Fotografía por Sarah MacKinnon and Richard Redditt
Hay quienes dicen que tratar de analizar la política es perder el tiempo, que ese tiempo podríamos utilizarlo en emprender un nuevo negocio o estudiar algo. No concuerdo con ello -aunque sí creo que hacen falta más emprendedores- y creo que si bien no es que todos deban ser conocedores absolutos de la política ni apasionarse con ella como sucede con algunos de nosotros, sí pienso que estar al tanto y tener ciertas bases es algo que debería de esperarse de cualquier ciudadano. Claro, una cosa es tratar de entender la política y otra cosa es ver los debates de Trump y Hillary para hablar de lo chusco o esparcir memes por la red, ahí tal vez la idea de usar ese tiempo en otras cosas más productivas sí puede aplicar.
El propósito de este artículo es, efectivamente, analizar la política; y un buen ejercicio de ello es tratar de entender el triunfo de Donald Trump. Porque tratar de entender su triunfo implica necesariamente entender muchas variables, conductas, eventos y manifestaciones que afectan no sólo a lo político y a lo social, y que puede ayudarnos a entender más a la política como tal e incluso al ser humano. Analizar la victoria del magnate puede ser mucho más enriquecedor porque nos dará conocimientos que podremos utilizar en diversas áreas y que no sólo están restringidas a estudiar este caso.
Para hacer este ejercicio decidí recomendar 5 libros. ¿Qué tienen estos libros en común? Bueno, básicamente que no hablan de Donald Trump ni de las elecciones. Todavía, a un mes, es muy pronto esperar un buen libro que haga un buen análisis de lo ocurrido. Pero recurrir a bibliografía que ni siquiera habla de las elecciones puede ser mucho más enriquecedor. Vamos, pues:
1.- El Fin del Poder – Moisés Naim
Ese periodista e intelectual venezolano que ha adquirido mucha relevancia en los últimos años habla en su libro de cómo es que el poder se está fragmentando, está cambiando de manos rápidamente y en muchos casos se está volviendo inoperante (el poder distribuido en muchas manos hace mucho más difícil que se tomen decisiones inmediatas). Moisés Naim no toca mucho el tema del ascenso del nacionalismo pero entender este fenómeno nos puede ayudar a comprender que esa excesiva fragmentación, cuando los ciudadanos no se sienten satisfechos con sus gobernantes (cuyo margen de maniobra es bastante menor que el de sus antecesores), puede tentar a los electores a optar por líderes autoritarios que concentren más poder para que resuelva aquellos problemas que los aquejan, los cuales, dicen, no pueden ser resueltos por líderes democráticos quienes tienen las manos atadas por los mecanismos que los limitan, producto de la distribución del poder.
Este libro lo leí ya hace varios años y es una obra indispensable para, como dice su título, entender a la democracia, sus pilares, cómo funciona, qué es y qué no es. Esta obra me gusta sobre todo por la crítica que hace a la democracia directa, es decir, aquella donde los ciudadanos votan directamente los asuntos o las políticas a implementar, en vez de dejarlos en mano de quienes los van a representar (democracia representativa). En este sentido, Giovanni Sartori anticipa los nefastos resultados que puede tener dejar en manos de los votantes la elección de asuntos que desconocen o que no tienen la preparación suficiente para tomar una decisión, como sucedió con el Brexit o las votaciones para el acuerdo de paz en Colombia. Pero más allá de esto, es muy importante conocer bien a la democracia para entender los riesgos de su ausencia, o por qué algunas personas se están decepcionando de ella.
3.- Los Orígenes del Orden Político y Orden y Decadencia de la Política – Francis Fukuyama
Coloco estos dos libros como si fuera uno solo porque ambos completan una misma obra. Para entender por qué un Estado que muestra cierto desgaste como el de Estados Unidos se permitió el triunfo de Donald Trump, o por qué la gente en Occidente opta por candidatos fuera de las instituciones, se hace obligatorio entender cómo surgió el Estado como forma de organización humana, cómo ha mutado y evolucionado con el tiempo para llegar a conformar una democracia donde el poder del Estado puede coexistir con el Estado de derecho (o imperio de la ley) y la rendición de cuentas, para después, como parte de su ciclo natural, entrar en un período de decadencia. A diferencia de los libros anteriores, Fukuyama sí baraja la posibilidad del surgimiento de estados autoritarios ante el proceso de decadencia de los estados occidentales o procesos que son parte de la evolución humana como la automatización.
4.- Hillbilly Elegy, A Memoir of a Family and Culture in Crisis – Vance J.D.
Sin hablar de las elecciones ni de Donald Trump, este libro se acerca más a lo que ocurrió en Estados Unidos. Vance nos cuenta su historia de vida, que comienza en Kentucky dentro de esa clase blanca trabajadora de los montes apalaches y que en el mes pasado votaron de forma contundente por Donald Trump. Vance logró prosperar ante condiciones muy difíciles, familias destruidas, violencia y drogadicción para estudiar en la Universidad de Yale, y nos narra como a pesar de que es cierto que la partida de las manufactureras afectó a esta clase blanca trabajadora, también su cultura y sus paradigmas han incidido para que ésta haya entrado en un proceso de decadencia que se refleja incluso en la falta de valores y profundos problemas sociales. Hillbilly Elegy ha sido catalogado por muchos como el libro de las elecciones estadounidenses.
Parece que el libro solamente está disponible en inglés, así que tendrás que tener un aceptable dominio del idioma para poder leer el libro (o esperar a que se publique la versión en español).
En el ícono de engrane del video puedes seleccionar subtítulos en español.
5.- El Mito del Votante Racional – Bryan Caplan
En esta obra, el economista libertario Bryan Caplan explica por qué el votante no suele ser racional a la hora de ir a votar. Básicamente explica que el ser humano tiende a ser irracional cuando el costo por serlo es bajo, en tanto que suele ser más bien racional cuando el costo por ser irracional es muy alto. Básicamente podemos entender que un voto emitido de forma irracional (entre cientos de miles o millones de votantes) tiene un costo muy bajo, por lo cual el votante puede optar por un orden de creencias -votar por aquel que represente la igualdad social aunque las propuestas no tengan fundamento alguno- o para reafirmar sus valores, pertenencias, o simplemente votar con el hígado en vez de hacer un riguroso análisis de los candidatos. Este fenómeno bien puede explicar que muchos hayan votado por Trump aún sabiendo de la inviabilidad de sus propuestas o de su postura ante algunos sectores (mujeres, migrantes, etc.).
Espero que esta lista de libros que he propuesto les pueda servir no sólo para entender la victoria de Donald Trump, simo para tener un mayor entendimiento de la política. Seguramente habrán más libros muy ilustrativos en este sentido y que no he tenido la oportunidad de leer, o bien, que no conozco. Si sabes de algún libro indispensable, no dudes en recomendarlo aquí en la sección de comentarios.
El año que marca el inicio de un siglo no es necesariamente el primero. El año 2000 es más propio del siglo XX que del siglo XXI. Posiblemente pueda decir lo mismo de los años que le sucedieron. Es cierto que el 2001 marcó en algunos aspectos un antes y después con los atentados en Nueva York, pero todo seguía siendo muy siglo XX. Ese evento era tan solo un aviso de lo que se venía.
De igual forma podríamos decir que el inicio del siglo XX no fue en 1900 sino que comenzó con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914. A ésta le antecedió -por lo menos en Europa- la Belle Époque, que todavía era muy siglo XIX, y que terminó terminó con el asesinato de Franz Ferninand que desató el conflicto bélico que junto con la Segunda Guerra Mundial trajo millones de muertes y, como efecto colateral, una mejor redistribución de la riqueza y más derechos para la mujer.
