Etiqueta: violencia

  • Un México de ciudadanos armados

    Un México de ciudadanos armados

    Los seres humanos hemos, con el tiempo, aprendido a dejar las armas para resolver nuestros conflictos y diferencias.  A pesar de las constantes noticias sobre casos de violencia, vivimos en el mundo menos violento de la historia de la humanidad. Las organizaciones que han sido creadas para ejercer el uso de la violencia, tales como el ejército, siguen existiendo y al parecer lo seguirán haciendo por un buen tiempo; pero las diferencias entre naciones y comunidades tienden cada vez más a resolverse de otras formas, menos violentas. Las guerras son cada vez menos comunes y en éstas suelen estar involucradas países que muestran cierto rezago en su desarrollo.

    Un México de ciudadanos armados

    La propuesta que hizo el senador José Luis Preciado del PAN es un paso atrás en esa intención de dirimir las diferencias y conflictos de formas cada vez menos violentas. Su iniciativa consiste en reformar el artículo 10 constitucional para que los ciudadanos puedan portar armas en su automóvil y en su negocio para así poderse «defenderse legítimamente del crimen».

    En los países democráticos, el Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia y la ejerce para proteger a los ciudadanos de las amenazas tanto internas como externas. Permitir que los ciudadanos usen armas para defenderse es una forma de claudicar y mandar un mensaje a la ciudadanía de que están incapacitados e imposibilitados de defenderla. En lugar de crear estrategias para tratar de combatir el problema de la inseguridad creciente en nuestro país, le pasan la estafeta del combate de la violencia a los ciudadanos: -yo no te puedo defender, así que defiéndete tú solo-.

    Un Estado fuerte es capaz de proteger a la población de la violencia por medio de estrategias tanto violentas como no violentas, para que así los ciudadanos no necesiten usar la violencia para defenderse de amenazas externas. Una policía eficiente disuade a los criminales de llevar a cabo sus fechorías, con lo cual el ciudadano no tiene la necesidad de defenderse. Pero el Estado fuerte no es sólo quien ejerce el monopolio de la violencia, sino quien es capaz de crear políticas públicas que ayuden al desarrollo de un tejido social de donde no surjan nuevos criminales y se cree una cultura de la legalidad donde ser criminal sea cada vez menos redituable.

    Armar al ciudadano entonces, es asumir que el Estado es débil y que éste se siente completamente imposibilitado de ejercer sus tareas de protección a la ciudadanía. La incapacidad del Estado para ejercer el uso de la violencia es la misma que ha permitido el surgimiento de grupos de autodefensa que en un principio parezcan legítimos, pero que pueden pervertirse y usar la violencia con el fin de satisfacer sus intereses y no los de la población en común. Ejemplos como los de grupos de autodefensa en Colombia o la mafia italiana que surgieron como respuesta a la incapacidad del Estado para proteger a los ciudadanos nos han mostrado como permitir el uso de la fuerza desde fuera del Estado puede convertirse en un riesgo muy serio para las estructuras sociales e institucionales.

    Nuestro gobierno no debería de preocuparse por armar a los ciudadanos, sino por fortalecerse y poder diseñar estrategias efectivas que disminuyan el problema de la violencia. Pero no sólo se trata del diseño de estrategias, porque ante un Estado tan débil y deteriorado por la corrupción, es muy difícil que pueda proteger a la sociedad de los criminales.

  • Los taxis, su triste y animalesca autoextinción

    Los taxis, su triste y animalesca autoextinción

    Lo voy a poner claro: Yo soy desarrollador web, a eso me dedico principalmente. Imaginemos que tomé un curso hace algunos años por el que pagué una buena cantidad de dinero, y que gracias a éste aprendí HTML, PHP y jQuery (que era lo que estaba de moda hace pocos años); con ese conocimiento pude ganar los suficientes clientes para mantenerme, pero estuve siempre cerrado a esos lenguajes. Pasan por un decir, cinco años, y súbitamente me doy cuenta que ya todos están programando con frameworks trendy como Node.js o Angular.js, que nunca me molesté en aprender y de buenas a primeras me doy cuenta de que me he quedado obsoleto y he perdido ingresos porque los clientes quieren sus proyectos con Node.js.

    ¿Por qué los taxis se están auto extinguiendo?

