Etiqueta: López Obrador

  • López Obrador, nuestro señor

    López Obrador, nuestro señor

    López Obrador, nuestro señor
    Imagen: Regeneración

    Abundan los memes, las burlas y las críticas que pretenden presentar a López Obrador como un mesías venido del cielo para salvar a la humanidad del pecado y de las tentaciones de Satanás. En política nada es casualidad, todo tiene una explicación, y el aura mesiánico de López Obrador no es un invento de sus oponentes, sino que es producto de su propia creación. López Obrador de alguna manera ha buscado que sea así. ¿Por qué?:

    Primero, porque México sigue siendo un país muy religioso donde muchas personas son fervientes devotas de la Virgen de Guadalupe, y donde muchas de ellas tienen su santo a quien rezarle. En un país mariano donde muchos peregrinan cada 12 de diciembre hacia la Basílica de Guadalupe, un líder que represente esa religiosidad, que se presente como quien resolverá, por intersección divina, los problemas que aquejan al individuo, podrá aspirar a amasar una gran cantidad de votos: promover la bondad será condición suficiente para acabar con todos los males, como la corrupción.

    Segundo, porque ese aura mesiánico le permite presentarse como una persona impoluta e incorrompible. Así como el devoto religioso nunca cuestionará al santo ni mucho menos a la Virgen, tampoco lo hará con Andrés Manuel López Obrador. Así como Jesucristo nunca cayó en las tentaciones de Satanás a su venida a la tierra para salvar a la humanidad, Andrés Manuel tampoco, dice, ha caído en algún acto de corrupción. Y si alguien de sus discípulos de MORENA cayera en uno, es el discípulo el que se mancha con el pecado, no López Obrador. 

    No es un prejuicio de sus opositores ese aura mesiánico, es premeditado. En esa relación vertical con un componente de dogma religioso, Andrés Manuel intenta implantar una nueva moral, porque, al igual que los más conservadores, le preocupa en demasía la pérdida de valores en la sociedad.

    Nada de esto es casualidad ni es producto de algún accidente. Los políticos que atraen más votos son aquellos que logran crear una ventaja competitiva de acuerdo al entorno en el que se mueven. López Obrador, entendiendo el profundo sentimiento religioso de los mexicanos, sobre todo aquellos de clases populares, logró crear una buena estrategia: mostrarse como un líder mesiánico, como aquel santo al cual sus creyentes le rezan diariamente, que combatirá de buenas a primeras los problemas que lo aquejan, y que basta con ser bueno para hacerlo, de la misma forma que basta con ser bueno y estar libre de pecado para alcanzar la gracia divina.

    Por esto es que sus adversarios le pusieron una buena trampa involucrando a Eva Cadena en un acto de corrupción. Así intentan desmitificar el discurso de López Obrador (no sabemos si con éxito ) y aminorar los efectos de esa ventaja competitiva que ha colocado, con ayuda de la gracia divina, a López Obrador como puntero de las encuestas.

    Así, una de sus creaciones fue MORENA. Es un nombre ingenioso, porque al mismo tiempo que es un acrónimo de «Movimiento de Regeneración Nacional», el nombre hace una clara referencia a la «Morenita de Guadalupe», el nombre de su partido es uno muy guadalupano; el slogan «La esperanza de México» también tiene una connotación muy religiosa. La relación que tiene con sus integrantes, muchos de ellos seleccionados por medio de una tómbola (como ocurría en la democracia de la Grecia antigua) es como la relación que Jesús tenía con sus discípulos, aunque cabe decir que los «filtros» que utilizaba Jesucristo para seleccionar a hombres impolutos eran más eficientes que los de López Obrador. Jesús sólo fue traicionado por Judas Iscariote, mientras que no son pocos los hombres de MORENA que han caído en el pecado de la corrupción. 

    Así como basta ir a confesarse con el padre para limpiar los pecados, también basta afiliarse a MORENA para limpiar el alma. Todos los priístas y panistas que estaban «en pecado» fueron perdonados inmediatamente al entrar a MORENA con la única penitencia de propagar la palabra de Andrés Manuel López Obrador. Aunque eso sí, algunos, como la ex panista Eva Cadena, han reincidido. 

    Tampoco es coincidencia que López Obrador pida a los padres y los ministros de culto religiosos, que adviertan a los creyentes que la compra de votos es un «pecado social»

    «Es un engaño, es también algo que ofende y que está escrito hasta en la Biblia. Es antirreligioso».

    Pero llama la atención, y es paradójico que López Obrador haya tomado al mayor representante del Estado laico de México como su guía y mentor, aquel que se peleó con la Iglesia para impulsar una reforma que separaba a la Iglesia y al Estado. Así, López Obrador se sentó a la izquierda de Juárez, y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Pero en realidad López Obrador tiene muy poco que ver con Benito Juárez, AMLO no es un liberal, por el contrario, es una persona profundamente conservadora que recibe la bendición de pastores evangélicos y tiene un gran apoyo por parte de ellos (los mismos que en Estados Unidos niegan la teoría evolutiva). Su relación con Juárez tiene más que ver con el hecho de que era un indígena, venido «de abajo», de las «clases más vulnerables». 

    https://www.youtube.com/watch?v=4KKWG04Bev0

    Es ese sentimiento de religiosidad, el cual se ha hecho más notorio desde 2012 (cuando López Obrador terminó de entender que ese discurso podría calar hondo en parte del electorado), el que mantiene a López Obrador vigente. Él ha sido capaz de construir un discurso maniqueo donde MORENA es el cielo, mientras que el infierno es eso a lo que él llama «la mafia en el poder». 

    No, no se trata de una izquierda liberal o socialdemócrata la de AMLO, quien quiere que la agenda progresista pase por un plebiscito a sabiendas de que la mayoría se opondrá a ella. López Obrador comparte su conservadurismo social con el PAN, en tanto que en lo económico también es conservador, dado que aspira a construir un gobierno intervencionista y planificador. En resumen, López Obrador es el candidato más conservador de todos, aquel que se alimenta del mexicano religioso, y del mexicano que tiene miedo a ser libre, el cual espera que la gracia divina resuelva sus problemas.  

