¿Por qué el mundo está mejor que nunca y la gente piensa que está peor que nunca?

25 agosto 2017

A pesar de los innegables avances en materia de derechos humanos, de salud, de calidad de vida, y de reducción de la violencia, se respira un ambiente muy pesimista.

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¿Por qué el mundo está mejor que nunca y la gente piensa que está peor que nunca?

Vamos a recapitular un poquito. ¿El mundo está mejor que antes?

Bueno, vivimos en el mundo más pacífico de la historia de la humanidad, la brecha entre mujeres y hombres es más estrecha que nunca, la violencia doméstica es cada vez menor y el número de violaciones a mujeres va en picada, cada vez tenemos menos personas dentro de la pobreza extrema, la esperanza de vida es la más alta de la historia y un largo etcétera. Hay datos duros que confirman todo esto.

Sin embargo, en el mismo mundo se vive un ambiente más bien pesimista, como si todo hubiera sido peor que antes. Este vicio no hace distinciones políticas (tanto desde la derecha como de la izquierda se dice que el pasado fue mejor).

Va un ejemplo: Aunque la mujer tiene un papel cada vez más preponderante en la sociedad y el hombre es más feminista que la mujer de hace 15 años, hoy se insiste cada vez más en la opresión del patriarcado. Cierto que todavía no se ha llegado al punto ideal y es cierto que las feministas tienen camino por recorrer, pero no se puede negar todo lo que ya se ha avanzado y los cambios dentro de la sociedad con respecto a este tema. 

Va otro: Hoy más que nunca se habla de la violencia que existe dentro del mundo (excluyo a México porque en nuestro país la violencia ciertamente no ha menguado), se toman como referencia los ataques terroristas en diversas urbe como Europa, pero cuando se suman la cantidad de muertos por año, llegamos fácilmente a la conclusión de que la violencia se ha venido reduciendo de forma dramática. 

Incluso el siglo pasado, que vivió dos crueles guerras mundiales, fue más pacífico que los siglos pasados. Pero la percepción es que no fue así, se pinta al mundo moderno como el más violento, cuando en realidad el ser humano se ha vuelto más pacífico con el tiempo.

Y va otro: Hoy cada vez más que nunca se habla de las injusticias sociales que derivan en la pobreza. Ciertamente, nuestro mundo no es muy justo y tampoco es como que la distribución de la riqueza sea algo para presumir. Pero no se habla mucho de la reducción de la pobreza extrema, de cómo muchos países asiáticos se han enriquecido considerablemente elevando la calidad de vida de sus habitantes. Incluso muchos cuestionan la tesis que sostiene que el mundo es cada vez más desigual.

Ciertamente, falta mucho trabajo por hacer: la violencia y los conflictos bélicos todavía existen; todavía hay un gran porcentaje importante de personas a las que hay que sacar de la pobreza extrema; la violencia contra la mujer no ha desaparecido del todo; de igual forma sucede con la discriminación con las minorías. Pero no, no estamos peor que nunca.

Gracias a la democracia liberal el mundo se ha vuelto más pacífico. Y no sólo si hablamos de guerras externas, sino de conflictos internos, de violencia doméstica e incluso de las actitudes de los individuos (relacionados con el género, raza, religión).

Esto se explica por muchas razones. Steven Pinker, tomando a Immanuel Kant como antecedente, afirma que los regímenes democráticos con un Estado de derecho sólido suelen ser más pacíficos. Primero, porque la opinión pública desaprueba las guerras y su voz tiene un peso mayor que en los regímenes autocráticos y fallidos (hay que recordar el costo político que padeció George W Bush por su decisión de llevar a cabo intervenciones militares en Afganistán e Irak). Segundo, porque en una democracia moderna con un Estado de derecho sólido, los individuos confían en las autoridades y por tanto tienen menos necesidad de resolver sus conflictos de forma violenta. Tercero, porque en las naciones que basan su riqueza en el comercio y el intercambio de bienes, es cada vez más provechoso hacer negocios que conquistar territorios. Cuarto, porque en las democracias que garantizan la libertad de expresión y manifestación, los individuos pueden luchar por sus derechos (no es casualidad que prácticamente todos los avances en materia de derechos humanos de los últimos dos siglos como el combate al racismo, el feminismo, y los derechos de la comunidad LGBT+ se hayan dado dentro de democracias liberales).