    En nuestro caso hipotético, imaginemos que en vez de asumir que me he quedado obsoleto, le exijo al gobierno que prohiba a los desarrolladores probar en node.js porque eso afecta a mis bolsillos y porque yo hace años pagué un curso para especializarme en PHP y jQuery. Además de eso, hago manifestaciones «virtuales» hackeando las páginas de los clientes a quienes les desarrollaron aplicaciones web en node.js, los insulto en las redes sociales y los amenazo con ir a golpearlos. ¿Se oye absurdo no? Bueno, eso es lo que pasa con los taxis.

    Los taxistas creen que por haber pagado una placa ya tienen el derecho de poseer el monopolio del transporte público, creen que ello les da el derecho de jodernos a los clientes que queremos un mejor servicio.  Sus argumentos son estúpidos, afirman que los servicios privados son piratas sólo porque no han sido contemplados en el reglamento urbano (por su mera novedad) cuando muchos de los taxis que circulan en las calles son piratas y de ellos no dicen nada. El modelo del taxi se creó para satisfacer las necesidades de los usuarios que deben de transportarse, no para satisfacer las necesidades de los taxistas ni de sus gremios, eso es algo que debe de quedar claro de una vez por todas.

    No, no hay «otro lado de la moneda», los taxistas nunca se esmeraron en mejorar su servicio, peor aún, ni ahora lo quieren hacer ni con ayuda del gobierno, no quieren incorporar tecnología a sus unidades, quieren trabajar «como siempre», con taxímetros alterados, con unidades en mal estado, no quieren mejorar, no quieren hacer esfuerzo alguno, el que Uber y demás modelos privados los orillen a hacer algún esfuerzo lo perciben como un atentado, como una «empresa extranjera ilegal» que quiere quitarle sus honrados empleos.

    Si ellos estuvieran dispuestos a poner de su parte, estaría de acuerdo en que el gobierno de alguna manera les eche la mano para que puedan ser competitivos y de esa manera el servicio de taxis mejoraría en beneficio de la población. Pero no quieren, y si no quieren, deberían de atenerse a las consecuencias. Los taxis podrían mejorar su servicio, podrían incorporar una App o incluso subirse a la aplicación de Uber (como sucede en Estados Unidos donde se puede pedir un taxi por medio de la aplicación), incluso podrían solicitar trabajo en Uber con un sueldo no menor al que perciben actualmente. Entonces no hay manera de ayudarlos, y bajo esa premisa nadie los debería de ayudar.

    Los taxistas responden poniendo en jaque a la ciudad, hacen manifestaciones, bloqueos, destrozan automóviles de Uber y similares porque no les parece. Mientras Uber va a Campus Party a mostrar su tecnología a los geeks, los taxistas cierran las avenidas principales para manifestarse en contra de lo que ellos asumen como «injusto».

    Aquí los taxistas defienden sus «derechos» en las inmediaciones del Aeropuerto de la Ciudad de México. Los gobernantes los apoyan por interés político, más nunca para beneficiar a la ciudadanía

    Sí hay «otra cara de la moneda», pero no a favor de los taxistas. Los choferes de taxis hablan sobre la reducción de sus ingresos y la escasez de trabajo. Sucede que Uber también emplea gente, y que los taxistas traten de boicotear a Uber en aras de defender «su trabajo», perjudican el de los otros y evitan que se creen nuevos empleos. Cuando golpean automóviles privados, están perjudicando económicamente tanto a sus propietarios como a los choferes que los conducen. Creen que el transporte privado les pertenece, creen que es suyo, pero están equivocados, el transporte privado es, como ya dije, para satisfacer las necesidades de los usuarios, no sus necesidades.

    Los taxistas creen que secuestrando y amedrentando van a cumplir con sus objetivos. Pero los taxistas son como una hormiga a la cual se le pisa constantemente, al primer pisotón va a ser mucho alboroto, pero al segundo quedan inertes, y parece que los taxistas ya se han puesto en posición para volver a ser pisados.

    Y por cierto, las autoridades deberían de ser más duras con los taxistas que violentan a los demás trabajadores, los cuales, según ellos, afectan sus intereses. No se vale que destruyan carros (como en el video que está unos párrafos atrás) y que queden impunes, deberían de ser sancionados con todo el peso de la ley. Con estos hechos demuestran una vez más porque muchos de nosotros ya no queremos volver a tomar algún servicio de taxi.

