Algo así como seis millones de mexicanos salieron a votar.
Seis millones puede no parecer un número despreciable, es una cantidad mayor a la población de la Zona Metropolitana de Guadalajara o la de Monterrey.
Pero cuando esa cifra se pone en contexto todo cambia.
Si decimos que seis millones de los cerca de noventa millones que conforman el padrón electoral fueron a votar, entonces sabemos que cerca de ochenta y cuatro millones de personas decidieron no ir a votar.
Si el 7% fue a votar, el 93% no lo hizo. En la elección intermedia, el 53% fue a votar y el 47% no lo hizo. La diferencia es muy grosera.
Si ese 7% se pone en el contexto del 40% requerido para que la consulta sea vinculante, entonces es un fracaso descomunal. El éxito significaba haber rebasado esa cifra, que quedó allá muy lejos.
Si bien, puede ser engañoso el argumento de la oposición que dice que si el 7% votó ello implica que el 93% votó en contra del ejercicio (mucha gente no acude a votar por apatía, porque no le interesa el acontecer político o porque ni se enteró), el rechazo a este ejercicio sí es considerable si se contrasta con los datos de las elecciones intermedias y ello debería preocupar al oficialismo.
Uno de los argumentos de los oficialistas es que el sí ganó de forma contundente, pero es que la pregunta de la consulta casi casi se responde por sí misma. Si le preguntas a la gente si quiere ser feliz o si quieres ser millonaria todas te van a responder que sí. Si a la gente le preguntas si quiere que se investigue a los ex presidentes todos te van a decir que sí, incluso los mismos ex presidentes que consideren que no hay razón por la que pudieran ser procesados votarían por el sí.
El «triunfo» del sí no revela el éxito de la consulta. Que el sí se haya quedado muy lejos de poder ser vinculante revela su fracaso, porque nos quedamos donde mismo y porque no va a tener ningún efecto. Que una consulta no sea vinculante es lo mismo que si no se hubiera hecho: la única diferencia son todos los recursos que se invirtieron para poder llevarla a cabo.
Ante el evidente fracaso, el oficialismo busca construir una narrativa para aminorar el impacto del resultado, o bien, con otros propósitos políticos como descalificar al INE.
El régimen se ha dado a la tarea de construir una narrativa que, de alguna u otra forma, le beneficie. La verdad es que cualquier narrativa en este sentido no tiene sustento a partir de los resultados.
Por ello, si la consulta fue un fracaso es por culpa de «alguien más». En el banquillo de los acusados se encuentra el INE, a quien acusan (sin pruebas) de estorbar, de poner trabas, organizar boicots y demás. Pero también están quienes decidieron no participar.
Por ello es que el oficialismo también se ha dado a la tarea de recriminar a quienes no votaron en la consulta: algunos influencers y usuarios adheridos al régimen han afirmado que los que no votaron han sido insensibles con las «víctimas», como sugiriendo que su negativa a votar es una suerte de apoyo a los regímenes anteriores. Pero nada más falso, mucha gente no fue a votar bajo la premisa de que la ley no se consulta. Muchos otros no lo hicieron porque no consideran que la consulta vaya a hacer una diferencia y la perciben como una suerte de engaño al régimen.
Sin embargo, esa recriminación puede ser muy contraproducente ya que, bajo su supuesto, la mayoría de los mexicanos apoyaría a los regímenes pasados en detrimento del régimen actual.
Lo que sí sugiere este ejercicio es que el voto duro del lopezobradorismo es más pequeño que en 2018 y que el alcance e impacto de su narrativa se ha mermado a lo largo del tiempo en el que AMLO ha estado en el poder (lo cual también se reflejó en las elecciones intermedias). También nos muestra que el voto duro del lopezobradorismo se concentra en el centro y el sur del país:
Es posible que esta consulta se haya propuesto para hacer olvidar el compromiso de AMLO para someterse a una revocación de mandato, pero el ejercicio no salió bien. Por eso los argumentos suenan muy forzados.
Es la oposición quien tiene el escenario a su favor para crear una narrativa donde muestre que el poder discursivo del lopezobradorismo está menguando y no tiene el alcance de antaño. Es cierto también que la poca credibilidad que tiene la oposición partidista puede hacer que esta narrativa no termine teniendo el alcance esperado.
Pero los resultados de la consulta ahí están, los datos son claros, por más que puedan confrontar a algunos.
Las olimpiadas son emocionantes. Ver competir a atletas que, en muchos casos, parecen salidos de otro planeta, que están ahí rompiendo records mundiales, ganando medallas de forma dramática tal cual dioses del olimpo, hace que quienes estamos detrás de la pantalla pasemos un buen rato disfrutando de estas hazañas heroicas.
Pero, a pesar de que los atletas tienen una cabeza, dos brazos y dos pies, a veces olvidamos que son seres humanos, que el hecho de practicar deportes de alto rendimiento no los hace inquebrantables. La gente suele dar ese alto rendimiento por dado y no repara en que para llegar a serlo, y ya no digamos llegar a unas olimpiadas, se requiere una dosis increíble de esfuerzo, sacrificio y dolor. Estar ahí en la tele compitiendo ya es por sí mismo un mérito.
