Autor: Cerebro

  • ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    ¿Qué es y qué no es la cultura de la cancelación?

    Asumimos que el mundo progresa, o al menos pretendemos que lo haga.

    Si el mundo progresa, entonces ocurre que, al voltear al pasado, observaremos cosas que nos parecen reprobables o cuestionables. Por más progrese, más «negro» nos va a parecer el pasado.

    Y tiene sentido. Al estar menos evolucionados, las formas de convivencia entre humanos solían ser más arcaicas, más injustas y, por lo general, más violentas.

    Y quienes vivieron en tiempos pasados (ya sea en 1970 o en 1600) crecieron bajo paradigmas y cosmovisiones más arcaicas. Se adaptaron a ellas porque era lo que había, como ahora nos adaptamos a lo que hay. A una persona de 1600 nunca le pasó la idea de equidad de género por la cabeza ni la idea de que todos los seres humanos somos iguales ante la ley.

    Por eso cuando escucho a alguien proponer cancelar tal caricatura o programa de hace algunas décadas porque lo encuentra misógino, machista o racista, pienso que puede haber algo problemático ahí.

    Si no conocemos nuestro pasado ¿cómo entonces vamos a conocer los errores que cometimos?

    Porque entonces el progreso se vuelve algo paradójico: a mayor progreso, más incentivos para borrar nuestro pasado de un plumazo, y eso me parece algo preocupante. Si juzgamos a todos los contenidos, pensadores o filósofos del pasado con nuestros estándares actuales (lo cual es un grosero anacronismo), entonces tendríamos que cancelarlo todo, porque incluso resultará aquella figura tan «admirable» del pasado guardaba pensamientos y comportamientos que hoy nos son reprobables.

    Pero ¿podemos juzgar a alguien del pasado por su machismo con la misma severidad con la que juzgamos a un contemporáneo cuando aquella persona creció bajo otros paradigmas tan diferentes a los nuestros? Si la respuesta fuera afirmativa, entonces tendríamos que esperar que nuestros descendientes nos cancelen a nosotros mismos.

    Pero necesitamos conocer nuestro pasado. Conocerlo es condición necesaria para progresar. Si no conocemos nuestro pasado ¿cómo entonces vamos a conocer los errores que cometimos? ¿Cómo vamos a saber qué podemos rescatar de él? Porque cuando se pretende cancelar algo, en muchas ocasiones se le termina cancelando por completo, incluso las aportaciones positivas que un pensador pudo tener (me viene a la mente Schopenhauer quien evidentemente era un misógino, pero que, dejando eso del lado, derramaba sabiduría con su pensamiento).

    ¿Qué es?

    La cultura de la cancelación es, aunque a algunos les suene paradójico, una hechura conservadora. Hasta hace pocos años, eran los sectores conservadores quienes tenían el monopolio de la cultura de la cancelación: «que no podemos permitir esa música o esos contenidos porque es inmoral», nos decían (y a la fecha lo siguen haciendo). La diferencia es el enfoque: la cultura de la cancelación de los conservadores está orientada hacia el futuro: el conservadurismo suele pugnar por la cancelación de aquellos contenidos o expresiones que representan una afrenta al statu quo prevaleciente, mientras que la cultura de la cancelación de algunos sectores progresistas suele estar orientada hacia el pasado. Es decir, pretenden cancelar aquellas expresiones que están siendo desplazadas por la cultura prevaleciente con el supuesto de que de esa forma dichas expresiones (a las que se les considera nocivas) van a desaparecer de la faz de la tierra y lo cual se va a traducir en un mundo más justo e idílico.

    Pero ese supuesto me parece erróneo: para empezar, los seres humanos siempre hemos mostrado una fascinación con lo que está prohibido (o cancelado). Si los padres nos «cancelaban los Simpson» (en mi infancia era común que los padres no permitieran ver a sus hijos esa serie) ello creaba incentivos de sobra para verlo a escondidas. Todos los niños de mi época terminamos viendo los Simpson porque como estaba «prohibido» nos daba mucha curiosidad. Y como lo veíamos a escondidas, se perdía la oportunidad de que nuestros papás dialogaran con nosotros sobre ciertas conductas que aparecían ahí.

    Y si lo mejor es que nuestros padres dialogaran con esos contenidos, ¿no sería mejor que como individuos dialogáramos sobre los contenidos que hoy algunos quieren cancelar? ¿No sería mejor que habláramos por qué tal o cual conducta en tal caricatura o en serie tiene connotaciones racistas o misóginas? ¿Y no sería mejor contextualizar dichos contenidos a su tiempo antes de linchar categóricamente a quienes los crearon?

    Es muy problemático también cancelar, por ejemplo, a alguien por aquello que dijo hace diez años (digamos, en Twitter o en alguna entrevista) ¿qué no tiene derecho la gente a cambiar de forma de pensar o a tomar conciencia? Si la respuesta es negativa estamos en un problema, porque resulta que muchas personas, a lo largo de nuestra vida, hemos llegado a pensar, decir o hacer cosas que hoy a nosotros mismos nos parecen criticables.

    ¿Qué no es?

    Pero aquí habrá que hacer una pausa, porque no es lo mismo cancelar algo que criticar algo.

    Me he percatado de que algunas personas llaman «cancelación» a cualquier crítica que hace alguna persona sobre algún contenido: si dice que le parece machista o racista, entonces «lo están cancelando». Eso incluso llegó a pasar con varios medios cuando afirmaron que The New York Times buscó cancelar a ciertos personajes. Pero eso no fue exactamente lo que sucedió (incluso yo llegué a pensar lo mismo hasta que me molesté a leer la columna). Es cierto que el autor de la columna, Charles M. Blow, dijo que el racismo debería ser exorcizado de la cultura, pero nunca sugirió que habría que censurar a las caricaturas que criticó ni hizo un llamado para que los medios de comunicación dejaran inmediatamente de transmitirlos.

