Todos los años podíamos más o menos darnos una idea de cómo sería el siguiente: al menos podíamos decir casi con certeza que sería algo parecido aunque no necesariamente lo fuera, pero asumirlo nos daba tranquilidad.

    Pero el día de hoy no podemos hacer eso. No sabemos cómo se va a transformar el mundo. No sabemos si esos equilibrios que mantienen el estado de cosas que asumimos casi como algo dado o natural vayan a resistir.

    De hecho, desde tiempo antes estaba sorprendido de que nuestro mundo no hubiera recibido alguna sacudida porque históricamente los cambios tecnológicos derivan en profundos cambios sociales, económicos y culturales; en cambios drásticos e incluso revoluciones o hasta guerras. Y hasta hoy, el orden social, político y económico se había mantenido relativamente parecido. El COVID-19 entonces llegó como una nueva variable que amenaza con sacudir más un orden que ya se está tambaleando.

    No es improbable entonces que el orden social cambie, y si lo hace, al día de hoy no tenemos la más mínima idea de la forma y la profundidad del cambio que pueda ocurrir: ¿va a ser para bien o para mal? ¿Veremos un acelerado progreso de la calidad de vida humana o esto nos enfrascará en un conflicto bélico o nos mantendremos más o menos igual? ¿Fortalecerá los valores democráticos y la solidaridad humana o volveremos al nacionalismo exacerbado y al autoritarismo?

    Son preguntas que no podrán responderse hasta que la realidad lo haga. Podemos hacer análisis históricos, buscar pistas, patrones, pero nada, absolutamente nada al día de hoy, nos puede dar la certeza absoluta de lo que va a pasar simplemente porque los seres humanos somos pésimos para «adivinar el futuro». Hace 100 años no teníamos casi la más remota idea sobre cómo iba a ser el mundo actual.

    No sabemos bien cuántas personas van a fallecer, no sabemos cuándo va a estar disponible la vacuna, incluso no sabemos a ciencia cierta cuánto durará el confinamiento ni sabemos siquiera cómo va a evolucionar la pandemia en unos meses o de qué tamaño va a ser el impacto económico (tan solo podemos prever su existencia). Todo parte de supuestos, de experiencias pasadas que nos pueden dar un norte pero que en sentido estricto no están obligadas a explicar la actual: que si la inmunidad de grupo, que si la pandemia del 2009, que si esto o que si lo otro.

    Modelos se han hecho muchos, algunos hasta con inteligencia artificial y las más avanzadas tecnologías. pero la realidad es que la contingencia nos rebasa y muestra las limitaciones de una especie humana que había confiado demasiado en su progreso como para pensar que algo así no podía pasar (con todo y que los progresos tecnológicos son evidentes y hasta palpables en esta pandemia pero no todavía suficientes).

    Woman in White Crew Neck T-shirt Standing Beside A Man Holding A Placard Of Coronavirus

    Sabemos que no hay garantía alguna de que esos instrumentos (por más sofisticados y geniales sean) nos vayan a dar la tranquilidad absoluta que estamos tratando de buscar en algún lugar. La naturaleza nos hace sentir, con todos nuestros avances tecnológicos, médicos y sociales, como si fuéramos seres primitivos e indefensos. La naturaleza nos dice «quietos» ¿acaso creen ustedes que tienen total dominio sobre mí?

    Todo esto genera mucha incertidumbre, y la realidad es que no hay forma de eliminarla porque en algunos casos no hay respuestas claras y en otros no las hay en absoluto. Estamos ante una incertidumbre tal que ha adquirido tintes históricos ya por sí misma. De esta pandemia se hablará en los libros de historia en cien años e incluso más.

    Evidentemente, la sensación se vuelve más fuerte si el impacto sobre tu vida cotidiana ha sido mayor; si estás en riesgo de perder tu empleo; si no sabes si tu nuevo emprendimiento va a resistir; qué va a pasar si «se te mete el bicho» porque tus defensas no son buenas o estás dentro de los grupos más vulnerables.

