Etiqueta: López Obrador

  • La sociedad civil y López Obrador

    La sociedad civil y López Obrador

    La sociedad civil y López Obrador

    En Guadalajara habían desaparecido tres estudiantes. El CAAV (donde ellos estudian), estudiantes de varias universidades y parte de la sociedad tapatía comenzó a presionar ya que el gobierno parecía muy indiferente ante el caso. Tuvieron que pasar días para que el gobierno reaccionara y lo hizo porque la presión de la sociedad civil les subió el costo político de mantenerse indiferentes, hasta ese momento, el gobernador Aristóteles Sandoval dio una conferencia de prensa y se pusieron a chambear.

    La sociedad civil ha logrado muchas cosas en nuestra ciudad y ha incidido de forma positiva. El gobierno de Jalisco (del PRI) estuvo organizando anualmente una glosa ciudadana en la cual presenta resultados y dialoga con los líderes de la sociedad civil, quienes emiten sus cuestionamientos y sus inquietudes. En Jalisco, gracias a la presión de la ciudadanía, se implementó la Vía Recreactiva (que ha sido posteriormente replicada en otras ciudades del país) donde todos los domingos la gente sale a hacer ejercicio o a convivir. Así mismo, los últimos gobiernos, gracias a la presión ciudadana, le han apostado a la movilidad e implementaron un sistema de ciclovías en la ciudad.

    Esto pasa mientras que en Veracruz el gobernador Javier Duarte robó millones de pesos y asesinó a varios niños con cáncer al suministrarles un placebo en vez de medicamento. ¿Por qué la diferencia entre el PRI de Veracruz y el de Jalisco es abismal? Porque en Veracruz no existen contrapesos ciudadanos y en Jalisco sí los hay.

    Ahora todo mundo habla de Pedro Kumamoto y los suyos. Wikipolítica, un movimiento político que ha comenzado a penetrar en el decadente sistema político para refomarlo y que, me atrevo a decir, es el único movimiento que tiene legitimidad en la mayoría de la sociedad, surgió de la sociedad civil organizada. Ah, y sin olvidar que las candidaturas independientes (con todo y que han sido manoseadas por el sistema) fueron producto de la presión de la sociedad civil.

    Gracias a la organización de la sociedad civil se pudieron atender y ayudar a muchas de las víctimas del terremoto del 19 de septiembre e incluso se exhibió la corrupción de las autoridades. Hoy, hay personas vivas gracias a la sociedad civil que se organizó para rescatar a las personas atrapadas en los edificios colapsados. También, gracias a la sociedad civil, es que se habla de la necesidad de un fiscal independiente. Gracias a la sociedad civil es que los políticos se sienten orillados a presentar su declaración patrimonial. 

    Fue a la presión de la sociedad civil que conocimos la mayoría de los escándalos de corrupción de este gobierno. La Estafa Maestra fue un ejercicio periodístico de la sociedad civil y medios digitales como Animal Político. Duarte no estaría preso si no fuera por la sociedad civil que fue quien hizo las investigaciones pertinentes. 

    Hasta el mismo Teletón, que por cierto, no es de Televisa, ha logrado rehabilitar y dar una vida más digna a miles de niños. Tan cierto es, que Gerardo Fernández Noroña fue a uno de los CRIT y reconoció la labor que se hace ahí. 

    Y eso que la nuestra es todavía una sociedad civil incipiente, una a la que todavía le hace falta crecer mucho. 

    Cuando AMLO dice que le da desconfianza «eso que llaman sociedad civil», les está dando la espalda a todos esos mexicanos y mexicanas que han trabajado incansablemente en favor de la sociedad, que han marcado una diferencia. 

    ¿La sociedad civil es infalible? No ¿Puede llegar a ser cooptada? Sí. Y casos existen. Pero son la excepción y no la regla. Incluso es la propia sociedad civil y no los partidos de oposición los que han sido el contrapeso del gobierno actual.