    Vale decirlo, cierta dosis de corrección política es necesaria para que la convivencia social sea sostenible como escribí aquí. Lo que he criticado son los excesos, no su existencia misma. Ésta nos ha acompañado siempre y voy a poner un ejemplo claro de esto.

    Este programa pasó como si nada hace ya varias décadas en Estados Unidos y creo que todos estamos de acuerdo en que esto debería ser completamente reprobable.

    Todas las personas sabemos que si yo le propusiera a una cadena de televisión que se transmitieran esos contenidos, me cerrarían la puerta en la cara y todos estaríamos de acuerdo en que tiene que ser así. Nadie se está quejando de censura o de cancelación. ¿Por qué? Porque hay un consenso social con respecto a este tipo de actitudes.

    Resulta que todas estas convenciones sociales van mutando de forma progresiva para adaptarse a los cambios sociales que ocurren también de forma progresiva. Hoy nos es reprobable que alguien promueva la esclavitud y el canibalismo y no tenemos ningún problema con eso, no decimos que hay ahí una restricción a la libertad de expresión.

    Si los cambios sociales ocurren, entonces lo normal es que cuando volteemos al pasado, varios contenidos, actitudes y tradiciones nos parezcan reprobables. Por ello es que se critican caricaturas de décadas atrás porque tenían normalizadas ciertas conductas que al día de hoy no son aceptables. Y este hábito no es cancelación sino el mero ejercicio de la libertad de expresión.

    Conclusión:

    Y hé aquí la diferencia que pareciera difusa pero que es determinante: el problema con la cultura de la cancelación es que adolece de un severo problema al no saber contextualizar los contenidos, cultura o actitudes que buscan cancelar. La cultura de la cancelación busca «combatir» a personas, o contenidos a través de la coerción directa. No responden a un consenso, sino que desean crearlo «borrando» dichos contenidos, evitando que la gente pueda exponerse a ellos.

    Lo que describí en los párrafos anteriores, en cambio, y aunque a algunos suene muy parecido, no implica necesariamente una coerción; es más bien el producto de un consenso social. Muchos medios modifican o retiran personajes de la pantalla porque saben que hay un consenso social en el cual dichos contenidos dejarán de tener demanda. Si a la gente le parece que tal personaje es misógino y la gente está cada vez más en contra de la misoginia, entonces no tiene caso seguir escribiendo caricaturas sobre él.

    Y esto no es algo nuevo, es algo que siempre nos ha acompañado: el caso del mismo Pepe Le Pew es ejemplar: este personaje (que ya había recibido críticas décadas atrás) ha sido modificado a través del tiempo por Warner Brothers para quitarle todo ese tufo sexista. Muchas de las críticas que hace Charles M. Blow ya se habían hecho tiempo antes, como bien se explica en este video.

    Y es necesario hacer énfasis entre lo que es cultura de la cancelación y que no es. Primero, porque es cierto que existe y que es nociva por las razones que mencioné al inicio de este texto. Segundo, porque los sectores más reaccionarios y conservadores se están haciendo del hábito para denominar «cultura de la cancelación» a cualquier cosa o crítica con el fin de evitar cualquier tipo de cambio social o, peor aún, para promover prácticas y actitudes que son el día de hoy muy criticadas.

  • Liberales que en realidad son conservadores o socialistas

    Liberales que en realidad son conservadores o socialistas

    En nuestros tiempos, el concepto de liberalismo se ha venido vaciando de significado, y esto ha ocurrido, a mi parecer, porque el término «libertad» es atractivo y todos quieren subirse a él. Todos quieren ser o dicen ser libres y todos quieren, dicen, respetar la libertad de los demás.

    El problema de los significantes es que, por más cosas intenten abarcar, se van volviendo más abstractos al punto que dejan de tener significado. Si todas las corrientes políticas se dicen liberales, entonces el concepto de liberalismo se vuelve inútil.

    El concepto de liberalismo nació en contraposición al conservadurismo: lo contrario de liberar es conservar o retener. El liberalismo buscaba el cambio, el conservadurismo pretendía mantener el orden monárquico.

    Pero si el liberalismo nació en contraposición al conservadurismo, ¿por qué es cada vez más común que personas que tienen ideas tradicionalistas y busquen mantener el orden social se digan liberales? Una razón es el appeal que el término «liberalismo» tiene. El concepto de conservador, en cambio puede llegar a sonar peyorativo; sobre todo por el papel que han jugado en la historia: son generalmente los que pierden, los vencidos, los que «no quieren que las cosas cambien» y contra quienes se han llevado a cabo las más grandes batallas idílicas.

    Un recurso retórico que suelen usar los conservadores es el uso del anacronismo. Los conservadores suelen apelar a los usos y costumbres del liberalismo de antaño para definir qué es un liberal hoy, y de tal forma poder «preservar las costumbres de esos tiempos»: citan a Adam Smith, John Locke o Stuart Mill para presentarse como liberales. Pero el liberalismo no es solo una ideología, sino una actitud.

    El liberalismo de antaño y el liberalismo actual aspiran ambos a la idea de la libertad del individuo, tanto la económica como la social, esta idea como valor es ciertamente inmutable. Lo que no es inmutable es el contexto en el que se desempeña: John Stuart Mill tenía un concepto sobre la mujer que damos por sentado, pero que en sus tiempos fue algo completamente revolucionario. Lo que define a Mill como liberal no es el concepto que tenía de la mujer en sí, sino el espíritu que había detrás de dicha postura.