    Y si te sientes así no te culpes, es completamente normal. Ante lo incierto, nuestro organismo adopta un mecanismo de alerta para tratar de adaptarse a los cambios, y ello se vuelve más sistemático en tanto el individuo se encuentra dentro de un estado de incertidumbre constante. Grave sería que estuvieras muy tranquilo sabiendo que estás en una situación de riesgo.

    Para quienes tenemos un cuadro de ansiedad, esa sensación nos es muy conocida y familiar. De hecho sospecho que ese reconocimiento me ha ayudado a sobrellevar este periodo de forma más tranquila gracias a la experiencia que tenemos a la hora de enfrentar a ese monstruo llamado ansiedad y que es causada, en este caso, por la incertidumbre (es algo que también me han comentado amigos míos que tienen este tipo de cuadros).

    Como no podemos eliminar la incertidumbre porque es incluso irracional y contradictorio tener certeza sobre algo de lo que no se tienen elementos, podemos limitarnos a controlarla de acuerdo a nuestras capacidades. Podemos hacer ejercicio en esta cuarentena, buscar distractores, meditar, hacer yoga, leer, rezar, fomentar la convivencia social (gracias a los avances tecnológicos que lo permiten hacer de manera remota), ayudar a otra gente e incluso usar el humor como los mexicanos tan bien acostumbramos a hacerlo. Muchas personas (quienes viven en condiciones más difíciles) no tienen siquiera ese privilegio.

    Y ni siquiera tendríamos que recriminarnos por no hacerlo, por no adquirir un hobbie o no haber aprendido algo nuevo. Si bien es cierto que las crisis en algunos casos pueden ser puntos de partida para un gran desarrollo personal, también es cierto que se ha propagado un peligroso discurso de autoayuda donde se le dice a la gente que sonría todo el rato y se le recrimina si no aprende algo nuevo o aprovecha la pandemia para a partir de ahí crear el negocio millonario de su vida. Al final es una crisis, las crisis son difíciles, cuestan trabajo y no todo el mundo tiene el lujo de divertirse y ponerse creativo en la cuarentena. Muchas personas sobrellevan las crisis de forma distinta y habrá que respetar ese proceso.

    Son tiempos difíciles los nuestros: estamos en el momento de mayor incertidumbre desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; estamos frente a la incertidumbre más globalizada de la historia; estamos frente a algo inédito en algunas dimensiones. Ello es difícil y angustiante. Saca a las personas de su zona de confort que en esta era posmoderna ya era lo suficientemente líquida para ahora sumirlas en una incertidumbre profunda y angustiante.

    Pero el ser humano si algo sabe hacer es superar sus tragedias, y no creo en lo absoluto que esta sea la excepción.

    Porque llegará el momento en que podamos sortear la crisis como siempre lo hemos hecho, y espero con todo mi corazón que a partir de esta crisis nos volvamos mejores humanos, construyamos un mundo y una sociedad mejor.

  • La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    El miércoles tuve que salir de mi casa al hospital por una prueba médica. Éste se encuentra a tres cuadras por lo que me fui caminando, al cabo habría poca gente en las calles, pensé.

    Desde que puse el primer pie fuera de mi casa me percaté de algo: sí había gente.

    Es cierto que había menos gente de lo normal, pero tampoco es como para decir que las calles estaban vacías. Decían los «expertos» en mi ciudad que para contener la pandemia era necesario que el 70% se quedaran en sus casas, pero cuando mucho podría decir que había sólo 50% menos gente, si no es que menos.