    Dicen que las palabras de López Obrador se malinterpretaron, que él dijo «eso que llaman sociedad civil e iniciativas independientes» como si se refiriera a caso muy específicos. Pero hay que volver al pasado para darse cuenta que no es la primera vez que hace este tipo de declaraciones. A Eduardo Buscaglia le dijo que no veía conveniente darle a los ciudadanos la posibilidad de ver los gastos del gobierno para combatir la corrupción porque eso le daría mucho poder a la ciudadanía. También desdeñó en su libro «La Salida» al IMCO y a quienes organizaron la Ley 3 de 3, y no olvidemos cuando en la marcha contra la inseguridad cuando era Jefe de Gobierno, señaló como pirrurris a los manifestantes. Lo mismo se puede decir de las «iniciativas independientes» (si es que se refiere a las candidaturas independientes por el hecho de que en las elecciones presidenciales se utilizaron por el mismo sistema) cuando desdeñó a Pedro Kumamoto porque, dice, no confiaba en los independientes. 

    Podrán tener razón sus seguidores al decir que el gobierno actual ignora y desdeña a la sociedad civil, lo cual queda probado con los intentos de espionaje a varios miembros de organizaciones civiles. Seguramente, eso que dijo AMLO, Peña Nieto lo ha pensado una y otra vez dentro de su cabeza. Pero que el gobierno actual se comporte de una u otra forma no implica que AMLO no lo haga y no implica que no nos debamos preocupar ante un candidato, que va en primer lugar, que muy posiblemente gane la presidencia, y que da evidentes muestras de que su relación con la sociedad civil será muy ríspida. Habla, en su libro, de convocar a la ciudadanía, a académicos y a expertos para crear eso que llama «la constitución moral», pero a la vez dice desconfiar de ella. 

    Tal parece ser que López Obrador es un hombre quien pretende tener el control de todo. Por eso es que él cree que basta con que él no sea corrupto para que los demás no lo sean; por eso cree que el presidente debe saber el número de homicidios: delegar responsabilidades no es su fuerte. Si bien, no creo ni sugiero que se vaya a convertir un dictador como unos dicen, sí tendremos en el poder a un hombre que no se sentirá muy cómodo con los contrapesos y que no será muy fiel a los principios democráticos. Posiblemente su concepción del poder tenga que ver más con su herencia priísta donde el gobierno debe llevar la batuta y el papel de la sociedad debe ser más bien limitada. 

    López Obrador se equivoca ya que hay abundante literatura que muestra que los países menos corruptos son aquellos que tienen mayores contrapesos, ya sea dentro del propio poder político como dentro de su relación con la ciudadanía. López Obrador no cree en los contrapesos porque sospecha de ellos, cree que dentro de ellos hay necesariamente un interés oculto. Algunos de sus seguidores aseguran que la sociedad civil en México obedecen a intereses particulares o del sistema y por tanto la desdeñan. No creen en el poder transformador de la sociedad civil sino en la voluntad de una sola persona, como si esto bastara para terminar con todos los problemas que nuestro país tiene. 

    Para muchos estas declaraciones pasan desapercibidas, pero para mí no; porque he trabajado en la última década de mi vida en organizaciones civiles y conozco la capacidad que tienen de incidir de forma positiva dentro de la sociedad, porque López Obrador representa un retroceso en la relación que los ciudadanos deben de tener con el gobierno, donde el gobernante sea un servidor público sujeto a cuentas y que genere las condiciones para que los individuos puedan desarrollar su proyecto de vida.

    El problema de AMLO no es que sea de izquierda, se pueden implementar políticas de izquierdas redistributivas acorde a la realidad actual. El problema de López Obrador es que pretende regresar al pasado, a un pasado que ya no existe, y un pasado, que valga la pena decir, no es recordado de la mejor forma por la mayoría de los mexicanos. 

