Autor: Cerebro

  • 7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    7 razones por las cuales Osama Bin Laden ganó la guerra contra Estados Unidos

    Bin Laden está muerto. Algunas personas dirán que al final perdió porque él está muerto y los Estados Unidos siguen de pie, pero esa es una interpretación muy frívola.

    La realidad es que Bin Laden ganó la guerra.

    A Osama Bin Laden lo mataron en 2011, una década después de los atentados, cuando ya no a mucha gente le importaba, cuando ya se había hecho a la idea de que EEUU había sido vulnerado y cuando ya había regresado a su vida cotidiana. Lo asesinaron cuando ya el daño (aquello que Bin Laden quería) estaba hecho.

    Es que Osama Bin Laden logró lo que quería: logró desestabilizar a los EEUU en muchos sentidos:

    1) Creó un profundo sentimiento de vulnerabilidad no solo en Estados Unidos sino incluso en todo Occidente (la cual sería ratificada con ataques posteriores en tierras europeas). Estados Unidos ya no era aquel país seguro y cuasi invencible. Atacaron varios de sus símbolos más importantes: el comercial reflejado en el World Trade Center y el militar reflejado en el Pentágono. Si el político (la Casa Blanca o el Capitolio) no sufrió daños es porque los pasajeros secuestrados del vuelo que iba a ese lugar se rebelaron y derrumbaron el avión.

    2) Orilló al gobierno estadounidense a tomar decisiones precipitadas y basadas en el miedo que mermaron su reputación en todo el mundo. Una de las principales «armas» con las que los imperios se sostienen son aquellas narrativas que le dan legitimidad endógena (dentro de su pueblo) como exógena (fuera del país). La Patriot Act mermó la legitimidad endógena y tanto Guantánamo como Abu Ghraib mermaron profundamente el discurso de que Estados Unidos es un país comprometido con los derechos humanos.

    3) Logró exhibir a Estados Unidos como un país ineficiente en materia estratégica y militar, lo cual a su vez merma su imagen como país poderoso. Desde el mismo atentado (que también se explica por deficiencias en los servicios de inteligencia) la incursión en Irak donde nunca existieron armas de destrucción masiva, hasta la desastrosa salida de Afganistán en el régimen de Joe Biden que terminó en mano de los talibanes (previo acuerdo con Donald Trump).

    4) Todo ello acentuó una suerte de profundo remordimiento nacional (incluso occidental) por los actos cometidos en Estados Unidos y los países occidentales a lo largo de su historia. Todas las críticas decolonialistas y análisis basadas en la teoría crítica o corrientes posmodernas que tomaron auge en la izquierda académica estadounidense se podría explicar, entre otras razones, por todos los eventos que siguieron al atentado e incluso los que le antecedieron (como la intervención estadounidense en Medio Oriente en el contexto de la Guerra Fría). No es que hacer una autocrítica sea algo malo, en lo absoluto (y menos si hablamos de las torturas que ocurrieron en Guantánamo y Abu Ghraib). El problema es que, como respuesta al miedo y el rencor por parte de quienes deberían haber mantenido la calma, se expuso a un Estados Unidos que no se parece mucho a aquel que repite la narrativa o los valores de los padres fundadores.

    5) Todo ello deslegitimó y desarmó, de una u otra forma, a los Estados Unidos como imperio: cualquier acción vista como «imperialista» es señalada por la opinión pública (incluso si se trata del menor de los males), incluso si se trata de un acto en defensa propia. Estados Unidos ya no es el «país que promueve la democracia en el mundo» sino aquel que engulle a países de todo el orbe para dominarlos. Este remordimiento causó que se revisitaran todos los actos pasados del imperio estadounidense en el pasado y se les juzgara con más determinación. ¿Nagasaki e Hiroshima? ¿El golpe de Estado a Allende? ¿Los iran-contras? ¿Vietnam? ¿La desastrosa incursión en Irak?

    6) Las teorías de la conspiración no son algo nuevo, pero ciertamente el 9/11 inauguró una nueva tradición que se extiende hasta nuestros tiempos con los antivacunas y terraplanistas y que tienen como constante la desconfianza en las instituciones. Como es difícil imaginarse que un país tan «poderoso» fuera vulnerado de tamaña forma, entonces es más cómodo imaginar que es el gobierno el que está mintiendo, el que hizo todo. Dicha desconfianza en las instituciones explica también el ascenso de líderes populistas como Donald Trump. ¿Qué habría pasado con la candidatura de Trump si el 9/11 no hubiese ocurrido? ¿Hubiera ocurrido? Y si lo hubiera hecho ¿Habría ganado?

    Americans' Confidence in Institutions Stays Low

    7) El terrorismo islámico no solo no está neutralizado sino que, de alguna manera, ha estado en su apogeo en los últimos años. Los diversos atentados en París como el de Charlie Hebdo o Le Bataclan, los de Bruselas, los que ocurren constantemente en Medio Oriente. Qué decir del talibán recuperando Afganistán o del Estado Islámico. Ello ha afectado también la confianza institucional y ha despertado reacciones xenófobas en varias partes de Europa.

    Si 9/11 no hubiese ocurrido, EEUU sería más fuerte hoy y Occidente sería más fuerte que hoy. Bin Laden sacudió al imperio con poquísimos recursos (humanos, tecnológicos, militares, económicos) comparados con la abismal fortaleza estadounidense. Nomás mencionarlo suena a tremenda humillación para muchos. Y como Osama Bin Laden o Al Qaeda no son un país o una entidad parecida, entonces se vuelve difícil construir un enemigo. Por eso, tras su muerte, la herida del 9/11 no se cerró. No se ha cerrado, las imágenes nos siguen dando muchísimos escalofríos e indignación.

    Bin Laden ganó y EEUU perdió. Bin Laden está muerto, pero partió sabiendo que había conseguido lo que quería. Incluso no tuvo la oportunidad de atestiguar por completo su victoria que terminó reforzada por diversos acontecimientos de la última década.

  • El asunto con el PAN

    El asunto con el PAN

    El asunto con el PAN

    Históricamente, el PAN había sido el “partido de oposición”. Fue casi siempre la fuerza más fuerte durante el régimen hegemónico del PRI (tal vez con excepción del 88 donde Cuauhtémoc Cárdenas se convirtió en el rival más importante del candidato priísta) y fue la primera fuerza de oposición al llegar al poder en el año 2000. Tan solo mencionar todo esto nos habla de la relevancia que ha tenido este partido en la historia política de este país.

    El PAN también ha sido el partido que había mostrado cierta consistencia ideológica, a diferencia del catch-all que siempre fue el PRI. El PAN se presentó como un partido humanista, democrático y con raíces ciertamente cristianas. En su organización convivían dos facciones: una de centro o centro derecha, con una perspectiva humanista, liberal e influida por principios cristianos, más en el sentido de las democracias cristianas europeas moderadas ideológicamente (y a la que se sumaron posteriormente sectores empresariales), y otra más marginal: de ultraderecha, confesional y dogmática. De alguna forma, la primera tuvo mayor preponderancia en los dos sexenios que gobernó.

