Vitamina E (Primera parte)

5 julio 2011

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Es  muy humano tener la creencia de que podemos cambiar las cosas que están mal. Aunque nunca se terminen. “Es una pasión humana absolutamente comprensible y compartible”, decía Eduardo Galeano en una entrevista sobre el movimiento de los indignados en España. “Pero no coincide con la realidad […] la realidad se toma sus tiempos […] Son procesos muy complejos […] la historia es una señora de digestiones lentas. Y de andar suave”.

“No hay recetas. Y desconfiaría de alguien que me diera una”.

Entonces, ¿por qué quejarse? ¿Por qué criticar? ¿Por qué marchar si sabes que no servirá de nada? Si sabes que no cambiará nada, ¿para qué vas y cierras la calle y molestas a otra gente que no tiene nada que ver con el tema?

El mundo quizá no vaya a mejorar mientras yo viva (ojalá lo hiciera). La historia dice que siempre ha existido la miseria, el sufrimiento, la guerra y otras cosas que consideramos negativas. Yo tengo la esperanza de que se puedan cambiar cosas gradualmente. Pero es sólo eso, esperanza. Y al igual que Galeano, “la esperanza es algo que se me cae del bolsillo. Y que tengo que recoger, a ver dónde está hecha pedacitos”.

Digamos que no hay esperanza. Que tenemos la certeza de que no se puede cambiar nada a pesar de las manifestaciones, la represión y cualquier esfuerzo que trate de hacer algo diferente (como escribir al respecto) ¿Lo harían de todos modos? ¿Por qué?

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