Etiqueta: Terremoto

  • Ayudar después del furor de ayudar

    Ayudar después del furor de ayudar

    Ayudar después del furor de ayudar

    Casi todo México ha cerrado filas. Con excepción de unos pocos sumidos en la crítica y el meme barato, la mayoría de los mexicanos están poniendo su granito de arena para ayudar a los suyos. Esto sin importar clase social, género o raza. 

    Pero si queremos ayudar de la mejor forma posible, también hay que comprender nuestras limitaciones como seres humanos. 

    Es decir, hubo algo que nos motivó a romper nuestra rutina diaria: algunos dejaron de ir al gimnasio, otros trabajamos menos horas y no «nos divertimos» el fin de semana. Vimos atónitos videos de edificios caerse, de gente gritar, de personas atrapadas, de muertos, de perros que se convirtieron en héroes. Esa angustia de «sentirla cerca», de sentirnos vulnerables, modificó nuestros hábitos. 

    A esto se sumó un círculo virtuoso. Conforme más personas se involucraban, subían y compartían información, muchas más personas se motivaron a ayudar. Se crearon insignias que representan este despertar ciudadano (por ejemplo, la perra Frida). No sólo se trataba de una intención sincera, sino también de un sentimiento de pertenencia. Así como las tribus suelen defender y ayudar a los suyos de las amenazas exteriores porque el individuo está más protegido dentro de una tribu que en la completa soledad, nosotros decidimos ayudar a los nuestros. Conforme el ser humano evoluciona, el círculo con el que empatizamos se vuelve más grande. Ya no sólo son los círculos con los que mantenemos lazos consanguíneos, sino los habitantes de nuestra ciudad, nuestro país, Occidente y hasta con cualquier población del mundo (aunque no sea en la misma medida). Por esto se explica que muchas personas de otros países se preocuparan por nosotros. Los círculos de empatía han crecido al grado que Cristiano Ronaldo se ha solidarizado con la madre del niño (ferviente admirador suyo) que murió a causa del terremoto.

    Pero este círculo vicioso es finito. Es difícil mantener la llama prendida hasta que se terminen de resolver por completo los problemas que el terremoto ha causado (lo cual posiblemente dure años). Con las semanas, la llama se ira apagando, el furor irá desapareciendo y volveremos a nuestras vidas normales (lo cual incluye, que muchos capitalinos ya no tengan tanto miedo a dormir en su departamento). Mientras tanto, la gran mayoría de las víctimas no abandonarán su condición. Muchos seguirán viviendo desamparados en albergues, muchos no tendrán donde vivir o seguirán llorando a los seres queridos que ya no están aquí. Se empezará a reconstruir la ciudad, las empresas inmobiliarias buscarán preguntar por los lugares siniestrados para levantar torres de departamentos más modernos (lo cual, hasta donde he escuchado, ya está ocurriendo), y ante una sociedad que ya no pone «tanto el dedo sobre la llaga» no se eliminarán del todo los incentivos para involucrarse en actos de corrupción (lo cual explica por qué algunos edificios nuevos cayeron).

    En unas semanas ya no se compartirán muchos tweets relacionados con el terremoto, la gente hablará del partido de futbol o de la nueva serie de Netflix; y mientras tanto, las víctimas posiblemente se sentirán más solas. Mientras intentan ver cómo conseguir una nueva casa o mientra demandan a la agencia inmobiliaria que les prometió un edificio de acero y les dio uno de plástico, verán que ya no están «todos los mexicanos unidos» ayudándolos. Se sentirán más desamparados que nunca.

    No, no es un acto de hipocresía. Por el contrario, hay pocas cosas más sinceras que la solidaridad de casi todos los mexicanos. Pero así es la condición humana y tenemos que aceptar nuestros límites.

    Una de las razones que explican que esta llama se vaya apagando es el cansancio. Ayudar a los demás implica gastar energía, tanto física como intelectual; implica un esfuerzo extra, y para muchos, adoptar un modo de vida que no puede ser sostenida de forma indefinida. En mi caso, como en el de muchos otros, los síntomas de agotamiento comienzan a aparecer algunos días después. El individuo así como la sociedad tienen que regresar a su equilibrio natural. Esta reacción al terremoto, si concebimos a la sociedad como un organismo, es una alteración del equilibrio para poder neutralizar una amenaza exterior o los efectos de una afectación al organismo. Así ocurre cuando enfermamos de gripa y nos sentimos mal porque nuestras defensas están actuando en contra de un virus que puede poner en riesgo nuestra integridad. 

