Heil Trump!

22 Julio 2016

En una puesta en escena parecida a 1984. Donald Trump dio su discurso en la convención del GOP, reafirmando sus impulsos demagógicos y fascistas.

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Hace algunos pocos siglos. Estados Unidos era un país muy corrupto, donde la llegada de la democracia antes de la creación de instituciones fuertes hizo que se conviertiera en el país pionero del clientelismo (no fue el PRI, ni el peronismo, ni algún país latinoamericano, el creador del clientelismo, ni su máxima expresión: fue Estados Unidos). En esos tiempos, los políticos y el gobierno beneficiaban a quienes los apoyaban, por medio de puestos de trabajo, o hasta ¡pavos para navidad! A diferencia de otros países como Grecia o Italia, donde el clientelismo surgió por las mismas razones (la democratización antes de la creación de instituciones sólidas), Estados Unidos superó esa condición entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX.

La superó por dos razones: primero, por el surgimiento de una clase media que quería un espacio dentro del poder y que no quería trabajar por medio de las viejas formas; segundo, gracias al nacionalismo y al amor a un país cuyos ideales están impresos tanto en la declaración de la independencia, como en la constitución. Eso hizo que estos nuevos grupos supeditaran sus intereses al de la nación. Y en parte, por eso, se entiende el patriotismo que existe dentro de Estados Unidos. Pero dentro de ese modelo de sociedad también se encuentra su talón de aquiles, el cual puede ser explotado por un oportunista, y ese oportunista es Donald Trump.

Donald Trump tiene mucho que ver con el espíritu nacionalista de Estados Unidos, pero tiene que ver más bien muy poco con sus raíces o ideales de libertad y democracia. Trump ha llegado para demostrar que el autoritarismo sí tiene cabida dentro de los Estados Unidos. Algunos pensaban que era imposible que en un país donde muchos (sobre todo en su partido) claman por un gobierno lo suficientemente pequeño como para que no se meta en la vida de las personas pudiera surgir un demagogo populista. Trump dio con la fórmula, ahí lo tienen.

Su discurso en la convención del GOP (que acabo de postear aquí) no deja lugar a dudas. Trump está más cerca de Mussolini o del gran hermano de 1984 que de cualquier político estadounidense. Los rasgos fascistoides quedan expuestos en su discurso. Basta ver su grandilocuente entrada al escenario donde es notorio que lo que importa es él mismo y no él como representante de otros, una idea o pensamiento. Basta ver todas sus expresiones y las formas que juega con el entorno. Hace pausas para ser aplaudido, juega con las emociones del público, usa constantemente gestos de desaprobación para reforzar su crítica sobre cierto tema. Sus argumentos son simples y fácilmente rebatibles. Pero Trump no entiende de razones, sino de emociones. Trump quiere asustar a los norteamericanos para luego afirmar que el hará a Estados Unidos grande otra vez.

Estados Unidos está mejor que hace 8 años, tiene una tasa de desempleo menor, y a diferencia de varios países, ha logrado ya sortear la crisis ocurrida a finales de la década pasada. No todos los indicadores son esperanzadores, pero Estados Unidos no está tan mal como Trump lo quiere pintar. Trump solo menciona aquellos datos que le conviene mencionar, los tergiversa y los saca de contexto. Incluso se da el lujo de esconder aquellos datos negativos que son irrelevantes para su candidatura. Trump no quiere “hacer otra vez grande a Estados Unidos”, Donald Trump quiere llegar al poder.

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Trump no tiene mucho que ofrecer en realidad, e incluso parece no tener autocontrol sobre sí mismo. A diferencia de muchos demagogos y dictadores donde cada grito y cada acto está muy bien calculado, con Trump podemos percibir a un individuo muy impulsivo que no sabe controlar del todo sus emociones.

Por ésto y por el hecho de que Trump pretende hacer ver a Estados Unidos mucho peor de lo que es, creo que Trump no llegará a la presidencia. A diferencia de muchos demagogos, Trump no parece haber creado una doctrina alrededor de su discurso. Trump, como buen empresario que es, tan sólo ha amalgamado varias ideas y conceptos (basados en la ignorancia en gran parte) con base en lo que parte del electorado reclama: Que muchos (a pesar de la baja tasa de desempleo) se han quedado sin trabajo porque las fábricas se fueron a países como México, que los inmigrantes les están quitando oportunidades, el peligro del terrorismo, ISIS, y demás. También apela a los prejuicios que deberían haber quedado en el pasado, como relegar a la mujer, discriminar a quienes tienen diferente preferencia sexual, o a aquellos tan sólo por tener un origen diferente.

Pero eso junto todo no genera nada, no genera un producto creíble. Tan sólo es un demagogo diciendo lo que algunos quieren oír. Porque hasta para eso, se necesita tener habilidad. Hasta para ser demagogo hay que ofrecer algo tangible y no un cúmulo de ideas aleatorias.

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John Moore / © Getty Images

Por ejemplo, Donald Trump promete una y otra vez restaurar la ley el orden. Pero sus propuestas parecen ir en sentido contrario, de crear división y caos dentro de ese país. Promete volver a hacer a Estados Unidos un país grande, pero sus resultados podrían generar un resultado inverso.

Quienes creemos en la democracia liberal, vemos en Donald Trump un gran riesgo. Un demagogo en la potencia dominante no es cualquier cosa, puede tener el suficiente peso para romper el equilibrio que permite a los países de Occidente vivir en sociedades democráticas (unas más, otras menos). Un demagogo que quiere romper lazos con diversos países, ignorar tratados o desdeñar organizaciones dentro de las cuales Estados Unidos tiene una posición estratégica es un gran riesgo. Las libertades que tenemos hoy en Occidente las damos por sentado porque los jóvenes y no tan jóvenes hemos vivido con ellas, pero éstas penden de diversos factores, el equilibro que sostiene al régimen occidental puede ser roto con tan sólo mover algunas piezas del tablero. Al menos una de ellas se moverá si Trump se convierte en Presidente.

Ahí está, Donald Trump poniendo en jaque a los valores de Estados Unidos, aunque trate de presentarse como el máximo representante de ellos. Ahí está, la muestra de que en pleno siglo XXI, aún los más países desarrollados no están completamente blindados de la demagogia, el autoritarismo, y el fascismo.

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