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  • Gilberto Lozano, ¿ha llegado la derecha populista a México?

    Gilberto Lozano, ¿ha llegado la derecha populista a México?

     

    Gilberto Lozano, ¿ha llegado la derecha populista llega a México?
    Fotografía: Periódico ABC

    Marine Le Pen, Donald Trump, Nigel Farage son nombres que nos preocupan a quienes estamos interesados en la política. Sin embargo, muchas veces creemos que en México no están «dadas las condiciones» para que un populista de derechas surja en el país. 

    Ciertamente hay rasgos que no se pueden replicar, como por ejemplo, mantener una postura firme hacia los migrantes porque son pocos los que habitan en nuestro país. A algunos ni siquiera los rechazamos -sobre todo aquellos americanos y europeos- porque algunos dicen que «vienen a aportar algo» y a veces se les tiene en demasiada estima. Por otra parte, esos otros pocos que algunos ven con algo de desprecio, son aquellos que solo vienen de paso.

    Pero haciendo lado esta eventualidad, no somos un país que esté «vacunado» contra este tipo de líderes. Que no los hayamos visto, o que no hayamos presenciado fenómenos de este tipo -que creemos que sólo se pueden concentrar en la izquierda, sobre todo en la de MORENA- no significa que un líder de este tipo, un Trump mexicano, pueda surgir.

    Alguien ya levantó la mano, se llama Gilberto Lozano. Él es un regiomontano que ha ocupado cargos importantes como Director de Recursos Humanos en la cervecería Cuauhtémoc Moctezuma, mismo puesto que ocupó en FEMSA, y también fue directivo de los Rayados del Monterrey, a quien salvó del descenso.

    Este peculiar personaje se ha vuelto cada vez más popular por su activismo en redes sociales y por sus ataques estridentes contra el gobierno mexicano. Hace pocos días organizó la marcha contra el gasolinazo en Monterrey que aglutinó a decenas de miles de personas.

    Me dí a la tarea de analizar los videos de Lozano para conocer cómo es que piensa y que propone, y me encontré con lo siguiente:

    Gilberto Lozano se asume como antisistema, no sólo ataca a Peña Nieto, a quien denunció por traición a la patria, sino a toda la clase política:

    Yo desaparecería la Cámara de Diputados y Senadores porque ellos no conocen las leyes.

    Ha aprovechado el descontento generalizado por el gasolinazo  -en el cual ha llamado a la desobediencia civil y a no pagar impuestos- para hacer crecer su movimiento llamado Congreso Nacional Ciudadano. Digamos que ha entendido a la clase media mexicana conservadora -aunque su discurso bien podría atraer a algunas personas de izquierda- y ha creado un discurso fácil, de lugares comunes, y muy estridente: «son sátrapas, son zánganos». Gilberto Lozano es políticamente incorrecto y puede insultar con malas palabras a Enrique Peña Nieto y a Andrés Manuel López Obrador. 

    Te están temblando las piernitas, estoy seguro que cuando diste tu mensaje Peña Nieto, traías pañal deshechable, por lo mentiroso, y porque ya traes diarrea de lo que vamos a hacer los mexicanos contigo. 

    Pero no sólo es en la estridencia y en el lenguaje vulgar donde podemos ver paralelismos con otros populistas como Donald Trump. También es nacionalista. En sus videos propone no consumir productos extranjeros y mantiene una postura beligerante hacia las empresas transnacionales:

    Vamos a mexicanizar a México, no vamos a caer en el juego de la globalización, aquí tenemos riqueza y la vamos a rescatar para los mexicanos.

    Y por si faltara poco, al igual que ocurre con los populistas de derecha de Estados Unidos y Europa, arremete y desprecia a los intelectuales y académicos: 

    La Ley 3 de 3 es un engaño, pero la parafernalia de los intelectualoides, de la gente que escribe, los editorialistas, te hacen creer falacias. Te inventan con que estamos avanzando.

    Gilberto Lozano toma también algunas banderas de la izquierda como la masacre de Ayotzinapa o el desprecio a las «televisoras del régimen» (Televisa y TV Azteca), porque básicamente desprecia al sistema. Pero Lozano también incluye a la izquierda lopezobradorista como parte del régimen que hay que extirpar. 