Los atletas también se quiebran, sí, así como nos quebramos nosotros, ya sea física o mentalmente. Una persona que nunca se ha quebrado «de algo» en su vida es alguien que nunca ha vivido. El simple hecho de abrirnos a experiencias, a tomar riesgos o decisiones hace que la posibilidad de quebrarnos sea inminente: ya sea la pareja que nos engañó y nos deprimió, esa vez que nos dio un ataque de pánico o un terrible sentimiento de frustración que nos hizo pensar que no había nada más adelante. ¿Quién en su vida no se ha sentido una mierda algún día? ¿Quién no se ha lesionado o roto una pierna? Somos de carne y hueso, y la vida se encarga de recordarlo.
Los atletas de alto rendimiento, a diferencia de muchos de nosotros, se exponen a situaciones límite: ello es parte de la alta competencia. La presión puede ser abrumadora: si a nosotros las presiones familiares o del trabajo nos pueden llegar a tumbar, ahora imaginen la presión de la trascendencia, de la opinión pública, los entrenadores, los compañeros, que tienen grandes expectativas sobre ellos, patrocinadores (que, a diferencia de los futbolistas, no tienen siquiera el privilegio de ganar mucho dinero) y la carga sobre sus hombros que han puesto muchas personas que desean satisfacer en ellos un gran deseo de victoria.
Y cuando una persona se quiebra no hay nada que hacer. La debilidad de carácter implica negarse por cobardía a hacer algo que el individuo está en su capacidad de hacer, pero cuando la gente se quiebra, cuando la psique falla, cuando la pierna se rompe, lo primero que se tiene que hacer es hacerse a un lado. Si el individuo decide «seguir adelante», incapacitado ya para seguir su camino, empeorará el problema, como ocurrió con la gimnasta Elena Mukhina quien quedó parapléjica después de entrenar con la pierna rota tras la presión de sus entrenadores para vencer a Nadia Comaneci.
Por ello Simone Biles no se equivocó. Mucha gente la criticó porque les pareció un absurdo que sacrificara el éxito, las medallas y su equipo por un «capricho mental». Pero lo ocurrido no fue un «capricho mental», ella estaba quebrada, lo reconoció y se hizo a un lado: ese reconocimiento de sus límites es un acto de valentía y de amor propio. Basta ver su apariencia antes de que la crisis se desatara: se veía perdida, no estaba ahí (como ella misma afirmó posteriormente). Algunas personas comenzaron con la cantaleta de la «generación de cristal», pero dudo mucho que una persona débil de espíritu haya ganado lo que ella ganó.
De seguir, Biles podría haberse puesto en riesgo. La gimnasia es un deporte que implica cierto riesgo y donde perder el sentido del equilibrio y el espacio puede derivar en una lesión casi fatal (como ocurrió con Elena Mukhina). En el mejor de los casos, habría tenido un mal desempeño que habría perjudicado más a su equipo que con su ausencia.
En un artículo publicado en Letras Libres, León Krauze quiso hacer una defensa de la presión. Pero la presión como tal no es el problema, el problema no es el espíritu competitivo, eso es parte de la esencia del alto rendimiento; el problema es que los atletas no siempre van a estar en la capacidad de no quebrarse por la circunstancia porque son seres humanos. Sí, aprender a gestionar la presión es importante, y justa esa es una de las razones por las cuales es importante hablar de la salud mental para reducir la aparición de este tipo de estos problemas. Hasta la persona más preparada mentalmente puede llegar a colapsarse, nadie es perfecto.
Hablar sobre salud mental no está peleado con el espíritu competitivo como algunos parecen creer. Hablar de salud mental no implica esperar que se «reduzca el espíritu competitivo para que los atletas ya no tengan amsiedad«, trata de reconocer a los atletas como seres humanos falibles que pueden llegar a colapsar, trata de procurar el bienestar de los atletas.
Algunos de los críticos de Biles hicieron referencia a las palabras del tenista Novak Djorovic quien, a raíz de lo ocurrido con Biles, afirmó que la presión es un privilegio y que es necesario saber manejarla. Apenas unos días después, en su derrota con Pablo Carreño, destrozó su raqueta y golpeó los aros olímpicos que estaban en la red de tenis para después dejar sola a su compañera en dobles mixtos. Ello no es más que una prueba fehaciente de nuestra imperfección como seres humanos, de que podemos llegar a fallar.
Algo parecido se puede decir de la clavadista mexicana Arantxa Chávez, quien tras una mala salida, perdió su clavado y obtuvo una calificación de cero. Ella es otra circunstancia donde la presión límite puede hacerte una mala jugada. Mucha gente se burló y la humilló por su error, como si ese hecho hablara mal de ella. Curiosamente, en la siguiente ronda, a la que no calificó, una de las canadienses que iba en primer lugar y era clara contendiente a las medallas falló de igual forma su último clavado y quedó eliminada. En otra competencia de clavados, uno de los rusos que peleaba por una medalla falló. Simplemente pasa, estos malos juegos le pueden pasar hasta al atleta más grande.
Y la cuestión es que entre la integridad del individuo y la competencia, la integridad va siempre por delante. Lo contrario implicaría negar su dignidad como ser humano. Ni los patrocinios, ni los intereses ni las expectativas valen más que el bienestar del individuo. No se trata de suprimir la presión ni la competitividad en lo absoluto, se trata de hablar de salud mental, se trata de que los atletas estén lo mejor preparados y acompañados posible en este ámbito para reducir este tipo de riesgos, ya no sólo en pos de la competitividad, sino, sobre todo, en pos de su integridad.
Porque los atletas son personas, no meras máquinas al servicio de los espectadores.