  • La bocota de Felipe Calderón

    La bocota de Felipe Calderón

    La bocota de Felipe Calderón

    Si hoy fueran las elecciones, López Obrador ganaría.

    La clase política está muy nerviosa. La guerra sucia (o campaña de contraste) ha comenzado. Pero hay tres problemas: que 2018 no es 2006, que la clase política esté desacreditada (aunque AMLO también forma parte se ha logrado desmarcar de ella en el discurso) y que en ese ímpetu por «bajar» a López Obrador, se nota mucha desesperación; eso no es bueno.

    Algo que habría agradecido de Felipe Calderón, a diferencia de su antecesor Vicente Fox (que se ha convertido en una mala broma), era la prudencia de sus comentarios. Hoy ya no es así: el expresidente posteó dos tuits lamentables que se podrían esperar de Gerardo Fernández Noroña, de Donald Trump, o hasta del propio López Obrador, pero no de él:

    No es digno de un expresidente, quien se supone representó a todo un país, que se exprese así de un sector de la población. No es congruente que un expresidente que se lanzó duramente contra Trump por su discurso segregador, haga lo mismo al etiquetar a un sector de la población, por más que éste se le oponga y tengan diferencias irreconciliables. 

    Peor aún es que la encuesta que Felipe Calderón usa como referencia es muy poco fiable. Uno podría entender que López Obrador pierda puntos, pero ¿de verdad creen que Margarita Zavala, como refiere la encuesta, subió 5 puntos con su campaña desangelada? Peor ¿creen que de verdad Osorio Chong subió ¡7 puntos!? Sí, Osorio Chong, quien es parte de un gobierno cuyo timón no llega ni al 10% de aprobación.

    Algunos me dirán que es parte de una campaña de contraste, que habrá que polarizar a la sociedad de nuevo como en el 2006 para arrebatar el triunfo a López Obrador. Pero no sé si una campaña como la que se hizo en 2006 pueda tumbar al tabasqueño. De hecho, en 2006 esa campaña no funcionó por sí sola, sino que necesitó que López Obrador cometiera errores (como el «cállate chachalaca» o no haber asistido al debate). 

    Cómo he repetido en este espacio, a diferencia de 2006, la clase política está sumamente desacreditada. Que desde el PAN o desde el PRI se diga que AMLO es un peligro no generará un gran impacto, tan sólo reafirmará a los más férreos opositores a López Obrador, quienes ya de todos modos no iban a votar por él. 

    Quienes están interesados en que López Obrador no llegue a la presidencia, deberían de prestar atención a lo que ha pasado en otras latitudes, sobre todo en Estados Unidos. De la misma forma que ocurrió con Donald Trump, López Obrador puede darse el lujo de decir sandeces, insultar y desacreditar a diestra y siniestra sin que eso tenga mayor afectación, lujo que no se puede dar Felipe Calderón, cuya aspiración es que Margarita Zavala llegue a la Presidencia de la República.

    De igual forma, a pesar de la campaña de contraste utilizada en Estados Unidos por parte de los demócratas, Trump se alzó con la victoria. Los opositores (no sólo los demócratas, sino la propia prensa) cometieron el error de darle mucha importancia al candidato y lo dejaron crecer. Las elecciones estadounidenses se trataron de Donald Trump, quien supo manejar el show y aprovechar la cobertura mediática (incluyendo críticas a su persona) para ganar.

    Ahora todos hablan de López Obrador porque sus opositores hablan de él, y en su desesperación, lo sobredimensionan. Creen que basta con asustar al voto útil para obtener la victoria; pero a diferencia de 2006, dicho segmento está harto de la clase política y les venderá más caro su voto. Ellos ya no sólo se preguntarán si con López Obrador México se convertirá en una Venezuela, sino también si tendrá sentido votar por un PRI o un PAN cuando después de 18 años, a diferencia de lo que se prometió con la idea del «cambio», México está sumido en la corrupción y padece una severa crisis de inseguridad. Del primero el PAN podrá deslindarse sólo parcialmente (no sólo porque no están exentos de corrupción sino por su displicencia con los escándalos del gobierno de Peña Nieto), del segundo no. La crisis de inseguridad se remonta a los inicios del gobierno de Felipe Calderón.

    Quienes aspiran a hacer esta campaña de contraste ignoran la crisis de representatividad que vive no sólo México, sino todo Occidente. Esperar que con un candidato mediano que representa «más de lo mismo» baste para ganar es casi un contrasentido. En un escenario así, dejarán la campaña en manos de López Obrador, y sólo podrían aspirar a que el tabasqueño se hunda por sus propios errores. 

    Si Marine Le Pen no tiene nada seguro su triunfo en las elecciones de Francia, es porque el liberal Emmanuel Macron ha logrado presentarse con un discurso antisistema que contrasta con el gobierno de Hollande, cuya popularidad va en picada. A su vez, Hillary no supo crear un discurso parecido (en parte porque no tenía los elementos para hacerlo), y ante esa imposibilidad, aspiró a una campaña de contraste que incluso le fue contraproducente. Es cierto que tuvo un mayor número de votos, pero también es cierto que desde un inicio los candidatos conocian las reglas de juego del peculiar sistema electoral estadounidense; y así, Trump logró acaparar más delegados. 

    Dicho esto, la fórmula para detener el avance de López Obrador es con otro candidato antisistema, quien le robe el discurso y a la vez mantenga una postura más moderada para lograr acaparar al voto útil, el de las izquierdas que no se sienten representadas por AMLO o que no le son fieles, el de los centristas y el de los de derecha decepcionados con el PAN (que no son pocos); alguien que logre contrastar contra la clase política, que muestre un discurso firme contra la corrupción y la impunidad que impera en México.

    Pero la clase política está tan ensimismada (se ha convertido tanto en el problema que les es imposible generar un candidato con tales dimensiones) que sólo podremos aspirar a un perfil así desde una candidatura independiente. 

    Si Calderón con sus tweets busca hacer más de lo mismo, y peor aún, si busca confrontar a los votantes que discrepan como él, no sólo no logrará afectar las preferencias de López Obrador, sino que podrá poner en predicamento la campaña de su esposa, campaña que, por cierto, ya se está tambaleando. 

