Autor: Cerebro

  • Elon Musk compra Twitter. ¿Debemos celebrar o lamentarnos?

    Elon Musk compra Twitter. ¿Debemos celebrar o lamentarnos?

    Elon Musk y Twitter. ¿Debemos celebrar o lamentarnos?

    Medio Twitter está emocionado y el otro está enfurecido porque Elon Musk acaba de comprar la red social.

    Y no es para menos que eso ocurra en una sociedad tan polarizada. El magnate dice que Twitter tiene un sesgo «progre» o de izquierda y que él va a hacer que haya libertad de expresión para todas las personas.

    Entre las medidas que Musk plantea existen algunas interesantes, como el hecho de que todos los usuarios tengan que autenticarse para así combatir el serio problema de los bots que existen en esta red social.

    Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas: el diablo está en los detalles y en la comprensión de los fenómenos sociales que explican esta creciente división y encono social.

    Si Musk plantea expandir la libertad de expresión, entonces ello implicaría una relajación de las normas y medidas que actualmente toma Twitter. A priori parece oírse bien (sobre todo a oídos de los conservadores), pero también conlleva muchos problemas.

    Algunos pueden pensar que así por fin se podrá crear una plataforma donde todos los individuos dispuestos a escuchar al otro intercambien ideas, debatan y lleguen a consensos elevados, que es el escenario utópico que muchos desearíamos, casi como una suerte de mano invisible como tal vez sí ocurre en otras dinámicas pero al parecer no en Twitter. Pensar así sería pecar de ingenuidad.

    La realidad es que la estructura de las redes sociales ha promovido cámaras de eco y burbujas ideológicas donde la gente se expone ante los contenidos que quieren ver y les resulta más cómoda. Es cierto también que la gente está cada vez menos dispuesta a exponerse a visiones del mundo que no comulgan con su forma de pensar: les causa más ansiedad y angustia.

    Relajar las reglas no va a solucionar el problema de raíz, incluso, puede darse el caso de que sea contraproducente: que como ahora todo el mundo va a tener el derecho a insultar o a expresarse de forma terrible de cualquiera, el ambiente en la red se vuelva más tóxico y se polarice aún más, con consecuencias aún más nefastas para la sociedad.

    Algunas personas en la derecha celebran que Musk vaya a combatir la «censura progre» y la corrección política, pero, si esto se llevara a cabo de otra forma distinta al relajamiento de medidas (que pareciera ser el camino que Musk quiere seguir), podría ser muy contraproducente. Supongamos el siguiente caso:

    Imagina que yo digo que Juan es machista porque publicó un texto que me pareció que tiene tintes machistas. Él me responde diciendo que me están cancelando o censurando. Pero, al decir que Juan es machista ¿no estoy ejerciendo la libertad de expresión? ¿Por dónde se debe cortar? ¿Quién va a decidir y bajo qué criterio qué es machista y qué no es?

    Estoy de acuerdo en que Twitter no debería tener sesgo ideológico, aunque algunas personas tratan de mostrar evidencia de que estas acusaciones hechas por Donald Trump o el mismo Elon Musk podrían no estar muy fundamentadas. También es cierto que, con todo y molestias, los sectores más conservadores y los denominados políticamente incorrectos han hecho de Twitter su herramienta predilecta de difusión. Entre marzo y abril, de acuerdo a un análisis con la API de Twitter que elaboré a través de R Studio, encontré que se emitieron 68,716 tuits que contienen la palabra «feminazi», solo incluyendo los tuits en idioma español. Algunos tuits (de cuentas actualmente activas) contienen textos tales como «feminazis de mierda» o «viejas locas» sin que ello haya implicado alguna sanción por parte de la red.

    La relajación de las medidas no implica tanto que la voz del «antiprogresismo» o del «trumpismo» vaya a hacerse notar, ya lo hace y la gran mayoría de las cuentas afines a esas corrientes no han sido censuradas. La distribución ideológica no va a cambiar mucho.

    Tampoco van a cambiar mucho las dinámicas. Si los «woke» buscan denigrar a quien piensa distinto a ellos y Twitter decide sancionarles porque considera que eso atenta contra la libertad de expresión del otro, entonces Twitter tendría que hacer lo mismo con la contraparte (lo cual evidentemente no les va a gustar a los últimos). Por otro lado, si Twitter decide relajar las medidas, entonces tanto los «woke» como su contraparte tendrán toda la cancha abierta para atacar a sus adversarios.

    Sin embargo, para que una comunidad funcione necesita tener normas de conducta. Como Hobbes decía, en un estado de anarquía los individuos tienen derecho a todas las cosas (como matar, robar), y ello hacía necesaria la existencia de un soberano para que los individuos pudieran tener sus intereses protegidos y libres de amenazas de sus pares. Evidentemente, Twitter debe tener sus reglas para que la dinámica y la convivencia sea óptima para todas las personas que participan en ella.

    Es evidente que las reglas deberían ser ideológicamente neutras, y deberían garantizar que la integridad de las personas sea respetada en este espacio. Claro, ello incluye combatir los discursos de odio contra las minorías, aunque de igual forma contra quien piense distinto y que, aunque su postura sea muy incómoda, no tenga la intención explícita de atacar o denigrar. No es lo mismo decir «yo opino que una mujer trans no es biológicamente una mujer» (puede ser una postura incómoda sin que tenga una intención explícita de denigrar) que decir «malditas trans, gente desquiciada» o «¡Malditas feminazis perras!». Las reglas deben ser claras y transparentes, de tal forma que todas las personas las entiendan y sepan por qué o bajo qué razón fueron sancionados.