    Pero el PAN comenzó a perder dicha consistencia en los últimos tiempos y se comenzó a comportar como un partido catch-all (atrápalo-todo) donde conseguir votos a costa de lo que fuera comenzó a primar sobre la propuesta ideológica. El PAN comenzó a partirse desde dentro. Los conflictos internos llevaron a Felipe Calderón y Margarita Zavala a salir del partido para crear México Libre que no logró obtener el registro (para luego regresar). Las alianzas con el PRD comprometieron su consistencia ideológica severamente, e incluso algunas figuras socialdemócratas como Agustín Basave entraron al partido, y ni qué decir de Ricardo Anaya que tenía una plataforma más bien socialdemócrata.

    En este escenario, el del partido dividido, fracturado y que presume resultados aceptables en el 2021 producto de la fortuna más que del mérito propio (mucha gente votó por ellos no por convicción sino porque era la vía para debilitar a AMLO y si tuvieron éxito en la CDMX fue más que nada porque a la izquierda capitalina “se le cayó la línea 12”) es que una nueva versión de esa ultraderecha (o la derecha dura, como se hacen llamar algunos activistas cercanos a esta corriente) quiso dar un golpe de autoridad.

    Fue esta ultraderecha la que trajo a Santiago Abascal de Vox a México a firmar la Carta de Madrid para “combatir el comunismo”, algunos se sumaron por convicción y otros por mera ingenuidad, pero no solo los panistas en su conjunto se desentendieron al ver la reacción adversa en las redes sociales de la opinión pública así como algunos de sus miembros, sino que el mismo Rementería, el coordinador de la bancada del Senado, terminó pidiendo disculpas. Cristian Camacho, un activista de “derecha dura” en redes que precisamente hacía trabajo de redes sociales para el partido, fue cesado por haber gestionado la visita de Santiago Abascal. Hicieron como que aquí no pasó nada.

    Los activistas de la derecha dura tienen razón en dos cosas: 1) que el PAN tiene una severa crisis de identidad incapaz de tomar posturas y que 2) parece estar preocupado por amasar votos más que por crear una plataforma que de verdad represente a la gente. Quieren ocupar ese vacío que está dejando el PAN producto de su indefinición.

    Esta derecha dura pretende impulsar una agenda muy conservadora, tradicional y nacionalista, lejos de la democracia cristiana de centro y más bien cerca de los fenómenos populistas que hemos visto en los últimos tiempos. Ellos son admiradores de Donald Trump (varios de ellos no reconocen su derrota en las urnas), Jair Bolsonaro e incluso Viktor Orban de Hungría. Quieren combatir de frente al “comunismo” que representa López Obrador, así como todo lo que tiene que ver con la agenda progresista, la corrección política y demás. Así como ocurre con los populismos de izquierda, dividen a la sociedad en buenos y malos: ellos, los buenos, los que defienden las libertades, y todo eso que llaman “la izquierda” donde no solo se encuentran los pejistas o las facciones radicales tanto de la izquierda clásica como de la denominada izquierda posmoderna (progre) sino a todos los socialdemócratas, centristas o incluso a la derecha moderada, a la cual llaman la “derechita cobarde” (tal y como Vox denomina al PP de España).

    El problema es que con esta visita promovida por la derecha dura el PAN no solo no se definió, sino que quedó peor de cómo estaba antes en muchos sentidos:

    1) La plataforma de centro derecha (si es que queda algo de ella) podría aspirar a obtener votos de todo el antilopezobradorismo, desde el centro hasta la derecha conservadora, e incluso hasta algunos izquierdistas moderados que, por su profundo desencanto con AMLO, podrían ver a la facción más liberal del PAN como un mal menor (tal como lo hizo en el 2000 para vencer al PRI). Con la visita de Vox, ya dejaron con muchas dudas a los votantes del centro que pueden ser determinantes en 2024.

    2) Tampoco quedaron bien con la derecha dura. Al desentenderse de sus propias decisiones, al decir que fue una visita de índole personal al tiempo que fue promovida por las cuentas del Senado, al despedir a Cristian Camacho por gestionar la visita y al pedir disculpas, terminaron viéndose como esa “derechita cobarde”. Posiblemente pensaron que era buena idea replicar el “modelo Bolsonaro” y el “modelo Trump” con un discurso populista y confrontativo, pero luego se echaron para atrás, que siempre no.

    Lo ocurrido no fue un accidente, que Cristian Camacho trabajara para Rementería no era casualidad: por alguna razón Rementería quería tener un “ultra” manejando las redes. El PAN se ha esforzado en convencernos de que lo ocurrido sí fue un accidente, que fue un pequeño resbalón que hay que olvidar. No fue así: allá al otro lado (en el oficialismo) tomaron nota y le dieron un cheque en blanco a López Obrador.

    La “derecha dura” considera que lo ocurrido es un éxito para ellos, que gracias a ellos se habló del partido y de ellos mismos. Ello no es falso y es posible que esta corriente sea la única que haya ganado algo con este escándalo (ya sea que termine actuando dentro o fuera del PAN) sin embargo, no pareciera muy viable que, en el corto plazo, o para 2024, ganen una alta participación de poder para “cambiar la hegemonía cultural” (al más puro estilo gramsciano), más aún tomando en cuenta que los sectores más conservadores que no pertenecen a la clase media o alta son más bien simpatizantes de López Obrador. Ello no quiere decir que subestimemos a este movimiento, más aún en estos tiempos donde la lógica tradicional de hacer política ha sido casi disuelta por aquellos discursos populistas que tienen eco en aquellos “no escuchados”. A diferencia de FRENA (que terminó siendo un movimiento muy peculiar y bochornoso), ellos tienen bastante más idea de lo que están haciendo y de los alcances que quieren tener.

  • La nueva derecha dura mexicana, Vox y el PAN

    La nueva derecha dura mexicana, Vox y el PAN

    Ahí en las redes sociales, a través de algunos activismos e influencers, parece estarse formando (o reviviendo) una cierta «derecha dura» en el país. Muchos de ellos se definen así, «soy de derecha dura». Dicen defender a Dios, la familia, la vida y el libre mercado: así mismo dicen combatir la «ideología de género», el comunismo (cualquier cosa que se pueda entender por eso) y la corrección política. Son nacionalistas y antiglobalistas. Básicamente, constituyen una reacción ante los movimientos que consideran como progresistas como el feminismo, los colectivos LGBT, el multiculturalismo, el combate al cambio climático, el orden mundial multipolar y sus instituciones (como la ONU, la Unión Europea y diversos). Tienen una cuenta en Twitter llamado sublevados que tiene, al día de hoy, poco más de 16 mil seguidores.

    Esta derecha dura no es un clivaje aislado de nuestro país sino que se extiende por gran parte de América Latina gracias a las redes sociales. Tienen fuertes simpatías con Donald Trump y con Vox, gustan de escuchar lo que Agustín Laje tiene que decir. Algunos incluso se han expresado a favor de líderes iliberales como Orban, el presidente de Hungría y algunos otros no reconocen la derrota que Trump sufrió en las urnas. Por ello, sus credenciales democráticas no están del todo claras.

    Sería un despropósito definirlos como fascistas. El uso del término es meramente retórico y no se les podría encuadrar dentro del fascismo si tomamos el término con seriedad tal como lo define Roger Griffin. El fascismo tiene una faceta revolucionaria que esta derecha dura no tiene ni tampoco posee los alcances xenófobos que el fascismo llegó a poseer. No es tampoco algo nuevo en nuestro país: era algo que ya vivía en los sectores más conservadores y reaccionarios del PAN que, por un momento, parecieron quedar arrinconados frente al ala más tecnocrática y centrista que tomó las riendas del partido. Vox, que es una de las referencias de este clivaje derechista, es un partido de derecha dura, pero que ciertamente no alcanza el ultraderechismo del movimiento de Le Pen.