    En un país en el que ciertamente todos estamos hasta la madre de la clase política, hay quienes han levantado la mano para proponer un modelo de cambio: Jorge Castañeda y Pedro Ferriz habían sido las dos principales voces que pretenden contender por la candidatura independiente, y aunque han sido muy críticos con el gobierno, se han mostrado más moderados que Gilberto Lozano, quien por medio de un lenguaje soez, estridente, y políticamente incorrecto, podría canalizar de mejor forma a la sociedad indignada por lo que pasa dentro de la política de su país. 

    Falta un año y medio para las elecciones, no es demasiado tiempo, pero tampoco es lo suficientemente poco como para que Gilberto Lozano no pueda aspirar a alguna candidatura. Aunque no ha afirmado de forma explícita que quiere contender por la Presidencia de la República, sí propone acabar con la clase política e instaurar un gobierno ciudadano con su lema «cheranizar a México«. Con el tiempo veremos qué tanto crece este fenóneno, y también podremos conocer de mejor forma quién es él. 

    Pero al día de hoy, no dejo de advertir esos varios paralelismos con la derecha populista que está creciendo en Occidente. Raro sería no ver algo así cuando tenemos una clase política tan desprestigiada y degradada. 

    Aquí pueden consultar su página oficial

     

  • México es un delicioso pastel que pueden comerse unos pocos

    México es un delicioso pastel que pueden comerse unos pocos

    Cada cierto tiempo en México algunos medios y opinólogos nos alertan sobre el peligro del populismo. Lo hacen incesantemente. El primer nombre que viene a la cabeza es el de López Obrador, y tal vez en mucho menor medida, el de «El Bronco».

    México es un delicioso pastel que pueden comerse unos pocos

    Existen videos realizados por estos medios que explican las características del populista, y de alguna forma aciertan en su crítica. Su discurso es maniqueo, dividen al país entre el pueblo bueno el cual siempre tiene la razón (y con tener la razón me refiero a que cómo el líder no se equivoca, y el pueblo cree ciegamente en él, entonces el pueblo no se equivoca) y los bandidos, los empresarios, los imperialistas, la mafia en el poder.

    Pero quienes hacen esas críticas suelen olvidar una cosa: Las causas por las cuales surge el populista.

    En realidad no es que las olviden, es que muchas veces son parte del problema y prefieren ignorarlas. Una televisora coludida con el gobierno puede hablar en su noticiero sobre como México podría desmoronarse si «el populista» llega al poder, cuando en realidad esa dinámica donde dicha empresa recibe favores del gobierno a cambio de concesiones, está destruyendo el país.

    Ni la Venezuela antes de Chávez, ni la Cuba antes de Castro, ni la Bolivia antes de Evo eran ejemplos de democracias funcionales. En realidad eran países muy injustos donde algunos pocos capitalistas estaban coludidos con el aparato gubernamental, lo que se traduce en mayores beneficios para ellos en perjuicio de la población, se enriquecen a costa de los demás y generan un país más desigual. Es decir, un juego de suma cero, cuando en un mercado libre, el juego no es de suma cero, sino que ambos ganan.

    Y ese es el estado actual de México. El México de hoy se parece mucho a la «Venezuela antes de Chávez».

    A la fecha, empresas como Televisa siguen ejerciendo poder sobre la clase política para beneficiarse. A la fecha, a las empresas que crecieron al cobijo del gobierno no se les ha hecho participar en un esquema de libre mercado. Las élites son las mismas, no cambian, y eso es sintomático de la concentración de poder en la parte más alta de la pirámide.

    No es casualidad que en México existan 50 millones de pobres coexistiendo con algunos de los empresarios más ricos del planeta.

    Es fácil para demagogos como López Obrador etiquetar a esa clase beneficiada como la «mafia en el poder». De hecho dicha etiqueta no es del todo errónea, porque es un pequeño grupo que posee la mayor parte del poder del país, como si se tratara, sí, de una pequeña mafia.

    El problema está en que personas como AMLO usan dicha circunstancia para crear un discurso maniqueo de buenos contra malos y erigirse como líderes espirituales; peor aún, aseguran que el culpable es el mercado, el neoliberalismo; y entonces pugnan por una mayor intervención del Estado en la economía y en la vida cotidiana. Pero en realidad es todo lo contrario. A esa dicha concentración de poder se les debería de quitar los privilegios que tienen con el gobierno y hacerlos competir justamente en un mercado libre, donde sea la calidad de los productos y servicios, y no de las relaciones que tienen con el Presidente, o con los diputados que ellos mismos han colocado en las cámaras (telebancada), los que determinen su éxito.

