Etiqueta: urbanismo

  • Haz patria, atropella a un ciclista

    Haz patria, atropella a un ciclista

    Atropella a un ciclista.

    Eso es lo que sugieren algunas personas. Van manejando en su automóvil en medio de un embotellamiento, o bien tienen mucha prisa y de pronto una de estas personas se les atraviesa.

    Como son automovilistas, consideran que la calle es suya porque dicen, fueron planeadas para los autos; y pueden tener cierta razón, pero no del todo.

    Haz patria, atropella a un ciclista

    Resulta que cuando se inventó el automóvil y se pusieron a estos vehículos a circular sobre las calles; se pensaba que no serían muchos los que circularan sobre la carpeta de asfalto. Luego llegó Henry Ford a popularizar su automóvil con el modelo T, creando, sí, una evolución en la industria (no sólo del automóvil) al fabricar los automóviles en serie, para lo cual contrató a gente poco especializada que sólo necesitara operar sus máquinas (y luego uno entiende por qué Detroit valió queso cuando las compañías automotrices se fueron de la ciudad: Dejaron a empleados poco calificados sin trabajo).

    Entonces las calles se saturaron; y siempre en algún momento, todos aquellos freeways, segundos pisos o nodos pensados para paliar el problema de tráfico, terminaban saturados. La nueva obra de fin de trienio o sexenio construida por un político que aspira a un puesto de elección popular superior, pocos años después termina siendo intransitable.

    Entonces tendríamos que construir segundos pisos, terceros pisos que en algún momento se van a saturar.

    Tal vez por esto, algunas personas han decidido bajarse y montar su bicicleta. Ya no son los estigmatizados «pobres bicicleteros», ahora son los «hipsters sin conciencia».

    Para los automovilistas, los ciclistas son algo así como los mosquitos que rondan por tu cuerpo en la noche. Pequeños, insignificantes, ágiles pero fáciles de aplastar. El automovilista tiene un arma con el que puede matar con tan solo dirigir su vehículo motor a una velocidad promedio hacia una persona, el ciclista se tiene a sí mismo y a un aparato mecánico que cuyas dimensiones no son mucho más grandes que las que él mismo posee.

    Pero habría que pensar. Si agarramos un trozo de calle, digamos 20 metros, que se encuentra congestionada por 20 automovilistas, a estos los bajamos y les damos una bicicleta: ¿Qué pasa? La mayor parte de la calle quedará vacía:

    Haz patria, atropella a un ciclista

    Para el automovilista, la presencia de un ciclista es una pérdida (le quitaron un carril para construir una ciclovía, o se tuvo que hacer a un lado, o no entiende por qué no se van «por la banqueta»), pero su mente le juega una trampa. Si a esos ciclistas los subiéramos a un automóvil a cada uno, ocasionarían más congestionamientos, porque simplemente ocupan más espacio.

    No es gratuito que muchas de las ciudades desarrolladas están desincentivando el auto. Muchos urbanistas como la mítica Jane Jacobs o el economista urbano Edward Glaeser sugieren que las ciudades deberían de ser densas (con edificaciones de varios pisos) con comercio a nivel calle de tal forma que gasten menos tiempo en desplazarse de un lado a otro. Así contaminarían menos, ahorrarían más tiempo y congestionarían menos las calles. En este modelo de ciudad, de hecho, los habitantes tendrían menos razones para usar su automóvil frecuentemente.

    Por ejemplo, si te pregunto que imagen contamina más, posiblemente afirmes que la derecha. La primera tiene áreas verdes y la segunda no tiene un árbol siquiera.

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    Pero de hecho la respuesta es la contraria. El que vive en una casa en un coto o en un suburbio hace traslados más largos en automóvil (consumo de gasolina) y su residencia gasta más energía que un departamento (aunque hablemos de uno lujoso en una zona exclusiva). No es casualidad que ciudades como Houston o Los Ángeles, ciudades horizontales, estén bastante más contaminadas que Nueva York, donde la mayoría de la gente vive en departamentos y usa el transporte público para trasladarse.

    Y en ciudades con una planeación urbana prácticamente nula como las de nuestro país, el problema es más grave: Más embotellamientos, más contaminación. Y cuando se trata de hacer más angostos los carriles para poner una línea de BRT (Metrobus o Macrobus) o para colocar una ciclovía, los automovilistas explotan. Porque les enseñaron que la vía es suya, nada más que suya, y que a los peatones debíamos de segregarlos con puentes peatonales colocados a kilómetros de distancia.

    De hecho, en ciudades congestionadas como la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey debería ser impensable en seguir apostando al automóvil; la arcaica planeación urbana hace insostenible este modelo, por más parches, nodos o segundos pisos que se construyan. Nuestras ciudades deberían apostar al transporte público (que más gente se suba) y a los medios de transporte alternativos.

    Y eso requiere cambiar la cultura. Somos una sociedad muy clasista e incluso este rasgo juega en contra.

    ¿Cómo hacer que más gente se suba al transporte público cuando muchos piensan que «el camión es para los nacos»?