    Es cierto que tendría que obviar a la gente que no puede dejar de salir a trabajar porque tienen que comer (y hacia quienes no se puede esgrimir críticas), pero en ese caso tendría que haber visto muy pocos autos y sí más gente en el transporte público, lo cual no fue el caso. Si digo que se redujo menos del 50% de gente en las calles, ello se vio reflejado en igual proporción en los automóviles como en los transeúntes que toman el transporte público. Ello quiere decir que personas con lujo de sobra salieron a la calle y personas con una realidad un poco más «ajustada» hicieron el sacrificio de quedarse en su casa.

    En la calle había muchos coches de lujo circulando, de gente de la cual uno esperaría que solo salga para lo estrictamente necesario. Pero eran los suficientes coches para darse cuenta que la mayoría no salían para ello sino para cosas que podrían evitar hacer.

    Luego crucé el camellón que tiene una pista para correr. Había alguna que otra persona trotando. Y me dije, está bien, mientras tomen sus precauciones y mantengan distancia entre ellos no hay mucho riesgo (la posibilidad de contagio es mínima con tres personas en una pista de un kilómetro) y les ayuda para el bienestar emocional, si no tuviera la bicicleta estática que me permite hacer ejercicio en mi casa posiblemente lo haría (tomando las evidentes precauciones). Varios países europeos en cuarentena lo permiten porque, a la larga, ello permite que la gente no se desespere tanto y tengan su sistema inmunológico en mejores condiciones.

    Pero solo bastó cruzar la avenida para ver a un grupo de jóvenes (de clase media alta) platicar afuera de un automóvil, eran unos ocho. Estaban relajados, se reían, bromeaban como si nada. Eran de esos jóvenes que evidentemente tienen la capacidad económica para quedarse en casa.

    Seguí caminando y pasé por edificios donde había empresas que, por su naturaleza, podrían hacer home office pero que tenían ahí a sus empleados trabajando como si nada. Desde la ventana de afuera ni siquiera se veía nada anormal (que por ejemplo, hubiera más distanciamiento entre los empleados).

    Luego llegué al hospital donde el vigilante me tomó la temperatura y me dio gel antibacterial. Hasta ese momento volví a recordar que estamos en una situación de emergencia sanitaria, no sentí la calle muy extraña, tan solo parecía ser día feriado cuando mucho y nada más.

    ¿Por qué hay mucha gente a la que no le importa lo que está pasando? ¿Por qué hay mucha gente que antepone aferrarse a su vida cotidiana que evitar que mucha gente, sobre todo aquella vulnerable ante el COVID-19 muera? ¿Por qué hay gente que sigue yendo al gimnasio? ¿Por qué hay gente que cree que no hay problema con platicar con ocho amigos en la calle?

    Y si bien hay gente que sí está actuando de forma muy responsable y solidaria, hay otra que no lo está haciendo, la suficiente cantidad para que se conviertan en un problema. Lo peor es que ello va a afectar a muchas personas, se va a traducir un mayor número de muertes.

    Al final, todas aquellas personas tendrán alguna responsabilidad moral por aquellas muertes que pudieron evitarse.

  • Bárbara de Regil y el problema de la actitud positiva

    Bárbara de Regil y el problema de la actitud positiva

    Bárbara de Regil y el problema de la actitud positiva

    Vamos a hacer un ejercicio. Observa este video. A la derecha, tenemos a Bárbara de Regil diciéndonos que sonriamos. A la izquierda una chava que, aparentemente está siguiendo los consejos de Bárbara, pero que en realidad se está burlando de ella.

    Entendamos que esto se da en el contexto de la pandemia. Bárbara de Regil da clases de aerobics online para que la gente también lo haga, lo cual hasta aquí es loable porque en un encierro como el que estamos viviendo el ejercicio es muy sano para el bienestar emocional.

    Pero luego se acerca a la cámara y te pide que sonrías: quiero que sonrías, hazlo, actitud ante todo, que nadie te apague, que nadie te quite esto, esto es tuyo, es tu sonrisa.

    ¿Cuál es el problema con esto? Que no tienes por qué estar feliz y sonriente durante todo el tiempo.

