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  • Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    Mañana vamos a votar, pero ¿qué es un voto?

    El día de mañana, primero de julio, los mexicanos saldremos a votar.

    Nos hemos preguntado todo, pero seguramente no nos hemos preguntado ¿qué es un voto?

    Cuantitativamente, un voto individual parecería tener poco valor. Este tiene el valor de uno entre poco más de 50 millones que van a salir a votar. 

    Para que una persona pueda estar segura de que su voto por sí mismo determinó el resultado de la elección, el resultado entre el candidato puntero y el segundo lugar tendría que ser de tan sólo un voto de diferencia. Pero aún así, los 50 millones de votantes podrán sentirse con el mismo derecho de decir que «ellos definieron la elección» ya que también el voto de cada uno de ellos vale uno. Los cincuenta millones podrían decir: «si hubiera votado de otra forma, el presidente sería otro». 

    Si al voto se le trata como «un voto individual», una persona podrá pensar que ni siquiera tiene caso irse a parar a la casilla porque su voto individual no va a definir la elección.

    Pero al final, lo que decide la elección es la suma de todos los votos. Es decir, el voto individual no define una elección, pero ese voto, sumado con todos los demás, sí la definen.

    Por esto es que el atractivo del voto reside en lo cualitativo, no en lo cuantitativo. El atractivo del voto reside en el voto mismo como expresión de un individuo que pertenece a una comunidad, y esa expresión está dada por sus valores, su forma de pensar y su visión del mundo.

    El elector no delibera su voto, como se piensa que debería ser, con base en una minuciosa comparación de las propuestas de los candidatos para determinar quién se desempeñaría de mejor forma. En realidad, el votante opta por una narrativa que vaya en consonancia con sus principios y valores. Las propuestas son parte de la narrativa, pero no son las propuestas por sí solas las que determinan el voto del elector sino lo que dicen en su conjunto y que se adhieren a la retórica del candidato y a su historial para formar dicha narrativa. El voto siempre tendrá un fuerte contenido emocional, no importa que el elector tenga mucha educación o no.

    El voto es una forma de proyectarse y reafirmarse a sí mismo en la boleta. Cuando el elector tacha uno de los recuadros, también está expresando quién es, qué piensa, qué le preocupa y qué no. Por eso es que es un sinsentido decir que los electores que van a votar por cierto candidato son ignorantes o «pendejos». En realidad, su orden de prioridades y su visión de las cosas difiere con el de los otros. Incluso muchos electores podrían optar por un autoritario o xenófobo no por ignorancia, sino porque comulgan con sus retorcidas ideas. Es cierto que hay gente que ejerce un voto más informado que otros, pero en la mayoría de los casos, la decisión tiene como fundamento las prioridades del individuo.

    Dicho esto, no podemos decir que el votante es completamente racional a la hora de elegir a su candidato. Y hasta cierto punto tiene sentido, porque en realidad es una tarea demasiado compleja determinar cómo es que va a gobernar x o y candidato. Son demasiadas las variables que están en juego como para tomar una decisión completamente racional. Las emociones y las generalizaciones funcionan entonces como una suerte de atajo para poder tomar una decisión: «López Obrador es igual a Chávez», «como es priísta, necesariamente nos va a robar». Es decir, el elector no sólo da prioridades a unas variables sobre otras (de acuerdo a su forma de pensar), sino que no las toma todas y las reduce de tal forma que tenga capacidad de interpretarlas. 

    Elecciones 2018, voto

    La sabiduría ciertamente permite tomar un abanico más amplio de variables o evaluarlas de mejor forma (diríamos que su voto tenderá a ser más razonado), pero esto no significa que el sabio termine por despojarse completamente del componente emocional, este sigue estando ahí muy presente. 

    El voto como expresión también explica por qué a una persona le puede molestar que otra vote por otro candidato. Hemos escuchado casos de familias que se han roto por esa razón, cosa que no puede explicarse desde el voto como algo cuantitativo, ya que el voto vale uno entre centenas de miles o millones. Pero sí que se puede explicar desde la perspectiva cualitativa:

    Cuando un individuo vota diferente a otro, tácitamente está expresando que tiene discrepancias ideológicas con el otro y que su escala de valores no es necesariamente igual. La intención de voto tiene un componente tribal: si bien los que simpatizan con el mismo candidato no tienen por qué pensar exactamente igual, sí tienen ciertos puntos en común que provoca que los votantes se aglutinen: los lopezobradoristas, los antiamlo, los priístas y un largo etcétera. Incluso en estos tiempos donde la carga ideológica de los partidos se ha comenzado a vaciar, los votantes siguen viendo a las opciones políticas como una forma de expresión. 