Muchas personas no quieren vacunarse, pero lo único que están haciendo es ponerse en peligro a ellos mismos y los suyos. Si bien puede ser comprensible que la gente sienta cierto escepticismo sobre las vacunas, lo cierto es que, en general, son seguras (a pesar de que hemos escuchado que en muy contados casos hay quienes han desarrollado efectos adversos) y es diametralmente mayor el riesgo de afectar la salud por no vacunarse que por vacunarse.
Aquí, los datos pueden ayudarnos a explicar por qué necesitamos vacunarnos. Este texto está especialmente dirigido a quienes están siendo llamados a vacunar (menores de 40 años) aunque también es útil para los mayores que no se han vacunado.
Los datos que voy a utilizar son los oficiales del Gobierno de México. Sabemos que estos datos tienen algunos problemas: subrepresentan la realidad (se calcula que el promedio de muertes podría ser tres veces mayor), pero es lo que hay. Sin embargo, los datos sí son útiles para conocer tendencias: es decir, cuándo muere más y cuándo muere menos la gente y quienes mueren más o menos.
Observa esta gráfica:
En esta primer gráfica, que muestra la tendencia con base en las muertes diarias (la gráfica está «suavizada» para que sea más comprensible visualmente), extraje solamente el número de fallecimientos de las edades que están siendo llamados a vacunarse o lo van ser pronto. Separé al grupo de 30 a 39 años en dos para hacer notar que quienes tienen más de 34 están en un riesgo ligeramente mayor (claro, más pequeño que la gente que tiene más de 40).
Puedes observar que el número de muertes registradas todavía no llega ni a la mitad del segundo pico (diciembre y enero), pero es posible que lo alcance o hasta lo rebase. ¿Por qué? Porque no hemos llegado a lo más alto del pico y porque el número de muertes tiene una latencia de varios días con respecto a los infectados (esto es, naturalmente, porque las personas mueren varios días después de infectarse). A ello hay que agregar que algunas de las muertes de los últimos días ni siquiera se han registrado. Eso nos lleva a la siguiente gráfica (aquí incluyo todas las edades):
Esta gráfica muestra esa latencia poniendo como ejemplo el segundo pico de la pandemia. El pico de infectados ocurrió en los primeros días de enero, pero el pico de muertes ocurrió a mediados del mes. Esto quiere decir que el pico de muertes (azul) va a aparecer días después del pico de infectados (negro) al cual todavía no hemos llegado. Con estas dos gráficas argumento que, aunque seas joven, no estás 100% a salvo (no solo de morir, sino de tener secuelas) y es recomendable tomar medidas como usar cubrebocas y no asistir a lugares muy concurridos o donde haya mucho tumulto para evitar riesgos mayores.
El problema es que con la variante delta ni siquiera hemos llegado al pico de infectados, lo que quiere decir que la primera gráfica se va a terminar viendo más drástica y existe la posibilidad de que mueran más jóvenes que en el pico de inicios de año.
Y dentro de todo esto, ¿cómo es que me atrevo a argumentar que las vacunas si funcionan? En la gráfica anterior puedes observar que el segundo pico de casos ha derivado en menos muertes en general, pero para ser más específico, a continuación puedes observar la relación entre casos y muertes. A partir de que la gente comenzó a vacunarse, cada vez un menor porcentaje de personas infectadas murieron.
Pero ¿cómo sabemos que esto es producto de las vacunas? Para eso vamos a desglosar por edades.
Si bien es cierto que la variante delta está incrementando los contagios en todas las edades, el alza en la gente grande apenas es notoria y, en cambio, es mucho más drástica en los jóvenes. ¿Por qué? Porque muchas de las personas mayores ya están vacunadas y los jóvenes no.
No solo eso, entre las personas que sí se han contagiado (recordemos que la vacuna evita el contagio sólo hasta cierto punto pero reduce drásticamente la posibilidad de fallecer si te contagias) la proporción de infectados que mueren es esta:
Aquí podemos observar que un franco declive de porcentaje de fallecimientos en las personas que tienen 60 que son los que más se han vacunado y han recibido las dos dosis. Vemos también un decremento menor en las personas de 40 a 59 años varias de las cuales ya se han comenzado a vacunar pero muchas de las cuales no han recibido las segundas dosis.
En cambio, podemos observar que el porcentaje de fallecimiento es el mayor histórico para las personas que están en sus treintas mientras que se ha mantenido constante en las personas de menos de 30 años.
Es decir, las personas vacunadas no solamente se contagian menos, sino que para las personas contagiadas pero que recibieron la vacuna la posibilidad de morir es drásticamente menor.
Esto mismo puede verse desde otra perspectiva con base en el número de fallecimientos totales:
Esta gráfica es muy ilustrativa. Aquí agregué el número de muertes de todas las edades (excepto menores de edad). Podemos observar dos cosas: primero, que la gente grande sigue muriendo más que los jóvenes, pero, a la vez, están muriendo mucho menos que en el segundo pico y que la distancia entre los jóvenes y los grandes es mucho menor.
¿Por qué los grandes están muriendo mucho menos? Porque muchos ya se vacunaron. Las vacunas sí funcionan y qué mejor prueba que esto. Y si te fijas, la diferencia entre personas de 40 a 59 y mayores de sesenta es casi nula, esto porque los de 60 ya recibieron su doble dosis y muchos menores de 60 todavía no la completan o todavía no se han ido a vacunar.
¿Por qué siguen siendo los que más mueren? Porque no todos se han querido vacunar y todavía hay gente grande que está en situación de riesgo. Si todos los mayores de edad se hubieran vacunado, la proporción de muertes se habría desplomado aún más.