    La desesperación se huele, se percibe. La desesperación no atrae votos, los ahuyenta. 

    Mientras, algunos empresarios y poderes fácticos (Carlos Slim, TV Azteca) ya no piensan en deshacerse de él, sino en hacer equipo para salvaguardar sus intereses en caso de una eventual presidencia de López Obrador. 

     

  • La Salida de López Obrador. Reseña de quien podría ser nuestro presidente

    La Salida de López Obrador. Reseña de quien podría ser nuestro presidente

    La Salida de López Obrador. Reseña de quien podría ser nuestro presidente

    No sé si lo que leí es un libro, es mera propaganda política o es un evangelio. Sabemos que nada de lo que viene de López Obrador nos puede dejar indiferentes, y su libro «La Salida» (obra obligatoria para poder entender a este personaje en el contexto de las elecciones que vienen) no es la excepción.

    He leído a algunas personas como Genaro Lozano advertir una moderación en el discurso. Yo no veo mucho de eso, AMLO mantiene el discurso de los fraudes, de las élites de poder (aunque se abstenga de utilizar el término «mafia del poder» en este libro), y del neoliberalismo como el problema de todos los males. Lo único que podría advertir es que al menos ya hace una diferenciación entre los empresarios ricos que lo son gracias al producto de su esfuerzo, y entre aquellos que se corrompen al amparo del gobierno; y ciertamente también que habla un poco más (un poco, solamente un poco) de la importancia de la iniciativa privada y el sector de la sociedad civil.

    Digamos que este es el mismo López Obrador de siempre, con algunos leves cambios en la forma, pero con un fondo que se mantiene casi igual. Las ideas son básicamente las mismas, aunque ciertamente hubo quienes (no sé si haya sido Alfonso Romo) le ayudaron a aterrizar más sus ideas así como crear algunas propuestas nuevas que suenan un poco más sensatas que las de cajón.

    Pero para entender este libro hay que entender por dónde parte López Obrador, y tenemos que mencionar los dos argumentos a los cuales recurre constantemente.

    Primero, su diagnóstico. Él decía que antes de que se implementara lo que él llama el neoliberalismo (que yo lo traduciría a un corporativismo o capitalismo de cuates, de acuerdo a su interpretación) no había tanta corrupción, que la corrupción era solamente un conjunto de «prácticas aisladas e inconexas» (sí, incluso con Luis Echeverría y José López Portillo). Él afirma que todo se vino abajo con la adopción del «neoliberalismo» en 1982, porque dice, que los privados saquearon a la nación. Hace énfasis sobre todo en la forma en que se dieron las privatizaciones en tiempos de Salinas (que ciertamente distaron mucho de ser limpias).

    Con todos estos detalles y un diagnóstico que sugiere un regreso al pasado del PRI del régimen de sustitución de importaciones y del PRI del cual formó parte, varias de las críticas como tales (no todas) que López Obrador hace, y que son rotundamente ignoradas por los demás actores de clase política, pueden ser consideradas como válidas y nos pueden ayudar a entender un poco el panorama actual del país. No es una falsedad que el descrédito y los niveles de corrupción, los compadrazgos, y los pactos de impunidad hayan fortalecido el discurso de López Obrador. Ciertamente, algunos argumentos son algo tramposos, maniqueos, y los usa convenientemente para hacerse autopromoción, pero sabemos que el talón de aquiles de AMLO no es tanto el diagnóstico, sino las soluciones que propone. 

    Segundo, dice que habrá que acabar con la corrupción. López Obrador afirma que si él es honesto y no es corrupto, entonces logrará erradicar la corrupción:

    Estos comportamientos corruptos… se van a eliminar con relativa facilidad porque, entre otras cosas, el Presidente de la república no será parte de esos arreglos y se convertirá en el principal guardián del presupuesto. 

    Para López Obrador, el cambio parte necesariamente como un acto de voluntad del Presidente. En una concepción del gobierno como una estructura vertical y jerárquica (más típica del régimen priísta hegemónico en el mejor de los escenarios) donde el Presidente de la república tiene la última palabra, piensa que los cambios que México necesita no se lograrán gracias a la presión de las organizaciones civiles o una regeneración ciudadana (en el libro minimiza el esfuerzo de quienes impulsaron la Ley 3 de 3) ni a un esfuerzo en conjunto, sino por voluntad del Presidente cuyo acto hará que por consecuencia todos los demás «se motiven a cambiar». Los cambios sólo pueden venir «de arriba a abajo»:

    Pero luego viene un contrasentido, porque primero esboza un argumento que me recordó a la absurda respuesta que recibió León Krauze por parte de Enrique Peña Nieto (quien decía que la corrupción es cultural) pero a la inversa:

    Por ello digo que la honestidad es una virtud que forma parte del patrimonio moral del pueblo mexicano. 

    Y luego, páginas más adelante, afirma que todos esos actos de corrupción dentro de la base de la sociedad no importan tanto, tales como las mordidas al tránsito, los viene viene, los sobornos en las ventanillas, o el mal uso de espacios públicos en el comercio informal. Que lo que importa más es la corrupción que se lleva a cabo en las élites. Esos actos de «neoliberalismo».

    Su idea, típica de los demagogos, es que las élites son malas y el pueblo es bueno. Entonces el pueblo ya no tiene que cambiar, y esos «pequeñitos actos de corrupción» son irrelevantes dada la bondad del pueblo.

    Y cuando habla de élites, se refiere a aquellas que son producto del «neoliberalismo», a los arreglos público-privados. Pocas veces critica actos de corrupción dentro del gobierno donde no participa la iniciativa privada; apenas menciona el término «charros» (solo una vez), y casi todas las críticas al gobierno sólo tienen lugar de 1982 a la fecha. No critica a la CNTE, ni critica a los cotos de poder públicos más añejos, los de sus tiempos.

