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  • ¿Qué hacer para que México no se convierta en Venezuela?

    ¿Qué hacer para que México no se convierta en Venezuela?

    Me da tristeza Venezuela, basta ver Caracas para entender lo que pasa ahí. Una ciudad que en algún momento transmitía progreso, rascacielos que se quedaron atrapados en los años 80, una ciudad donde en algún momento el tiempo se detuvo y donde la delincuencia (rebatiendo esa creencia irrebatible de que a menos desigualdad más pobreza) aumentó a niveles inusitados.

    ¿Qué hacer para que México no se convierta en Venezuela?
    Venezuela’s interim President Nicolas Maduro gestures while interacting with supporters during a campaign rally in Valencia. Venezuela, Thursday, April 4, 2013.

    Ayer asistí a un díalogo en el cual hablaron Gerardo Esquivel (quien realizó el ya popular estudio de la desigualdad para Oxfam) y Gonzálo Hdez Licona, Secretario Ejecutivo del Coneval quienes hablaron sobre el problema de la desigualdad en México. A Gonzalo Licona no había tenido oportunidad de escucharlo pero me pareció una persona muy preparada en el tema.

    No lo dijeron por su nombre, es más, creo que no lo sugirieron, pero con la descripción que hacen de México, parecemos ser caldo de cultivo para aspirar a una futura realidad como la que Venezuela vive en su presente.

    México es un país cada vez más desigual, el estado tradicionalmente corrupto y vertical (y no necesariamente el libre mercado por cuenta propia), así como nuestros vicios culturales, han propiciado este problema. Tal vez yo, que estoy sentado frente a una computadora, puedo pensar que no me afecta porque vivo en una clase relativamente acomodada (aunque sin gozar de los privilegios de los ganadores en un país inequitativo), pero sí que me afecta, porque un país donde el poder y la riqueza están concentradas y convenidas, un emprendedor tiene un escenario más difícil y menos competitivo para desempeñarse, porque menos empresas pueden surgir para crear más empleos; esa condición afecta a mi ingreso y a la calidad de mi vida.

    Slim, Larrea, Bailleres y Salinas Pliego, concentran el 9% del PIB – Gerardo Esquivel

    Pero mis reclamos son muy menores a comparación de los que pueden tener los que viven en el «mexicote». La gente pobre no tiene acceso prácticamente a nada, tiene muy pocas posibilidades de movilización social, de moverse de un decil a otro. La educación que reciben parece estar hecha para mantenerse en su condición. Esta realidad es la que convierte a México en un caldo de cultivo para la irrupción de un gobierno autoritario y populista (y para muestra basta el botón del gobierno actual, que con ciertas dosis de ello puede mantenerse en el poder).

    Se me hace cínico e hipócrita cuando algunos políticos y empresarios advierten sobre el «advenimiento del populismo» cuando ellos son quienes han propiciado las condiciones para que eso pudiera suceder. Es como quien come alguna sustancia podrida deliberadamente y luego se pregunta por qué se encuentra muy mal de salud. Muchos de los que hacen esta advertencia tienen un papel importante en la generación de estas condiciones.

    Pero los culpables no sólo son ellos, es un problema de sistema, multidimensional, y nosotros como ciudadanos tenemos cierta responsabilidad. El hecho de que no tengamos la suficiente empatía para que los migrantes puedan aspirar a dormir en un albergue «porque son sucios e incomodan», que discriminemos a los demás por su posición social, porque no es de «buen tipo», porque es «naquito», porque anda en camión (por consecuencia, en nuestro país el transporte público es para jodidos, lo cual ha colapsado las avenidas de coches que apenas se pueden pagar), todo eso alimenta este sistema excluyente donde unos pocos tienen muchos, y muchos tienen poco.

    Este sistema no sólo es propicio, es más bien una bomba de tiempo. Los que se quejan de los regímenes demagogos como el de Venezuela, generalmente no hablan de lo que tuvo que suceder para que eso ocurriera, no hablan de la concentración de poder y la riqueza en manos de unos pocos. Esto hace que los demagogos narren una historia maniquea y tramposa donde crean una dualidad entre los buenos (ellos) y los malos (quienes detentan el poder, incluso culpan a otras naciones (el imperialismo) como las causantes del mal, o bien a un sistema económico, aunque la realidad sea más bien compleja.

    La desigualdad también es generada por un sistema de justicia que premia a los ricos que tienen palancas y dinero, y castiga a los pobres. Un político corrupto puede permanecer en el poder, mientras un estudiante o fotógrafo puede ser asesinado impunemente.

    Lamento mucho que en Venezuela hayan encarcelado a Leopoldo López cuyo pecado fue convocar a una protesta, lamento mucho en lo que se ha convertido ese país y los gobiernos que lo han echado prácticamente a perder. Pero muchos de los que reclaman y se preguntan por qué es que está sucediendo esto, deberían de recordar lo que hicieron o dejaron de hacer cuando ellos estuvieron en el poder para que eso sucediera o para que se crearan las condiciones para que eso pudiera llegar a suceder en el país.