    En realidad, una mayor intervención del Estado propiciará a la larga la aparición de más «Televisas» y «Carlos Slim». Democracias disfuncionales e inequitativa como las de México y Rusia han sido antecedidas por una fuerte intervención del Estado en la economía. Ahora tanto México como Rusia presumen de tener magnates poco innovadores y sí muy hábiles políticamente para saber jugar con la ley a su antojo.

    Entonces para evitar la llegada de un «populista» como muchos temen, primero se debería modificar este orden donde unos pocos concentran la riqueza del país por su cercanía con el poder. Si no se hace, será cuestión de tiempo para que uno arribe al poder.

    Los partidos políticos no tienen intención alguna de hacer algo. México es un delicioso pastel que pueden comerse unos pocos, y los partidos entonces prefieren comer un pedazo grande en vez de crear las condiciones para que toda la población pueda aspirar a comer una rebanada del pastel.

    Al final tenemos un país muy dividido donde algunos de los políticos prefieren alinearse con «la mafia» mientras otros se preocupan más por alinearse al demagogo, sin que queden muchos que puedan, desde un postura objetiva, luchar por un México más justo por medio de un Estado de derecho que funcione para todos y no líderes demagogos que la violen porque la consideran injusta, en vez de legislar para hacer reformas a ésta y exigir su cumplimiento.

    Dentro de ese punto medio y objetivo podemos vislumbrar a algunos académicos, intelectuales u opinólogos, pero los políticos ubicados ahí son muy escasos.

    Entonces llegamos a la conclusión de que antes de alertar sobre los populistas, deberíamos alertar sobre lo que ya está pasando y arreglarlo. Porque de lo contrario no tendremos siquiera la autoridad moral de emitir dichas alertas.

  • ¿Qué hacer para que México no se convierta en Venezuela?

    ¿Qué hacer para que México no se convierta en Venezuela?

    Me da tristeza Venezuela, basta ver Caracas para entender lo que pasa ahí. Una ciudad que en algún momento transmitía progreso, rascacielos que se quedaron atrapados en los años 80, una ciudad donde en algún momento el tiempo se detuvo y donde la delincuencia (rebatiendo esa creencia irrebatible de que a menos desigualdad más pobreza) aumentó a niveles inusitados.

    ¿Qué hacer para que México no se convierta en Venezuela?
    Venezuela’s interim President Nicolas Maduro gestures while interacting with supporters during a campaign rally in Valencia. Venezuela, Thursday, April 4, 2013.

    Ayer asistí a un díalogo en el cual hablaron Gerardo Esquivel (quien realizó el ya popular estudio de la desigualdad para Oxfam) y Gonzálo Hdez Licona, Secretario Ejecutivo del Coneval quienes hablaron sobre el problema de la desigualdad en México. A Gonzalo Licona no había tenido oportunidad de escucharlo pero me pareció una persona muy preparada en el tema.

    No lo dijeron por su nombre, es más, creo que no lo sugirieron, pero con la descripción que hacen de México, parecemos ser caldo de cultivo para aspirar a una futura realidad como la que Venezuela vive en su presente.

    México es un país cada vez más desigual, el estado tradicionalmente corrupto y vertical (y no necesariamente el libre mercado por cuenta propia), así como nuestros vicios culturales, han propiciado este problema. Tal vez yo, que estoy sentado frente a una computadora, puedo pensar que no me afecta porque vivo en una clase relativamente acomodada (aunque sin gozar de los privilegios de los ganadores en un país inequitativo), pero sí que me afecta, porque un país donde el poder y la riqueza están concentradas y convenidas, un emprendedor tiene un escenario más difícil y menos competitivo para desempeñarse, porque menos empresas pueden surgir para crear más empleos; esa condición afecta a mi ingreso y a la calidad de mi vida.

    Slim, Larrea, Bailleres y Salinas Pliego, concentran el 9% del PIB – Gerardo Esquivel

    Pero mis reclamos son muy menores a comparación de los que pueden tener los que viven en el «mexicote». La gente pobre no tiene acceso prácticamente a nada, tiene muy pocas posibilidades de movilización social, de moverse de un decil a otro. La educación que reciben parece estar hecha para mantenerse en su condición. Esta realidad es la que convierte a México en un caldo de cultivo para la irrupción de un gobierno autoritario y populista (y para muestra basta el botón del gobierno actual, que con ciertas dosis de ello puede mantenerse en el poder).

