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  • La revolución de los cuerpos

    La semana pasada hablaba, en esta misma columna, sobre la enérgica manifestación que hizo Madaí Díaz frente al Palacio Municipal de Manzanillo, para reclamar los malos tratos y despido injustificado de los que fue víctima por parte de la empresa coreana administradora de la regasificadora.

    El jueves 2 del presente mes, Díaz Rodríguez se encerró en una jaula frente al edificio público, declarándose en huelga de hambre hasta que le resolvieran sus peticiones –lo que sucedió en 7 horas– y al mediodía se cosió los labios y amenazó con cortarse las venas.

    Hubo quienes criticaron la forma en la que Madaí Díaz actuó para exigir lo que ella creía era justo, incluso el secretario de Fomento Económico, Rafael Gutiérrez, la tildó de exagerada, desestimando sus demandas, e invitando a aquellos que no estuvieran conformes con su trabajo sencillamente a renunciar sin hacer tanto escándalo, obviamente más preocupado por el posible alejamiento de las multinacionales que por el trato que éstas les brinden a las y los trabajadores colimenses.

    Pero lo que no puede negar nadie es que el actuar de Díaz Rodríguez funcionó, ya que no sólo fue reinstalada en su trabajo, sino que se convirtió en una especie de heroína para el resto de los obreros, por haber puesto encima los ojos de la opinión pública, la cual se indigna particularmente cuando los extranjeros abusan de los nacionales en su propia patria, quizás como una reminiscencia de la conquista.

    ¿Fue entonces la representación de Madaí Díaz exagerada? ¿Le habrían prestado la misma atención si lo hubiera hecho de otra forma? Me atrevería a decir que no. Tal vez el ensimismamiento por el sometimiento que tenemos a la rutina nos hace ignorar aquello que nos parece común, como se han vuelto las expresiones en pro de derechos humanos en sus distintas vertientes, como huelgas de hambre, marchas y bloqueos. La gente ya no reacciona positivamente a ellas, sino que las ignora, se molesta e incluso las insulta, ya sea interna o externamente, cuando éstas se convierten en un motivo del incumplimiento de su agenda personal.
    Se necesita, pues, hacer algo fuera de lo común, atrevido, irreverente, escandaloso, para atraer la atención de la gente y hacerla reflexionar, forzarla a tomar partido, obligarla a mirar. Inventar frases creativas y escribirlas en una pancarta ya no es suficiente para despertar a la población, se requiere algo más dramático, como romper las normas naturales de la autopreservación y coserse los labios, intervenir obras de arte público para mandar un mensaje, e incluso, ¿por qué no?, aprovechar el calor del verano para organizar un bicipaseo al desnudo.

    El sábado pasado tuvo lugar la sexta Marcha Mundial Ciclista al Desnudo, donde miles de hombres y mujeres se aligeraron las vestiduras para dar un bicipaseo atípico en ciudades alrededor de todo el mundo, como Madrid, Barcelona, Los Ángeles, Halifax, Ottawa, Londres y muchas más; en México participaron en Guadalajara, Morelia y el Distrito Federal.
    Los ciclistas y ambientalistas decidieron unirse y pasearse sin (o casi) ropa para reclamar su espacio por las calles, visibilizándose para exigir respeto al ciclista y al peatón, quienes son continuamente acosados y en ocasiones atropellados por los automóviles, los cuales se han convertido en un fuerte problema, tanto de movilidad como de contaminación atmosférica y auditiva, en prácticamente todas las ciudades del orbe (quizás con la excepción de Ámsterdam, en Holanda, donde hay más posibilidades de ser arrollado por una bicicleta que por un auto).

    Hombres y mujeres se despojaron de sus vestiduras y en su lugar decoraron sus bicicletas o sus cuerpos recurriendo al body painting, o escribiendo mensajes en sus espaldas u otras partes de su anatomía como: “¿Ahora sí me ves?”, “Andar en bici fortalece las pompis”, o “conductor, no me mates”.

    Los grupos organizadores de este movimiento en México, como Guadalajara en Bici, expresaron claramente sus objetivos en su página de internet, entre los que estaban el cuestionar la excesiva dependencia que tenemos a los combustibles fósiles; promover el uso de transportes de locomoción humana, relacionando el ejercicio a la salud; enaltecer la fuerza individual y corporal y promover el respeto al ciclista y al peatón al desnudarlos ante el tráfico.