    De alguna forma, el liberal debe abrazar el cambio sobre la tradición en un contexto donde siempre se procure la libertad del individuo: en el cual el papel del gobierno, si bien es necesario, debe tener ciertos límites (en ello se diferencia del socialismo). En el liberalismo hay posturas tanto socioliberales, que están más a la izquierda y que tienen como base el pensamiento de John Rawls con su idea del velo de ignorancia (pero que no llegan a ser socialdemócratas), hasta las corrientes más libertarias o de derecha que llevan el liberalismo a un extremo y abrazan a pensadoras como Ayn Rand.

    Ciertamente es raro que existan posiciones liberales puras. Algunos pueden tener cierta inclinación socialista o conservadora, pero siempre en segundo término frente al liberalismo que siempre va a ser la postura sobresaliente. Pueden existir algunas combinaciones: el conservador puede ser conservador en lo social y liberal en lo económico o político, pero como tal, es conservador más que liberal. Igualmente, el socialista podrá ser liberal en lo social y socialista en lo económico, pero entonces será socialista más que liberal.

    El liberal puede abrazar ciertos valores progresistas, incluso debería ser cuestionable que un liberal hable de cuestiones como «el matrimonio natural» donde no caben otros modelos ya que ello es una postura eminentemente conservadora, pero no puede aspirar a la coerción para que dichos cambios se lleven a cabo. Ciertamente, para que esos cambios ocurran, tienen que agregarse nuevas normas morales y éticas dentro de la sociedad (por ej, que sea mal visto discriminar a alguien con otra preferencia sexual), pero el liberal no puede esperar que el Estado censure a quien piensa distinto.

    En la actualidad, muchos se dicen liberales, pero no lo son tantos. Varios progresistas no son liberales porque aspiran a la coerción estatal para combatir a quien piensa distinto, y difícilmente lo son aquellos que se autodefinen como libertarios pero que, a la primera, abrazan nacionalismos como los de Donald Trump e incluso derechas iliberales como la Alt-Right y terminan dando más primacía al orden y la tradición.

    Todos estos anacronismos que he mencionado son utilizados por Andrés Manuel López Obrador quien ni siquiera se molesta en revisar el «liberalismo primigenio» sino que incluso lo distorsiona al afirmar que «él quiere cambiar el statu quo«, mientras que los otros quieren «conservar», para así «tomarse la foto» con los liberales de antaño. Pero que el cambio consista a retornar al pasado, como aspira Andrés Manuel, es cosa de reaccionarios. En lo social, López Obrador es conservador (y posiblemente más que muchos panistas) ya que busca mantener el orden y la tradición en materia moral. En lo económico, si bien no parece estar tan cercano a las izquierdas chavistas como le han acusado algunos de sus adversarios sí es, de alguna forma, socialista, ya concibe al Estado como aquella entidad rectora e incluso como paternalista (lo cual conjuga con su conservadurismo moral).

    La postura liberal es una que abarca, de forma holística, las convicciones de una persona. El liberal lo es en todos los ámbitos: es liberal en lo social: prefiere el cambio a la tradición; es liberal en lo económico: el papel del Estado en la economía debe tener ciertos límites y el mercado debe ser el motor de ésta (claro está, puede haber cierta flexibilidad a la hora de definir dónde se encuentran esos límites); y por último y muy importante, lo es en lo político: cree en la democracia, en el sufragio universal y la libertad de expresión. El conservador o el socialista puede adoptar alguna de estas posturas, pero no las adopta todas, y lo define más aquello que lo hace conservador o socialista.

    Acotar el término liberalismo es sano. Es necesario, sí, acudir a las raíces para comprenderlo, pero ello implica necesariamente que debe ser contextualizado de acuerdo a la época. Esta imposibilidad o falta de voluntad para contextualizar es lo que hace que el conservador se presente como un liberal.

  • Agustín Laje vs Gloria Álvarez – El análisis definitivo del Talk Show

    Agustín Laje vs Gloria Álvarez – El análisis definitivo del Talk Show

    Agustín Laje vs Gloria Álvarez - El análisis definitivo del Talk Show

    Hace unas décadas, los talk shows se volvieron tendencia en la televisión. Programas como el de Cristina y sus derivados comenzaron a tener una gran audiencia de tal forma que se comenzaron a replicar e incluso su fórmula, tan atractiva para las audiencias, ejerció influencia sobre otros formatos, incluidos programas deportivos y hasta debates presidenciales.

    ¿Cuál es la esencia de esa fórmula? El morbo: ver a personas agarrarse de las greñas para así destruirse mutuamente, como si se tratara de un combate de lucha libre con el fin de destruir la reputación y la dignidad del oponente. Así, el escenario toma la forma de un cuadrilátero donde cada burla o revelación sobre otra persona funge como una llave que el espectador aplaude.

    Esta cultura del talk show, tristemente, ha llegado al debate político y el tan anunciado «debate» entre Agustín Laje y Gloria Álvarez se ha convertido en su máxima expresión.

    El primer problema es que Agustín Laje y Gloria Álvarez no son intelectuales, son una suerte de propagandistas o provocateurs que buscan difundir y convertir a la gente a su ideología. Es cierto que los intelectuales también persuaden y no son neutros, pero lo que un buen intelectual sabe hacer es dar información profunda y relevante al público. Es la información per sé a través de la cual busca persuadir al receptor sobre por qué sus ideas son mejores. Las ideas y el conocimiento están siempre en el centro del buen debate.

    Los provocateurs (ya sean de izquierda o derecha, conservadores o progres), por su parte, no tienen un gran interés en compartir conocimiento a la gente sino simplemente buscan crear seguidores: por eso suelen recurrir a lugares comunes y a esquemas preestablecidos.

