El Partido Verde Ecologista (PVEM) es uno de los partidos más repudiados de México.
De hecho, el Partido Verde representa lo más detestable de la política mexicana: corrupción, clientelismo, ausencia de ideología, nihilismo, cinismo, hipocresía, maldad y agréguele cuando adjetivo peyorativo encuentre y va a caber en su catálogo de definiciones.
El PVEM es, de alguna forma, una de las razones por las cuales la gente votó esperanzada por López Obrador. El PVEM venía en ese paquete llamado «régimen de corrupción de Peña Nieto»: era parte del régimen, se beneficiaba de él y beneficiaba de él. Con la llegada de la 4T todo eso se iba a acabar, decían.
Hoy sabemos que el PVEM ha cerrado filas con el régimen de López Obrador, y la dinámica que mantiene y mantendrá el PVEM con el régimen actual es básicamente la misma que mantuvo con el PRI: El «Verde» vota en tándem con MORENA en el Congreso, le servirá para ganar votos en las elecciones del 2021 de la misma manera que lo hacía en el sexenio pasado. Seguramente repartirán sus ya clásicas mochilas verdes, despensas y demás.
Pero lo curioso es que nadie dice nada. En el mismo día en que Yeidckol Polevnsky fue denunciada por su propio partido por lavado de dinero y el mismo día en que el PVEM cierra filas con MORENA de cara a 2021, el tema para los influencers orgánicos del régimen es Chumel Torres quien recibió miles de ataques por su participación en un foro del CONAPRED que, a la postre, fue cancelado por presión de la Primera Dama Beatriz Gutiérrez Müller como en los tiempos del PRI hegemónico (más allá de si era acertado o no invitar a Chumel dado que su comedia llegaba a incluir chistes racistas y de connotaciones similares).
A pesar de que esa alianza con el PVEM debiera ser vista como una traición de las más bajas, no pasa nada, nadie dice nada. A pesar de que en el gobierno de AMLO están priístas de la peor calaña y a pesar de que gran parte del mismo PRI ya se puso a su servicio, nadie dice nada. Aún así, hay quien insiste que «se barrerán las escaleras de arriba a abajo».
Lo más irrisorio y que muestra una incongruencia recíproca, es el hecho de que el PVEM haya decidido apoyar a un gobierno que ha visto con desprecio todo lo que suene a «energías renovables». No es curiosidad que
No nos vamos a convertir en Venezuela, pero lo que sí podemos ver ante nuestros ojos es el resurgimiento del PRI hegemónico, del régimen de partido único. Ese PRI ambiguo ideológicamente (o no me puedo explicar cómo un gobierno de izquierdas promueve la moral, es adverso a los temas ecológicos y desdeña la violencia contra la mujer), ese PRI atrapalotodo, ese que no tenía oposición y que buscaba tener control sobre cualquier resquicio de poder (y lo vemos con los ataques que los organismos autónomos están sufriendo), ese que decía que quien no se mueve sale en la foto.
Y lo peor es que algunos de esos «influencers orgánicos» que antes presumían ser opositores, convenientemente, callan.
El día de hoy, lo más cercano a una oposición organizada al gobierno se llama FRENAAA.
Puede no gustar a muchos, pueden no tener propuestas ni un plan, pero es lo que hay. Al día de hoy, esa iniciativa es lo más parecido que hay a una oposición y se ha convertido en el receptor principal para un sector de la población que se siente preocupada por el rumbo que está tomando el gobierno de López Obrador (y creo que en ese sentido no les falta razón).
FRENAAA (FREnte NAcional Anti AMLO) es una organización totalmente vertical y jerárquica donde el regiomontano ultraconservador Gilberto Lozano está a la cabeza (si algo negativo puedo mencionar de este movimiento, es eso). Básicamente él es el que decide y toma las decisiones que son delegadas a las células que esta organización tiene.
De Gilberto Lozano ya he escrito muchas cosas y la referencia que tengo de él está lejos de ser buena. Me parece que se trata de un demagogo que, en caso de tener aspiraciones presidenciales, sería un elemento bastante nocivo para el país. Dicho esto, habrá que reconocer que ha logrado hacer lo que ninguna otra oposición ha logrado hacer: convocar al ciudadano y crear una oposición articulada. A él se le ve como un hombre con «muchos huevos» y «mucha determinación», su lenguaje rudo y tan directo como el de los regios y su discurso demagogo ha resonado en un sector de la población.
Las narrativas importan y Gilberto Lozano ha creado una muy atractiva para atraer a un sector de la población a su causa. Él no habla de discursos rebuscados que le suenan muy técnicos a la gente: él no habla de proteger al INE ni de las políticas para combatir el Covid19. Él se centra en dos conceptos muy simples y demagógicos que apelan a las emociones: «Saquemos a López Obrador del poder» y «AMLO nos va a llevar al comunismo».
Gilberto Lozano no se dirige al círculo rojo ni a los académicos o especialistas que lo van a refutar a la primera (los cuales, en su gran mayoría, ven con recelo este movimiento): él se dirige al ciudadano común, el cual está preocupado por llevar el pan a la casa, por sacar adelante su negocio y que generalmente no es muy conocedora de la teoría política.
La realidad es que es imposible sacar a AMLO del poder a menos que él convoque a una revocación de mandato, haga un mal cálculo y la pierda (lo cual, siendo sinceros, no va a pasar). Y la realidad es que, a pesar de que el gobierno de la 4T puede poner al país en serios predicamentos (tanto en lo económico y lo institucional) de los cuales nos tardemos en recuperar varios años y de los cuales es completamente válido preocuparse, no veo cómo México se va a convertir en Cuba ni creo que sea la aspiración de López Obrador.
