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  • Cuando ser rebelde dejó de tener sentido

    Cuando ser rebelde dejó de tener sentido

    Tiempo atrás, cuando uno se rebelaba contra lo establecido, sentía cierta adrenalina porque sabía que el acto de rebelarse conllevaba un gran riesgo ante una sociedad que le pedía que se cuadrara. Así, cuando uno se iba de pinta de las clases o cuando uno escuchaba con sus amigos de ese «rock pesado» prohibido porque las señoras decían que era del diablo, sentía esa emoción en el pecho. Es como si practicara un deporte extremo con la emoción al límite: sabía siempre que corría el riesgo quedar en evidencia y recibir un castigo ejemplar, pero el premio que recibía, el conocer qué había más allá de ese recuadro que era su vida común y corriente, era una suerte de tesoro, como salir de la matrix.

    Pero hoy eso se ha acabado, ya no hay sentido en la rebeldía porque el «ser rebelde» se ha convertido poco a poco en lo establecido. Hemos entrado a una extraña paradoja donde rebelarse contra el status quo es, en cierta forma, el status quo. No hay escapatoria, parece que el sistema ha absorbido al mundo que se encuentra afuera de éste. 
     
    Si antes el rock era algo «antisistema», las expresiones que ahora nos pudiesen parecer subversivas son transmitidas en horario estelar en los principales medios de comunicación: así, no es poco común escuchar (y hasta bailar) el reaggeton dentro de los eventos familiares donde los tíos juegan con los sobrinos mientras se escucha música con letras misóginas y de alto contenido sexual. Si me pinto el cabello de verde, si me pongo un arete, si me hago un tatuaje, ya no es rebeldía sin causa sino tan solo una forma de expresión personal. En realidad ya no me estoy rebelando contra nada ni contra nadie porque no hay nadie que me diga si está bien o si está mal.

    El rebelde tampoco quiere asumir el costo de ser rebelde, quiere serlo pero no quiere asumir sus consecuencias. Por fortuna para él, ya no hay nadie que lo castigue por ello, ya no hay costo que pagar. Pero para su mala fortuna, es rebelde y en realidad no lo es. 
     
    Por tanto, la rebeldía también ha dejado de tener una causa, y menos tiene un significado o un mensaje: los rockeros y los hippies de los años 70 se rebelaban contra la guerra de Vietnam, contra el gobierno, contra un capitalismo «enajenante». Hoy la única rebeldía es el acto de rebelarse contra algo que no tiene forma y menos fondo. Los que dicen rebelarse contra el capitalismo no quieren dejar de consumir café en Starbucks ni tuitear en el iPhone. Los que se rebelan contra las jerarquías no quieren dejar la casa de sus papás. 
     
    Desorientados, algunos intentan convertirse en «rebeldes reaccionarios» cuestionando el acto de rebeldía para así, sentir que se rebelan contra algo. Ahí están quienes critican los excesos de los movimientos feministas para que alguien los confronte, o incluso se convierten en «políticamente incorrectos». Pero caen en la misma paradoja, nada más que a la inversa: si los primeros se rebelan cuando rebelarse es lo establecido, los segundos esperan ser rebeldes no siendo rebeldes.
     
    El sistema ha asimilado la rebeldía y, al hacerlo, el individuo ha quedado atrapado. Ya da lo mismo si se rebela o no, ya da lo mismo si trasgrede los esquemas establecidos o no, porque ser rebelde ya no es una transgresión, es un esquema establecido, y también una banda de pop creada por Televisa.

  • Rebeldía

    Rebeldía

    RebeldíaEn la mayor parte de mi vida fui un rebelde. Ignoro si en mi caso influyó más el entorno, o más bien era una predisposición genética. En la primaria me suspendían por «mentársela» al maestro que me castigaba injustamente. Alguna vez le dije al ex Gobernador priísta de Jalisco, Guillermo Cosío Vidaurri, que era un ratero en un club privado cuando estaba en funciones (tenía 8 años y ya sentía la indignación de escuchar a los adultos del fraude del 88, de la corrupción, y las malas mañas). Esa rebeldía ponía en cuestionamiento el sistema bajo el que yo vivía, pero a la vez me costaba adaptarme. También era necesario un orden, un equilibrio.

    Dicen que los extremos son malos. La rebeldía sin causa ni fundamento, entorpece la construcción de un orden necesario para obtener un equilibrio tanto individual como social. La sumisión por su parte, no permite cuestionar dicho orden y es displicente ante el natural deterioro que le acarrea su nulo cuestionamiento. Por eso creo en una sana rebeldía que permita al individuo ir modificando prudentemente el orden en el que vive hasta llegar lo más cercanamente posible a la imposible perfección.

    En México nos cuesta trabajo llegar a ese punto, que es el más productivo. Por un lado están los que no quieren cambiar, los que tocan con el claxon a los inconformes y les dicen que se pongan a trabajar. Por otro lado están quienes por una propia naturaleza niegan a las autoridades. Todo lo que venga del gobierno, del poder, es necesariamente malo. «No debería existir el gobierno».

    La rebeldía que funciona es la que tiene causa alguna. La que se opone a aquello que no funciona pero respeta aquello que sí lo hace. Se trata de una rebeldía que busca un progresivo mejoramiento, no una simple catarsis contra el sistema. Una rebeldía que sí, puede empezar con protesta, pero tiene que proponer, debe buscar soluciones para subsanar un régimen, que porras leyes de la entropía, está en continuo deterioro.

    Un rebelde con causa, es un individuo preocupado por su entorno. No busca destruirlo ni mucho menos conformarse con él, sino que busca mejorarlo, busca erradicar sus vicios e incluir nuevas virtudes. No es revolucionario, ni mucho menos reaccionario. Es evolucionario. Es un individuo despierto, inconforme por naturaleza, pero que ha sabido educar sus impulsos.

    Haberle dicho ratero al Gobernador, quedo en mera anécdota. Si hubiera dicho que ni modo, que así son las cosas, tampoco hubiera ocurrido nada. Pero pensar que puedo participar activamente en lo social, que puedo incidir, influir, sí puede hacer una diferencia.