    En este sentido, la información queda en segundo plano y recurren a la caricaturización de sus contrincantes. Basta ver los títulos de los libros que ambos han escrito: «¿Cómo hablar con un progre?», «¿Cómo hablar con un conservador?» o «El libro negro de la nueva izquierda?». Básicamente, todas estas obras (que leí por mera pedagogía) buscan definir a sus contrincantes como lo peor: que si los conservadores son unos doblemoralistas dogmáticos despreciables, que si los progresistas son una bola de pervertidos, básicamente de eso tratan sus obras.

    Y comprendiendo la esencia de los provocateurs, entonces es fácil deducir que, como consecuencia, el formato del debate será un talk show. Como los provocateurs crean meros seguidores y no personas hambrientas de conocimiento, dichos seguidores atestiguan el ejercicio para reforzar sus posturas y sus sesgos cognitivos. Asisten al debate no para aprender, sino para ver cómo su ídolo destruye al contrincante. Por eso no es casualidad que los fans de Gloria Álvarez la nombren a ella como ganadora y los fans de Laje a él.

    https://www.youtube.com/watch?v=ajPLQVJvo6Q

    La forma en que se prepararon ambos (Laje algo más preparado que Gloria) tuvo ese fin: destruir al otro. Agustín Laje abrió su intervención con unos silogismos para aparentar sofisticación, apelando a la metafísica y a la biología de una forma un tanto trivial, sabiendo que ahí era donde Gloria estaba menos preparada y donde podía «destruirla más». Gloria lo hizo peor, basó sus argumentos en la popularidad que tienen entre los libertarios (recordemos que se debatía cuál debería ser la postura del libertarismo frente a la legalización del aborto). Cuando Gloria comenzó a hablar, Agustín Laje hizo lo que los provocateurs que participan en estos «debates talk-show» suelen hacer: reírse y burlarse de la intervención del contrincante. Se trata de humillarla a ella, se trata (como hizo Gloria) de congratularse porque mostró que «Laje era conservador y no libertario».

    Todo esto estimuló cualquier caso menos el aprendizaje. Todo se trató de ver cómo «ganaba» tu ídolo para luego decir, X destrozó a Y. Otros influencers provocateurs de medio pelo no tardaron en subir sus videos con títulos como «Laje destrozó a Gloria», «El fin de la carrera de Gloria». De eso se trataba, de reafirmarse, de escuchar lo que ya han repetido mil veces y ver cómo es que «mi ídolo arrinconaba al contrincante» para de ahí deducir que «mi ideología es la correcta y la tuya es la errónea». Pero ese ni siquiera es el fin del buen debate. Que un debatiente gane no implica que su postura sea necesariamente la mejor: posiblemente solo se preparó más o tiene más habilidades retóricas que el otro.

    El debate, a pesar de que es una contienda, no tiene como fin último que el ganador destace al perdedor, sino que, en ese intercambio y contraste de ideas, los espectadores aprendan más sobre ambas posturas, cada uno persuadiendo al auditorio con sus argumentos. Eso simplemente no ocurrió, y no ocurre porque este formato de «talk-show» no sólo no permitió el intercambio de buenos argumentos, sino porque ese formato como tal es una profunda degeneración de lo que un buen debate debería de ser.

    Ello no significa que los buenos debates no puedan ser apasionados. Lo pueden ser y en muchos casos lo son, pero siempre el centro el debate es el argumento en sí y no la persona (o su intento por destruirla). Los buenos debatientes se respetan a sí mismos y respetan su capacidad intelectual aunque puedan incluso detestarse, por eso se preparan para poder contestar los argumentos que el contrincante da, algo que Gloria Álvarez, sobre todo, no hizo. El buen debatiente respeta a su rival y, sobre todo, respeta a su audiencia. Ni Laje ni Gloria parecen haber respetado a ninguno de ambos.

    El famoso debate entre Michel Foucault y Noam Chomsky es muy ilustrativo en este sentido. Podemo estar o no de acuerdo con sus ideas, pero siempre hay un respeto mutuo, no hay ataques personales, el argumento siempre es central y ni siquiera se preocupan por interrumpir al contrincante. Esperan, pacientemente, a su turno para así responder a lo que el otro dijo.

    https://www.youtube.com/watch?v=GazE5vFuFMs

    Ninguna de estas virtudes del buen debate se vio en el ejercicio llevado a cabo por los propagandistas como Agustín Laje y Gloria Álvarez. Vimos un ejercicio frívolo que sólo contribuye a la polarización políticas de nuestros tiempos y ante el reforzamiento de las burbujas ideológicas en las que los individuos estamos cada vez más metidos.

    Este tipo de debates no abonan, de hecho creo que perjudican. El espectador no sale de ahí con más sabiduría, sólo refuerza sus diferencias y su idea sobre «lo despreciable que es el otro».

    Es lamentable que la discusión política de nuestros tiempos consista en esto, en ídolos cuyo fin único es ideologizar a sus seguidores y destruir a su contrincante para cumplir dicho cometido.

  • El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    El Pacto por Félix (Pero el PRI violaba más)

    La candidatura de Félix Salgado Macedonio ha generado una intensa discusión en redes sociales. Como sucede con estos temas donde hay temas polarizantes como lo es López Obrador o cualquier cosa que parezca «feminismo», se presenta una fragmentación entre aquellos que tratan de justificar a AMLO, otros que insisten en que tal «pacto» no existe y que hay que meter ese tema ahí en la carpeta de genéricos o quienes piden a AMLO que rompa el pacto.