Pero el discurso funciona, porque hablar de comunismo implica decir que «te van a quitar tu casa» o «van a expropiar tu empresa». El significante por sí mismo genera mucho temor, sobre todo en aquellos sectores que ya tienen una vida consolidada. El «AMLO renuncia» se convierte en la solución frente a estos temores: «para que no nos volvamos comunistas y no nos quiten nuestras cosas, vamos a sacar a AMLO del poder». Estos dos elementos, sumados a la justificada preocupación de la gente por el rumbo de este gobierno, se convierten en un aliciente para formar parte de FRENAAA y ser parte de las caravanas. Si bien, no todos los que forman parte de estas caravanas creen en serio que eso vaya a pasar (que el martillo y la hoz vaya a desplazar al águila y la serpiente) y no todos siquiera simpatizan con Gilberto Lozano, se han decidido sumar porque por fin hay una oposición articulada a través de la cual pueden expresarse.
La gente siente una justificada incertidumbre, y Gilberto Lozano, por medio de su discurso, busca potenciarla: que la gente sienta más incertidumbre y temor y que vea en FRENAAA la solución a dichas inquietudes.
A ello, de forma secundaria, Lozano agrega un discurso ad hoc a las teorías de conspiración que circulan dentro de algunos de estos sectores (sobretodo de esas que circulan por los chats familiares del Whatsapp): teorías conspirativas que sugieren que existe un «nuevo orden mundial», que George Soros está detrás de él, que quiere imponer el comunismo y la «ideología de género» para así establecer una dictadura mundial.
Las caravanas organizadas por FRENAAA han ido creciendo. Gilberto Lozano y los suyos han logrado, a través de las redes sociales, crear células en muchas ciudades de México (y hasta de Estados Unidos) atrayendo, sobre todo, a un sector específico de la sociedad: gente relativamente mayor de edad (sobre todo mayor de cuarenta años) en su mayoría conservadora de clase media y media-alta. No son necesariamente privilegiados ni necesariamente forman parte de las élites como muchos suelen asegurar. Varios de ellos han logrado crear trayectoria profesional y su capital por medio del trabajo y el esfuerzo y temen perderlo. Son ese tipo de personas, las que tienen ciertos recursos pero no necesariamente privilegios, las que conforman estas caravanas. Muchos de ellos no pueden «huir a Estados Unidos» ni tienen conexiones con el poder en caso de que una «tragedia comunista» explote en nuestro país.
Si bien FRENAAA está creciendo, también tendrá serias dificultades para establecerse como «la oposición». La mayoría de las personas son mayores de edad de clases medias y medias-altas y son pocos los jóvenes que se han sumado. Al final no deja de ser un sector reducido de la población el que integra este movimiento. Esto, me parece, ocurre porque la narrativa es más atractiva para la gente grande que creció en medio de la Guerra Fría en medio del fantasma soviético y vivió en medio de crisis económicas y gobiernos irresponsables. El discurso del Nuevo Orden Mundial o la ideología de género tampoco es muy atractivo para los jóvenes que suelen ser más abiertos que «los grandes» a agendas como aquellas que tienen que ver con los derechos de las personas con una orientación o identidad sexual diferente a la heterosexual.
La narrativa de FRENAAA está pensada, al día de hoy, para sumar gente a las caravanas y mostrar cierto «músculo opositor» al régimen, pero no existe algo que vaya más allá. FRENAAA se enfoca en ser «anti AMLO» como tal más que en proponer una agenda o propuesta alternativa frente al gobierno y mucho menos para conformarse como una alternativa política.
Pero lo cierto es que FRENAAA ha logrado hacer lo que ni el PAN, ni MC, ni México Libre ni el PRI ha logrado hacer: sumar gente a su causa. FRENAAA es vista como una alternativa ciudadana y si en algo ha sido consistente Gilberto Lozano es en su crítica al sistema político, con lo cual la percepción de «ciudadano» queda legitimado. De hecho, Lozano comenzó a crecer y ganar notoriedad como opositor al régimen de Peña y tampoco ha mostrado la más mínima simpatía por Felipe Calderón.
Hoy los partidos deben tomar nota de este fenómeno. ¿Cuál va a ser su postura frente a FRENAAA? ¿Estamos viendo el surgimiento de un Trump mexicano o de un «AMLO de derechas»? ¿Debe de preocuparnos por la figura de Gilberto Lozano o debemos de regocijarnos por la gente que está tomando las calles? ¿Pactará con la oposición partidista? ¿O la seguirá concibiendo como parte de la corrupción? ¿O es que en realidad Gilberto Lozano no tiene realmente aspiraciones presidenciales?
Lo cierto es que mucha gente se está sumando, ya que se siente huérfana frente a un gobierno que le aterra y una oposición política que siente que no la representa y tiene derecho a hacerlo. La gente ha encontrado, como sea, un espacio donde manifestarse y donde pueda expresar su sentir.
Destruir o vandalizar estatuas porque las figuras que representan no sostuvieron los valores que hoy impulsamos es un terrible sinsentido.
Sería comprensible si dicha estatua es de un dictador sanguinario o de una figura que refleje los más profundos antivalores de una nación o una sociedad. Pero ¿atacar la estatua de Winston Churchill y destruir todo su legado porque sus posturas raciales no serían muy aceptadas hoy en día y que, aún así, fue clave para destruir un régimen que era muchísimo más racista como el de Hitler?
Si procuramos el progreso, si los individuos hemos ganado derechos con el tiempo y muchas minorías han ganado reconocimiento que en el pasado no tenían, entonces ello implica que quienes vivieron antes de que eso ocurriera no reconocieran ni conocieran esos derechos. Por lo tanto, lo que hoy nos parecería aberrante antes era la norma.
Dicho esto, casi todas las figuras nacionales tenían formas de pensar que a la fecha de hoy nos parecerían aberrantes, y ello es regla y no excepción. Basta leer la epístola de Melchor Ocampo (político liberal) para darse cuenta de ello.
Y si comprendemos que dichas figuras vivieron antes de que el mundo «progresara», entonces sería injusto que los juzgáramos bajo nuestros criterios del siglo XXI. Más bien tendríamos que contextualizar su legado y su altura moral de acuerdo con su tiempo y no con el nuestro, porque las convenciones contemporáneas ni siquiera las conocían. ¿De acuerdo con su época, podemos decir que tal individuo fue recto?