Muy posiblemente 2016 marque el inicio del siglo XX. No porque estemos a días del inicio de una guerra, sino porque la configuración del orden mundial, heredada del siglo XX con Estados Unidos como única potencia hegemónica, se está empezando a resquebrajar para comenzar otro orden que todavía desconocemos.
¡Caray! Si la Rusia de Putin intervino en las elecciones de Estados Unidos. Eso dice pero mucho.
No sólo es el ascenso del populismo en Estados Unidos y Europa, sino el adiós de aquellas figuras que fueron muy representantes del siglo XX como Fidel Castro. Incluso dentro de la cultura pop y la música tuvimos muchas despedidas, esa tan representativa del siglo XX y que parece, en sus peculiares formas, tendrá la capacidad de adaptarse a los tiempos venideros. Vaya que si se acerca el fin del mundo yo quiero al menos tener acceso a mi Spotify.
Este año le dijimos adiós a muchas cosas que habían estado con nosotros durante mucho tiempo y habían sido parte de nuestra vida.
Naturalmente este quiebre es el producto de varios procesos que tienen años o incluso décadas gestándose, pero que aparentemente encontraron en este año el momento justo para irrumpir en la escena. Todos maldicen el 2016 y se entiende. Nos han sacado un poco de nuestra zona de confort, lo cual no es necesariamente bueno. Quienes creían en la democracia como la culminación de la evolución de nuestra especie se dieron cuenta que tendrán que hacer un esfuerzo extra para no perderla.
Procesos como el individuo que se ha acostumbrado tanto a los modelos democráticos que los desdeña de más. El Internet que como herramienta ha modificado demasiado dinámicas, formas de comunicación, relaciones interpersonales, que ha rebasado a la estructura de las instituciones que habíamos creado. Se suma la paradoja de la coexistencia de la reducción de la pobreza extrema con el ensanchamiento de las clases medias de los países desarrollados. Procesos que pensamos eran meramente económicos se han convertido en manifestaciones políticas, que a su vez, pueden por sí mismas modificar los procesos económicos que les dieron origen.
Podríamos pensar que ante la gran cantidad de conocimiento que hemos generado podemos anticipar de forma más atinada qué es lo que va a pasar en los siguientes años o décadas. Posiblemente la realidad sea inversa, porque nunca en la historia el humano se ha encontrado en el contexto en el que ahora se encuentra, y no tenemos antecedentes claros, tan sólo algunas vagas referencias. ¿Cómo resolverá el ser humano los conflictos que posiblemente están por venir dentro de un mundo tan globalizado, hiperconectado, y tan tecnológicamente avanzado? La respuesta es que no lo sabemos, y es demasiado difícil predecir qué pasará. Todos los especialistas, los PhD y estudiosos de la materia, tendrán que trabajar sobre la marcha.
A nadie le gusta tener incertidumbre, pero es lo que hay por el momento.
Lo del ascenso del populismo era algo que algunos estudiosos ya preveían desde hace unos años o incluso décadas, pero muy poco se ha escrito sobre lo que pasará después, y posiblemente eso poco que se escribió termine estando errado. También es difícil predecir como incidirán los avances tecnológicos en la sociedad. Hace 10 años no nos imaginábamos el papel que Internet llegaría a tener en la forma en que el mundo está organizando o está tratando de organizarse. Posiblemente no tengamos la suficiente sabiduría para saber que pasará con los avances que vienen, la automatización -que está eliminando muchos empleos, pero está creando otros-, el Internet de las cosas, o los alcances que tendrá el big data. ¿Qué cambios generará tanto en la economía como en la política?
Posiblemente este 2016 sea recordado como el antes y el después, el año que dio la bienvenida al Siglo XXI tal y como es. Tal vez por eso lo odies tanto porque te quitó a tus héroes musicales y te trajo un futuro sombrío el cual desconoces.
No, no sabemos como será el mundo en unas décadas, pero al camino a ese mundo futuro ya ha comenzado.
Ayer tuve la oportunidad de ver completa la entrevista de Loret de Mola y su equipo con López Obrador. Y al verla, me convencí una vez más por qué López Obrador es el favorito para convertirse en el próximo presidente de este país, y de por qué Televisa (además del efecto de la irrupción de las nuevas tecnologías digitales) se encuentra en una dura crisis económica.
La dinámica de la entrevista fue bastante parecida a algunas que se llevaron a cabo en el 2006, con una postura de los «periodistas» de Televisa muy parcial yéndose a la yugular del eterno candidato. Pero 2006 no es 2016. La legitimidad de todos los actores que alguna vez acusaron a AMLO de peligro para México brilla por su ausencia. Televisa y la clase política, que seguramente hará campaña en su contra, se encuentran entre dichos actores.
Pero lo peor para la televisora, que puede terminar sin querer haciendo campaña para López Obrador, es que las críticas que le hicieron sus conductores fueron muy superficiales y hasta banales, y son esas críticas y señalamientos que ya han repetido una y otra vez. Le preguntaron que si va a meter a la cárcel a Peña Nieto, que si su gobierno va a ser una nueva Cuba, que por qué lleva tanto tiempo haciendo campaña, que si va a debatir con Ochoa Reza (Presidente del PRI), que si Fidel Castro, hasta se burlaron de su inglés cuando no supo pronunciar «feis».
¿Qué pasa con esto? Que esta entrevista no le va a sumar más negativos a López Obrador, porque básicamente lo cuestionaron de lo que todo el mundo sabe. Es más, hasta se salió con la suya un par de veces, afirmando que si se trata de los migrantes estaría dispuesto a colaborar con Peña Nieto. Las debilidades que Loret y su equipo trataron de exhibir son esas que ya todos conocemos y que se han repetido una y otra vez hasta el cansancio.
Pero a quien sí le va a sumar negativos es a Televisa. No necesito simpatizar con el tabasqueño para darme cuenta de lo parcial que fue la entrevista. La actitud de Loret y sus acompañantes fue muy burlona y hasta déspota. El comunicólogo Alvaro Cueva no se equivoca al equiparar al comunicador con el bochorno que fue su entrevista con Kalimba. Los comunicadores parecían lobos hambrientos tratando de destrozar a AMLO ante la primer distracción. El tabasqueño ni siquiera se despeinó y en ocasiones parecía que se la pasaba bomba dándoles por su lado.
Televisa sólo va a reforzar la idea de que encarnan al sistema y que harán lo posible para acabar con quien se oponga a éste. Y como el voto antisistema podrá ser determinante en las elecciones del 2018, entonces podemos entender su postura terminará beneficiando a AMLO.
Por algo se le notó tan cómodo a López Obrador.
El problema para Televisa no es solamente que vaya a fortalecer a AMLO (quien se mostró muy mesurado y no cayó en corajes), sino que la televisora se encuentra en una crisis económica provocada, sí, por la convergencia tecnológica, pero también por su falta de credibilidad por lo ocurrido en los últimos años. En estos momentos es cuando menos pueden darse el lujo de tomar una postura tan parcial, en este momento en que tratan de lavarse la cara para recuperar un poco lo que ya han perdido.
Y el lavado de cara les salió tan mal, que ya cancelaron los programas de Adela Micha, Joaquín López-Doriga y Brozo.
En la entrevista yo vi a un López Obrador que por momentos hasta parecía padecer de sus facultades mentales -lo cual también es notorio en varios de sus videoblogs que sube a Facebook-. Y por eso me sorprende que haya salido avante. Me pregunto por qué ni Loret ni su equipo lo criticaron donde más podrían hacerle daño, como por ejemplo, los fundamentos de sus propuestas de campaña -que son las mismas de siempre, y que siempre han carecido de bases sólidas-. Que AMLO diga que va a acabar con la corrupción con buenas intenciones y su mera presencia es un barbaridad. ¿Por qué no insistieron en sus estrategias y políticas públicas para llevar a cabo su cometido?