    La derecha dura mexicana dice combatir el comunismo y consideran en su mayoría a López Obrador como una suerte de encarnación o amenaza. Paradójicamente, tienen algunas coincidencias ideológicas con él. Ambos son nacionalistas y apelan constantemente a símbolos religiosos. Como López Obrador, suelen sostener un discurso polarizador que divide a la sociedad entre nosotros y ellos (donde engloban a todo lo que consideran «izquierda» como si se tratara de una sola cosa: desde liberales como los Krauze hasta marxistas duros). Ambas facciones suelen atacar a los medios de comunicación (uno por decir que están vendidos a la derecha, los otros al progresismo) y, aunque a diferencia de López Obrador, hablan de libertades más que de una cruzada moralizadora por parte del país, la realidad es que lo que ellos entienden por libertades deben estar cuadradas en su ideario conservador. Si el conservadurismo de antaño siempre tuvo su corrección política, no hay nada que garantice que este nuevo conservadurismo no la tenga. No parecen apostar tanto a una sociedad abierta (en el sentido popperiano) sino más bien a un cambio hegemónico no solo político sino cultural, donde el conservadurismo o el nacionalismo se conviertan en el nuevo statu quo.

    Afirman que no son homofóbicos y que solo están contra la «ideología de género». En el caso de Vox, se oponen al matrimonio igualitario solamente de forma semántica: es decir, no se oponen a la figura jurídica que permite que dos personas del mismo sexo se unan y no se oponen del todo a la adopción homoparental, aunque Santiago Abascal acota que las parejas heteroparentales deberían tener preferencia. Dado que la sociedad española es más liberal en estos asuntos, no estoy seguro si todos los integrantes de la derecha dura mexicana estarían dispuestos a hacer esas «concesiones», que más bien es, en el caso de Vox, la manifestación del conservadurismo en un contexto más liberal. Agustín Laje, referente en América Latina de esta derecha dura, es opositor de cualquiera de estas figuras.

    Es difícil que esta derecha dura alcance trascendencia para las elecciones del 2024 y muy difícilmente vamos a ver a un conservador de derechas con tintes confesionales suceder a Andrés Manuel López Obrador. No parece, al día de hoy, ser un movimiento mayoritario en el PAN y es posible que, en el contexto actual, no sea políticamente viable cargarse muy a la derecha en las elecciones del 2024 dado que podrían perder el voto del centro que está enojado con el régimen actual además de que haría insostenible la alianza «va por México», que de algo ha servido para contrarrestar aunque sea un poco más al vendaval de la 4T en las elecciones pasadas.

    Ello no quiere decir que no sea posible que en el futuro este movimiento no pueda cobrar mayor relevancia, para ello el sector más conservador tendría que apropiarse del PAN (lo cual veo complicado en el corto plazo con las pugnas actuales) o simplemente fundar un partido nuevo.

  • La mitad de Andrés Manuel

    La mitad de Andrés Manuel

    La mitad de Andrés Manuel

    La mitad del sexenio no solamente es un punto simbólico en el tiempo, también suele cambiar el tono del ejercicio del poder producto de la cada vez más cercana sucesión que, si bien está a tres años, ya obliga al Presidente en turno en pensar en el legado que va a dejar. También, a partir de este punto, las cosas se «empiezan a mover», se empiezan a barajar las opciones que podrían aparecer en la boleta, las pugnas de poder (tanto dentro del régimen como en la oposición) se empiezan a agitar.

    Si los primeros tres años marcaron la tesitura del régimen, los últimos tres años obligan a concluirla. En este periodo los proyectos torales del régimen ya tienen que tener un rumbo definido (en este caso el aeropuerto de Santa Lucía, Dos Bocas, el Tren Maya o los programas sociales) y se vuelve complicado llevar a cabo cambios abruptos.

    López Obrador puso un proyecto ambicioso y excesivamente idealista sobre la mesa: este constaba de una profunda transformación de la vida pública de proporciones históricas: acabar con la corrupción de tajo, combatir la desigualdad y un largo etcétera. Si se le evalúa por la capacidad de llevar a la realidad su proyecto, la verdad es que ha fracasado rotundamente. La «Cuarta Transformación» ha quedado en una mera narrativa que el Presidente busca alimentar una y otra vez ante la falta de resultados que la sostengan: sigue constando de una promesa y de la creación de ilusiones: ¡México va a cambiar! ¡México va a ser más justo! ¡México va a ver por los pobres! Pero nada de eso ha ocurrido, no solo por la pandemia que se cruzó en el camino, sino (y posiblemente en mayor proporción) por la ineptitud de este gobierno.

    La transformación de la vida pública ha sido meramente cosmética. Se dice que las cosas son diferentes porque se nos insiste una y otra vez que lo son, no porque lo sean. En realidad, muchos de los vicios de los sexenios anteriores siguen perviviendo y, en algunos casos, se han agravado: la corrupción (incluyendo a familiares del Presidente), el uso faccioso de las instituciones, el capitalismo de cuates, el clientelismo y un largo etcétera. Y ahí, donde podrían sugerirse cambios de fondo (que son, más que nada, amagos afortunadamente contenidos en muchos de los casos) solo hemos constatado una suerte de regresión al pasado, sobre todo en materia política: las amenazas al INE, a la independencia de la Suprema Corte y a la vida democrática son lo más «irruptivo» que este gobierno ha presentado.

    Que el tono sea distinto no significa que la realidad que viven los mexicanos sea distinta (y lo poco que ha cambiado ha sido para mal). Que AMLO haya innovado al implementar mañaneras, que viaje en aviones turísticos o que se sujete a una revocación de mandato (innovación que ni siquiera es suya, sino del mismísimo Porfirio Díaz que también utilizó esta figura, como lo narra Paul Garner) no cambia las cosas de fondo y ni siquiera enfila al país para que cambien en el largo plazo.

    López Obrador todavía mantiene una popularidad bastante aceptable. Lamentablemente para él, de entre aquellos que aprueban su figura muchos no piensan lo mismo de sus resultados. Parece que se mantienen esperando a que el «milagro» llegue y piensan que la realidad decepcionante es solo temporal, ¿pero cuál milagro? Nada sugiere que este régimen vaya a renacer y tener un cierre como el que AMLO quisiera y como el que sus seguidores anhelan. Tal vez sea cierto, como dicen sus seguidores, que México no se ha convertido en Venezuela ni que lo vaya a ser, ¿pero qué mediocre se puede ser como para conformarse con que el país no colapse?

    No pude (o más bien no quise) ver el tercer informe porque lo consideré una pérdida de tiempo y, a juicio de las reseñas de este evento, no me equivoqué. Pero si algo me llamó la atención es que se adjudicara una eventualidad ajena al ejercicio del gobierno como lo son las remesas como un logro propio. Ello sugiere que no hay mucho que presumir, que ante la falta de resultados habrá que descontextualizar información y hacer uso de la confiable narrativa e incluso mentir abruptamente para crear la percepción de que las cosas van bien, pero no lo están.