    El problema con la cultura de la autoayuda comercial es que se ha querido vender la felicidad como un fin en sí mismo, como si fuera un producto: yo quiero estar bien, quiero estar contento todo el tiempo, quiero estar alegre. De aquí se sigue que esos sentimientos que llamamos «negativos»: el miedo, la incertidumbre, la angustia, debean ser repudiados y extirpados de la psique.

    Pero eso no solo no se puede, no es deseable. Y con ello no estoy diciendo que debamos promover una mala actitud o una cultura del pesimismo, nada más lejano que eso. Lo que digo es que tenemos derecho a no estar alegres todo el tiempo. ¿Por qué?

    Porque los sentimientos no son fines en sí mismos, son mecanismos de adaptación y es normal que en estos tiempos haya gente que sienta incertidumbre, miedo o incluso algo de angustia. Estos sentimientos, en tanto se mantengan bajo control, ayudan a la gente a adaptarse a su entorno. Si yo tengo miedo de perder mi trabajo por la cuarentena, dicho miedo podrá motivarme a buscar alternativas o desarrollar planes para que el impacto de esa pérdida sea menor.

    ¿Por qué tengo que sonreir todo el tiempo?

    El bienestar emocional es muy importante y sí, es importante que hagas ejercicio, es importante que busques distractores, pero ello no es para que todo el rato estés muy feliz, es para que mantengas tus sentimientos bajo control y no termines paralizado por ellos cayendo en una depresión o en una larga angustia.

    Pero una cosa es reconocer tus sentimientos para tener dominio sobre de ellos y otra cosa es negarlos. ¡Sonríe! ¡Sonríe! No, no tengo por qué sonreír todo el rato. Sería absurdo hacerlo cuando estoy pasando por un apuro, sería absurdo reprimir mis sentimientos y mostrar una sonrisa forzada pretendiendo tener una «actitud positiva», cualquier cosa que ello signifique.

    Luego, cuando te encuentras en una posición privilegiada como pasa con Bárbara de Regil el mensaje se vuelve todavía más chocante. El contexto importa para que un mensaje dado se transmita como uno quiere, y es obvio que Bárbara no lo entiende. No es lo mismo vivir en una casa espaciosa y no sufrir apuros que van más allá de no poder salir que ser una persona que tiene miedo de perder su trabajo, que no sabe si le va a alcanzar el dinero y que vive en un espacio pequeño. Por eso es que el mensaje, más que generar una «actitud positiva» se vuelve desagradable y genera reacciones adversas (basta pasearse por la red).

    Incluso puede que la intención sea bienintencionada, pero el mensaje no solo es equivocado, sino que para más de una persona hasta podría parecer insensible.

  • López Obrador: La receta perfecta para el desastre parte dos

    López Obrador: La receta perfecta para el desastre parte dos

    López Obrador: La receta perfecta para el desastre parte dos

    Hugo López-Gatell está haciendo lo que puede y hay que reconocérselo.

    Incluso las alabanzas norcoreanas a López Obrador fueron acertadas. Había que ganarse al patrón. La facción que estaba en favor de priorizar la contingencia sanitaria en la que está incluido él y Marcelo Ebrard tenía que imponerse. Era eso, o era que los relegaran y fueran sustituidos por personas irresponsables que habrían hecho un desastre.

    Hoy Hugo López-Gatell es el líder por el simple hecho de que López Obrador ha dejado el puesto vacante. Todas las tardes la gente prende la televisión (o hace lo análogo en Internet) para ver lo que va a decir López-Gatell.

    Tanto insistió López Obrador en ser presidente y a la hora de la verdad, desapareció, se escondió. El baño de la Ibero de Peña Nieto es una nimiedad comparado con el acto de cobardía de quien formalmente está al timón del barco llamado México.