Pero esa percepción de López Obrador es mía, no la de muchos otros. Y estoy seguro que muchos preferirán a un hombre con estas características en vez de votar por alguien del sistema. López Obrador quiere presentarse como el candidato anti sistema, y ayer se esforzaron en darle la razón.
Que luego no se te haga raro que se diga que ahora Televisa puso López Obrador en Los Pinos, aunque esta vez haya sido «sin querer».
La pregunta me intriga, parece ser más relevante que preguntarse por qué la ultraderecha fascista amenaza con tomar Occidente, ¿Qué ocurriría si estos dos fenómenos de Internet que traen a la gente vuelta loca tuvieran alguna especie de encuentro? ¿Cómo recibiría Rubí a Lady Wuuu? Imagínenlo. El encuentro perfecto. Posiblemente sería un gran regalo para Rubí, que supera a los miles de fans que van a acudir a sus XV años. Posiblemente Lady Wuuu la saque a pasear en el carro que le regaló una marca automotriz por decir ¡Wuuuu! Sociólogos y expertos en el estudio del ser humano deberían tomar apuntes.
¡Ya basta Cerebro, no seas sarcástico!
Bueno, dejando a un lado mi actitud sarcástica, mi pregunta sería: ¿cómo es que estos fenómenos de Internet tan simples y absurdos se convirtieron en fenómenos de Internet?
Algo que se ha comentado mucho en estos días y con mucha enjundia es que Televisa está pasando por una crisis económica que ha derivado en el cese de los programas de muchas figuras importantes como López-Dóriga, Brozo, y Adela Micha. Dicen, -Televisa ya no nos va a manipular, estamos viendo la caída del enemigo, por fin seremos libres-.
Dejando a un lado el papel nocivo que tiene Televisa en el mundo político promocionando políticos de pacotilla y ofreciendo paquetes de posicionamiento a los políticos que tengan la suficiente cantidad de dinero, la verdad es que el contenido basura de Televisa no puede entenderse sin gente que pida esa basura.
El fenómeno Lady Wuuu -¿No debía ser gentleman?- es lo equivalente a esa programación basura, pero en Internet. Ese fenómeno que destroza la tesis de quienes celebran la «caída» de Televisa. Pero está ahí, en esos medios quesque democráticos, en esos medios libres de «manipulación» donde el conocimiento está abierto para todos.
Y esos contenidos pegan porque son simples, porque no requieren ningún esfuerzo mental. No es como que espere que un debate acalorado entre Michel Foucault y Noam Chomsky, que requiere una alta capacidad intelectual y cultura para ser comprendido, se viralice y sea compartido en Facebook por las masas. Pero, ¿Lady Wuuu?
Su única «virtud» es hacer Wuuu. Algo tan simple como eso trae pendiente a casi todos los consumidores de redes sociales.
https://www.youtube.com/watch?v=oLfBdTCIYQI
En un 2016 tan ajetreado, tan decisivo para el futuro de nuestro mundo, el Lady Wuuu o unos quince años son más relevantes que cualquier cosa o tema de discusión. Lo absurdo se vuelve la regla y lo demás es excepción, a veces el absurdo se manifiesta en forma de candidatos presidenciales tan ignorantes como el tamaño de su fortuna, otras veces en forma de fenómenos que mi cerebro no puede terminar de entender.
Hay quienes para entretener crean frivolidades, pero al menos se esfuerzan en crear su frivolidad, al menos desarrollaron el talento necesario para interpretar aquello que parece frívolo y banal a ojos de muchos. Pero estos antihéroes, productos de su propia casualidad, no tuvieron que hacer cosa alguna. De hecho, basta insistir en ser muy común, o ser una caricatura de lo que es común y primario.
Bienvenidos al arte de la deificación de lo banal, de lo que no tiene sustancia o mérito alguno. Mientras los líderes de la actualidad son escasos, abundan los sujetos que despiertan la atención de la gente a costa suya -es decir, en realidad nunca quisieran ser como ellos pero son lo suficientemente curiosos para ser objeto de sus risas-. Esos, que entretienen, sustituyen a aquellos que aportan. El payaso reemplaza al héroe, la casualidad reemplaza al talento, la burla al esfuerzo.
El Lady Wuuu ya ganó fama -por más esporádica que ésta sea- e incluso fue premiado con un automóvil, todo eso lo ganó simple y sencillamente por ser curioso y faltarse un poco al respeto a sí mismo. El Lady Wuuu ya obtuvo lo que muchas personas, en mejores condiciones y con un mayor talento, posiblemente nunca obtengan.
La verdad. ¿Qué es la verdad? Ese objeto tan preciado pero tan percibido e interpretado de forma subjetiva en muchos casos. La verdad tendría, supongo, que ser aquello que es objetivo, es decir, lo que es; y no subjetivo, es decir, lo que interpretamos que es o queremos que sea. Hay veces que la damos por sentada: ¿De qué color es el sol? La gran mayoría de las personas dirán sin reparo alguno que es amarillo, pero lo es solamente desde la perspectiva de un ser humano que es capaz de percibir colores y que lo observa desde el planeta tierra. Si el ser humano sale al espacio, se percatará que el sol es de color blanco y no amarillo porque la atmósfera modifica las ondas de luz. Por su parte, un perro que posee visión monocromática lo verá de color blanco -aunque no lo determine como tal porque no entiende el concepto «blanco»-.
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Pero independientemente de estas cuestiones, los seres humanos decimos buscar la verdad y estamos muy convencidos de ello. La religión habla de «la verdad»; el método empírico, se dice, está ahí para llegar a la verdad de una manera más fiable intentando filtrar sesgos ideológicos (lo cual no logra en todos los casos). La realidad es que el fin último de la especie humana no es buscar la verdad sino preservarse como especie. Esto incluye que el humano tiende a buscar y aceptar la verdad cuando le beneficie más que no encontrarla o ignorarla, lo cual no se da en todos los casos.
Si la fantasía -es decir, una chaqueta mental- le trae un beneficio mayor, tendera mayores posibilidades de preferirla y dejar la verdad a un lado.
Voy a poner un ejemplo tan simple como un partido de futbol en un caso que no es fácil de juzgar. Imaginemos que el Atlas y las Chivas (rivales acérrimos) llegan a la final. El Atlas gana 1-0 gracias a un gol que en realidad se debió anular porque el anotador estaba en posición adelantada por medio metro. ¿Cuál será la reacción de los aficionados?
Gran parte de los aficionados de las Chivas estarán indignados. La mayoría de ellos hablarán del fuera de lugar y usarán ese evento como recurso para quitar legitimidad al campeonato de su rival, algunos otros incluso hablarán de conspiraciones y arreglos extra cancha. Otros pocos, sí, aceptarán que el Atlas al final ganó el campeonato de forma justa y lo reconocerán, pero serán minoría.
Mientras tanto, los aficionados del Atlas tomarán una postura diferente. Desde aquellos que dirán que no hubo un fuera de lugar hasta que vean la repetición y a los especialistas decir que sí era, o aquellos que relativizarán el hecho para legitimar el campeonato de su equipo. -Si, fue fuera de lugar, pero el árbitro es parte del juego-. -Tampoco marcó algunas faltas de las Chivas-, -A mí la jugada anterior me pareció que fue penal a favor del Atlas, no la marcó, y los de las Chivas no hablan de ello-. Pocos dirán que no fue del todo justo.
¿Pero por qué pasa eso?