    Se me hace cínico e hipócrita cuando algunos políticos y empresarios advierten sobre el «advenimiento del populismo» cuando ellos son quienes han propiciado las condiciones para que eso pudiera suceder. Es como quien come alguna sustancia podrida deliberadamente y luego se pregunta por qué se encuentra muy mal de salud. Muchos de los que hacen esta advertencia tienen un papel importante en la generación de estas condiciones.

    Pero los culpables no sólo son ellos, es un problema de sistema, multidimensional, y nosotros como ciudadanos tenemos cierta responsabilidad. El hecho de que no tengamos la suficiente empatía para que los migrantes puedan aspirar a dormir en un albergue «porque son sucios e incomodan», que discriminemos a los demás por su posición social, porque no es de «buen tipo», porque es «naquito», porque anda en camión (por consecuencia, en nuestro país el transporte público es para jodidos, lo cual ha colapsado las avenidas de coches que apenas se pueden pagar), todo eso alimenta este sistema excluyente donde unos pocos tienen muchos, y muchos tienen poco.

    Este sistema no sólo es propicio, es más bien una bomba de tiempo. Los que se quejan de los regímenes demagogos como el de Venezuela, generalmente no hablan de lo que tuvo que suceder para que eso ocurriera, no hablan de la concentración de poder y la riqueza en manos de unos pocos. Esto hace que los demagogos narren una historia maniquea y tramposa donde crean una dualidad entre los buenos (ellos) y los malos (quienes detentan el poder, incluso culpan a otras naciones (el imperialismo) como las causantes del mal, o bien a un sistema económico, aunque la realidad sea más bien compleja.

    La desigualdad también es generada por un sistema de justicia que premia a los ricos que tienen palancas y dinero, y castiga a los pobres. Un político corrupto puede permanecer en el poder, mientras un estudiante o fotógrafo puede ser asesinado impunemente.

    Lamento mucho que en Venezuela hayan encarcelado a Leopoldo López cuyo pecado fue convocar a una protesta, lamento mucho en lo que se ha convertido ese país y los gobiernos que lo han echado prácticamente a perder. Pero muchos de los que reclaman y se preguntan por qué es que está sucediendo esto, deberían de recordar lo que hicieron o dejaron de hacer cuando ellos estuvieron en el poder para que eso sucediera o para que se crearan las condiciones para que eso pudiera llegar a suceder en el país.

    Ahora Maduro, a través de políticas clientelares, populacheras, demagogia y cierta dosis de autoritarismo, se puede mantener tranquilamente en el poder. Se ha encargado de lavar cerebros lo suficiente como para que me llamen fascista por criticarlo. En México ya están hablando de hacer campañas para que esto no suceda aquí, spots, declaraciones; pero nadie está preocupado por atacar la raíz del asunto, porque eso significa despojarse de intereses, contratos, prebendas y privilegios; y por ello prefieren aplicar un remedio casero a un problema insostenible y que requiere urgente cirugía.

  • Andrés Manuel López Donald Trump

    Andrés Manuel López Donald Trump

    Me llama la atención cómo es que está creciendo Donald Trump. Parece que su explícito y deliberado conflicto con la comunidad latina le está rindiendo frutos, no le importó que varias empresas (no sólo las de origen latino) le dieran la espalda, ni que un sector de los líderes estadounidenses lo reprueben. Lo cierto es que está podría convertirse en la candidato por el Partido Republicano (aunque se dice que dentro del éste partido no ven la idea con muy buenos ojos). Hace apenas un mes, le llevaba 11 puntos de ventaja al segundo lugar, Scott Walker.

    Andrés Manuel López Donald Trump

    Sigo pensando que Donald Trump tiene casi nulas posibilidades de ser Presidente. Si bien está ganando terreno en el electorado republicano, con su discurso demagogo y radicalizado el voto útil jugaría en su contra. Incluso no se me haría descabellado que algunos republicanos que no simpatizan con el magnate con pésimo gusto para usar el peine, prefieran votar por Hillary Clinton (por el contrario, no creo que algún demócrata vote por Donald Trump).

    El problema no es la posibilidad de que llegue a la Casa Blanca (al menos por el momento), el problema es más bien el daño que causa en la sociedad norteamericana (y latinoamericana también) con su presencia, con sus discursos llenos de prejuicios y falacias. Trump mostró que también es un intolerante y antidemocrático al correr de una conferencia al periodista Jorge Ramos, quien lo cuestionó severamente.