    Si entendemos esto como un fenómeno natural de nuestra especie y que es inevitable ¿qué podemos hacer para ayudar de mejor forma a las víctimas?

    La primera sugerencia, y tal vez la más obvia, sería dosificar esfuerzos, de tal forma que «esa llama» dure un poco más. Es decir, evitar el agotamiento en la medida posible para que en unas semanas, cuando todavía existirán problemas, dispongamos de la suficiente energía para colaborar de una u otra forma. Será inevitable que regresemos a nuestra vida normal, pero al menos tendremos más disposición para seguir «haciendo algo».

    Todos queremos gastar todas nuestras energías y romperla, pero también es bueno procurar descansar o distraernos un poco para en unas semanas sigamos estando en condiciones de ayudar. 

    La segunda es institucionalizar aquellas actividades que vayan encaminadas a ayudar a las víctimas de tal forma que no dependan del «furor del momento» y adquieran autonomía propia. Por ejemplo, es tiempo (y que al parecer ya se está planteando) de crear organismos cuya función sea vigilar que la reconstrucción de las ciudades siniestradas no se vean afectadas por la corrupción. Que las organizaciones de la sociedad civil, sobre todo aquellas que tengan expertise en el tema, se encarguen de vigilar las políticas gubernamentales y de ayudar de forma indefinida a las víctimas hasta que su problemas sean resueltos. Ya no estarán todos los mexicanos volcados en ayudar, pero sí lo harán las organizaciones más capacitadas para ello y en quienes las víctimas puedan apoyarse. 

    La tercera es intentar trascender toda esta energía a otro nivel y así promover cambios estructurales permanentes que ayuden, entre otras cosas, a que en un sismo futuro (que inevitablemente ocurrirá) sean menos las víctimas, pero también a promover un mejor gobierno y una mejor sociedad. Un ejemplo de esto es que los partidos políticos se hayan sentido orillados a renunciar a parte de su presupuesto, lo cual podría transformarse en políticas permanentes. Muchas veces son este tipo de tragedias las que originan cambios estructurales en las formas de gobierno de los países. 

    Hay muchas cosas por hacer, pero hay que aceptar que el «furor de ayudar» no durará para siempre. Por eso es que ha llegado la hora de plantearnos soluciones a largo plazo para ayudar a las víctimas y evitar, en la medida de lo posible, que sean las menos cuando ocurran catástrofes próximas.

  • El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    El sismo: lo que se hizo bien y lo que se dejó de hacer

    Hoy, a tres días del terremoto, miles de capitalinos no tienen donde vivir. Regresaron a su edificio y ya no existía, o bien, estaba demasiado cuarteado como para considerarlo habitable. Una amiga está viviendo con sus tíos porque su edificio está fracturado, el de otra está bien pero el edificio de enfrente está al borde del colapso. Muchos se derrumbaron provocando una gran pérdida de vidas mientras que otros se vinieron abajo ya que estaban desalojados. 

    Durante muchos años se habló del terremoto como la «prueba» para determinar qué tanto se había avanzado en materia de cultura, prevención, códigos de construcción. El martes llegó la prueba, y si bien el progreso existe, podemos hablar de un progreso a medias:

    Lo que tiene que ver con la cultura de la prevención y la alarma sísmica es lo más rescatable. Llaman la atención los videos donde ante la sacudida la gente tiene capacidad de mantener cierto orden y seguir el protocolo. Eso salvó muchísimas vidas. Cierto que este sismo no fue tan intenso como el de 1985 pero tampoco fue «diez veces más débil» cómo lo hizo notar la revista Proceso. Aunque la diferencia sea de un grado, en esta ocasión el epicentro fue más cercano. 

    Luego vienen aquellos avances que son más bien insuficientes y que tienen que ver con la reacción del gobierno y los códigos de construcción. Indudablemente la reacción del gobierno en todos sus niveles fue bastante mejor que en 1985, pero también es cierto que pudo ser mejor. Porque es cierto también que en cierto momento la ciudadanía volvió a rebasar al gobierno y suplir las deficiencias de éste. El gobierno de Peña reaccionó con prontitud, pero en algunos casos fue notorio que no existió mucha coordinación, lo cual llegó a costar algunas vidas. A pesar de que la reacción gubernamental fue «mejorable» sí pudimos ver a los militares dando todo de sí. 