    Empiezo diciendo que el tal pacto sí existe, y en ambos sentidos: La decisión de mantener el apoyo a Félix implica una suerte de pacto y en nuestra sociedad sí es relativamente común que los violadores sean encubiertos por otras personas.

    Es muy simple. Si Félix Salgado Macedonio tiene varias acusaciones de violación y tú lo candidateas sin que ello te preocupe, entonces estás, de alguna manera, encubriendo a dicho candidato: el encubrimiento implica necesariamente un pacto dado que «yo te cubro las espaldas ya que ello me beneficia a mí».

    Si López Obrador sabe del negro historial en materia sexual y lo candidatea, está, cuando menos, relativizando el acto. No es como que AMLO esté frotándose las manos diciendo «vamos a violar más mujeres», pero el mensaje que da (y no es la primera vez) es que esos temas no tienen importancia para él: le importa más el poder que la integridad de las mujeres o los feminicidios. Igual ocurre con la corrupción: si AMLO nombra a un corrupto, ello implica la existencia de un pacto donde se está encubriendo la corrupción a cambio de algo.

    Algunos afirman que a Félix no se le ha probado nada sobre el tema de la violaciones y por ello insisten en que se trata de «caprichos de feministas histéricas«, pero justo hacen el mismo escándalo cuando las acusaciones son sobre otros temas. La gente tiene todo el derecho a ejercer presión o a criticar a un candidato con acusaciones de violación.

    Por otra parte, el delito de la violación sexual, por sus características (es un delito privado que generalmente es difícil de probar), requiere alguna forma de pacto ya que si no hay testimonios es muy difícil de probar. En muchos casos, los testigos lo encubren para que el violador no pague por lo que ha hecho, y es cierto que ello es una práctica muy común en los que muchos hombres encubren a otros, incluso existen mujeres que llegan a formar parte de ese pacto para proteger al amigo o familiar acusado. Lo que está haciendo AMLO no es muy distinto. Aunque él no es testigo de lo que Macedonio pudo hacer, de alguna forma sí lo está dejando de lado con fines políticos.

    Lo que me pregunto es si deberíamos conformarnos con pedirle a AMLO que rompa el pacto. Dudo que un personaje como López Obrador, quien ya ha demostrado su displicencia con las problemáticas que viven la mujeres, «agarre la onda». ¿No sería mejor que los sectores progresistas que todavía no se desencantan con el gobierno o se benefician de él rompan el pacto con AMLO? ¿No sería más congruente renunciar al gobierno o partido de un Presidente a quien le importa un «pepino» esos temas? ¿No sería mejor imponerle un costo más alto a AMLO por esta displicencia que vaya más allá de decidir promover a un candidato?

    Cierto es también que este asunto de Salgado Macedonio es algo más profundo que un mero pacto machista. Claro que debe molestar e indignar que una persona acusada de violación reciba la unción presidencial, pero también ello es expresión de un gobierno que está acostumbrado a incluir a gente innombrable, sin ningún resquicio de ética y moral, y esto va más allá del mero pacto machista: ya sean violadores, corruptos y demás.

    Lograr que remuevan a Félix Salgado Macedonio por sus antecedentes de violación sería una buena noticia, pero no es suficiente y contentarnos con ello puede permitir que lo otro siga existiendo. Los ciudadanos debemos de ser tajantes y oponernos al nombramiento de cualquier figura innombrable que pueda representar un peligro para la sociedad.

  • El síndrome Armendariz: cuando las causas sociales tienen cheque al portador

    El síndrome Armendariz: cuando las causas sociales tienen cheque al portador

    El síndrome Armendariz: cuando las causas sociales tienen cheque al portador

    No son pocas las personas que dicen abanderar causas sociales o presumen construir su trayectoria personal o profesional a partir de ellas: estar del lado de las personas vulnerables: las que menos tienen, de las personas que más sufren, las que se encuentran en la base de la pirámide.

    Es cierto que muchas personas lo hacen desde una convicción y preocupación genuina, pero no todas las personas lo hacen por esa razón, e incluso hay quienes son capaces de autoengañarse al punto de hacerse creer que sí hay una convicción genuina cuando el incentivo tiene más que ver con un interés personal.

    Abanderar causas sociales es muy redituable para la imagen personal y profesional: la gente que lo hace generalmente es bien vista e incluso admirada por la sociedad (claro, en tanto esas causas no sean incómodas al statu quo). Muchas empresas se involucran en campañas sociales ya no tanto porque sean «deducibles de impuestos» sino porque ello les da una buena imagen: «son humanas, son armoniosas con su entorno». Y es cierto que desde una perspectiva consecuencialista es mejor que ocurra eso a que no ocurra nada: al final es cierto que personas que están en alguna condición vulnerable reciben algún beneficio de ello y pueden afirmar que su calidad de vida es algo mejor que antes.

    De igual forma podemos ver a políticos que dicen preocuparse por los pobres y hacerlos su causa (aunque luego se refieran a ellos como «animalitos»), a algunos hombres abanderar las causas del feminismo más que nada para obtener aprobación femenina, así como a algunos emprendedores sociales, como es el caso de Paty Armendariz, que luego muestran una grosera falta de empatía con los que están en la «base de la pirámide».

    Pero la diferencia entre el hecho de que una actividad parta de una condición genuina a que no lo haga marca una gran diferencia, porque si los incentivos para participar son distintos entonces necesariamente los resultados también lo serán:

    Primero, porque las causas de «dientes para afuera» nunca van a representar una amenaza al statu quo. Los activistas por conveniencia rara vez van a tener incentivo alguno de correr el riesgo que implica generar cambios estructurales, más bien van a buscar «resolver los problemas por encima» solo al punto en que obtengan un beneficio personal. Por poner un ejemplo: un hombre convencido genuinamente de la equidad de género buscará, en la práctica, combatir la inequidad aunque ello signifique que él mismo tenga que ceder mientras que uno que lo hace para obtener aprobación femenina solo lo hará al punto en que logre cumplir con su cometido (que las mujeres le aplaudan, cuando menos) al tiempo que no cederá ahí donde a él racionalmente no le convenga.