    Cierto, México no está al borde del colapso: no hemos sufrido una severa crisis económica y la vida cotidiana transcurre con relativa normalidad (tomando en cuenta que los terribles niveles de violencia, impunidad y corrupción se mantienen constantes). A diferencia de Chávez y algunos populistas del orbe, López Obrador ha mantenido cierta estabilidad macroeconómica y no se ha embarcado en endeudamiento irresponsable, pero cierto es que el desempeño económico (incluso excluyendo esa variable llamada pandemia) ha sido bastante mediocre y más malo que los últimos sexenios anteriores. Se agradecen detalles como el aumento al salario mínimo, pero se trata de logros pírricos que, además, se pueden contar con el dedo de una mano.

    Ni siquiera ha logrado tener buenos resultados en lo que más presume hacer y que es velar por los pobres. Los más pobres reciben menos programas sociales que en el pasado, el acceso a la salud (sobre todo para los que menos tienen) se ha deteriorado. No hay sector social (tal vez con excepción de las personas de la tercera edad que reciben uno de los pocos programas sociales más o menos funcionales, con todo y su enfoque clientelar) que esté mejor con el gobierno: tal vez lo estén los afines al régimen, o los capitalistas amigos del régimen como el infame Ricardo Salinas Pliego.

    Desde la derecha o desde el paradigma «neoliberal» uno pondría la cara de susto al ver lo que ocurre con este gobierno (más allá de que AMLO haya adoptado algunos de sus preceptos de forma tan torpe e improvisada), pero la mayor decepción tendría que venir de la izquierda misma porque banderas desde el combate a la desigualdad hasta el feminismo han sufrido una gran decepción por el rechazo o la ineptitud del régimen. Ni que decir de la ciencia, de la academia o del arte cuyos integrantes creyeron ilusamente, hasta antes del sexenio, que López Obrador les tendría una consideración que los regímenes anteriores no les tuvieron (el rechazo de AMLO fue aún peor).

    Nuestro país es un barco que sigue relativamente a flote, pero López Obrador lo puso en una situación algo peor de lo que ya estaba. Los resultados escasean, las expectativas han quedado muy por debajo incluso para los escépticos. Tal vez el gobierno de AMLO no sea recordado por una gran crisis o una tragedia nacional, pero las consecuencias de su mal gobierno, aunque sea de forma silenciosa, se palparán en los años por venir.

    De no corregir el rumbo (lo cual se antoja muy complicado) podremos concluir en pocos años que esta ha sido una de las peores presidencias de la historia moderna del país.

  • La agresión a Lía Limón. Defender lo que no se puede defender

    La agresión a Lía Limón. Defender lo que no se puede defender

    La agresión a Lía Limón. Defender lo que no se puede defender
    Fuente: Twitter @lialimon

    ¿Por qué muchas personas defienden lo indefendible?

    Está bien documentado el sesgo que las posturas políticas infringen sobre nuestra actitud hacia la realidad. Muchos estudios se han hecho al respecto: por ejemplo, George Lakoff explica muy bien en su libro The Political Mind que la actitud hacia los mismos hechos son evaluados de forma diferente por los individuos de acuerdo con sus simpatías partidistas (ya sean republicanos o demócratas) o que, por ejemplo, el juicio que se hace sobre un político por un acto dado es distinto si ese político es de un partido u otro.

    Tiene sentido que así suceda porque, ante nuestra incapacidad para conocer a detalle todo lo que pasa (y más en el mundo de la política) recurrimos a atajos cognitivos (o heurísticas) que tienen como base, en este caso, la idea preconcebida que tenemos sobre los partidos, nuestra postura ideológica entre otros, para evaluar los hechos que ocurren. Hasta los más sofisticados y quienes se presumen ser muy rigurosos acuden a ellos.

    Pero dentro de estos fenómenos, debería haber ciertos límites que nos permitan protegernos contra aquellos actos que atentan contra la dignidad humana, y lo cierto es que cuando dichos límites se rebasan, ya sea por fanatismo político o interés, los políticos en cuestión contarán con la connivencia de los simpatizantes cuando cometan actos deplorables o que deberían ser reprobados categóricamente.

    Por un ejemplo, yo puedo ser simpatizante de MORENA o del PAN, pero debería tener la capacidad de darme cuenta que lo que hizo tal o cual agente es reprobable. Más allá de que mi postura que tenga ante tal hecho no sea exactamente igual de enérgica que la de un opositor, debo poder detectar que aquello que tal persona hizo es reprobable y no se puede justificar.

    Cuando esta línea se rebasa entonces estamos en un serio problema. Un régimen déspota o autoritario tiene mayor facilidad para establecerse y legitimarse cuando la sociedad en cuestión se mantiene inerme ante sus arbitrariedades. Por esto es que los regímenes totalitaristas apelan a la propaganda para construir una identidad o sentimiento de pertenencia tan sólido de tal forma que los atajos cognitivos de la gente funcionen en función al discurso y necesidades del régimen y así puedan cometer sus fechorías frente a una sociedad displicente, que relativiza o niega lo ocurrido, o que incluso lo justifica o lo cree necesario. A través de ese discurso nacionalista y el sentimiento de amenaza que el régimen de Hitler creó en torno a los judíos es que logró excluirlos de la comunidad alemana sin que existiera una profunda resistencia social. Por ello, los miembros de la SS, otrora ciudadanos normales, pudieron exterminar con sus manos a los judíos, cosa a la que no se habrían atrevido ni remotamente en otras circunstancias.

    La agresión a Lía Limón (la alcaldesa electa de Álvaro Obregón) por parte de los granaderos de la CDMX es un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando dichos límites se rebasan, y también es un claro ejemplo del discurso polarizador que emana de la misma figura del ejecutivo y que busca dividir al pueblo bueno de los «conservadores». Es terrible darse una vuelta por Twitter y encontrar comentarios tan aberrantes como aquellos que dice que ella se lo buscó o incluso aquellos que celebran el hecho.

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    Todos sabemos que agredir violentamente a una persona sin justificación alguna está mal y esta afirmación debería seguirse sosteniendo independientemente de filias o fobias políticas, pero para algunas personas esta afirmación se vuelve meramente contextual porque lo que importa ya no es el acto, sino el hecho de pertenecer o no pertenecer: deja de estar mal si aquella persona violentada es opositora o no pertenece al régimen con el que yo simpatizo. No es que el punto de apoyo bajo el cual se hacen juicios éticos y morales no exista, sino que dicho punto de apoyo ha dejado de tener como base la dignidad humana para pasar a tener como base la simple simpatía con un líder, una ideología, organización o un discurso (como bien lo explicaba Hannah Arendt). Este fenómeno queda bien impreso en la afirmación que el mismo Donald Trump llegó a hacer: cuando dijo que «podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos».

    Los seguidores de López Obrador incluso promovieron hashtags como los de #LadyMontajes (claro, con ayuda de bots) para así relativizar o de plano negar lo ocurrido para que ello no afecte al régimen. Lía Limón es prescindible frente a los intereses del régimen y sus defensores en tanto que ella es opositora y, por tanto, despreciable. Como el régimen presume ser humanista, presume de no reprimir y hasta de ser feminista, para los fanáticos políticos o interesados (esos que buscan permanecer en un puesto o buscarlo) es la realidad la que tiene que adecuarse al discurso y no al revés. Lía Limón lo provocó, seguro la hirieron los suyos y por ello hay que lincharla en redes (como si la agresión que sufrió por los granaderos no fuera lo suficiente).

