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  • Los Otros

    Cuando todo parece estar mal en el mundo, y uno casi casi quiere preguntar cómo se detiene para bajarse de él, tendemos a mirar a los países que parecieran lograr la armonía que a los demás se nos niega, países tranquilos y amantes de la paz como Noruega, cuya legislación es de las más incluyentes y avanzadas del mundo.

    Sin embargo, noticias como la del viernes pasado, donde un conservador de ultraderecha logró matar en solitario a 93 personas, basado en un inmenso odio que orilló su pensamiento a deshumanizar a aquellos con los cuales no estaba de acuerdo, nos lleva a pensar qué es lo que está mal sobre nuestra forma de ver a nuestros semejantes.

    El viernes anterior Anders Behring Breivik llegó a la isla de Utoya, después de haber colocado un auto bomba afuera de un edificio gubernamental en Oslo, con la intención de que su estallido le proporcionara el tiempo suficiente para cometer la peor masacre de la que tiene memoria Noruega. Breivik acudió a Utoya consciente de que en ese lugar se celebraba un encuentro juvenil del Partido Laborista al que acusa de tener políticas multiculturales y permitir la llegada de extranjeros al país. Cuando estuvo frente a los jóvenes, vestido como policía, pidió la palabra y abrió fuego contra ellas y ellos, cobrando la cantidad de 86 víctimas.

    Breivik aseguró que fue algo atroz, pero que necesitaba hacerse, y en su cabeza él no considera haber hecho algo malo, según afirma su abogado. ¿Cómo llega una persona a cometer un crimen tan aberrante, creyendo que le hace en realidad un bien a su nación? Tal vez las propias palabras de Anders puedan orientarnos un poco. En un documento donde explicaba sus acciones escribió: “Los musulmanes deben ser considerados como animales salvajes… No hay que culpar a los animales salvajes, sino a los traidores multiculturales de categoría A y B que permitieron que estos animales entren a nuestros países, y continúan respaldándolos”; al hablar de los traidores de clase A y B incluía a “políticos y periodistas”.

    El ultraconservador noruego no consideraba estar actuando mal por la deshumanización que en él había ocurrido hacia los musulmanes y aquellos que se les parecieran, cuyo número ha ido aumentando en los últimos años. Para Breivik esta cultura estaba incluso por debajo de la categoría de los animales, por lo que no representaba ningún daño moral el asesinarlos, o a quienes él creía apoyaban su inserción en la sociedad noruega.

    Media hora estuvo disparando un altamente armado Anders Breivik antes de que lograran someterlo, y en total, junto con la explosión en Oslo, asesinó a 93 personas. Pero si es chocante esta noticia no es sólo por su salvajismo o el número de muertos, sino porque es la representación de la pérdida de la inocencia de un país pacífico y con leyes respetuosas de los derechos humanos.

    Quizás es más sencillo analizar ese tipo de fenómeno donde el racismo y la intolerancia son la chispa que origina homicidios de este calibre, pero su filosofía se encuentra profundamente inmersa en nuestra propia mentalidad, como un demonio que se asoma cada vez más descaradamente, consumiendo nuestra humanidad. ¿O es que acaso no nos mostramos indiferentes ante la cifra de decesos que ha producido la guerra contra la delincuencia organizada, sólo porque un porcentaje de ellos eran criminales? ¿No nos estamos deshumanizando al negarles el acceso a la justicia y aprobando que se asesinen sumariamente? Si no lo podemos ver, es porque ya empezamos a observar a través de los ojos de ese demonio.

    Sería tal vez más fácil si lleváramos dicha situación al contexto de las muertas de Juárez, cuyos atroces asesinatos sólo pudieron haber sido cometidos por una persona que no veía en ellas a otro ser humano semejante a ella, sino a una cosa, similar a un animal, cuya vida era descartable.

    La separación del otro de nosotros nos lleva a la deshumanización, y nos mantiene en la línea del odio que tarde o temprano explica y justifica crímenes de lesa humanidad, además de que nos ciega ante las circunstancias sociales que originan su existencia, en el caso de los criminales. Ser capaces de indignarnos por el trato inhumano originado por raza, sexo, preferencia sexual o religión, pero justificar la muerte de una persona por haber cometido un crimen y negarle su derecho a un juicio, sólo indica que podemos reconocer la intolerancia, pero en algún grado seguimos inmersos en la ideología de que existen personas a las que se puede asesinar. Si en un país donde no existe la pena capital toleramos el homicidio en las calles, disculpando estas muertes con la excusa de que estas personas estaban violentando la ley, ¿no nos pone esto en su mismo nivel?