    Para terminar, comparto un muy buen video de una amiga mía sobre el tema:

  • En México ya es normal

    En México ya es normal

    Me horroricé. Vi el video publicado por la página web de Carmen Aristegui (que recibió un ataque DDoS) de la Masacre de Apatzingán el 6 de enero y a primera vista lo percibí como algo cotidiano, eso me causó terror. También percibí como algo cotidiano que se sugiera que los que perpetraron la masacre fueran los federales (con Calderón al menos se mataban entre los malos) como si eso fuera algo que en mi país pudiera pasar y fuera normal que pasara. El video es explícito, no se trata de un película de terror gore, se trata de la realidad de mi país. Una familia ultimada que se abrazaba con los padres a los extremos para proteger a sus hijos. Un jóven que todavía podía mover sus brazos al lado de sus ya difuntos compañeros pidiendo ayuda, la cual se le negaba (hablaré más a fondo al tema cuando sepa más de éste). En cualquier país del mundo se le llama crimen de lesa humanidad, aquí parece algo, normal.

    En México ya es normal

    Me pareció normal y me asusté por ello. De verlo como cotidiano, de pensar que en el siglo XXI ya son normales cosas que debíamos de entender como superadas y se repiten una y otra vez. En la psicología se dice que los humanos podemos evolucionar con el tiempo y de pronto tener algunas regresiones espontaneas relativas a la conducta que habíamos superado; pero esto no es una regresión espontanea, y menos espontanea es cuando la volvemos a percibir como normal. Veo Ayotzinapa o veo ésta masacre y lo podría interpretar como un adolescente que con mucho trabajo entró a la Universidad, consiguió su empleo, y ya hecho todo un adulto, vuelve a mojar la cama cuando se duerme.

    La cínica corrupción ya nos vuelve a parecer normal. Nos indigna, sí; pero a la vez la asumimos como una condición de nuestra sociedad. Que mal que el político robe: -Pero así es, todos los políticos son rateros. Ver como el INE se pasa por el arco del triunfo las flagrantes violaciones del Partido Verde, ver como el PAN acusa al PRI de corrupto, para que éste último sin mucho esfuerzo pueda hacer un spot igual demandando a los azules ¿A poco no?. Y nos parece normal.

    Y todo se correlaciona, no se pueden entender grupos con ideologías comunistas trasnochadas, no se pueden entender las autodefensas, sin un país envuelto dentro de tanta corrupción, de tanta injusticia, un país que no puede ser capaz de construir un Estado de derecho. Y toda esta probredumbre es normal, es tan normal que asumimos que tenemos que ser parte de ella para sobrevivir en este país. En Estados Unidos los automóviles respetan las líneas peatonales y nosotros los de a pie respetamos el semáforo peatonal siempre cruzando por las esquinas construidas desde un principio de tal forma que los discapacitados puedan transitar. En México tengo que mirar a ambos lados cuando me toca avanzar porque las luces del semáforo no son garantía de nada, la rampa para discapacitados si es que la hay, está puesta a fuerzas y con un logotipo calcado sobre el pavimento para que la gente entienda que por ahí van los discapacitados. Pero todo esto lo asumimos como normal, nos acostumbramos a todo ello.

    Y parte de esta pobredumbre que vive el país tiene que ver con la normalización de eventos que deberían ser deleznables. Nos podemos molestar con ellos pero no pasa nada. Todos los actos de corrupción los recordamos, pero siguen impunes (y posiblemente seguirán) porque por más «fea esté la cosa» al fín del día «así es».

    Y es normal que la crítica de la mayoría de los mexicanos queden en memes (sobre todo del Presidente) burlas e insultos en Twitter, en reírse de la tragedia pero sin siquiera analizarla concienzudamente y menos proponer algo, o hacer algo para que cambie. Si yo fuera un gobernante maquiavélico hasta satisfecho estaría de la situación.

    Y por eso creo que la situación actual no sólo es culpa del gobierno. Nosotros los ciudadanos tenemos cierta responsabilidad, nuestro «pecado» es de omisión (en el mejor de los casos).

    Nota al pie: Peña Nieto dice que tendríamos que ver también las cosas buenas que se hacen en su gobierno. Si nos ponemos a escarbarle sí vamos a encontrar algunos aciertos de su administración, el problema es que languidecen frente al gran cúmulo de errores (muchos de ellos graves, y algunos involucrados con la honorabilidad del mandatario) y el promedio lamentablemente, es sumamente reprobatorio. Algo peor que esta criticonería burda que abunda, sería aplaudir y chiflar.