    Es, tal vez, en este sentido, que el voto tiene un valor. El votante no sólo elije individualmente a un candidato (o decide votar en contra de uno de ellos) sino que se expresa y se suma a aquellos que van a votar la misma opción y con quienes tiene varios valores o prioridades en común. Por esto es que las elecciones se suelen polarizar, porque es natural que los votantes terminen aglutinándose entre ellos y formando bandos. Termina siendo una cuestión de pertenencia. 

    En muchos de los casos (no en todos) cuando terminan las elecciones la polarización se reduce, sobre todo en aquellas personas que no son completamente incondicionales hacia alguna opción o candidato, ya que, por más incondicionales sean, son más los valores y las prioridades que tienen en común con sus pares, lo que hace que su sector se fortalezca. Los votantes blandos también forman facciones, pero estas no están lo suficientemente cohesionadas como para que sobrevivan al final de la elección. Ellos posiblemente se terminen olvidando del tema y regresen a su vida cotidiana. 

    Al final, lo que quiere el elector es un mandatario que represente de mejor forma sus valores y su visión del mundo. La narrativa tiene, por tanto, un mayor impacto en el elector que el desglose de las propuestas, ya que esto último termina siendo algo demasiado técnico y hasta «aburrido». Las propuestas funcionan en tanto puedan empatar con una narrativa con la que los electores se identifican. 

    Por eso es que, a pesar de que el voto vale solo un voto, importa tanto. El elector no sólo va a las urnas a elegir, sino a expresarse. 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    En el libro «Political Brain» de Dres Westen, se narra un experimento para tratar de entender qué tan racional es el hombre a la hora de decantarse por un candidato o candidata. En dicho experimento se sometió a los participantes (que simpatizaban con los republicanos o con los demócratas) a una serie de diapositivas: en la primera, cierto político hacía una afirmación, y en la siguiente hacía otra afirmación que se contradecía con la primera (Por poner un ejemplo, un candidato dice: «voy a subir el salario mínimo para ayudar a las familias que menos tienen» y un mes después ante empresarios dice «subir el salario mínimo es una medida artificial que va a detonar la inflación»). Luego, se les pedía que en una escala del 1 al 5 evaluaran qué tan contradictorio era dicho candidato.  

    Resultó que los participantes le dieron una calificación más alta (más contradictorio) al político del partido con el que no simpatizaban, en tanto que, de la misma forma, relativizaban las contradicciones del político del partido con el que tenían simpatías. Al primero le daban un 5 y al otro un 2 o 3. Las reacciones en el cerebro de los participantes iban en consonancia, los participantes buscaban reducir aquellas sensaciones que les parecieran desagradables e incómodas (como caer en la cuenta de que su candidato era un mentiroso).

    Cuando de una elección se trata, todos juran ser objetivos y racionales. Todos juran estar del lado de los que piensan, mientras que los otros son los emocionales, los viscerales, y hasta los pendejos y los ignorantes; como si la elección se tratara de una batalla entre los que sí piensan y los pendejos. Peor aún, creen que haciendo gala de su superioridad moral van a lograr persuadir a los otros:

    – A ver, voy a compartir este post y le voy a poner: «para que se eduquen, chairos ignorantes». Así le voy a quitar algunos votos a López Obrador.

    En realidad, eso es muestra de que ellos mismos también están siendo muy irracionales. En principio, porque ni siquiera saben las razones por las cuales sus «contrapartes» van a votar por uno u otro candidato. Creen que «escuchar las razones del otro» es ceder, cuando bien les podrían dar más información para llevar a cabo una elección racional. En ese momento, elegir a un candidato deja de ser un tema de racionalidad y comienza a ser una batalla donde cada quien agarra una bandera.

    Por eso es que en los debates las tendencias se mueven más bien poco y sólo llegan a influir entre los que están más indecisos. Los que han tomado una postura no la van a cambiar y el debate solamente les funciona para reafirmar su postura. Tómese como constante en esta elección la batalla entre el lopezobradorismo y el antilopezobradorismo. Según Demotecnia, AMLO fue el gran ganador del debate, pero al mismo tiempo también fue el gran perdedor del debate. 

    Fuente: Demotecnia
    De las Heras Demotecnia

    ¿Por qué pasa esto? Porque la postura que los electores tienen frente a López Obrador (sea positiva o negativa) se explica más por las emociones que por la razón. Las dos emociones que mueven más estas elecciones tienen que ver con el tabasqueño. López Obrador es el depositario del hartazgo hacia el gobierno actual y el sistema, y «se le tiene miedo» a López Obrador. No hay medias tintas con el candidato, no son muchos los que se atreverían a decir: «pronostico que AMLO no gobernará muy bien pero no ocurrirá una catástrofe» o «la presidencia de AMLO será medianamente aceptable» aunque esos escenarios bien pueden plausibles. 

