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Donald Trump, el Lagrimita estadounidense

Donald Trump, el Lagrimita estadounidense

Donald Trump de entrada ya puso un clavo en su ataúd dentro la carrera por las elecciones presidenciales en Estados Unidos. El votante latino es cada vez más importante en éste país; este sector aumentó 18% de 2010 a 2014. Según Pew Center hay 25.2 millones de latinos listos para sufragar (algo así como el 8% de todo el electorado). Una cifra que no se puede subestimar dentro de unas elecciones y los candidatos (bueno, menos Trump) lo saben. No es que dichos candidatos se vean forzados a prometer derribar la frontera con México, pero sí a tomar una postura cuando menos prudente ante un sector que puede ser clave y al cual ya no se puede ignorar.

Donald Trump, el Lagrimita estadounidense

Los latinos son lo suficientemente importantes en Estados Unidos como para que Jeff Bush, quien se destapó por el Partido Republicano, presuma haber conocido a su esposa en un programa de intercambio en León Guanajuato, al tiempo que tiene una versión en español de la página web que usará para la campaña. La destapada por los demócratas, Hillary Clinton, también tiene una versión en español de su página. Saben que los latinos son lo suficientemente importantes como para no ignorarlos (aunque en la práctica, sus políticas no sean del todo benéficas para ellos).

Trump, en su destape, declaró que «México no es nuestro amigo», que promete levantar un gran muro en la frontera norte que nosotros vamos a pagar, que los mexicanos mandamos no a nuestra mejor gente, sino a la gente que tiene problemas, que traemos drogas, crimen, violadores. Así, su primera estrategia de campaña fue perder a ese 8% de los electores, pero no sólo a ellos, porque a varios estadounidenses no les cayeron muy en gracia sus declaraciones, como a Rob Schneider:

Trump es un mal ejemplo de lo que debe de ser un empresario estadounidense, el antípodas de los jóvenes empresarios de Silicon Valley que obtienen su riqueza gracias a su constante innovación y no procuran presumirla. Trump, un especulador inmobiliario, que además escribe junto con Robert Kiyosaki literatura barata compartiendo nada de los conocimientos que lo han hecho poseer una fortuna y cuyos libros son recomendados por empresas piramidales que muchas veces terminan en fraude. Trump, ese hombre desagradable que se ha mandado levantar torres en Nueva York con su nombre, y quien posee un peinado que decepcionaría hasta a las mujeres que lo siguen por el interés en su dinero.

No es de sorprender que Trump se haya destapado. Es lo suficientemente excéntrico para hacerlo, porque a Trump le gusta llamar la atención, le gusta hacer circo (aunque no use una nariz roja como Lagrimita). Trump puede ser racista con Obama, afirmar que ganó por medio de un fraude electoral, desconocer los resultados y convocar a una marcha hasta Washington al tiempo que él mismo es demandado por fraude en Tijuana, sí, en ese país que según él, manda a los peores delincuentes.

Por supuesto que Trump nunca llegaría a ser Presidente de los Estados Unidos. No es político, no sabe hacer política, no sabe conciliar; su postura radical y beligerante sólo podrá atraer el voto de los más radicales, de los más «anti-latinos» y tal vez de algún redneck despistado o algunos miembros del Tea Party.

Donald Trump es el Lagrimita estadounidense, muchos lo conocen, algunos lo siguieron, pero casi nadie votaría por él.

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