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  • Desmitificando el nacionalismo bananero pt 1: Las empresas mexicanas

    Desmitificando el nacionalismo bananero pt 1: Las empresas mexicanas

    A partir de hoy estaré escribiendo una serie de artículos que subiré a este sitio esporádicamente y donde intentaré desmitificar todas esas creencias nacionalistas absurdas que tenemos y que nos han tratado de repetir por generaciones dentro de nuestras cabezas. No, no haré lo que hacen sitios como el Mitófago donde solamente cambian la versión oficial por la versión de «la derecha»; y no hablaré necesariamente de historia, sino de creencias que llevamos a lo cotidiano, que tomamos como normales pero son absurdas.

    Desmitificando el nacionalismo bananero pt1: Las empresas mexicanas

    Hoy empezaré con el tema de las empresas mexicanas: Siento que los mexicanos somos aprehensivos con lo «nacional», es algo que no se nos debe de escapar de las manos. Por más mexicano sea algo más mexicano será, si alguien se envuelve en la bandera mexicana más mexicano es, como si importara más la forma que el fondo.

    La gente se sintió orgullosa porque supuestamente el novio de Emma Watson era mexicano. ¡Eso lo dice todo, carajo!

    Cuando se habla de empresas mexicanas salen muchas voces críticas (algunas críticas acertadas, otras absurdamente erróneas o sacadas de contexto): -Son monopolios, son corruptas, no generan competencia, son parte de «la mafia del poder». Pero cuando una de esas empresas es vendida a algún conglomerado extranjero los sastres se llenan de trabajo porque hay muchas vestiduras rasgadas. La venta de una empresa mexicana al extranjero es una derrota, una humillación, un gol de Landon Donovan en un Mundial.

    Pero las empresas son de sus accionistas, no de México.

    Los accionistas tienen todo el derecho a hacer lo que quieran con sus empresas. Las empresas la trabajaron ellos, no son una concesión del gobierno, no nos deben nada; por el contrario, han generado empleos y en la gran mayoría de los casos, después de que estas empresas pasaron a manos de extranjeros, esos empleos siguen ahí.

    Pero algunos insisten que con la venta de la Cervecería Moctezuma y la Corona a conglomerados extranjeros, hemos perdido algo de «nuestro México».

    Venden Corona al extranjero

    Vivimos en un mundo cada vez más globalizado, agentes extranjeros intervienen cada vez más en nuestra economía, no porque seamos necesariamente más débiles, sino porque los progresos tecnológicos y sociales fomentan esta dinámica. Esto no sólo pasa en México, en Estados Unidos pasa lo mismo.

    Para muestra basta un botón, o muchos: Me imagino que ustedes saben que Detroit es una ciudad decadente. Esto lo es porque esta ciudad dependía mucho de la industria automotriz. Muchos de los empleos que generaban en esa ciudad se fueron ¿Y a donde se fueron? En gran parte a nuestro país.

    O sea, empresas estadounidenses, con el fin de abaratar costos dejaron de dar empleos a su país para traerlos al nuestro. En México por menos que eso estarían solicitando la nacionalización de las empresas, dirían que vendieron su alma al diablo. Pero esto en realidad es un proceso natural. Los países en desarrollo pueden ofrecer mano de obra barata (otra cosa es que algunas de estas empresas abusen y contraten trabajadores en condiciones infrahumanas como China), conforme estos países crecen y el poder adquisitivo también, esa ventaja competitiva naturalmente se pierde, pero dado el crecimiento (con una sociedad más educada y con más capacidad de compra) entonces pueden aspirar a generar empleos más cualificados (en lugar de obreros que maquilen, se opta por ingenieros que tienen una mayor preparación).

    Y hablando de empresas que se venden, sucede lo contrario. Por ejemplo, Carlos Slim va a Estados Unidos y ya es el mayor accionista de The New York Times con el 16.8% de los papeles clase A. ¿Los gringos se rasgaron las vestiduras? No (bueno, tal vez Donald Trump si tenga posibilidades de pegar un grito). Por otro lado, Bimbo tiene una considerable participación de mercado en Estados Unidos, y Cemex es una de las cementeras más importantes de Europa.

    Y si Corona, nuestra cerveza emblemática ya no es «mexicana», la Budweiser, la cerveza más emblemática de Estados Unidos ¡ya no es gringa! La vendieron a un consorcio brasileño-belga.