Los aficionados a un equipo lo son por un sentimiento de pertenencia y lealtad. Éste representa ciertos valores, costumbres o símbolos con los que tienen relación. Por ejemplo, el aficionado de las Chivas lo es porque sólo juegan mexicanos, porque es el «equipo del pueblo» o porque sus familiares y gente cercana le va a ese equipo.
Entonces, cuando el individuo hace un juicio sobre la final tenderá a priorizar su sentimiento de lealtad a los colores de su equipo sobre la verdad. Al aficionado a las Chivas le trae un beneficio psicológico mayor relativizar el campeonato del Atlas porque le duele ver que su equipo perdió el trofeo frente al acérrimo rival. El aficionado del Atlas, por el contrario, mientras mayor valor le dé el campeonato -implica rechazar aquello que le reste, como ese fuera de lugar- se sentirá mejor. No será hasta que pase cierto tiempo y las emociones se tranquilicen cuando tomen una postura un tanto más objetiva y aún así seguirán existiendo diferencias entre los dos bandos y su interpretación de la validez del campeonato del Atlas.
¿O ustedes han visto a alguien indignarse porque le otorgaron un penal a su propio equipo? ¿Por qué es tan común que un equipo se queje un gol mal señalado en su contra, y tan raro que lo hagan cuando se señala a favor como para que de la vuelta al mundo y la FIFA les de un reconocimiento por el «fair play«?
El experimento de la cueva de ladrones (Robbers Cave Experiment) muestra que los humanos damos preferencia, tratamos mejor, y damos más validez a los argumentos de los grupos afines sobre aquellos que son diferentes o contrarios a nosotros.
Existen casos en los que el ser humano sí se esmera por encontrar la verdad porque le representa un beneficio. El ser humano suele ser más racional cuando, por ejemplo, va a hacer una compra que implique mucho dinero. Por ejemplo, si el individuo compra un automóvil, lo más probable es que pregunte por sus características, compare entre varios modelos y así tome una decisión. El costo por ser irracional es muy alto. Serlo puede implicar una pérdida económica.
Lo contrario sucede cuando el individuo va a votar. ¿Qué le ocurrirá a un individuo si vota por un mal candidato? En realidad nada, porque para que su voto haga diferencia necesitará que el candidato gane por un sólo voto, el suyo. Como el votante sabe que su voto es uno entre varios cientos de miles o millones, entonces no tiene muchos incentivos para usar la razón y si tiene más para ejercer su voto en favor de un sentimiento de lealtad o pertenencia.
¿Cuántas personas analizan realmente los programas de los candidatos y hacen una elección? En realidad son pocas. Muchos, incluso de entre quienes se dicen estar informados, suelen votar porque el candidato es afín a su corriente ideológica favorita porque tienen un sentimiento de pertenencia con ella. El individuo religioso que va a misa, quien acude con un sacerdote para que sea su guía espiritual, tenderá a votar conservador. En cambio, un joven que tiene amigos en la comunidad LGBT a quien le gusta estar en contra de la corriente, tenderá a votar liberal. El conservador tiene un sentimiento de lealtad con instituciones conservadoras, mientras que el liberal con aquellas liberales.
Puede ser que algunas propuestas del candidato conservador o las del candidato liberal no tengan mucho fundamento, pero en la mayoría de los casos no serán suficiente razón para que el sujeto cambie el sentido de su voto, -especialmente cuando su simpatía por alguna corriente o partido sea notoria- aunque en la práctica y de forma racional podamos determinar que las propuestas del otro candidato traerán mayores beneficios para la sociedad.
El experimento Asch demuestra que el ser humano puede negar aquello que es evidente con tal de no sentirse excluido.
Muchos católicos estadounidenses votaron por Donald Trump porque la agenda dentro de algunas instituciones católicas hace énfasis en rechazar el aborto o los matrimonios del mismo sexo. Lo hicieron sin reparar que Donald Trump -en vez de Hillary, quien es pro aborto- ha acosado sexualmente a mujeres y sus políticas favorecen el racismo y la discriminación; y peor aún, sin tomar en cuenta tampoco que la postura de Trump frente al aborto es convenenciera. Trump antes fue liberal y cambió su postura para ganarse al electorado conservador estadounidense.
¿Qué pasará si el conservador vota en favor de Hillary, pro abortista? Posiblemente sentirá que ha traicionado a las instituciones conservadoras de las cual forma parte, o tendrá miedo de enfrentar las críticas de aquellas personas miembros de instituciones -sean familiares o formales- a las que pertenece. Votar por Trump evitará todo eso, mientras que la alternativa representa sólo 1 voto en un millón, lo cual no le trae beneficio personal alguno. Esta persona, por lo tanto, se convencerá de que Hillary es peor, relativizará los defectos de Trump y maximizará sus virtudes. Pierde más si vota por Hillary -aunque objetivamente haya sido mejor candidata, por un decir- que por Trump.
Si a un individuo relativamente informado se le diera la capacidad de decidir quien será presidente con solo su voto, su elección tendería a ser más racional y se tomaría más en serio cómo el candidato fundamenta sus políticas públicas propuestas. Incluso podría consultar a expertos en diversos temas que le ayuden a tomar una decisión más fundamentada, porque de hacer una mala elección se sentiría muy responsable, no sólo porque dichas políticas le perjudiquen, sino por el juicio que la sociedad -que le entregó su derecho, a cambio de que él solo pudiera hacer la elección- haría de él.
Pero ese sesgo, o «irracionalidad racional» como lo llama Bryan Caplan -autor de «El Mito del Votante Racional»- no es exclusivo de los conservadores. Por ejemplo, los progresistas están a favor de aumentar salarios mínimos por decreto porque esa política pública se alinea con su creencia en la justicia social. Cuando algún economista le diga que subir salarios desincentivará la creación de empleos, lo tachará de vendido, iluso o cerdo capitalista. Pero cuando el mismo progresista vaya a buscar trabajo -para lo cual será más racional-, no usará el mismo criterio. El progresista no pondrá un sueldo esperado muy alto en el currículum porque sabe que si lo hace, las posibilidades de que lo contraten serán menores. En vez de eso, procurará poner un sueldo esperado cercano a lo que ofrece el mercado de acuerdo a sus capacidades.
El Mito del Votante Racional: Por qué las democracias prefieren las malas políticas- Bryan Caplan
Cuando el progresista -o conservador- vaya a votar, no le importará mucho ser irracional, porque serlo no perjudicará a su persona (un voto de millones), pero cuando tenga que tomar una decisión que pueda afectar su vida tratará de ser lo más racional posible, porque si erra, tendrá que enfrentar las consecuencias.
Para que el individuo se percate de ello -que su elección no es la mejor para el propósito original- la verdad tendrá que ser demasiado evidente -que se filtre un video de los directivos del Atlas pagándole al árbitro, o que Trump proponga una política donde se permita explícitamente a los hombres abusar sexualmente de mujeres- para cambiar de postura, y aún así, las posibilidades de que erre no desaparecerán.
Eso no significa que no que haya quienes -sobre todo aquellos muy informados- razonen lo mejor posible su voto, ni quienes sean irracionales cuando el costo por serlo sea muy alto, como quienes rechazan la medicina para curar un problema de cáncer para favorecer su falaz creencia de que la homeopatía o los productos naturales funcionan mejor. Hay quienes están netamente convencidos de la búsqueda de la verdad que en algunos casos pueden pagar el precio, o quienes, por el fanatismo o el dogma, puedan tomar decisiones que vayan en contra de su integridad y lo paguen caro. Pero estos casos suelen ser excepción y no regla.
Según el «sesgo de autoservicio» el ser humano suele atribuirse sus logros como propios. En cambio, cuando fracasa, tiende a echar la culpa a factores externos.