    Lo mismo va para los códigos de construcción. Sí se ha mejorado en el tema, los edificios «post-1985» en general están mejor construidos, y aunque es cierto que este terremoto fue menos intenso que el de 1985, también es cierto que la gran mayoría de los edificios y condominios que se vinieron abajo eran viejos. Pero también es cierto que algunos nuevos colapsaron, y a juzgar por los videos donde se exhibieron la manera en que fueron construidos, vemos que dichos derrumbes sólo se pueden explicar por medio de la corrupción. Fueron muy pocos los que murieron en los inmuebles más recientes, pero muchas personas que habían adquirido ahí un hogar no tienen donde vivir. 

    El colegio Enrique Rébsamen es un claro ejemplo de ello. El edificio que se desplomó tenía poco tiempo de haberse construido y es evidente que había tenido muchas modificaciones (lo que puede explicar su colapso). Lo más grave del asunto es que esto es muy «típico» con las escuelas privadas, que se establecen en edificios que van «cambiando» de acuerdo a las necesidades o que tenían otra función y que han sido modificados para ser escuelas. 

    Otro problema son los edificios viejos, varios de ellos ya estaban resentidos y no se había hecho nada al respecto, la gente seguía viviendo ahí. La semana pasada, cuando viajé a la Ciudad de México y caminaba sobre la avenida Amsterdam, me llamó la atención el edificio con el número 27, estaba fracturado en la parte de la derecha y me preguntaba cómo es que seguía habitado. Pensé que si temblaba esto se iba a caer, y eso fue lo que sucedió:

    En todas las ciudades sísmicas, como la propia Ciudad de México, Guadalajara y Puebla entre muchas otras, deberían implementarse políticas para revisar todas las estructuras y determinar cuáles no son habitables o necesitan ser reparadas. No debería permitirse que la gente viva en «bombas de tiempo». Eso también pudo haber evitado muchos muertos. 

    Con los avances que sí se han tenido, centenares de personas que hubieran muerto antes no murieron, pero si los avances no hubieran sido insuficientes tal vez solamente hablaríamos de decenas de muertos. Muchas muertes no se evitaron por la negligencia y la corrupción. No debemos conformarnos con avances a medias. Y aunque es cierto que por más desarrollada y mejor gobernada esté una ciudad no se podrá evitar del todo catástrofes, si debemos evitar que no sean causa de la negligencia o de algo que sí pudimos hacer.

    Ya habrá tiempo para revisar a fondo que sucedió, tendremos que hacer un honesto análisis de qué tan bien preparados estamos y de lo que se tiene que mejorar. Debemos, sí, reconocer los avances, pero debemos reconocer que no es suficiente y que todavía adolecemos problemas que nos cuestan vidas y que terminan fracturando familias. 

     

  • Terremoto en Guadalajara, por qué es posible, y qué debemos de hacer

    Terremoto en Guadalajara, por qué es posible, y qué debemos de hacer

    El día de ayer, un temblor estremeció a la ciudad de Guadalajara. Su escala (4.8 grados Richter) puede ser un tanto engañosa en tanto el epicentro se encontró cerca de la superficie y fue trepidatorio (de arriba hacia abajo), lo cual hizo que se sintiera más fuerte que temblores de hace años que rebasaron los 6 grados y ocasionara más daños.

    Terremoto en Guadalajara, por qué es posible, y qué debemos de hacer

    Lo que me preocupa es lo poco que estamos preparados en varias zonas de nuestro país para recibir este tipo de eventos. La actitud displicente de los ciudadanos y de las autoridades es producto de mitos y suposiciones. Por ejemplo, nadie recuerda haber vivido un gran terremoto de gran intensidad esta ciudad, entonces se supone que en Guadalajara nunca ocurrirá terremoto alguno.

    Pero la historia y la ciencia nos dicen lo contrario. Los terremotos son eventos cíclicos. Es decir, ocurren cada determinado tiempo, porque las fallas van acumulando energía que en algún momento tiene que liberarse en forma de en ondas sísmicas. Si bien, no se puede predecir bien a bien el momento exacto cuando un terremoto ocurrirá, sí podemos determinar de forma aproximada las posibilidades de que haya un terremoto en una determinada zona dentro de un determinado periodo de tiempo. Basta ver los registros, Guadalajara es una ciudad que se encuentra en una zona sísmica donde sí han ocurrido terremotos.