    Ahora Maduro, a través de políticas clientelares, populacheras, demagogia y cierta dosis de autoritarismo, se puede mantener tranquilamente en el poder. Se ha encargado de lavar cerebros lo suficiente como para que me llamen fascista por criticarlo. En México ya están hablando de hacer campañas para que esto no suceda aquí, spots, declaraciones; pero nadie está preocupado por atacar la raíz del asunto, porque eso significa despojarse de intereses, contratos, prebendas y privilegios; y por ello prefieren aplicar un remedio casero a un problema insostenible y que requiere urgente cirugía.

  • Huyendo de México

    Huyendo de México

    Recuerdo tanto en las elecciones de 2006 como de 2012 que circularon fotos de mexicanos en el extranjero sosteniendo un pancarta que decía «Si gana AMLO (o Peña Nieto) aquí me quedo». También muchos en sus redes afirmaron que si ganaba el candidato del PRI, huirían de México, algunos en broma ocultando muy en el fondo el deseo (imposible) de hacerlo, y otros lo tomaron en serio.

    Una amiga se va a Canadá, en parte porque ya no quiere estar en el país (además de traer unos negocios que trae en puerta), porque me dice que ya no puede con lo que ocurre en México (y se sobreentiende más cuando sabes que ella vive en Veracruz).

    Huyendo de México

    Esa maña de desear huir es algo muy común. Durante 2004 en las elecciones intermedias de Estados Unidos, algunas personalidades (entre ellos Eddie Vedder, el vocalista de la banda Pearl Jam) comentaron que si Bush se reelegía, se irían a vivir a Canadá. Con la aprobación del matrimonio gay en Estados Unidos, algunos conservadores amagaron con huir a Canadá (el chiste se cuenta solo). Muchos otros tienen raíces sólidas de las cuales no quisieran desprenderse y prefieren aguantar vara.

    Yo entiendo muy bien a mi amiga, los mexicanos nos sentimos impotentes ante lo que pasa. Lo que sucede en nuestro país llega a extremos fantasiosos, los cuales son difíciles de entender y explicar. Lo peor es que no pasa nada; lo había comentado hace más de un año y lo repito, parece que estamos en un profundo de burn out, impasibles ante lo que sucede, como si no tuviéramos margen de maniobra.

    Tal vez con excepción de la depreciación del peso frente al dólar (y no los puedo eximir del todo), nuestro gobierno tiene responsabilidad directa o indirecta con todos estos problemas que nos aquejan y nos tienen confundidos, desde la displicencia ante la masacre de los estudiantes de Ayotzinapa, hasta la corrupción con la Casa Blanca, la huida del Chapo, el malestar en la economía, el asesinato de periodistas, la laceración al Estado de derecho y muchos temas más. Es cierto que la sociedad no es completamente ajena a la situación que vivimos, y es cierto que para que se erija un gobierno así deben de existir las condiciones para dicha existencia, pero tampoco creo que «todos los ciudadanos» seamos directamente responsables de lo que pasa en el sentido de que podemos tener gobiernos con una calidad considerablemente diferente entre ellos (comparando a éste con el pasado por un ejemplo).

    Siguiendo con el tema central, hay quienes huyen por necesidad, quienes tienen que brincar la frontera porque nuestro país no les pueden dar las oportunidades para poder tener una vida digna. Hay quienes son perseguidos (por el narco, gobernantes) y también tienen que huir. Están los otros, los que han atentado contra la sociedad y huyen para no ser juzgados, pero son los menos, porque ante un Estado de derecho vulnerable, es más fácil pactar con el sistema y corromperlo para permanecer en el país, quienes tienen inmunidad y no pueden ser tocados, o a quienes los protege el fuero.

    Pero aquí en México seguimos muchos. Algunos quisieran huir pero ven imposible la aventura, o no saben a ciencia cierta si afuera les podría ir realmente mejor (ya tienen una vida hecha aquí e implicaría iniciar de cero o no dominan el idioma), algunos otros «huyen» temporalmente, salen a tomar una maestría para progresar (y tal vez lograr obtener un cargo allá para no tener que regresar) o a otras personas les pueden bastar unas vacaciones de algunas semanas para desentenderse un rato de todo.

    Lo cierto es que el deseo de huir está presente en muchas personas. Algunos de quienes se quedan podrán cuestionarlos incluso por falta de amor a la patria, pero los candidatos a emigrar responderán que se sienten incapaces de hacer algo, que la realidad los abruma y que el problema es demasiado grande como para poder incidir; o tal vez dirán que «desde afuera» pueden colaborar de una mejor forma con su país que estando dentro (en algunos casos es cierto).

    ¿Huir o no? Es un debate muy complejo, las razones son muchas, las motivos a profundidad pueden ser diferentes, el contexto también. Al final el individuo es libre, y antes que someterse a un supuesto compromiso con su nación (el permanecer en un pedazo de tierra no hace que éste se cumpla) tiene derecho de realizar su proyecto de vida como le plazca.