    Los discursos de Donald Trump, así como los de López Obrador, tienen algunas similitudes. Si bien, a ojos de muchos parecerían opuestos, en el fondo puedo observar conductas similares (uno desde la derecha aborrece la influencia extranjera dentro de una nación como lo son los inmigrantes, y el otro lo hace desde la izquierda, apelando a los trasnochados ideales de Lázaro Cárdenas). Los dos han sabido crear enemigos (Andrés Manuel sólo engrandece lo que ya existe, Donald Trump los crea casi desde cero) que les ayude a sostener el discurso y los dos practican constantemente el arte del maniqueísmo. Tal vez López Obrador no tenga un discurso de odio en contra de un sector social (la comunidad latina es un conglomerado mucho más grande que esos pocos a los cual incluye en lo que llama «la mafia del poder»), pero al igual que Donald Trump, apela al nacionalismo para crear esa dicotomía entre buenos y malos.

    Cierren los ojos e imaginen que en 2018 AMLO es Presidente de México y Donald Trump preside a los Estados Unidos, ¿Cómo sería la relación entre ambos países?

    No se trata de fanatismo ni de un desprecio en contra de alguna corriente ideológica. Tanto Donald Trump como López Obrador son un ejemplo que el populismo y la demagogia pueden surgir desde la derecha o de la izquierda. Aunque en el espectro tradicional puedan encontrarse en posiciones opuestas, más bien los ya obsoletos términos se pueden representar en una circunferencia donde las puntas de las flechas que representan a cada lado de este espectro tienden a encontrarse.

    Un deteriorado estado de las cosas abona al surgimientos de estos personajes o movimientos (como Siryza en Grecia), pero no siempre es así. En el caso de López Obrador se puede afirmar que la figura de Peña Nieto (uno de los peores presidentes de la historia moderna de México) le ayuda mucho, pero Andrés Manuel tuvo su punto álgido en el 2006, cuando el país no estaba mal (aunque Fox no haya cumplido todas las expectativas que generó). Igual pasa con Donald Trump, por fin parece que la economía estadounidense está bien y por fin se ve en Obama un líder (que antes daba tumbos).

    A pesar de que las épocas difíciles ayudan a los demagogos (por eso surgen con más frecuencia en los países subdesarrollados), no necesariamente tienen que esperar a que ello suceda. Basta buscar el talón de Aquiles dentro del entramado social para buscar el pretexto perfecto.

     

  • El mejor Presidente no es el más popular

    El mejor Presidente no es el más popular

    Periódicamente, diversas casas encuestadoras publican una tabla de quienes son los Presidentes más populares de una región (Latinoamérica, Europa, América del Norte, o todo Occidente en su conjunto). En estos ejercicios se les pide a los encuestados que le den una calificación al gobierno del Presidente en turno, o bien, que lo aprueben o reprueben. Pero este tipo de ejercicios, a pesar de que metodológicamente sean correctos, en muchos casos pueden ser engañosos, sobre todo cuando se pretende pensar que ese resultado también habla de lo bien que pudieran estar haciendo su trabajo.

    El mejor Presidente no es el más popular

    Se dice que el mejor candidato es el peor Presidente y viceversa. Los políticos usan el arte de la demagogia, tienen detrás un equipo con una estrategia grandilocuente de publicidad, prometen lo que no saben si van a cumplir, o incluso hacen promesas que firman ante notario, pero que bien analizadas no llevan a ningún lado. Este tipo de candidatos son los que terminan triunfando. Un candidato honesto, que confiese a sus electores la realidad en que gobernará, y acepte sus limitaciones, es un candidato, que en un país como México, no tiene muchas posibilidades de ganar. Por eso es que las frases alusivas al cambio, desde el «Hoy» de Fox, hasta el «País de la Esperanza» de López Obrador o el «Mover a México» de Peña Nieto venden. Más en un electorado que ante un país que no se mueve mucho, finca sus esperanzas en alguien y lo idealiza.

    En realidad Fox no fue el «cambio» que se nos prometió, y tal vez pudiera parecer que Peña Nieto esta «moviendo a México», pero a escenarios preocupantes. Pero el problema de ese respaldo en lo popular, llamado «populismo», no termina ahí. El Presidente muchas veces puede tomar decisiones cortoplacistas para mantener satisfecha a la población con un afán más bien electoral, y esos se reflejan en esos estudios. Pero muchas veces un buen Presidente, alguien que realmente quiere hacerlo, en algunos escenarios debe tomar medidas impopulares que no lo ubiquen en la parte más alta de las encuestas incluso al terminar su gestión, un Presidente que deje del lado el afán electoral, el afán de la permanencia en el poder, para sembrar cambios que florecerán en años posteriores.