    Como lo vengo diciendo, yo no creo que AMLO convierta a México en Venezuela. Pero eso no implica que no hayan riesgos. Y estas declaraciones, al menos a mí, me muestran que sí hay cosas un tanto preocupantes dentro de la candidatura del tabasqueño.

  • Los candidatos y los banqueros

    Los candidatos y los banqueros

    Los candidatos y los banqueros

    La semana pasada, en esta etapa de intercampañas (que la verdad sea dicha, ya es parte de la campaña), los candidatos fueron a «desfilar» ante los banqueros. Ahí presntaron su visión de país y sus propuestas (en la medida de lo posible). El ejercicio resulta muy interesante para quienes estamos interesados en este proceso dado que fue un ejercicio interesante para poder contrastar a los tres candidatos principales. Todos ellos se presentaron, uno a uno, en las mismas condiciones, en el mismo escenario, ante las mismas personas, y esto fue lo que ocurrió:

    Primero, me atrevería a categorizar a los candidatos, de acuerdo a su ponencia de la siguiente forma: Ricardo Anaya representó al futuro, José Antonio Meade al presente y López Obrador al pasado. Me explico.

    Si me preguntaran quien fue el que dio el mejor discurso, diría, sin pensarlo dos veces, que el mejor fue Ricardo Anaya. Aquí, en estos escenarios (y en los debates) es donde el panista puede lucir más. Hizo del escenario un TED Talk, en el cual más que hablar de propuestas habló de su visión de país. Anaya habló de anticiparse al futuro ya que el mundo es muy cambiante, e incluso presentó un video en el cual él fue a la famosa tienda de autoservicio sin cajeros de Amazon. Intentó, creo con éxito, contrastar con el candidato de MORENA insistiendo en que él representa una visión de futuro y no una del pasado. Si bien no hizo muchas propuestas concretas y creo que no terminó de sonar convincente a la hora de defender su propuesta de Renta Básica Universal (UBI), Anaya parece estar armando un discurso que podría tener un impacto positivo dentro de los millennials, quienes serán clave en esta elección. Así, el candidato busca posicionarse como el «cambio» ante el régimen de corrupción actual, pero uno que apunte al futuro. Incluso al final habló de las demandas de corrupción en su contra por medio de una postura de «víctima del sistema» que, a mi parecer, no termina de aclarar mucho pero que puede funcionar como estrategia mediática. 

    José Antonio Meade fue el más aplaudido por los banqueros. Naturalmente, aquí se encuentra en terreno familiar (no como su discurso en el estadio de las Chivas donde resultó abucheado) ya que él ha tenido una relación estrecha con los banqueros, relación necesaria dados los puestos que ha ocupado en el servicio público. Meade se enfocó en el presente, en las necesidades del México actual, representando el continuismo del gobierno de Peña Nieto. Evidentemente su discurso entusiasma mucho más a los banqueros que a los demás. Su discurso pareció muy técnico, algo soso y redundante. Habló del combate a la corrupción y el fortalecimiento de las instituciones como candidato de un partido que representa lo opuesto. Pareciera que Meade se dirigió exclusivamente a los propios banqueros y olvidó que este discurso podría llegar a más gente (cosa que Anaya sí explotó). En este sentido, Meade desaprovechó una oportunidad, siendo que sería tratado como «en casa» y nos mostró más de lo mismo. Eso es muy malo para un candidato estancado en el tercer lugar. 

    El que tuvo el peor desempeño, a mi parecer, fue López Obrador. Empezó de forma acertada al establecer una relación amistosa y de diálogo con los banqueros: no sólo al afirmar que será para él un gusto trabajar con ellos, sino al garantizarles, de una u otra forma, que a grandes rasgos sus intereses no serán trastocados, que tendrá una relación cordial y productiva con la iniciativa privada. AMLO acertó en este sentido para reducir el temor que se tiene sobre su persona. El problema fue todo lo demás, que insiste en cancelar el nuevo aeropuerto, que asegura que no viajará en avión privado, que insiste en construir refinerías en un mundo cuyo futuro dependerá cada vez menos de la gasolina, que su propuesta anticorrupción es algo preocupante ya que para él basta que el presidente sea honesto para que todos los demás sean honestos e incluso piensa concentrar todos esos esfuerzos en el presidente y no en un fiscal independiente. 