  • Combatir la violencia con violencia

    Combatir la violencia con violencia

    ¡El México bronco por fin ha despertado! Afirman algunos con júbilo.

    Mientras en las principales ciudades los manifestantes salen a las calles de forma pacífica (aquellas con un ingreso per cápita alto, aquellas que no están en la zona jodida de México), en otros lados, en sectores vulnerables, que se han quedado estancadas en el tiempo (igual que sus ideas y su madurez civil) vemos ese México bronco, ese México violento que es más parecido a ese de donde salieron los caciques revolucionarios. Los que se pueden presumir víctimas del Estado, pero también víctimas de ellos mismos, de sus impulsos, de sus ideas que perdieron vigencia desde antes de la caída de la URSS.

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    Los manifestantes violentos son una contradicción. Tratan de evidenciar al gobierno como inútil, pero no lo logran dejar patente por alzar la voz, sino por la permisividad que tienen para realizar sus actos. Los gobernantes o son displicentes (CNTE) o los reprimen (Atenco) pasándose las leyes por el arco del triunfo, pero nunca actúan conforme a derecho contra ellos. De las dos formas ayudan a que los vándalos ganen el discurso.

    Cuando quemaron la sede de Gobierno de Chimpalcingo, la sociedad no aplaudió el hecho, pero lo interpretó como entendible ante la rabia. Pero cuando los hechos se repiten una y otra vez, la conclusión es diferente. La violencia no se puede combatir con violencia, es una contradicción. Como así es una contradicción buscar atacar al Partido «Revolucionario» Institucional con una revolución, inspirada paradójicamente en la Revolución Mexicana.

    Que nos solidaricemos con los normalistas no implica que debamos compartir su forma de actuar. El que sean históricamente acosados por el Estado no les da derecho a bloquear carreteras, incendiar inmuebles, porque de esa manera muestran una retrogradez incluso más profunda que el Estado mismo. Su forma de conducirse no debe por ningún motivo relativizar la masacre ni mucho menos justificarla, pero a la vez tampoco lo segundo puede ser pretexto para justificar lo primero.

    La indignación puede ser justificada, pero la madurez de una sociedad está dada también por las formas en que buscan resolver dicha indignación. En tiempos recientes la creatividad ha sido básica para cambiar sistemas, la caída de Pinochet en Chile es un ejemplo claro. Cuando los individuos están atados a mecanismos clientelares (que son típicos de los gobiernos que repudian) y sus ideas son lo suficientemente cerradas como para no aceptar que son caducas, y cuando sus métodos de lucha son aquellos que muchos países ya dejaron en el pasado como parte de su natural evolución, entonces estarán condenados al fracaso.

    La quema de edificios, el bloqueo de carreteras y demás actos, son una muestra de la inoperancia de las autoridades, pero también de la de ellos. Mientras en las ciudades, el gobierno acude a infiltrados para desvirtuar las manifestaciones pacíficas, en los sectores vulnerables se ausenta, porque los mismos actos reprobables pueden, paradójiamente, beneficiarles a aquellos quienes dicen combatir. Mientras mayor es su rabia, más capital mediático ganan los gobernantes.

    No es con más rabia ni con más violencia, es con una mayor madurez, creatividad y capacidad crítica que se podrán lograr cambios. De lo contrario estamos condenados a repetir la misma historia.

  • ¿Por qué nos volvemos más violentos?

    ¿Por qué nos volvemos más violentos?

    Les cuento, en Guadalajara se llevó a cabo un operativo «antipiratería», específicamente en el Mercado San Juan de Dios. Ciertamente en este tianguis, el más popular de la capital de Jalisco, se venden muchos productos pirata e incluso algunos otros de dudosa procedencia. Así se entiende que se haga este tipo de operativos, los cuales son rutinarios, pero ahora las cosas se salieron de control, y ésta ciudad no tan acostumbrada como el Distrito Federal a las manifestaciones, y mucho menos a las violentas, vivió una tarde de saqueos a tiendas de conveniencia y autos quemados. ¿Qué es lo que está pasando?

    ¿Por qué nos volvemos más violentos?

