México y los rascacielos

15 febrero 2015

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Si vives en México D.F, Guadalajara, Monterrey, Puebla o Querétaro, te darás cuenta que las ciudades se empiezan a poblar de estos edificios altos que sobresalen sobre el skyline urbano. Este fenómeno que se ha acentuado en los últimos 10 años (por ejemplo, en Guadalajara desde 1995 hasta 2002 no se construyó casi ningún edificio y ahora vemos como 15 en construcción simultanea) se puede deber a muchas cosas, no necesariamente un alto crecimiento económico, sino que nuestras ciudades se empezaron a expandir tanto que se ha vuelto más rentable crecer hacia arriba.

México y los rascacielos

Los rascacielos tienen cierto significado para algunas ciudades. En muchos casos es una muestra de poder y peso económico, como el Burj Khalifa de Dubai o el Empire State de Nueva York cuyo nombre lo obvia. Incluso algunos le dan una connotación fálica a la admiración por los rascacielos. Los rascacielos vinieron a sustituir a las catedrales, obeliscos y torres que se imponían en la imagen urbana.

No tengo nada en contra de los nuevos rascacielos que invaden nuestras ciudades, el problema que veo es que estos crecen de una forma desordenada, el problema es que entre los planes parciales que existen y la corrupción imperante, no hay un orden. Basta ver una imagen de una ciudad estadounidense y después compararla con una ciudad mexicana. Para empezar, el elitismo es notorio en el caso de las ciudades mexicanas (si tomamos a Santa Fe en México D.F. o a Puerta de Hierro en Guadalajara). Si bien cualquiera puede entrar a un cluster de edificios (está abierto al público) la forma en que fue planeado aunada a la escasez de transporte público no es muy amigable para los ciudadanos que no están bien acomodados en la sociedad. Dichas zonas además se caracterizan por el tráfico y por la escasez de banquetas.

En cambio, en Estados Unidos (y tomo como ejemplo Manhattan, que es donde he estado y es lo que se presenta generalmente como algo nice) dichas zonas tienen un gran respeto por los transeúntes y además forman parte medular del transporte público de la ciudad. Si no eres de mucho dinero, el urbanismo a la altura de Times Square no te invitará a dejar la zona.

Si se fijan, en Estados Unidos, los rascacielos se concentran en un sector de la ciudad (en muchos casos en el downtown). En cambio en ciudades como México D.F. o Guadalajara, estos se encuentran más dispersos, y si bien existen clusters mal comunicados donde se concentran muchos edificios, podemos encontrar torres de 20 o más pisos que desentonan en zonas residenciales. No hay ningún orden urbano, lo cual puede afectar el modo de vida de quienes viven en esas colonias.

Los planes parciales pueden ser absurdamente estrictos, y no permitirte construir algo de más de 12 pisos en una zona bien comunicada que podría permitir algo mucho más alto. Por ejemplo en Guadalajara, en Avenida Vallarta se construyó un complejo llamado “Espacio Minerva” (por estar a sólo 3 cuadras de la famosa glorieta) la cual no puede tener más de 12 pisos. Pero en cambio, gracias a la corrupción, desarrolladores pueden construir torres de 20 pisos en medio de una zona residencial, o una de más de 40 pisos en una zona donde no hay ninguna vía rápida (es decir una avenida que contenga carriles centrales separados de las laterales).

Las ciudades han empezado a crecer para arriba, pero este fenómeno debería de ser una oportunidad y no un caos. Un crecimiento vertical ordenado podría hacer que los habitantes tengan que desplazarse menos hacia su trabajo o para divertirse, e incluso puedan optar otros medios de transporte como la bicicleta, esto reduciría mucho el tráfico. Pero cuando este crecimiento no tiene un orden, el resultado es el opuesto. Los rascacielos altos, con sus cristales que muestran su fortaleza y con un entorno bien cuidado, podrían crear la falsa sensación de primer mundo, cuando en muchos casos es todo lo contrario, el tráfico, la exclusión y el desorden, nada más lleva nuestro rezago a otros niveles, nada más lo acerca más a los cielos, pero no lo combate.

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