    ¿Y cómo hacer que se suban cuando el transporte público parece ideado para eso, para la gente a la que no le queda de otra? Camiones sucios, choferes sin preparación, inseguridad, y un sinfín de etcéteras.

    Y las bicicletas son para los pobres, o para enfadosos hipsters que sólo le llevan la contra a todo.

    Entonces nos damos cuenta que no sólo se trata de cambiar el modelo, sino la cultura. En Nueva York, un negro de Bronx con ingresos escasos puede estar en el mismo vagón del gerente de un banco importante. En México eso es impensable.

    Y entonces el automovilista piensa que todas las políticas públicas deben de girar en torno a su coche. Pero está equivocado, porque el automovilista es un privilegiado, conduce un aparato que lo traslada más rápido, ocupa más espacio y contamina más. Las políticas públicas deben de enfocarse a los medios de transporte más eficientes y más limpios, el automóvil no lo es.

    Es cierto, hay algunos ciclistas que no respetan las señales de tránsito …

    … pero muchos automovilistas tampoco no lo hacen; de hecho a veces tienden a hacerlo menos. Y en este caso ambos tienen una responsabilidad a la hora de salir a la calle.

    Pero recordemos, el automovilista tiene un arma consigo. Si el automovilista atropella a un ciclista el que se muere es el ciclista, si un ciclista se estampa contra un automovilista, el que se muere, de nuevo, es el ciclista.

    Y supongo que ahora has entendido por qué no debes de enojarte por la nueva ciclovía o el nuevo transporte público que pasa por tu avenida.

  • México y los rascacielos

    México y los rascacielos

    Si vives en México D.F, Guadalajara, Monterrey, Puebla o Querétaro, te darás cuenta que las ciudades se empiezan a poblar de estos edificios altos que sobresalen sobre el skyline urbano. Este fenómeno que se ha acentuado en los últimos 10 años (por ejemplo, en Guadalajara desde 1995 hasta 2002 no se construyó casi ningún edificio y ahora vemos como 15 en construcción simultanea) se puede deber a muchas cosas, no necesariamente un alto crecimiento económico, sino que nuestras ciudades se empezaron a expandir tanto que se ha vuelto más rentable crecer hacia arriba.

    México y los rascacielos

    Los rascacielos tienen cierto significado para algunas ciudades. En muchos casos es una muestra de poder y peso económico, como el Burj Khalifa de Dubai o el Empire State de Nueva York cuyo nombre lo obvia. Incluso algunos le dan una connotación fálica a la admiración por los rascacielos. Los rascacielos vinieron a sustituir a las catedrales, obeliscos y torres que se imponían en la imagen urbana.

    No tengo nada en contra de los nuevos rascacielos que invaden nuestras ciudades, el problema que veo es que estos crecen de una forma desordenada, el problema es que entre los planes parciales que existen y la corrupción imperante, no hay un orden. Basta ver una imagen de una ciudad estadounidense y después compararla con una ciudad mexicana. Para empezar, el elitismo es notorio en el caso de las ciudades mexicanas (si tomamos a Santa Fe en México D.F. o a Puerta de Hierro en Guadalajara). Si bien cualquiera puede entrar a un cluster de edificios (está abierto al público) la forma en que fue planeado aunada a la escasez de transporte público no es muy amigable para los ciudadanos que no están bien acomodados en la sociedad. Dichas zonas además se caracterizan por el tráfico y por la escasez de banquetas.

    En cambio, en Estados Unidos (y tomo como ejemplo Manhattan, que es donde he estado y es lo que se presenta generalmente como algo nice) dichas zonas tienen un gran respeto por los transeúntes y además forman parte medular del transporte público de la ciudad. Si no eres de mucho dinero, el urbanismo a la altura de Times Square no te invitará a dejar la zona.

    Si se fijan, en Estados Unidos, los rascacielos se concentran en un sector de la ciudad (en muchos casos en el downtown). En cambio en ciudades como México D.F. o Guadalajara, estos se encuentran más dispersos, y si bien existen clusters mal comunicados donde se concentran muchos edificios, podemos encontrar torres de 20 o más pisos que desentonan en zonas residenciales. No hay ningún orden urbano, lo cual puede afectar el modo de vida de quienes viven en esas colonias.

    Los planes parciales pueden ser absurdamente estrictos, y no permitirte construir algo de más de 12 pisos en una zona bien comunicada que podría permitir algo mucho más alto. Por ejemplo en Guadalajara, en Avenida Vallarta se construyó un complejo llamado «Espacio Minerva» (por estar a sólo 3 cuadras de la famosa glorieta) la cual no puede tener más de 12 pisos. Pero en cambio, gracias a la corrupción, desarrolladores pueden construir torres de 20 pisos en medio de una zona residencial, o una de más de 40 pisos en una zona donde no hay ninguna vía rápida (es decir una avenida que contenga carriles centrales separados de las laterales).