    Ustedes saben que la India con Bollywood es la segunda meca del cine y ellos tienen una considerable influencia en Asia y Europa del Este sobre todo. Bueno, resulta que alumnos de Stanford le sugirieron a Alejandro Ramirez dueño de Cinépolis, que invirtiera en ese país porque a pesar de la importancia que tiene la industria cinematográfica en ese país, las salas no eran de la mejor calidad. Ahora si vas a India, te vas a topar con uno o varios Cinépolis, te vas a sentir casi como en casa. Los inconformes (muchos de izquierda y algunos conservadores colados) seguramente no conocen esta historia. Y menos saben que Cinépolis tiene presencia también en Turquía, Brasil, Colombia e incluso Estados Unidos – ¡Pero Corona es de México, no se la lleven!

    Cinépolis en la India

    Y menos conocen a los mexicanos que fabrican drones y los exportan. No conocen la historia de Jordi Muñoz y Guillermo Romero quienes sólo después de los chinos son quienes venden más drones para uso civil ¡En el mundo!

    En lugar de esperar que el gobierno venga y proteja a nuestras empresas (cosa que ya hizo con el modelo de sustitución de importaciones y salió mal), y peor aún, tachar de antinacionalistas a aquellos que decidan vender sus acciones al extranjero, se debería de promover más el emprendedurismo y la innovación en nuestro país. En vez de llorar porque la Corona se fue, deberíamos de enfocarnos en generar más empresarios mexicanos. En resumen: en vez de cerrar nuestros mercados deberíamos de abrir más nuestras mentes. En vez de rasgarnos nuestras vestiduras, deberíamos crear emprendedores que diseñen vestiduras que no se rompan.

    Es sentido común, pero nuestros traumas nacionalistas a veces nos nublan la mente.

    Esperen mi siguiente entrega.

  • Made in Chismo

    Made in Chismo

    Recuerdo cuando era niño, se lanzó una campaña para alentar la compra de productos nacionales. Hace poco me acordé de ella, y es que eso ocurrió hace 20 años. Traté de buscar en Internet y sólo encontré un extracto de un libro que hace alusión a esta campaña. Y era una campaña curiosa, porque apelaba al ya tradicional nacionalismo que todavía tenemos en nuestras venas gracias al adoctrinamiento oficial. Y es que no es difícil de deducir que el «Chismo» hace referencia posiblemente a «Made in China» pero también a «malinchismo» y es que ese término nos lo inculcaron para odiar lo extranjero, para verlo como una traición.

    Made in Chismo

    Lo curioso es que esta campaña fue lanzada hacia el final de sexenio de Carlos Salinas de Gortari, poco antes del levantamiento del EZLN. Sí, por ese Carlos Salinas, arquetipo del neoliberalismo mal orquestado, de las privatizaciones, y del fin del proteccionismo. Pero me pregunto, ¿Es saludable escoger productos nada más porque son mexicanos? ¿O deberíamos de comprar los productos que nos satisfagan nuestras necesidades?

    Naturalmente consumimos muchos productos mexicanos, ya que forman parte de nuestra cultura (como nuestra deliciosa, picante y en ocasiones, engordante comida), o bien, porque nos enfrentamos a una condición monopólica (como algunos servicios) y en el más positivo de los casos, porque esos productos tienen muy buena calidad, o son los óptimos en la cuestión calidad-precio.

    Pero, si veo un producto gringo de mejor calidad que el mexicano que aparece al lado, o que satisface mejor mis necesidades. ¿Atento contra México si lo compro? ¿Soy un antipatriota? ¿Un mal agradecido con la nación?

    Algunos me dirán que sí, algunos izquierdistas, algunos priístas que viven del pasado, e incluso hasta algún panista perdido. Pero yo creo que no, es más, por el contrario, a la larga se le hace un gran favor a la industria mexicana.

    ¿Qué pasaría si compráramos si discrimináramos a los productos extranjeros con el fin de beneficiar a «nuestros compatriotas? Fácil, desincentivaríamos el desarrollo de las empresas mexicanas. Haríamos que fueran menos competitivas porque no tendrían motivos para innovar y ponerse al tú por tú con las empresas extranjeras, y se limitarían a competir sólo con las empresas nacionales.