Pueden existir algunas contadas ocasiones donde desde una perspectiva racional -valga la pena la aparente contradicción- ignorar la verdad será más benéfico que aceptarla y conocerla. Para este caso traigo a colación un capítulo de los Simpsons donde Lisa descubre que Jeremiah Springfield, padre y fundador de la ciudad del mismo nombre donde se desarrolla la serie, era un impostor. Lisa intentó comunicar la verdad a su comunidad, y cuando tuvo la oportunidad de hacerlo frente a miles de personas se retractó, ¿por qué?
Lisa, sabiendo que la leyenda de Jeremiah Springfield daba un sentimiento de identidad a su ciudad, determinó que el costo por conocer la verdad -perder parte de la identidad de su ciudad- era mayor que el beneficio de conocerla -que sólo implica el conocimiento de dicha verdad-. De igual forma ocurre cuando se decide no decirle a un enfermo las probabilidades que tiene de morir. Si a un paciente se le dice que lo más probable es que muera, posiblemente adquiera una actitud más negativa, actitud que aumentará aún más dichas probabilidades.
Si bien, se dice que el hombre se diferencia de los demás animales para el uso de la razón -y también, a diferencia de los animales, es capaz de fabricar chaquetas mentales- no significa que sea racional en todos los casos. En realidad debe de decirse que el hombre posee más capacidades cognitivas que las demás especies – es necesario tener dichas capacidades para tener la razón o inventar historias con el fin de evadirla- . La mayoría de los animales actúan por instinto, y existen aquellos que sí tienen capacidades cognitivas que incluso incluyen lenguaje -como los monos o los delfines- pero son bastante más limitadas que las nuestras.
No es que seamos intelectualmente deshonestos, es que la búsqueda de la verdad parece no ser el último fin de nuestra especie, sino preservar a ésta última.
Personas que dirán que escribí esto no para honrar a la verdad sino para beneficiarme en 3…2…1…
La democracia es el peor sistema diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás. Winston Churchill
Se me viene la mente esta analogía que hacía un amigo mío:
Las vacunas son muy buenas, son tan buenas que ni nosotros ni la gente cercana a nosotros ni nuestros grupos de referencia nos enfermamos de aquellas enfermedades de las que nos vacunamos. Como nunca hemos vivido sin vacunas y no entendemos como viviríamos con su ausencia, las damos por sentado y no terminamos de valorar los beneficios que tienen. Entonces, un grupo anti-vacunas bajo el cobijo de la conspiración -y no la ciencia- puede promover el no uso de las vacunas, porque dicen que provocan autismo -de acuerdo a un estudio que en un principio lo sugería pero cuya hipótesis terminó siendo completamente descartada por la comunidad científica– y la gente se escandaliza. Los movimientos anti-vacunas no conocen la dimensión del problema que ocurriría si la gente dejara de tomar vacunas. Una minoría creyó su discurso, y el número de enfermos por sarampión se disparó.
Algo así ocurre con la democracia. Nos hemos acostumbrado tanto a ella que subestimamos sus beneficios. Los damos por sentado.
Los millennials, según un estudio de Harvard, son quienes están más decepcionados con la democracia, son quienes creen menos en las elecciones y no ven con tan malos ojos un levantamiento militar.
Pero los millennials nacieron en democracia y siempre han vivido en ella, es decir, no han vivido dentro de otro régimen político, y los menos informados ni siquiera entienden bien a bien como se viviría dentro de un régimen autoritario.
No me imagino a un joven promedio usuario de las redes sociales tratando de derrocar a un dictador a punta de pistola. Varios jóvenes de hoy ven inclusive con romanticismo a esas naciones donde muchas libertades están coartadas porque dicen, las otras están garantizadas. Cuba, por ejemplo.
Esta gráfica ilustra la posición de los más jóvenes frente a la democracia. La pregunta que plantea es ¿consideras que tener un sistema político democrático es una mala o muy mala forma de gobernar a este país? Los más jóvenes consideran que es una mala forma, y también ha crecido esa creencia en los últimos años:
Fuente. quartz.com
¿Existen problemas en el mundo moderno que aquejan a la sociedad? Naturalmente. Es cierto que en algunos países desarrollados las clases medias no la están pasando muy bien, es cierto y tienen razón quienes dicen no sentirse representados por sus políticos. Los problemas existen. Pero son problemas que deberían poder resolverse dentro de una democracia en vez de tratar de prescindir de ella.
Regresando a la analogía de las vacunas, es cómo si los efectos secundarios que algunas de estas pudieran provocar -mareos, debilitamiento, por suponer- fueran razón suficiente como para prescindir de ellas. En vez de presionar a las farmacéuticas para que mejoren sus fórmulas, dejamos de tomar vacunas, no importa si nos volvemos vulnerables ante el tétanos, la polio o la malaria.
Hace tiempo escribí sobre la responsabilidad que las corrientes políticas democráticas tienen en el ascenso de figuras como Trump. De hecho, es muy sano que quienes creen en la democracia y quienes simpaticen con corrientes políticas que forman el consenso democrático liberal (desde la socialdemocracia hasta la centro-derecha) empiecen a hablar y a escribir sobre lo que dejaron de hacer. Me parece muy acertado que muchos liberales hablen sobre como cayeron en excesos con la cacareada corrección política y la política de identidad, excesos que cayeron en la arrogancia y contradicen el espíritu democrático como la negativa a debatir con los conservadores (muchos de ellos incluso parte de ese consenso democrático-liberal).
Pero estos inconvenientes están muy lejos de ser una razón de peso para optar por un régimen autoritario.
Por ejemplo, en los círculos liberales no se invita a los conservadores a debatir y se les recrimina por aquellas creencias suyas, que se afirma, atentan contra la igualdad o las minorías (ej, estar en contra del matrimonio igualitario). Pero los conservadores pueden poseer medios de comunicación, programas de radio, sitios web para expresar sus ideas y no ser reprimidos por ello. En un régimen autocrático -ese que se anhela al igual que se desconoce-, la libertad de expresión queda severamente comprometida. Ya no es que no te inviten a debatir, sino que te repriman por expresar tus ideas, que pises la cárcel o inclusive que pierdas la vida. Claro, esto no significa que pasemos por alto que a los conservadores no se les invite a debatir, sino que estos problemas y conflictos se solucionen dentro de la democracia.
Muchos de quienes se dicen decepcionados por la democracia posiblemente no terminen de entender qué signifique vivir con estos derechos restringidos -cuando menos-. Posiblemente no entiendan los riesgos que conlleva vivir bajo regímenes autoritarios.
De igual forma podemos hablar de los inconvenientes económicos. Las clases medias ya no están creciendo y la desigualdad es cada vez mayor, pero los régimenes autoritarios no suelen ser grandes promotores de clases medias -con excepción de países como Singapur, o en cierta medida China, a costa de varias libertades civiles- y los que están en la élite del poder tienden a acaparar casi todos los recursos. Incluso en aquellos países donde la igualdad es la bandera.
Los desencantados no proponen una nueva forma de gobierno, sino que voltean atrás a esas fórmulas que fracasaron en tiempos pasados. Ante la escasez de líderes en las democracias modernas, voltean a los populistas y demagogos cuyas propuestas pueden ser desmentidas por aquellos que tienen conocimientos medianos en la materia. Los millennials, decepcionados e indiferentes, decidieron hacerse a un lado, y cedieron la iniciativa a aquellos que se sienten indignados que buscan soluciones fáciles e inmediatas a sus problemas.
Parece que la democracia, como si se tratara de una relación sentimental, volverá a ser valorada hasta cuando ya no esté. Y si eso pasa, vamos a tener que esforzarnos pero mucho para que regrese con nosotros.