    Ello no implica automáticamente que un Presidente impopular sea buen mandatario. En muchos casos los ciudadanos lo reprueban con razón. O puede ser, como en el caso de Peña Nieto, que busque popularidad en cierto sector (en los sectores más vulnerables del país donde tiene mayor base de votos) en detrimento de otros sectores para obtener triunfos electorales posteriores. Incluso otros, como López Obrador, pueden basar su popularidad en cierto sector (clases medias y populares) en el desprecio de otros (privilegiados), y ello no implica que la impopularidad que puedan ganar sea proporcional a lo buenos que pueden ser como políticos.

    Un mandatario que quiere a su país, se debería preocupar más por lograr los cambios que se requieren para transformarlo, y menos por su posición en las encuestas. Es cierto que una alta impopularidad puede quitar margen de maniobra a un mandatario. Pero quien obra honestamente en el poder, de alguna manera encontrará el suficiente respaldo como para no tener un nivel de popularidad tan bajo que no le permita hacer casi nada.

     

  • De dioses a servidores públicos

    De dioses a servidores públicos

    Al menos así debería ser: El Presidente de la República es un servidor público, los ciudadanos lo eligen entre varias opciones que tienen para escoger y «contratarlo» (así como un empleador elige uno de entre varios currículums). Su puesto es muy bien pagado, hasta incluye pensión vitalicia; es un trabajo sí, extenuante. Porque resulta que el Presidente de la República tiene más de 100 millones de jefes. Tiene que tomar decisiones que den dividendos a dichos jefes, y en muchas ocasiones tiene que tomar algunas decisiones que A Priori no gustarán a varios de sus jefes (medidas impopulares) pero que sabe que a la larga los beneficiarán. El Presidente es un empleado, es el responsable del timón del barco y por eso recibe cierto respeto de los ciudadanos, pero no es ni el dueño del barco, ni es un enviado de los dioses marinos para conducir el barco a la tierra prometida. De dioses a servidores públicos, y sobre una necesaria transición de lo primero a lo segundo trata este texto.

    De dioses a servidores públicos

    En México tenemos a un López Obrador, un «luchador social», que ha logrado capitalizar el natural descontento de la población debido a la poca representatividad de los políticos tradicionales. López Obrador sí escucha a los ciudadanos. Deja el puesto de servidor, para dar paso al solucionador de todos los problemas de la gente. La relación se convierte en paternalista: López Obrador proveerá, López Obrador te saciará las inconformidades al darlas por hechas, al repetirlas hasta el cansancio, aunque decirlas no deba necesariamente resolver nada. Sus seguidores más férreos le tienen mucha fe. Si no están con su causa, están en contra de la causa de todos los mexicanos, porque no existe otra verdad más que la verdad. Las buenas intenciones y la integridad, a ojos de los seguidores, pueden más que la capacidad y la técnica; y si en la práctica ocurre lo contrario, se culparán a terceros de sus desgracias. Si López Obrador pide marchar, marchan. Si piden cerrar una calle, la cierran. El pueblo solo puede salvar el pueblo, pero su pueblo se llama López Obrador. Entonces sin López Obrador, el pueblo no se puede salvar a sí mismo.

    Luego tenemos a un Peña Nieto, priísta. Se erige como servidor monarca demócrata/totalitario. Recibe frases de sometimiento psicológico disfrazadas de normas protocolarias como «El Señor Presidente Licenciado Enrique Peña Nieto», «El Señor Presidente Peña Nieto nos prometió construir una carretera» o el clásico «Disculpe usted, Señor Presidente«. ¿Manejado por otros? Tal vez, pero él es el que da la cara, y representa al poder. El Señor Presidente debe mostrarse como eficaz, nadie puede estar encima de él, ni Televisa, si no hay palo. Como afirmaba Luis XIV, «El Estado soy yo», te construiré carreteras, ¿López Obrador te daba una despensa por tu avanzada edad? ¡Yo, el Señor Presidente Licenciado Enrique Peña Nieto me comprometo a entregártela!. ¡Nuestro Compañero, el Presidente de la República! dicen dentro del PRI, con ese tufo light de la camaradería soviética. Un monarca que de pronto niega su esencia, ¡México es una democracia!, pero luego pone su condición en práctica. Manotazos, viajes en aviones de lujo, la mano extendida, copete bien ajustado, primera dama cuya foto podría aparecer en las paredes de los edificios más importantes como en Corea del Norte o la Unión Soviética, pero que más bien aparece  repetida varias veces de cuerpo completo en las refaccionarias y tlapalerías.