    Lo peor para los nacionalistas, es que es prácticamente imposible que una sociedad sacrifique calidad o precio por comprar un producto mexicano. Incluso cuando la esquizofrenia nacionalista temporal nos invade, cuando se decide hacer un boicot por un día para «darle en la madre a los gringos», -Pos hoy no hay que comprar Coca ni ir al McDonalds- termina compensando en los días anteriores o siguientes. En lugar de comprar una Coca, compro dos, para así no comprar el día del boicot -¡Qué inteligentes somos!-.

    Creo que mejor cariño por la nación se puede mostrar alentando a los empresarios a innovar más, a sentirse orgulloso de aquellos que tienen la capacidad de competir fuera, aquellos que se quitan los paradigmas de que el mexicano es de segunda, aquellos que no necesitan que «papá gobierno» defienda sus intereses y los ayude a ser millonarios porque al menos «son mexicanos» (ejem, Televisa, ejem Slim).

    Defender al mexicano para que continúe siendo débil y mediocre es una absoluta contradicción. Entiendo ese chip, ese nacionalismo derrotista que nos metieron con los libros de historia. Porque nuestra historia es tan fea, que se levantan estatuas para erigir a «héroes míticos» que ganaron una batalla, pero que perdieron la guerra. Y es que nuestra historia puede ser mejor, sólo si empezamos a construir una nueva, y no si malcontamos la historia del pasado.

  • Las Chivas y el nacionalismo

    Las Chivas y el nacionalismo

    A pesar de nuestro nacionalismo barato, en nuestro país dicha manifestación no desemboca en violencia y radicalismos como sí sucede en otros países. Pero eso sí, tenemos un equipo alimentado por nuestro típico nacionalismo. Las Chivas Rayadas del Guadalajara. El equipo rojiblanco fue presentado ante la sociedad como el equipo del pueblo (a diferencia de su contraparte, el Atlas, que representaba a las élites tapatías), y el ingrediente que lo diferenció, fue el hecho de que en el equipo sólo pueden jugar mexicanos.

    Pablo Mejía quedó muy bueno el efecto de la taza jajaj

    No recuerdo algún otro equipo en las ligas más importantes del mundo, eregido como el más importante debido a esta característica nacionalista. Paradójico es, que los colores del uniforme de las Chivas deriven de la bandera de Francia.

    El equipo es considerado como el más importante de México por su historia, aunque si juntamos las últimas 3 décadas, veremos que ya varios equipos superan a la escuadra rojiblanca. Y la intención con esta no es hablar de futbol, sino más bien, advertir un cierto paralelismo entre los efectos del nacionalismo futbolero al nacionalismo común y corriente (que en parte puede ser casual y en otra sí puede haber una correlación).

    Términos como «orgullo mexicano», «pueblo», «tradición», los encontramos en las Chivas, pero también tienen un tufo revolucionario. Parecería que las Chivas fueran herederas de la Revolución Mexicana en versión balompié. Es curioso también que en la época de la sustitución de importaciones, donde el gobierno intervenía fuertemente en la economía, y protegía a lo mexicano de lo extranjero, las Chivas escribieron la mayor parte de su historia. De la misma forma, cuando México empezó a alejarse de los preceptos de la Revolución Mexicana y empezó a abrir su economía con Miguel de la Madrid. El América, plagado de extranjeros, tuvo su auge.

    Ahora en un momento donde el nacionalismo mexicano entra en crisis, sobre todo por su incompatibilidad con el mundo actual, tenemos a unas Chivas que están más cerca de descender que de levantar otra copa.

    Pero el nacionalismo en el equipo sólo, y ya sólo se limita al equipo. Lo extranjero termina invadiendo al equipo sólo hasta el límite que el mito lo impone. El equipo tapatío ha tenido técnicos extranjeros, es vestido por una marca extranjera (Adidas), y es patrocinada, en su mayor parte, por marcas extranjeras que visten a un equipo que juega en un nuevo estadio construido por extranjeros. De la misma forma, el nacionalismo en nuestro país empieza a arrinconarse. Lo extranjero lo invade todo, hasta el punto en que el mito se lo permite.

    Y de pronto nos dimos cuenta que vivimos en una aldea global, donde quienes no están satisfechos con el nivel de la liga mexicana, pueden ver la Champions League. Donde los jugadores pueden saltar de una nación a otra y jugar en varios equipos. Donde ya no es rentable (ni para el Barcelona) no llevar patrocinador en el pecho.