    El efecto de la polarización, generada tanto por el tabasqueño con su discurso como por sus críticos acérrimos con las campañas de contraste, ha acentuado estas posturas. Unos esperan un cambio profundo y otros una tragedia. Eso también explica por qué la postura hacia López Obrador suele ser más dura e incluso rayar en el fanatismo en muchas ocasiones, mientras que los otros dos candidatos casi no generan emociones ni de una simpatía extrema ni de un fuerte rechazo, sino más bien de indiferencia, cierto desprecio o más bien como vía para ejercer el voto útil contra AMLO.

    Este sesgo de confirmación no es necesariamente producto de la ignorancia, ya que es posible verlo hasta en los más eruditos quienes hacen juicios de los candidatos con base en sus posturas ideológicas. Esta irracionalidad tal vez tenga algún sentido de existir ya que es muy complejo y difícil pronosticar bien a bien cómo es que un candidato va a gobernar, y sólo es posible tener una vaga aproximación con información limitada porque ni siquiera conocemos el entorno en el que gobernará.

    Una forma de tener alguna aproximación es analizando las propuestas y corroborar que estén bien sustentadas. Para saberlo será, en muchos casos, necesaria la opinión de expertos en el tema de quienes debemos esperar que algún tipo de sesgo no tuerza la evaluación ya que prácticamente nadie tiene la preparación en todas las áreas en las que un Presidente gobernará. Habrá que ver si están realmente dispuestos a cumplirlas o son actos de propaganda; y si están dispuestos a hacerlo, habríamos de preguntarnos si habrá la posibilidad política de aplicarlas (por ejemplo, reformas que necesiten una mayoría en el Congreso). 

    Importa, sí, el historial del candidato y su reputación. Pero aunque sea buena o mala, tampoco sabemos bien a bien cómo podrá reflejarse en su gestión. Hay atributos que pueden ser vistos como malos pero que en ciertos contextos podrían llegar a ser buenos. Me viene la mente cuando a Anaya se le acusa (con razón) de haber traicionado a otros políticos para salirse con la suya. Esa agudeza política no siempre será nociva, en ciertos contextos podría incluso generar algunos aciertos. 

    Entendiendo todo esto, podemos concluir que emitir un voto racional es más bien complicado. Y ya que la realidad objetiva en esta cuestión es difícil de alcanzar y evaluar dada su complejidad, las subjetividades y las emociones juegan, sí o sí, un papel muy importante. Aunque esta imposibilidad no significa que nos dejemos llevar completamente por las emociones, sino reconocer nuestras limitaciones y procurar acercarnos a la realidad objetiva lo más posible, aunque no la alcancemos del todo.

    Si se le viera desde un punto de vista racional y pragmático, un solo voto no vale casi nada. A menos que la diferencia entre los dos punteros sea de un solo voto, el voto de una sola persona no alterará el resultado de la elección. Pero en realidad muchos de los electores están deliberando y discutiendo su forma de votar durante toda su campaña y, pasados los años, recuerdan muy bien por quienes votaron (al menos los cargos muy importantes). Debe haber necesariamente un componente emocional para que la gente salga a votar.

    Un voto también es una forma de reafirmarse personalmente, es también una suerte de expresión personal. Cuando una persona vota por tal o cual candidato reafirma ciertos valores o intenta mandar un mensaje. Su voto casi no hará diferencia, pero sentirá un placer dentro de su organismo cuando vote por un candidato para votar al sistema o cuando vote en contra del otro candidato. También alimenta su sentimiento de pertenencia, lo cual es fácilmente demostrable en las redes sociales donde se crean facciones: «los chairos contra los fachos o derechosos». Votar es pertenecer a algo, a una forma de percibir y concebir la realidad, percepción que está dada por factores culturales, de historia personal y hasta genéticos, donde algunos valores tienen prioridad sobre otros: algunos se preocupan más por la libertad que por la igualdad y viceversa.  

    Cuando una persona cuestiona a otra y le dice: «qué pendejo, cómo votaste por Anaya», no sólo está haciendo un juicio de su voto, sino de su persona, porque su forma de votar podrá reflejar algo de su persona e incluso se atreverá asumir atributos que tal vez ni siquiera la otra persona posee. Incluso evaluamos las subjetividades de la otra persona por medio de nuestras subjetividades propias. Por eso es que un ínfimo voto que por sí mismo no cambia ninguna realidad puede llevar a mucha gente a perder amigos o hasta familiares. 