  • México y la falta de humildad

    México y la falta de humildad

    El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad – Ernest Hemingway

    México y la falta de humildad

    Hay algo de lo que adolece mucha gente en nuestro México actual, ese algo es la humildad. Lo noto sobre todo en la gente que ostenta algún tipo de poder o influencia, muy posiblemente una costumbre asociada con nuestra cultura. Desde periodistas como Carmen Aristegui (concuerdo en que fue censurada por el Gobierno, pero algunos de sus actos y palabras lo denotan) Ciro Gómez-Leyva, muchos otos tanto alineados como no alineados: los entrenadores que desfilan por la selección de futbol, y por supuesto, y de forma más notable, nuestros políticos, en especial los que se encuentran gobernando actualmente.

    Parece que hay una falsa idea (posiblemente se lea a Maquiavelo en exceso y se le malinterprete) de que la humildad es una forma de debilidad en la lucha por el poder. Parece existir una idea de que el político debe de «aparentar» estar siempre firme cuando en realidad no lo está. Para ellos pedir una disculpa, o peor aún, pedir perdón, es un síntoma de debilidad, es una forma de perder el honor o una forma de flaqueza que puede ser aprovechada por los adversarios. Pero estas personas «poco humildes» en realidad tienen problemas de asertividad en tanto todos podemos ver lo que ellos tratan de ocultar.

    Enrique Peña Nieto, por un ejemplo, siempre procura mostrarse fuerte, decidido, nunca pide disculpas, y como sucede mucho entre sus cercanos, trata de hacer creer que el problema es exógeno. Él cree que da una imagen de fortaleza (seguramente en el PRI y dentro de sus cercanos se lo hicieron creer) pero lo que vemos afuera es algo totalmente opuesto. Peña Nieto se ve deslucido, perdido, se ve enfermo, muy enfermo. La arrogancia (compartida) se percibe incluso en los evidentes conflictos que tiene con su esposa, comportamientos tal cual de niños chiquitos, Peña le da la mano a Angélica y ésta lo rechaza y lo humilla barriéndolo con la mirada. Días después en París, con un Presidente más fuera de sus cabales por el asunto del Chapo, ella lo trata de tomar de brazo, y él la rechaza en un acto infantil, ésto en un acto donde la arrogancia importa más que las formas (que también son muy importantes en su partido). Es la lucha por el poder, por el orgullo; a aunque ojos de la mayoría de los mexicanos, ninguno de ellos destaca por ser una persona admirable.

    En el caso del «Piojo» Herrera, una persona que a todas luces tiene trastornos psicológicos (ver sus festejos en la Copa del Mundo), el problema se repite. Su selección puede ser humillada por una isla (Trinidad y Tobago) y declarar que le echaron ganas pero que «les faltó canchear». Esos comentarios generan repudio en los aficionados. De la misma forma que nuestros políticos, Herrera busca echar culpas a terceras personas de su desgracia, el árbitro, #NoEraPenal, las condiciones del clima. Herrera cree que de esa forma denota fortaleza cuando lo único que denota es arrogancia y un desequilibrio mental.

    ¿Qué pasaría si Peña Nieto diera un mensaje en cadena nacional para pedir disculpas? ¿Qué pensaría la gente al ver a Peña asumir todos los errores que ha cometido y pedir un borrón y cuenta nueva -si no es demasiado tarde-? Desde luego no es algo que vaya a hacer, pero seguramente algunos aplaudirían el acto, y posiblemente sería la única forma de que sus gobernados le den una segunda oportunidad.

    Entiendo que en el mundo de la política hay que guardar las formas, hay que saber manejar los sentimientos, hay que «hacer política»; pero los gobernados no hacen política, los gobernados no ven en un acto de humildad la oportunidad de dar una patada y por el contrario posiblemente agradezcan el gesto. La humildad incluso puede ayudar a construir liderazgo, porque la humildad genera confianza, y un líder para (valga la redundancia) ser líder, necesita ser confiable y aceptado por los demás.

    Una postura déspota y arrogante pudo haber funcionado hacia varias décadas cuando la estructura social era muy vertical, cuando a la gente se le enseñaba que tenía que obedecer. Esos tiempos terminaron, y quienes se han tardado en entenderlo más son la gente de poder. Ahora en una sociedad de la información donde el jefe ideal delega, convive con quienes están a su cargo, y tiene las puertas de la oficina abiertas, es imperdonable pensar en la intransigencia como una forma de ganar poder y respeto.

     

  • México, un país de «bromita»

    México, un país de «bromita»

    Tomando la teoría de la relatividad de Einstein. Imagina que estás dentro de un avión y una mujer camina dentro de un pasillo desde el baño que está en la parte trasera hasta su asiento de primera clase (es decir, hacia la misma dirección en que el avión viaja), estando ahí tú puedes deducir que esta mujer camina a una velocidad de 4 kilómetros por hora. Imagina que un amigo tuyo se encuentra en la superficie de la tierra y observa caminar a esa mujer dentro del avión. Tu amigo llegará a una conclusión diferente, él te dirá que la mujer se desplaza a una razón de 904 kilómetros por hora (asumiendo que el avión viaja a 900 kilómetros por hora). El evento es el mismo, pero la percepción cambia de acuerdo al punto en que se encuentra el observador.