    La Catedral es fiel testigo de ello. Las torres de la Catedral no son las originales porque éstas cayeron debido a un terremoto. De hecho no cayeron una vez, sino dos veces. Es decir, las primeras torres cayeron en 1807, luego fueron remplazadas por otras que cayeron en otro terremoto ocurrido en 1818, para después ser reemplazadas por las actuales. También a principios del siglo pasado, en 1912, ocurrieron varios temblores fuertes (llamado enjambre) que hizo que la gente saliera a dormir a las calles y que causó daños en algunas edificaciones, como se muestra en la siguiente fotografía:

    Temblores-1912-aa

    Después no tenemos registro de temblores muy fuertes. Tal vez los que más recordemos sean el temblor del 85 (más por el terremoto que ocurrió en la capital que otra cosa), o el del 2003, el cual ocasionó graves daños en Colima, y que en Guadalajara casi provoca el colapso del estacionamiento de Plaza del Sol.

    Por otro lado, algunos arguyen que en Guadalajara no puede haber terremotos porque nuestro subsuelo compuesto de piedra pomez o jal (de ahí el nombre de Jalisco), amortigua las ondas sísmicas.

    Eso sólo es cierto cuando el epicentro tiene su origen en las costas de Guerrero. Cuando eso ocurre, mientras la Ciudad de México sufre porque el subsuelo acuosas magnifica las ondas (que después rebotan en el cerro del Chiquihuite), en Guadalajara las ondas son amortiguadas (un ejemplo claro es el terremoto de 1985 que golpeó a la capital y a Ciudad Guzmán, pero que no provocó daños en Guadalajara).

    Pero cuando el epicentro se origina en una falla cercana, entonces el subsuelo no cumple con esa función.

    No es completamente improbable que en Guadalajara ocurra un terremoto de magnitud similar al de Ecuador o Nepal.

    Y los terremotos que ocurrieron en nuestra ciudad hace dos siglos fueron producto de las fallas cercanas, las mismas que ocasionaron el temblor del día de ayer, no de las originadas en las costas de Guerrero.

    Entonces, estábamos hablando de que las fallas acumulan energía, y que no hemos tenido un terremoto desde hace dos siglos. Eso significa que estas fallas (como las que se encuentran cerca del Río de Santiago) tienen ya mucha energía acumulada que en algún momento se debe de liberar. Y eso podría ser dentro de poco tiempo. Tal vez ocurra por un decir, en 50, 80 años, o tal vez ocurra el día de hoy.

    Si crees que un terremoto como el de Ecuador no puede ocurrir en nuestra ciudad, estás en el error.

    Eso quiere decir que ya deberíamos estar tomando medidas más serias con respecto al tema. En una ciudad que crece verticalmente, cuyas avenidas cada vez están más colapsadas por el tráfico en medio de obras viales, varias de las cuales tienen mucho tiempo, deberíamos contemplar que un terremoto sí puede tener lugar en nuestra ciudad.

    Guadalajara terremoto

    Ciertamente hay ciertos requisitos y normas para construir edificios. Seguramente los edificios más altos (como los que se encuentran en Puerta de Hierro) y aquellos que requirieron una inversión económica fuerte, están preparados para un evento de este tipo, porque básicamente sería el fin para una inmobiliaria cuyo edificio colapsó por no cumplir los requisitos técnicos o por no usar los materiales adecuados. Pero también existen edificios no tan grandes, que no pertenecen a firmas inmobiliarias grandes, y quienes no escatiman en usar materiales de más baja calidad para ahorrar dinero.

    De igual forma, muchas de las edificaciones de nuestra ciudad tienen varios años, y fueron construidas sin las normas actuales. Muchos edificios que se encuentran en el centro de la ciudad, por ejemplo.

    De hecho, basta recordar que en la Ciudad de México en el fatídico terremoto de 1985, colapsaron muchos edificios porque éstos no se construían con normas tan estrictas, y muchos de ellos fueron construidos con materiales baratos para ahorrar dinero (o robárselo). De hecho, no es casualidad que las edificaciones que sufrieron daños en el temblor de ayer (como cuarteaduras y demás), fueron en su mayoría edificios del gobierno y edificaciones que ya tienen cierto tiempo de antigüedad. En la capital ha habido avances considerables en la cultura de la prevención (tal vez no suficientes) y en caso de que ocurriera otro terremoto de la misma magnitud, el número de muertos seguramente sería bastante menor al que tuvieron aquella vez.

