Carmen Salinas de Gortari

18 septiembre 2015

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Entre la clase política es trendy meter a artistas de la farándula y figuras cuyo poder mediático es inversamente proporcional a sus dotes artísticos. Difícilmente un artista de verdad se prestaría a tales juegos, los que no son tan de verdad sí lo hacen, pero por ser fenómenos mediáticos y no por el talento que están ahí. Porque jalan gente, entonces jalan votos, su condición los convierte en un buen arma para los partidos políticos que necesitan tener más curules. Lo único que tienen que hacer es levantar su manita cuando les digan y hacer un poco de ruido.

Carmen Salinas de Gortari

En nuestro activismo de sofá hemos conseguido más de 100,000 firmas para que Carmen Salinas abandone su curul. Tristemente ya hemos visto lo que la clase política hace con ese tipo de firmas (ejemplo, las que pedían la pérdida de registro para el Partido Verde) y es lo que Carmen hace, limpiarse con ellas. Si bien la intención es buena, creo que deberíamos dimensionar bien las cosas, y bajo el mismo criterio se debería de hacer lo mismo con un montón de diputados con un perfil tal vez más bajo o “respetable” pero cuyos resultados a veces ni siquiera logran superar lo que puede hacer una Carmen Salinas.

Carmen Salinas genera ruido también por su estilo folclórico, por su escasez de clase y porque no muchos podemos concebir que alguien que fue conductora de un reality show tan degradante como Hasta en las Mejores Familias esté tomando decisiones trascendentales para el país. Una figura como Carmen Salinas degrada la política. Platón se revolcaría en su tumba si viera que tan alejado está el sistema de gobierno de nuestro país de su ideal meritocrático donde los más preparados deberían gobernar un Estado.

Pero funciona, funciona porque el grueso de la gente es ignorante. Porque su héroe (o más bien anti héroe) favorito le puede hacer a la política. Si el Cuau mete muchos goles entonces puede gobernar; si Carmen Salinas es muy campechana y retadora, entonces la puede armar legislando (aunque el tipo de gente que vota por ella posiblemente no conoce bien la forma en que se legisla en el país). Lo triste es eso, que funciona. Y más triste es que hay diputados con un perfil aparentemente más normal que son tan deficientes, que una Carmen Salinas, con todo su semblante vulgar y corriente lo puede hacer mejor que ellos.

Es cierto que no sólo en México ocurre esto, en Estados Unidos un actor se convirtió en Presidente, Ronald Reagan, que con sus limitaciones al menos se preocupó por hacer bien su trabajo y generó algún tipo de liderazgo en ciertos sectores ideológicos (próximos al conservadurismo). Carmen Salinas y demás actores aspirantes a ser políticos, ni siquiera se molestan en prepararse y trasladan su papel de actor o futbolista a su curul o despacho, en vez de al menos molestarse en dejarlo un lado como Reagan o Schwarzenegger. Es decir, en Estados Unidos los actores aspiran a ser políticos (y no es que me termine de gustar esa idea) y en México los actores aspiran a ser actores en un recinto donde se debería hacer política; quienes hacen política de verdad los promueven para poder jugar con los intereses de tal forma que los beneficien.

Al parecer, la preparación no es siempre moneda de cambio para entrar a los recintos donde se toman las decisiones más importantes. Lo peor de todo es que si la preparación no es “tan importante” la honorabilidad lo es mucho menos.

 

 

 

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