Con la llegada de Internet pensamos que la democracia se iba a consolidar. El argumento esa muy sencillo: si la información está al alcance de todos, entonces todos pueden beneficiarse de ella. Gracias a Internet ya no existirían medios unidireccionales que monopolicen la información sin que el usuario pudiera responder o interactuar. Entonces, se decía, la ignorancia cerraría sus puertas para crear una sociedad compuesta solamente de ciudadanos críticos e informados. Nada más falso.
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Pensamos que la amenaza a esa democratización y posibilidad de compartir conocimiento peligraba gracias a mecanismos institucionales restrictivos como la Ley SOPA. En realidad, parece que la disponibilidad del conocimiento puede ayudar a reforzar la desigualdad -tanto económica como intelectual- dentro de una sociedad porque nuestra capacidad económica y nuestra capacidad intelectual condiciona lo que podemos hacer con dicho conocimiento.
Ciertamente, Internet ha abierto puertas a aquellos que antes no tenían acceso al conocimiento. Por ejemplo, personas de países en desarrollo que no podrían aspirar a estudiar una carrera -pero que gracias a sitios web como coursera.org o edx.org pueden adquirir conocimiento para especializarse de forma gratuita-, son mejores profesionales con un mejor ingreso. Pero de la misma forma, una persona que antes se encontrara en una posición relativamente cómoda y que no ha podido o querido adaptarse a Internet, puede verse perjudicada. Por ejemplo, personas con trabajos que han sido reemplazados por el desarrollo tecnológico.
Decía que los seres humanos no nos encontramos en las mismas condiciones. Tenemos distintos ingresos, nacemos en condiciones totalmente distintas, algunos tuvimos más suerte que otros, unos somos más inteligentes o tontos que otros, unos somos más sociables o antisociales que otros, unos tenemos más valores y principios que otros, y algunos tenemos más o menos criterio que otros. Debido a estas diferencias, que pueden ser atenuadas pero nunca eliminadas, es que en el mundo hay ganadores y perdedores. Y de igual forma, hay quienes ganan mucho más con Internet que otros.
Entendiendo estas diferencias, me atreví a hacer una escala de usuarios de Internet y su papel con la información que ahí se genera. Tal vez pueda escucharse un tanto reduccionista al simplificar el rol del individuo en Internet de esta forma, pero creo que es la forma más fácil de explicar cómo la gente genera o consume contenidos en Internet, y cómo es que estos roles generan una condición de desigualdad:
El capitalista
El influencer
El técnico
El crítico (o informado)
El ingenuo
El ignorante (o anticuado)
Esta lista está organizada -de mayor a menor- por la capacidad que cada uno tiene para beneficiarse de la información en Internet. A los primeros dos -el capitalista y el influencer- los podemos considerar emisores -es decir, ejercen influencia sobre los demás al emitir o controlar la información-, mientras que los otros tres son receptores de la información. El técnico, por su parte, puede jugar ambos papeles.
Antes de empezar a describir a cada uno, debo señalar que aunque coloqué al capitalista por encima del influencer, no siempre sucede que el capitalista tenga más poder de influencia que el influencer. Es decir, un influencer podría ejercer más influencia que aquel que tiene algunos millones de dólares para invertirlos en pauta y big data. También se puede dar el caso que el individuo juegue más de un papel. Un influencer que amase dinero gracias a la publicidad en Youtube y lo invierta para tener mayor alcance, podría ser considerado capitalista también.
También un emisor puede jugar al mismo tiempo el papel de un receptor. Un influencer, por ejemplo, puede ser un crítico, o bien, puede jugar el papel del ingenuo, con lo cual logrará amplificar la desinformación dentro de Internet.
De igual forma un crítico podría llegar a jugar el papel del ingenuo en más de alguna ocasión. Que suela estar informado no lo hace completamente inmune de caer en alguna trampa.
Pero aún haciendo estas aclaraciones, el individuo terminará siempre jugando más un papel que los otros. El capitalista será siempre más capitalista que influencer, y el crítico será la mayor parte de las veces crítico y no ingenuo.
1.- El capitalista
El capitalista se encuentra en la punta de la pirámide social: ha amazado mucha fortuna, y así como puede invertir en bienes raíces o empresas, también puede invertir dinero para influir en la opinión pública -de forma positiva o negativa-. No sólo es el capitalista tradicionalmente hablando, sino quien tiene dinero a su disposición, como pueden ser los gobiernos o diversas instituciones.
Vamos a decir la verdad, quien tiene más dinero tiene mayor capacidad de influir -o manipular- a la opinión pública. Dentro de esta categoría no sólo podríamos considerar a individuos, sino a empresas como tales. Quienes tienen capital pueden invertir en tecnología o infraestructura. Google o Facebook pueden considerarse capitalistas: casi toda la información que circula por Internet pasa por ellos, y aunque, al menos en teoría, tomen una postura neutral con respecto a la información, al modelar la estructura por la cual la información circula, terminan ejerciendo influencia porque condicionan la forma en que el usuario final la consume.
Un individuo o empresa que tenga la suficiente cantidad de dinero para crear unidades de conocimiento se puede considerar capitalista. Un grupo de accionistas que desarrolle un portal de información en línea y tenga los suficientes recursos para darle una gran exposición también. Un capitalista puede manipular a la opinión pública a su favor. Si un político tiene dinero como para esparcir información falsa a su favor, también es un capitalista.
El propio Donald Trump -o su campaña- es un capitalista -en este sentido-, y a la vez, también explica el rol capitalista de Facebook -aunque Mark Zuckerberg no simpatice con Trump-. La inversión de la campaña de Trump en Facebook Ads y big data fue esencial para ganar las elecciones. Si Obama mostró que Internet puede darle el triunfo a candidatos progresistas, y si Egipto y Libia demostraron que Internet puede derrocar dictaduras, Trump logró mostrar que Internet también puede ser la vía para el ascenso de algún político autoritario o hasta fascista.
Básicamente, el equipo de campaña de Trump invirtió una gran cantidad de dinero en pautas. Quienes hemos usado Facebook Ads, sabemos que la infraestructura que tiene la red social es algo enorme, complejo e intrigante. Por ejemplo, la campaña de Trump buscaba disuadir a aquellos sectores que Hillary necesitaba: los blancos liberales idealistas, los afroamericanos y las mujeres blancas. Y lo logró.
Segmentar la audiencia a la que se quiere llegar -gracias a los custom audiences, los lookalikes y la segmentación por intereses– es algo completamente posible. Si quiero mostrar anuncios a jóvenes de la Ibero considerados de izquierda que mantienen una relación, que tienen una edad de 18 a 22 años de edad, que anden en bicicleta y que además les guste correr, lo puedo hacer. Gracias a nuestra actividad en Facebook -las Fan Pages que te gustan, los contenidos que compartes, cuando publicas que tienes novia o que vas a entrar a estudiar algo-, la red social crea un perfil de nosotros y de cada usuario, de tal forma que les pueda servir a los anunciantes para mostrarte sus productos. Gracias a Facebook, un capitalista puede influir en la población -desde crear consciencia sobre algún tema hasta desinformar por medio de notas falsas para modificar percepciones políticas- y beneficiarse de ello.
Sólo basta tener mucho dinero para que el alcance sea mayor.
2.- El influencer
Fuente: Youtube
El influencer no tiene -necesariamente- la cantidad de dinero que un capitalista tiene, pero tiene la capacidad de ejercer influencia sobre otras personas. Cuando hablamos del influencer, se nos vienen a la mente los videobloggers como Werevertumorro o Chumel Torres. Sí, ellos son un tipo de influencers, pero no son los únicos.
También lo son las personas líderes en su ramo que han utilizado Internet para amplificar su alcance son influencers. Por ejemplo, los especialistas en marketing digital, psicología, política, o finanzas personales –Sofía Macías por ejemplo- que son muy conocidos por quienes conocen el ramo.