    Segundo, porque, tarde que temprano, los «defensores de las causas más nobles» que lo hacen por interés propio terminarán expuestos y evidenciados. Incluso, en muchas ocasiones, las cosas terminan cayendo por su propio peso. Eso es justo lo que ocurrió con Paty Armendáriz al mostrar falta de empatía con su colaborador que falleció de Covid, y las cosas se pusieron peor para ella cuando trató de «arreglar» el incidente al insistir de forma muy torpe que sí tenía vocación social porque se notó aún más que lo que realmente le preocupaba era su imagen. Esto termina siendo contraproducente porque, a la larga, terminan deslegitimando las causas que defienden, incluso llevándose «entre las patas» a aquellas personas que sí tienen una convicción genuina.

    La diferencia entre el interesado y el que tiene una convicción genuina tiene que ver, claro está, con la real capacidad de empatizar con aquellas personas que dice ayudar. La persona que tiene convicciones genuinas es capaz de ponerse en los zapatos de aquella persona en sector vulnerable o aquella persona que forma parte de una minoría relegada. Ésta persona es capaz de sentir, de alguna forma, lo que las otras personas sienten, y por ello es que está dispuesta a hacer los sacrificios que las personas que tienen un interés propio no están dispuestas a hacer. No es que la imagen personal o la reputación no les importe, tal vez sería ingenuo pensar que no, pero juega un papel más bien secundario. Por ello no es un secreto que muchas de estas personas están ahí porque les ha tocado vivir en carne propia ese sufrimiento o porque, a lo largo de su vida, les ha tocado convivir muy de cerca con las problemáticas que defienden.

    La persona con convicciones genuinas es autorreflexiva y autocrítica. No está preocupada (como sí lo hace quien tiene intereses propios) por revisar diariamente cómo es que su actividad incide sobre su reputación personal ni por sobrevenderse como «activista y líder social». Quienes realmente lo son no se preocupan por ello no solamente porque sus incentivos más fuertes no tienen que ver con su imagen personal sino porque su trabajo mismo habla por ellos. Las mujeres y hombres con causas genuinas hablan mucho de lo que hacen pero porque les apasiona, porque tratan de persuadir a los demás e involucrarlos en sus causas. Quienes no, simplemente lo hacen e insisten en ello porque están preocupados por su imagen personal, por lo que el mundo va a decir de ellos y por el beneficio que pueden obtener.

    Y la diferencia se nota, y mucho.

  • Ay no, Anaya

    Ay no, Anaya

    Ay no, Anaya

    El ex candidato a la Presidencia de la República, Ricardo Anaya, levantó la mano. Volverá a intentarlo, volverá a ir por la grande.

    Y me parece bien, es bueno que se comiencen a barajar opciones, que la gente comience a visualizar quienes podrían ser sus opciones, sobre todo para quien es opositora de López Obrador y ve en la oposición a una entidad acéfala.

    Si bien es sabido por todos que Ricardo Anaya perdió con López Obrador por una diferencia nada despreciable, tampoco es un candidato que pueda descartarse del todo, más aún cuando la oposición, al día de hoy, prácticamente no tiene perfiles que brillen o destaquen. No es que Anaya sea un candidato brillante, ni siquiera es carismático, es que no parece haber nada más y, de entre los personajes opositores, Anaya es el más recordado por la sociedad.

    Ricardo Anaya deberá empezar a trabajar a la de ya, necesita llegar al 2024 con empuje y un muy buen posicionamiento en la mente del electorado. Si Anaya logra ser candidato del PAN, se enfrentará a un candidato de MORENA que será ungido por López Obrador pero que no será López Obrador.

    Dicho todo lo anterior, Anaya comienza con una gran desventaja: es menos popular que López Obrador (quien ha estado recuperando popularidad en los últimos meses), no tiene una narrativa coherente, no es una persona que mueva muchas emociones. Sin embargo, se presenta como una persona preparada, estudiada y eficaz, lo cual puede marcar un buen contraste frente a MORENA.

    Por eso es terrible que decidiera comenzar haciendo exactamente lo que el mismo López Obrador hizo: recorrer todo el país.

    Ricardo Anaya necesita construir una narrativa propia que pueda competir contra la potente narrativa del oficialismo, no debe parasitar de la de López Obrador. Debe brillar con luz propia.

    Al recorrer el país, Anaya está validando a Andrés Manuel y ese es un terrible mensaje. Ya no solo es que se vuelva parasitario de su discurso (cosa de lo que ha adolecido la oposición en todo este tiempo) sino que básicamente se está colgando de él, ya no sólo baila al ritmo de AMLO, sino que deliberadamente copia sus pasos.

    Es cierto que es importante que un político sepa salir a la calle y hablar con la gente, es bueno que un político como Ricardo Anaya salga de su burbuja. Pero ese es un ejercicio que debe hacer para él, no es un ejercicio que debe convertirse en propaganda de campaña (porque vaya, es eso) y mucho menos que consista en emular a un Presidente, de quien me atrevo a decir, hasta el día de hoy es uno de los peores mandatarios de la historia moderna de México.