    México, un país de "bromita"

    Algo así pasa con las ideologías políticas. Un evento ocurrido en nuestro país siempre será el mismo; el juicio que se haga de ese evento variará de acuerdo a la postura política del observador. La privatización de una empresa será vista con agrado por un liberal económico, en cambio generará mucha molestia en un izquierdista de cepa. Independientemente de que en algunos casos puedan existir instrumentos para medir la efectividad de una decisión de una forma independiente a las condiciones ideológicas, un evento en muchos casos no puede juzgarse igual por todos los observadores dado que su ideología está dada por muchos factores, como su instrucción, el ambiente en que se ha desarrollado e incluso condiciones psicológicas y hasta genéticas. Un estadista lo sabe (o se asume que lo debe de saber) y por eso es que debe de entender que muchas de las decisiones que tome serán juzgadas desde varias perspectivas.

    Entonces se puede entender que la gran mayoría que las decisiones que tome serán juzgadas mal por sus detractores (no se puede quedar bien con todo el mundo).

    El problema para un gobernante viene cuando las críticas a sus decisiones y a su gobierno superan esta natural condición del ser humano, y es lo que está pasando con el gobierno de Enrique Peña Nieto. Es curioso que el juicio que hace Gerardo Fernandez Noroña sobre la fuga del Chapo sea muy similar a la que hace Pedro Ferriz Hijar, siendo que su doctrina ideológica es casi opuesta a la del primero.

    ¿Habría que agradecerle a Peña Nieto que haya terminado temporalmente con la polarización que vivía el país al poner a casi toda la nación contra él?

    La mayoría de las críticas (tal vez con excepción de algunas de las reformas) han logrado una convergencia de opinión entre la derecha y la izquierda mexicana. Pedro Ferriz afirma que uno de los problemas del país es que algunos empresarios están coludidos con el gobierno actual y eso explica en gran parte, nuestra situación actual y la desigualdad en la que se vive; al mismo tiempo López Obrador habla de la «mafia en el poder». Aunque no son argumentos exactamente iguales, sí tienen varias coincidencias, curioso entre dos figuras que se repelen entre sí. La opinión de ambas posturas frente a la Casa Blanca de Peña Nieto, y hasta algunos casos, lo de Ayotzinapa, más que ser divergentes, tienden a ser convergentes.

    El problema es que el pésimo desempeño del gobierno actual queda evidente, no hay escapatoria, no hay punto de vista ideológico desde donde se pueda justificar. Dentro de su partido lo pueden defender, pero no es un problema de percepción con base en lo ideológico, sino de simpatía con una institución (cuestionar al Gobierno sería cuestionar fuertemente a la institución en la que me siento «parte de», donde tal vez no sólo tengo simpatías, sino intereses políticos). La prensa extranjera, la cual, en algunos casos asumimos, puede ser más objetiva por su capacidad de verlo todo «desde fuera» (aunque no están exentos de condicionamientos ideológicos) llega a la misma conclusión. El veredicto es generalizado, éste gobierno está sumido en la corrupción.

    Cuando digo que México es un país de «bromita» es cuando a pesar de toda esta realidad no pasa nada, cuando la oposición está inmóvil cuando el gobierno se ha puesto en una posición para que cualquiera le de una patada. Es de «bromita» cuando ocurren cosas tan inverosímiles como que el capo más buscado del mundo se escape del penal (supuestamente) más seguro de América Latina. Es de broma ver que el Chapo se escape, según el video presentado por el Comisionado Nacional de Seguridad con barba y pelo, y la PGR diga que estaba rapado al momento de salir de la cárcel. Es inverosímil que el Chapo (aunque la inverosimilitud se puede atenuar entendiendo la gran corrupción) tenga una tablet en la cama mientras escapa. Es inverosímil que en el momento en que éste se escapa, Peña y Osorio se vayan juntos a Francia dejando al país sin cabeza.

    Un país de «bromita», surrealista (André Breton dixit, y hasta mi vecino dixit), dicen que como México hay dos. México sumido en una de sus peores crisis contemporaneas, la sociedad paralizada, impotente, creando memes del chapo y burlándose de Peña Nieto en las redes sociales como terapia psicológica para evadir la realidad ante el supuesto (no del todo verdadero) de que no se puede hacer absolutamente nada para cambiar las cosas. Así de triste es la situación, y el gobierno se alcanza a sostener gracias a la complicidad de la oposición y a sus partidarios con muy poco espíritu de autocrítica y quienes creen que el problema de las críticas hacia su gobierno están afuera y no adentro.

    Por eso cuando les mencionas la palabra «dimitir», te dicen que no conocen a ese ruso.