    Claro, el problema de la polarización va mucho más allá de las redes sociales y tiene que ver también con la tolerancia hacia la frustración que tanto hace falta a la hora de exponerse a expresiones divergentes. Si los progresistas consideran que cualquier opinión distinta es discurso de odio o si los conservadores consideran que cualquier opinión que los confronte es cultura de la cancelación entonces estamos en un problema. Necesitamos enseñar a las nuevas generaciones a debatir y a defender sus ideas de una forma civilizada, sin que las opiniones distintas impliquen necesariamente un agravio y la gente pueda, a partir del disenso y el debate, enriquecerse intelectualmente en vez de refugiarse en su burbuja.

    Nos falta aprender mucho de las redes sociales, no sabemos manejarlas y no hemos creado una estructura medianamente al respecto, y si Elon Musk quiere contribuir a la democracia como él insiste, entonces debería tratar de conocer el problema de fondo, sumergirse en toda la literatura existente al respecto para comprender de mejor forma un fenómeno que necesita ser abordado en su complejidad y que requiere abordajes más complejos que el simple hecho de relajar las reglas. Puede que Musk tenga buenas intenciones, pero el camino al infierno está pavimentado de ellas, y si decide rediseñar Twitter sin profundizar en esta complejidad, el resultado podría ser bastante contraproducente y nocivo.

  • 10 de abril, el día nacional del atole

    10 de abril, el día nacional del atole

    La revocación de mandato es una trampa discursiva.

    El concepto de democracia está estrechamente relacionado con la idea de la participación. En una democracia, los ciudadanos están en mayor capacidad de participar en el ámbito político y público. Ahí, los ciudadanos eligen a sus gobernantes, tienen derecho a expresarse sobre su gobierno, a manifestarse, e incluso a organizarse para poder incidir en lo público.

    Bajo esta idea, el hecho de que haya consultas donde la gente participe podría pensarse como una extensión de la democracia. En este régimen hay más consultas que nunca: la gente participó en la consulta sobre el aeropuerto, la sanción a ex presidentes corruptos y ahora la revocación de mandato.

    Pero la participación no es un tema meramente cuantitativo (pensar que se es más democrático si se participa más) sino cualitativo. Importan mucho la forma en que estos mecanismos están diseñados, en qué contexto ocurren, quién los empuja y para qué propósito.

    Es decir, no se trata de que participes más veces, sino que dicha participación tenga una incidencia real sobre lo público y lo político. El problema es que esto no se cumple en ninguna de las consultas que ha lanzado el gobierno:

    En el caso de la consulta del aeropuerto, el diseño de la consulta estaba especialmente preparado para que ganara la opción que el régimen deseaba. En el caso de la consulta a juicio a ex presidentes, no solo se sometió algo que tendría que ser sancionado por la ley (la justicia no se consulta), sino que, al día de hoy, ni siquiera han entregado resultados. Ocurre lo mismo con la revocación de mandato. El régimen ya conoce de antemano cuál va a ser el resultado. Lo que me importa no es siquiera éste, sino el número de personas que irán a votar: por ello llevaron a cabo una gran movilización en medio de actos francamente ilegales. El régimen ya tiene su narrativa preparada para cualquier escenario posible: congratularse del gran apoyo que tiene el régimen,culpar al INE o hasta clamar fraudes en el improbabilísimo caso de que AMLO perdiera el ejercicio (que de todos modos no sería vinculante).

    En este sentido, la expresión ciudadana se traslada de la opción que marca la boleta, al hecho de participar o abstenerse. Si al régimen (quien es objeto de evaluación) le preocupa el volumen de votantes, entonces lo consecuente es que los opositores decidan abstenerse para que el régimen no pueda cumplir su cometido.

    Toda participación ciudadana de la que el régimen no tenga control es objeto de profundo desprecio por parte del oficialismo. La participación sólo es válida cuando es el régimen en el poder es el que la articula. Un claro ejemplo de ello es lo que ocurrió en el CIDE, donde, de forma inteligente y aprovechando el clima político, la comunidad decidió llevar a cabo su propia consulta para revocar al director impuesto. El 94% se manifestó en favor de revocarlo, pero el régimen no se interesó en lo más mínimo e hicieron mutis. ¿Por qué? Porque la consulta no fue organizada desde el poder, ni para satisfacer las necesidades del poder, y porque los resultados no benefician a sus intereses.

    Por eso es que es completamente legítimo no participar y abstenerse. Porque es desde la abstención o no abstención donde el ciudadano puede ejercer más influencia sobre lo público, y no sobre la idea de elegir si AMLO se queda o se va, porque ya se sabe cuál va a ser el resultado, y en el improbable resultado de que perdiera, este no sería vinculante.

    Por cierto, el título de esta publicación se lo debo a @Patricia_Sanez, a quien se le ocurrió.

  • AIFA, el aeropuerto clasista

    AIFA, el aeropuerto clasista

    Imagen: cuenta de Facebook del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles

    Cuando se canceló el NAIM, se nos argumentó que las mayorías no iban a utilizar el aeropuerto por el simple hecho de que no viajan en avión.

    De pronto, con el AIFA, la afirmación fue la contraria: «este es el aeropuerto del pueblo».

    No hay sustento para hacer esta afirmación. Tanto en el caso del NAIM como el del AIFA quienes lo construyeron fueron albañiles, trabajadores, pintores, profesionistas, ingenieros, y gente que conforma un amplio espectro de la sociedad mexicana.

