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  • A 10 años

    Ayer hizo 10 años que, mientras conducía mi auto al trabajo, escuché en la radio la narración de una de las peores tragedias que Estados Unidos ha sufrido desde el ataque de los japoneses a Pearl Harbor: dos aviones comerciales acababan de estrellarse contra las torres del World Trade Center. Apuré mi paso, y al llegar, observé por televisión cómo sucumbían aquellos íconos neoyorquinos, compartiendo la mirada atónita de mis compañeras y compañeros de trabajo. Las cámaras de televisión no perdonaron nada.

    Podíamos ver el pánico reflejado en los rostros de las y los espectadores, la angustia y el desconcierto por lo que estaban viviendo. Parecía irreal. Los edificios estaban ahí, aún erguidos, pero mortalmente heridos; varios pisos habían sido cercenados por el impacto de dos aviones comerciales; el primero aparentaba ser un accidente, pero el segundo dejó en claro que se trataba de un atentado terrorista. Nueva York se paralizó. La atención estaba centrada en los humeantes rascacielos y las tres mil personas que se encontraban atrapadas dentro; algunas de ellas no soportaron el calor o la idea de morir calcinadas y prefirieron lanzarse al vacío. Las imágenes parecían sacadas de una película de terror de Hollywood.

    Cincuenta y seis minutos después del primer impacto una de las torres comenzó a derrumbarse; le tomó sólo 12 segundos desmoronarse por completo. A los 102 minutos, su gemela la siguió. Un tsunami de humo y escombros persiguió a las y los espectadores que corrían ahora despavoridos para ponerse a salvo, parecía la nube piroclástica de un volcán. Después todo fue desolación, incredulidad, parálisis. Nueva York se volvió gris. Desde lejos su perfil se había modificado definitivamente, faltaban los dos rascacielos. Una nube de polvo cubría Manhattan, la cual se equiparaba a la sombra que cubría los corazones de todos los estadounidenses, quienes por primera vez se sintieron vulnerados.

    Se informó también que otro avión se había estrellado contra El Pentágono, cuyas imágenes no podían dejar de llenar de incredulidad a todo aquel que las mirara. ¿Cómo habían podido llegar tan lejos los ataques? ¿Cómo al mismo centro de inteligencia del país más poderoso del mundo? Se supo entonces de un cuarto avión secuestrado: el vuelo Q93 de United Airlines que se dirigía a Washington. Todos asumieron lo peor: la Casa Blanca.

    Más tarde se supo que dicha aeronave se había estrellado en Pensilvania, no estaba claro si se había desplomado o si la había derribado la fuerza aérea estadounidense; la verdad fue más dramática: fueron los mismos pasajeros quienes lo hicieron para evitar que se perdieran más vidas que las suyas. Un acto de heroísmo que levantaba un poco el ánimo después de los golpes recibidos. Y todo quedó grabado.

    La desmoralizadora tragedia que lastimó el corazón y la cabeza del gigante norteamericano tuvo tal trascendencia porque fue transmitida en vivo y en directo. Porque todo el mundo pudo ver el dolor que se vive en este tipo de actos inhumanos, y se sintió vulnerable, aterrado. Las guerras posteriores «contra el terror», que en realidad fueron contra Afganistán e Irak, injustificadas ambas –la segunda más que la primera–, no tuvieron un eco tan profundo porque las cadenas internacionales no interrumpieron las transmisiones para relatar el dolor que las familias afganas o iraquíes vivían. El odio que 19 secuestradores suicidas dirigidos por un grupo fundamentalista provocaron se transformó en xenofobia que árabes y latinos sufrieron por igual dentro del territorio de Estados Unidos, y fuera de éste causó la desensibilización por la masacre que se estaba llevando a cabo en nombre de la venganza.

    George W. Bush relata en sus memorias lo que sintió cuando supo del impacto del segundo avión al WTC: «Me hervía la sangre. Íbamos a encontrar a los que lo habían hecho y les íbamos a machacar (…)». ¿Pero contra quién fue la venganza? ¿A quiénes machacaron? Olvidándonos de todas las teorías de conspiración que surgieron a partir de ese funesto día, ¿se hizo justicia con la invasión a aquellas dos naciones?

    En el atentado contra las Torres Gemelas murieron un estimado de dos mil 819 personas. El total de los decesos desde el inicio de la guerra en Afganistán e Irak, según el Departamento del Trabajo de EU, oscila entre 14 mil y 34 mil. Al día de hoy han perecido en combate seis mil 26 militares estadounidenses de acuerdo al Washington Post, además de que los ataques desataron un odio y una desconfianza injusta hacia los musulmanes en general.

    Las y los practicantes del Islam –o quienes aparentaran serlo– fueron el blanco principal de la guerra contra el terror personal de muchos que decidieron tomar la venganza en sus propias manos. Hubo agresiones a personas por el único hecho de ser musulmanas –o parecerlo. Los crímenes de odio se dispararon: un Sikh fue asesinado porque se consideró que su turbante lo catalogaba como sospechoso, y un cristiano murió sólo porque era egipcio (Miller-McCune, A Spotlight on the 9/11 Anti-Muslim Backlash 2011). El Islam, sus practicantes y quienes tuvieran rasgos físicos típicos de los originarios del medio oriente o similares, se transformaron en el enemigo. La guerra contra el terror se convirtió en la guerra a lo diferente, como pasa cuando se lucha contra adversarios subjetivos.