Si no aprendemos a contextualizar, entonces vamos a llegar a la inevitable conclusión de que nos tenemos que pelear con nuestro pasado y que tenemos que borrarlo. Eso es muy grave, porque las sociedades necesitan un legado, un pasado sobre el cual sostenerse y justificar su esencia. ¿Qué nos volveremos incapaces de reconocer el papel de Winston Churchill a la hora de combatir el nazismo?
La verdad es que, a pesar de que algunas de las formas de pensar y de actuar hoy nos sean aberrantes, el legado de muchas de esas figuras debe mantenerse. ¿Voy a despreciar toda la filosofía de Schopenhauer porque era misógino, algo que era la regla en sus tiempos? ¿No puedo ser una persona madura y aprender a separar la misoginia de Schopenhauer, muy típica en su tiempo, de su legado filosófico? ¿Los gringos tienen que pelearse con George Washington porque no defendió la paridad de género en su gobierno o porque no incluyó negros en su gabinete?
¡Qué terrible sería voltear al pasado de esa forma y concluir que los seres humanos éramos esencialmente malos y abominables!
Y lo paradójico es que, asumiendo que en el futuro los individuos puedan adquirir otro tipo de derecho, bajo la misma tesitura entonces ellos juzgarían de abominables e inhumanos a quienes hoy protestan por la «inhumanidad» de sus antecesores.
Voltear al pasado y percatarnos de que las figuras de antaño sostenían pensamientos y hasta actos hoy calificados como aberrantes debería de generar el sentimiento opuesto, que hemos evolucionado como sociedad y que podemos enorgullecernos de ello, no lo opuesto. Lo primero ayuda a fortalecer nuestro ethos social, lo segundo lo destruye.
Señor López Obrador: preocupado por la pandemia y la economía de mi país he leído con atención su decálogo que propuso. Esperaba que por fin «agarrara la onda» pero no fue así. Por ello decidí escribirle a usted, señor presidente, un contradecálogo para que usted lo siga.
Póngase a gobernar, ya estamos hasta la madre de predicadores. Ya tenemos suficientes sacerdotes, ministros de Pare de Sufrir y youtuberos de la «actitud positiva». Queremos un Presidente que tome medidas para paliar la epidemia y la crisis económica que le acompaña, no uno que hace decálogos demagógicos emulando los mandamientos para apelar a la religiosidad de los sectores populares en los que usted quiere crear una clientela.
El filósofo Karl Popper decía que los políticos deberían limitarse a combatir males y no andar promoviendo valores ni decirle a la gente cómo es que tiene que ser feliz, y tenía razón. Deje de estar dictando moral y deje de estar diciéndonos bajo qué valores tenemos que regir nuestras vidas.
Por favor, no desobedezca las instrucciones de sus propios especialistas a quienes contradice una y otra vez. Su actitud solo confunde a la población, lo cual explica que muchas personas no hayan hecho cuarentena y, a su vez, explica por qué falta tanto para que la epidemia se controle.
Por favor, apoye a pequeñas y medianas empresas para evitar más despidos, apoye también a las personas que trabajan en el sector informal (con políticas bien diseñadas y sin propósitos clientelares) para atenuar el impacto económico de la pandemia. Las pequeñas y medianas empresas poco tienen que ver con ese «capitalismo de cuates» como el de los grandes empresarios con quienes usted se reúne en Palacio Nacional y a quienes les da proyectos sin licitar.
Por favor, cancele todos sus megaproyectos por inviables y reasigne el presupuesto al combate a la pandemia. Dos Bocas es inviable y ya se lo han dicho expertos, Santa Lucía ni hablar, y el Tren Maya es un atentado contra la ecología.
Deje de generar incertidumbre. Si bien es cierto que la crisis económica es producto, en gran medida, de la pandemia, también es cierto que sus políticas erráticas y sus mensajes han generado una fuerte incertidumbre en la inversión privada lo cual ha profundizado más el impacto de la crisis.
Deje de polarizar al país. Necesitamos un presidente que sea líder de todos los mexicanos, pobres, ricos, de clase media. Necesitamos a un presidente que una a la sociedad para lograr sortear esta pandemia, no uno que estigmatice y etiquete a aquellos que guardan escepticismo hacia su gobierno.
Atienda los problemas de violencia intrafamiliar que se han incrementado con la pandemia que afecta a mujeres así como a infantes y que usted ha ignorado (y hasta ha inventado otros datos) porque le guarda resentimiento a los colectivos feministas que le han demandado actuar contra ese problema.
No sea egoísta. Nos dice en su decálogo que no seamos egoístas con el prójimo. Si usted está decidido a predicar moral, entonces de menos sea congruente: comparta información verídica, no confunda.
Tire su decálogo a la basura: es completamente inútil y demagógico. Es un insulto para los mexicanos que quieren que usted proponga medidas para sortear este problema y que se sienten abandonados a su suerte.
Muchos mexicanos esperamos que lo siga cabalmente, señor Presidente.
Si a alguien le cayó como anillo al dedo la llegada de Donald Trump a la Casa blanca, son a los progresistas (o los progres, como se les llama).
Más de uno ha de estar pensando que estoy diciendo barbaridades pero, si nos ponemos a pensar profundamente, no es así.
Así como en el artículo pasado les conté la necesidad que tienen los movimientos, los gobiernos y las sociedades de construirse enemigos que reafirmen su identidad, el progresismo encontró en Donald Trump a su enemigo perfecto.
Lo es porque Trump no es siquiera un conservador que presuma tener principios y valores el cual pueda acusar al progresismo de relativista. Porque si hay algo peor que ser relativista es ser nihilista y Trump lo es: el presidente de los Estados Unidos es un «hombre blanco», primitivo, impulsivo y hasta misógino. Es casi como la caricatura de lo que al progresismo no le gusta, es el hombre ideal al cual pegarle y sobre el cual arrojar culpas.