    La afirmación se hace porque el régimen dice ser representante de la voluntad popular, todo lo que pasa por él, en un sentido «pseudo-rousseauniano turbo-recargado», es el pueblo, y todo lo que no pasa por él, es ajeno a éste (a esos los llama conservadores, neoliberales, fifís).

    El aeropuerto del pueblo tiene que ser austero, nos dicen, pero la interpretación que se hace de la palabra «austeridad» es muy vaga y pobre. Austeridad implica hacer mucho con poco, no degradar la calidad en aras de reducir el gasto (esto último incluso hasta podría entrar en cuestionamiento porque al costo del AIFA habrá que sumar el costo de la cancelación del NAIM).

    Lo que entregó el gobierno el día de hoy fue un aeropuerto regional que tal vez allá algún día en el futuro va a ser un aeropuerto internacional. De algo sirve, es mejor a nada, paliará un poco la congestión aérea que vive la CDMX, parte de su futuro dependerá de lo que se haga en los años subsiguientes y de las necesidades de mercado de las aerolíneas, pero es evidente que su utilidad es bastante menor al aeropuerto cancelado por los diversos problemas de origen (muchos de ellos conceptuales, improvisación y falta de planeación) y tiene muchas deficiencias que no se han solucionado.

    Si hubiera sido planteado como un aeropuerto regional tal cual no sobrarían las críticas sobre la estética o los alcances del aeropuerto: algunos dirían que se trata de un aeropuerto sencillo, sin mayores ambiciones, que no es horrendo a la vista (a comparación de algunos aeropuertos regionales del país), con algo de tecnología y que le falta varias cosas por mejorar. Lo que hace ruido es que, en el papel, sería un aeropuerto internacional (y así lo venden porque hay un vuelo a Venezuela que se sacaron de la manga) y, peor aún, uno que sería la sustitución del ambicioso NAIM cuyo único pecado, al parecer, fue que se comenzó a construir en el sexenio de Peña Nieto. Ahí, en las comparaciones estéticas y de alcance, el contraste es grosero. Lo que pudo ser un gran hub para el país, se convirtió en un parche, en una obra sin terminar.

    Y si se dice que es el aeropuerto del pueblo, entonces parecería decirse que el pueblo merece poco. Ahí entra la trampa discursiva. El NAIM es ambicioso, una obra de Sir Norman Foster, uno de los arquitectos más prominentes del mundo, ahí el aeropuerto es solo para los ricos; y como el AIFA es austero, sencillo, improvisado, ahí el aeropuerto es para el pueblo, pero el AIFA no está abriendo los vuelos de avión a nuevos mercados ni está logrando abaratar los precios para que gente que antes no podía costearse un vuelo en avión ahora pueda hacerlo.

    La narrativa entonces sugiere eso: el pueblo merece un aeropuerto barato e improvisado, y dicha narrativa es clasista. Como el pueblo tiene carencias y no tiene recursos, entonces merece solo cosas sencillas y medio jodidas. Quien funge como real soberano (el régimen) y que dice representar al pueblo, hace su distinción de élite en la inauguración. Ahí no estuvo el pueblo, ahí estuvieron los militares, los empresarios oligarcas que se benefician del régimen. Ahí queda la clara distinción entre élite y pueblo, tal como fábula de La Rebelión en la Granja.

    Una de las puestas en escena fue utilizar al mismo pueblo, a la señora de las tlayudas, al que vendía las garnachas, personas que trabajan duro día a día para llevar sustento a casa, como una estrategia para incitar a que algunos opositores expresaran alguna cosa clasista y así poder descalificar a la oposición. Siendo realistas, el clasismo abunda en México y no iba a ser difícil que algunos incautos cayeran en la estrategia y justo eso fue lo que ocurrió.

    Evidentemente esos discursos son despreciables y los propios opositores deberían señalarlos y repudiarlos. Sin embargo, en lo que no se repara es que la estrategia del propio gobierno, de utilizar a esta gente como carne de cañón, es también un acto igualmente clasista y despreciable, por más se trate de disfrazar con una narrativa que apela al pueblo.

    El clasismo del régimen y del aeropuerto como símbolo del régimen es ese. Aquello que llaman pueblo es simplemente un accesorio para mantener su poder: lo usan, lo explotan, hablan en su nombre, les hacen sentir que su voz vale en las consultas previamente calculadas, les dan beneficios a cambio de lealtad, pero en realidad no les importa. Lo único que siempre desearon es el poder, ese que tanta hambre les da. Tanto, que son capaces una y otra vez de pisotear el orden institucional para salirse con la suya.

  • El grito, las barras y las directivos que tratan a los aficionados como tontos

    El grito, las barras y las directivos que tratan a los aficionados como tontos

    El grito, las barras y las directivos que tratan a los aficionados como tontos

    El futbol es un negocio, y en sí no hay nada malo en ello. El problema viene, claro, cuando hablamos de la ética en los negocios. Ahí cambia todo.

    Los directivos y los dueños del futbol en México tienen un problema, y es que creen que los aficionados son idiotas y, por tanto, se les puede tratar como tal.

    Creen que, como muchos aficionados no son gente «refinada» (de acuerdo a sus estándares), con estudios de posgrado, se van a tragar cualquier cosa que le den. Vaya, se trata de una postura clasista donde ellos se ven como los hombres de altura y los aficionados son una suerte de seres primitivos que pueden ser educados como perros de Pavlov.