  • Nadie se acordó de Don Porfirio

    Nadie se acordó de Don Porfirio

    El día en que murió Jacobo Zabludovsky se cumplieron los 100 años de la muerte de Porfirio Díaz. Todos se acordaron de la muerte de Jacobo Zabludovsky y nadie se acordó de la muerte de Porfirio Díaz (más que para decir que era una mala coincidencia), a quien le hicieron una misa póstuma en el Distrito Federal y nada más. Casi nadie habló de él, no se escribieron muchas columnas de él (aunque algunas de las no muchas escritas de una calidad bastante aceptable). Porfirio, a 100 años de su muerte sigue condenado en el ostracismo.

    Nadie se acordó de Don Porfirio

    Mientras Hidalgo, Juárez y Morelos acaparan las calles principales de los centros históricos de casi todas las ciudades, Porfirio Díaz muchas veces se tiene que conformar con una calle aledaña si bien le va, o una pequeña avenida que no tiene tanta importancia. A Porfirio Díaz le tocó una coyuntura histórica de tal forma que no salió avante, se convirtió en el villano, en el enemigo. La familia revolucionaria llamada PRI lo negó durante varias décadas (y los tricolores siguen haciendo a pesar de que ahora ya no conservan el monopolio del poder al grado en que lo tenían antes).

    No es que quiera elevar a Porfirio Díaz al tamaño de un héroe. Don Porfirio logró muchos progresos en el país que tuvieron muchos costos sociales y políticos también. Mientras Porfirio modernizaba al país, construía ferrocarriles y le daba una estabilidad que se le negó en todo el siglo XIX, también permitió un país muy desigual, a los mayas y a los yaquis los esclavizaba y a estos últimos casi los exterminó, como subraya Kenneth Turner en su libro «México Bárbaro»; reprimió a cuanto movimiento opositor se le puso enfrente y se reeligió (en una contradicción propia) erigiéndose como dictador 35 años (no consecutivos).

    Porfirio Díaz fue una figura imperfecta como lo fueron muchos de nuestros «héroes nacionales»; tampoco es como que en esa época existieran derechos humanos de avanzada o un welfare state dentro de los países más desarrollados. En el siglo XIX la desigualdad mundial era mucho más marcada que la que conocemos actualmente y la «democracia» no estaba tan avanzada como el día de hoy. Tal vez hacer la comparación de su gobierno comparada con la actualidad, donde muchos paradigmas se han roto y la cosmovisión que tenemos ha cambiado radicalmente, pueda ser algo injusto o sus defectos se pueden ver como mayores.

    Me atrevo a decir que Díaz «hizo más por México» que lo que hicieron algunos de los revolucionarios mitificados por la educación oficial como Pancho Villa y Emiliano Zapata. En el gobierno de Porfirio Díaz se creó mucha riqueza, luego se distribuyó muy mal y la acapararon algunos pocos. Antes de Porfirio Díaz no existía riqueza, y la Revolución Mexicana más que redistribuir la riqueza que se había generado (que era lo que se debería de haber esperado de nuestra malograda revolución) la destrozó. Los revolucionarios ya institucionalizados (desde Plutarco Elías Calles) crearon corporaciones que en el papel tendrían que haber redistribuido la poca riqueza que había en ese entonces, pero en realidad se transformaron en corporaciones clientelares que permitieron al partido en el poder mantenerse por 70 años. Algunas de esas corporaciones todavía existen, a pesar de que el mundo ha cambiado.

    Creo que a Porfirio Díaz se le debería de dar su lugar en la historia (solo es mitificado de forma sesgada por algunos conservadores). La razón por la cual esto no es así, como comenté, es porque la historia la escriben quienes la ganan y la familia revolucionaria lo mantuvo en el ostracismo; a pesar de que varios de los monumentos más importantes de la Ciudad de México fueron mandados a construir por él: El Ángel de la Independencia, Bellas Artes, lo que hoy es el Monumento a la Revolución (que sería un palacio legislativo, y que gracias a nuestros amigos revolucionarios, nunca se concluyó más que la cúpula). Mucha de la arquitectura histórica que tanto presumimos se la debemos a Porfirio Díaz.

    La historia no se puede dividir en héroes y villanos, menos cuando esa clasificación es arbitraria y conveniente para quienes nos han gobernado. Así como Miguel Hidalgo, Morelos y Pavón y Benito Juárez tienen un lugar en los anales de la historia (con todas sus imperfecciones), Porfirio Díaz también debería de tenerlo (con todas sus imperfecciones también), y no debería ser ninguneado como un villano o un individuo nocivo para el país; a las nuevas generaciones se les debería de contar la dos historias, la del Porfirio que trajo progreso y orden al país, y la del Porfirio que sí, fue un dictador, reprimió indígenas y que permitió que la riqueza se la quedaran unos pocos.