También los periodistas, columnistas y opinólogos que crearon parte de su reputación fuera del Internet -es decir, en medios tradicionales-, y que gracias a éste han tenido un mayor alcance -lo cual ocurre sobre todo en Twitter-, lo son, porque gracias a Internet ejercen influencia sobre los demás. Por ejemplo, Denise Dresser o Pedro Ferriz de Con deben ser considerados como influencers.
Muchos influencers no necesitaron de mucho dinero para crearse una reputación tal que les diera la capacidad de influir sobre los demás, pero sí necesitaron de mucho talento, o una gran habilidad para crear un proyecto.
Los influencers son quienes han tenido una mayor movilidad social gracias a Internet. Mientras los capitalistas ya lo eran, los influencers, en muchos casos, eran personas comunes y corrientes que dieron con la fórmula correcta.
El influencer también puede modificar o manipular la opinión pública, pero a diferencia del capitalista -quien en muchos casos puede ocultarse-, el influencer tiene que dar la cara, y su reputación queda sujeta al escrutinio público.
Cuando hablamos de la viralización de un contenido, el influencer juega un papel esencial. Contrario a la creencia general de que los contenidos se viralizan solos como si se multiplicaran como un virus, ésto ocurre gracias a que dicha información llega a uno o varios influencers -que no necesariamente conoces-, y cuando éstos lo comparten, amplifican considerablemente su alcance. El libro The Tipping Point de Malcolm Gladwell, ilustra bien la forma en que el conocimiento se viraliza.
El técnico es aquel que puede beneficiarse de la información gracias a su especialización en áreas relacionadas con las tecnologías de la información. Un técnico puede ser un data scientist que tiene la capacidad de analizar cantidades de datos muy grandes (big data), un hacker que a través de sus conocimientos en computación puede obtener un beneficio de la información, o un programador que pueda diseñar la arquitectura de sitios e interfases por medio de las cuales se transmita dicha información.
Los técnicos generalmente no emiten información, pero sí pueden condicionar la forma en que ésta se consume, pueden influir para determinar quienes consumirán determinada información, o bien, pueden tomar decisiones con base en la información que recibe y obtener un beneficio. Un data scientist puede analizar datos de tal forma que con los cruces que haga tenga un mayor conocimiento de un sector de la población, conozca sus hábitos de consumo o incluso su perfil psicológico. Esto le ayudará mucho para influir en dichos segmentos que le interesan y conoce a la perfección.
El hacker puede manipular los canales de comunicación -para distribuir información, chantajear a gobiernos, empresas o instituciones-, o puede extraer información con el mismo fin, para obtener un beneficio personal, político o ideológico. También puede ser contratado por capitalistas para que le ayudan a sus fines, o bien, pueden atentar contra los intereses de dichos capitalistas.
El técnico es el único que posee conocimiento especializado en tecnologías de la información, por lo cual, todos los otros tipos de usuarios (excepto el ignorante, quien no accede a Internet) dependen de él. El capitalista, por más dinero que tenga, necesitará de un especialista para poder crear la arquitectura de una unidad de conocimiento, o utilizará un sistema «creado por técnicos» para poder invertir en publicidad digital. El influencer necesita de plataformas creadas por técnicos (como Youtube o Twitter) para poder alcanzar a sus seguidores. Y así también el crítico y el ingenuo también necesitarán de esas plataformas para consumir contenidos en Internet.
4.- El crítico (o informado)
Fotografía: Alfredo Cunha
Como mencioné, a diferencia de los primeros dos personajes, el crítico no genera información sino que la consume o la comparte en sus redes -con un limitado alcance-. El crítico es el mejor consumidor de información en Internet y es el más inmune ante la manipulación que pueden llegar ejercer tanto el capitalista como el influencer porque son, valga la redundancia, críticos con la información que reciben.
El crítico, gracias a su criterio, sabe utilizar la información a su favor. El crítico suele ser educado -aunque pueden darse casos en que una persona con alta escolaridad puede tener menos criterio que uno con menor escolaridad-, y suele tener el hábito de adquirir conocimiento de forma constante.
El crítico es quien sabe usar mejor todas las herramientas que facilita Internet. Posiblemente busque especializarse gracias a esta herramienta por medio de sitios en educación en línea o haga consultas en buscadores o sitios especializados para solucionar problemas. Además, sabe ser selectivo con la información que consume. El crítico revisa las fuentes de la información que circula en Internet, suele mostrar escepticismo y sabe contrastar información.
Sin embargo, tenemos que recalcar que el crítico no es perfecto, porque a pesar de su capacidad de contrastar y ser selectivo, puede estar condicionado por sesgos ideológicos -ya sea, preferencia política, religión, políticas económicas- que harán que dé preferencia a cierto tipo de información.
Otro detalle a señalar es que el tipo de contenidos que un usuario tiene más posibilidad de consumir en Internet, es aquel con el que muestra mayor simpatía. Esto ocurre porque redes sociales como Facebook muestran al usuario contenidos similares a los que suele compartir o con quienes suele interactuar, así generando una cámara de eco. Lo mismo ocurre con Twitter donde el usuario tiende a seguir más bien a usuarios que sigan una línea ideológica similar.
El crítico es aquel que asumimos en que nos convertiríamos todos, y por eso pensamos que el poder de los capitalistas estaría limitado por la población en su conjunto y la sociedad ya no volvería a ser manipulada, pero no fue así.
5.- El ingenuo
http://www.academiasidiomas.es/
A través de la historia hemos aprendido que, en mayor o menor medida, la gente informada y preparada intelectualmente es una minoría dentro de una sociedad dada; mientras que la gente que no lo es, suele ser mayoría. Quizá suene políticamente incorrecto decirlo, pero es una realidad que puede ser fácilmente demostrable.
De esta forma podemos entender que «el ingenuo» sea el personaje que más abunde en Internet.
El ingenuo es quien es más susceptible de ser manipulado por quienes emiten la información (capitalistas o influencers). Aunque el ingenuo se conecte constantemente a Internet, no está preparado intelectualmente para absorber la información que recibe. De hecho, no suele utilizar Internet tanto para informarse, sino para divertirse. El ingenuo entra a Internet para estar conectado en Facebook -donde puede recibir información falsa que no tiene capacidad de rechazar-. El ingenuo, por ejemplo, puede dar por válida información que circula como cadena en Whatsapp.
Si bien, algunos ingenuos suelen ignorar información relevante que pueda malinformarlos -por ejemplo, que no estén interesados en política, y no pongan atención a anuncios o artículos relacionados-, otros pueden pensar que son críticos y apasionarse por diversos temas, pero sin la capacidad de interpretar o contrastar la información que reciben.
El ingenuo, al igual que el crítico, no sólo consume información , sino que también la comparte; con lo cual puede desinformar a más gente. Pueden existir casos en que un influencer pueda llegar a jugar el papel de ingenuo y compartir información falsa en redes, amplificando su alcance y desinformando a mucha gente sin tener la intención de ello. Supongamos, por ejemplo, que Chumel Torres recibe información sobre un desfalco que nunca ocurrió, e indignado, lo comente en sus redes; información que será dada como verdadera por muchos usuarios de Twitter.
6.- El ignorante (o anticuado)
http://www.dfiles.me/
El ignorante es aquel que básicamente no tiene acceso a la información porque no está familiarizado con Internet. Este grupo naturalmente está compuesto principalmente por personas mayores de edad.
El ignorante también puede jugar el papel de ingenuo o de crítico con respecto a la información que circula en Internet y le llega por medios externos. Por ejemplo, un pariente que le comente sobre cierta noticia que circula en Internet, y el ignorante, al ser una persona leída y cultivada, tenga la capacidad de darse cuenta que esa noticia es falsa.