    Entiendo que López Obrador tenga más años que los otros candidatos, pero, a diferencia de estos, que intentaron dominar el escenario (Anaya inclusive se ayudó de diapositivas y contenido multimedia), Obrador se quedó todo el tiempo refugiado en el atril, con un lenguaje corporal bastante pobre, un discurso lento y cuya monotonía solo rompió de forma muy esporádica al hacer algún chistorete que provocó la risa de los banqueros. Preocupa que Leonardo Curzio haya tenido que tratar a AMLO casi como alumno de secundaria para que explicara bien sus propuestas. Su cierre no fue bueno, sobre todo por el escenario en el que se encontraba, al afirmar que él no va a amarrar al tigre en caso de un fraude electoral.

    Este ejercicio debería ser tomado en cuenta por los cuartos de guerra de los candidatos, ya que al final el impacto que tienen este tipo de presentaciones es muy limitado dentro de las preferencias, pero de donde se pueden sacar muy buenas conclusiones y análisis de cara a los debates y a las ponencias que ya sean parte de la campaña oficial y que tendrán una mayor exposición (varios expertos analizaron este ejercicio). También me pareció muy buena iniciativa ya que, aunque la exposición sea muy limitada, es un buen ejercicio para conocer a fondo a los candidatos que estarán en la boleta. 

    Es claro que estos son los escenarios favorables a Anaya dada su elocuencia que se convierte en una ventaja natural, en tanto que los mítines y, tal vez, las redes sociales serán más favorables a Andrés Manuel. 

  • A ver quién amarra al tigre

    A ver quién amarra al tigre

    Podemos casi tener la certeza de que en las elecciones venideras ocurrirá uno de los siguientes dos escenarios:

    1. AMLO gana.
    2. AMLO desconoce el resultado y se arma un conflicto postelectoral (muy posiblemente más fuerte que en 2006).

    El primero, y el más probable, porque todo pareciera indicar que López Obrador ganará caminando. «Pepe» Meade no levanta, y Anaya, quien tendría alguna posibilidad (no muy grande) de ganarle, está siendo objeto de una estrategia de guerra sucia que ya ha comenzado a frenar su crecimiento. 

    El segundo, porque López Obrador difícilmente reconocerá una derrota en unas elecciones donde sólo 3 meses antes se encontraba en franca ventaja. Y porque tampoco es algo inverosímil que «el sistema» utilice una estrategia muy sucia (como la del Estado de México) para hacer ganar a su candidato (cosa aún así casi imposible) o a Ricardo Anaya (aunque dado el escenario actual me parece un tanto más probable un pacto entre PRI-gobierno y AMLO que entre PRI-gobierno y Anaya).

    Como quiera que sea, AMLO amenazó, frente a los banqueros, que en el caso del segundo escenario, él no va a amarrar al tigre y se irá a Palenque: lo que quiso decir entre líneas es que «si le hacen fraude» la cosa se pondrá fea y él no se hará responsable por lo que pase. Él y sus seguidores siempre han justificado el plantón en Paseo de la Reforma en 2006 como una forma de contener la ira que existía en ese entonces. Básicamente, aseguran que si no fuera por López Obrador, el llamado fraude hubiera desembocado en una espiral de violencia. 

    Como todo lo que ocurre con todo lo que tiene que ver con López Obrador, el discurso se ha polarizado. Ambas posturas me parecen rígidas y tal vez un tanto irresponsables:

    Primero están quienes justifican a López Obrador, quienes le reconocen haber contenido la violencia en años pasados y que insisten que ni siquiera es obligación de López Obrador no hacer nada ya que los efectos de «el fraude» es responsabilidad de quien lo comete. La postura de AMLO me parece irresponsable porque una declaración así, cuando no ha ocurrido nada, me suena a chantaje. 

