El muro de Berlín contra el muro fronterizo.

10 noviembre 2009

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Se celebran dos décadas de la caída del Muro de Berlín. En 1989 Occidente tenía motivos para celebrar, y es que no solo se volvían a unificar las dos alemanias, sino que marcaba el principio del inevitable fin de aquel inflexible comunismo que tanto trabajo costó al hemisferio occidental (los gringos y sus secuaces) combatir.

El comunismo había quedado moribundo. Era cuestión de meses para que con la desaparición de la Unión Soviética, dejara de tener peso a nivel mundial, y solo quedaran migajas de él, las cuales todavía no desaparecen (Cuba y Corea del Norte). La libertad (valga la redundancia) del liberalismo económico y social había triunfado y quedaba sin ningún contrapeso ni nadie a quien buscar vencer.

El muro de Berlín dividía dos formas distintas de pensamiento y de comprensión del mundo. Era la libertad contra la colectividad, por lo cual era entendible que se construyera un muro. Ambas partes no podían coexistir, al grado que a la parte ex-comunista le costó mucho trabajo integrarse al capitalismo occidental. Pero en el festejo de los estadounidenses por este aniversario hay tal vez una contradicción, y es el muro que ellos mismos han construído en el sur de su territorio.

Ellos tendrán derecho de construír su muro, es su territorio y están en el derecho de hacer lo que sea con él. Pero hay una contradicción cuando los mismos norteamericanos buscan una unificación económica (tratado del libre comercio) y social (América para los americanos), al igual como lo promovieron en Alemania. Pero en este caso en lugar de derribar el muro que han construído, lo han fortalecido, y están decidido a hacerlo cada vez más fuerte e impenetrable.

Conforme se busca más la penetración de la cultura estadounidense al suelo mexicano, se hace más fuerte el muro. Pero a pesar de él, esta penetración se sigue dando al derecho y a la inversa. Los mexicanos que brincan la frontera alcanzan ser suficientes para convertirse en una cultura con el peso necesario como para que algunos “chicanos” lleguen a ocupar puestos importantes en empresas o gubernamentales. Y curiosamente lo hacen en aquellos estados que fueran alguna vez mexicanos. En California, Texas, Nuevo México y otros más, los “chicanos” son una amplia minoría, y si bien aceptan la cultura estadounidense, no dejan de lado las tradiciones mexicanas. Siguen siendo católicos, siguen rezando a la Virgen de Guadalupe, siguen viendo el futbol, aunque sean las Chivas USA.

Poco a poco los dos países comienzan a fusionar sus culturas (con su respectivo peso), no porque se haya caído el muro como en Berlín. Sino a pesar de él. A pesar de la contradicción, a pesar de que esperaría lo contrario, y a pesar de los deseos de muchos estadounidenses de no sentirse invadidos en sus usos y costumbres. El muro crece, pero pareciera haberse caído.

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