    Era obvio que esta contingencia le iba a arruinar el proyecto de nación a López Obrador, proyecto que ya de todos modos era inviable. López Obrador pudo convertirse en el héroe agarrando a la contingencia por los cuernos, no importaba si el efecto de la contingencia era devastadora (pensando en que no somos un país desarrollado), pero ese liderazgo lo habría colocado en los anales de la historia.

    Si López Obrador se hubiera desprendido de sus «faraónicos proyectos» para encausarlo todo a combatir la epidemia, muchísimos se lo hubieran agradecido y muchos de los hoy críticos le habrían perdonado los errores. En unos meses habría recuperado algo de esa popularidad que ha perdido dramáticamente y seguramente le habría ido bien a su movimiento en las elecciones del 2021.

    Y terriblemente desaprovechó la oportunidad.

    López Obrador hoy parece estar bloqueado mentalmente, como si estuviera noqueado, ido, ensimismado, sin reacción ni margen de maniobra, como si hubiera sufrido algún evento muy traumático. AMLO ha preferido refugiarse en lo que le es familiar y conocido: regresa a su papel como candidato, abraza gente, hace videos diciéndole al pueblo cómo debe cuidar las calles, pero no toma responsabilidad alguna.

    La visita a la mamá del Chapo es, en gran medida, un efecto de todo esto que está pasando.

    Es cierto quien dice que los presidentes de alguna u otra forma establecen relaciones o pactos con algún cártel (cosa aberrante). El gobierno de Calderón hizo lo propio con el mismo cártel con el que AMLO ha establecido contacto. El problema es que López Obrador lo hizo de una forma explícita y descarada, al punto de verse personalmente con la mamá del Chapo para posteriormente tener un convivio que se llevó a cabo el mismo día en que Ovidio Guzmán cumplía años.

    ¿Qué va a pensar el ejército al ver eso? ¿Qué van a pensar todas las víctimas del narcotráfico al ver que el Presidente convive con ellos? ¿Qué va a pensar la propia opinión pública? Lo que hizo López Obrador no solo es aberrante, sino que atenta en contra de sus propios intereses personales. Y un acto tan irracional tal vez, a estas alturas, sólo pueda explicarse a través de un bloqueo mental por parte de un presidente que ha visto caer a pedacitos su proyecto de nación. Las circunstancias le ofrecieron otra alternativa para imprimir su nombre en los anales de la historia y lo desperdició.

    Pasó lo que muchos temíamos que pasara, que ante la adversidad López Obrador flaqueara, se volviera más rígido e inflexible en un tiempo que exige mucha flexibilidad y pragmatismo. Lo que me sorprende es el grado, no pensé que se iba a bloquear tanto. No pensé que iba a ser capaz de pelearse con los ventiladores eólicos e iba a cancelar inversiones en vez de al menos estar liderando con la mera retórica. Esto que está ocurriendo es muy grave. Mucha gente percibe que su presidencia se está cayendo a pedacitos y siente que México se cae con él.

    Los encargados de la contingencia hacen lo que pueden: ante la ausencia de liderazgo de su patrón, son ellos los que dan la cara, los que explican, los que le piden a la gente que se queden en casa. Todos voltean a ver a López-Gatell, a López Obrador lo ignoran.

    AMLO ha cedido a su liderazgo, se ha ausentado del momento más crucial de su presidencia y ha dejado un enorme vacío que sus colaboradores han intentado llenar. El que fuera el liderazgo político más importante de los últimos años ha quedado reducido a meras cenizas. Incluso, si el país saliera avante de la crisis sanitaria, López Obrador no sería el depositario de los halagos, sino López-Gatell y su comitiva. AMLO sería visto como un estorbo que tuvieron que sortear.

    Es imposible pensar que habrá una cuarta transformación. El proyecto está muerto. No fue el COVID-19 el que lo mató. Por el contrario, le dio una oportunidad para sobrevivir. El único responsable de su muerte es López Obrador, y la memoria histórica será fulminante a pesar de que sus acólitos intentarán, en medida de lo posible, mitificar al líder caído.