  • En México ya es normal

    En México ya es normal

    Me horroricé. Vi el video publicado por la página web de Carmen Aristegui (que recibió un ataque DDoS) de la Masacre de Apatzingán el 6 de enero y a primera vista lo percibí como algo cotidiano, eso me causó terror. También percibí como algo cotidiano que se sugiera que los que perpetraron la masacre fueran los federales (con Calderón al menos se mataban entre los malos) como si eso fuera algo que en mi país pudiera pasar y fuera normal que pasara. El video es explícito, no se trata de un película de terror gore, se trata de la realidad de mi país. Una familia ultimada que se abrazaba con los padres a los extremos para proteger a sus hijos. Un jóven que todavía podía mover sus brazos al lado de sus ya difuntos compañeros pidiendo ayuda, la cual se le negaba (hablaré más a fondo al tema cuando sepa más de éste). En cualquier país del mundo se le llama crimen de lesa humanidad, aquí parece algo, normal.

    En México ya es normal

    Me pareció normal y me asusté por ello. De verlo como cotidiano, de pensar que en el siglo XXI ya son normales cosas que debíamos de entender como superadas y se repiten una y otra vez. En la psicología se dice que los humanos podemos evolucionar con el tiempo y de pronto tener algunas regresiones espontaneas relativas a la conducta que habíamos superado; pero esto no es una regresión espontanea, y menos espontanea es cuando la volvemos a percibir como normal. Veo Ayotzinapa o veo ésta masacre y lo podría interpretar como un adolescente que con mucho trabajo entró a la Universidad, consiguió su empleo, y ya hecho todo un adulto, vuelve a mojar la cama cuando se duerme.

    La cínica corrupción ya nos vuelve a parecer normal. Nos indigna, sí; pero a la vez la asumimos como una condición de nuestra sociedad. Que mal que el político robe: -Pero así es, todos los políticos son rateros. Ver como el INE se pasa por el arco del triunfo las flagrantes violaciones del Partido Verde, ver como el PAN acusa al PRI de corrupto, para que éste último sin mucho esfuerzo pueda hacer un spot igual demandando a los azules ¿A poco no?. Y nos parece normal.

    Y todo se correlaciona, no se pueden entender grupos con ideologías comunistas trasnochadas, no se pueden entender las autodefensas, sin un país envuelto dentro de tanta corrupción, de tanta injusticia, un país que no puede ser capaz de construir un Estado de derecho. Y toda esta probredumbre es normal, es tan normal que asumimos que tenemos que ser parte de ella para sobrevivir en este país. En Estados Unidos los automóviles respetan las líneas peatonales y nosotros los de a pie respetamos el semáforo peatonal siempre cruzando por las esquinas construidas desde un principio de tal forma que los discapacitados puedan transitar. En México tengo que mirar a ambos lados cuando me toca avanzar porque las luces del semáforo no son garantía de nada, la rampa para discapacitados si es que la hay, está puesta a fuerzas y con un logotipo calcado sobre el pavimento para que la gente entienda que por ahí van los discapacitados. Pero todo esto lo asumimos como normal, nos acostumbramos a todo ello.

    Y parte de esta pobredumbre que vive el país tiene que ver con la normalización de eventos que deberían ser deleznables. Nos podemos molestar con ellos pero no pasa nada. Todos los actos de corrupción los recordamos, pero siguen impunes (y posiblemente seguirán) porque por más «fea esté la cosa» al fín del día «así es».

    Y es normal que la crítica de la mayoría de los mexicanos queden en memes (sobre todo del Presidente) burlas e insultos en Twitter, en reírse de la tragedia pero sin siquiera analizarla concienzudamente y menos proponer algo, o hacer algo para que cambie. Si yo fuera un gobernante maquiavélico hasta satisfecho estaría de la situación.

    Y por eso creo que la situación actual no sólo es culpa del gobierno. Nosotros los ciudadanos tenemos cierta responsabilidad, nuestro «pecado» es de omisión (en el mejor de los casos).

    Nota al pie: Peña Nieto dice que tendríamos que ver también las cosas buenas que se hacen en su gobierno. Si nos ponemos a escarbarle sí vamos a encontrar algunos aciertos de su administración, el problema es que languidecen frente al gran cúmulo de errores (muchos de ellos graves, y algunos involucrados con la honorabilidad del mandatario) y el promedio lamentablemente, es sumamente reprobatorio. Algo peor que esta criticonería burda que abunda, sería aplaudir y chiflar.

  • México, Estados Unidos, y la igualdad social

    México, Estados Unidos, y la igualdad social

    No, la sociedad norteamericana no es mi preferida. A pesar de su cacareado desarrollo, hay racismo e intolerancia en algunos sectores (minoritarios pero ruidosos) de su sociedad. También la percibo un tanto ignorante para el nivel de desarrollo que posee. La sociedad norteamericana no es una sociedad muy culta y fuera de sus «top reconocidas a nivel mundial» su educación deja mucho que desear.

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    Pero a pesar de esto, los estadounidenses nos ganan por goleada. Bastaron 3 días de estancia en Washington D.C. (mi tercer viaje a este país) para darme cuenta que México no va lograr superar nunca a Estados Unidos, o al menos no lo vamos a ver en vida; y si lo vemos es porque alguna catástrofe de proporciones inmesurables acabará con esta nación, lo cual se antoja poco probable. La verdad es que a pesar de cercanía y de su influencia (mucho más la que la estadounidense ejerce sobre la cultura mexicana que el caso contrario), es que son dos sociedades muy diferentes. No es lo mismo analizar a la sociedad estadounidense a través de películas hollywoodenses y productos de consumo, que sumergirse en ella, y convertirse, al menos por un momento, en parte de la masa norteamericana.

