Es válido indignarse, es válido manifestar la inconformidad ante el que llega, es válido hacer un juicio sobre el proceso electoral, es válido tener una postura escéptica ante el nuevo gobierno. Lo que ya no es tan válido es que bajo esta bandera se busque atacar la integridad de las personas nada más «por que sí».

Tengo yo una amiga que es funcionaria pública en el gobierno de mi ciudad el cual es presidido por el PRI, partido del cual ella forma parte. Ella tiene un perfil ciudadano (ha participado en Organizaciones de la Sociedad Civil) y por lo cual es respetada en este mundo (la gran mayoría inclusive respeta su filiación política). El día de la toma de posesión de Peña Nieto ella colocó en su Facebook una imagen de Peña Nieto con la banda presidencial. Algunos de los comentarios vertidos en esa fotografía por parte de algunos usuarios se me hicieron lamentables cuando menos. Un usuario le recriminó e incluso puso en tela de juicio toda su trayectoria ciudadana por el simple hecho de subir una fotografía de Peña Nieto. O sea, todo lo que ha hecho entonces ya no cuenta porque apoya a Peña Nieto. ¡caray, que excelso ejercicio de razonamiento!. Naturalmente invité a esta persona a que en lugar de emitir ese tipo de juicios, la evalúe por su trabajo en el ejercicio público, no sin cierto dejo de molestia de mi parte dado que esta amiga ha sido una persona muy entregada por las causas sociales.
Lo repito, es válido indignarse, pero también hay que saber educar las emociones y no convertir un problema político en un partido de futbol. Esas posturas de algunas personas contradicen lo que supuestamente defienden. Porque si se indignan ante un PRI autoritario y ante una imposición, ellos de esta forma también están haciendo lo mismo. Ese tipo de conductas son las que promueven el autoritarismo y a la vez son el resultado también de ese autoritarismo que tanto se critica.
Este tipo de actitudes no solo atañen a los declarados «anti-PRI», también a muchos que tienen una postura totalmente opuesta quienes igualmente denigran a las personas por su postura política y les lanzan calificativos sumamente insultantes tratando de hacer una relación directa entre los defectos del candidato-partido y el simpatizante, como si fueran una misma cosa. Todo aquello que se critica se termina convirtiendo en el «enemigo» donde pasa a un segundo plano el porvenir del país. Esto hasta el grado de que a algún «curioso» se le ocurre abrir una cuenta apócrifa de Paulina Peña (la hija del mandatario conocida por su calificación despectiva respecto a «la prole») para denigrar a esta persona porque pertenece al «lado oscuro de la fuerza». Uno paga impuestos para que el mandatario en turno gobierne bien, no para decirle como debe de educar a sus hijas.
Este tipo de personas no son todas, incluso son una minoría en medio de una sociedad indignada ante la llegada de un presidente con antecedentes a discutir, bajo un partido también con antecedentes a discutir. Y viceversa, entre quienes apoyan al nuevo presidente. El problema es que hacen mucho ruido y eso hace que se descalifique por automático los argumentos de los demás, de los que muestran su indignación o postura siempre respetando las preferencias políticas del otro. Esto llega a un punto en que se transforma en un concurso de cual de las dos posturas es más autoritaria e intolerante. Estas personas usan Internet para agredir a quienes no piensan como ellas (inclusive si tienen una relación cercana) o simplemente se comportan como trolls en Internet, buscando agredir a quienes «no piensan como ellos».
A fin de cuentas el conflicto personal es de ellos, pero lo que no se vale es que en ese conflicto se busque involucrar a las demás personas.




Es aventurado decir que existen lugares del mundo donde la violencia ha sido totalmente erradicada. Pero lo cierto es que el nivel de violencia que se muestra en las naciones es un símbolo inequívoco del subdesarrollo ya no solo económico, sino cultural, que dichas naciones reflejan. Hace poco escuchamos sobre un asesino en serie en Noruega que hizo explotar una bomba y mató a varios jóvenes militantes de un partido socialdemócrata, pero en el caso de Noruega, es la excepción, mientras que en países como el nuestro, la violencia es la regla.
Yo recuerdo que uno de los motivos por los que no voté por López Obrador fue porque se me hacía una persona con una mentalidad cerrada, anacrónica y con una difícil adaptación a los cambios que siempre existen en el quehacer político. Tal vez no me equivoqué al elaborar mi juicio, de hecho se sigue comportando de la misma manera. Pero pareciera que Felipe Calderón está padeciendo del mismo mal ante el problema del narcotráfico. La estrategia de la guerra frente al narcotráfico sigue siendo la misma que hace unos años y los resultados son desastrosos. En solo una semana nos percatamos de la balacera en Torreón, y tristemente de la muerte de más de 60 personas en el Casino Royale en un ataque perpetrado por Los Zetas.