    Los venezolanos van más atrás en esta transición de la deificación hacia el presidente empleado que debe rendir cuentas. Tendríamos que magnificar al cubo los aires mesiánicos de López Obrador, magnificar también el tufo monárquico de Peña Nieto, y colocarlos en una licuadora.  De esta forma tenemos a un Hugo Chávez, recién fallecido y a quien le deseamos un eterno y pacífico descanso. Amado por los chavistas apostólicos ortodoxos, ¡Pide una despensa y se os dará! Y odiado por los ateos bolivarianos, ¡Está loco, destruyó Venezuela, populista, demagogo!. Chávez puede crear una realidad alterna en sus súbditos. Dirá que la supeditación ante los Estados Unidos es arrodillarse ante el imperialismo, pero hacerlo ante Cuba, es un ejemplo de democracia.  Democrático dicen, pero embalsamado como Lenin y Mao. Él no es solo el estado, él es la democracia, él es el socialismo. Todos los términos tienen que tener un significado de tal forma que se adapte a su deificación, la ausencia de Hugo Chávez es la nada.

    Yo prefiero un servidor público, no un dios (si a veces tengo problemas para poner mi fe en el Dios que me enseñaron en el catecismo de niño). Quiero un servidor que esté preparado, que tenga principios, creencias, y que tenga como propósito el bien común. Un Presidente que acepte los aplausos cuando acierte, pero que asuma los silbidos cuando erre. Un Presidente que procure el bienestar, pero que sepa que los ciudadanos deben a la vez procurarse su propio bienestar. Que votar por él sea algo así como contratar un servicio y no una niñera o un padre autoritario. Lo podré llamar Presidente como forma de respetar su puesto, pero lo juzgaré por sus acciones y no por su «investidura».

     

  • La Cruzada Contra el Hambre ¿Solución, paliativo u… otra cosa?

    La Cruzada Contra el Hambre ¿Solución, paliativo u… otra cosa?

    Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida (Proverbio chino)

    La Cruzada Contra el Hambre ¿Solución, paliativo u... otra cosa?

    Es triste que en un país como México tengamos 50 millones de pobres. En muchos casos, ellos no son pobres porque quieren, sino porque la estructura social no les permite avanzar adelante, no tienen las herramientas para hacerlo. Los pobres son los que tienden a padecer más esa cultura paternal (por naturales razones) dado a que sus necesidades han sido botín de maquiavélicos políticos y han establecido una dinámica donde el pobre les debe lealtad a cambio de que este le provea recursos con el fin de que los políticos obtengan algún beneficio. La estructura del PRI es un claro ejemplo de ello, igualmente se ha criticado al PRD de establecer una dinámica parecida en el Distrito Federal aunque menos nociva dado que atiende a personas que ya no tienen capacidad de laborar (gente de la tercera edad), pero existe. De alguna manera todos los partidos han encontrado beneficios en la clientela, pero el partido tricolor ha sido el pionero y el que basa más parte de su poder.

    La Cruzada Contra el Hambre es un paliativo. no resuelve los problema de fondo. A veces puede ser necesario, sí, usar paliativos, sobre todo cuando las cosas se pueden salir de control, y se podría llegar a entender con la gente que se está muriendo de hambre. Sobre todo en aquellos que este busque tener al individuo con un nivel de nutrición aceptable. Pero también es importante que estén establecidos mecanismos donde se condicione la ayuda al individuo a cambio de un esfuerzo de su parte, esto para que vayan desarrollando por sí mismos un patrón conductual que les permita avanzar, algo así como sucede con el programa Oportunidades. El cual de una manera cínica fue calificada por quienes ahora entraron como populista, y aunque han dicho que mantendrán ese programa, ya se han escuchado casos donde esos apoyos han sido retirados (de lo cual hablaré más tarde).

    El problema de los paliativos es que pueden generar dependencia. La gente que no tiene satisfechas sus necesidades primarias hará lo posible por satisfacerlas, no importando si apoya a x o y político, es la condición humana. Lo peligroso es cuando esto también se vuelve un vicio para los gobernantes y se genera una dependencia mutua, debido a que la implementación de políticas que busquen desarrollar al individuo de escasos recursos y logren su autonomía, significará una pérdida de esos beneficios que les da la dependencia de los individuos hacia un político o hacia un partido. Por eso me preocupa sobremanera que apenas iniciada esta cruzada, se ponga énfasis en los estados y ciudades donde se aproximan elecciones, y no donde exista pobreza más extrema.