    Tantos años de tenacidad por parte de López Obrador para esto. Es inaudito.

  • El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    El COVID-19, la enfermedad que primero es de los ricos y luego de los pobres

    La gente acomodada importó el Covid 19 a México por una sola razón, ellos tienen mayores facilidades para salir del país. Esto aplica para cualquier país que no haya alcanzado el suficiente desarrollo como para que la mayoría de sus habitantes puedan viajar en avión.

    Los primeros casos que aparecen entonces son personas de clase acomodada. Los primeros fallecimientos, por lo general, también.

    Pero la gente acomodada convive con personas que pertenecen a las clases populares o que son pobres: las señoras del aseo, el de las tortillas, el peón de una fábrica, el zapatero, el jardinero y demás.

    Así, llega un momento en que parece no haber distinciones sociales: todos se enferman.

    Pero luego la gente acomodada se topará con que tiene más facilidades para hacer frente a la pandemia. Una vez que el contagio comunitario ha comenzado, ellos pueden hacer algo más para evitar contagiarse: ellos se quedan en sus casas y pueden trabajar desde el hogar. Si necesitaran salir, pueden usar el carro para trasladarse, lo cual representa un riesgo menor que si tuvieran que trasladarse en camión, lo cual se vuelve un foco de infecciones.

    Entonces la distribución comenzará a cambiar paulatinamente. Si bien es cierto prácticamente todos vamos a portar el COVID19 en algún momento, es más probable que la curva «sea más plana» dentro de las clases más acomodadas, además de que tienen acceso a hospitales privados. En el caso de la gente más pobre, la curva será más pronunciada por lo anteriormente mencionado.

    A eso hay que agregarle que los servicios de salud que reciben son pésimos. Si bien la misma clase acomodada sufrirá de «saturación de hospitales», los menos privilegiados lo sufrirán aún más. Tendrán todavía más problemas en ser atendidos y, por ende, la tasa de mortalidad ahí será más alta.

    Así, una enfermedad importada por las clases medias y altas se volverá más que nada una enfermedad de los pobres, porque ahí habrá más casos, mayor tasa de mortalidad y peores condiciones para combatir el problema. Esto es recurrente en todas las pandemias a lo largo de la historia: la gente más pobre tenía más posibilidades de contraer la peste que la gente más rica e incluso Camus narraba en su novela que los acomodados trataban de evitar los barrios bajos y se prohibía el tránsito entre los distintos sectores.

    Lo mismo sucedía con la tuberculosis y ya no digamos el cólera, donde las condiciones sanitarias lúgubres están fuertemente relacionadas con la incidencia de contagio (por lo general, por heces restantes en el agua) sin olvidar a la malaria que es otro caso ejemplar.

    Nuevamente las diferencias socieconómicas incidirán sobre la forma en que la pandemia se manifiesta. El mismo fenómeno se puede percatar entre los distintos países. Primero «enfermaron» aquellos más desarrollados y que, por ende, tenían mayores conexiones aéreas. Hoy África tiene pocos casos, pero tal vez será cuestión de semanas para que el coronavirus se concentre dentro de los países más pobres del mundo y ahí residan las mayores afectaciones: la India, históricamente susceptible a las pandemias, posiblemente sufra mucho, y tal vez lo harán todavía más aquellos países cuyo sistema de salud sea muy pobre o casi inexistente.

    En aquellos países más deprimidos, el COVID19 se encontrará con aliados como la malaria o el HIV que hará el problema todavía más grave. Sobre todo en aquellas ciudades atiborradas de personas como Lagos donde pensar en una cuarentena es casi imposible. Ahí es donde se va a sufrir más, aún más que los que viven en las periferias de las ciudades de México.

    Por ello, los distintos sectores socioeconómicos viviremos el problema de forma distinta. Hasta el más rico tiene algunas posibilidades de riesgo, pero siempre serán menores a la de su contraparte de los barrios más deprimidos.