Los ignorantes, al no estar conectados, no reciben beneficio alguno de Internet, y por tanto, se encuentran en desventaja frente a los demás. En muchos casos, esa desventaja se puede convertir en menos oportunidades profesionales, rezago, o incluso en cierta exclusión social (que todos los familiares estén conectados menos él).
Conclusión
Al darnos cuenta que tanto los recursos económicos, el talento, los roles de cada individuo en una sociedad, y la capacidad intelectual determinan la forma en que cada usuario consume los contenidos en Internet, entonces entendemos por qué tener tanta información en nuestras manos no se ha transformado en esa democratización que tantos esperábamos.
Más bien, Internet ha cambiado las reglas del juego. Y algo que ha quedado en evidencia, es que nuestras instituciones y nuestras formas de organización se han visto rebasadas por esa súbita cantidad de información que apareció en nuestras manos y que hace menos de dos décadas no teníamos.
Posiblemente el ascenso de la ultraderecha en Occidente tenga, entre muchas explicaciones, que aquellos que están más informados suelan ser más escépticos con sus gobiernos, haciendo menos atractivas las candidaturas con posturas cercanas al centro político -con lo cual algunos fueron disuadidos de votar-, en tanto que aquellas personas con menos educación y que son más proclives a ser engañados por medio de Internet (véase Estados Unidos y Brexit) vieron en candidatos populistas y demagogos una opción muy atractiva.
Estoy seguro que con el tiempo podremos saber utilizar Internet y todo el conocimiento que hay ahí de mejor forma, hay indicios de ello. Pero ya no podemos pensar a estas alturas del juego que Internet por sí sólo democratizará al globo terráqueo. Posiblemente fuimos muy idealistas, ahora es muy conveniente tomar una dosis de realidad, y empezar a trabajar desde ahí.
En el discurso, la izquierda tiene una clara ventaja sobre la derecha. La izquierda suele, en el discurso -valga la redundancia-, apelar a esos valores tan humanos y cristianos como lo son la igualdad, la solidaridad y la justicia. El discurso de la derecha, en cambio, apuesta por el orden y mantener un estado de las cosas. Naturalmente el discurso que viene desde la izquierda es más idealista y más romántico, el de la derecha hace énfasis en que un cambio al orden establecido representa una amenaza.
Aclaro que hago énfasis en esas izquierdas y derechas alejadas del centro político y de lo convenido por la democracia liberal.
Dudo mucho que un idealista abrace a una figura como Donald Trump. A pesar de que el magnate representa para muchos una irrupción, su discurso va en el sentido de preservar aquello que está en riesgo de perderse o recuperar aquello que se perdió. Voltea al pasado -make America great again- y hace un contraste con el presente tan decadente -la percepción pesa más que la realidad-. A Trump no le importa un mundo justo o igualitario -vaya, es un magnate ávaro-, sino recuperar la grandeza que Estados Unidos perdió.
Pero se entiende entonces por qué muchos idealistas abrazan a la figura de Fidel Castro y no la de Donald Trump. Los que optan por los discursos de derecha lo hacen porque las circunstancias actuales los frustran, no es algún idealismo el que los mueve, ni algún sentimiento de solidaridad con sus semejantes. No es que los izquierdistas no se frustren, pero mientras ellos anhelan un mundo mejor y más justo a partir de su frustración, los de derecha tan sólo quieren recuperar lo que se ha perdido. El hombre muy de derecha piensa más en los suyos y los grupos con los que tiene afinidad, que en el bien común.
Por eso es que en ocasiones es más «políticamente correcto» ser de izquierda que ser de derecha. Quienes son izquierdistas presumen su postura política como si eso los definiera y les diera cierta altura moral. Los de derecha son más cautelosos e incluso suelen utilizar eufemismos para no etiquetarse como tales.
Mis redes sociales se han llenado de cierto romanticismo al ver partir a un hombre como Fidel Castro quien fue un dictador, quien mantuvo su poder a costa de las libertades de la población y de las vidas de muchos otros.
Los románticos idealistas presentan tablas y estadísticas demostrando que los cubanos son un pueblo educado, que tienen mejor nivel de vida que muchos países latinoamericanos y que tienen un sistema de salud que «no tiene ni Obama». Su información no es del todo falsa, pero los románticos ignoran o relativizan el hecho de que a cambio cedieron muchos derechos que damos por sentados -aunque no siempre garantizados en la práctica- en las democracias liberales.
Es como cuando Hobbes decía que el individuo debe ceder libertades al soberano para así poder vivir en un Estado que le garantice un mejor nivel de vida, lo cual ocurre en cualquier rincón donde haya civilización. Pero en el caso de Cuba, son más las libertades cedidas, que los beneficios obtenidos a cambio.
No puedo negar que Cuba tiene algunas cosas buenas, algunas de las cuales varios países incluso podrían tomar nota. Algo se podrá aprender de su sistema de salud por un ejemplo. Pero de igual forma, también se pueden adjudicar aciertos a dictadores de derecha como Augusto Pinochet, como establecer la estructura económica a partir de la cual Chile, después de él, se convirtió en la economía más desarrollada de América Latina -con todo y los experimentos de los chicago boys-. Pero sus aportaciones, al igual que con Castro, languidecen frente a sus crímenes y los excesos de su poder, y es reconocido merecidamente más por sus agravios que por otra cosa.
Pero al final del día, defender y recordar a Pinochet es más políticamente incorrecto que hacer lo propio con Fidel Castro. Es incluso mucho más riesgoso llevar un remera con la fotografía de Pinochet -mínimo serás tachado de fascista y escoria social-, que portar la de Castro, -en el peor de los casos, serás señalado como un joven idealista «chairo» al cual le falta aprender más de política y debe de dejar de fumar tanta mota-.
A pesar de mantener a los suyos como prisioneros en su isla, de censurar, encarcelar o hasta matar a opositores incómogos y hasta de perseguir homosexuales, es políticamente correcto defender a Fidel Castro, tan sólo por el discurso de la igualdad y solidaridad adaptado por la izquierda. Paradójico que inclusive desde algunas corrientes progresistas defensoras de los derechos de las minorías idealicen a Fidel Castro, cuya postura ante los homosexuales -quienes a su juicio no podían ser revolucionarios-, era más dura que la de Norberto Rivera y el Frente Nacional por la Familia juntos.
Nuestra sociedad no puede darle cabida a estas degeneraciones – Fidel Castro sobre los homosexuales.
Llama la atención que figuras políticas, incluso unas más cercanas al centro, lo reconocieron el día de su muerte como un luchador que devolvió la dignidad a Cuba y lo independizó de Estados Unidos -lo cual sólo puede ser cierto tomando como referencia los primeros años, antes de adoptar los ideales marxistas-leninistas y de perpetuarse en el poder-.
La premisa de los idealistas es, gracias a Castro, Cuba es más igualitaria que la mayoría que todos los demás países de América. ¿Pero a cambio de qué? Me pregunto si esos idealistas estarían de acuerdo con ir a vivir a Cuba donde posiblemente nunca caigan en pobreza extrema, pero donde el gobierno raciona las comidas, donde la expresión política y la disidencia están anuladas.
No nos dejemos engañar por ese discurso romántico de la igualdad y la solidaridad. Cuba se mantiene no por la solidaridad de sus habitantes, sino gracias a un régimen déspota y dictatorial.
Castro fue eso, un dictador, un dictador enriquecido dentro de un país relativamente pobre. Ni los libros, ni las remeras, ni los documentales sesgados a su favor, podrán ocultar eso que es tan evidente.