A pesar de que no están en el gobierno, la agenda progresista ha avanzado de forma contundente estos últimos años y ello ocurre en parte porque la presencia de Donald Trump los motivó a echar mano de los medios que tienen para impulsar su agenda: el cine, la cultura, la academia e incluso hasta los deportes. Tal vez el filósofo esloveno Slavoj Zizek no se equivocaba tanto en 2016 cuando decía que si fuera estadounidense habría votado por Donald Trump, no porque le mereciera la más mínima simpatía, sino porque haría a los partidos políticos y a su oposición replantearse. Y no es como que los demócratas se hayan replanteado mucho, pero los movimientos progresistas sí que lo hicieron.
Si hubiera ganado Hillary Clinton, es posible que el progresismo estadounidense continuara manteniendo una postura autocomplaciente pensando que ya viven en un país idílico liberal-progresista donde un negro y una mujer ya fueron presidentes.
No sé qué reacción habría ocurrido con el asesinato de George Floyd, seguramente también habríamos visto manifestaciones e indignación, pero la presencia de Trump, quien nombró a ANTIFA (un movimiento de izquierda radical) como organización terrorista, terminó más bien ayudando a las «causas progres» reafirmándolo como su enemigo. Hoy el movimiento Black Lives Matter, que ya tiene una calle céntrica en Washington con su nombre, es mucho más popular y aprobado en Estados Unidos que antes, con todo y la presencia de vandalismo y motines en las calles que, a pesar de que fue reprobado por la mayoría de los norteamericanos, dicha reprobación no se trasladó al movimiento o la causa como tal.
El movimiento a favor de los negros no solo ha resonado en Estados Unidos, sino en muchas otras latitudes. Algo parecido podemos decir del tan polémico #MeToo que se ha replicado en varias ciudades del orbe.
Lo cierto es que lo único que pueden lamentar los sectores progresistas es que no son gobierno. Pero esa lamentación en realidad poco debería importar para ellos porque su agenda y sus movimientos (desde aquellos moderados hasta los radicalizados) siguen avanzando y porque, en muchos sentidos, han ganado el control de la narrativa.
En un ensayo, el filósofo y semiólogo Umberto Eco hablaba sobre la necesidad imperiosa que tienen los regímenes y las culturas de crear un enemigo sobre quien pueden descargar sus debilidades y faltas. Si no se tiene un enemigo entonces habría que crearlo. A través de dicho enemigo una entidad se reafirma y termina por crear su identidad porque así se distingue favorablemente del otro. Sus virtudes lo son en relación con los defectos del otro. El enemigo, decía Eco, tiene que ser feo, porque lo feo y malo contrasta con lo que es bello y bueno.
Así como los villanos de las películas suelen ser feos, el enemigo que la 4T ha tratado de crear también lo es. No necesariamente lo es en lo meramente estético, sino más bien en lo ético y en lo moral: los conservadores, la mafia del poder, los corruptos que se contrastan con el pueblo bueno y honesto que guarda dentro de sí valores ancestrales y de los cuales López Obrador funge como representante.
Ello ayuda a explicar muy bien lo que ocurrió en la mañanera, donde se presentó un supuesto documento de una, valga la redundancia, supuesta organización llamada BOA (Bloque Opositor Amplio) donde se amalgaman todos los sectores de oposición, que busca quitarle las cámaras a AMLO en el 2021 y removerlo del poder en 2022 a través de una revocación de mandato.
Son parte del BOA, dice el documento, organizaciones empresariales como el Consejo Coordinador Empresarial, Coparmex, FEMSA, FRENA (de Gilberto Lozano), los gobernadores que no son de MORENA, legisladores de oposición, consejeros del INE, los magistrados del TEPJF, partidos políticos que no son MORENA ni sus satélites (PVEM, PT, PES), Vicente Fox, Felipe Calderón, medios de comunicación como Reforma, El Financiero, El Universal y hasta Proceso e incluso la prensa extranjera. También lo son periodistas y opinadores como Loret de Mola, Brozo, Denise Dresser, los Krauze y casas encuestadoras como Consulta Mitofsky, Buendía y Laredo, Parametría y demás.
Básicamente todo lo huela o parezca oposición está en ese documento.
Es evidente la intención del gobierno al presentar este documento, que por cierto no está bien hecho y contiene errores. El objetivo es encasillar a la oposición o a quien no es afín a la 4T en una sola cosa para darle forma a ese enemigo. Hasta hoy, López Obrador ha tenido problemas para construir un enemigo claro que le ayude a reforzar su movimiento. La oposición está muy desarticulada e incluso políticos como Felipe Calderón no son por sí mismos suficientes para construir ese rival idóneo del gobierno.
Los adjetivos peyorativos, aquellos significantes como «fifí, conservador o mafia del poder» pueden pecar de ambiguos o muy abstractos. Puede no quedar muy claro quien es fifí o conservador. En cambio, al construir una entidad más concreta cuyos componentes son identificables (nombres de empresas, medios de comunicación, periodistas) el enemigo se vuelve más visible.
Pero no solo tiene ese propósito, ya que por medio de esta entidad concreta se pretende eliminar de su heterogeneidad a la oposición para así poder señalarla o encasillarla. Por eso no se habla de ciudadanía sino de pueblo, y así como el pueblo es bueno, los demás, los que no son pueblo, los que se oponen, son lo malo. Así, AMLO reduce algo tan complejísimo y diverso que es la sociedad mexicana a una oposición binaria donde el individuo es anulado y colectivizado. Tu identidad se define con relación al polo al que perteneces: eres AMLO o antiAMLO.
En aquella entidad, «el otro» o «el opuesto» están los que no son afines en la 4T. Ya dijo el propio AMLO que es «hora de tomar posturas claras»; es decir, de definirse y tomar postura en esa escala binaria. No importa si eres honesto o corrupto, pero si eres opositor al final recibes la carga del significante retórico y demagógico donde se te atribuyen un cúmulo de defectos que te convierten en «parte del enemigo»: si no estás con AMLO no quieres a México, no quieres que las cosas cambien, eres neoliberal, defiendes a los privilegiados.
Pero basta dar un repaso a ese documento para percatarse de la trampa:
¿Por qué un ultraderechista como Gilberto Lozano y alguien como Denise Dresser podrían aliarse en una «intentona golpista»?