    Y, debido a ello, creen que pueden entregar un producto mediocre al aficionado. Al cabo es conformista, creen; al cabo no va a dejar de ver el futbol porque es, para muchos, una escapatoria a la realidad.

    Pero la gente se da cuenta…

    Hace unos años, en este afán de promover la inclusión y el ambiente sano en el futbol, la FIFA decidió que había que extirpar el grito homofóbico de los estadios, la Federación se asustó y se vio obligada a tomar medidas. Claro que el mensaje se enturbia pensando en que los dos últimos mundiales las sedes son gobernadas por regímenes homofóbicos (Rusia y Qatar).

    Naturalmente, esta decisión creó mucha polémica, no solo porque era una suerte de símbolo para los aficionados, sino porque a mucha gente no le quedaba claro que el grito fuera homofóbico, y es que la palabrota esa (put0) puede significar varias cosas. Ciertamente, se utiliza para señalar de forma despectiva a los hombres que tienen una preferencia sexual por las personas de su mismo sexo, pero también se usa con otros fines ajenos a la orientación sexual: por ejemplo, decir que alguien es cobarde.

    Recuerdo que allá por los años noventa, Molotov defendía su canción (cuyo nombre es esa palabrota) con ese argumento: no estamos atacando a los gays, nos referimos a la gente cobarde. La palabrota es polisémica, es decir, tiene varios significados. Ciertamente, también puede existir una asociación entre los significados (se dice que el cobarde es joto o maricón) pero no necesariamente implica que la palabra se usa con el fin de denigrar a la comunidad homosexual.

    Y pues tendríamos que entrar en la cabeza de los aficionados para determinar la «homofobia» de la palabra, porque si tiene varios significados, el uso que se le da solo se puede determinar con la intencionalidad. Estoy seguro que en algunos de los gritantes el grito tiene algún matiz homofóbico, pero seguramente en otros no.

    Los directivos, asustados porque, de repetirse el grito, la selección se quedaría sin mundial y, por tanto, ellos sin negocio (que es lo que realmente les importa), emprendieron toda una campaña para erradicar la palabrota de los estadios. En dado caso, lo que tocaba era explicar a la gente que el uso de esa palabra puede tener una connotación homofóbica que discrimina a otras personas por su orientación sexual y que ello tiene una implicación en las vidas de esas personas, que el futbol es un deporte de sana convivencia donde todas las personas caben, pero casi ni lo intentaron.

    En cambio, los directivos optaron por tratar a la gente como tonta. Hay que decirles que nos vamos a quedar sin mundial, que no vas a poder ver al «tri de mi corazón» llegar por fin al cuarto partido tan soñado, hay que crear eslóganes tontos como «grita México». Hay que poner a sus ídolos en la tele para que les pidan que ya no digan el grito, al cabo como son sus ídolos los van a obedecer. Pero eso no pasó.

    La gente se dio cuenta sin problema alguno que lo que preocupaba a los directivos era el negocio. Ahí se dieron cuenta de que tenían un gran poder: pueden chantajearlos, pueden usar el grito para joder los intereses de los directivos, aunque nos quedemos sin mundial.

    Luego vino el problemota de Querétaro. Era la prueba de fuego. ¿Qué importaba más? ¿El combate a la violencia o el business? Al aficionado le quedó claro que lo segundo. Los aficionados, con la incertidumbre sobre si hubo muertes, en medio de una desconfianza institucional de la cual también eran presos los opinadores, cronistas y comentaristas del futbol, vieron cómo los directivos tomaban decisiones tibias: no vamos a prohibir las barras, sólo vamos a impedir que viajen a los partidos como visitante (algo que ya se había hecho en el pasado). Los aficionados, seguramente asustados por su seguridad y porque no les fuera tocar algo así a ellos, pidieron medidas contundentes que nunca llegaron.

    ¿Y por qué la Federación nos exige no decir la palabrota mientras que para combatir la violencia toman medidas a medias? A la gente le parece muy incongruente. Si lo que importa es la integridad de la gente, entonces tendrían que ser aún más contundentes en el segundo caso, porque lo que está ahí en riesgo es la vida de los demás. En esa relación causal, los aficionados se dieron cuenta de que había otro mecanismo que conectaba las variables y que no era procurar el bienestar de la afición, ese otro mecanismo llamado negocio.

    Ahora, en redes sociales, están llamando a gritar la palabrota en el partido México vs Estados Unidos. A los hombres de negocio se les puede revertir por haber cometido el pecado de tratar a la gente como tonta.

  • Tolerancias y destolerancias. La 4T, Rusia. el 3er Reich en una caminata por la CDMX

    Tolerancias y destolerancias. La 4T, Rusia. el 3er Reich en una caminata por la CDMX

    Tolerancias y destolerancias. La 4T, Rusia. el 3er Reich en una caminata por la CDMX
    Fotografía propia

    Este domingo hice una exhaustiva caminata por la CDMX. Llegué a la estación Pino Suárez, de ahí al Zócalo, luego caminé por la Juárez hasta Reforma, de ahí al Ángel y posteriormente crucé la Roma y la Condesa donde rento el cuarto donde actualmente estoy viviendo.

    En esas andanzas, en las que platico solo con mi mente, observé muchas cosas que me llamaron la atención. Muchos contrastes.

    El primero ocurrió al llegar al Zócalo. No podía encontrar el mejor ángulo de Palacio Nacional para tomar una fotografía porque habían varias mantas donde se exhibían a los «enemigos del pueblo», es decir, a aquellas personas opositoras al régimen de López Obrador. Claudio X González aparecía en letras grandotas. Ahí también estaban Carlos Loret de Mola, Enrique Krauze, Lorenzo Córdova, Brozo y hasta Carmen Aristegui. Ellos son los enemigos de la nación.