    Al final del día, las Chivas (el nacionalismo) fueron goleadas por el América (qué más que representar a la globalización, podrían ser más cercano a ese corporativismo privado cómplice del gobierno).

     

     

     

  • ¿Por qué tengo que escuchar música mexicana?

    ¿Por qué tengo que escuchar música mexicana?

    En mi recámara tengo una colección de más de 100 cd’s. Serían más a no ser porque ahora con Spotify ya no tengo que estar comprando discos. Antes tenía la costumbre de bajar música y si el disco me gustaba, me lo compraba. Ahora no, bajo muy poco y este servicio de streaming hace el resto. Sucede que entre esa colección muy pocos álbumes son de grupos mexicanos. Es más, de los no muchos discos que tengo en español la mayoría no son mexicanos, más bien están repartidos entre varias nacionalidades.

    ¿Por qué tengo que escuchar música mexicana?

    -¡Cerebro antipatriota, primero nos criticas por que le exigimos a Cuarón que reparta su Óscar entre todos los mexicanos, y ahora resulta que no oyes música mexicana! ¿Dónde está tu país maldito? ¿Por qué no apoyas al talento nacional?-.

    Yo cuando escucho música, lo hago porque esa música me gusta, y no me importa si es de Estados Unidos, Inglaterra, Timbuktú o México. Si los grupos mexicanos quieren tener relevancia a nivel internacional, no deben de esperar a que todos los mexicanos les hagamos el favor de escucharlos. Por el contrario, estaríamos fomentando de cierta forma la mediocridad.

    ¿Qué hay músicos mexicanos talentosos? Sí, los hay muchos, hay muchas bandas muy buenas, grupos que muchos no conocen, otros que fueron estudiar a Berklee. Bandas que son ignoradas por los mismos nacionalmente nacionalistas pero que tienen éxito en el extranjero (véase el caso de Rodrigo y Gabriela). Pero si en México hay 20 grupos buenos, y en Inglaterra por un decir 200, entonces es natural que tenga 9 discos británicos y uno mexicano.

    Pareciera que a incluso a los músicos se le exige un compromiso con su país, y no es así. Carlos Santana siempre se ha asumido como ciudadano del mundo y ha afirmado no tener nacionalidad (ni mexicano, ni estadounidense) a pesar de ser de Autlán Jalisco y haber podido desarrollarse en Estados Unidos. Los chauvinistas seguramente empezarán a jugar con su apellido al hacerlo pasar de Santana a Santa Anna, de comparar los solos de su Europa con la cesión de territorios a los estadounidenses.

    Otra cosa es que en México pareciera que los músicos deben acostumbrarse a ponerle «detalles mexicanos» a su música, para recordar a ese país que «tanto le debe». Cierto, hay grupos que añaden folklor mexicano a su música con muy buenos resultados como Café Tacvba, pero si uno analiza el escenario musical, vemos que llega un momento en que los músicos parecen tentados a hacerlo y no tienen por qué. Si yo quiero escuchar música vernácula puedo comprar el disco de Alejandro Fernández y no necesito comprar un disco de metal con los guitarristas con trajes de charro.

    Ese nacionalismo mal entendido y acomplejado donde hay que resaltar al país ante la escasez de triunfos también invade a la música. Cierto que la nacionalidad y la cultura pueden llegar a influenciar la música (algo relativamente notorio entre EEUU e Inglaterra, o la música tendiente a lo alegre de los países cercanos al Ecuador y la melancolía de los septentrionales), pero otra cosa es pretender que hay un compromiso donde el músico le tiene que poner siempre lo mexicano a sus composiciones.

    A veces se llega a criticar a bandas que adquieren un estilo en boga de otro país: -Suena muy británico, es un Massive Attack región 4, guácatelas-. Pero yo no he visto que en Inglaterra hayan criticado a Muse por tener influencias de músicos como Rachmaninov (ruso) o Wagner (alemán). Ni he visto que critiquen a las bandas de metal nórdicas como Opeth por un genero que se empezó a cocinar en Inglaterra y tuvo su apogeo en Estados Unidos. La música debería ser vista como algo internacional y globalizado, que sí, puede estar influenciada por la región de origen de los músicos, pero no por la razón de sentir que le deben algo a su país, sino porque les gusta.