Si el PAN y México Libre aparecen ahí ¿entonces Felipe Calderón ya hizo las paces con el PAN y con sus archirrivales Ricardo Anaya y Marko Cortés? Lo dudo mucho.
¿Por qué un diario de izquierda como Proceso se aliaría con entidades empresariales y políticas a los cuales ha criticado sin cesar en sus páginas?
Lo más grave es que, en el hipotético caso de que ese documento fuera verdadero, ello no tendría nada de malo. Por más chocante que pueda parecer a algunos de sus seguidores, eso sería un acto completamente democrático porque están ejerciendo sus derechos de participación ciudadana. Según el texto propuesto ni siquiera hay alguna propuesta que esté fuera de la ley (como promover un golpe de Estado).
Este tipo de amagues deberían preocuparnos. Un Estado que busca encasillar y estigmatizar a la oposición para así debilitarla es un acto autoritario. No solo porque se trata de una falacia, sino porque, a la vez, cuestiona y ridiculiza el derecho que tiene la oposición para organizarse y oponerse al gobierno.
He hecho varias reseñas de libros de políticos en este espacio: libros de AMLO, de Margarita Zavala y el pasado que escribió Felipe Calderón. A todos ellos les había dado una baja calificación en Goodreads porque me habían parecidos sosos o mediocres, a pesar de que, en algunos casos, su lectura servía para poder analizar al candidato o político en cuestión.
Pero este libro, cuyo título casi parece un plagio del de Hillary Clinton: Hard Choices, no es el caso. De hecho me pareció bastante interesante, a diferencia de su otro libro que me pareció poco más que un informe gubernamental y al cual ni siquiera le hice reseña.
Tengo que decir, antes que nada, que es natural que en estos formatos quasiautobiográficos la autocondescendencia sea casi una condición, y el libro de Calderón no es la excepción. El libro, a diferencia de las memorias de cualquier otro político, tiene otro problema, y es que está escrito no por un político que se ha retirado sino por uno que está en activo y tiene un partido. Ello hace que la autocondescencia sea todavía mayor porque su texto funge como una herramienta promocional y ello queda en evidencia.
Aquí te vas a encontrar un libro de un presidente que hablará miel sobre hojuelas de toda su gestión, donde la autocrítica, si bien no es inexistente es escasa; los errores de su parte que él mencione serán casi anecdóticos y de tal forma que estos no comprometan su integridad moral.
Pero, obviando esto, es un libro que creo vale la pena leer. ¿Por qué? Por el simple hecho de que siempre me ha parecido provechoso conocer el relato personal del ejercicio del poder por parte de quien, valga la redundancia, lo ejerció. Ciertamente, el relato que hace Felipe Calderón de su ejercicio es útil para entender de mejor forma lo que pasa «tras bambalinas», obviando que no se nos narrará todo y que tratará de hilar una narrativa autocondescendiente.
Si bien el título explica mucho de lo que habla este libro: las decisiones difíciles que Felipe Calderón tuvo que tomar, al final no deja de ser una suerte de autobiografía sobre su trayectoria política.
Pero entonces vamos a empezar con su análisis:
Es de llamar la atención que Felipe Calderón es una persona leída, se nota en el libro. Es una persona que tiene preparación y bagaje cultural. Es decir, tiene cierta preparación intelectual e ideológica lo cual no se puede negar.
Calderón es un político de carrera, de aquellos que comenzó en un partido desde abajo y se preparó para ese fin. Un hombre formado desde «dentro del sistema». También es obvio que se trata de un ex presidente que trataba de empaparse y adquirir conocimiento relativo a las áreas en las que se involucraba. No se espera que un presidente sepa todo y para ello delega muchas funciones a su gabinete formado por expertos en su área. Este apartado tal vez sea lo más brillante de su presidencia: tuvo un gabinete de primer nivel como pocos y, a su vez, buscaba entender lo que se hacía en las distintas áreas de tal que sabe explicar muy bien todas las actividades en las que estaba involucrado. Muchas luces en el apartado técnico, aunque no así en el político donde presume más bien sombras.
Su postura ideológica
En Felipe Calderón podemos ver a un hombre de centro o centro-derecha, quien en algunos aspectos es conservador, un hombre religioso que creció en un ambiente cercano a su fe. Aún así podemos ver ciertos tintes progresistas como aquellos que tienen que ver con la ecología (tema con el que ha mostrado compromiso aún fuera de la presidencia) y la equidad de género, aunque sin adoptar, claro está, toda la agenda relacionada con el feminismo. Aún así, según lo que nos relata en su libro, procuró que hubiera más espacios de mujeres en su gobierno.
Calderón tampoco era un «ultraconservador»: no es un Jair Bolsonaro (no simpatiza de ninguna forma con el mandatario brasileño) y ciertamente no sólo se opone al populismo de izquierdas sino al de derechas (basta ver su postura beligerante hacia Donald Trump). Ideológicamente es heredero de líderes panistas como Manuel Gómez Morín y Carlos Castillo Peraza quienes no estaban muy a la derecha del espectro político. Era, por así decirlo, del ala moderada del PAN. Esta postura, que tal vez pueda parecer un poco ambivalente, le permitió tejer buenas relaciones tanto con figuras más cargadas a la derecha como su amigo Alvaro Uribe o el ex candidato John McCain hasta líderes socialdemócratas o del partido demócrata estadounidense.
Ello explica por qué no solo los sectores conservadores lo apoyaban, sino también algunos sectores de la intelectualidad liberal. No era tan conservador o «mocho» como para que generara escozor entre aquellos que defendían el Estado laico e incluso algunos sectores progresistas moderados no lo vieron con tan malos ojos y no era tampoco tan «socialdemócrata» como para ahuyentar a los sectores conservadores.
Una de las cosas más llamativas de su libro es que él mismo habla sobre cómo la «ultraderecha» (como él mismo la llama) del miembros del Yunque (organización a quien él mismo menciona) trató de infiltrarse en el PAN. También se refiere en su libro como ultraderechistas a aquellas personas que mantienen posturas políticas muy confesionales como es el caso del ex candidato a gobernador de Jalisco Fernando Guzmán.