    La pregunta es si el gobierno de Peña Nieto estará dispuesto a romper algún momento con esa dependencia, en aras de promover el desarrollo del país. O bien su jugada será buscar mediante otras políticas procurar su desarrollo y cuando esto suceda dejar de usar las políticas clientelares debido a que esos votos vendrán por la convicción de los ciudadanos. O el otro escenario, el más pesimista, que simplemente busque preservar a los suyos en el poder, basándolo en la pobreza y la ignorancia de este país; este último escenario sería preocupante debido a que no existirán motivos para sacar a los individuos de la pobreza.

    Una de las cosas necesarias para que el país progrese, es el rompimiento de esa relación dependiente entre ciudadano y estado. Cierto que el estado tiene responsabilidades sobre el bienestar de los ciudadanos, pero tiene que ir orientado más a su desarrollo. Cierto, que en muchos países, sobre todos los desarrollados, hay mecanismos donde el gobierno otorga beneficios a los ciudadanos para procurar su bienestar, seguro de desempleo, pensiones. Aunque más bien proporciona una base a aquellos ciudadanos que ya tienen los mecanismos a su alcance para salir adelante (pero que por los vaivenes del mercado es sano proporcionarles un colchón), en este caso, hablamos de gente en pobreza extrema, personas a las cuales se les debe de dotar de herramientas que no tienen. Y lo peor que puedes hacer con ellos es establecer una política clientelar como fin último.

  • ¿6 millones de empleos?, la chocofantasía de López Obrador

    Andrés Manuel López ObradorEstados Unidos afirma, con todo y sus más de 300 millones de habitantes, que tiene buenas perspectivas y que se crearán 1.6 millones de empleos en su país. Obama es realista y eso es lo que se puede generar. En cambio, un candidato en México, llamado Andrés Manuel López Obrador en un acto claramente demagógico y populista que recuerda a su acérrimo rival Vicente Fox (con eso del 7% de crecimiento y la resolución del conflicto de Chiapas en 15 minutos) nos dice que en el primer año generará 6 millones de empleos, cifra curiosamente muy cercana a los 7 millones de «ninis» que tiene nuestro país. Es decir, en un año se acabarán todos los ninis y todo mundo tendrá empleo, pero ¿de dónde van a salir?

    ¿Del sector privado? Para esto necesitaríamos que se crearan, digamos 500,000 negocios nuevos rentables (asumiendo que en promedio cada empresa genere algo así como 20 empleos directos), ¿Se podría?. Podríamos traer inversión extranjera, pero el «Presidente del Empleo», Felipe Calderón, en sus 5 años donde fue a las convenciones internacionales a rogarles a las transnacionales que invirtieran en nuestro país, no generó prácticamente nada de empleo y no se que tan animadas estén a venir con un país que parece zona de guerra. Así que con el sector privado no podríamos contar mucho.

    ¿Con el sector público? Tendríamos que burocratizar demasiado el aparato gubernamental, crear demasiadas secretarías que no sirvan de nada pero que mantengan a los empleados con los impuestos, o bien, tendríamos que invertir demasiado dinero en infraestructura para generar esos empleos aunque en muchos casos serían temporales, y para generar 6 millones de empleos, el gasto sería tan grande que nuestro país quedaría endeudado. ¿entonces, dónde está la fórmula mágica?, yo no la veo.

    El «rayito de esperanza» tendrá una tarea titánica si quiere llegar al poder, el mismo dijo en una entrevista con Carmen Aristegui que era una persona congruente y cumplía con todo lo que decía. Aunque en realidad en su gestión en México D.F. ni de lejos creó muchos empleos y quedó con alguna cifra parecida a la que arrojó la presidencia de Vicente Fox. Viendo todo esto, yo creo que a López Obrador no le conviene llegar a la presidencia porque así la historia lo juzgará mejor, como un «luchador social» como un Zapata moderno. Si llega y trata de generar esos seis millones de empleos a la mala estamos fritos.

    Igual me estoy equivocando, y de no ganar, posiblemente Sarkozy, Merkel, y Rajoy llamarían a López Obrador para ayudarles a acabar con el paro que existe en Italia, España y Grecia. De esa forma, el candidato del amor llevaría cupidos con flechas que lleven pegado un contrato laboral para así acabar con la crisis en Europa. ¿O qué, no creen que sería buena opción?