  • Alfonso Cuarón, la diferencia entre el orgullo y el nacionalismo barato Parte 2

    Alfonso Cuarón, la diferencia entre el orgullo y el nacionalismo barato Parte 2

    Estaba con una amiga viendo los Óscares. El Óscar que ganó Alfonso Cuarón a mejor director hizo que me sintiera orgulloso de que un mexicano por fin lograra hacer historia y se consagrara como mejor director. Pero como mexicano que tan orgulloso me siento de él, creo que le debo respeto, y como sé que el triunfo es de él, a él es a quien debe reconocerse y a nadie más (a excepción de su equipo, del chivo, de su mamá).

    Alfonso Cuarón, la diferencia entre el orgullo y el nacionalismo barato Parte 2

    No sé si se dieron cuenta, pero Alfonso Cuarón nunca agradeció a México ni gritó ¡Viva México! Porque no fue México quien le abrió las puertas para ser quien es. El mismo dice que es un cineasta global, hace cine para el mundo. Alfonso Cuarón no es un ingrato con su país, tan no lo es, que en la primera toma de su película Gravity, en la cual se ve un acercamiento al globo terráqueo, aparece la Bahía de Banderas (Puerto Vallarta), Chapala, Guadalajara y Manzanillo. Esa toma fue premeditada, a Cuarón le gusta vacacionar en el occidente del país. Así como no es casualidad que su hermano Carlos Cuarón haya filmado Rudo y Cursi cerca de Manzanillo.

    Alfonso Cuarón hubiera sido poco prudente si hubiera afirmado que su premio lo obtuvo gracias a México. Cuarón no ignora sus raíces y se siente orgulloso de ellas, pero sabe que ello no implica reconocer a quien no merece reconocimiento. Es un error colgarse de medallas ajenas, de pensar que «ganó México», porque no es lo mismo que gane un mexicano a que México gane. No hay que confundir, no hay que apelar al nacionalismo mal entendido. Que James Cameron haya ganado la estatuilla no implicó un éxito para el cine canadiense, que Sydney Pollack sea un director reconocido a nivel mundial no ha convertido a Polonia en la nueva meca del cine.

    Cuarón puede significar un ejemplo para los mexicanos. Pero precisamente por esto el triunfo «no es mexicano», porque Cuarón se sobrepuso a los cánones establecidos de la idiosincrasia mexicana, muchos de los cuales no sólo no le ayudaron, sino que actuaron como piedras en el camino. Debe de significar un ejemplo porque Cuarón ha mostrado que sí se puede, pero ha mostrado que para salir adelante hay que romper con la costumbre, romper con el común denominador que prevalece en México, romper con «eso» que para los que no entienden bien el concepto de nacionalismo creen que se dignifica con el éxito de Cuarón cuando es al contrario.

    Cuarón no fue el único mexicano que ganó, también lo hizo el Chivo en mejor fotografía, y la nacida en México, Nyong’o por actriz de reparto en 12 años de esclavitud. A un periodista se le ocurrió hacerle a ella la pregunta más estúpida ¿Cuánto de este premio pertenece a México? Nyong’o respondió que nada, que el premio le pertenece a ella y nada más. Ella no le debe nada al país por haber nacido en México. Esa pregunta tendrá más sentido en una nación fascista o en un comunismo totalitario, pero no en una africana que nació y radicó un tiempo en México, y nada más.

    Cuando hablé de este tema en las redes sociales, algún usuario afirmó que era un comentario pesimista y criticaba mi falta de nacionalismo y mexicanidad. Ese individuo se equivoca rotundamente. Mi afirmación es confrontativa, pero no es pesimista, en tanto nunca subestimé el logro de Cuarón ni le quité méritos. Ni tampoco es falta de amor al país, porque quien ama a su país, reconoce sus defectos, y reconoce cuando tiene o no méritos.

    Yo me siento muy orgulloso de mi compatriota Alfonso Cuarón. Pero no me siento orgulloso de mi país por su triunfo, porque sé que no tuvo nada que ver en su éxito. No hay que equivocarse, no hay que engañarse, no hay que apelar al nacionalismo mal entendido para crear un imaginario donde se supone, que el triunfo de un mexicano sirve de consuelo para aquellos que sienten que en su país no se habla mucho de triunfos.

    Dicen que la verdad duele, pero en este caso duele para quienes han querido otorgar méritos a quienes nunca los tuvieron.