    Se me vienen a la mente varias cosas:

    ¿Por qué quienes critican al Gobierno y a los que tachan de rateros pueden ir a saquear tiendas? ¿Los ciudadanos no deberían marcar una diferencia frente al gobierno en vez de comportarse como ellos o como lo que dicen ser? ¿No deberíamos ser coherentes entre lo que pensamos y lo que decimos? ¿Cómo acabar con este círculo vicioso? Si no existe un Estado de Derecho decente, como es el caso de nuestro país, la gente se brincará a las instituciones asumiendo que no trabajan para ellos sino para unos cuantos. Pero este caso va más lejos. ¿Qué culpa tiene una tienda de conveniencia de la forma en que el gobierno los trata? Al final se trata de un acto irracional donde los individuos repiten esos patrones que tanto les achacan al gobierno, las «víctimas» no tienen empacho en romper un vidrio para llevarse cartones de cerveza para disfrutar en la comodidad de su hogar.

    Pero por otro lado tenemos a un gobierno donde estas escaladas de violencia han aumentado. Independientemente de si los violentos lo son como una respuesta ante las injusticias, o porque no tienen algún problema en robar y atentar contra bienes ajenos, hay una tensión social cada vez mayor que se ha ido acrecentando desde la llegada del PRI al poder. ¿Por qué antes un operativo no llegaba a estos niveles y ahora sí? ¿Por qué hay estudiantes asesinados? ¿Por qué se destruye violentamente el Palacio de Gobierno en Chilpancingo? ¿Por qué el ejército mata a quemarropa a presuntos delincuentes como en Tatlaya?

    Cuando en un gobierno reina la impunidad, la falta de credibilidad y el cinismo, estos lamentables hechos se acrecientan. Cuando un gobierno ha perdido contacto con la ciudadanía, el ambiente se torna ríspido, lo cual incita a la violencia. Y cuando la «desinstitucionalidad» se vuelve un cáncer social, todos esos patrones deleznables se multiplican tanto en los gobernantes como en los gobernados. ¡Alguien tiene que romper éste círculo vicioso! Y el ciudadano molesto e indignado debería empezar por él.

    En estos momentos de incertidumbre es cuando la falta de legitimidad pesa, cuando un gobierno no tiene la aprobación de la gente y estos últimos lo perciben como lejano e incluso espurio, los gobernantes tienen menor margen de acción para tomar decisiones necesarias. Un gobierno con una gran dosis de legitimidad podría tomar decisiones no muy populares, pero un gobierno con tan poca legitimidad, tiene que pensársela dos veces antes de actuar por el capital político restante que todavía podría perder. Por eso vemos a un gobierno que en momentos, no toma cartas en el asunto, y en otros, se le pasa la mano.

    Vivimos momentos difíciles, donde la época de los «sesenta mil muertos de Calderón» parecía cosa menor ante lo que vivimos. Porque antes era el narco, ahora es el gobierno y parte de la ciudadanía en respuesta. El clima es cada vez más tenso y a nivel federal son muy comunes decisiones orientadas a ganar o preservar capital político en vez de servir y la gente se da cuenta de ello. Los gobernantes no se han dado cuenta que la política de la simulación ya no es tan rentable y se les está saliendo de las manos, al tiempo que un sector de la sociedad más que fungir como contrapeso, termina agravando el problema.

  • Las barras del futbol, un espacio para el desadaptado

    Las barras del futbol, un espacio para el desadaptado

    El futbol es parte de la cultura mexicana, y cierta mayoría de mexicanos tiene predilección por un equipo. Posiblemente el futbol logre neutralizar ciertos impulsos nacionalistas donde el juego parece simular una guerra o confrontación entre naciones (aunque en algunos casos el juego pueda servir de pretexto para respaldar cierto nacionalismo). Ahí están los paralelismos, la cancha es el espacio donde se lleva a cabo la guerra, los espectadores que cargan la bandera de su equipo, que en muchos casos podría pasar por la de un país. Hay ganadores, hay perdedores. Nada más que en esta simulación no hay un riesgo a la integridad de la persona que defiende un color ¿o sí?

    Las barras del futbol, un espacio para el desadaptado

    Hace no mucho tiempo (menos de 20 años) el futbol era un deporte familiar donde el padre llevaba a sus hijos para ver ganar (o perder) a su equipo predilecto. Pero algunos voltearon a esas coloridas y ruidosas tribunas argentinas y decidieron que «eso» daría más espectáculo al futbol. Nada más que dentro de esos cánticos, luces, y papelitos, se esconden muchas historias de violencia e intolerancia. Los clubes fomentaron esas formas de organización y ahora no saben que hacer con ellas.