    A menos que una persona piense votar por un candidato porque tiene un gran deseo de afectar a otras personas (por ejemplo, votar por un candidato que deseé atentar contra la integridad o dignidad de algún sector social), hacer un juicio sobre la integridad de una persona tan sólo por su intención de voto es un acto irresponsable. 

    Por eso es importante recordar que, antes de juzgar a otra persona por su forma de votar, recuerdes que es muy posible, si no es que seguro, que las emociones también estén teniendo una influencia sobre tu voto.

  • Licencia para Votar

    Licencia para Votar

    La democracia, la democracia. La democracia es bonita, yo creo en ella, y creo que es el mejor sistema de gobierno (o el menos peor, al menos) pero no es perfecta, y no sólo eso, no se puede aplicar en todos los ámbitos. Que los países más desarrollados sean los más democráticos no implica que un padre de familia tenga que hacer una votación entre sus hijos para tomar decisiones con respecto a ellos. Ni significa que todos los procesos dentro de un gobierno se deban de someter a votación (democracia directa). En México se necesita una licencia para votar.

    Licencia para Votar

    Para que funcione una democracia, es importante que quienes la conforman, tengan capacidad de participar en ella. De la misma forma que un hijo grande tiene más capacidad para incidir en las decisiones que se toman en la familia que un hijo pequeño. En México el problema es que muchos no están preparados para participar en una democracia. No es lo mismo el jóven emprendedor o el estudiante universitario, que aquel que no sabe leer ni escribir. Quienes tienen la capacidad de decidir deberían de tener una mínima preparación para ello, sin importar su ideología o credo (o bien, es que muchos en nuestro país no tienen ideología alguna porque su información es escasa al punto que no les permite tenerla).

    En México el derecho a votar debería ganarse. Sí. Quienes elijan a sus gobernantes deberían tener una mínima preparación para hacerlo. Porque paradójicamente en México el darles derecho a que todos voten, termina perjudicando a… todos. Como mucha gente no está preparada, entonces es manipulada por quienes desean llegar al poder, sabiendo que por sus características, el voto ignorante se convertirá en la fuerza. Algunos arguirán, que Peña Nieto sí tuvo las decenas de millones de votos que tuvo, pero ¿Cuántos de esos votos fueron razonados? ¿Cuantos no votaron por él a cambio de una despensa, o porque «el partido» les regala comida o víveres cada cierto tiempo? ¿Se dieron ellos a la tarea de analizar las propuestas del candidato, su historial?

    Entonces este tipo de votos termina lacerando la democracia misma. Porque no gana el que es el mejor a consideración de los ciudadanos. Ganan quienes dan más dádivas a sus gobernados, sea Peña que fue el caso más extendido en las elecciones pasadas, López Obrador, algunos panistas. De esta forma se dan cuenta que si quieren ganar, tienen que comprar a estas personas que no votan por convicción, sino por un gobierno o mesías que lo mantenga o por una historia de telenovela.

    Así se forma un círculo vicioso, porque estas prácticas asistencialistas perjudican a la población, con lo cual uno concluye que hay que perjudicar a la población creando un lazo paternal, para poder llegar a gobernarlos. Entonces tenemos gente mal educada, sin capacidad de participar en la democracia.

    Por eso, creo que debería haber un mecanismo donde se permitiera votar a aquellos que tienen capacidad para hacerlo. Sería algo así como usar un automóvil. Todo el mundo tiene derecho a manejar, pero para poder hacerlo se debe tramitar una licencia que corrobore que el individuo tiene las capacidades requeridas para hacerlo.

    Igual que en ese caso, se podría aplicar un examen con preguntas relacionadas con temas políticos, económicos y sociales. Tal vez ese examen sea algo fácil para cualquier universitario, pero no lo será para aquel cuyos conocimientos son muy escasos. Se podría sí, crear un curso, donde quienes no están preparados puedan capacitarse. En este curso se podría enseñar a los ciudadanos conocimientos básicos sobre economía, política y organización social, pero no sólo eso, podría enseñarse a la gente a no ser engañados por políticos que prometen un poco a cambio de poder. El ahora INE podría hacer la tarea (aunque no sé que tan confiable termine siendo este órgano) pero por ejemplo, el examen y el contenido de los cursos podrían ser desarrollados por ciudadanos capacitados sin compromiso con algún partido, maestros, pedagogos, politólogos. Que se desarrollen debates, discusiones para determinar como quedarían diseñados estos instrumentos.