    Explicaciones y justificaciones para cometer un delito siempre existen, y para el actor principal siempre son válidas, pero si no nos regimos por un sistema de Derecho y seguimos avalando que se hagan juicios sumarios que terminen en modernos fusilamientos, nos ponemos en riesgo de que cualquier día alguien nos deshumanice a nosotros mismos, o incluso de que se nos llegue a confundir con algún “otro”.

  • El peso de ser una celebridad. La diferencia entre Amy Winehouse y los atentados en Oslo

    Amy Winehouse fué una cantante talentosa, la cual en su corta carrera solo lanzó dos discos (Frank y Back to Black). Su voz era realmente buena, tenía el registro de voz «contralto«, el registro vocal más grave en una mujer. Pero lamentablemente como pasa con muchas personas con un gran talento, también sufría de depresiones lo cual hizo que la cantante abusara del alcohol y de numerosas drogas. A pesar de su éxito y fama no lograba ser precisamente una persona feliz, tuvo problemas con su ex-esposo, la trataron de internar en clínicas de rehabilitación a lo cual siempre se negó. Su vida terminó a los 27 años, todavía no se explican las causas, pero seguramente sus adicciones y sus depresiones fueron la causa de tal muerte.

    Amy Winehouse entra al «club de los 27». A esa corta edad han muerto genios de la música como Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison o Kurt Cobain, los cuales se han convertido en mitos contemporaneos pero que sufrieron de una vida caótica a pesar de lo que la fama les podría ofrecer. Parece que con Amy Winehouse podría pasar lo mismo. Abuso con el alcohol, drogas, una vida sexual desenfrenada, depresiones mezcladas con un gran talento musical y la muerte dan como resultado a las leyendas.

    El peso de ser una celebridad en el mundo es tan fuerte que logró opacar lo ocurrido en Oslo Noruega (al menos así se percibió en redes sociales como Twitter), donde más de 80 personas murieron en un atentado. ¿Cómo en una sociedad tan perfecta como la Noruega pueden ocurrir esos hechos?. Primero se habló de un atentado islamita, pero ahora parece ser que este fue perpetrado por Anders Behring Breivik autor confeso que forma parte de una corriente ultraderechista. El primer atentado se llevó a cabo en el distrito gubernamental de Oslo, y el segundo en el campamento de las juventudes socialdemócratas.

    Esto es preocupante porque en países tan «perfectos» (Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca)  donde su población tiene un nivel de vida más que aceptable y donde la pobreza casi no existe, se están formando células ultraderechistas xenófobas. ¿Qué es lo que estará pasando?, me pregunto yo. La ultraderecha regresó al congreso de Noruega después de dos décadas de ausencia. Parece que a pesar de los grandes beneficios que recibe la población por parte del gobierno (ayudado claro, por un mercado eficiente), algunos no se conforman con eso y quieren ver a los que no piensan igual que ellos fuera de su territorio, ya sean extranjeros, socialdemócratas o de otras corrientes. Y fíjense, hace algunos años escuché por parte de algún experto que el retorno de un nuevo «Hitler» en Europa no era algo imposible dado el clima que se vivía en el otro lado del charco, no le creía pero parece ahora que no estaba tan equivocado.

    La democracia liberal no está pasando por uno de sus mejores momentos, eso es muy cierto. Muchos no están contentos con ella a pesar de sus beneficios. A los griegos les costó mucho sostenerla, no lo lograron y desapareció por varios siglos. ¿Cuanto tiempo lograremos sostener la democracia nosotros?.

    Eso es algo que me preocupa, más que la muerte de Amy Winehouse, que sí, es lamentable, pero que no representa un riesgo para una comunidad, país o región, como si lo representa el atentado que sufrieron los noruegos. La mayoría de la gente no se percata del trasfondo que conllevan los atentados en Noruega y por eso tal vez le den más atención a la muerte de una celebridad. La ideología política tiene una mayor repercusión en la sociedad que una hermosa voz, sin duda. Es duro sufrir de depresiones y lidiar batallas contra las drogas como en el caso de Amy, pero es más duro que casi cientos de personas tengan que pagar por la intolerancia de un fanático político.