En lo económico ocurre algo parecido. A pesar de que es un hombre con convicciones liberales, su liberalismo no era «radical» ni estaba cerca de ser un libertario. Su política económica estaba complementada con algunas «pinceladas socialdemócratas». Creía en el libre mercado, pero también llevaba a cabo algunos programas sociales sin olvidar que aspiraba a la cobertura de salud universal (el Seguro Popular era, según se decía, un puente para transitar a ello).
Sus «primeros pininos».
En su libro, Felipe Calderón nos cuenta su trayectoria desde abajo, desde cuando su partido estaba condenado a la derrota: ¿Qué caso tiene trabajar con tanto esfuerzo si la gente no nos hace caso y nos roban los votos? Le dijo a su padre Luis Calderón Vega, quien le respondió que esto no lo hacemos por ganar la elección ni el poder, sino por el deber moral que tenemos con México. Calderón se trata de presentar como un hombre de principios, decía que para él el bien común era una obligación ética, postura minoritaria, dice, frente a la idea de que la política es «el arte del poder». Bajo esa vision, profundamente panista (en sus principios) trata de contrastarse con el típico político priísta. Otra cuestión sería si en su presidencia gobernó o no bajo esos principios.
En su libro, Calderón cuenta cómo inició su relación con Margarita Zavala (quien lo bateó antes de que comenzaran a andar) y cómo se formó dentro del PAN. Nos narra que desde sus inicios conoció a Manuel Bartlett, con quien tuvo que interactuar, y quien representaba lo peor del PRI, aquél PRI de los fraudes y las elecciones amañadas, y quien aplastaba cualquier esfuerzo ciudadano democrático. Calderón le llegó a decir en ese entonces: «me da vergüenza estar sentado en la mesa de los asesinos de la democracia hablando de democracia».
Calderón narra su candidatura a la gobernatura de Michoacán, la cual perdió. También nos habla de lo que considera fueron sus aportaciones a la construcción del México democrático y cómo vivió varios eventos políticos cuando él estaba en su partido: el asesinato de Colosio, la elección de 1994, el error de diciembre que se lo achaca mayormente al gobierno de Carlos Salinas. El libro incluso tiene varias anécdotas que podrían ser útiles para quienes hacen mercadotecnia política con relación a su vivencia de la campaña del 1994, la del 2000 donde ganó Vicente Fox, y la del 2006 que lo llevó a la Presidencia.
Su presidencia
No se cuentan muchas cosas nuevas en torno al 2006. Tal vez haya más novedades en torno a las elecciones internas y cómo vivió una campaña que parecía no despegar que el conflicto electoral con AMLO donde parece que casi todo está dicho. La postura de Felipe Calderón es la que conocemos: que las elecciones fueron limpias, que le sugirieron no apoyar el recuento (lo cual al principio no le parecía tan mala idea) porque eso implicaba que el tribunal, por consecuencia, tuviera que anular la elección.
Lo que sí llama la atención es que la relación con su antecesor fue muy mala. Fox sale muy mal parado en el libro, es mostrado básicamente como un mandatario inepto y blandengue, el cual, narra Calderón, le decía que con el narco «ni le mueva». Su relación con Fox fue muy ríspida y él mismo reprocha que se haya metido en las elecciones. Narra también como Fox hizo más bien poco para defender su triunfo y para que pudiera ser nombrado como Presidente de los Estados Unidos Mexicanos en el Congreso de la Unión.
Una de las cosas que más me llamaron la atención y que me parece que fue uno de sus grandes aciertos fue el cierre de Luz y Fuerza del Centro. No sólo porque narra con lujo de detalle cuán ineficiente era la paraestatal, sino por la complejísima tarea que requirió cerrarla sin que el sindicato cortara la luz de todo el centro del país. Fue una operación quirúrgica, muy detallada y sofisticada que requirió del equipo de inteligencia e incluso la resistencia desde dentro de su gobierno quienes temían que todo fuera a derivar en caos. Una anécdota es que Marcelo Ebrard, quien no reconocía su triunfo, accedió a no estorbar las operaciones.
Mi sugerencia, señor Presidente, es que haga lo que tantos presidentes han hecho antes de usted: nada. No enfrente al SME.
Le dijo el director del CISEN a Felipe Calderón
De igual forma hace una interesante narración de los que considero fueron sus aciertos como los relativos a la pandemia de 2009 y la crisis económica del 2008 donde explica con lujo de detalle las políticas contracíclicas keynesianas que tomó y cómo funcionan.
Hasta aquí parecería que estoy hablando de un mandatario sumamente eficiente y profesional. Pero también hay oscuros de los cuales Felipe Calderón omite mucho o busca justificaciones.
Uno tiene que ver con Elba Esther Gordillo, alianza que tejió en el 2006 para ganar las elecciones y que le dio básicamente todo el poder de la educación de la maestra en el sexenio. En su libro, Calderón parece buscar excusas como el hecho de que «ya estaba con Vicente Fox» y que por el escenario electoral no podía darse el lujo de hacerla a un lado.
Otro tiene que ver con la reforma de Pemex, donde no tuvo el oficio político para promoverla y que fue bloqueada por el PRI y la izquierda. Habla de todo menos de la falta de oficio que su gobierno tuvo.
¿La Guardería ABC? Ni siquiera es mencionada.
De lo relativo al combate al narco habla de las resistencias que tuvo, de las críticas que recibió desde la izquierda (y el PRI) y por qué era necesario hacer algo al respecto (no sin recordar una que otra vez la ineptitud de su antecesor). Aquí sí es de subrayar que reconoce que la estrategia no pudo concluirse y que al día de hoy las cosas están bastante peor, aunque tengo que decir que su justificación (en lo operativo) no me termina de convencer del todo. Creo que sí se tenía que hacer algo al respecto, pero creo que es sano preguntarse si la estrategia implementada fue la más adecuada.