    Y no, no se me olvida el conflicto Rusia – Ucrania. Próximamente hablaré de eso, por las repercusiones que puede tener.

    Aquí pueden ver el primer artículo

  • Alfonso Cuarón, la diferencia entre el orgullo y el nacionalismo barato

    Alfonso Cuarón, la diferencia entre el orgullo y el nacionalismo barato

    Yo siempre he hecho hincapié en el nacionalismo barato que profesamos en México, el cual siempre lo he dividido en tres vertientes: 1.- Dar orgullosamente el Grito de Independencia sin conocer la historia de México, 2.- Gritar los goles de la selección pensando que es el más alto símbolo patriótico 3.- Pensar que el petróleo es de los mexicanos y que nadie lo debe de tocar. Pero también parte de este nacionalismo defensivo, que tiene como mecanismo tratar de evadir la realidad donde a México no le va bien en el concierto de las naciones, es sobredimensionar los éxitos de los mexicanos y ponerlos donde no van.

    Alfonso Cuarón, la diferencia entre el orgullo y el nacionalismo barato

    ¿Me da orgullo el éxito de Alfonso Cuarón? Sí. ¿Su trascendencia instaurará una nueva época de oro en el cine mexicano? No ¿Ello es representativo de características positivas del país? No. El éxito de Alfonso Cuarón es un éxito individual. Claro que como mexicano, nos da orgullo ver que un connacional triunfe, pero tratarse de colgar medallas que no corresponden es como pensar que una figura como Roman Polanski signifique que Polonia va a ser la nueva meca del cine, y no es cierto.

    Cuarón más que ser gracias al cine mexicano, lo es a pesar de él. Películas como Gravity, La Princesita o Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, tienen una nada de significado nacional, no son películas mexicanas en lo absoluto. Las únicas dos películas mexicanas que ha realizado es Y tu Mamá También así como Sólo con tu Pareja. Y sólo realizó la primera ya teniendo cierto expertising en el cine internacional. Cuarón no es representativo del supuesto auge del cine mexicano, porque ni siquiera recibió subsidios que tienden a recibir las películas mexicanas cuando realizó Y tu Mamá Tambièn. Cuarón es alguien que triunfó porque probó suerte en otras latitudes.

    Alfonso Cuarón es muestra de que un mexicano sí puede trascender a nivel internacional, pero de ninguna manera es muestra ni de que el país va bien, ni de que el cine mexicano se convertirá en la nueva meca del cine, ni menos se puede usar como medalla que algunos (incluidos políticos) se quieren colgar.

    Cuarón es un gran director. Recuerdo hace casi dos décadas que en un viaje a Morelia fui con mi familia al cine y mis hermanas querían ver la película de La Princesita, yo me negaba e incluso quería entrar a otra sala yo solo. Mis papás se negaron, tuve que entrar a ver esa película, y ¡me gustó!. Fue como un gusto culposo, y es que en realidad es una buena película donde podemos ver la huella del director mexicano, así como de Emanuel Lubezki, quien acostumbra acompañarlo en fotografía y quien fuera nominado al Oscar por esa película.

    Gravity es una de las películas del año. Pareciera una película monótona donde todo el tiempo transcurre en el espacio, pero no es así. Es una película que mantiene atento y alerta al espectador todo el tiempo, es una película que toca el tema espacial de una forma muy diferente e innovadora, con una gran fotografía y efectos que le dan un gran realismo. Sólo hay que ver videos de astronautas en el espacio o en las estaciones espaciales y compararlos con la película para ver que casi no hay diferencia alguna.

    Y claro que me da orgullo que un mexicano «la esté armando». Pero pongo las cosas donde van, esto es un éxito de él, no del país, ni de los políticos, ni del cine mexicano. Tratar de hacer verlo así, es paradójicamente, como demeritar su gran trabajo.

     

  • Nacionalismo de un país tercermundista

    Nacionalismo de un país tercermundista

    Escrito para mexicodesdemexico.com

    Entiendo que el nacionalismo tiene como objetivo crear cohesión en una sociedad, darle una identidad, y alinearla a los intereses de la nación. Que en un principio no son los mismos intereses del individuo, pero basta con una propaganda eficiente para que las mayorías adopten dicho credo, que no necesariamente les beneficiará.