    A diferencia de otros libros que he leído de él, en éste explica sus propuestas de campaña de una forma más aterrizada (que no significa que estén bien diseñadas necesariamente) usa cifras, estadísticas, fuentes de instituciones como la OCDE. El problema es que muchos de estos datos o pronósticos parten de la idea de que logrará acabar completamente con la corrupción y que ya no habrá delincuencia de cuello blanco. Dando por sentado que ésto es prácticamente imposible de realizar en un sexenio, gran parte de sus propuestas y predicciones terminan diluyéndose.

    Hay algunas propuestas como la de recuperar el campo o la de apuntalar a las pequeñas y medianas empresas (esta última me pareció particularmente interesante) que tienen un planteamiento y que merecen analizarse. Pero hay muchas otras que sólo corresponden a un acto populista o demagogo. Por ejemplo, López Obrador dice que venderá toda la flotilla de aviones y helicópteros, y que se moverá por tierra o en vuelos comerciales, de lo cual no podemos dejar de advertir que eso no sólo podrá en mayor riesgo su integridad en un país infestado por el narco, sino que tendrá mucho menos flexibilidad para desplazarse (hasta Evo Morales se mueve en un avión privado). 

    De la misma forma, delinea argumentos de esos «que a todos les gusta oir». Dice que quitará los exámenes de ingreso a las universidades porque son injustos y garantizará el acceso a la universidad a todos. Pero no dice cómo es que lo va a lograr, y sólo recurre a su argumento de que al eliminar la corrupción, recortar sueldos y vender aviones habrá más dinero para hacer eso, para invertir en infraestructura, trenes rápidos, y demás. 

    A pesar de ser un texto que a excepción de las primeras páginas intenta no ser confrontativo y más bien conciliador, no puedo dejar de advertir un tufo autoritario con su idea de un presidente que manda, que es transformador por sí mismo, y que impone su voluntad y sus principios. Tampoco es difícil de advertir su predilección por el Estado como rector de la economía muy por encima del mercado, aunque no ignore completamente a este último.  

    Pero lo que me preocupa más son las páginas finales del libro. Si después de leer sus propuestas habías pensado que se trataba de una persona más sensata y moderada, las últimas páginas son un poema a su mesianismo:

    López Obrador explota en demasía este lado espiritual (al que muchos demagogos recurren) donde cita no sólo a Tolstoi, Aristóteles, Ricardo Flores Magón o Eduardo Galeano, sino que utiliza pasajes bíblicos (el Éxodo, Levítico, y el Deuteronomio) para justificar su proyecto de nación:

    «No oprimirás a tu prójimo, ni lo despojarás. No retendrás el salario del jornalero hasta el día siguiente» (Levítico). «Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que habita contigo, no serás con él un usuriero; no le exigirás interés» (Éxodo). No explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus hermanos o un forastero que resida en tus ciudades» (Deuteronomio).

    La situación se pone más preocupante y peligrosa al ver a un López Obrador que pretende imponer una moral a sus gobernados. A pesar de que dice que reunirá a académicos, antropólogos y sociólogos para que le ayuden a crear una «cartilla moral», va mucho más allá de la idea de «el derecho a la búsqueda de la felicidad» de la constitución de Estados Unidos, la cual cita. Porque no sólo propone que esos valores morales que su gobierno ha creado se promuevan en todos los medios de comunicación y en las redes sociales, sino que también el propio López Obrador se da lujo de definir lo que es la felicidad con base en una amalgama de diferentes fuentes que curiosamente coinciden su visión particular y personal:

    La felicidad no se logra acumulando riquezas, títulos o fama, sino mediante la armonía con nuestra conciencia, con nosotros mismos y el prójimo… La felicidad profunda y verdadera no puede basarse únicamente en los placeres momentáneos y fugaces. Estos aportan felicidad sólo en el momento en que existen…

    A diferencia de la constitución estadounidense que afirma que la felicidad es algo que los individuos tienen el derecho a buscar, pero que el gobierno no se las puede dar ni está obligado a dársela, López Obrador se erige como el rector de la moral, de la felicidad y del humanismo, y así, propone tres ideas rectoras: La honestidad, la justicia y el amor. Gran parte de los argumentos de su libro los basa en temas morales y cuasirreligiosos, como un candidato que no sólo propone reformas, sino un sistema de valores, delineados por él, que todo el país debería adoptar. 

    Y ya en la parte final, López Obrador narra como será México en 2024 cuando acabe su gestión:

    Dice que después de 6 años la pobreza extrema desaparecerá (y luego es curioso que proponga un crecimiento del 4% del PIB y que con un crecimiento así, espere que 11.4 millones de mexicanos superen su condición de pobreza extrema), que habrá mucho más trabajo, que a mitad de sexenio se alcanzará la autosuficiencia en maíz y frijol, que la emigración pasará a la historia, que nadie se quedará sin oportunidad de entrar a la universidad, que la delincuencia organizada estará acotada y en retirada, que los índices delictivos serán 50% más bajos, que ya no existirá la delincuencia de cuello blanco. Y todo esto será logrado porque López Obrador no sólo habría acabado con la corrupción, sino gracias a su promoción del fortalecimiento de los valores culturales, morales y espirituales. 

    Es decir, con buenas intenciones y con una cartilla moral, vamos a convertirnos casi en potencia mundial.

    Como dato curioso, a pesar de sus constantes críticas al neoliberalismo, propone una relación no sólo amistosa con Estados Unidos, sino que no hace ningún amago por rechazar al TLCAN. De hecho, todas sus propuestas relativas al campo, están formuladas pensando en que México seguirá formando parte de ese acuerdo. 

    Después de haber hecho una crítica al planteamiento de López Obrador, más desde un punto de vista político que técnico de sus propuestas (porque habrá quien lo pueda hacer mucho mejor que yo), tendría que hablar también de lo positivo, y aquí haría énfasis dos cosas:

    Primero, que de 2006 a la fecha, su conocimiento sobre política exterior ha evolucionado mucho. De ser el tabasqueño que no tenía pasaporte y nunca había salido al extranjero, pasó a ser aquel que va a Nueva York a hablar con los migrantes y que puede crear un argumento relativamente sensato con relación al panorama mundial. Pensando en que él puede ser nuestro presidente, es importante notar esta mejoría en el que era uno de sus puntos más flacos. 