    El grado de destrucción no sólo depende de la intensidad del terremoto, sino de la cultura de prevención.

    Pero en Guadalajara no estamos tan preocupados a pesar de que la ciencia y la historia nos dicen que sí hay que estarlo. No sólo se trata de las edificaciones, se trata de la cultura de prevención que en nuestra ciudad nos tomamos a la ligera.

    Más que los grados en la escala de Richter, muchas veces es la cultura la que determina el grado de destrucción. Por ejemplo, el terremoto en Katmandú, Nepal (7.8 grados) fue bastante más destructivo que el terremoto en Tokio, Japón en el 2011 (9.0 grados) sin incluir el posterior tsunami que azotó varias ciudades costeras. Naturalmente Nepal es un país relativamente subdesarrollado, y Japón es uno de los países más desarrollados y con una de las culturas organizacionales y de prevención más grande del mundo.

    Un terremoto de 7.8 grados por ejemplo, podría ser posible en una ciudad como Guadalajara. La cuestión es que tanto impacto tendría. ¿Nuestras avenidas, casas, y edificios podrían soportar un sismo de esta magnitud? ¿La gente está preparada para recibir un sismo de ese tamaño? Es decir ¿Conocemos el protocolo que debemos seguir? Si un terremoto así azota la ciudad ¿seremos capaces de caminar hacia las zonas de evacuación en vez de correr y pisotear a toda la gente? ¿Todos los edificios cuentan con rutas de emergencia? ¿Las casas están bien construidas?

    Posiblemente las respuestas a esas preguntas no sean del todo optimistas. Y sí, una Guadalajara con cientos o miles de muertos y algunos edificios colapsados no es algo que no pueda ocurrir. Pero a pesar de que la naturaleza es impredecible, nosotros sí podemos hacer algo para que el impacto del movimiento telúrico en nuestra sociedad sea el menor posible.

  • Cuando nos llegue el terremoto a México

    Cuando nos llegue el terremoto a México

    ¿Qué pasaría en caso de un terremoto en México? Muchos nos aseguran (sobre todo en la capital) que estamos preparados, que la cultura ha cambiado. Y es que en la caso de la capital esto es importante porque en algún momento llegará un nuevo terremoto (algunos hablan de un mega terremoto), es algo que ocurrirá aunque no sabemos cuando. Nuestro país en realidad está establecido en una zona sísmica y tan sólo tanto en la parte noreste (donde se encuentra Monterrey, Tamaulipas y demás ciudades y estados) así como en la Península de Yucatán pueden no preocuparse tanto.

    Cuando nos llegue el temblor

    Lo acontecido en Nepal debería de ser un recordatorio de que la mitad de nuestro territorio está expuesto a una eventualidad así. Los videos filmados por aficionados donde vimos como se derrumbaban los templos y monumentos protegidos por la UNESCO nos debe de recordar que en México estamos expuestos ante una vulnerabilidad así. Es cierto que Nepal es un país más pobre que el nuestro y que por lo tanto sus previsiones para un temblor son más deficientes. Pero hay que ser sinceros, aunque de 1985 a la fecha nos hemos acostumbrado a hacer simulacros, a preocuparnos «un poco más» por la estructura de los edificios levantados, no estamos lo suficiente preparados para sortear un terremoto.

    La Ciudad de México está en una situación complicada por su situación geológica. Como todos saben, parte de la capital se construyó sobre el lago de Texcoco, por lo cual se encuentra asentada sobre una superficie blanda que magnifica las ondas telúricas que llegan desde las costas occidentales que es donde generalmente se encuentra el epicentro. Tiene la mala fortuna de tener también el cerro del Chiquihuite en el norte debido a que las ondas rebotan ahí y se regresan. Parte de la Ciudad de México, la que no se encuentra en lo que fue el lago, corre riesgos mucho menores y podrían no sufrir ningún desperfecto al mismo tiempo en que el centro queda devastado. Parte de la Avenida Reforma, Santa Fe, Polanco y demás lugares ubicadas al occidente no resentirían mucho un terremoto. Pero si hablamos del Centro, de la Colonia Roma, La Condesa, la Colonia Doctores, la historia sería muy diferente.