    En esta expo mitad linchamiento, mitad alabanzas al Presidente, se vendían también muñecos de López Obrador, banderas que decían «AMLO, no estás solo», vaya, al igual que venden crucifijos afuera de las Iglesias. Ahí habían mantas de la reforma eléctrica, de la revocación de mandato (que llaman ratificación) y hasta uno que decía que AMLO es el mesías.

    Puede ser una imagen de 1 persona
    Fotografía propia.

    Pero la vendimia era lo de menos, abundaba la presencia de «activistas» con su megáfono haciendo cánticos y porras a López Obrador: «no estás solo», «es un honor estar con Obrador». Habían «oradores» hablando de la «prensa chayotera». Todo frente a un Palacio Nacional que no había estado tan cercado ni en tiempos de Peña Nieto. Ahí el primer contraste.

    Pero la exposición no terminaba ahí. A lo largo de la calle Madero y posteriormente la Avenida Juárez hasta llegar a Bellas Artes estaban varios grupos apoyando a López Obrador y denigrando a los opositores. El centro estaba más sucio que de costumbre. La insistencia de los activistas denotaba desesperación del régimen. Era necesario movilizar a la gente por todo el centro para dar a entender que la gente apoyaba a López Obrador quien estaba siendo «atacado» por una oposición corrupta que no quería perder sus privilegios.

    Entré al museo Memoria y Tolerancia. Muy buen museo, necesario para recordar a la gente de las atrocidades que ha cometido el ser humano para que no vuelva a repetirlas. Los admiradores de Putin (algunos ultraderechistas, otros ultraizquierdistas y otros obradoristas) deberían visitarlo. Ahí estaban la historia de los nazis, el gobierno de Ruanda y muchos otras historia de genocidios. Ese llamado a la concordia contrastaba con el activismo oficialista fuera del recinto que era básicamente un ataque a quienes no estaban de acuerdo con el gobierno.

    Puede ser una imagen de interior
    Vagón original (restaurado) que fue utilizado para llevar a los judíos a los campos de concentración. Fotografía propia.

    Y es que, según Oráculus, el agregador de encuestas, López Obrador perdió algo así como entre 8 y 10 puntos de popularidad después del escándalo de su hijo José Ramón. Incluso el descalabro puede ser mayor en tanto otras encuestas se publiquen y se agreguen a este modelo. 8 puntos no es una cantidad despreciable, es para preocuparse (y se nota, por eso todo el merequetengue en las calles del centro). Sin embargo, la aprobación de López Obrador sigue siendo positiva (más de 50 puntos) y a estas alturas del sexenio, AMLO es más popular de lo que fueron todos los presidentes desde Ernesto Zedillo.

    Pero AMLO y los suyos saben que si pierden más popularidad ello sí puede ser un problema. Por eso están preocupados, porque la oposición por fin supo cómo golpear su narrativa que parecía mantener al Presidente inmune a críticas.

    Luego me dirigí a Reforma, no sin consultar de vez en cuando mi Twitter para ver las nuevas sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia. Ahí en el Ángel de la Independencia había un joven criticando, al parecer, el silencio del gobierno quien tardó en declararse en contra de la invasión de Rusia.

    Puede ser una imagen de 5 personas, personas de pie y monumento

    Fotografía propia

    Si algo me llama la atención es que las guerras son cada vez más impopulares. Pareciera que los humanos hemos aprendido, progresivamente, a resolver nuestros conflictos de forma cada vez menos violenta. La gran mayoría de los ciudadanos occidentales (con excepción de esos «despistados») ha desaprobado contundentemente las acciones de Putin quien es visto como un tirano, e incluso algunos rusos han salido a las calles a manifestar su oposición a la guerra.

    No es la primera vez. Algo parecido ocurrió cuando Estados Unidos invadió Irak. La desaprobación de los ciudadanos de los propios países aliados (e incluso de los mismos estadounidenses) fue alta. Hacer la guerra (a menos que se trate de una defensa a un ataque previo) tiene un costo político cada vez más alto. Ni con su máquina de propaganda (RT Noticias y algunos «chayoteros» en varios países, uno de ellos el nuestro) han logrado imponer su narrativa. Ya ni porque ante las medidas tomadas por YouTube o Twitter están inundando de propaganda redes sociales de países «un poco más amigos» como TikTok. Ese liberalismo que parecía quedar semienterrado ha resucitado. Ante la amenaza, la gente se acordó de las democracias, la libertad y los derechos humanos.

    Así, seguí caminando. Paseo de la Reforma es una avenida muy bella, muy peculiar y majestuosa. Es una avenida imponente. Lo único triste del recorrido (tanto en el Centro, como en partes de Reforma, en la Roma y en la Condesa) son las cicatrices del terremoto. Ahí todavía hay edificios abandonados que con trabajo siguen en pie y no han sido demolidos. No son los suficientes como para afear el paisaje pero no son lo suficientemente pocos como para pasar desapercibidos. Ahí estaba el edificio El Moro (el de la Lotería Nacional) que, aunque de pie y habilitado, tiene algunas cuarteaduras y grietas que, a más de 4 años del sismo, no han sido reparadas. En la Condesa hay algunos edificios que siguen siendo demolidos para construir otros e incluso otros con graves cuarteaduras que siguen en pie.