    Ni AMLO es Hitler, ni Trump es Hitler ni AMLO es Trump ciertamente, pero lo cierto es que, salvando las distancias, ese fenómeno de deshumanización en el cual se prescinde de la dignidad humana de alguien más en favor de una ideología, un liderazgo mesiánico o un discurso, como presenciamos el día de hoy, es el que legitima y empodera a déspotas para que puedan hacer lo que quieran a sus anchas.

  • Antivacunas y negacionistas del Covid – paranoia que mata

    Antivacunas y negacionistas del Covid – paranoia que mata

    Antivacunas y negacionistas del Covid - paranoia que mata

    Hace unos días un amigo me decía que el Covid-19 estaba poniendo a la democracia liberal a prueba. Yo contesté: es que en realidad no pasó dicha prueba.

    Manifestaciones en contra de las vacunas, personas denominadas libertarias que se sienten «oprimidas» porque deben portar cubrebocas en espacios públicos. Muchas personas están muriendo porque ellas u otras no quisieron vacunarse y las que no han muerto siguen siendo reticentes a ponerse la vacuna. La pandemia ha puesto en serio predicamento esa idea de que la gente es racional y que por medio del intercambio de información tomará mejores decisiones, y eso es preocupante.

    Los datos y la evidencia están contundentemente a favor de la vacunación y la sana distancia como medidas para reducir el número de muertes e infectados. Algo está pasando que muchas personas han decidido tomar decisiones irracionales que afectan a ellos mismos y a los demás tales como no vacunarse o no usar cubrebocas. Vacunarse puede no ser cómodo (los efectos secundarios llegan a ser abrumadores para los jóvenes), portar cubrebocas puede ser incómodo, pero esa incomodidad queda reducida a su mínima expresión comparada con las que causa el Covid y con los riesgos que esta enfermedad trae.

    En el aire se respira un fuerte escepticismo cuyo origen la gente desconoce. Mucha gente no confía ya en la ciencia y muchos menos en las vacunas, creen que detrás de todo ello existe una conspiración, un «nuevo orden mundial», una élite, pero no saben a ciencia cierta cómo esa supuesta élite opera. Ante cualquier evidencia que se les presenta responden con ataques ad hominem: los medios oficiales están comprados y por tanto hay que rechazar a priori la información que publiquen, la ciencia está controlada por «los poderosos», la vacuna es mala porque las farmacéuticas no son confiables, pareciera que sus mentes ya están programadas para rechazar anticipadamente cualquier evidencia. Por el contrario, no son capaces de demostrar por qué la evidencia mostrada sugeriría una suerte de conspiración.

    Si al antivacunas se le muestra evidencia concluyente, entonces se pondrá a la defensiva porque de aceptarla todo su soporte psicológico de reafirmación de identidad y pertenencia se vendrá abajo.

    Creo que existen muchas razones por las que pasa esto. Es posible que varios de los escépticos (aunque no se puede generalizar a todos), sobre todo aquellos que pertenecen a movimientos o propagan esta información, necesitan sentir que pertenecen a algo que los hace sentirse especiales: «yo soy especial porque he abierto los ojos y me he dado cuenta de que hay una conspiración o conjura de la cual las mayorías no se han dado cuenta». A su juicio, las mayorías están adormiladas por los medios y el sistema, en tanto que ellos están despiertos y por ello son especiales. A la vez, sentir que pertenecen a un movimiento o a un sector de la sociedad «despierto» termina de reforzar su identidad: yo soy especial y pertenezco a algo.

    Como dentro de esas posturas hay un sentimiento de pertenencia e identidad, entonces los incentivos no están configurados para dirigirse a la evidencia en tanto ésta pone en peligro dicho sentimiento. Si al antivacunas se le muestra evidencia concluyente, entonces se pondrá a la defensiva porque de aceptarla todo ese soporte psicológico se vendrá abajo. Para evitarlo, buscará información que, a su juicio, descalifique dicha evidencia (siempre de sitios web «alternativos» o de dudosa calidad, o, para no complicarse tanto, se limitará a cuestionar el origen así como su veracidad.

    Podría pensarse que este fenómeno queda dentro de los linderos de estos movimientos compuestas de personas que recurren a estas teorías como soporte psicológico. El problema es que esas narrativas terminan circulando en el aire. Mucha gente escucha de forma recurrente «teorías» sobre Bill Gates, los chips y se asusta. ¿Será cierto? Lo escuché allá y acá, lo leí varias veces en WhatsApp Así, más gente comienza a adquirir cierto escepticismo basado en el miedo y se pregunta si es buena idea vacunarse.

    Pero el fenómeno no se reduce a ello. La progresiva desconfianza en las instituciones en Occidente y la percepción de que los gobiernos representan cada vez menos a los gobernados y están más alejados de ellos agrava la situación. Si la gente desconfía de las instituciones o de las élites, entonces estas teorías le sonarán más plausibles.

    Imagen: Texas Tribune

    Nadie en sus cinco sentidos pensaría que las farmacéuticas, los gobiernos o la prensa son hermanas de la caridad. Es evidente que nuestra condición humana hace que los intereses propios siempre estén merodeando por ahí, pero vale recordarles a los conspiracionistas que con la misma condición humana nuestra especie creó vacunas y medicinas que han salvado millones de vidas. Seguramente Astra-Zeneca y Pfizer están felices por todo el dinero que están ganando con la venta de vacunas a gobiernos, pero lo cierto es que la evidencia de que las vacunas funcionan para prevenir muertes es abrumadora y eso es lo que importa.

    Crear una conspiración tal como la dibujan los escépticos es muy complicado porque en una conspiración a gran escala la verdad sería fácilmente exhibida con evidencia. Si alguna farmacéutica o un conjunto de farmacéuticas formaran parte de una conspiración (con chips 5G o con virus inoculados), aquellas que no formen parte tendrían muchísimos incentivos para desnudarlas y así ganar una gran posición en el mercado. Si las vacunas tienen un chip, ¿de verdad nadie habría sido capaz de comprobarlo? ¿de verdad nadie habría poder tener acceso a una dosis de vacuna para analizarla y ver qué es lo que contiene?

    Si con base en fake news algunos han hecho negocio con el dióxido de cloro, imaginemos una farmacéutica que ponga en evidencia a las otras con información veraz.

    Pensar en una conspiración en gran escala implica ignorar de forma rampante la geopolítica. Si Pfizer y Astra-Zeneca pertenecen al bloque occidental ¿entonces Cansino y Sputnik V sí son confiables? ¿O viceversa? (el mismo nombre de la vacuna rusa muestra los intereses geopolíticos del país para ganar poder blando salvando a gente del virus como una forma de competir con Occidente). ¿Por qué todos los gobiernos que tienen profundas diferencias las harían completamente del lado para formar parte de una conspiración?

    Por un lado, una conspiración en la que participen bloques antagónicos sería imposible dado que los mismos intereses que, dicen los conspiracionistas, buscan a través de ella (controlar a la población, hacerse ricos vendiendo vacunas que “la gente no necesita”) están muy inmiscuidos con sus intereses geopolíticos donde sus diferencias son irreconciliables. Por otro lado, si uno de los bloques formara parte de la gran conspiración, el otro tendría muchísimos incentivos para denunciarlo públicamente porque ello pondría en grave predicamento su legitimidad a tal grado de modificar el orden geopolítico.

