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  • De dioses a servidores públicos

    De dioses a servidores públicos

    Al menos así debería ser: El Presidente de la República es un servidor público, los ciudadanos lo eligen entre varias opciones que tienen para escoger y «contratarlo» (así como un empleador elige uno de entre varios currículums). Su puesto es muy bien pagado, hasta incluye pensión vitalicia; es un trabajo sí, extenuante. Porque resulta que el Presidente de la República tiene más de 100 millones de jefes. Tiene que tomar decisiones que den dividendos a dichos jefes, y en muchas ocasiones tiene que tomar algunas decisiones que A Priori no gustarán a varios de sus jefes (medidas impopulares) pero que sabe que a la larga los beneficiarán. El Presidente es un empleado, es el responsable del timón del barco y por eso recibe cierto respeto de los ciudadanos, pero no es ni el dueño del barco, ni es un enviado de los dioses marinos para conducir el barco a la tierra prometida. De dioses a servidores públicos, y sobre una necesaria transición de lo primero a lo segundo trata este texto.

    De dioses a servidores públicos

    En México tenemos a un López Obrador, un «luchador social», que ha logrado capitalizar el natural descontento de la población debido a la poca representatividad de los políticos tradicionales. López Obrador sí escucha a los ciudadanos. Deja el puesto de servidor, para dar paso al solucionador de todos los problemas de la gente. La relación se convierte en paternalista: López Obrador proveerá, López Obrador te saciará las inconformidades al darlas por hechas, al repetirlas hasta el cansancio, aunque decirlas no deba necesariamente resolver nada. Sus seguidores más férreos le tienen mucha fe. Si no están con su causa, están en contra de la causa de todos los mexicanos, porque no existe otra verdad más que la verdad. Las buenas intenciones y la integridad, a ojos de los seguidores, pueden más que la capacidad y la técnica; y si en la práctica ocurre lo contrario, se culparán a terceros de sus desgracias. Si López Obrador pide marchar, marchan. Si piden cerrar una calle, la cierran. El pueblo solo puede salvar el pueblo, pero su pueblo se llama López Obrador. Entonces sin López Obrador, el pueblo no se puede salvar a sí mismo.

    Luego tenemos a un Peña Nieto, priísta. Se erige como servidor monarca demócrata/totalitario. Recibe frases de sometimiento psicológico disfrazadas de normas protocolarias como «El Señor Presidente Licenciado Enrique Peña Nieto», «El Señor Presidente Peña Nieto nos prometió construir una carretera» o el clásico «Disculpe usted, Señor Presidente«. ¿Manejado por otros? Tal vez, pero él es el que da la cara, y representa al poder. El Señor Presidente debe mostrarse como eficaz, nadie puede estar encima de él, ni Televisa, si no hay palo. Como afirmaba Luis XIV, «El Estado soy yo», te construiré carreteras, ¿López Obrador te daba una despensa por tu avanzada edad? ¡Yo, el Señor Presidente Licenciado Enrique Peña Nieto me comprometo a entregártela!. ¡Nuestro Compañero, el Presidente de la República! dicen dentro del PRI, con ese tufo light de la camaradería soviética. Un monarca que de pronto niega su esencia, ¡México es una democracia!, pero luego pone su condición en práctica. Manotazos, viajes en aviones de lujo, la mano extendida, copete bien ajustado, primera dama cuya foto podría aparecer en las paredes de los edificios más importantes como en Corea del Norte o la Unión Soviética, pero que más bien aparece  repetida varias veces de cuerpo completo en las refaccionarias y tlapalerías.

    Los venezolanos van más atrás en esta transición de la deificación hacia el presidente empleado que debe rendir cuentas. Tendríamos que magnificar al cubo los aires mesiánicos de López Obrador, magnificar también el tufo monárquico de Peña Nieto, y colocarlos en una licuadora.  De esta forma tenemos a un Hugo Chávez, recién fallecido y a quien le deseamos un eterno y pacífico descanso. Amado por los chavistas apostólicos ortodoxos, ¡Pide una despensa y se os dará! Y odiado por los ateos bolivarianos, ¡Está loco, destruyó Venezuela, populista, demagogo!. Chávez puede crear una realidad alterna en sus súbditos. Dirá que la supeditación ante los Estados Unidos es arrodillarse ante el imperialismo, pero hacerlo ante Cuba, es un ejemplo de democracia.  Democrático dicen, pero embalsamado como Lenin y Mao. Él no es solo el estado, él es la democracia, él es el socialismo. Todos los términos tienen que tener un significado de tal forma que se adapte a su deificación, la ausencia de Hugo Chávez es la nada.