Pero las democracias liberales son consideradas más bien las culpables de todos estos males. Los ensayos sobre género hablan sobre el “heteropatriarcado capitalista o neoliberal” (aunque haya sido en gran medida al comercio y a la iniciativa privada que las mujeres empezaron a acceder al mundo laboral), los ensayos de sociología culpan al “neoliberalismo” de la pobreza (aunque la creación de riqueza y el desarrollo de la tecnología, en gran medida desarrollada por entidades privadas, estén sacando a muchas personas de ahí), también la culpan por la violencia y ponen como ejemplo el carácter bélico (menguante) de Estados Unidos. 

Celebremos que somos más pacíficos, pero no celebremos que estemos educando individuos cada vez más débiles de espíritu a los cuales se les enseñó que deben evitar el dolor a toda costa.

¿Por qué, a pesar de todo, existe un ambiente muy pesimista?

Me preguntaría más bien si no se trata de una paradoja: que gracias a todos los progresos en cuanto a riqueza, a la pacificación de nuestra especie, y a los avances en educación y en acceso a la información, nos estemos volviendo una sociedad comodina que ha llevado su aversión al dolor demasiado lejos. 

Celebramos que ya no solucionemos nuestros conflictos por medio de la violencia, pero a la vez nos hemos olvidado de que el dolor y el sacrificio son esenciales en el desarrollo del individuo. Ante una sociedad que busca combatir el dolor a como dé lugar, hemos creado una sociedad muy poco tolerante a la frustración (cuando hablo del dolor me refiero al estrés, al miedo, a postergar placeres). Ya no es raro ver que en algunas universidades algunas personas deseen que se considere el estrés como algo malo: si el estudiante se estresa por sus exámenes, entonces hay que consentirlo y apapacharlo para que no sufra.

Celebremos que somos más pacíficos, pero no celebremos que estemos educando individuos cada vez más débiles de espíritu a los cuales se les enseñó que deben evitar el dolor a toda costa en lugar de enfrentarlo, a los cuales se les dijo que el estrés es indeseable, que la angustia por los exámenes es una forma de opresión.

Celebremos nuestro evidente progreso en cuanto a derechos humanos producto de los colectivos feministas, pacifistas, y demás, pero no celebremos que recurrimos cada vez más a la victimización en vez del empoderamiento. No celebremos que en vez de mejorar la autoestima de quienes se encuentran en desventaja y abrirles más puertas, tengamos que modificar el lenguaje y promover la corrección política para evitar que se sientan lastimados.

Y es natural: una sociedad a la que se le enseñó evitar el dolor a toda costa verá que todo a su alrededor es negativo y sombrío porque es muy sensible al dolor, no sabe cómo enfrentarse a él. Verá las injusticias y los actos de maldad (que ciertamente existen) y determinará que vive en un infierno del cual debe de ser protegido. Por esto se entiende que cada vez más personas sean proclives a caer en las garras del populismo y aquellos regímenes que amenazan con regresarnos a una “etapa anterior” que no conocen porque asumen que el pasado fue mejor, que hoy todo es más violento e injusto.

Ese sí es un peligro latente, más si recurrimos a la dialéctica histórica de Hegel: que ante esta “tesis” liberal, le suceda una “antítesis” muy conservadora y oscurantista. Ver que tanto la derecha como la izquierda nieguen a la ciencia de forma cada vez más constante es algo que sí nos debería de preocupar.

Algunos podrán decir que esta hipersensibilidad es positiva dado que gracias a ella la gente es más sensible ante lo que le ocurre al prójimo. Pero dicha hipersensibilidad más bien paraliza, porque luchar por las causas también implica dolor y sacrificio, el cual muchos no están dispuestos a pagar. Por eso es que el activismo de sofá, ese que sólo consiste en dar likes y firmar peticiones de change.org, está en boga. También dicha condición hace que se victimice a quien sufre como si fuera un pobre diablo: el hipersensible sentirá compasión por la víctima y poco más, no lo verá siquiera como su igual.

El mundo avanza, pero la sociedad es cada vez más pesimista. Este estado paradójico de las cosas, de continuar así, comenzará a provocar una fuerte fricción (dado que dicha condición no se puede sostener por mucho tiempo). Tenemos que alertarlo, tenemos que alertar sobre nuestra pérdida de espíritu, de tesón, tenemos que replantearnos como sociedad, una sociedad de principios y valores, que tenga una identidad, que se forje, que sea más culta (la ignorancia y el exceso de información disponible es otra paradoja), que sea crítica (en vez de criticona), que asuma el dolor no como algo inevitable, sino a partir del cual los individuos se forjen como personas de bien. 

Estamos a tiempo.

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