La triste historia de un niño bueno

18 diciembre 2017

Juan creía que era bueno, siempre complacía a los demás y vivía de los demás, pero vivía en la tristeza porque la vida no le daba nada bueno. Pero Juan estaba equivocado.

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Juan, la historia del niño bueno que vio que nada bueno le llegó

Una buena persona no es aquella que no es capaz de hacer daño. Una buena persona es aquella que es capaz de hacer daño y decide, por convicción propia, no hacerlo.

Juan se pregunta por qué le va mal en su vida si no le ha hecho daño a nadie. Él piensa que ha sido justo porque trata bien a los demás, intenta no meterse en problemas ni en discusiones que puedan molestar a los demás. Él intenta no participar en aquellos debates de política o religión porque considera que su postura puede molestar a alguien más. De hecho, se preocupa mucho por lo que digan los demás de él y de sus opiniones, no vaya a ser que cause alguna molestia y pueda perder (piensa él) a algún amigo.

Juan se preocupa porque no tiene lo que quiere: le va mal con las mujeres, le va mal profesionalmente y no tiene un proyecto de vida propio porque teme, que al luchar por éste, alguien se pueda incomodar. Teme que sus padres lo vayan a criticar, que sus amigos se vayan a burlar de él y lo vayan a ver como incapaz: ¿quieres poner un negocio, tú? ¿Quieres estudiar esa carrera que no te va a dejar nada? 

De forma inconsciente, Juan piensa que está haciendo todo bien porque hace lo que los demás esperan que haga. Es un subproducto de los paradigmas y los prejuicios de los demás. Vive en la eterna medianía, es alguien del montón, le cuesta mucho trabajo tomar riesgos pero cuando alguien lo necesita ahí siempre está.

Y ahí está siempre porque cree que la única forma de ser apreciado por los demás es quedar bien con ellos, no se ha molestado en desarrollar una personalidad propia y atractiva porque eso implicaría pisar callos, sobre todo los de aquellas personas que podrían reaccionar de forma adversa al ver que el “pobre Juan” se está superando y me siento amenazado que alguien tan inútil, pusilánime y mosca muerta me termine superando. A Juan le da miedo eso y por ello decide seguir viviendo en la medianía. 

Juan ayúdame con esto: claro; Juan tráeme aquello: por supuesto; Juan, ¿te importaría? Sí. Y así Juan intenta una y otra vez complacer a los demás. Cree que es bueno porque le enseñaron que la bondad consiste en no estorbar a nadie, en no molestar a los demás, en ajustarse a lo “correcto”. 

El problema para Juan es que no podemos determinar siquiera si es bueno. Una persona buena es aquella que tiene la oportunidad y, sobre todo, la capacidad de ser lo opuesto, y decide no hacerlo. Un hombre casado sólo puede decir de sí que es fiel cuando la tentación de no hacerlo se le ha postrado enfrente y la ha rechazado. Una persona honesta sólo puedo hacerlo cuando la oportunidad de corromperse o mentir se le ha presentado y ha decidido resistir a la tentación.

A Juan, como es débil, nunca se le presentan esas oportunidades. Ninguna chica lo seducirá porque no es atractivo, no tiene siquiera pareja. Nadie tratará de corromperlo porque nadie cree que pueda obtener algo de él. Hasta les resultaría más rentable corromper a una piedra inerte. 

Tal vez cuando le den algo de poder, cuando le suban un poquito la autoestima, podremos conocer quien es Juan. Y muy posiblemente no termine siendo aquel niño bueno que presumía ser. Porque muy posible el resentimiento que trae dentro, ese que se reprimió y guardó para no causar molestias, saldrá a flote.  

 

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