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  • Relato de la riqueza y la pobreza africana.

    Estaba en una cita con un cliente, con el cual estamos pensando en lanzar un nuevo proyecto. Mi cliente (o más bien socio) es africano, y si bien no les puedo contar en lo que consiste el proyecto (por razones obvias), si les puedo decir algunas cosas que me estuvo contando con su acento inglés afrancesado. El me mostró algunas fotos de como viven los hijos de los ministros y dueños de las riquezas en algunos países africanos. Las fotos me impresionaron porque los hijos de los grandes capitalistas africanos son más snobistas que los ricos mexicanos, por poner un ejemplo: Necesitan estar aparentando su riqueza con sus relojes, sus cadenas, sus joyas y su ropa de última marca, algo así como los raperos norteamericanos, pero con un mejor gusto. Y claro no pueden faltar las chavas con las cuales tienen relaciones sexuales, los yates, y los antros donde solo se puede entrar por invitación.

    El snobismo cae a tal grado, que si un artista como Ricky Martin va a tocar a algún país africano o a algún país donde se encuentren alguno de estos African Junior’s, estos últimos le pagarán a ese artista para que mencione su nombre en el concierto. Es tal el grado de querer llamar la atención de parte de estos hijos de millonarios que hacen lo imposible por mostrar su gran nivel de vida. ¿Y que dirán sus papás al verlos derrochando todo su dinero? Sentirán orgullo, porque los ministros y ricos de África compiten por mostrar quien tiene más riquezas y por lo mismo derrochan todo el dinero en sus hijos, están orgullosos de darles todo para que tengan una vida lo más placentera posible. ¿Mas Rolex, más metesaca con mujeres, más yates?, más motivos para que los padres se sientan más orgullosos.

    Es tan contrastante lo que viven los ricos africanos con el pueblo, que solo necesitan salir en su auto lujoso de su casa para ver la miseria que rodea al pueblo. Sus mansiones son tan grandes y lujosas, mucho más que lo que se vé en un país en México, son como ghettos privados en donde se ocultan de la realidad africana. Ellos son unos pocos afortunados en medio de millones de personas que no saben si el siguiente día van a comer. Esto hizo que formulara la siguiente pregunta. ¿Oye, y porqué la gente no se rebela contra ellos?. Me dice, ellos no se rebelan porque le temen al «Black Magic» (magia negra) y al vudú, no secuestran a los ricos porque creen que serán castigados por las fuerzas superiores, ¿y como no van a tener miedo, si en países donde hay todo tipo de enfermedades y malformaciones, y que entre la población se piensa que estos son atribuídos al castigo divino?. En Africa no hay una clase media que cuestione la riqueza como lo hay en México, la mayoría de los países todavía no son democráticos y los que si lo son, no tienen todavía las condiciones para formar un pueblo capaz de decidir por sí mismo.

    En resumen, los ricos en África, son muy pocos, pero en promedio son más ricos, que el rico promedio de México. Pueden llevar una vida tan placentera como las que llevan los millonarios mexicanos como Carlos Slim. Ya sean ministros, dueños del petroleo o de los diamantes. Aprovechan las condiciones miserables de su pueblo quien se quedará quieto a la hora de ir a buscar la fortuna, la mayoría no los juzgaran y muchos de ellos ni siquiera saben que existen.

    Creo que el caso de África nos debe de poner a reflexionar y a ser agradecidos. Porque a pesar de todas las carencias de nuestro país, podemos ver que tenemos muchas cosas valiosas que ellos no tienen. A pesar de todo se tiene una mejor distribución de riqueza si se compara con los países africanos; a pesar de tener un duopolio televisivo, hay medios independientes donde expresarse; tenemos seguridad social; tenemos más oportunidades de salir adelante. Es cierto, falta muchísimo por mejorar en nuestro país, pero tambien hay que aceptar que no estamos en el peor de los escenarios, porque tenemos a mi consideración, las herramientas para salir adelante que los pueblos africanos no tienen. Si los mexicanos nos lo proponemos, podemos hacer de este país, un gran país, claro, falta que todos actúen y se responsabilizen en el papel que a cada uno le toca y claro, ojalá algún día estos pueblos africanos logren despertar como pueblos.

  • La desigualdad vista desde un automóvil.

    Rich people are getting richer, poor people are getting poorer.