    Luego están los que pintan a un México idílico con sus sacrosantas instituciones como si fueran incorrompibles cuando la verdad es que éstas son más bien muy débiles e incluso han sufrido un deterioro en este sexenio. Las elecciones del Estado de México fueron prueba clara de que, si bien ya es complicado ejecutar un fraude dentro de las urnas o durante el conteo, el INE puede llegar a actuar con parcialidad en todo el proceso y permitir que se cometan graves irregularidades en el transcurso de la campaña que comprometan el resultado (compra de votos, coerción, operación de estructuras y demás).

    Las dos posturas tienen un carácter anti-institucional. La primera, porque en lugar de insistir en el fortalecimiento institucional para que las elecciones se lleven en buen término, está ya haciendo un desconocimiento a priori. AMLO no hace mal al crear estructuras que busquen evitar un eventual fraude, pero un desconocimiento anticipado del árbitro es algo grave en un país al cual le ha estado costando mucho trabajo construir instituciones fuertes.

    La segunda postura, aunque intente reflejar lo contrario, también comparte ese carácter anti-institucional, ya que tramposamente ignora que las instituciones son endebles y que por lo tanto no es necesario vigilar que funcionen bien. Si se cuestiona su funcionamiento es necesariamente porque el que acusa está mintiendo o busca obtener una ventaja e de ello. No hay siquiera beneficio de la duda y cerrará los ojos ante cualquier eventualidad o trampa que ocurra. 

    Ambas cosas, a mi parecer, son posibles. Que AMLO pierda de forma completamente legal y desconozca el resultado, o que efectivamente se opere de forma ilegal y se utilice al INE y las demás instituciones para evitar que el tabasqueño pierda y gane otro candidato. El carácter poco democrático de los principales contendientes (AMLO y PRI-Gobierno) abre ambas posibilidades. 

    ¿Y qué pasaría si AMLO no gana (de forma legal o ilegal) y clama fraude? López Obrador no tendría muchos incentivos para «amarrar al tigre» ya que ha dejado entrever que estas serán las últimas elecciones en las que contienda y por tanto ya no se tiene que preocupar por la imagen que va a proyectar en el futuro.   

    Y el «tigre» se vuelve más peligroso si al cóctel le agregamos la indignación que el gobierno actual ha generado. Posiblemente veamos manifestaciones de violencia que sólo podrían ser reprimidas con el uso de la fuerza del Estado (para lo cual, por cierto, no era estrictamente necesaria la Ley de Seguridad Interior), veamos lesionados e incluso muertos. Este escenario posiblemente sólo podrá evitarse si la derrota de López Obrador es lo suficientemente evidente como para sospechar de un fraude.

    Y lo peor que puede pasar es un escenario de violencia, no sólo quienes serán víctimas de ella o por la herida que dejará en la psique colectiva, sino porque, ya de por sí, la poca confianza que los individuos tienen a las autoridades y a las propias instituciones se irán en picada, con efectos muy  nocivos para el país. 

    Más vale que no exista razón alguna para que aparezca algún tigre por ahí. 

  • ¿Y si el PRI prefiere a López Obrador?

    ¿Y si el PRI prefiere a López Obrador?

    ¿Y si el PRI prefiere a López Obrador?

    Advertencia: lo que voy a decir es una suposición mía, una sospecha, incluso le puedes llamar «teoría de la conspiración». No aporto datos sólidos como para hacer un veredicto categórico por lo cual el argumento que esgrimiré en este artículo no se debería ver como eso, sino como una sospecha o una posibilidad. 

    Se nos decía que el primer objetivo del PRI era tumbar a Ricardo Anaya para que, una vez desfondado el panista, el PRI acapararía todo el voto anti AMLO, y así, obtener el triunfo tan anhelado.