    López Obrador tiene facilidad para interactuar con la gente que vive en condiciones de pobreza, Ricardo Anaya no y eso se nota: se ve falso, artificial, no encaja ahí. En 2018 no logró construir una narrativa consistente pero el punto de partida, el que apuntaba hacia el futuro y hablaba de innovación, no estaba tan mal. Construir una narrativa más sólida en torno a ello podría no ser tan mala idea, sobre todo porque ello contrasta con el gobierno en turno. Aún así depende de que la popularidad de López Obrador baje y los magros resultados de este gobierno terminen, para ese entonces, reflejándose en la popularidad del tabasqueño. Si en el 2024 López Obrador termina con los niveles de popularidad que hoy tiene, es casi un hecho que el candidato de MORENA ganará la elección.

    Si la popularidad de AMLO cae, Anaya tendrá una oportunidad, podrá contrastarse con él. ¿Harto de la improvisación y los malos resultados? Yo tengo conocimiento, rigor y capacidad. Si la popularidad de AMLO cae, el discurso ya no girará en torno a la corrupción, sino a la necesidad de «enderezar las cosas».

    Emular a AMLO, además, implica apuntar el electorado equivocado. Anaya no se va a ganar a su base electoral, y es más probable que esa base, en caso que la popularidad de AMLO se desplome (lo cual dudo que ocurra dentro de esos sectores), vea al PRI como alternativa que a un candidato del PAN (evidentemente, la alianza «va por México» podrá jugar a su favor si es que se mantiene viva).

    Anaya tendría que convencer al votante opositor y a los indecisos. Los videos que comenzó a publicar iban en consonancia con esa necesidad, pero salir a recorrer el país suena chocante, como que no va y solo termina validando a la figura de López Obrador. «Si el original está malo, ¿qué podremos esperar del imitador?»

    Anaya está a tiempo de enderezar. Pero él y toda la oposición debe entender que ser parasitarios de la narrativa oficialista no es el camino.

  • La pérdida de un ser querido en medio de la pandemia

    La pérdida de un ser querido en medio de la pandemia

    La pérdida de un ser querido en medio de la pandemia

    La muerte es un episodio natural e inevitable. Algún día vamos a morir y, salvo que tengamos una enfermedad terminal y el doctor haya hecho un buen pronóstico de nuestra muerte, no sabremos con certeza cuándo es que eso va a ocurrir.

    Todas las personas que han muerto de Covid iban a morir, dirán algunos, pero no es lo mismo morir intempestivamente que por causas naturales. Mucha gente muere porque ya está muy grande y, de alguna forma, sus seres queridos ya se van preparando psicológicamente para dicho evento. Cuando se nos muere el abuelo lo lamentamos, pero también nos consolamos de que ya “está descansando”. Es, a la vez, un alivio (no tanto para nosotros mismos, sino para el fallecido, nos decimos): ya vivió, se autorrealizó y ahora le toca partir.

    El cuerpo suele dar avisos de que eso está próximo a ocurrir, este se va deteriorando y los familiares van asimilando el hecho. Así me ocurrió con los tres abuelos que ya perdí (a uno me tocó verlo fallecer). Con los tres comprendí que había llegado la hora, era el fin de una trayectoria.

    Con los muertos de Covid no es lo mismo, aunque muchos de los fallecidos sean relativamente grandes. Por lo general, la víctima de Covid solía estar bien solo dos semanas atrás: cotorreamos con él, nos echamos una chela o nos carcajeamos. De pronto, ya no está.

    No es el fin de una trayectoria como ocurre con las muertes naturales, sino que es, a nuestra consideración, su drástico aniquilamiento. No es una transición natural, es un “bicho” que se le metió y lo aniquiló. El fallecido todavía tenía algo por vivir, aunque fuera convivir con sus nietos en sus últimos años, y ese tipo de fallecimientos son los que duelen más.

    Cuando hablamos de personas de 50 o 60 años, el dolor es mayor. Cuando es el padre, la madre, el mejor amigo. Cuando pensamos que a los cercanos no les iba a pasar, como si tuviéramos un privilegio especial. Pero estamos sujetos a las mismas leyes físicas y biológica que todos nuestros pares.

    En estos meses la configuración de muchas familias cambió, una silla quedó vacía. A otros les fue peor, perdieron varios seres queridos y quedaron en tan soledad que tal vez hasta se pregunten por qué el bicho no se los llevó a ellos también. Y los que hemos tenido el privilegio de no perder a ningún ser cercano, vemos cómo el bicho comienza a merodear: como esos ojos brillantes del lobo que se ven a lo lejos en el bosque. De pronto, de los pocos menos de mil contactos que uno tiene en Facebook, dos ya fallecieron. Nos enteramos de que una persona no muy lejana que sí se cuidó y casi no salió se contagió y fue vencido por el bicho. No, no estamos completamente seguros, no sabemos con certeza si, al terminar la pandemia, vamos a tener a todo nuestro círculo de familiares y amistades intacto. Es más, ni siquiera tenemos la total certeza de que nosotros seguiremos aquí, con todo y que las estadísticas duras dicen que los no tan grandes no somos tan vulnerables.

    Eso es lo que distingue a lo natural de la tragedia: el sentimiento de aniquilamiento, de que nos arrebataron algo. Y el dolor es más punzante cuando se le agrega la incompetencia y displicencia de las autoridades, o la indiferencia de parte de la sociedad hacia los demás cuando no les importa ponerlos en riesgo.

    Y es socialmente trágico si se cuentan por centenas de miles, aunque tratemos de blindarnos frente a ese sentimiento de desolación y relativicemos los muertos encapsulándolos en mera estadística para así proteger nuestra psique. Pero los humanos tenemos un problema muy serio con la estadística, porque aquél que se cuidó, sólo se dio una escapadita, un pequeño permiso, y bastó con eso para contagiar a sus familiares para después verlos fallecer, se sentirá consumido por el remordimiento; mientras que el indiferente, el irresponsable que tuvo mucha suerte (la suya y la de sus cercanos) seguirá como si no hubiera pasado nada.