    A pesar del gran conservadurismo que existe en nuestro país, el cual se acentúa en las provincias, las manifestaciones se realizaron en paz y con respeto, lo que animó a muchos de los participantes a irse despojando de su ropa, hasta quedar completamente desnudos, donde el cuerpo se volvió un medio de comunicación, dejando de ser un objeto de morbo, y donde lo chocante que pudiera parecer la desnudez para muchas personas, sirvió para que volcaran su atención en ellos, y aunque sea por un día hacerlos pensar en el ciclismo como una forma alternativa de locomoción, y a las autoridades a enfocarse en la bicicleta como una opción efectiva y motivarlos a crear más vías y espacios para ellos.

    Mas lo interesante de este experimento social son las acciones utilizadas para atraer la atención de los más adormilados, las cuales no sólo parecen cada vez más irreverentes, sino que además reclaman la autonomía y la propiedad de sus propios cuerpos, ya sea cosiéndose los labios o desnudándose en público, haciendo de ellos no sólo el vehículo primario de movilidad, sino también el más llamativo lienzo u objeto de intervención, que irónicamente exige derechos al mismo tiempo que los ejerce y que parece decir: “Este cuerpo es mío, y mostrarlo, mi prerrogativa”, en un significado más amplio de libertad. ¡Bienvenida la nueva revolución social!

  • Lo que nos dejó el bicentenario.

    Tal vez se sacarán ustedes un poco de onda, mis estimados lectores. Pero es la primera vez que salgo a festejar el aniversario de la independencia. Muchos dirán que soy un antinacionalista o que no me importa mi país. No, nada de eso. Pero es que tal vez dar el grito no es mi forma de expresar mi patriotismo y el amor que tengo por México, yo busco hacerlo por medios más prácticos. Y de hecho esta vez ni siquiera dí el grito, más bien mis amigos querían salir so pretexto del Bicentenario. Y no fué una salida muy mexicana, fuimos a las Wings Army de la plaza Terranova a llenarnos de alas de pollo y ahí aprovechamos para ver las celebraciones del Bicentenario.

    Muchos se quejaron de que nuestras autoridades tiraron la casa por la ventana y que gastaron millones de pesos en realizar este magno evento. Creo que era meritorio hacerlo ante los festejos del Bicentenario (yo de lo que me quejaba era de que mucho lo dejaron en manos de los extranjeros), porque si se hubiera invertido poco, por el contrario, la misma gente diría que se trató de un «festejo chafa» y creo que al menos el evento en el Zócalo como Show estuvo muy bien y estuvo a la altura. Y disculpen mi ignorancia si no entendí que era ese gran mono blanco que levantaron en el mismo Zócalo (no le ví la forma de Hidalgo, Morelos ni Josefa Ortíz de Dominguez).

    El problema del Bicentenario es que quedó en solo eso, en un mero show mediático donde se «medio» recordó a las figuras principales que conformaron esta nación y se expuso parte de esa cultura mexicana que nos hace únicos. Pero se perdió la gran oportunidad de reflexionar la historia de nuestro país, no se hizo y creo que eso es una pérdida muy importante. Creo que de nada sirven los conciertos o que miles en la plancha del Zócalo y en otras entidades del país, la gente grite ¡Viva México!.

    A la población en general la percibí poco consciente de lo que se estaba celebrando. Sinceramente parecía el mismo grito de todos los años (nada más con un poco de mayor intensidad), pero era simplemente un pretexto para festejar algo. Estoy seguro que muchas de las personas que daban el grito ni siquiera saben en realidad lo que festejaban, su conocimiento solo llegaba a saber que imitaban a Hidalgo cuando dió el Grito de la Independencia (y que para colmo cuando Hidalgo dió ese grito, no tenía en mente todavía independizarse de México, sino reclamar los mismos derechos para los criollos).

    Me puse un poco feliz (al menos) cuando un amigo mío empezó a recordar lo que habían hecho los heroes de la independencia y se lo contaba a su novia, al menos ya era algo. Pero en la gran mayoría de los casos nadie realizaba ningun tipo de reflexión sobre la Independencia ni la Revolución. La gente solo se limitaba a lo de siempre, a mostrar un inocuo nacionalismo al poner banderitas en el coche o a dar el grito. Pero he aquí la gran pregunta que me hago. ¿Por qué la gente no demuestra ese supuesto nacionalismo en la vida diaria, los 364 días restantes del año?.

    El Bicentenario a mí me deja decepcionado, creo que como mexicanos no hemos sabido valorar la envergadura de tales festejos. Tal parece que no nos importa mucho nuestro país, más allá de cuando se trata de gritar ¡Viva México! o de cuando la selección le gana a Estados Unidos.

  • En el 2010.