    Segundo, que se puede percibir que se dejó ayudar por alguien más e incluyó algunas propuestas que no son de su autoría (que curiosamente son las más sensatas). Comparado con el 2012 (que pueden consultar en su libro «La Mafia que se Adueñó de Mexico y el 2012«) veo un mejor planteamiento de varias de sus propuestas, están mejor explicadas y algunas tienen más sustancia que antes. A pesar de que el AMLO de 2017 y el del 2012 no tienen muchas diferencias, sus propuestas parecen estar más aterrizadas, y como dije, parece que recibió asesoría y retroalimentación de alguien más en algunos de los casos. Esto, claro, sin dejar de advertir la completa falta de sustento en algunas otras de ellas, como ya lo he mencionado anteriormente.

    Este es López Obrador y este es su libro, sin duda es un texto muy bueno si quieres conocer más de este personaje, y lo que podrías esperar de él en caso de que llegue a la Presidencia. Por mi parte, yo estoy convencido que el tabasqueño está muy lejos de lo que México necesita, y está más cerca de ser un demagogo con algunos tintes autoritarios, que un demócrata o un verdadero reformador que haga diferencia en un México con una clase política completamente ensimismada y desacreditada. 

  • López Obrador contra los padres «provocadores» de Ayotzinapa

    López Obrador contra los padres «provocadores» de Ayotzinapa

    López Obrador contra los padres "provocadores" de Ayotzinapa

    ¿Se acuerdan cuando les dije que AMLO tenía un pie en Los Pinos, pero que una forma de no llegar ahí era que se boicoteara él mismo?

    Bueno, no es como que lo sucedido en Nueva York lo vaya a tumbar mucho de las encuestas, pero López Obrador nos mostró una vez más que es alguien intolerante que no soporta la crítica ni el disentimiento. Aunque lo intente, aunque hable del amor o aunque cite pasajes religiosos como lo hace en su libro.

    Uno de los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa le reclamó a Andrés Manuel su relación con Luis Abarca. Recordemos que el entonces perredista llamó a votar por Ángel Aguirre, el Gobernador de Guerrero, y Luis Abarca, alcalde de Iguala.

    Y naturalmente el padre tiene derecho a hacer el reclamo. No veo por donde no tenga el derecho a hacerlo. López Obrador pensó que en La Gran Manzana lo iban a recibir con vítores y aplausos, y resultó que no. Así como descalificó a Martín Moreno  por un artículo en el cual lo criticaba -ciertamente es un pésimo historiador-, lo volvió a hacer: tachando al padre, quien perdió a su hijo hace dos años, de provocador. ¡Es una provocación, es un complot! El candidato de MORENA lo trató mal.

    Su puesta en escena, tanto el reclamo como la justificación posterior en los medios, dentro del contexto y el lugar donde todo ello sucedió -Nueva York- me recordó, sí, a Donald Trump; insultando a quien disiente y le emite una crítica, y creando teorías falsas –alternative facts– para deslindarse tanto de su bochornoso y penoso acto, como por haber apoyado a Luis Abarca. Dijo, que era una provocación.

    Quienes les reclamaron fueron los mismos padres que le reclamaron a Enrique Ochoa Reza, el Presidente del PRI, cuando viajó a Estados Unidos para «defender a los migrantes». Con el Presidente del PRI eran «héroes sociales», con López Obrador son provocadores. 

    Ese es el líder que encabeza las encuestas, el López Obrador de verdad. Menos parecido a aquel que se acerca a los empresarios, y más parecido al tabasqueño intolerante, arropado por seguidores que no le cuestionan nada y que linchan a quienes emiten una crítica contra el tabasqueño, como si se tratara de una versión tropicalizada de Alt-Right.

    Y claro, mientras tanto, los demás partidos ya salieron a sacar raja. Ochoa Reza afirmó que López Obrador le debe un disculpa al padre de Ayotzinapa. Naturalmente se la debe, pero el presidente del PRI, del partido del gobierno, que en el más benévolo de los escenarios ignoró completamente el problema y no hizo nada al respecto. no tiene autoridad moral alguna para hacer esa reclamación. 

    https://www.youtube.com/watch?v=9GTmvqLBZkM

  • Loret. Despierta con López Obrador en Los Pinos

    Loret. Despierta con López Obrador en Los Pinos

    Ayer tuve la oportunidad de ver completa la entrevista de Loret de Mola y su equipo con López Obrador. Y al verla, me convencí una vez más por qué López Obrador es el favorito para convertirse en el próximo presidente de este país, y de por qué Televisa (además del efecto de la irrupción de las nuevas tecnologías digitales) se encuentra en una dura crisis económica.

    Loret. Despierta con López Obrador en Los Pinos

    La dinámica de la entrevista fue bastante parecida a algunas que se llevaron a cabo en el 2006, con una postura de los «periodistas» de Televisa muy parcial yéndose a la yugular del eterno candidato. Pero 2006 no es 2016. La legitimidad de todos los actores que alguna vez acusaron a AMLO de peligro para México brilla por su ausencia. Televisa y la clase política, que seguramente hará campaña en su contra, se encuentran entre dichos actores.

    Pero lo peor para la televisora, que puede terminar sin querer haciendo campaña para López Obrador, es que las críticas que le hicieron sus conductores fueron muy superficiales y hasta banales, y son esas críticas y señalamientos que ya han repetido una y otra vez. Le preguntaron que si va a meter a la cárcel a Peña Nieto, que si su gobierno va a ser una nueva Cuba, que por qué lleva tanto tiempo haciendo campaña, que si va a debatir con Ochoa Reza (Presidente del PRI), que si Fidel Castro, hasta se burlaron de su inglés cuando no supo pronunciar «feis». 

    ¿Qué pasa con esto? Que esta entrevista no le va a sumar más negativos a López Obrador, porque básicamente lo cuestionaron de lo que todo el mundo sabe. Es más, hasta se salió con la suya un par de veces, afirmando que si se trata de los migrantes estaría dispuesto a colaborar con Peña Nieto. Las debilidades que Loret y su equipo trataron de exhibir son esas que ya todos conocemos y que se han repetido una y otra vez hasta el cansancio. 