    Puede ser una imagen de 5 personas y al aire libre

    Fotografía propia.

    Dentro de la tragedia y el dolor que significó el terremoto, todos lo recordamos también por la unión y solidaridad que, en ese entonces, mostraron los ciudadanos de nuestro país. Un breve momento en el cual las clases sociales, el género, las ideologías y demás diferencias parecieron no importar. Y es que, en momentos amenazantes, muchos antagonismos son capaces de unirse (aunque sea temporalmente) para solucionar un problema mayor.

    Así terminó mi larga caminata (10 km aprox). Algo cansada, pero reflexiva. Todos los contrastes de la Ciudad de México están ahí llamando tu atención todo el tiempo.

  • En contra de la malicia

    En contra de la malicia

    En contra de la malicia

    Más de una vez me han dicho: «Álvaro, deberías tener más malicia».

    Siempre he estado rotundamente en contra de esa sugerencia y siempre lo estaré.

    No es lo mismo tener malicia que saber defenderse. Tener malicia implica que, si en una comunidad es común que la gente saque ventaja de otras o se meta la pata, tú debes jugar al juego si no quieres que te jodan y puedas sobrevivir en el ambiente.

    ¿Por qué se hace sugerencia? Es simple, por desconfianza.

    Si la gente desconfía de sus pares, entonces adoptará mecanismos a través de los cuales buscará protegerse. La malicia implica cierta proactividad (y no en el buen sentido), porque si las demás personas juegan al juego, si tú quieres destacar y quieres crecer en ese ambiente, entonces debes embarrarte en el lodo.

    Pero esta dinámica implica un problema de acción colectiva ya que un ambiente en el cual todos tienen que proteger sus espaldas y atacar, la cooperación se vuelve mucho más complicada y ello tiene consecuencias nefastas no solo a nivel micro (en mi persona o mi lugar de trabajo) sino en el macro: en la sociedad, país o región.

    América Latina es la región del mundo (sí, por encima de África) donde la gente desconfía más de los demás: no solo de los desconocidos, sino de su familia inclusive:

    Para que existan instituciones fuertes y justas en una sociedad, la cooperación es muy importante. Si la gente no confía en los demás y no está dispuesta a cooperar, entonces dicha sociedad tendrá instituciones débiles e injustas.

    Si la gente considera que las instituciones son débiles e injustas, entonces será más proclive a saltárselas para sobrevivir. Si apegarme a la ley y a las instituciones no me funciona para satisfacer mis necesidades entonces tengo que brincármelas. Si en el nivel personal hay que «embarrarse en el lodo», a nivel macro habría que hacer lo mismo, tengo que «jugar al juego».

    Dicho esto, podemos asumir que si en una sociedad la gente desconfía de los demás, no podrá construir instituciones sólidas y por lo tanto no podrá confiar en ellas. Los datos en este sentido son reveladores. América Latina también es la región que menos confía en sus instituciones.

    América Latina es la región que menos confía en el Congreso, en las elecciones, en el gobierno, en la justicia, los partidos y la policía. Esta relación entre confianza personal e institucional es consistente en todas las demás regiones con excepción de Asia Oriental, donde la gente confía más en las instituciones que en las personas.

    No tener instituciones fuertes es un gran problema, de acuerdo con Van der Meer, la confianza política funciona como el pegamento que mantiene el sistema integrado y como el aceite que lubrica la maquinaria política. La confianza política e institucional permite promulgar legislación controversial que sea positiva para la sociedad (por ej, medidas impopulares que beneficiarán a la gente en el largo plazo), participación en las urnas, disposición para pagar impuestos y apoyo en asuntos internacionales.

    La confianza política e institucional es importante para el desarrollo, ya que da más certidumbre a las personas que deseen poner un negocio o invertir en un país. Es revelador el estudio que hizo Robert Putnam en Italia donde descubrió que en la región norte, ahí donde hay más prosperidad económica y mayor participación ciudadana, existe una mayor confianza interpersonal que en la región sur, menos próspera, con relaciones políticas más clientelares y donde precisamente surgieron las mafias italianas.

    La cuestión es que se trata de un círculo vicioso:

    Si no confío en las demás personas ni en las instituciones entonces tendré incentivos para «tener más malicia» y pasarme las leyes por encima. Pero si decido tener «más malicia» y decido pasarme las leyes por encima, entonces estoy cooperando para que exista menos confianza interpersonal e instituciones más débiles que hagan que más personas decidan hacer lo mismo.

    Como bien afirman Nathan Nunn y Leonard Wantchekon, los efectos culturales de la desconfianza pueden expandirse a lo largo de los años, como descubrieron en África, donde las regiones donde existía mayor comercio de esclavos tienen mayores niveles de desconfianza interpersonal (el comercio de esclavos hacía que la gente desconfiara más de sus pares y estuviera menos dispuesta a cooperar con ellos ya que podían ser vendidos como esclavos por sus amigos o familiares). Evidentemente, en América Latina existen razones históricas que explican la desconfianza interpersonal (por ejemplo, la colonización), pero ello no quiere decir que uno no pueda hacer nada ni poner su grano de arena:

    Romper esa idea de la malicia no implica ser ingenuo ni dejarse «tragar por el sistema». Posiblemente le dé al individuo, en el corto plazo, más réditos ser «malicioso» que aprender a defenderse manteniendo sus valores y principios personales, pero en el largo plazo será una persona más honorable y sabrá que habrá puesto de su «de su parte» para contribuir con una mejor sociedad.