    Nacionalismo de un país tercermundista

    Cualquier persona puede distorsionar la realidad para hacer del nacionalismo, un infierno. Basta leer el Mein Kampf de Hitler para ver como una persona inteligente y culta, pero trastornada, puede interpretar diversas realidades vistas de tal forma que termine en uno de los mayores genocidios de la historia moderna. Creer que por llegar a la conclusión de que unas razas son superiores que otras, se el derecho a aniquilar a aquellas para preservar la propia.

    Los países fuertes, desde la Alemania de Hitler, la Inglaterra de Churchill, o los propios estadounidenses, han basado su nacionalismo en su fortaleza como nación. Es decir, que dicho nacionalismo está basado en el orgullo, en los éxitos históricos, en la fortaleza, en la superioridad. Los Alemanes lo basaron en la raza aria, debido a que ésta fue la que aportó mayores beneficios al progreso de la humanidad (aunque convenientemente Hitler omite a los egipcios y a los árabes). Estados Unidos lo hace en su modelo hegemómico. Posiblemente no es políticamente correcto decir la verdad en su afán imperialista, pero sí lo es afirmar que ellos buscan democratizar el globo terráqueo.

    Si tomamos esto en cuenta, entonces entendemos las diferencias con nuestro nacionalismo como país tercermundista. México no puede basar su nacionalismo en la fortaleza, porque históricamente nunca ha sido un país fuerte, y su participación en la aldea global no es muy influyente, y más bien son los países fuertes los que influyen sobre él.

    Es por esto que en México se ha tenido que manipular la historia oficial (y no es que los países fuertes no lo hagan hasta cierto punto) para transformar una realidad traumática y compleja, una historia heróica basada en el maniqueísmo, donde todos los personajes históricos son acomodados dentro de los bandos de buenos y malos. Incluso el Grito de Independencia se explica bajo ese maniqueísmo histórico (no era propio reconocer a Iturbide como uno de los héroes de la independencia y sí a Hidalgo que si bien desató de alguna forma el proceso, nunca la buscó). Una historia a medida del priísmo revolucionario heredera de un liberalismo que en realidad nunca ejercieron. En el bando de los buenos teníamos a Hidalgo, Juárez, Zapara y en el de los malos a Iturbide, Lucas Alamán y Porfirio Díaz. Los primeros son recortados y dibujados por los niños educados en escuelas públicas, los otros denostados por la historia.

    Con la Reforma de 1857 se acotó el poder de la Iglesia, pero a través del tiempo, los símbolos nacionales tomaron el papel de los símbolos religiosos. Por eso el trato tan especial que se les da. Por eso se explica la indignación colectiva por la imagen de una bandera mexicana con sangre haciendo alusión al narcotráfico, por un cartonista que utiliza de igual manera los símbolos estadounidenses sin que reciba numerosas críticas por ello. Por eso el uso del escudo nacional está sumamente restringido, por eso está prohibida la interpretación del Himno Nacional con alguna nota o cadencia de más, mientras que el himno de Estados Unidos o hasta la Marsellesa de Francia tienen mayor libertad de interpretación.

    Nuestro nacionalismo también está basado en los usos y costumbres, en el mariachi, en el tequila, en la Virgen de Guadalupe, en los tacos, los murales de Diego Rivera creados por petición del gobierno para exaltar lo mexicano. Que aunque no muestran una fortaleza como nación ante las demás, si muestran una cultura fuerte en el sentido que se han logrado preservar las tradiciones, exportables y admiradas por otras culturas, a pesar del influjo del extranjero que tiende hacia la estandarización cultural global.

    Es curioso que en los países desarrollados, la derecha es quien tiene un afán más nacionalista. Mientras que en países como México, la izquierda (además del PRI) es quien pretende guardar esos valores, incluso rayando en el dogmatismo. Esto tal vez porque la derecha usa el nacionalismo como ataque, como muestra de la fortaleza nacional, mientras que la izquierda usa un nacionalismo defensivo, que busca poner un escudo ante el influjo del exterior.

    Cierta dosis de nacionalismo es bueno, sentir el orgullo nacional, tener una identidad nacional. El problema es cuando se utiliza éste en beneficio personal o de unos cuantos. Empezando por el falaz argumento de que el petróleo es de los mexicanos, hasta utilizar a la figura de Lázaro Cárdenas para engañar a la gente y hacerle creer que no hay intento de privatización alguna (aunque sea a largo plazo). El problema es cuando el partido hegemónico utiliza los colores de la bandera mostrando un halo de superioridad ante los demás partidos, de esta forma, aquellos sectores manipulables y adoctrinados con el nacionalismo oficial, verán en los colores del partido la identidad nacional.