Por otro lado habla de la detención de Genaro García Luna como por compromiso, como para que el lector no se vaya a preguntar por qué lo omitió. La realidad es que es de las partes más decepcionantes del libro y se limita a decir que espera que el juicio sea justo y apegado a derecho… y que si se llegara a demostrarse su culpabilidad, y se probaran los hechos de los que se le acusa, ésta sería una gravísima falta a la confianza depositada en él por la sociedad. La respuesta me parece poco convincente, y es que uno se pregunta cómo Felipe Calderón nunca supo en qué pasos andaba quien fue su mano derecha en su sexenio. Me parece algo ingenuo, partiendo de que fue un presidente que trataba de involucrarse en todas las áreas de su gobierno y cuya bandera fue el combate al narcotráfico.
El PAN
Si hay alguna entidad que sale muy mal parada aquí es el propio PAN. Felipe Calderón narra cómo es que ese partido se ha ido degradando a lo largo del tiempo, cómo algunos intereses han tratado de influir en él y cómo terminó emulando las prácticas del PRI que tanto aborrecían al punto que se salió de su partido. Las referencias a Ricardo Anaya no son escasas y lo muestra básicamente como un hombre corrupto que hace las «mismas trampas del PRI. Lo cierto es que aquí Calderón se muestra como el bueno de la historia y evidentemente solo cuenta su parte. No son pocas las voces que decían que mientras fue presidente mantuvo una relación autoritaria para con su partido, pero en este apartado las críticas brillan por su ausencia.
López Obrador
No son pocos los que se encuentran hartos de la obsesión mutua entre Felipe Calderón y López Obrador. La realidad es que ambos se necesitan. Calderón necesita contrastar con él para posicionarse y López Obrador porque necesita un «enemigo» en medio de un país donde la oposición es casi inexistente.
Hablaba de que este libro no es un simple libro de memorias, sino que también tiene un propósito en su carrera política (que aún no termina y que hasta partido tiene). Uno de los pilares de este libro es contrastarse con López Obrador. Si López Obrador es un improvisado, yo soy un técnico; si AMLO es autoritario, yo soy demócrata.
Inclusive al final del libro le dedica una carta que dice haberle enviado para hacerle algunas sugerencias respecto a su gestión, la cual está escrita de una forma poco confrontativa y amistosa, pero donde busca mostrar un contraste entre su gobierno y el de él. Le dice a López Obrador dónde la está regando y qué haría él en su lugar de acuerdo a su experiencia propia como para mostrar a su movimiento-partido como una alternativa eficaz y contrastante con este gobierno.
Conclusión
Evidentemente no contaré todas las anécdotas e historias del libro para el lector las lea y no le arruine la lectura, pero sí he resumido aquello que más me ha llamado la atención y he buscado contextualizar el libro en el escenario político actual.
Es evidente el propósito de Felipe Calderón con este libro, pero con todo ello creo que vale la pena su lectura, incluso para aquellos que son opositores a su figura. Siempre será interesante cómo vive y qué piensa un presidente cuando tiene que tomar decisiones complicadas.
Sin sostener que fue un gran presidente, sí creo que ha sido el más aceptable de este milenio. Se supo rodear de gente muy técnica o preparada, técnica que en este sexenio brilla por su ausencia. Sin embargo, el oficio político no fue uno de sus atributos y ello explica por qué, a pesar de que comandó un gobierno que mantuvo al país estable y lo logró mantener a flote en las crisis más complicadas, no logró trascender y ser ese «gran presidente del cambio» (ese papel que Fox no quiso tomar). No podemos hablar de reformas estructurales importantes ni del combate a las estructuras clientelares que tanto decía aborrecer, el narcotráfico sigue aquí (a pesar de que es cierto que al final de su sexenio los índices de violencia comenzaron a bajar).
La capacidad técnica para hacer una transformación existía, no así la política. Y tal vez así podremos recordar este sexenio, de un buen técnico, pero que políticamente no fue tan hábil.
En Guadalajara vivimos uno de los días más oscuros.
Todo empezó con el asesinato de Giovanni, quien había sido levantado y asesinado por la policía. De esto escribí hace algunos días. Y si bien ello ocurrió ya hace un mes, la opinión pública se acababa de enterar del hecho.
A raíz de esto, se organizaron una serie de manifestaciones en la ciudad. La primera fue a las afueras de Palacio de Gobierno. Había razones de peso para indignarse.
Las cosas comenzaron a descontrolarse. Algunas unidades de policía fueron incendiadas y lo que a uno le rondaba por la cabeza es que la ola de motines provocada por el asesinato de George Floyd en Estados Unidos había llegado a México. Ambos casos concordaban en ser abusos policiales que derivaron en la muerte de una víctima y que se transformaron en protestas multitudinarias, muchas de ellas pacíficas, junto con otras donde el vandalismo y los saqueos se hacían presentes.
Sin embargo, se puede percibir cuando aquellos que son parte de los motines están ahí producto de la indignación y cuando son «vándalos profesionales» enviados por algún interés específico. Varios de los «vándalos» no se veían precisamente enojados, parecía que estaban haciendo algún trabajo.
Es importante entender el contexto en el que hay una gran tensión política entre el Gobierno Estatal (Enrique Alfaro) y el Gobierno Federal (Andrés Manuel López Obrador). Desde el inicio del sexenio ha habido pique entre ambas figuras, las cuales se acrecentaron con la pandemia donde Alfaro logró capitalizar el conflicto a su favor.
Lo que vimos estos dos días se explica, en gran medida, por este conflicto donde hay muchos intereses políticos en juego: Enrique Alfaro aspira a ser Presidente de la República, mientras que él se ha convertido en una de las muy pocas figuras políticas de oposición en el país que tienen cierto peso. López Obrador está urgido de neutralizar el liderazgo de Enrique Alfaro mientras que este último está urgido de ungirse como el opositor que se opone a la 4T en aras de construir su candidatura a la presidencia y que es es, el día de hoy, una de las muy pocas cartas que la oposición tiene para poder competir en 2024.