    Pero a quien sí le va a sumar negativos es a Televisa. No necesito simpatizar con el tabasqueño para darme cuenta de lo parcial que fue la entrevista. La actitud de Loret y sus acompañantes fue muy burlona y hasta déspota. El comunicólogo Alvaro Cueva no se equivoca al equiparar al comunicador con el bochorno que fue su entrevista con Kalimba. Los comunicadores parecían lobos hambrientos tratando de destrozar a AMLO ante la primer distracción. El tabasqueño ni siquiera se despeinó y en ocasiones parecía que se la pasaba bomba dándoles por su lado. 

    Televisa sólo va a reforzar la idea de que encarnan al sistema y que harán lo posible para acabar con quien se oponga a éste. Y como el voto antisistema podrá ser determinante en las elecciones del 2018, entonces podemos entender su postura terminará beneficiando a AMLO.

    Por algo se le notó tan cómodo a López Obrador. 

    El problema para Televisa no es solamente que vaya a fortalecer a AMLO (quien se mostró muy mesurado y no cayó en corajes), sino que la televisora se encuentra en una crisis económica provocada, sí, por la convergencia tecnológica, pero también por su falta de credibilidad por lo ocurrido en los últimos años. En estos momentos es cuando menos pueden darse el lujo de tomar una postura tan parcial, en este momento en que tratan de lavarse la cara para recuperar un poco lo que ya han perdido.

    Y el lavado de cara les salió tan mal, que ya cancelaron los programas de Adela Micha, Joaquín López-Doriga y Brozo. 

    En la entrevista yo vi a un López Obrador que por momentos hasta parecía padecer de sus facultades mentales -lo cual también es notorio en varios de sus videoblogs que sube a Facebook-. Y por eso me sorprende que haya salido avante. Me pregunto por qué ni Loret ni su equipo lo criticaron donde más podrían hacerle daño, como por ejemplo, los fundamentos de sus propuestas de campaña -que son las mismas de siempre, y que siempre han carecido de bases sólidas-. Que AMLO diga que va a acabar con la corrupción con buenas intenciones y su mera presencia es un barbaridad. ¿Por qué no insistieron en sus estrategias y políticas públicas para llevar a cabo su cometido? 

    Pero esa percepción de López Obrador es mía, no la de muchos otros. Y estoy seguro que muchos preferirán a un hombre con estas características en vez de votar por alguien del sistema. López Obrador quiere presentarse como el candidato anti sistema, y ayer se esforzaron en darle la razón. 

    Que luego no se te haga raro que se diga que ahora Televisa puso López Obrador en Los Pinos, aunque esta vez haya sido «sin querer». 

    https://www.youtube.com/watch?v=iymz1sToO-A

  • ¿De verdad se parecen López Obrador y Donald Trump?

    ¿De verdad se parecen López Obrador y Donald Trump?

    ¿De verdad se parecen López Obrador y Donald Trump?

    Últimamente, en mis redes sociales han aparecido diversos artículos, memes y opiniones sobre el parecido entre Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump. De igual forma, son cada vez más voces las que se han sumado para refutar esa comparación, reduciéndola a un meme. Hay quienes dicen que quienes hacen esta comparación la hacen de forma tramposa, unos llegan al extremo de decir que la guerra sucia ya ha comenzado. Otros insisten en que son iguales, que no hay nada diferente entre ellos dos.

    ¿AMLO y Trump se parecen?

    Decir que AMLO y Trump se parecen es como decir que Hitler y Stalin se parecen. Ciertamente Hitler y Stalin se encontraban en los extremos políticos opuestos, uno en la extrema derecha y otro en la extrema izquierda, ideológicamente tenían muchas diferencias. Pero ¿era más parecido Hitler a Stalin que Hitler a Churchill o Stalin a Churchill? La respuesta es que sí.

    Sería una exageración decir que Trump es Hitler (a pesar de sus manifestaciones que rayan en el fascismo) y más que López Obrador es Stalin, y por lo tanto, podemos concluir que los contemporáneos no se ubican en un lugar tan extremo ideológicamente como los primeros dos, pero lo cierto es que quienes se ubican muy a la derecha y muy a la izquierda suelen parecerse más entre ellos (aunque sean enemigos declarados) que con relación a quienes se encuentran en el centro, como lo muestra la teoría de la herradura:

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    Si comparamos la historia de vida de Donald Trump con la de López Obrador no encontraremos de ninguna manera a dos personajes similares. Donald Trump siempre vivió en la opulencia y heredó una inmensa fortuna, la cual invirtió y reinvirtió, construyó torres y hoteles, tal vez no con el éxito que tanto gusta de presumir. López Obrador, oriundo de Tabasco, no creció dentro de una familia opulencia y nunca tuvo una fortuna. Vivió siempre del erario público, fue Presidente del PRI en Tabasco, luego de la escisión llegó al PRD y fue presidente de ese partido, Jefe de Gobierno de la CDMX y candidato presidencial dos veces consecutivas (sin sumar la campaña de 2018).

    Sus programas de gobierno serían muy diferentes. López Obrador cree en la intervención del Estado en la economía (en ese rubro se parecería más a Barack Obama o a Sanders que a Trump) mientra que el millonario cree que se deben de reducir los impuestos al mínimo. Es un capitalista, aunque opta por la intervención del Estado en la economía y la sociedad de una manera distinta a la de AMLO, por ejemplo, pidiendo a las transnacionales que regresen los empleos a Estados Unidos, cerrando fronteras, construyendo muros y cancelando tratados multilaterales.

    Hay más diferencias, por ejemplo, es difícil advertir en López Obrador manifestaciones xenofóbicas como las de Donald Trump, y a pesar de que moralmente López Obrador es un persona que parece tender más hacia el conservadurismo, no manifiesta, como en el caso de Donald Trump, muestras de acoso a las minorías, tales como las mujeres o los discapacitados. En este sentido Donald Trump suele ser más agresivo y arrogante que su contraparte mexicana.

    Hitler y Stalin tenían muchas diferencias sobre cómo se debería de gobernar un país, pero a pesar de ellas, no era difícil observar también muchas similitudes. Por ejemplo, el papel del ejército en sus respectivas naciones, el férreo control social e ideológico sobre sus gobernados, la represión a quienes disienten, tenían un enemigo en común (los judíos en un caso, Occidente en el otro), el intenso uso de la propaganda política, el control total sobre los medios de comunicación, entre otros.