    El sábado, en el clásico tapatío entre el Atlas y las Chivas que terminó en un empate después de un emocionante juego, la barra de las Chivas del Guadalajara agredió despiadadamente a policías que resguardaban la seguridad de los aficionados. Dos de ellos están en estado grave.

    Habría que hacer un análisis del por qué muchos pseudoaficionados se comportan de esa manera. Algunos podrían explicar que esto se debe a que en el país existen muchos problemas y los individuos buscan sacar sus frustraciones de esta forma. Pero este lamentable fenómeno también se puede dar en países desarrollados como el Reino Unido. Podríamos hablar de problemas psicológicos (que seguramente los hay), alienación o enajenación (que un aficionado llegue a ese punto para mostrar su apoyo a un equipo sí o sí es un enajenado) y muchos otros factores. Yo haría hincapié en este último punto, el de la enajenación.

    No veo nada de malo que un individuo apoye un equipo, se compre la camiseta, vaya al estadio y grite los goles de su equipo. Que muchos individuos y medios de comunicación utilicen al futbol para distraer a la gente de lo que realmente importa, no implica que ser aficionado sea malo per sé. Por el contrario, se puede ser aficionado y a la vez estar completamente al pendiente de los temas que importan al país. Se puede ser aficionado y ser culto. El problema viene cuando esa afición sobrepasa la línea de la racionalidad y el individuo entrega su ser a un equipo del cual sólo es parte por simpatía. Esta enajenación es reflejo de un trastorno de la personalidad, y es reflejo de una mente que no está sana.

    Estos que se dicen ser simpatizantes de las Chivas seguramente tienen problemas, y en muchos casos el entorno que los rodea no es lo suficientemente amigable, con lo cual pueden desarrollar un perfil donde hay mucho resentimiento y donde por conducto de esta enajenación, intentan paliar sus frustraciones en contra de terceras personas. Cierto que no se puede culpar a toda la barra ni pensar que todos sus integrantes son así, pero sí es cierto que estos fenómenos, estos grupos sociales se han convertido en el pretexto para que los desadaptados puedan saciar sus conflictos perjudicando a terceras personas.

    No creo que los clubes de futbol tengan capacidad económica como para preocuparse por aquellos motivos (personalidad, problemas sociales) que originan esta violencia, y por lo mismo creo que deberían de limitarse a prohibir la entrada a los estadios a estos individuos, y al menos, regular este tipo de grupos sociales y condicionarlos a que no usen la violencia. Pero sí es un llamado de atención para la sociedad porque es un reflejo de que algo no está del todo bien porque este tipo de personas pueden desatar su ira no sólo en el estadio, sino en muchas otras partes.

  • Violencia en las manifestaciones

    Violencia en las manifestaciones

    La violencia es una forma de mostrar que la capacidad de diálogo se ha agotado, la civilidad también. O bien puede mostrar un terrible encono y una tremenda indignación conjuntada con una incapacidad de controlar las emociones. La violencia desacredita, a menos que la mayoría de la población haya decidido radicalizarse, o bien, que su indignación sea tan grande como para pensar que se pueda justificar.

    Violencia en las manifestaciones

    En nuestra sociedad hay una nueva ecuación. Manifestaciones igual a violencia. La relación parece obligatoria, pero hasta hace poco no lo era. En el sexenio de Felipe Calderón, la violencia en las manifestaciones era reducida al punto en que a veces pasaba desapercibida. Se hablaba de algún que otro desadaptado dentro de una gran manifestación que se conducía dentro de un ambiente pacífico. Recuerdo muy pocas que se hayan desbordado, la que me viene a la mente es la visita de George W Bush a Mérida. En el conflicto postelectoral del 2006, a pesar del encono y de la retórica agresiva, rara vez se percibieron actos violentos.

    Tampoco sucedió algo así en las marchas de Javier Sicilia, e incluso el movimiento #YoSoy132 tuvo el acierto de autorregularse y exigir cierta civilidad en las manifestaciones, al grado en que ellos mismos fueron a limpiar una pared graffiteada por algunos individuos que se integraron a sus manifestaciones. Pero a partir del 1 de Diciembre de 2012, el día de posesión de Enrique Peña Nieto, todo cambió. Súbitamente aparecieron anarquistas en las manifestaciones. Dudo que ideológicamente sean en realidad anarquistas, puesto que en algunas de sus pintas tenían más bien consignas comunistas. El periodista Ciro Gómez Leyva no tardó en relacionar a los anarquistas con el movimiento #YoSoy132, para a su vez ligarlo con el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, y culparlo de los hechos. Pero la realidad que nos deja ver las evidencias en video, es que se trataban de porros que se habían infiltrado a la manifestación.