    Es cierto, no nos podemos exigir ser una copia de Estados Unidos. No tenemos su desarrollo y somos dos sociedades distintas. Pero hay muchos detalles donde los gringos nos superan, los cuales sí tenemos, al menos en teoría, la capacidad de modificar. Y paradójicamente muchos de esos detalles tienen que ver con la inclusión y la desigualdad. Sí, Estados Unidos nos gana si hablamos de igualdad social, a pesar de que ellos valoran más la libertad, y a pesar de que ellos no tienen un discurso revolucionario, ni tienen una izquierda tan ruidosa (aunque poco efectiva) como la nuestra, e incluso son más desiguales que sus pares europeos quienes los critican.

    Pongo un caso, y es el trato que se le tiene al peatón en la ciudad. Sé que no todas las ciudades norteamericanas no pueden presumir lo mismo, pero al menos las que yo conozco (Las Vegas, Nueva York y Washington) tienen en su medida alguna consideración para con el peatón. Las banquetas en Washington son muy grandes; están hechas para que el peatón pueda trasladarse cómodamente. En nuestro país pareciera que las banquetas son un estorbo, los automóviles las invaden, y en muchos casos no pueden caminar por ellas dos personas juntas.

    La zona metropolitana de Washington es plana, es decir, no tiene muchos edificios altos y la zona corporativa (donde se encuentran las torres más altas que no rebasan los 30 pisos) conocida como Rosslyn y que se encuentra al este de Arlington, separada del National Mall (donde se encuentra el Capitolio, Casa Blanca y demás) por el río Topomac, nos muestra la gran diferencia relativa a inclusión si la comparamos con sus similares mexicanas como Santa Fe, Puerta de Hierro o San Pedro. Las tres zonas de las principales ciudades mexicanas cuentan con torres más altas que las que posee la zona corporativa de Arlington, pero a nivel calle las diferencias son diametralmente opuestas. Las ciudades mexicanas discriminan al peatón, han sido diseñadas exclusivamente para los autos, y las pocas banquetas sólo fueron pensadas para la servidumbre que de alguna forma tiene que pasar por ahí. En cambio, Rosslyn tiene banquetas grandes con accesos amplios para personas discapacitadas en todas las esquinas (y no una «méndiga» rampita), tiene acceso al metro y al transporte urbano. Es patente que esa zona fue planeada pensando en el peatón y pensando en que muchas personas se trasladarán ahí en camión o en el metro (cuya estación posee la tercera escalera eléctrica más grande del mundo). Desde esa zona salen camiones al aeropuerto (milagros esperar que eso ocurra en Santa Fe) y a la Universidad de Georgetown.

    Diferencia entre las banquetas de Rosslyn Arlyngton y Puerta de Hierro Zapopan:

    Washington - Guadalajara

    La Universidad de Georgetown, católica, y la más importante de Washington (de ahí egresó Bill Clinton) se encuentra al oeste del mismo barrio que a su vez está ubicado al noreste a algo así como dos kilómetros del National Mall. Tuve la oportunidad de conocerla, y en una muy pequeña inspección, no me encontré a ningún mirrey con su shampoo y sus lobukis. Mientras en México, algunos universitarios de las élites están preocupados solamente por tejer relaciones (en el sentido anacrónico tradicional y no en el sentido del networking actual), en Estados Unidos los universitarios buscan adquirir conocimiento que les ayude a lograr sus metas, quieren ser los nuevos Steve Jobs, quieren ser campeones en el lacrosse. En México gran parte de las élites se sostienen por herencia, en Estados Unidos gran parte de ellas lo hacen por méritos.

    Y la diferencia del Estado de derecho es notable. Los estadounidenses respetan las normas y las señales de tránsito, transitan por los pasos peatonales (los cuales no son invadidos por los automóviles) y no a la mitad de la avenida. La ciudad planeada pensando en los peatones también ayuda a que estos no arriesguen sus vidas cruzando a la mitad de la calle.

    La cultura y la fortaleza de las instituciones ayuda a que el país norteamericano pueda mantenerse como país desarrollado. Los estadounidenses confían en sus instituciones, y si bien, han llegado a tener alguno que otro mandatario repudiado y deleznable (Bush, cof cof), o algunos de sus gobernantes tienen altos niveles de desaprobación, respetan sus instituciones porque de alguna forma las instituciones también lo hacen. Mientras, nosotros estamos atorados en un círculo vicioso donde no nos sentimos representados por nuestras instituciones y por eso a la vez, también pasamos por encima de ellas.

    Si bien, Estados Unidos no es un país perfecto y tiene defectos, creo que hay muchos ámbitos en los que se les puede aprender. Si queremos llegar a ser una sociedad más igualitaria, tenemos que ponerlo en práctica con una sincera preocupación por nuestros semejantes y no por prácticas asistencialistas o mitos revolucionarios que más que lograr acortar la brecha entre pobres y ricos, han logrado acrecentarla.