    Al final, tener malicia implica perpetuar aquello que no nos gusta: una sociedad injusta, con instituciones que no funcionan bien y donde las personas se sienten inseguras en su relación con las otras.

  • El aspirante a dictador

    El aspirante a dictador

    El aspirante a dictador

    A ningún político le parece cómoda la prensa. Todos, en mayor o menor medida, la detestan.

    La presencia de la prensa les quita poder y margen de acción. En cualquier momento puede acechar, y la ansiedad puede ser mayor cuando el político sabe que ha hecho cosas lo suficientemente cuestionables como para que lo sepa el público.

    Pero la diferencia entre un presidente democrático y un autoritario tiene que ver con la forma con que reacciona a estos embates. Claro que es cuestión de matices. Algunos políticos pueden dejar de anunciar su propaganda gubernamental en los medios que cuestionan al gobierno (algo que hacía mucho el PRI, por poner un ejemplo), otros presionaban a empresarios de medios para que removieran a un periodista incómodo, como ocurrió en el gobierno de Peña Nieto cuando Carmen Aristegui dio a conocer la investigación de la Casa Blanca en MVS, en otros países los encarcelan o hasta los matan.

    El problema es que López Obrador ha ido más allá de los excesos de gobiernos anteriores. Desde un principio, él hizo de los ataques a la prensa una forma de hacer política. Él y los suyos argumentaban que no estaban censurando a nadie, que él también tiene derecho a criticar. Pero, ciertamente ello lo hacía desde una postura ventajosa (el púlpito del poder) y a sus ataques iban acompañados de una campaña de desprestigio en redes a través de «influencers orgánicos», activistas y bots. Se trataba de una forma de desprestigiar a la prensa y restarle autoridad moral a su voz sin decir que la están «censurando» de forma coercitiva.

    Pero la diferencia entre un presidente democrático y uno autoritario se muestra cuando éste se siente amenazado o acorralado. La reacción deja entrever su talante. Un presidente democrático se va a enfurecer, no me cabe la menor duda, pero ese enfurecimiento no atentará contra la libertad que tienen otros de opinar. Posiblemente los cuestione o hasta haga un berrinche, pero no más.

    López Obrador ha recibido varios golpes mediáticos (con fundamentos, cabe decir) que han afectado su imagen y han afectado aquello que lo sostiene en el poder con altos niveles de aprobación y que es, a su vez, su talón de aquiles: su narrativa. Que su gobierno es honesto, que está llevando a cabo una transformación, que ya no habrá corrupción.

    Le duele porque la máxima aspiración de López Obrador es convertirse en una suerte de personaje histórico: quiere que le recuerden como a Hidalgo o Juárez, y la narrativa es un activo muy importante para ello. No solo se trata de lo que hace, sino de lo que dice que se hace. La narrativa no solo es un instrumento de poder (que desde luego lo es), sino un mecanismo de autotrascendencia histórica. López Obrador sin narrativa no es nada ni es nadie. Su narrativa es lo que lo diferencia(ba) de los demás políticos, la que le daba ese aura mítico que hace que sea admirado por tantos (o ya no tantos).

    Y siempre hay algo peligroso en aquellas personas que llegan al poder esperando pasar a la historia, porque su ambición es muy grande y la amenaza ante dicha ambición puede ser muy violenta: sienten que tienen mucho que perder.

    La reacción de López Obrador frente a Loret de Mola quien exhibió una investigación de Mexicanos contra la Corrupción es muestra de esa reacción violenta y autoritaria. Exhibir cuánto dinero gana un periodista (más allá de que esos datos sean verdaderos o no) es una flagrante ilegalidad. Lo que gana una persona en el ámbito privado y de forma legal no es de interés público. Que el gobierno lo revele y exhiba públicamente con fines políticos es un atentado contra los derechos y la privacidad del individuo que es víctima.

    Por más que pretendan mostrar a Carlos Loret de Mola como victimario para asumirse como víctimas y desde esa postura acallar a las voces críticas, la realidad es que la asimetría de poder entre el periodista y el poder político es muy grande, sobre todo si hablamos del Presidente que ha ostentado mayor poder desde hace décadas, que tiene mayoría en las cámaras y cuya ambición es aniquilar todos aquellos sectores del Estado que guardan autonomía y que el ejecutivo no puede controlar.

    Que se diga que hay intereses detrás de Loret de Mola no es ningún atenuante. Que exista algún interés (aunque ciertamente no han sabido decir exactamente cuáles son) no quita derecho alguno al periodista a expresar su opinión. Que caiga bien o mal tampoco marca diferencia alguna. La libertad de expresión es para todas las personas y no solo para aquellos que el gobierno considere «libres de intereses» (que suelen ser aquellos que están alineados con el gobierno).

    La frase «aspirante a dictador» que acuñó el propio Loret podrá parecer exagerado a algunos, pero lo cierto es que lo que AMLO hizo en la mañanera es un desplante más relacionado con los dictadores y el autoritarismo que con la democracia. Lo que hizo es un atentado en contra de la libertad de expresión y contra los derechos elementales de un periodista quien, además, se sentirá preocupado de que esa campaña de linchamiento desde el poder (de la cual también ha sido víctima Carmen Aristegui) pueda convertirse en un riesgo contra su integridad o pueda motivar a alguien a hacerles algún daño.

    Y ciertamente, como el propio Loret de Mola comentó, ¿qué va a pasar con los periodistas de menor relevancia? Ciertamente, atacar a Loret puede (y está teniendo) un costo político para el régimen. ¿Qué va a pasar con aquellos periodistas que son menos conocidos? Lo preocupante es que por más amenazado se sienta el régimen, más tentado se verá a atentar contra los derechos de los demás y de formas más violentas.