    A partir de ese momento, la aparición de estos «anarquistas» ha sido una constante. Tanto en marchas ciudadanas, como en marchas de poderes fácticos. Por ejemplo, los de la CNTE, quienes bloquearon el aeropuerto y pusieron en jaque la vida diaria de la capital, supieron (posiblemente por su experiencia) deslindarse y no dejar que estos individuos se juntaran con ellos. También han sido una constante en las manifestaciones con relación a la Reforma Energética e incluso con la que toca el tema de la subida del costo del metro en el Distrito Federal. Se saquearon comercios, e incluso quemaron un árbol gigante de navidad. En Guadalajara hubo una manifestación en el congreso estatal en el momento en que estos aprobaban la Reforma Energética que se desbocó en violencia. Las dos fuerzas principales, el PRI, y Movimiento Ciudadano (encabezado por Enrique Alfaro, y que representa no sólo a la izquierda tapatía, sino que muchos simpatizantes del PAN lo han apoyado) se señalaron mutuamente, y se culparon de haber creado dichos actos violentos.

    Lo que queda evidente es que estos anarquistas son individuos que se integran a las manifestaciones, más no son parte inicial de ellas. Pero lo cierto es que en la opinión pública se está creando el mensaje de que las manifestaciones son violentas. ¿A quién podría interesar esto?

    La teoría más «correcta» sería pensar en que se trata simplemente de vándalos desadaptados. En un país donde la justicia no reina precisamente, donde hay mucho encono e indignación, no es raro pensar en que algunas personas motivadas por esta desintegración, decidan manifestarse violentamente. Posiblemente, este aumento súbito de violencia podría entenderse por la indignación que representa el personaje de Peña Nieto y el regreso del PRI. Podrían entrar dudas por sus muy poco prácticas estrategias. Pero también cuando la emoción florece y el individuo es incapaz de controlarla, no se puede esperar estrategia alguna. En esta teoría podríamos pensar que se encuentran izquierdistas o anarquistas que actúan autónomamente y no son parte de una estrategia de un poder político mayor.

    Algunos mencionan el nombre de López Obrador y su MORENA: La relación viene inicialmente porque si hay alguien que vive de la manifestación, es el tabasqueño. Se podría pensar que es una estrategia para desestabilizar el régimen de Peña Nieto. Pero me pregunto si con estos actos de violencia, que más que legitimar la disidencia, la condenan,se podrá desestabilizar a éste gobierno. Dudo de esta teoría dado que López Obrador aspirará por tercera vez (como el eterno candidato) a la Presidencia en 2018. En mi particular punto de opinión. Sería darse un disparo en el pie hacer algo así, más que un régimen como el del PRI (y toda su experiencia), no tendría dificultad en rastrear el origen de dicha violencia. También cabe decir que en el sexenio pasado, a pesar de la polarización, de su maniqueísmo, y de la poca tolerancia que de pronto se puede encontrar en algunos de sus seguidores, fueron muy escasas las manifestaciones de violencia en las manifestaciones relacionadas con el personaje. ¿Por qué antes no y ahora sí?

    Viene la otra parte donde se sugiere que podría ser una estrategia gubernamental (sobre todo por el pasado del PRI y por su histórica relación con la libertad de expresión). Sabemos de antemano que la gran mayoría de las manifestaciones tienen como destinatario el gobierno de Peña Nieto (partiendo de que ellos están en el poder), y sabemos que gracias a una, su victoria en las elecciones pasadas dejó de ser un hecho, fue cuestionada, así como también se puso en entredicho la credibilidad de Televisa, quien promocionó constantemente al ahora Presidente. Su legitimidad y credibilidad están actualmente en cuestionamiento por la mayoría de la población y todo este coctel podría terminar siendo un caldo de cultivo que mediante acciones posteriores podría desatar algún problema mayor. Entonces, en esta teoría, se querría deslegitimar a las manifestaciones creando la relación entre manifestaciones y violencia, con el fin de que estas no puedan generar suficiente masa crítica (recordar que se propone una ley para regular las manifestaciones en la capital) independientemente de si esta se pueda traducir en actos violentos, o bien, simplemente ponga temas sobre la mesa que sean incómodos para el régimen actual (como sucedió con #YoSoy132).