    Basta caminar por la avenida Juárez desde la Torre Latinoamericana hasta Reforma para percatarse que muchos edificios que debieron ser demolidos en 1985 se encuentran en pie y si bien están deshabitados, en la planta baja hay comercios, y en el caso de un terremoto, tardarán muy poco tiempo en derrumbarse. Un terremoto en la capital con la misma intensidad del 85 sería un tanto menos catastrófico, tal vez habrían menos muertos y menos edificios derrumados, pero no dejaría de ser una catástrofe. Si bien las normas de construcción son más estrictas, la corrupción hace que estas no se cumplan al pie de la letra: Rascacielos como la Torre Mayor, o la Torre Bancomer en construcción están completamente blindadas frente a un terremoto, pero muchos edificios medianos siguen siendo construcciones improvisadas. Edificios medianos en la Condesa donde no se preocupan tanto por blindar los edificios nuevos porque eso significaría no poder construir estacionamiento en los sótanos.

    En Guadalajara, la cultura preventiva es menor y parte por un exceso de confianza. A pesar de estar en zona sísmica, la capital jalisciense tiene la fortuna de tener piedra jal o piedra pomez dentro de su subsuelo, lo cual hace que las ondas se dispersen en un temblor ocasionado por un epicentro lejano (los mismos que hacen sufrir a la Ciudad de México). Pero esa ventaja se pierde si el epicentro se encuentra cerca de la ciudad e incluso esa condición puede acelerar las ondas. Las torres de la catedral dan fe del riesgo en que se encuentra nuestra ciudad. Las originales colapsaron en 1818 y en su lugar se contruyeron las que conocemos ahorita. También los temblores recientes son un parámetro, que si bien no han sido tan intensos como los de la Ciudad de México si han logrado causar daños, como el estacionamiento de Plaza del Sol que estuvo cerca de colapsar, o el edificio donde se encuentra actualmente la Secretaría de Administración en la Glorieta de La Normal que tuvo que ser reforzado en su estructura.

    La naturaleza es implacable e imprevisible. No nos queda más que estar preparados. Un gran terremoto puede llegar en más de 100 años o en 10, pero estar o no preparados significará una diferencia de miles de muertos y de recursos perdidos que pueden incluso alterar el rumbo de este país.

  • Reflexiones sobre Haití.

    La naturaleza es muy caprichosa. No distingue entre clases sociales, de hecho las principales víctimas de sus fechorías son la gente humilde. Porque sus casas no son lo suficientemente fuertes como para soportar sus caprichos, ni cuando hace soplar el viento, ni cuando hace mover la tierra.

    Llama la atención que Haití haya sido la siguiente víctima de la madre tierra, porque estamos hablando de uno de los países más pobres del mundo, y como país con escasos recursos que es, entonces debemos de hablar de una tragedia de enormes proporciones, que hace que hablemos de la pérdida de miles de vidas.

    A diferencia de lo que ha ocurrido en México, los haitianos vieron la caída de sus principales monumentos, de su catedral, de su palacio de gobierno y de otros inmuebles que eran orgullo para esta ex-colonia francesa, que a pesar de haber sido la segunda colonia en independizarse en toda América (solamente después de Estados Unidos) no han logrado algún progreso económico ni ninguna estabilidad política. Y lamentablemente ahora les tocó a ellos vivir un movimiento telúrico de grandes proporciones.

    Es increíble ver como la naturaleza puede arrebatar todos nuestros anhelos de creernos dioses, de construír puentes, torres, túneles; con solo un movimiento tectónico de dos minutos de duración. Como puede arrebatar también nuestros proyectos de vida, como nos puede quitar de las manos a nuestros seres queridos, e inclusive quitarnos la vida.

    Los haitianos eran tan pobres que tuvieron que enterrar a siete mil víctimas en una fosa común, como si se tratara de un campamento de concentración. Ni siquiera tenían los recursos económicos para poder ser enterrados dignamente como muchos de nuestros familiares lo han sido. La duda es, ¿se recuperará Haití de esta enorme catástrofe?, porque a pesar de todos los conflictos políticos, masacres y demás tragedias que han vivido, precisamente han nombrado a este evento telúrico, como el peor día de la historia de Haití.

    Esta tragedia nos deja mucho que pensar, nos hace ver que los humanos no somos invencibles, y que la vida de cualquiera de nosotros podría cambiar en cualquier momento, por el capricho de la naturaleza.