Conclusión:
Dicho esto, si tú eres joven, tomas medidas y te vacunas vas a lograr dos cosas: 1) reducir el riesgo de enfermarte gravemente o morir a la mínima expresión y 2) ayudar a evitar que personas grandes (no vacunadas) adquieran el bicho y mueran. Aunque sea la Sputnik o la Cansino, es mucho mejor a que te vacunes a que no lo hagas. Es posible que la vacuna ya no te proteja contra este pico (por el tiempo en que la vacuna tarda en hacer efecto y por las dobles dosis) pero sí podrá evitar que surja otro y mucha más gente muera.
Uno de los pilares de la esencia e identidad de cualquier país es la narrativa que se forma en torno a éste: lo que nos contamos sobre México, lo que nos decimos que es. Así, un país no es solo su reconocimiento formal a través de las instituciones y leyes, sino un relato que se construye a través del discurso.
Esta narrativa se construye por medio tanto de los hechos históricos como de su reinterpretación. Esta suele ser promovida principalmente por el Estado pero también por los intelectuales, académicos o distintos medios de comunicación y, a su vez, recibe influencia y es reforzada por los ciudadanos de su país que la propagan en su cotidianidad.
La reconstrucción no tiene que estar apegada a los hechos históricos como tales, lo común es que no sea así: los hechos históricos suelen ser modificados con propósitos políticos o suelen ser contados de tal forma que hagan referencia a ciertos valores que un régimen dado busca promover. Incluso, la falta de información, errores en la interpretación o la deficiencia de su transmisión puede hacer que lo que se narre no sea exactamente aquello que en realidad ocurrió.
Una vez que la narrativa se empieza a construir, ésta misma se retroalimenta a sí misma de tal forma que las partes que la constituyen se consolidan y es cada vez más difícil cambiarlas (eso que algunos politólogos llaman path dependence).
Una de esas partes más consolidadas de la narrativa sobre lo que México es, es la victimización. El sentirnos víctimas de alguien más ha permeado en la narrativa a través de los años e incluso esa idea ha sido promovida históricamente por el Estado para formar una identidad en torno a ello como contraste con el «enemigo» : fuimos víctimas de los españoles o de los gringos.
De esta forma, México es por su contraposición con Estados Unidos o la corona española. El discurso de victimización refuerza la identidad del país porque dicha victimización constata la existencia de nuestra nación.
Dicha narrativa de victimización suele incluir un componente de lucha que hace que el mexicano se sienta orgullosa a pesar de todo: se presenta al mexicano como aquel que fue vencido pero que «nunca se rajó»: no ganamos la guerra, pero «sí le logramos ganar una batalla a los gringos». En los deportes se hace énfasis en la injusticia del árbitro, en el equipo que se quedó en la orilla pero luchó y le complicó las cosas al rival.
Ese relato victimizante se propaga en la cotidianidad sin que la gente repare de donde viene. El famoso #NoEraPenal es prueba de ello. Ante la tragedia, acostumbramos buscar «chivos expiatorios» que expliquen lo sucedido para reafirmarnos en contraposición con ellos, porque el reconocer que la falla estuvo (parcial o totalmente) de nuestro lado golpea nuestro orgullo que es compensado con aquel discurso de lucha, orgullo que funge como mecanismo de defensa ante el temor de que nuestra identidad quede cuestionada o en entredicho.
Nadie, en su sano juicio, iría a votar en contra de que se someta a juicio a expresidentes. La gente que cree que esta es una tomadura de pelo simplemente no va a ir.
En cambio, los férreos defensores del régimen irán, y aunque el número de votos sea muy inferior que, digamos, la elección intermedia, el régimen presumirá que el 98% votó que sí, que el pueblo eligió. Al gobierno le basta obtener el número mínimo de votos para que el ejercicio sea vinculante (el 40% del padrón nominal, un número nada despreciable).
Someter la justicia a voto popular es no sólo tremendamente inconstitucional sino que atenta contra la separación de poderes lo cual lo vuelve una expresión de autoritarismo. No es la voz del pueblo la que se expresa, sino la del régimen que organiza estos plebiscitos conociendo de antemano cuál va a ser el resultado.
Se pregunta algo que el propio gobierno ya debería haber estado haciendo desde el primer día. Si los órganos de justicia fueran completamente eficientes y justos, ya habrían procesado a cualquier político que se hubiera encontrado involucrado en un acto de corrupción.
Este ejercicio, tal y como está planteado y de acuerdo al contexto, es una tomadura de pelo por medio de la cual el régimen busca fortalecer su narrativa de que sí van contra la corrupción y que sí representan al pueblo cuando ninguna de ambas cosas se satisface. En realidad buscan, a través de este ejercicio, ganar legitimidad y, por tanto, mayor poder. Es la misma narrativa lo que sostiene a AMLO con un porcentaje aceptable de aprobación a pesar de los magros resultados de su gobierno.
Aquí no termina todo, la pregunta misma tiene muchísimos problemas:
La pregunta que aparecerá en la boleta, que fue planteada por la corte (dado que la pregunta tal y como la proponía AMLO era anticonstitucional) es una cosa de lo más cantinflesca y que deja muchísimos huecos. La propaganda dice que trata sobre juicio a ex presidentes, pero la pregunta (que es lo que va a ser vinculante) habla de «esclarecimiento de las decisiones políticas» tomadas en los años pasados por los «actores políticos».
¿Qué se entiende por «acciones pertinentes… para emprender un proceso de esclarecimiento»? Las acciones se pueden esclarecer o aclarar de muchas formas y no solo mediante un procedimiento judicial. No hay ninguna acotación al respecto.