    Algunos me dirán que soy excluyente, elitista. Nada más falso, porque la intención es que los gobernantes sean mejor elegidos y que las fuerzas políticas tengan que enfrentarse a ciudadanos más preparados, para que las políticas públicas sean mejores, y en consecuencia, tengamos en un futuro ciudadanos más educados, y entonces, no necesitemos este tipo de mecanismos.

     

  • ¿Cómo definir el voto?

    ¿Cómo definir el voto?Es un dilema, varios estamos en una encrucijada, todos aquellos, que si bien no somos mayoría, pero somos los suficientes para decir que somos muchos, y que no formamos parte del «voto duro», no sabemos por quién votar, y a veces conforme pasa el tiempo y se acercan las elecciones, en lugar de inclinarnos por un candidato, nos terminan confundiendo más; y en lo particular como van las cosas parece que votaré sintiendo «asquito» (si es que los candidatos no me orillan a hacer un «de tín marín de do pingue» ) porque realmente, como dice Carlos Fuentes, todos los candidatos son muy pequeños para el tamaño de los problemas que tiene México. Sinceramente creo que los tres partidos (más los partidos satélite) hicieron una muy mala elección al nombrar a sus candidatos, porque en los tres casos tenían políticos más capaces de dirigir a una nación.

    Es cierto, que no es mandatorio que un presidente hable bien el inglés para hacer una muy buena labor en la silla presidencial, e incluso el tener estudios o no no define el papel de un presidente (véase a Lula da Silva), pero si algo percibo en los tres candidatos es un halo de mediocridad intelectual. Ninguno de los tres candidatos habla inglés, López Obrador y Josefina Vázquez Mota lo aceptan, Enrique Peña Nieto hace como que puede hablarlo pero termina en el ridículo. Al candidato del PRI no le gusta leer y no sabe hablar sin un teleprompter enfrente, López Obrador tardó más de 10 años en acabar su carrera en la UNAM (convertido automáticamente en un fósil) y Josefina Vázquez Mota se tituló 15 años después de egresar de la Universidad Iberoamericana. Parece que ninguno de los tres es un ávido lector. De Peña Nieto ya no digamos, de Vázquez Mota, cierto que escribió un libro de superación personal, pero no se nota que sea una persona con mucha sabiduría, y López Obrador tal vez se salva un poco, es el único que ha escrito libros (uno, el titulado Proyecto Alternativo de Nación, se lo escribieron otras personas) aunque tampoco lo podemos catalogar de culto.

    ¿Cómo definir el voto?. En el 2009 decidí anular mi voto esperando ver si de esa forma podría haber alguna reacción, por lo contrario de lo que piensan muchos si hubo algo, gracias a este movimiento se pusieron en la mesa del congreso algunos temas, e incluso se aprobaron algunas iniciativas. Gracias a esto, por ejemplo, Isabel Miranda de Wallace, puede contender por el PAN en el D.F. como candidata ciudadana. Pero en el 2012, al tratarse de elecciones presidenciales creo que no sería la mejor opción; y tal vez sería lo mejor votar por el menos peor, o en mi caso como haré, para evitar que llegue el más peor. Porque a pesar de la mediocridad de los candidatos,  creo que si existen diferencias entre unos y otros.

    Por supuesto, hablo de las elecciones federales. En las locales y estatales ya he definido mi voto, por el estado de Jalisco votaré a favor del izquierdista Enrique Alfaro (quién a pesar de estar bajo la bandera de un partido chico: Movimiento Ciudadano, tiene algunas posibilidades de ganar), quién hizo una gran labor como Alcalde de Tlajomulco (municipio perteneciente a la Zona Metropolitana de Guadalajara), y por el municipio de Zapopan daré mi voto al priísta Hector Robles. Ciertamente no soy priísta ni de lejos pero el candidato por Zapopan tiene una buena trayectoria en la política. Me pregunto cómo es que no existe gente con la capacidad política como Alfaro o Robles luchando por la presidencia,  y es triste, porque a veces parece que en México los políticos honestos y capaces se quedan en el camino.

    En realidad es frustrante, es cierto que apenas van a comenzar las campañas, pero dada la baja capacidad política de la terna de participantes, auguro más una guerra sucia que una batalla de propuestas. Ninguno parece tener la fórmula ya no digo, para que el país se catapulte al progreso, sino simplemente para que a México le vaya bien y punto. Lamentablemente esta es nuestra realidad, y creo que los mexicanos deberíamos preocuparnos y mucho, porque dicen que el gobierno es la representación del pueblo, o dicho en una forma más vulgar, el pueblo tiene el gobierno que se merece.