    Tuve la oportunidad de compartir una clase en la Universidad para la Paz con varios compañeros y compañeras de religión musulmana, y encontré que deseaban la paz tanto como el resto del mundo, y que, al igual que los católicos, cuentan con fundamentalistas en sus filas que provocan que el resto del mundo les tema. A todos los recuerdo con mucho cariño y tengo la fortuna de nombrarme amiga de ellos y ellas, con quienes compartí experiencias que lograron desmitificar en mí los estereotipos que la mala prensa y mi desconocimiento habían construido, pero hay una en especial que me marcó desde el inicio. Al preguntarnos el profesor al comienzo del curso qué era lo que entendíamos por paz, Mohammed Ali, musulmán iraquí de 26 años, dijo: «Desde que yo nací he visto a mi país en guerra, para mí la paz es cuando no se escuchan balazos».

  • Los Otros

    Cuando todo parece estar mal en el mundo, y uno casi casi quiere preguntar cómo se detiene para bajarse de él, tendemos a mirar a los países que parecieran lograr la armonía que a los demás se nos niega, países tranquilos y amantes de la paz como Noruega, cuya legislación es de las más incluyentes y avanzadas del mundo.

    Sin embargo, noticias como la del viernes pasado, donde un conservador de ultraderecha logró matar en solitario a 93 personas, basado en un inmenso odio que orilló su pensamiento a deshumanizar a aquellos con los cuales no estaba de acuerdo, nos lleva a pensar qué es lo que está mal sobre nuestra forma de ver a nuestros semejantes.

    El viernes anterior Anders Behring Breivik llegó a la isla de Utoya, después de haber colocado un auto bomba afuera de un edificio gubernamental en Oslo, con la intención de que su estallido le proporcionara el tiempo suficiente para cometer la peor masacre de la que tiene memoria Noruega. Breivik acudió a Utoya consciente de que en ese lugar se celebraba un encuentro juvenil del Partido Laborista al que acusa de tener políticas multiculturales y permitir la llegada de extranjeros al país. Cuando estuvo frente a los jóvenes, vestido como policía, pidió la palabra y abrió fuego contra ellas y ellos, cobrando la cantidad de 86 víctimas.

    Breivik aseguró que fue algo atroz, pero que necesitaba hacerse, y en su cabeza él no considera haber hecho algo malo, según afirma su abogado. ¿Cómo llega una persona a cometer un crimen tan aberrante, creyendo que le hace en realidad un bien a su nación? Tal vez las propias palabras de Anders puedan orientarnos un poco. En un documento donde explicaba sus acciones escribió: “Los musulmanes deben ser considerados como animales salvajes… No hay que culpar a los animales salvajes, sino a los traidores multiculturales de categoría A y B que permitieron que estos animales entren a nuestros países, y continúan respaldándolos”; al hablar de los traidores de clase A y B incluía a “políticos y periodistas”.

    El ultraconservador noruego no consideraba estar actuando mal por la deshumanización que en él había ocurrido hacia los musulmanes y aquellos que se les parecieran, cuyo número ha ido aumentando en los últimos años. Para Breivik esta cultura estaba incluso por debajo de la categoría de los animales, por lo que no representaba ningún daño moral el asesinarlos, o a quienes él creía apoyaban su inserción en la sociedad noruega.

    Media hora estuvo disparando un altamente armado Anders Breivik antes de que lograran someterlo, y en total, junto con la explosión en Oslo, asesinó a 93 personas. Pero si es chocante esta noticia no es sólo por su salvajismo o el número de muertos, sino porque es la representación de la pérdida de la inocencia de un país pacífico y con leyes respetuosas de los derechos humanos.

    Quizás es más sencillo analizar ese tipo de fenómeno donde el racismo y la intolerancia son la chispa que origina homicidios de este calibre, pero su filosofía se encuentra profundamente inmersa en nuestra propia mentalidad, como un demonio que se asoma cada vez más descaradamente, consumiendo nuestra humanidad. ¿O es que acaso no nos mostramos indiferentes ante la cifra de decesos que ha producido la guerra contra la delincuencia organizada, sólo porque un porcentaje de ellos eran criminales? ¿No nos estamos deshumanizando al negarles el acceso a la justicia y aprobando que se asesinen sumariamente? Si no lo podemos ver, es porque ya empezamos a observar a través de los ojos de ese demonio.

    Sería tal vez más fácil si lleváramos dicha situación al contexto de las muertas de Juárez, cuyos atroces asesinatos sólo pudieron haber sido cometidos por una persona que no veía en ellas a otro ser humano semejante a ella, sino a una cosa, similar a un animal, cuya vida era descartable.

    La separación del otro de nosotros nos lleva a la deshumanización, y nos mantiene en la línea del odio que tarde o temprano explica y justifica crímenes de lesa humanidad, además de que nos ciega ante las circunstancias sociales que originan su existencia, en el caso de los criminales. Ser capaces de indignarnos por el trato inhumano originado por raza, sexo, preferencia sexual o religión, pero justificar la muerte de una persona por haber cometido un crimen y negarle su derecho a un juicio, sólo indica que podemos reconocer la intolerancia, pero en algún grado seguimos inmersos en la ideología de que existen personas a las que se puede asesinar. Si en un país donde no existe la pena capital toleramos el homicidio en las calles, disculpando estas muertes con la excusa de que estas personas estaban violentando la ley, ¿no nos pone esto en su mismo nivel?

    Explicaciones y justificaciones para cometer un delito siempre existen, y para el actor principal siempre son válidas, pero si no nos regimos por un sistema de Derecho y seguimos avalando que se hagan juicios sumarios que terminen en modernos fusilamientos, nos ponemos en riesgo de que cualquier día alguien nos deshumanice a nosotros mismos, o incluso de que se nos llegue a confundir con algún “otro”.