    Claro que tenemos que estar preocupados, la democracia está en peligro, el derecho a la libertad de expresión también (que ya de por sí ha estado siempre amenazada por la delincuencia en sus diversas expresiones). Las pulsiones autoritarias contra instituciones y personas son cada vez más explícitas. La frase de «aspirante a dictador» ya no suena tan descabellada.

  • Roberto Palazuelos, la apuesta del partido naranja por un candidato naranja

    Roberto Palazuelos, la apuesta del partido naranja por un candidato naranja

    Roberto Palazuelos, la apuesta del partido naranja por un candidato naranja

    Las candidaturas de Roberto Palazuelos y Samuel García (hoy gobernador) son muy rentables a corto plazo. Nadie puede desdeñar lo que dos gubernaturas significan.

    Candidatear a Roberto Palazuelos tiene diversas ventajas. El hecho de que es una figura pública hace que no sea necesario hacer tanto trabajo de posicionamiento. Mucha gente ya sabe quien es, lo ha visto en telenovelas, en la farándula.

    También es alguien cuya imagen está relacionado con los negocios, el turismo y la playa. La mayor parte de la población de Quintana Roo se concentra en las ciudades playeras. Palazuelos conoce esos ambientes y puede presentarse como alguien que apueste por el turismo y la inversión. Es un típico macho alfa, mirrey, bronceado, ganador, apuesto. Y no solo eso: es famoso y es admirado. No sabrá de política pero le sabe al negocio, sabe cómo generar dinero, dirán algunos.

    Pero pensando en Roberto Palazuelos como inversión a largo plazo, las cosas se complican.

    Es cierto que, en caso de que Palazuelos gane la elección, Movimiento Ciudadano tendrá tres gubernaturas, lo cual no es despreciable en lo absoluto y es una muestra de que al «partido naranja» ya no se le puede tratar como «partido chiquito». Sin embargo, el posicionamiento del partido ante la población es muy importante, y candidaturas como las de Palazuelos o Samuel García pueden lacerar el valor de la marca.

    Movimiento Ciudadano había hecho un esfuerzo para distinguirse de los «partidos de siempre». No fue en alianza con el PRI-PAN-PRD en el 2021 ni lo hará en 2024, sino que contendió por cuenta propia. Es cierto que esa postura de MC había recibido críticas, pero también era una forma de decir que era diferente a esos partidos que recibieron el voto anti AMLO no por su prestigio sino porque fungieron como mero receptáculo. Al deslindarse, MC daba el mensaje de que se trata algo diferente no solo de MORENA sino de los otros partidos «perdedores».

    MC también tenía la oportunidad de presentarse como una opción de «centro-izquierda moderna y moderada» que apela a los sectores urbanos, algo mucho más similar al Partido Demócrata (de Estados Unidos) que al populismo latinoamericano. Uno de esos partidos que habla de los derechos de las mujeres y la inclusión, pero que, al mismo tiempo, da certidumbre a la inversión. Desde esa postura, uno pensaría que MC se ubicaría como un tercero que podía contrastar con los otros dos. Es decir, MC podía aspirar a fungir como la oposición tanto del régimen como de la partidocracia deslegitimada.

    Además, MC cuenta con un «arsenal mediático» compuesto por algunas empresas de mercadotecnia política que residen en Jalisco mayormente y que saben cómo posicionar candidatos y presentarlos ante el electorado. Con ayuda de estas empresas, MC supo posicionar a Enrique Alfaro como candidato para el Estado de Jalisco (perdió por muy poco), para la alcaldía de Guadalajara (ahí ganó) y para el Estado de Jalisco de nuevo (ahora sí ganó). Las campañas eran de alguna forma congruentes con esa imagen de centro-izquierda. Ciertamente, el partido atenuaba algunas posturas con fines electorales (ej, el aborto) pero en sí no existía contradicción alguna (que la pueda haber en su gobierno es otro boleto).

    Sin embargo, con el tiempo MC ha ido tirando a la borda ese factor diferenciador. La imagen de Samuel García ya comenzaba a chocar un poco con la postura ideológica de MC que iba quedando en un segundo plano (aunque tampoco es como que hablemos de una figura que sea muy de derechas), pero ciertamente con Roberto Palazuelos la contradicción se vuelve grosera. ¿Que vá a saber de inclusión o derechos humanos un «mirrey» que es acusado de machista y clasista y que puede presumir haber participado en el asesinato de dos personas (él se defiende afirmando que fue un acto en legítima defensa)?

    Pero si MC no tiene consistencia ideológica, al menos podía mostrar ser diferente a los demás partidos en sus formas. Las candidaturas de Roberto Palazuelos y la del hoy gobernador Samuel García muestran lo opuesto: que MC, como «los partidos de siempre» está dispuesto a utilizar personajes frívolos o artistas de la farándula para ganar elecciones.

    Ello también podría ser un factor de desilusión para aquellos perfiles valiosos con una visión programática y que podrían ver a MC como una opción para entrar a la política (como llegó a pasar en Jalisco).

    Las gubernaturas ahí las tiene, pero la gente comenzará a ubicar a MC como uno «de los partidos de siempre» y ello en algún momento le podrá pasar factura, igual como le ocurre hoy al PRI y al PAN, con la diferencia de que el «partido naranja» no tiene las estructuras ni el abolengo que tienen los otros dos partidos.