La polarización mexicana.

11 febrero 2011

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El mexicano está partido en dos, está dividido, tiene la conciencia en eterno conflicto. Es cierto que en todas las naciones hay diferentes formas de pensamiento y a veces es difícil compaginarlas. Por algo dicen que en las pláticas de mesa hay que evitar hablar de política, religión y futbol. Pero en México el fenómeno es marcado. Definitivamente en México estamos polarizados, pero ¿como ocurrió esto y quien lo ocasionó?.

2006, el inicio del quebranto.

Hasta antes del 2006, los mexicanos parecíamos estar de acuerdo, teníamos nuestras diferencias pero las aguas fluían en relativa calma. Hasta que llegó Andrés Manuel López Obrador a escena. Un personaje polémico que tenía rasgos autoritarios, pero que también tenía un carisma que atraía a mucha gente. Mucha gente se acercó a el por su inherente carisma, pero también mucha gente empezó a tomar distancia precisamente por sus rasgos autoritarios.

El quebranto se empezó a marcar en las elecciones del 2006. Nos empezamos a dar cuenta que había dos Méxicos. El México que estaba alineado con el sistema y el que decidía romper con él. Fueron pocas las personas que se quedaron en el medio, ese México deseable de las negociaciones y el debate, precisamente porque ahí estaba el crater. El pueblo mexicano demostró en esa fractura sus pocas convicciones democráticas. Hubo quienes abrazaron al sistema y al orden establecido como una forma de evitar el arduo trabajo del raciocinio y la reflexión, y otros decidieron abrazar a los probables tiranos con el mismo fín. La diferencia era la postura frente al sistema, pero el motor era el mismo.

La guerra entre el sistema y los rebeldes fué totalmente intolerante. Fué una guerra declarada. Las dos partes se encargaron de fomentar el quebranto, las dos partes tuvieron responsabilidad. El “sistema” encarnado en el alto empresariado, los medios de comunicación y la derecha mexicana como mecanismo de defensa decidió difamar al rebelde López Obrador, por medio de la política del miedo y la difamación: “era un peligro para México”, “era Hugo Chávez” se decía. Pero por otro lado el rebelde López Obrador se dedicó a denostar a todo lo que encarnaba el sistema: “son mis enemigos, son mis adversarios, es una mafia que ataca al pueblo”. En medio de esa batalla la razón no tuvo lugar alguno, imploraron las emociones y los instintos básicos y ellos determinaron la posición que irían a tomar los mexicanos.

La intolerancia.

El mexicano se volvió intolerante con su semejante. Varias parejas se divorciaron por tener diferencias políticas. En el Internet y en las nacientes redes sociales se empezó a notar un gran nivel de intolerancia. Insultos a los que apoyaban a Felipe Calderón y a la derecha como “vendidos, adoradores de “Fecal”, enajenados seguidores de un borracho” y por otra parte los insultos hacia los que apoyaban a AMLO “pejezombies, huevones, rojillos, comploteros”. La mayoría de los mexicanos tomó la bandera de su candidato preferido como si un equipo de futbol se tratase. Para los calderonistas no existen los efectos colaterales de la fallida guerra contra el narcotráfico, la censura a la libertad de expresión; para los pejistas no existe la intolerancia ni la falta de respeto al bloquear Reforma. La posición política de los mexicanos ha terminado reduciéndose a eso, estar con el presidente, o estar en contra de él.

La mayoría de los mexicanos no quiere saber de razones, quiere saber de emociones, quiere tomar partido. Defender a tal político es como irle al América o a las Chivas, sin importar sus resultados o congruencia como político. “Sea como sea, es un honor estar con Obrador”, “yo apoyaré en las buenas y en las malas a Felipe Calderón en su lucha contra el narcotráfico”. ¿Y donde quedó la crítica?, ¿donde queda la reflexión y el debate?. Parece que nos dá flojera pensar y evaluar a los personajes políticos en base a sus resultados.

Los poderes fácticos (de derecha y de izquierda) se han encargado de dividir al país. Nos ha quedado claro que trabajan para sus propios intereses. De hecho tienen el descaro de unirse cuando se trata de obtener votos, a pesar de que se criticaron mutuamente por los resultados de unas elecciones controvertidas. Pero el dañó ya está hecho y los ciudadanos no entendemos como eso puede ser posible.

Carmen Aristegui y la Tercera Vía.

Con lo sucedido con Carmen Aristegui me doy cuenta de que un nuevo tipo de ciudadano está surgiendo. Si bien es cierto que los fieles a AMLO la defienden, también lo hace este nuevo grupo (aunque con más cautela), este nueva corriente o tercera vía si así se le puede llamar, es indiferente con todos los representantes políticos, sea Felipe Calderón, López Obrador o Peña Nieto, no creen en ellos, han decidido deshacerse de las ataduras mentales impuestas por los poderes fácticos y han tratado de “ciudadanizar” su pensamiento. Estos critican el autoritarismo emanado en los principales líderes políticos y solo creen en los ciudadanos como medio para generar democracia. Son aquellos que salen a la calle, aquellos que crean organizaciones civiles, aquellos que buscan una alternativa.

Parece ser que este conglomerado ha decidido usar la razón y los ideales democráticos, y ha dejado de tomar partido por una preferencia política. Puede haber diferencias políticas entre ellos, pero creen en la democracia y la libertad de expresión. Se niegan a caer en el juego de la polarización generado por los partidos y poderes de facto y han decidido construír ciudadanía desde abajo. Puede ser el principio del fin de la polarización y de la costumbre del mexicano de antaño a ser leal a un personaje político (costumbre que viene arraigada desde la época de la colonia y que se marcó más durante la dictadura disfrazada del PRI), todo depende de la capacidad de organización de este nuevo tipo de sociedad. Solo si una sociedad así se consolida podremos considerar en ser una democracia. Si no lo hace terminaremos el círculo vicioso de autoritarismo – democracia simulada – autoritarismo.

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