    Alguna vez me comentaron, que independientemente de que fueran pagados, o que se muevan de forma independiente, el número de anarquistas violentos, es inversamente proporcional a la aceptación de un régimen en la población. Independientemende de lo que sea, la violencia siempre es repudiable, y creo que en México, si bien, se tienen muchos problemas, no se necesita llegar a este estadio para tratar de solventar injusticias. El libro de «De la Dictadura a la Democracia» de Gene Sharp, que es algo así como un manual para acabar con regímenes dictatoriales de forma pacífica, explica como el uso desmedido de la violencia, puede lograr sí, destituir a un dictador, pero con un gran riesgo de imponer un nuevo régimen más sanguinario.

    En una manifestación pacífica debe de haber tolerancia de ambas partes. Los manifestantes deben de saber poner límites en tanto busquen afectar lo más mínimo la vida diaria de una ciudad (la CNTE fue un caso donde dicho límite se rompió en demasía) y a la vez los habitantes tengan cierto grado de tolerancia hacia dichos manifestantes, por ejemplo, tomando alguna ruta alterna. Espero que este tipo de manifestaciones violentas que a nadie ayuda, desaparezcan, y que se recobre la civilidad. Porque por unos pocos, perdemos todos.

     

  • Golpear a una mujer

    Golpear a una mujer

    Golpear a una mujerEl hombre que golpea a una mujer deja de ser un hombre. El hombre golpeador pretende reforzar su machismo y su dominación sobre el sexo femenino, pero termina logrando el efecto contrario.

    Un hombre tiene mayor fortaleza física que una mujer. En la gran mayoría de los casos, el hombre puede dominarla corporalmente. Entonces el hombre, al pelear con una mujer que está en clara desventaja, al agredirla, al chantajearla por medio de su supremacía física, termina convirtiéndose en cobarde.

    Entonces deja de ser hombre, se convierte en un animal. Peor aún, porque si los animales actúan así, lo hacen por instinto. Ni la teoría evolutiva, ni la antropología, ni la psicología, ni la sociología han explicado la violencia física de un hombre hacia una mujer entendida como parte de la dinámica humana.

    Un hombre que golpea a una mujer debería ser despreciado por la sociedad, los hombres deberían tener derecho a golpearlo en clara desventaja del agresor para que entienda por medio de la coerción la situación en que deja a la mujer agredida. Un hombre golpeador debería de perder su honor, su fama, debería de ser discriminado y su único derecho para redimirse sería un profundo arrepentimiento acompañado no sólo de un cambio en su carácter, sino en una participación activa para que terceras personas ya no golpeen a las mujeres.

    La mujer por su parte, estando en franca desventaja física, no deberá estarlo en el aspecto psicológico donde no tiene desventaja alguna. Frases como -Mi marido sólo me pega cuando está borracho, pero es buena persona-, -a pesar de que me pega, me quiere, hacen también de alguna manera cómplice a la mujer, y sin justificar de ninguna manera al hombre que también se convierte en un animal despreciable, la mujer adquiere responsabilidad sobre el problema al permitir que el hombre abuse de ella.

    Una mujer también puede ser injusta, repudiable, y agredir de manera psicológica a un hombre. Pero nunca se podrá comparar con una agresión física donde la mujer, en la mayoría de los casos, no puede oponer resistencia alguna.

    Menos la mujer es un objeto al cual se puede manipular, agredir, exigirle un coito forzoso. Quien hace eso, es quien realidad se comporta como objeto, quien actúa como un individuo alienado sin control de su razón y mucho menos de sus emociones.

    Un hombre golpeador debería ser discriminado, debería ser despedido de su puesto de trabajo, condenado. Una persona que no respeta al sexo opuesto nunca respetará a nadie y buscará estar por encima de los demás. Si el hombre no respeta las leyes naturales, menos respetará las civiles. El golpeador pasa a ser un parásito social. Un ente despreciable. Alguien en quien no se pueda confiar. Y para evitar esta situación de miseria, sólo ese hombre es el que se podrá redimir, tendrá que hacer un profundo examen de conciencia, tendrá que sufrir, tendrá que aprender a pagar por sus injurias, tendrá que subsanar daños, tendrá que pedir perdón poniéndose a la disposición de la persona previamente injuriada con sus fuertes puños y piernas.

    Fin