    Es necesario explicar de una forma muy sencilla y transparente por qué vacunarse es importante, cuán seguras son y cuántas vidas se salvan gracias a la vacunación

    Dicho esto, para la existencia de una gran conspiración sería necesaria una gran “coalición estable” de muchos agentes que en realidad son antagónicos o cuyos intereses están lejos de estar alineados entre sí. Además, al tratarse de una conspiración de gran calado donde estarían involucradas muchísimas personas (agentes de gobiernos, de farmacéuticas, de la prensa y demás), el riesgo de que información se filtre no solo sería muy posible, sino prácticamente inminente.

    Por el contrario, los intereses de los gobiernos y las farmacéuticas más bien parecen estar alineados con los de la población (y no porque sean hermanas de la caridad). Los gobiernos saben que el Covid tiene un impacto en la economía, lo cual puede afectar su legitimidad y su permanencia en el poder (en el caso de los países democráticos). Para las farmacéuticas la venta de vacunas es un negocio, y es más negocio si el producto funciona y muestra eficacia, porque además de la venta de vacunas, decir que Pfizer o Astra-Zeneca desarrollaron las vacunas impacta positivamente sobre su imagen institucional. Por el contrario de lo que los conspiracionistas creen, existe transparencia sobre cómo es que se han creado estas vacunas, qué contienen y cómo funcionan.

    A los necios difícilmente se les podrá hacer cambiar de opinión: descalificarán toda la evidencia porque, como ya mencioné, no se trata de llegar a la verdad sino de mantener su soporte psicológico en pie. Lo que sí se puede hacer es que todo este ruido que estos colectivos y agrupaciones causan no causen efecto alguno en las demás personas. Evidentemente, no se puede atentar contra la libertad de expresión que las personas tienen, aún cuando sus posturas sean completamente absurdas, pero sí se puede exhibir cuán ridículas son sus posturas y que la gente comprenda por qué son ridículas y por qué no les debería tomar la mínima consideración.

    Es válido que la gente tenga dudas y escepticismo, máxime que las vacunas se desarrollaron en tiempo record. Por ello es necesario explicar de una forma muy sencilla y transparente por qué vacunarse es importante, cuán seguras son y cuántas vidas se salvan gracias a la vacunación. Quienes saben de medicina, de estadística y números lo tienen muy claro, pero la gente generalmente no es buena con los números y los datos y no tiene amplios conocimientos sobre el tema: encabezados que hablan sobre coágulos o trombosis como efectos secundarios, aunque ello sólo ocurra en una de un millón de personas, puede ahuyentar a gente de las vacunas e incluso caer presas de todos estos discursos conspirativos. Muchas veces esto ocurre porque la prensa tiene más interés en crear títulos sensacionalistas y no termina de contextualizar la información.

    El problema es grave, porque el discurso antivacunas mata y hay que dejarlo en claro: puede matar a los mismos «escépticos» así como a las personas con las que mantienen contacto. No son pocas las personas escépticas que han muerto o han enfermado de gravedad porque no se vacunaron o no tomaron medidas. También se ha convertido en un cáncer para la misma democracia liberal, para la confianza en las instituciones (los antivacunas te insisten en que desconfíes completamente de ellas) e incluso terminan orillando a gobiernos a tomar medidas que restrinjan la libertad de movimiento de las personas para evitar que el virus se propague dado que las personas mismas no son capaces de ser responsables y tener cierto autocontrol.

    Ser antivacunas no es un acto de «liberación» de «pensar fuera de la caja», o de «despertar». Es un acto de irresponsabilidad, un acto que atenta contra la integridad de personas inocentes.

  • El fracasototote olímpico explicado (y no es culpa de los atletas)

    El fracasototote olímpico explicado (y no es culpa de los atletas)

    El fracasototote olímpico explicado (y no es culpa de los atletas)

    En Tokio 2020 México obtuvo cuatro medallas de bronce en disciplinas en las que ha habido cierto trabajo: halterofilia, tiro con arco, clavados y futbol.

    Cuando preguntan en Twitter qué calificación le pondrías a la delegación mexicana la respuesta se hace muy difícil de contestar. Si se trata de evaluar a los atletas como tales la verdad es que la mayoría obtendría buena calificación: muchos fueron primerizos en JJOO que rompieron sus récords. Alexa Moreno, a pesar de no alcanzar medalla dio un gran salto comparado con Río 2016. Las circunstancias en las que van los atletas, con poco apoyo de la CONADE y las instituciones deportivas (algunos tienen que botear en los camiones o tienen que comprar su ropa o hasta su equipo para entrenar porque muchas veces ni siquiera tienen donde entrenar), hace que sus números sean aún más meritorios. Poco se les puede reprochar a los atletas que, como bien afirmó la velocista Paola Morán, están muy lejos de ser mediocres.

    Pero no es lo mismo evaluar a los atletas individualmente que evaluar a la delegación como producto de un sistema, de una metodología y organización del deporte. Ahí el fracaso es rotundo y vergonzoso.

    Que un país como México, con el tamaño poblacional que tiene y con la capacidad económica que tiene, gane solo 4 medallas de bronce y quede en el lugar 84 por debajo de varios países de su región como Venezuela, Ecuador y Colombia (ya no digamos Brasil y Cuba), o que haya tenido un desempeño más pobre que San Marino que tiene 33,000 habitantes (su población es apenas superior a la de Chapala o la de Valle de Bravo) es algo penoso.

    Podría parecer frívolo hablar sobre atletas olímpicos en un país como el nuestro con problemas tan complejos si se aborda esta discusión de forma superficial, pero el pobre desempeño precisamente revela y trae al frente muchas de esas problemáticas: justamente es el deporte uno de los caminos que pueden ayudar a que muchos jóvenes no terminen en las filas del narcotráfico o en el pandillerismo; es el deporte el que puede ayudar a combatir el terrible problema de obesidad que tiene nuestro país. Apostar por la creación de más y mejores atletas de alto rendimiento implica necesariamente promover una mayor cultura del deporte en nuestra sociedad, implica romper paradigmas y cambiar toda la estructura deportiva de tal forma que incluso el niño o joven promedio se vea beneficiado por ello.

    Si las instituciones deportivas fallan en crear atletas de alto rendimiento, por consecuencia fallan en su tarea de fortalecer tejido social a través del deporte. Las instituciones son casi inoperantes y explican en gran medida el fracaso olímpico. Más lamentable es la situación pensando en que en justas anteriores se habían logrado cosechar resultados más decentes (aunque nunca a la altura de lo que se espera del país): es decir, hay un retroceso cuyas causas pueden rastrearse al sexenio anterior si no es que más atrás (sin olvidar la displicencia que el actual ha tenido).

    En las olimpiadas nos enteramos de algunos hechos «anecdóticos» que son más bien muy reveladores. Gabriela Bayardo, mexicana de nacimiento, ganó la medalla de plata por los Países Bajos porque las instituciones deportivas mexicanas la forzaron a entrenar en México. Salvador Sobrino, entrenador de la clavadista Melissa Wu, le dio una medalla de plata en Australia porque, como él mismo dijo, tuvo que salir de México por problemas con la Federación Mexicana de Natación. Algo parecido ocurrió con la disciplina de Tae Kwon Do. Por su parte, Paola Espinosa no fue a Tokio por no haber clasificado en un «control interno» a pesar de haber ganado la plaza en 2019. Que haya entrenadores o atletas de origen mexicano compitiendo para otras naciones no es en sí mismo algo malo (eso pasa con muchísimos países), el problema es cuando ellos afirman que es producto de la falta de oportunidades o el nulo apoyo que existe en nuestro país.