  • House of Cards a la mexicana

    House of Cards a la mexicana

    House of Cards trata de describir la política estadounidense de una forma desgarradora, franca y para algunos, con tintes un poco exagerados. La serie describe a Frank Underwood como un déspota: un tirano y dictador en potencia limitado por las instituciones norteamericanas; un ciudadano de Estados Unidos con limitados conocimientos en política posiblemente hasta se asombre de lo que puede haber detrás del poder. Pero tal vez en México no nos asombremos tanto, porque la serie satiriza a un país que tiene instituciones relativamente fuertes y no a un país cuyo Estado de derecho está resquebrajado como el nuestro.

    House of Cards contra la realidad mexicana

     

    **ALERTA, SPOILERS**

    En México, Frank Underwood podría presentarse un político cerca del promedio, y no como una excepción. La serie trata de mostrar que dentro del Capitolio y la Casa Blanca uno puede encontrar corrupción y conflicto de intereses, pero a pesar de todo habrá una considerable cantidad de políticos que hacen bien su trabajo. Si se tuviera que filmar un House of Cards de México, la balanza entre honestos y deshonestos sería diferente.

    En la serie vemos casos de corrupción, ambición del poder por el poder, conflicto de intereses, traiciones. Se presentan al espectador como si fueran algo que no conocían y de lo que se debían de enterar. A nosotros nos parece tan cotidiano.

    Claire no tiene una casa blanca en Las Lomas. 

    Para ganar votos, Frank Underwood desvía dinero asignado a desastres naturales para su campaña «América Works». El espectador promedio dirá que es un descaro. Al menos, Underwood busca ganarse los votos con una campaña que busca generar empleo. En México, el ex Gobernador panista Emilio González Márquez desvió dinero de ese mismo rubro a un evento de Televisa, y a pesar de su mala fama por las mentadas de madre que le hizo a los jaliscienses, no es visto como una figura muy corrupta. América Works busca reducir el estado de bienestar para hacer que la gente trabaje (y de esta forma Underwood obtenga votos para mantenerse en la presidencia), la Cruzada contra el Hambre busca simplemente comprar voluntades a través de políticas asistencialistas. Dentro del maquiavelismo de Underwood, el pueblo estadounidense puede afirmar que ganan algo (dentro de la serie, claro está). Con la Cruzada contra el Hambre, ni siquiera eso.

    Doug Stamper «no se cansó» después de haber sido severamente lesionado por Rachel. 

    ¿Cómo hubiera reaccionado la audiencia estadounidense (tanto ficticia como real) si Frank Underwood hubiera desviado ese dinero para regalar más de 10 millones de televisores?

    Frank Underwood no debe de dejar ningún rastro de las muertes de Peter Russo y Zoe Barnes perpetradas por él; si en la serie esto se hiciera público, Underwood estaría en la cárcel. En México no hablamos ya de muertes, sino de masacres donde los culpables no pisan la cárcel.

    A Frank Underwood le gusta leer. 

    Frank Underwood busca acabar con Heather Dumbar dentro de las elecciones demócratas afirmando que tiene poca experiencia. Dumbar lo critica por nominar a su esposa Claire como embajadora de la ONU cuando ésta última tenía poca experiencia. En México Carmen Salinas es plurinominal del PRI, Lagrimita (un payaso) es candidato independiente, Cuauhtémoc Blanco busca ser alcalde de Cuernavaca por el PSD y el Presidente de la República no recuerda cuales son los tres libros que influenciaron su vida. Jackie busca rematar a Heather Dumbar diciendo como es que dice preocuparse por los que menos tienen cuando ella nació en una familia muy acomodada. Mientras, López Obrador afirma y reafirma ser un político honesto al tiempo que suma a Manuel Bartlett a sus filas y acepta la candidatura de Jose Luis Abarca aún conociendo sus antecedentes.

    No sólo hay paralelismos (Raymond Tusk podría ser algo así como un Carlos Slim o Emilio Azcárraga, y SanCorp sería el Grupo Higa de la serie) sino que se quedan cortos. 

    Es más, a Frank Underwood, con todo su maquiavelismo pragmático, nunca se le ocurrió saltar de partido cuando no tuvo el apoyo de sus partidarios en la cámara. En México puedes saltar del PRI al PRD y luego a Movimiento Ciudadano, (como Enrique Alfaro) desde donde apoyas a AMLO al tiempo que sumas a tus filas a panistas para después pegarte la etiqueta de «ciudadano libre».

    En México la realidad supera a la ficción. Si en México tuviéramos un gobierno a la House of Cards, sin duda estaríamos al menos mejor que ahora. Nuestras instituciones están lo suficientemente laceradas como para que una visión oscura y satírica del gobierno estadounidense funcione mejor que la realidad del gobierno mexicano. He aquí una muestra de lo que a todos los mexicanos nos falta por avanzar.