    Les voy a contar un poco sobre mi recorrido en automovil que tuve el martes pasado en Guadalajara: Tomo avenida Patria, sorprendido de todos los cambios que ha habido en su entorno, una parte está llena de nuevos rascacielos de entre 20 y 40 pisos, todos son departamentos de lujo que cuestan millones de dolares. Sigo avanzando por Patria, cruzo el bosque de los Colomos y doblo en Américas, ahí también se ve una transformación total, más rascacielos nuevos, esta vez de oficinas, sigo en Américas y luego doy vuelta en López Mateos, un paso a desnivel nuevo para los automovilistas que convierte en algunos puntos a la avenida en un viaducto (aunque sin solucionar por completo el problema del tráfico), y cuando salgo del largo tunel que pasa por debajo de la Glorieta Minerva veo una enorme mole en construcción que ya se ve imponente, y que al parecer será un hotel que rondará entre los 45 y 50 pisos de altura. En ese punto cruza Lázaro Cárdenas donde tengo que dar vuelta, me doy cuenta de que esa avenida es muy caótica, ¿por que razón?, porque se está construyendo un puente atirantado que busca hacer de Lázaro Cárdenas una vía rápida.

    Hasta ese punto la impresión es de modernidad, ¿que no que México está mal?, ¿no que hay crisis?. Si yo veo rascacielos nuevos en todos lados, oficinas, viaductos, una enorme cantidad de tráfico que da a entender que cada vez más gente puede adquirir automóviles, nuevos desarrollos comerciales, centros nuevos de entretenimiento y espectáculos, estadios e inmuebles nuevos para albergar los Juegos Panamericanos o para hospedar a las chivas, equipo que alista su partido de inauguración en el nuevo inmueble contra el Manchester United. Mientras voy pensando en eso, en el cruce de López Mateos y Lázaro Cárdenas se para un indigente enfrente de mí, se avienta a mi automovil para lavarme el vidrio frontal, en eso le pito y le hago una seña con la mano para indicarle que no quiero su servicio. El indigente se va de mi automovil enojado e indignado, a pesar de que seguramente recibe tratos que en verdad son humillantes por otro tipo de automovilistas.

    Ahí es donde empiezo a notar un poco la incoherencia entre todo el enorme desarrollo que había visto y la realidad de ese pobre indigente. Me sigo de largo en mi automovil sobre Lázaro Cárdenas y el panorama empieza a cambiar poco a poco. Entro a la zona industrial donde empiezo ver otra realidad, gente de escasos recursos, muchos indigentes y gente pobre en las esquinas, camiones abarrotados de gente de bajo poder adquisitivo que nunca podrán aspirar a tener un departamento u oficina en esos edificios lujosos y espaciosos, que por cierto ya cada vez están más lejos de la zona en que me encuentro. Me sigo derecho por todo Lázaro Cárdenas y doy vuelta en la carretera hacia el aeropuerto. La realidad es otra, están los cinturones de miseria a la vista, la avenida tiene arbustos a los lados (que habían sido colocados para que en la cumbre del 2004, los presidentes de los países visitantes no se percataran de la pobreza extrema que hay en Guadalajara). Pero también notaba que al igual que en la zona moderna, las cosas habían crecido. Los cinturones de miseria ya son mucho más grande de lo que era antes, hay mas casas atiborradas entre calles empolvadas sin asfalto y en muchos casos sin los servicios básicos.

    Esa Guadalajara no tenía nada que ver con la otra, era como si de dos mundos paralelos y contradictorios se tratase (o bien de dos países totalmente distintos). Seguramente mucha gente de ahí no conoce la otra Guadalajara que me había impresionado tanto por su modernidad, o si la conocían era porque habían conseguido algun trabajo temporal en alguna construcción de algun rascacielos o de alguna avenida. Mientras manejaba meditaba sobre aquella contradicción, entre la modernidad creciente y la pobreza que también crecía, como si no fueran opuestas entre sí, mas bien se como si se complementaran o bien como si una necesitara alimentarse de la otra para crecer.

    Ahí termina el recorrido, el camino de regreso no lo narro porque sería la misma historia, pero a la inversa. Y yo solo me quedo meditando acerca de la desigualdad percibida desde un automovil, desigualdad que se repite entre personas, ciudades, estados, naciones o continentes, pero que parece ser que es inherente al ser humano y que siempre va a existir.