No solo eso, Enrique Alfaro es uno de los pocos políticos capaces de construir narrativas que atraigan la atención del electorado, que puedan generar mensajes de esperanza y, por tanto, que puede competir con la poderosa narrativa de la 4T. Para ello tiene agencias de comunicación como Indatcom y La Covacha que fueron cruciales en su ascenso como figura política.
Vaya, hay muchos intereses inmiscuidos en este conflicto y que trascienden los intereses propios de Enrique Alfaro y Andrés Manuel López Obrador.
Estos intereses explican que, después de lo ocurrido el primer día de las manifestaciones donde circularon tanto videos de detenciones arbitrarias así como de un vándalo que cobardemente prendió fuego a un policía, Enrique Alfaro afirmara que esto se había organizado desde los sótanos del poder del Gobierno Federal. Directamente culpó al gobierno de López Obrador por lo ocurrido:
Es posible que el Gobierno Federal haya tenido algo que ver con esto si comprendemos el contexto en el que todo esto se llevó a cabo, hay algunas evidencias que sugieren esa hipótesis. Es posible que Alfaro llegara a tener algo de razón (que algunos de los vándalos hayan sido enviados para buscar deslegitimar a su figura). Lo que tenía que hacer Enrique Alfaro era no caer en la provocación.
El problema es que cayó.
Hasta este momento las cosas no iban tan mal para él. Se ordenó detener a los policías involucrados casi en ese mismo momento para evitar que esto se le convirtiera en su «Ayotzinapa», pero la comunicación de Alfaro no estaba siendo muy asertiva (y no es la primera vez que ocurre). Alfaro pudo comprometerse a combatir de fondo el problema del abuso policial y mostrar empatía, pero no lo hizo y ello generó más bien indignación. Se le veía notablemente molesto ante las cámaras. Mandaba mensajes confusos donde en las ruedas de prensa se veía visiblemente enojado con los manifestantes con los cuales después dijo empatizar.
Uno de los talones de aquiles de Enrique Alfaro es su carácter, es una persona que se enoja fácilmente y que puede perder la cordura. Si el Gobierno Federal tuvo algo que ver con lo ocurrido, seguramente sabían de este detalle y sabían que podían darle «por ahí» para sacarle provecho. Alfaro se estaba volviendo muy incómodo para los intereses del poder político al mostrarse como quien sí estaba actuando de forma responsable ante la pandemia y como quien sí levantaba la voz y «tenía muchos huevos».
El día siguiente fue uno de los días mas oscuros en la historia moderna de la ciudad y, por tanto, uno de los días más oscuros de su gestión. Un día antes, Alfaro, visiblemente molesto, recriminó que se manifestaran también ese dia cuando los responsables ya habían sido detenidos. Era muy visible la molestia del gobernador con la protesta que se llevaría a cabo en la fiscalía.
¿Qué pasó? Nos enteramos que varios manifestantes (inocentes y que no habían hecho nada) habían sido levantados y abandonados en colonias peligrosas por el Cerro del Cuatro (varios de los levantados no han aparecido al tiempo en que escribo esta columna). Algunos fueron golpeados y agredidos (agresiones que fueron documentadas en video) de forma arbitraria por policías vestidos de civiles como lo muestran varios testimonios aquí y aquí. Incluso figuras de talla internacional como Guillermo del Toro mostraron indignación ante lo ocurrido y solicitaron liberar y encontrar a los que fueron arbitrariamente levantados.
Todo esto ocurría mientras en Twitter se promovía el hashtag #AlfaroParaPresidente, uno con un timing muy inoportuno y que fue aprovechado por sus detractores.
¿Cuál fue la respuesta de Enrique Alfaro? Acusar a la Fiscalía de «no haber hecho caso a sus indicaciones» y haber actuado con brutalidad. Básicamente se deslindó de lo ocurrido. El problema es que cualquiera de las dos hipótesis que se pueden esgrimir a partir de sus declaraciones lo dejan mal parado. Una evidentemente sugiere que sí tuvo algo que ver y la otra lo deja ver como alguien que no tiene control de sus fuerzas de seguridad.
Lo triste es que decenas de manifestantes inocentes y pacíficos pagaron el precio de recibir las «balas perdidas» del conflicto entre el gobierno de Enrique Alfaro y el de Andrés Manuel López Obrador. A muchos de ellos les coartaron su derecho a la libertad de expresión, manifestación y movilidad. En un acto de autoritarismo, fueron brutalmente reprimidos por quienes dicen ser las fuerzas del orden y varios de ellos, en el momento que escribo este artículo, no han aparecido:
El conflicto es evidente y basta darse una vuelta por las redes para constatarlo. El alfarismo y la oposición de López Obrador intentan mostrar a un Alfaro que se resistió al «embate autoritario» del Gobierno Federal, narrativa que hasta antes de la manifestación de ayer estaba funcionando relativamente bien. Por el contrario, el pejismo ha tratado de mostrarlo como un intolerante, fascista y represor mientras que se han deslindado completamente de lo ocurrido.
Hasta el día de ayer, la primera narrativa tenía más peso, pero lo ocurrido hoy fortaleció la segunda.
Alfaro pudo salir avante de este conflicto, pudo haberlo capitalizado a su favor, pero lo ocurrido ayer junto con sus imprudentes y confusas declaraciones lo puso en una situación muy comprometedora en aras a sus ambiciones políticas.
Dicen que el que se enoja pierde. Hoy fue Alfaro el que se enojó y el que dejó que las cosas se le salieran de control. Es cierto que en política las narrativas suelen «crear la realidad» y el impacto sobre Alfaro o el gobierno de AMLO dependerá también del trato que se dé a lo ocurrido de forma que se pueda capitalizar. Lo cierto es que en esta batalla por la narrativa, con lo de ayer, Alfaro quedó en desventaja. Hoy mucha gente está muy molesta con él por lo ocurrido y es muy posible que se lo recuerden en campaña (independientemente de que hubiera tenido algo que ver o que hayan actuado así sin su permiso).
Y quienes pagaron los platos rotos por el conflicto fueron personas inocentes.