    Pero las encuestas y los análisis que se han hecho parecen decir otra cosa: primero, que en los careos entre dos candidatos, López Obrador le ganaría de calle a José Antonio Meade; segundo, que, como lo revela Parametría, la campaña de desprestigio en contra de Ricardo Anaya ha detenido su crecimiento, pero José Antonio Meade sigue cayendo, en tanto que López Obrador sigue muy cómodo allá arriba en primer lugar, incluso parece crecer más. 

    Una amiga me comentó la siguiente hipótesis: habría que hacer como que todo el «sistema corrupto» del PRI y del gobierno se lanzara contra Anaya de tal forma que ello terminara victimizándolo. Bastaría con que la PGR no la consigne. Pero esa apuesta se me hace demasiado arriesgada, tanto, que de momento ya se detuvo el crecimiento positivo que el queretano llevaba acumulando.

    Yo tengo otra hipótesis (esa sospecha mía) y es que al PRI le convendría más que gane López Obrador. ¿Cuáles son mis argumentos?

    Que Anaya es un tipo, a mi parecer, muy impredecible. Pregúntenle a los calderonistas, a Gustavo Madero, a todo mundo. Si los priístas algo quieren es que no se les persiga cuando dejen el poder y no se sienten seguros con Anaya. El candidato del frente ha lanzado un discurso muy estridente contra la corrupción del PRI al punto en que aseguró que metería a Peña Nieto a la cárcel si se le comprueban actos de corrupción. En cambio, AMLO ha dicho una y otra vez que no perseguirá a nadie e incluso habla de perdón y de amnistías.  

    Que dado el comportamiento en las encuestas, el golpeteo contra Anaya deja de tener sentido ya que también está afectando a la candidatura de José Antonio Meade al relacionársele con el uso de las instituciones como la PGR, pero aún así la guerra sucia sigue. Parecería como si en el PRI asumieran dicho desgaste, y si así fuera, entonces el objetivo no sería, necesariamente, que su candidato gane, con todo lo que eso implica. 

    Que López Obrador está más dispuesto a pactar y negociar (como queda evidencia son sus «nuevas adquisiciones») con el fin de que ahora sí llegue a Los Pinos. Sabe el tabasqueño que enfrenta su última oportunidad y está haciendo todo lo posible (incluso ir contra sus principios) para llegar al poder. 

    Que el manejo que López Obrador ha recibido en medios es muy complaciente y es el que ha recibido más menciones positivas, lo cual contrasta con el trato que ha recibido Ricardo Anaya:

     

    Y, por último, que muchos priístas se están yendo hacia MORENA como si nada pasara. Un claro ejemplo de ello es Claudia Delgadillo, quien fue nombrada como la coordinadora de campaña de José Antonio Meade en Jalisco, y quien el día mismo del nombramiento renunció y se pasó hacia las filas del partido de López Obrador.  

    En las siguientes semanas, sobre todo cuando la campaña empiece, veremos las verdaderas intenciones de quienes juegan en la arena electoral. Lo cierto es que, con el pasar del tiempo, López Obrador sigue fortaleciéndose. 

  • Los mandamientos de la ley de López Obrador

    Los mandamientos de la ley de López Obrador

    Los mandamientos de la ley de López Obrador

    Sí, sé que algunas personas me van a cuestionar por haber elegido este tema para escribir el día de hoy y no el «registro nacional de necesidades» propuesto por Meade (que se me hace una aberración) o los millones que desvió Rosario Robles en la SEDESOL y la SEDATU (que es un atentado en contra de los que menos tienen y que habla mucho de la «empatía del PRI» con la gente más pobre). Ya me daré a la tarea de abordar estos temas, pero se me hace muy importante abordar este, dada la coyuntura electoral, y dado que es muy probable que López Obrador se convierta en el próximo presidente.

