
Quien haya ido a Santa Fe, se habrá dado cuenta que su arquitectura y diseño no es inclusivo. Para cruzar a pie del Centro Comercial Santa Fe a Avenida Santa Fe, donde se encuentran los principales corporativos, es necesario sortear dos pasos peatonales muy altos y cuyos escalones se encuentran en mal estado. Eso dobla el tiempo de recorrido entre dos puntos que se encuentran a cien metros de distancia y lo vuelve bastante más cansado. El coche es casi obligatorio para moverse de una sección de Santa Fe a otra.
Ahí fue donde Ricardo Anaya inició su campaña, y no faltan razones para que Jesús Silva-Herzog se lo recriminara. Alguien que quiere gobernar un país no puede comenzar su campaña en uno de los barrios más exclusivos dirigiéndose a un sector que ciertamente podrá situarse a la vanguardia en tanto las tecnologías de la información sigan cobrando mayor relevancia, pero que cuyas características no son las de la mayoría del país. Si bien el perfil de una persona que entiende el futuro, que habla como si estuviera en un Ted Talk puede ser una buena estrategia (sobre todo porque es elocuente), no es tan atinado apropiarse de eventos que tienen más bien un perfil cívico como un hackatón y convertirlo en un mitin político.
Ricardo Anaya tiene dos grandes habilidades que en pocos años lo convirtieron de un candidato a diputado local frustrado (perdió) al candidato que se apropió del PAN y formó una coalición compuesta por propio el PAN, el PRD y MC para contender por la presidencia: el olfato político y la elocuencia. Ricardo Anaya sabe seducir, sabe ganarse la confianza de las personas clave, para utilizarlas y, una vez que las haya agotado, desecharlas y hacerlas a un lado para seguir con su camino. Desde su padrino Francisco Garrido, Felipe Calderón hasta Gustavo Madero, todos han visto en él a un talento, que brilló tanto que no les dejó ver sus intenciones y cuando menos se lo esperaron ya estaban fuera de la jugada. No es un secreto que Anaya tiene muchos enemigos y ha causado grandes resentimientos, tanto en el presidente Calderón (otro que sabe cómo apropiarse de partidos, como cuando lo hizo durante su presidencia), a quien le frustró la candidatura de su esposa, Margarita Zavala, hasta Javier Lozano, el infumable y nefasto panista que decidió brincar al PRI y apoyar a su amigo Pepe Meade para, desde ahí, intentar ponerle unos buenos catorrazos.
El aspecto físico de Ricardo Anaya es muy engañoso. Pareciera un niño nerd antipático, un tanto debilucho con un aspecto considerablemente juvenil para su edad que contrasta con el político de carrera. En realidad, a pesar de su antipatía, es una persona muy elocuente (de ahí a que muchos vieran en él a una persona muy talentosa a la que había que enrolar) que sabe pararse en el escenario, que sabe persuadir, que se sabe expresar muy bien, que sabe decir las palabras exactas. Es también una persona con un olfato muy fino, sabe con quién moverse, a qué hora y cuando, sabe cuando los demás le han dejado de ser útiles. Domina bien el arte de la política, tiene talento para ello, a pesar de que por su corta edad pueda faltarle experiencia, porque hasta pareciera que es de rápido aprendizaje.
Dicen que ha lavado dinero y que tiene bienes de dudosa procedencia (algo en lo que ha insistido el PRI con el uso faccioso de las instituciones como la PGR) mientras que habla del PRI corrupto que ya se va e insiste en la autonomía del Sistema Nacional Anticorrupción y la participación ciudadana. Anaya puede estar un toquín con Juan Zepeda o tocando el piano con sus hijos como buen padre de familia. A veces es el padre, a veces es el rockero, a veces juega a ser Steve Jobs y luego la puede hacer de Maquiavelo como si se tratara de un político multiusos que más que alguien muy hábil que puede «hacer de todo» pareciera alguien con falta de definición personal e ideológica ¿cuál de todos esos es el verdadero Ricardo Anaya? En sus propuestas se respira el mismo tufo: a veces quiere hacerla de progresista y habla de género (eso sí, sin llegar a tocar temas polémicos que lo puedan comprometer como los relacionados con posturas ante el matrimonio igualitario o el aborto), luego habla de economías de mercado y competitividad para preocuparse por la desigualdad sin terminar de definirse nunca y como queriendo abarcar todo. A veces es el candidato panista, a veces el perredista. ¿Es de derecha, es de izquierda, es conservador, es liberal?
Y ese es el problema de Anaya, un candidato que debería preocuparse por construir una narrativa consistente y creíble: su falta de definición. Hasta la propia estrategia es inconsistente: intenta abarcar todo y quedar bien con todos, y al mismo tiempo inicia su campaña en Santa Fe con un hackatón como si la mayoría de los millennials fueran amantes de la tecnología: porque vaya, no es lo mismo un usuario que usa Facebook, Whatsapp y Tinder de forma periódica y cotidiana (la mayoría) que uno que es un apasionado por las Tics que sabe programar en Python, Javascript o es un experto en interfases de usuario (una gran minoría).
Presentarse como un Steve Jobs puede funcionar para atraer a cierto sector del electorado minoritario (que ciertamente no es despreciable y puede definir una elección en un contexto donde la diferencia con el otro candidato sea mínimo), pero nada más. También tiene que salir a la calle a persuadir con su elocuencia a aquellos que no saben mucho de tecnologías, a la señora o el señor que le pide a su hijo que le instale el «feis» en el celular porque no sabe como. Presentarse como alguien que piensa en el futuro tal vez pueda atraer a algunos geeks, algunos intelectuales o empresarios jóvenes, pero difícilmente lo hará con las mayorías, esas que tienen que salir diario a partirse el lomo. E incluso ellos no entienden bien quién es él y qué es lo que realmente quiere.
Creo que la candidatura de Ricardo Anaya tiene potencial para «algo más», y como he dicho en este espacio, es el único que, a mi parecer, podría competirle la presidencia a López Obrador. Pero esa falta de definición (incluso con relación a su probidad y su congruencia) parece convertirse en un lastre: ¿va a combatir la corrupción o va a ser un presidente corrupto? Porque las presidencias se ganan creando un perfil ganador que convenza a las mayorías, no pulsando el ícono de una App.