    AMLO y Trump

    Así también, podemos encontrar varias similitudes entre López Obrador y Donald Trump. Por ejemplo, ambos se presentan como outsiders de la política (lo cual no es necesariamente malo) y se oponen al status quo, al sistema o a la mafia en el poder. En ambos casos, la figura tiene mucho peso sobre sus seguidores y son capaces de mantener un considerable grupo de leales incondicionales quienes los apoyarán a pesar de todas las contradicciones evidentes.

    De la misma forma, debido a su personalismo, ambos creen estar por encima de las instituciones. Las razones pueden ser diferentes, en Donald Trump como producto de una megalomanía o un nacionalismo mal entendido, en López Obrador por ese sentimiento de que las instituciones en México no trabajan para todos. De esta forma los dos amagan con no reconocer el resultado de las elecciones antes de que éstas ocurran, y en caso de acusar un fraude electoral, en vez de utilizar los mecanismos institucionales para denunciarlas o promover reformas (cosa que López Obrador no hizo después de 2006), deciden entonces mandar al diablo a las instituciones. Aunque hasta el momento no conocemos la reacción de Donald Trump después de una derrota electoral, sí podemos utilizar como antecedente la victoria de Obama en 2012 donde el magnate invitó a desconocer los resultados y hasta amagó con hacer manifestaciones en Washington.

    El maniqueísmo es un rasgo muy presente en las dos figuras -estás conmigo o estás contra mí-. Los dos observan con recelo a quienes son críticos con ellos. Es muy parecido el trato que hace López Obrador -no sólo con los medios oficialistas, sino que aquellos que no siéndolo, son críticos con él- con el que hace Donald Trump después de recibir una crítica de The New York Times o The Washington Post. También ambos tienen enemigos en común que le dan fuerza a su figura, el status quo, los migrantes o China por el lado del magnate, y la mafia en el poder por el lado del tabasqueño. Ambos son la manifestación de problemas sociales y económicos que se manifiestan en ambos países: la tremenda desigualdad en México y la clase media sin educación en Estados Unidos que ve como sus empleos vuelan a otras naciones.

    Si ambos llegaran al poder, podríamos esperar programas de gobierno distintos, pero podríamos advertir similitudes en las formas para ejecutarlos. En ninguno de los dos casos podríamos hablar de gobiernos transparentes y tolerantes con quienes disienten con ellos, ambos encarnarían gobiernos que posiblemente no sean dictatoriales pero sí personalistas donde el nombre de Trump o López Obrador estarían por encima. Posiblemente ambos revisen tratados y acuerdos firmados, tanto dentro de la nación como por fuera del país. Un NAFTA podría correr el riesgo de sufrir, cuando menos, varias modificaciones considerables, en cualquiera de ambos casos.

    Quienes dicen que AMLO y Trump no son iguales tienen razón, existen muchas diferencias entre ambos personajes, sobre todo en su historia y programas de gobierno. Pero a la vez, también tienen razón quienes advierten muchas similitudes entre ambas figuras, sobre todo en la forma de conducirse.

  • ¿Por qué Carmen Aristegui no tiene la obligación de exhibir a López Obrador?

    ¿Por qué Carmen Aristegui no tiene la obligación de exhibir a López Obrador?

    La democracia es conflicto, la democracia no es un sistema en donde todos estamos de acuerdo. Por el contrario, una democracia le da espacio a diferentes facciones para que puedan expresarse, confrontarse, y promover aquello que quieren promover.

    Sé que me vas a decir que México no es una democracia perfecta, o incluso dirás que ni democracia es. Pero se supone que casi todos concordamos en que queremos hacer de este país, una nación más democrática.

    Y entendiendo que la democracia es conflicto y que en ella coexisten diferentes facciones, lo mismo ocurre con el periodismo.

    ¿Por qué Carmen Aristegui no tiene la obligación de exhibir a López Obrador?

    He encontrado en las redes sociales muchas críticas a Aristegui donde se le exige denunciar de la misma manera a López Obrador. A veces con calificativos como chaira o chairistegui, los indignados y críticos de la periodista caen en el mismo juego de aquellos que la idealizan: pensar que un comunicador es o debe ser completamente objetivo y que tiene o debería de tener la capacidad de poseer la verdad absoluta, pero eso es imposible.

    Es imposible, porque por un lado nuestra experiencia con el mundo es subjetiva (es decir, percibimos aquello que vemos y tocamos, y hacemos un juicio o interpretación sobre ello), y por otro lado, porque el ser humano, animal político por naturaleza, siempre simpatizará con una corriente ideológica o de pensamiento y no con todas al mismo tiempo. Tanto factores genéticos como aquellos que tienen que ver con la experiencia de vida y la formación inciden para que nos inclinemos por una ideología en particular.

    Carmen Aristegui tiene su línea política, que es de izquierda, y desde esa trinchera, Carmen confronta al status quo (a veces con buen periodismo, alguna que otra vez, con afán de venganza). Naturalmente ella será proclive a exhibir más a aquellos políticos que no sean de su misma línea, y ello no tiene que ser malo. Pedir a Carmen Aristegui que haga lo mismo con López Obrador es asumir que ella debe de ser impoluta y completamente objetiva.

    Por más que se hable del rigor periodístico, es prácticamente imposible que un periodista no tenga alguna inclinación. De hecho el rigor periodístico entre otras cosas busca que dichas inclinaciones no terminen afectando la calidad lo que se investiga. Es decir, el periodista, inclinado a cierta corriente política e ideológica por naturaleza, deberá seguir ciertos lineamientos a la hora de hacer periodismo para que eso que se investigue sea verdadero y confiable. Pero el «rigor periodístico» no obliga a un periodista a no tomar una posición.

    Quienes deberían exhibir a López Obrador son aquellos periodistas que precisamente siguen una línea muy diferente a la del tabasqueño y tienen desavenencias con él. Quienes no simpatizan con este personaje, deberían esperar a que quienes lo denostan, lleven a cabo una investigación para conocer su historial educativo, o sus verdaderas posesiones patrimoniales (esto a raíz de su declaración 3 de 3 que tanta polémica causó).