    Ya había escuchado esta idea de la constitución moral en el libro del tabasqueño. Dice López Obrador que pretende reunir a académicos, psicólogos y antropólogos y hasta empresarios para crearla. No es siquiera una propuesta nueva, e incluso tendríamos que remontarnos a las elecciones pasadas

    Debemos convencer de la necesidad de impulsar cambios éticos para transformar a México. Solo así podremos hacer frente a la mancha negra del individualismo, la codicia y el odio, que nos ha llevado a la degradación progresiva como sociedad y como nación. – AMLO

    El tabasqueño hizo este anuncio en el acto que fue electo como candidato a la presidencia por el PES. Al lado de Hugo Éric Flores, presidente del partido ultraconservador, López Obrador, a quien Flores calificó como el nuevo Caleb que camina hacia la conquista del Monte Hebrón, se dio el lujo de citar pasajes bíblicos. ¿Qué pensaría Benito Juárez de esto?

    Se señala que Jesús manifestó con sus palabras y sus obras su preferencia por los pobres y los niños. Y para muchos, Cristo es amor. AMLO

    Lo voy a decir así: que un político proponga una cartilla o una constitución moral se me hace un absurdo y una aberración. El político no puede ni tiene derecho de definir qué es lo bueno y qué es lo malo. Ciertamente que a partir de los valores morales de una población dada se crean varias de las leyes que nos rigen: conceptos morales como «no robar» o «no matar» se encuentran impresos dentro de nuestra constitución, pero la moral no la debe definir el Estado como tal. El trabajo del Estado es hacer valer las leyes (lo legal) y establecer las condiciones para que los individuos puedan llevar a cabo sus proyectos de vida, no definir cómo es que estos deberían ser (lo moral):

    En su muy particular definición de la felicidad (la cual se atrevió a definir) quedan patentes los alcances que tendrá su gobierno en cuanto a la definición de la moral se refiere. Si la siguiente definición fuera esbozada por un pensador, un filósofo o hasta un charlatán de la autoayuda, ello no representaría ningún problema, ya que se trata de una postura personal y particular; pero la cosa cambia radicalmente cuando se trata de una constitución moral que pretende ser promovida , en el mejor de los casos, dentro de toda la población. Precisamente, los régimenes totalitarios se sostuvieron sobre la imposición de un conjunto de ideas de orden moral sobre la población basadas sobre lo que el mundo debería ser para ellos. Hannah Arendt, en su libro «The Origins of Totalitarianism» lo deja patente. Y no estoy diciendo con esto que AMLO vaya a ser un dictador ni nada por el estilo, ni creo que lo vaya a ser; pero sí es preocupante que piense que sea que el Estado pueda atreverse a dar sus definiciones de moral, en vez de procurar la libertad de los ciudadanos que, quienes insertos dentro de un sistema legal, viven conforme a sus valores y creencias:

    La felicidad no se logra acumulando riquezas, títulos o fama, sino mediante la armonía con nuestra conciencia, con nosotros mismos y el prójimo… La felicidad profunda y verdadera no puede basarse únicamente en los placeres momentáneos y fugaces. Estos aportan felicidad sólo en el momento en que existen…

    ¿Por qué un político me tiene que decir a mí lo que es bueno y lo que es malo? ¿Por qué un político tendría derecho de meterse en mi vida privada o de tratar de influir en mis valores propios? Si para mí la felicidad fueran los títulos o la fama estoy en todo mi derecho, aunque no coincida con la definición de felicidad de López Obrador. ¿Quién es un político para definir, por todos, lo que la felicidad es? ¿Qué eso no es una afrenta contra el Estado Laico?

    La moral se mama desde casa.