¿Qué se entiende por decisiones políticas? Por ejemplo, declararle la guerra al narco puede definirse de tal forma, pero si un político roba dinero del erario ¿ello puede definirse como una decisión política?
Más confuso se vuelve pensando que en el español, se usa el término político para policy (políticas públicas) y para politics (hacer política). ¿Se refiere a una decisión que concierne a las políticas públicas o al acto de hacer política?
¿Quiénes son los actores políticos? Queda claro que no es necesariamente un ex Presidente sino cualquier político. ¿Qué decisiones políticas, cuáles actores políticos, de qué forma se va a esclarecer? La pregunta no lo define, lo deja al aire y sujeto a cualquier interpretación.
En resumen, quienes van a ir a votar, van a votar por humo, van a responder una encuesta que pretende decir mucho y en realidad no dice nada.
Un simple concepto o mecanismo irrumpió en el ethos social y ha modificado ya no solo las relaciones sociales sino los contenidos que consumimos en Internet: ese es el like (y sus símiles o derivados como los corazones en Twitter, Instagram o TikTok que vienen a ser lo mismo, o las extensiones del propio like en Facebook como el «me importa» o «me encorazona»).
Lo vemos en todos lados, ese pulgar arriba símbolo de aprobación o de interés que hace que nuestro cuerpo despida dopamina. A partir de los likes nos creamos una narrativa de nosotros mismos y nuestra interacción con los demás (la cual no necesariamente termina de corresponder con la realidad, incluso muchas personas tienen la osadía de medir su éxito social a partir de ellos, pero hoy no me voy a centrar tanto en los efectos que el like tiene en los individuos como tales, hace algunos años escribí este artículo que, me parece, sigue vigente.
Hoy quiero escribir sobre los efectos que el like tiene en los creadores de contenido, lo cual, a su vez, afecta sobremanera la forma en que los contenidos en Internet se presenta (y, a su vez, está estrechamente ligado al efecto que tiene en las personas como tales y cómo es que puede modificar patrones de comportamiento, lo cual es más notorio en TikTok). Al igual que en el caso de las personas comunes, existe una carrera por los likes así como por la cantidad de suscriptores. Ya sea Youtube, Twitter, Instagram o TikTok, este mecanismo ha creado una suerte de incentivos (a veces perversos) que terminan modificando la forma en que los contenidos se presentan.
Hace poco platicaba con un amigo quien me decía que la mercadotecnia política era una suerte de perversión de la política misma: en vez de que las campañas ofrezcan información a los individuos de tal forma que tomen una mejor decisión en las urnas (lo cual ciertamente pasa, pero de forma secundaria), se posicionan a los políticos como productos de mercado que se ofrecen después de haber estudiado al mercado meta. Sin embargo, dada la dinámica de las elecciones (buscar convencer al elector) y de las herramientas disponibles para ello, llegué a la conclusión de que los incentivos para hacer de la elección un despliegue mercadotécnico son altísimos e incluso es casi inevitable que ello no suceda.
Algo así ocurre, me parece, con los influencers y el diseño de las plataformas a través de las cuales comparten contenidos. Si en la política se esperan buenos candidatos, en las redes sociales se esperaría que el influencer se centre en crear buenos contenidos. No niego que en las redes uno puede encontrarse contenidos de gran calidad, pero también nos encontramos a influencers hacer todo lo posible (y en detrimento de los contenidos mismos) para ganar likes y suscriptores, lo cual está asociado a su vez con un algoritmo cada vez más inteligente y complejo que, a su vez, está asociado con el dinero que ganan a través de la plataforma.
Es posible que estos incentivos creados hayan motivado a Yosstop a subir un video donde estaban violando a una menor de edad y por lo cual hoy está tras las rejas mientras se le juzga. Es posible que Yosstop haya pensado que un contenido así podría viralizar su contenido o darle muchos likes. Los youtubers buscan mantenerse vigentes no solo por el hecho de que teman que su público se olvide de ellos, sino porque el algoritmo (ese que te presenta una lista de videos recomendados en la página principal) es muy caprichoso y necesitan estar llamándote la atención para que no dejen de aparecer en tu página principal.
Influencia es poder, y los «creadores de contenido» lo saben. Esta se mide, en gran medida, por el número de likes y suscriptores. Dichos creadores no esperan ganar «reputación académica» sino llegar a más gente, la influencia en las redes sociales se monetiza: por más alcance tengas, por más personas te vean, te sigan y te recomienden, más dinero ganas. Pero no solo es un asunto de dinero, sino de egos. Muchos influencers intentan crear una narrativa sobre su persona que, además de que sea económicamente rentable, los posicione como «alguien»: ser alguien te da dinero y, a la vez, ganar dinero significa que eres alguien.
Ante la avalancha de críticas que recibió en Twitter, Diego Ruzzarín decidió restringir el acceso a su cuenta (no sin haber bloqueado a muchos tuiteros, práctica común en muchos «influencers de Twitter). Este tipo de acciones se debe, en muchos casos, al temor de que esa narrativa que los influencers buscan crear de sí mismos se ponga en entredicho. De la misma forma, es posible ver cómo personajes como Ruzzarín gustan de publicar extractos de sus videos donde se imponen intelectualmente a otras personas: «aquí le doy unas lecciones de política a Chumel Torres», aquí destruyo a Carlos Muñoz. El propio Carlos Muñoz, al haberse creado la percepción (adecuada, considero) de que había perdido el debate y que Ruzzarín lo había exhibido, decidió bajar el video de su canal de YouTube. Todo se trata de crear una reputación que alimente el ego y que pueda monetizarse.