    Algunos otros consumirán el dióxido de cloro o buscarán otros remedios cuya eficiencia es muy cuestionable para sentirse protegidos y tener algo cercano a cierta sensación de inseguridad, pero la verdad es que todos somos, de alguna forma, vulnerables, y mientras no nos toque la vacuna o no salga un medicamento, tendremos que conformarnos con las medidas «de cajón» que sirven tan sólo para reducir el riesgo: cubrebocas, lavarse las manos, gel antibacterial, sana distancia, buena alimentación y ejercicio.

    Mientras haya pandemia habrá incertidumbre, habrá cierta dosis de «angustia» sin posibilidad de saltar. En realidad, siempre existe la incertidumbre de saber cuándo vamos a morir. Lo que pasa es que ahora somos conscientes de ella: somos conscientes de que podemos perder un ser querido cercano, a alguien que queremos mucho, y lidiar con eso evidentemente no es la cosa más fácil.

    Y tal vez la forma más correcta de lidiar con ella sea tomar el camino «kierkegaardiano»: aceptar la angustia que provoca la incertidumbre para que a través de ella reconozcamos nuestra existencia y, en la medida de lo posible, busquemos tomar las mejores decisiones: aquellas que reduzcan la posibilidad de contagio, no aquellas que nos hagan sentir más seguros, porque no es necesariamente lo mismo (el caso del dióxido de cloro y demás placebos es muy ilustrativo) y francamente, de momento, no se puede.

  • Por el bien del bicho, primero los pobres

    Por el bien del bicho, primero los pobres

    Son los pobres, los desposeídos, los más afectados y los más abandonados por un gobierno que durante tanto tiempo juró representarlos.

    Por el bien del bicho, primero los pobres

    Las pandemias suelen exhibir de una forma grotesca las condiciones de desigualdad, ya sea la polio, la peste o ahora el Covid. Los que están en mayor estado de indefensión son los más propensos a morir.

    Es muy simple, quienes tenemos el privilegio de ser parte de las clases medias, medias-altas y altas, tenemos el privilegio de no tener que volcarnos a aglomeraciones para poder ir a trabajar. Nosotros hacemos home office, o si ya de plano nuestro jefe es un hijo de su madre, podemos movernos en automóvil. Nosotros contamos con seguro médico, hospitales cercanos, tenemos la capacidad de estar bien alimentados y sanos físicamente (que tengamos la voluntad ya es otro cuento). También tenemos acceso a mayor información para tomar mejores decisiones (que tengamos la voluntad y el criterio para no caer en fake news es otro cuento).

    La gente de clase media baja para abajo no tiene todos esos privilegios. El trabajador se levanta en la mañana, se trepa al camión que es básicamente un foco de infección (y aunque lleve cubrebocas muchos otros no llevarán) y se va a la obra o a la fábrica donde los protocolos de sana distancia son, por lo general, más raquíticos que en la oficina de la torre de Santa Fe o Puerta de Hierro.

    Ellos también suelen tener una alimentación deficiente (lo cual se traduce en defensas más débiles para contener al bicho) y solo pueden acudir a hospitales públicos que, además de estar más lejanos (se tienen que trasladar en transporte público) suelen estar más saturados que los hospitales privados. Muchos de ellos ni siquiera van al hospital, se mueren en su casa y, por ende, ni siquiera son contabilizados en los registros.

    Dicho esto, uno esperaría que un gobierno que se dice de izquierda vele por los menos privilegiados, pero el nuestro no lo ha hecho en lo absoluto. Por el contrario, el mal manejo de la pandemia ha agravado la ya fuerte disparidad social en torno a la pandemia. El mal desempeño del gobierno, su proclividad a la improvisación y poca seriedad ha dejado a los pobres en una situación aún más vulnerable.

    Cuando pedíamos a las autoridades que ayudaran a las empresas no era porque esperábamos que los «grandes malévolos capitalistas» se beneficiaran. Lo que se esperaba era que protegieran empleos y que las empresas pudieran tomar medidas para proteger a sus empleadores sin que el impacto económico fuera lo suficientemente fuerte. El no hacerlo ha dejado a muchas personas sin trabajo, más indefensos, angustiados y preocupados (lo cual es pésimo para el sistema inmune).

    Si las personas en condiciones más vulnerables tienen menos acceso a información para tomar buenas decisiones, entonces el gobierno habría tenido que apuntar a ellas e informarles todo lo necesario con respecto al Covid-19. En cambio, vimos a un presidente que no usó cubrebocas y que les dijo que podrían darse abrazos durante la pandemia. Haberles informado bien habría disminuido aunque sea un poco la brecha de desigualdad en torno a la pandemia.

    La poca empatía del gobierno con los más vulnerables ha costado vidas, Mientras López Obrador se pelea con Twitter y se saca fotos, hoy mueren más de 1,000 personas por día (solo contando los datos oficiales), pero hay una cantidad que no se reporta, y que está compuesta en gran parte por los sectores menos privilegiados. A ellos, ni la decencia de ser contados en las estadísticas oficiales.

    A López Obrador se le desea que se recupere del Covid y no sea uno más de la estadística, pero también deseamos que su gobierno se ponga a trabajar para que sean las menos posibles las muertes y para que los sectores vulnerables, hoy completamente indefensos, estén mejor protegidos.

    ¿Cuántas personas no habrían muerto si López Obrador siempre hubiera usado cubrebocas?