    Yo prefiero un servidor público, no un dios (si a veces tengo problemas para poner mi fe en el Dios que me enseñaron en el catecismo de niño). Quiero un servidor que esté preparado, que tenga principios, creencias, y que tenga como propósito el bien común. Un Presidente que acepte los aplausos cuando acierte, pero que asuma los silbidos cuando erre. Un Presidente que procure el bienestar, pero que sepa que los ciudadanos deben a la vez procurarse su propio bienestar. Que votar por él sea algo así como contratar un servicio y no una niñera o un padre autoritario. Lo podré llamar Presidente como forma de respetar su puesto, pero lo juzgaré por sus acciones y no por su «investidura».

     

  • La mediocracia mexicana

    La mediocracia mexicana

    La mediocracia mexicana«Mediocracia» no es un término estrictamente correcto, pero describe bien lo que José Ingenieros en su libro «El Hombre Mediocre» quiso decir, algo así, como el gobierno de los mediocres. Y es que si este término fuera correcto, entonces seríamos una mediocracia y no una democracia. Mediocracia sería algo diametralmente opuesto a la meritocracia (forma de gobierno que se basa en el mérito). Y es que en una democracia plena podríamos pensar que los que ocupan los cargos públicos son los mejores o algo parecido a ellos, los capacitados para tener un puesto. ¿Creen que en México es así? Yo tampoco. Y es que la mediocracia mexicana es algo digno de analizar.

    Primero, los puestos públicos son algo así como una forma de hacer negocio sin tener que producir nada, el esfuerzo único que tiene que hacer el candidato es lograr llegar a él, pero una vez ahí, solo busca cumplir con lo mínimo. Lo peor es que muchas de las personas que aspiran a estos puestos no están preparados para tomar el puesto, de pronto vemos a un médico (que nunca en su vida ha dado clases) en un puesto educativo, a un licenciado X en alguna secretaría de cultura. Es la realidad, los puestos públicos son vistos como una forma para enriquecerse a costa del erario, y estos puestos son atractivos porque implica más ingresos con un menor esfuerzo que trabajar en el sector privado. Y es que el sueldo solo se justificaría si el «servidor» pública tiene una vocación de servicio, de hacer algo por la sociedad o el país. En México esto es la excepción y no la regla.

    Quien llega a competir por puestos más fuertes (diputaciones, senadurías o hasta presidencias) no es necesariamente el mejor, o al menos el que tiene una mayor vocación de servicio; es aquel que sabe «como moverse» en el pantanoso mundo de la política. Y no es que sea malo «moverse», de hecho es necesario, pero esto debe de estar supeditado a las capacidades y los deseos de servir de aquella persona. Veamos los candidatos presidenciales, ¿ustedes creen que esos tres adefecios de los cuales tuvimos que votar por uno, son lo mejor que puede ofrecer el país?, la verdad que no, incluso dentro de los tres partidos había gente mucho más valiosa y preparada.

    Navegamos ahora un poco a la iniciativa privada, ciertamente aquí es más difícil mantener un estándar de mediocridad, porque bajo esta, la competencia tanto nacional e internacional te «termina comiendo»; pero aún así, en las grandes empresas se repite un poco el patrón. Los millonarios mexicanos no son aquellos que han innovado más, ni necesariamente son los que ofrecen los mejores productos; son aquellos que saben jugar con el poder, con los intereses, quienes incluso legislan sin que les competa; son aquellos que están por encima del poder político, son aquellos que saben como ser «cabrones». Y por eso se explican las prácticas monopólicas que existen en México. Ellos son una extensión de la política, al punto que medios de comunicación son los que colocan presidentes jugando con las instituciones incipientemente democráticas.

    La mediocracia es una de las razones de más peso por las cuales México no avanza. Cuando esto cambie por una cultura del servicio, de la sana competencia, seguramente veremos otro país. Y es que la vocación de servicio podría ser mucho mejor; digo, en Suecia, los diputados duermen en departamentos y se lavan su propia ropa. Mientras aquí si alguien habla de reducir sueldos de los «servidores» públicos lo tachan de populista aunque esto ocurra en países como Francia, Uruguay o Brasil (y no lo digo necesariamente por AMLO y sus cuentas que no cuadran). A la hora que se deje de premiar la mediocridad y la cultura del mínimo esfuerzo, seguramente veremos un país mejor.