No es que las personas, de la noche a la mañana, se hayan vuelto más egocéntricas. Ocurre más bien que el diseño de las plataformas crean los incentivos para actuar de tal o cual manera. En las redes sociales, la popularidad de muchos personajes suele crecer como la espuma (cosa que no habría ocurrido en los medios tradicionales). Si Ruzzarín ganó popularidad, entonces ello puede reforzar su autoconcepto de filósofo inteligente (atributo que, a la vez, busca resaltar), pero la popularidad en redes no necesariamente tiene que estar directamente correlacionada con los atributos que algunas personas suelen darse sino con otros factores. Es posible que Ruzzarín no sea el gran filósofo que cree que es y ello lo termine hacer caer en un mar de contradicciones: a partir de ahí viene el desencanto. El influencer ya no solo tiene muchos seguidores sino haters que cuestionan los atributos que el influencer mismo se otorga. El influencer, en muchos casos, se siente acorralado y amenazado. Algo tiene que hacer para no perder su reputación. Algunos logran (a veces con éxito) crear una narrativa polarizadora de nosotros contra ellos (como ha intentado hacer el propio Carlos Muñoz); otros se desesperan y terminan cometiendo muchos errores. Algunos que eran capaces de crear contenidos decentes terminan haciendo cualquier cosa para ganar seguidores o reducir las críticas.
Algunos otros influencers se esfuerzan porque estas dinámicas no les afecten, tratan de apaciguar a su ego y se enfocan en crear contenidos de calidad. Aún así, pueden verse completamente afectados por las plataformas mismas como ocurrió con Martí del canal C de Ciencia quien decidió terminar su cuenta después de verse afectado psicológicamente por el comportamiento del propio algoritmo de YouTube que le hacía perder progresivamente sus ganancias. Lo cierto es que la calidad de los contenidos en YouTube se han visto afectados por los incentivos creados por la estructura de la plataforma que ha derivado en una perversa carrera por el número de likes y la necesidad hasta de patrocinar los propios contenidos para obtener recursos que la misma plataforma ya no les da.
La plataforma de Twitter es menos compleja, y si bien no puede monetizarse, sí sirve para construir narrativas sobre los propios perfiles que pueden trasladar a otras redes que sí son monetizables como YouTube. Ahí en Twitter, en una lucha de egos, los influencers se retan a «debates» que son más bien una suerte de talk-shows que consiste en ver quién destroza la reputación de quién, casi como una contienda máscara contra cabellera. No trata de debates formales y, muchas veces, ni siquiera de debates centrados en el mero contenido, sino un debate donde los egos se ponen a prueba para que después los contendientes presuman en sus redes que «destruyeron» a su adversario. Igual que al finalizar los debates políticos, los influencers buscan crear (a veces de forma forzada) la narrativa de que ellos ganaron el debate y fueron los vencedores. Twitter suele ser el lugar donde los influencers se retan, pero suelen subir sus videos a YouTube o a Facebook, además de crear clips propagandísticos de su mera persona en estas mismas plataformas y hasta en TikTok. Su postura ideológica incluso queda en segundo plano frente al ego: la idea es poder tener ese contenido audiovisual donde se demuestre que humilló al otro y (su ego) salió vencedor.
Evidentemente, toda esta dinámica beneficia las arcas de las propias redes sociales que se excusan en querer mostrar a los usuarios los contenidos que quieren ver. En realidad, los influencers terminan haciendo cualquier cosa para ganar dinero (o no dejar de ganarlo): a veces tardan más tiempo en aprender los trucos y mecanismos para rentabilizar sus canales que en la ardua labor de investigación para traer contenidos valiosos porque hay algo en el discurso de las redes sociales sobre los contenidos que no termine de cuadrar del todo y posiblemente se explique por el mero hecho de que las empresas tecnológicas buscan ganar dinero y no hacer servicio a la comunidad. Es posible que los incentivos económicos no estén del todo alineados con la creación de contenidos de valor. Por ello las empresas tecnológica solo hacen frente a los efectos colaterales cuando en la opinión pública se empieza a hacer ardua crítica a las propias redes sociales.
La Cuba castrista es uno de los mitos que siguen presentes en toda América Latina (e inclusive pueden verse algunas expresiones fuera de ella). Historias heroicas de «luchas de los latinoamericanos oprimidos contra los regímenes autoritarios auspiciados por los Estados Unidos»: el heroísmo del Che Guevara, un personaje tan mítico que hasta el propio capitalismo se lo ha apropiado para vender camisetas o libros y que incluso lo ha portado algún incauto que defiende los derechos de la comunidad LGBT, sin reparar que uno de los rasgos más sobresalientes del Che era su terrible homofobia.
Libros, películas, historias y poemas sobre la revolución cubana han surgido por raudales, casi como Oxxos aparecen y aparecen en las ciudades del país. Algunos intelectuales del siglo XX se encargaron de glorificar al régimen cubano: algunos despertaron del letargo, otros los idealizaron hasta el lecho de su muerte, o bien, la siguen idealizando en vida.