    No se puede pedir un nacionalismo de país desarrollado en tanto los hechos no justifiquen una presunta fortaleza. Pero en la caso de México sí que puede mejorar bastante, empezando por hacer un lado esa falsa mitología.

  • El mexicano derrotado

    El mexicano derrotado

    Cualquier psicólogo podrá comentarte que aquella persona en cuya infancia se acostumbró a perder, tenderá a tener más dificultades para desarrollar una buena autoestima. Naturalmente la confianza y el buen concepto de uno mismo está en parte sustentado en las experiencias vividas. Si bien es cierto que el hombre tiene que fracasar como forma de aprendizaje para obtener un éxito ulterior, hay quienes al final del día se sienten satisfechos con su vida porque los éxitos son más contundentes que los fracasos que tuvieron que vivir para llegar a éstos, mientras que otros se sienten insatisfechos porque ven a su vida como una alegoría a la derrota.

    El mexicano derrotado

    Tomando en cuenta esto, el mexicano, como integrante de este país, se siente derrotado. No es una falta mía de amor por la patria, es simplemente que la colectividad tiene los mismos rasgos del individuo derrotado.

    Todos los países, en cualquier evento que sean representados, tienen descalabros. Pero nuestra tendencia a perder, hace que nos sintamos identificados con la derrota. Se habla de la eliminación de la Selección de Futbol, de la pelea de box donde el estadounidense Mayweather barrió al «Canelo» Álvarez. Y lo que viene a la mente de los mexicanos es el ¡Como siempre! ¡Los ratones verdes! ¡Siempre perdemos!. Incluso en temas políticos y sociales nos sentimos humillados. -¿Por qué tenemos a un Presidente así? ¿Por qué los que mantenemos a este país somos los que tenemos que pagar más? ¿Cuándo diablos vamos a tener políticos que se preocupen por la nación?-. E incluso históricamente nos sentimos tan derrotados que caemos en el victimismo y la conmiseración. Culpables colectivos como Los franceses, los «gringos» que nos robaron territorio, los españoles, Hernán Cortés, Landon Donovan etc.

    Tal vez por eso nuestro nacionalismo es endeble y más que tener su base en la fortaleza real de la nación, como hacen los estadounidenses, tenemos símbolos rígidos e inalterables que tratan de suplir esa carencia: Dar el grito el 15 de Septiembre, no poder interpretar el himno nacional si no se respeta completamente la partitura original, desgarrarse las vestiduras porque un cartonista extranjero hizo mofa de nosotros con la bandera mexicana (cuando a cada rato estos utilizan también los símbolos de sus países para hacer crítica), pensar que el petróleo es de todos los mexicanos y que es un orgullo. Todo esto delata un sentimiento de derrota.

    Gritos como el ¡Sí se puede! dejan ver también ese sentimiento de derrota, donde el mexicano quiere redimirse, superarse, pero partiendo de la realidad donde está derrotado. Gritar ¡Sí se puede! ante la selección italiana de futbol, por un decir, implica que por naturaleza, el mexicano se siente derrotado, que es el estado natural de las cosas. Pero con ese grito, trata de alterar la realidad, de que suceda lo que normalmente no pasa. Es decir, ganarle a Italia en un partido de futbol.

    Mientras los grandes pierden como parte de un proceso de aprendizaje o renovación. En México se pierde por costumbre. Cuando por decir, Estados Unidos pierde en un evento en que está acostumbrado a ganar, la derrota se usa como reflexión para pensar en qué se están haciendo mal las cosas, en que tiene que haber una renovación para volver a ser dominante. En México es una costumbre y este proceso sólo sucede a medias cuando comienza a perder todavía más de lo que está acostumbrado a hacerlo.

    Naturalmente tenemos una autoestima colectiva que está por los suelos. El mexicano comienza a pensar como cambiarla, pero el entorno en el que vive lo frustra. Ver el estado de la política, de la sociedad, de las instituciones lo lleva a la conclusión de que no puede hacer mucho al grado de mimetizarse con las masas e imitar las prácticas «de la mayoría» como supuesto mecanismo de supervivencia.