    Estas anécdotas mencionadas podrían haber privado a México de ganar una o dos medallas más, pero esto es apenas la mera punta del iceberg de una historia de corrupción, displicencia y falta de interés. Tal parece que la cultura del deporte no está alineada con los incentivos de nuestros políticos, pero llama la atención que tampoco veamos a agentes privados para levantar la mano y participar en todo este proceso. Es posible que uno de los errores que explican los fracasos constantes sea dejar todo en manos del gobierno.

    ¿De qué tamaño es este fracasototote? Para contextualizar los resultados de nuestro país, decidí jugar un poco con datos.

    Primero, comparemos el desempeño de nuestro país con las justas anteriores. Para hacerlo construí un índice donde a las medallas de oro les di un valor de 4, a las de plata 2 y a las de bronce 1 (es decir, la plata vale dos veces más que el bronce y el oro vale dos veces más que la plata). Este índice es diferente al orden del medallero oficial (donde un país que gana uno oro, cero platas y cero bronces aparece más arriba que otro que gana cero oros, diez platas y cinco bronces), pero me parece que, además de que mide de mejor forma el rendimiento de los países, da mucha mayor flexibilidad a la hora de hacer análisis de datos.

    En la primera gráfica podemos observar que el desempeño de nuestro país ha sido el peor de todo el siglo. En 1948 nuestro país había dado un paso adelante al ganar medallas en todos los JJOO a partir de ese año (es cierto que en 1968 ganamos muchas medallas pero la localía fue factor determinante). El segundo paso se dio partir del año 2000 y después del pobre desempeño de 1988 a 1996, México ya había mantenido cierta competitividad que lamentablemente se perdió este año.

    No se equivoca quien dice que en Seúl, en Barcelona y en Atlanta nos fue peor, pero ya habíamos dejado de tener desempeños tan magros. Tokio 2020 fue un retroceso para nuestro país.

    El desempeño de México en un mapa mundial se ve así: a más claro el color, mayor es el índice de medallas (los grises son aquellos que no ganaron ninguna medalla). Podríamos pensar que este mapa no es nada del otro mundo. Los países poderosos ganan más medallas (Estados Unidos, Japón, China, Australia, países europeos) y los menos poderosos no tanto. Lo que no alcanza a mostrar esta gráfica es la diferencia de medallas entre aquellos que «no ganan tanto».

    Para poder ver esta diferencia «recorté» el índice máximo a 55 de tal forma que el rango muestre tan solo a aquellos que no son las grandes potencias mundiales. Por ello dichas potencias, a diferencia del mapa de arriba, aparecen en gris.

    Es posible ver aquí que varios países africanos así como latinoamericanos superaron a nuestro país. Puede que sea sorprendente que Chile y Uruguay no hayan ganado medallas, pero debemos tomar en consideración que ambos países tienen una población mucho menor que la de México (la chilena no llega a los 20 millones y la uruguaya no llega a los 4 millones). Países como Ecuador, Venezuela y Colombia nos superaron, San Marino que ni se ve en el mapa también: Kenia, Egipto, Uganda y Etiopía hicieron lo propio.

    Es decir, en América Latina, donde por tamaño de población y capacidad económica deberíamos ubicarnos al menos debajo de Brasil (por su tamaño) y Cuba (por su cultura del deporte), terminamos, en el mejor de los casos, a media tabla y fuimos rebasados por países africanos a los que les bastó llevar a uno o dos maratonistas para superarnos en el ranking.

    Otra forma de dimensionar este fracaso es comparando el número de medallas con la población de los países en cuestión, o bien, su capacidad económica. Por un lado, si un país tiene mayor población entonces tendría más recursos humanos de donde puedan surgir atletas de alta competencia. Si un país tiene mayor capacidad económica tiene mayores recursos económicos para formar a dichos atletas.

    En el siguiente gráfico (la escala es logarítmica por legibilidad) es posible percatarse que existe una correlación positiva entre número de medallas y PIB per cápita, si bien es cierto que no es demasiado pronunciada.

    Lo llamativo es que México no se encuentra en un lugar muy honroso. Son varios los países con un PIB más bajo que el de nuestro país que tuvieron un mejor desempeño (nota, algunos nombre de países fueran omitidos para hacer la gráfica más legible, pero se mantuvieron sus ubicaciones respectivas).

    Países como Ucrania, Jamaica, Kosovo, Tunez, Uganda, Kenya, Ecuador, Venezuela, Mongolia o hasta islas Fiji tienen un PIB per cápita menor al nuestro y aún así nos superaron. En cambio, son pocos los países cuyo PIB per cápita es más alto y que tuvieron un desempeño más pobre: países como Lituania, Arabia Saudita, Bahrein, Finlandia, Malasia o Chile (que no aparece en la gráfica dado que no ganó medalla alguna) son de los pocos.

    Se podría decir que los países que aparecen por arriba de la línea de regresión están por encima de la media en cuanto a relación medallas y PIB per cápita (tomando en cuenta a los países que ganaron al menos una medalla), en tanto que los que están abajo de esta línea se encuentran por debajo de dicha media.

    En la comparación con la población la correlación es más pronunciada. A mayor población, es más probable que un país gane medallas y mucho sentido tiene que sea así. Incluso las potencias mundiales como China, Estados Unidos y Rusia se caracterizan por tener una gran cantidad e población aunque ciertamente países como Holanda (y en menor medida Italia y Francia) lograron cosechar muchas medallas a pesar de que no tienen una población muy grande.

    Aquí México también sale mal parado. De entre los países que ganaron medallas, solamente Nigeria es más poblado que nuestro país y tuvo un peor desempeño. En cambio, muchos países con poblaciones bastante menores (y muchos de ellos ni siquiera son desarrollados ni tienen una economía más fuerte que la nuestra) tuvieron un mejor desempeño en los Juegos Olímpicos. Es decir, México es de los países que tuvo un peor aprovechamiento en cuanto a población se refiere. En cambio, con resultados como los de Beijing o Londres, México habría aparecido cerca de la línea de regresión: apenas por debajo de ella.

    El fracaso en los Juegos Olímpicos es evidente ya que los resultados ubican a México muy por debajo de donde debería estar de acuerdo con su tamaño de población y su capacidad económica.

    Habrá que replantearse todo lo hecho, habrá que cambiar de paradigmas. Sería algo iluso pensar que México pueda aspirar a ser una potencia (de esos que nunca bajan de los primeros diez lugares), pero materia prima existe para tener un desempeño incluso superior al de los años pasados y pueda mantenerse dentro de los primeros 30 lugares.

    Es inverosímil que en un país con un tejido tan roto como el nuestro ni siquiera se hable de la importancia que debería tener el deporte para ayudar a resolver varios de los problemas sociales que nos aquejan. Es muy probable que, habiendo pasado la euforia olímpica, los políticos y los actores que están en capacidad de hacer algo se olviden del problema o no le den tanta importancia, pero hacer eso sería un error.

  • ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    No me atrevo a dar una postura categórica sobre si los niños deben o regresar o no a clases presenciales porque habría que analizar a profundidad el costo-beneficio y para ello se necesitaría consultar a profesionales y epidemiólogos (expertos de verdad, no Nick Riviera o López-Gatell), aunque si me pidieran mi opinión, me decantaría más por el sí (con muchas, muchas acotaciones), y voy a explicar por qué.