En una tradición muy latinoamericana, se ha construido una narrativa muy sólida y atractiva sobre la «Cuba revolucionaria y socialista» que ha dejado de lado lo que más debería importar: los propios cubanos. Podrá argumentarse que en Cuba no existe pobreza extrema (aunque, en ocasiones, su población parece amenazar caer en ella), pero Cuba es simplemente la prisión más grande del mundo. Muy pocas personas desean ir a vivir a Cuba (los socialistas de clase media-alta de México que tanto la glorifican nunca estarán dispuestos a dejar todos sus privilegios para vivir como un cubano promedio) y, en cambio, muchas personas quieren salir de ella. Muy común es que cuando tienen oportunidad de salir (como los equipos deportivos o médicos), alguno que otro aprovecha para huir en búsqueda de una mejor vida.
A pesar de la evidencia, muchos no desean desprenderse del mito cubano. No tanto porque tengan muchos argumentos a su favor, sino por el mito mismo, porque la narrativa es muy potente y transmiten valores y símbolos en los que creen: esa narrativa que consta del discurso acerca de una Cuba débil que se presenta como víctima de los Estados Unidos y de la cual busca defenderse y resistir. Pero uno de los errores en los que suele caer en la izquierda es pensar que el débil siempre tiene que ser el bueno. Ello es un error porque 1) la realidad suele ser más compleja que una simple disputa binaria entre «buenos y malos» y 2) porque el oprimido, en ocasiones, es capaz de ser opresor y déspota con aquellos que puede controlar. Así como el padre que es explotado en su centro de trabajo puede golpear a su esposa o hijos, así también el régimen cubano restringe severamente libertades que en muchos otros países tenemos por dadas. Igual ocurre cuando algunos sectores de izquierda defienden al régimen iraní de Estados Unidos, con todo lo despótico que es con su población y, sobre todo, las mujeres. Peor aún es este afán por idealizar a los musulmanes (incluso tomando posturas complacientes con las manifestaciones extremistas) sin reparar que muchos de los usos y costumbres se contraponen con los que dicen defender y tienden a ser más opresivos que la cultura occidental a la que sí atacan despiadadamente.
Por ello el mito cubano es fuerte, porque, en esa dialéctica binaria, Cuba es el débil de la historia. Pero esa debilidad es producto, en gran parte, de su sistema económico e incluso de las libertades que restringe a su población. Se argumenta que Cuba está mal a causa del embargo de Estados Unidos (el cual me parece un error de este país y que contradice sus valores liberales) y ciertamente éste ha tenido un efecto negativo sobre Cuba, pero dudo mucho que el embargo sea la razón principal del deterioro cubano. Basta ver el destino que han tenido prácticamente todos los países socialistas. La gran mayoría colapsó producto de las incongruencias intrínsecas al régimen que quedaron en evidencia con la caída de la Unión Soviética. Al caer la URSS, ninguno de los países satélites pudo sostenerse bajo su propio pie. Cuba terminó casi moribunda producto de la codependencia que tenía con el régimen soviético. ¿Por qué tendríamos que pensar que Cuba sería un país próspero si el embargo estadounidense no existiera?
¿Por qué una izquierda que dice defender el bien común, los derechos y la justicia apoya un régimen donde precisamente los derechos son escasos y donde una élite (el gobierno cubano) se enriquece a costa de los ciudadanos? La respuesta es simple, por la preservación del mito.
Esa preservación del mito es la que coloca todos los peros en la discusión: Cuba tiene salud universal, ciertamente, pero ¿de verdad se puede equiparar con los sistemas que existen en Europa, por ejemplo? Cuba tiene educación gratuita para todo el mundo, pero ¿esa educación permite al cubano forjarse una vida propia o tiene que atenerse a las pocas opciones que le da el régimen cubano? ¿Esa educación le dota de pensamiento crítico o, en cambio, es adoctrinado para defender al régimen cubano a capa y a espada? Incluso muchos de sus atributos se ven nublados o atenuados por todos estos puntos sobre las íes. El cubano, se dice, nunca va a morir de pobre, pero solo va a estar poco mejor de eso, y las posibilidades de superar esa condición son excesivamente restringidas.
A este mito se agrega el discurso del bloqueo estadounidense. Los castrofílicos (por llamarlos de alguna forma) argumentan que los cubanos están mal por el bloqueo (casi todas las consideraciones del párrafo anterior no tienen relación alguna con el bloqueo), excusando así a un régimen que ya probado a lo largo de la historia ser ineficiente y, paradójicamente, injusto.
Sería un despropósito afirmar que la economía de mercado es perfecta. No existe sistema o ideología perfecta en este mundo y efectos colaterales o nocivos del capitalismo pueden enlistarse (en cierta razón por ello casi todos los países con economías de mercado cuestan con políticas públicas y seguridad social), pero sí sabemos que la economía de mercado es bastante más eficiente que los regímenes socialistas como el de Cuba para satisfacer las necesidades de los individuos y sabemos que ha sacado a muchísimas personas de la pobreza en el mundo. Tal vez por ello muchos no quieren desprenderse del mito cubano, porque es casi el último resquicio socialista que queda para poderlo plantear como alternativa al capitalismo, en vez de siquiera pensarse alguna forma de organización novedosa.
Es completamente válido cuestionar el bloqueo estadounidense y los efectos que éste tiene. Lo que no es válido es utilizarlo como excusa para relativizar la gran responsabilidad que tiene el régimen cubano sobre las condiciones «semi-miserables» en las que vive su población en aras de defender un mito que la historia ha probado insostenible y falaz.
Dentro de todo lo mediocre que existe en el país, existe algo que si destaca por su mediocridad, y tan solo por eso, es el balompié mexicano.