    Hace 10 años, lo recuerdo muy bien. Estaba viendo el canal de MTV por el extinto (al menos en México) Directv un majestuoso evento donde participaban artistas de todo calibre para darle la bienvenida al año 2000 en el Times Square de New York. Todo mundo tenía puestos sus lentes que formaban el año 2000, y no muy lejos de ahí, las torres gemelas nos decían con su imponente estructura, que no les quedaba mucho tiempo de vida. Pero nadie, tal vez ni siquiera los de Al Qaeda, sabían que iban a desaparecer por un atentado terrorista.

    Se sentía una catarsis interna al saber que a nosotros nos había tocado vivir el cambio de milenio, nos sentíamos especiales porque no muchos humanos podían presumir haber vivido ese cambio. Y si, el nuevo milenio trajo muchos cambios positivos y negativos dentro de nuestro planeta, sucesos y reacciones inesperadas que nos movieron el tapete y cambiaron el transcurso de la historia de la humanidad para siempre.

    Ahora estamos en una situación un poco parecida, nos hemos dado cuenta que ya han pasado 10 años desde aquel cambio milenario y muchos nos hemos dado cuenta que el tiempo ha pasado volando, algunos habremos aprovechado muy bien la vida en esta década y otros no tanto.

    En México el 2010 es un año clave, no solo por los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. Sino que muchos esperan que en México ocurra un cambio de los mismos tamaños ante esta fecha simbólica, por el descontento social que existe en nuestro país. Unos esperan que el cambio se dé desde el institucionalismo, otros desde el interior de cada persona, otros lo desean hacer en la calle, y unos cuantos no se la pensarían dos veces para tomar las armas como sucedió hace 100 y 200 años.

    Creo que es sano replantearse un cambio como país, y tomar como pretexto el simbolismo de la fecha. Pero los que han leído algo de historia, se habrán dado cuenta que en los dos eventos anteriores algo salió mal, tanto que los 99 años que le siguieron a cada episodio, sirvieron para tratar de recomponer los errores que trajo cada suceso. Especialmente lo podemos ver con la Revolución Mexicana que terminó en una dictadura disfrazada por el PRI que duró 70 años, o con la lucha entre conservadores y liberales que se desató después de la Independencia.

    Estamos en una situación coyuntural donde podemos pensar en algún cambio. Estamos empezando a recuperarnos de una crisis económica, estamos descontentos con la forma en que el gobierno se ha manejado, e incluso también nos molesta la reacción de la oposición a ese gobierno. La credibilidad en las autoridades está por los suelos, vemos como otros países como Brasil ya han tomado la decisión de salir adelante mientras nosotros estamos todavía pensando en que vamos a hacer. Realmente estamos en una crisis como país, como un todo. Pero también dicen que las crisis son momentos de oportunidad, momentos de replantearse la forma en como se hacen las cosas.

    En esta coyuntura también tenemos algunos elementos positivos que abren más las posibilidades para pensar en un cambio. Y uno de esos elementos es la libertad de expresión. Hace algunas décadas uno tenía que aceptar y respetar el sistema. Ahora tenemos muchas voces críticas, tenemos intelectuales de izquierda y de derecha que están al tanto del que hacer político y social en nuestra nación, pero sobre todo, ahora más que nunca, el ciudadano común es libre de expresarse. Ahora el mexicano común ya puede pensar en crear asociaciones civiles, ya puede pensar en manifestarse sin algún interés que lo obligue, tiene todas las herramientas, tiene no solo el Internet y las redes sociales que tanto son utilizadas para estos medios. Tiene su voz, y sobre todo la razón. Y si algo no se ha valorado como un cambio positivo en México, es el ejercicio de la libertad de expresión.

    Es por eso que podemos pensar en el 2010 como un cambio real. Creo que tenemos la capacidad y los medios para replantearnos las cosas como nación y como conjunto de personas que somos. ¿Seremos los partícipes de una nueva revolución que de verdad redirija a nuestro país a mejores caminos?, ¿o será este un año más, como cualquier otro?. La respuesta y la decisión se las dejo a ustedes.

  • Minipost #7 México 1810 – 1910 – 2010

    Todo está dado para seguir con la tradición. Hay crisis económica, inseguridad, marginación social, y hasta líderes que se apuntarían a hacer la nueva revolución. Pero ojalá no la hagan los de siempre porque si no más bien hablaríamos de un 2984. El Ingsoc lidereado por Germán Martinez, las Pejepantallas, La Policía del Pensamiento infiltrada por los Zetas, Elba Esther Gordillo incluyendo la neolengua en los libros oficiales de la SEP (dobletransear), y El Gran Hermano, pues ¿como no?, Adela Micha, o de perdis, Alan Tacher.