    Las ciudades han empezado a crecer para arriba, pero este fenómeno debería de ser una oportunidad y no un caos. Un crecimiento vertical ordenado podría hacer que los habitantes tengan que desplazarse menos hacia su trabajo o para divertirse, e incluso puedan optar otros medios de transporte como la bicicleta, esto reduciría mucho el tráfico. Pero cuando este crecimiento no tiene un orden, el resultado es el opuesto. Los rascacielos altos, con sus cristales que muestran su fortaleza y con un entorno bien cuidado, podrían crear la falsa sensación de primer mundo, cuando en muchos casos es todo lo contrario, el tráfico, la exclusión y el desorden, nada más lleva nuestro rezago a otros niveles, nada más lo acerca más a los cielos, pero no lo combate.

  • MiBici: Bajarse del carro y pedalear

    MiBici: Bajarse del carro y pedalear

    En muchos países, sobre todo los subdesarrollados como el nuestro, se tiene la creencia de que las calles y avenidas son de uso exclusivo de los automóviles. Dicen que el pez más fuerte se come al más chico y como un auto es más fuerte que una moto, más que una bici y más todavía que nuestro pobre amigo peatón, es quien debe de circular por las calles. En los países subdesarrollados incluso algunos piensan que más autos significa más desarrollo, más «poder adquisitivo», hay que construir segundos pisos, túneles, pasos a desnivel, los cuales posiblemente en un tiempo se saturen (lo ideal es que eso ocurra después del período electoral).

    Bajarse del carro y subirse a la bici

    En países como el nuestro, el auto es símbolo de status. Quien tiene un mejor auto tiene un mayor poder adquisitivo y los individuos saben que para lograr la firma de un contrato con una empresa grande o para conquistar a la chica de sus sueños en una posición social relativamente acomodada debe de llegar con un buen auto. No es que no ocurra en otros lados, pero este fenómeno se acrecienta más porque nos hemos acostumbrados a pensar que andar a bici o a pie, es de pobres y gente que se muere de hambre, precisamente porque no nos hemos dado cuenta de los beneficios de usar transporte alternativo al automóvil.

    No estoy muy acostumbrado a andar en bici, de hecho no poseo una, pero a mí me parece perfecto que en mi ciudad Guadalajara, las autoridades ya se estén empezando a dar cuenta de la importancia de los transportes alternativos, sobre todo en esta ciudad tan mal planeada cuya apuesta al automóvil sería insostenible y sumiría a la ciudad en un caos.

    El problema está en romper paradigmas. Muchos de los avances que se empiezan a dar fueron en parte gracias a la presión de organizaciones civiles, y también gracias a que las autoridades han mostrado una mayor disposición. Pero muchos de los ciudadanos todavía no entienden como estos cambios pueden beneficiar a la sociedad. Por ejemplo, en Zapopan se construyó una ciclovía en la Avenida Santa Margarita. Muchos vecinos se quejaron: -Como nos quitan un pedazo de la calle para que muertos de hambre y hipsters cochinos anden vagando por ahí-. Naturalmente eso iba a causar resistencia, sobre todo en una sociedad tan conservadora y tan tradicional como la mía (que hay que recalcar que dicho conservadurismo ha mantenido a la ciudad en cierto estancamiento en comparación con otras). Ahora el gobierno implementará un programa de bicicletas llamado «MiBici», tal y como las que existen en ciudades como Nueva York, Melbourne, Londres, Ciudad de México y demás ciudades.

    Eso implicará romper paradigmas, implicará que los automovilistas tendrán que aprender más a convivir con los ciclistas (y viceversa). Seguramente muchos se quejarán: -Me van a quitar mi carrilote, malditos bicicleteros, seguramente son ñiles que le van a las Chivas-, pero los resultados se irán viendo. En ciudades tan caóticas como el Distrito Federal, Ecobici ha funcionado muy bien, y muchos ciclistas pueden pedalear por Reforma, Polanco, La Condesa o Centro Histórico sin miedo a que los atropellen. Muchas personas usan a diario este transporte, porque han visto que puede ser una muy buena alternativa al automóvil.

    La bicicleta no sólo ayuda a desahogar el tráfico. La bicicleta también incentivará el uso del transporte público y a que posteriormente se tenga que invertir más en él. Esto hará que el parque vehicular ya no crezca tanto. Y eso es lo de menos, hay que hablar de los beneficios a la salud que tiene agarrar una bicicleta. Y no sólo los beneficios a la salud, también esto ayudará a hacer más comunidad en la ciudad.

    La apuesta debe de ser crear ciudades compactas donde los individuos tengan que hacer traslados pequeños para satisfacer sus necesidades, donde haya un mayor sentido de la comunidad y convivencia entre sus integrantes (lo cual además, disminuye el crimen). Modelos urbanísticos basados en grandes traslados llenos de ciudadanos aislados en cotos amurallados están condenados al fracaso. Basta ver quienes viven en las afueras de la ciudad cuando se tienen que trasladar a la escuela o al trabajo.

    Se trata de romper paradigmas. Se trata de deshacerse de ese conservadurismo y egoísmo rancio. Se trata de hacer de la ciudad un lugar para convivir, y no un lugar para aislarse; en una ciudad que vaya en armonía con el ser humano, y no que lo incite a sufrir trastornos de ansiedad o depresión.