México es un país que tiene más de 100 millones de habitantes, es una nación donde el futbol es, por mucho, el deporte más importante. Si bien no es un país desarrollado, tiene la infraestructura y el capital. En resumen, el país tiene las condiciones socioeconómicas del país le dan la posibilidad potencial de que su selección sea, si no potencia mundial, cuando menos una de esas naciones que están ahí muy cerca de esa élite y que tienen la capacidad de ser protagonistas.
Pero la selección nacional se ha convertido en un loop de la mediocridad que se repite cada cuatro años: van al Mundial, los eliminan en octavos de final, luego regresan a jugar algunos partidos moleros contra selecciones mediocres en su mayoría y la infame Copa Oro (con puras selecciones mediocres también) para después sobrellevar la clasificación al siguiente Mundial (a veces de forma cómoda y a veces con muchos problemas) en donde participan puras selecciones mediocres. No sé ustedes, pero en mi caso ya me da una tremenda pereza ver cualquier partido de la selección mexicana y de hecho no recuerdo haber visto alguno después del último juego en Rusia 2018. Todo es predecible, ya sabemos lo que va a pasar.
Peor aún, los hombres de pantalón lograron que México ya no asista a la Copa América. También, gracias a ellos, los equipos de nuestro país ya no asisten a la Copa Libertadores. Los pocos torneos que nuestro país tenía para foguearse ya no existen más.
¿Por qué, a pesar del potencial que ahí existe, nuestra selección es una muy mediocre e irrelevante que, exceptuando una ya lejana Copa Confederaciones y algunos títulos en selecciones menores (una medalla de oro olímpica y dos mundiales Sub 17), no ha ganado nada? Me parece que la respuesta es simple: los hombres de pantalón no tienen los incentivos para hacer que la selección nacional sea competitiva. ¿Por qué? Porque la selección ya es un negociazo, es una de las naciones que más dinero genera y el hecho de volverla una «potencia mundial» no hará que generen mucho más dinero que el que ya ingresan. El negocio está garantizado en tanto la selección clasifique al Mundial.
Está garantizado porque el aficionado mexicano es cortoplacista y poco exigente. La gente sigue comprando camisetas y sigue asistiendo a los estadios, sobre todo en Estados Unidos donde la nostalgia por las raíces de los mexicanos que viven allá hace que no se pierdan ningún partido cuando la selección juega cerca de su ciudad. Los de pantalón hasta afortunados son de tener dos mercados (el mexicano y el hispano-estadounidense), privilegio que prácticamente ningún otro país tiene.
Y también los de pantalón tienen su negocio garantizado porque la Selección Nacional es una de los pocos medios por los cuales la gente percibe que puede expresar su patriotismo. En México no solemos estar orgullosos de muchas cosas y, por lo general, aquello que nos da una identidad natural tiene que ver más con los recursos naturales y las tradiciones (que si el mariachi, que si los tacos) que con las victorias o las hazañas. El aficionado, por lo tanto, no va a desprenderse de su selección nada más porque sí y la va a apoyar casi hasta el último momento. Ahí la razón por la cual nuestro país tiene una de las aficiones más populosas y más llamativas en todos los mundiales. La afición misma se vuelve motivo de orgullo.
Todos estos incentivos perversos, aunados a la corrupción y la terrible improvisación en la que está sumida la liga, tienen atorada a la selección en un círculo vicioso que no le permite trascender. Para modificar esta serie de incentivos perversos se necesita una sacudida que ponga en aprietos a los hombres de pantalón. Una de ellas es la clasificación al Mundial.
Es curioso, porque la última «revolución» ocurrió justo después del escándalo ocurrido a finales de los años 80 cuando la selección quedó eliminada de Italia 90 y demás competiciones por el escándalo de los cachirules. Justo ahí, los hombres de pantalón se sintieron orillados a hacer algo. La selección subió un peldaño más: comenzó a tener mejores resultados en mundiales, comenzó a ganar algunos títulos (aunque ninguno de ellos equiparable a una Copa América y ya no digamos un Mundial), algunos jugadores empezaron a migrar a Europa, pero ahí se quedó atorada la selección y ya no subió más.
Antes de esa «revolución» no existían tantos intereses económicos, y aún así, los hombres de pantalón vieron necesario ponerse a trabajar para lograr que la selección subiera de nivel. Tal vez solo ello, un cisma que comprometa sus ingresos y les de un sape en sus pequeñas cabezas, hará que vuelvan a poner manos a la obra. Es claro que una eliminación es algo que les dolería en lo más profundo del alma. Basta recordar las eliminatorias del 2014 que, ante la inminente posibilidad de ver a la selección eliminada, movieron mar y tierra para que eso no ocurriera: eso les genera temor y mucha preocupación. Por ello es que es necesario que ocurra.
También una eliminación vendría bien para sacudir al aficionado conformista, mediocre y cortoplacista cuya presencia es un gran activo para el negocio de los hombres de pantalón: aquél aficionado que, a pesar de los escasos resultados sigue yendo al estadio a cantar el cielito lindo, sigue comprando camisetas y sigue falsamente esperanzado en que «esta vez sí vamos a llegar al quinto partido».
Tal vez sean los aficionados más primitivos los que nos hagan el favor: aquellos que, a pesar de las advertencias y amenazas de la FIFA (más allá de la terrible incongruencia que supone organizar dos mundiales seguidos en países con regímenes homofóbicos) siguen haciendo el grito homofóbico. Tal vez serán ellos (aunque la selección actual con su pésimo nivel también podría hacernos el favor) los que se encarguen de dilapidar, al menos por un momento, los intereses económicos de aquellos que han sabido lucrar con la mediocridad tanto de la selección como del aficionado que se conforma con tan poco.