    Las democracias más desarrolladas no tienen a lo que se supone que debería ser Carmen Aristegui: impoluta y completamente objetiva; sino que todas las facciones están representadas dentro del periodismo, las cuales tienen libertad de expresión garantizada, y desde su trinchera hacen investigaciones e informan a la gente. Si has tenido la oportunidad de consumir contenidos noticiosos de Estados Unidos, verás, por un decir, que la NBC tiende a simpatizar más con los demócratas, y FOX con los republicanos. Algunos lo hacen más, otros menos, pero nadie se queda en el medio. Así ocurre en todo el mundo.

    A pesar del «rigor periodístico», es responsabilidad de la gente contrastar información e intentar llegar a la verdad más objetiva posible (que vuelvo a lo mismo, verdad que estará condicionada por el cristal de cada persona). Posiblemente por nuestra tradición jerárquica y vertical, producto tanto de nuestra historia como del gobierno de un sólo partido durante varias décadas y una democracia tan imperfecta a la que le cuesta trabajo defender su condición y tan demasiado nueva, esperamos que una persona nos de todo peladito y en la boca. Pero el periodismo no funciona así.

    Y no, Aristegui no tiene la obligación de exhibir a López Obrador, así como Loret de Mola no tiene la obligación de exhibir a Peña, ni Pedro Ferriz a Calderón. Los que esperan un reportaje similar sobre el tabasqueño, deberían esperar que sea llevado a cabo por medio de periodistas que pelean desde otra trinchera.

    Termino con lo que inicié, la democracia es conflicto, es contraste, es el derecho de todas las facciones a pelear por lo que cree dentro de un marco legal y de respeto a los derechos humanos el otro. Una democracia entonces supone una mayor responsabilidad e involucramiento de los ciudadanos, y aprender a contrastar información en lugar de esperar que un tlatoani se encargue de todo, es un claro ejemplo.

  • López Obrador, la amnistía para la mafia, y la otra mejilla

    López Obrador, la amnistía para la mafia, y la otra mejilla

    La campaña (eterna) de López Obrador ha tenido un viraje. El tabasqueño ha decidido moderar su discurso para atraer a los votantes de centro. De apoyar abiertamente a la CNTE, se ha mostrado en favor de una negociación entre el gobierno y esta organización, al tiempo que ha sido menos beligerante con la Reforma Educativa propuesta por Aurelio Nuño.

    López Obrador, la amnistía para la mafia, y la otra mejilla
    Revista Alto Nivel

    Recordemos que en 2012 la estrategia le funcionó, quedó cerca de ganar la elección pero el ultimo mes volvió a radicalizarse con lo cual ahuyentó votos y sentenció su derrota (a esto podemos sumar otros factores como la compra de votos del PRI). López Obrador contrató en ese entonces a Luis Costa Bonino, quien fue el artífice de las exitosas campañas de François Miterrand y Lula da Silva, y casi logra colocar a AMLO en la silla presidencial. Parece que López Obrador ha optado por una estrategia similar de camino al 2018.

    Pero hay algo que me ha llamado mucho la atención, y es que en ese afán de moderarse, López Obrador propone una amnistía (la cual incluye a Peña Nieto y a todos sus colaboradores). Más propio de un pasaje bíblico que de una estrategia política, el argumento de López Obrador es que él no se quiere vengar y optará por el perdón para poder sacar adelante al país.

    A mí me parece una propuesta errónea.

    Es errónea, porque la justicia no se debe de regir por el «perdón» ni la «venganza», sino por el imperio de la ley.

    Si Peña Nieto, sus colaboradores, o la «mafia del poder» cometieron actos ilegales, deben de pagar por ellos y deben recibir un castigo de acuerdo a la ley. Si López Obrador fuera ese presidente tan «honesto y democrático» que dice ser, su tarea no debe de ser el perdón ni la venganza, sino la aplicación de la ley; y si a los actos cometidos por sus «adversarios» les corresponde un castigo por sus actos, éstos se deben aplicar.

    Posiblemente pienses que soy iluso, que en México las cosas así no funcionan, que es imposible. Pero es a lo que deberíamos aspirar si queremos tener un Estado fuerte con instituciones que funcionen.

    Si la ley queda sujeta a los deseos de justicia o perdón de un mandatario, además de ser un acto de autoritarismo, ésta terminaría usándose a discreción, deteriorando aún más unas instituciones que ya han sido demasiado laceradas en este sexenio. Si AMLO considera tener el derecho de «perdonar», entonces también asumirá el derecho de «vengarse» y aplicar la ley a su conveniencia.

    Peor aún, si quienes hayan cometido algún acto ilícito son perdonados, seguirán disfrutando impunemente de los recursos que han despojado a terceros, o de los beneficios de haber violado la ley sin recibir castigo. López Obrador no sólo estaría «perdonando» a los «mafiosos», estaría validando sus actos, y dejaría impunes actos que se cometieron contra la sociedad.

    O acaso, si Peña Nieto cometió actos ilícitos que merecen un castigo ¿Estarías de acuerdo con que él fuera perdonado?

    No se trata de iniciar una cacería de brujas, se trata de aplicar la ley. Se trata de que nuestras instituciones funcionen, de tener un Estado fuerte, pero a que la vez sea limitado por la rendición de cuentas, y que la sociedad organizada sea partícipe. No se trata de un caudillo que desea o no perdonar a otros al margen de la ley por conveniencia política, que se encuentra entre la mitad de un pasaje bíblico y las viejas formas del PRI (que son las mismas que las «nuevas»).

    No se trata de aparentar o ser más moderado, se trata de gobernar con las instituciones. Además no es una estrategia política inteligente, porque a estas alturas, no son muchos los mexicanos (ni los moderados, ni los panistas, menos los suyos) que están de acuerdo con que Peña Nieto no pague todos aquellos actos ilícitos que él o su gobierno cometieron.

    Yo no quiero venganza ni perdón, yo quiero que la ley se haga cumplir, y punto.