    Creo que queda claro que la pandemia es un problema serio del que ya queremos salir (la verdad no tenemos ni idea de cuándo va a terminar) y queremos hacerlo a toda costa (bueno, no, mucha gente no toma medidas, asiste a lugares atiborrados de gente en medio pico de la pandemia y ni se quiere vacunar).

    Es cierto también que el hecho de que los niños no tomen clases presenciales va a comprometer a gran parte de las generaciones que están en edad escolar, sobre todo a los menos privilegiados.

    El problema con los niños

    Sobre todo en edades tempranas, las clases presenciales son irremplazables. Dentro de nuestra burbuja privilegiada pensamos en el Zoom, pero ahí ya existen muchos problemas. El aprovechamiento escolar nunca va a ser el mismo para un niño y se está perdiendo de algo importantísimo: la socialización. Estudios hay de sobra que muestran cómo el hecho de que los adolescentes y jóvenes se recluyan en la tecnología en vez de socializar tiene efectos negativos sobre el desarrollo de la personalidad y la tolerancia a la frustración. Ahora pensemos en que estos niños van a privarse del espacio por excelencia donde aprenden habilidades sociales. Dentro de lo ridículo que puede sonar López Obrador satanizando al Nintendo tal cual señora copetona de los ochenta, tiene un punto, y es que no es sano que los niños se queden en casa en vez de ir a estudiar y socializar.

    Y hasta ahora he hablado sobre los sectores «privilegiados»: de nuestra burbuja clase-mediera-alta, de aquellos que toman clases por Zoom y cuyas mamás revisan que estudien y hagan sus tareas. El problema es que la mayoría de los niños de México tienen que tomar clase por televisión y ahí el aprovechamiento del aprendizaje es muchísimo menor (si de por sí la educación en México ya es deficiente): no hay interacción con los maestros, menos hay socialización con alumnos. La mayoría de los niños están perdiendo mucho, y por más tiempo se encuentren en ese estado, el daño social va a ser mayor. Exista la posibilidad de que la pandemia dure varios años. ¿Entonces, qué vamos a hacer?

    Este bache educativo, que va a afectar a toda una generación que abarca sobre todo desde quienes están en preescolar o primero de primaria hasta la secundaria (hay ahí 9 grados escolares), puede tener consecuencias muy nefastas para el país que no vamos a observar hoy pero sí en unas pocas décadas, cuando los hoy niños sean adultos que tengan que salir a ganarse la vida con una preparación más deficiente que las generaciones actuales con todos los problemas económicos y sociales que ello puede traer. Además, es probable que esos adultos del futuro posean menos habilidades sociales y sean más proclives a desarrollar cuadros de depresión y ansiedad (como si no fuera un tema ya importante el día de hoy). Literalmente, ello puede comprometer el futuro de nuestro país en muchos sentidos.

    El problema no termina ahí. Si México ya es un país desigual, este problema lo va a agravar aún más. Cierto que, de alguna u otra forma, todos los niños se van a ver afectados, pero los que no tienen el privilegio de tener clases virtuales y atención personalizada de los maestros se van a ver mucho más rezagados que los niños que sí lo tienen. Los niños «no privilegiados» van a tener aún más problemas ya no digamos de poder subir en el escalafón social, sino de abandonar la trampa de la pobreza (en el caso de quienes se encuentren ahí o caigan ahí): más desigualdad y más pobres.

    Pero no solo está el problema de la desigualdad interna, también está la externa. Un país como México se va a rezagar más frente a los países más desarrollados cuya mayoría de infantes pueden al menos acceder a clases virtuales o incluso frente a los países en desarrollo que decidan regresar a clases presenciales. Así, México se va a volver menos competitivo internacionalmente, lo cual crea otros problemas.

    Pero regresar no es fácil.

    El problema con la pandemia

    Un argumento de peso a favor y es el hecho de que la posibilidad de que un niño fallezca de Covid es muy baja. Si contrastamos con el número de muertes de los adultos jóvenes (que son una minoría comparados con los mayores que excluí de esta gráfica) es posible ver que el riesgo es muy bajo.

    El problema no son los niños en sí, el problema es que van a ser un grupo de contagio fuerte que puede propagar el virus a otras personas en estado de mayor riesgo, a menos que se logren tomar medidas de sana distancia en las escuelas para reducirlo (las cuales sabemos que no se van a acatar en muchas de las escuelas, y en otras van a ser difíciles de implementar).

    Para aminorar el riesgo los padres tendrían que estar vacunados con dos dosis y esperar a que la gran mayoría de los adultos lo estén, pero, además de la reticencia de algunos adultos a vacunarse, la edad de los padres de los niños suele oscilar entre los veintes y los cuarentas: apenas se ha comenzado a vacunar a las personas de treinta años y en la gran mayoría de las entidades no ha comenzado la vacunación de aquellos que se encuentran en sus veintes. Incluso vacunados, los padres tendrían que tomar medidas de sana distancia contundentes para reducir la probabilidad de que transmitan el virus que los niños posiblemente traigan de la escuela.

    Cuando hablamos de negocios o restaurantes parece ya existir un consenso en nuestro país donde no se puede evitar que dejen de operar para evitar más golpes a la economía y se pierdan más empleos y por lo tanto se pide que los establecimientos tomen medidas de sana distancia o limiten su capacidad cuando el semáforo va adquiriendo un tono más «rojizo». Para la opinión pública y para los políticos es más fácil de comprender y dimensionar porque las afectaciones a la economía y a la vida cotidiana se perciben casi al instante: los políticos saben que si la economía cae ellos caen con ella. Pero en el caso de los niños y las clases presenciales no ocurre así, porque las afectaciones no van a ser inmediatas y el porque como bien relata Daniel Kahneman en su libro Thinking Fast and Slow, los seres humanos tenemos más problemas en imaginar los beneficios o perjuicios en el futuro que los del presente. Por esta misma razón, los políticos que están en el poder por un periodo dado, tendrán menos incentivos para regresar a los niños a clases.

    ¿Solución?

    Al hacer un balance costo-beneficio se tiene que poner en un lado de la balanza la pandemia, inserta en el presente, pero que, a la vez, contiene una gran cantidad de incertidumbre porque no sabemos a ciencia cierta cuándo vaya a terminar o cómo vaya a evolucionar. En el otro lado debe ponerse el futuro de los niños, las consecuencias psicológicas, sociales y económicas que no serán cualquier cosa. ¿Dónde está el punto de equilibrio? ¿Cómo podemos llegar a ese punto de equilibrio si muchas de las variables que podrían acercarnos a un punto de equilibrio óptimo (como medidas de sana distancia o vacunación casi absoluta) parecen estar casi fuera de nuestro control? Son preguntas muy difíciles de contestar. Con todo lo dicho, yo intuyo (y digo intuir porque no tengo toda la información y conocimiento disponible a la mano para hacer una afirmación categórica) que la mejor idea sería regresar a clases presenciales. Ello tendrá un costo evidente, porque no hay forma de tomar una decisión que no vaya a acarrear costo alguno: no hay «mejoría de Pareto posible», pero es posible que el costo de tener a los niños privados de clases presenciales y de socializar con sus pares durante un buen rato sea mayor ya que puede tener consecuencias mayores para ellos, para la sociedad, para la economía y para el bienestar de las siguientes generaciones.