    Quienes quieran encontrar paralelismos de López Obrador con regímenes como el de Venezuela, aquí sí van a encontrar coincidencias. Aunque yo soy muy escéptico sobre la idea de que AMLO convertirá a México en un «país chavista» y creo que es una exageración, es cierto que estos discursos morales donde el político se atreve a definir lo que es bueno y lo que es malo y donde este adopta una postura de pregonero sí son fenómenos que se presentan de forma constante en este tipo de regímenes: donde el político, con un aura mesiánica, se presenta como una especie de padre del pueblo; quien no sólo funge como un servidor público, sino como una suerte de guía espiritual.

    Si bien, es cierto que sería un tremendo despropósito pensar que dicha constitución moral será aplicada con todo el peso de la ley, ya que más bien pretende ser una suerte de pacto o convenio tácito entre el gobierno y los ciudadanos, que un político piense que sus funciones abarquen el terreno de lo moral es algo que nos debería de preocupar.

    Pero luego también hablemos de la efectividad que puede tener una cartilla moral. López Obrador piensa que de esta forma, promoviendo valores, va a acabar con todos los males que nuestro país tiene. 

    La tarea de López Obrador debería de ser la creación de instituciones fuertes y de contrapesos dentro del poder para combatir los problemas que nuestro país padece. Sin instituciones fuertes, una cartilla moral quedaría en un recetario de buenas intenciones, al igual que ocurre con nuestra Constitución. Pero nunca escuchamos a AMLO hablar de la creación de mecanismos anticorrupción, ignora olímpicamente las recomendaciones de las ONG especializadas como «Mexicanos en Contra de la Corrupción» y tampoco ha hablado nada sobre una fiscalía verdaderamente independiente e incluso pretende tener control total sobre los órganos anticorrupción porque cree que si él es honesto, entonces todos serán honestos. 

    AMLO no cree en los contrapesos. Por el contrario, cree que debe tener el control de todo el aparato de gobierno para combatir la corrupción.

    Y ahora imaginemos que Napoleón Gómez Urrutia, como senador plurinominal, votara a favor de esta constitución moral.

    Porque además López Obrador tendría que tener autoridad moral para pregonar sobre cuestiones morales. Después de ver a los senadores plurinominales propuestos, ya sabemos cual es la respuesta.

    Benito Juárez está revolcándose en su tumba. 

  • AMLO: Traiciones y maromas

    AMLO: Traiciones y maromas

    AMLO: Traiciones y maromas

    Si nuestra sociedad fuera racional, ahorita mismo estaríamos observando un desplome de López Obrador en las encuestas. Pero los electores, independientemente de colores o partidos, no siempre suelen ser racionales a la hora de definirse por un candidato. Si yo fuera su simpatizante me sentiría profundamente traicionado por las decisiones tan lamentables que está tomando. 

    Hasta hace poco, López Obrador podía pretender venderse como alguien diferente al régimen, a lo que él llama la «mafia del poder», como la única esperanza ante la política decadente. Hasta hace poco, López Obrador era el único que podía presumir algo parecido a una «ideología»: votaré por AMLO porque soy un hombre de izquierda, decían muchos. 

    Pero esa esperanza es ya, aunque muchos no lo quieran reconocer, un mero espejismo. Muchos prefieren aferrarse a él, aunque saben muy dentro de su ser que es falso y no existe. Abrir los ojos implicaría aceptar que no hay esperanza, que es iluso esperar un cambio sustantivo en nuestro país al elegir un candidato (vaya, es iluso esperarlo en la gran mayoría de las ocasiones y siempre que el elector se ha ilusionado con un candidato, eventualmente se ha decepcionado).

    Gran parte de los puestos, como los de los senadores plurinominales, no serán otorgados a quienes han formado parte de su movimiento, ni a sus incondicionales ni a quienes merecerían estar ahí por mérito, sino a los oportunistas y, disculpen que lo diga así, a los delincuentes que buscan fuero, porque Napoleón Gómez Urrutia es un delincuente. Raymundo Riva Palacio relata muy bien los fraudes que este «minero» ha cometido

    Cualquier discurso anticorrupción deja de tener validez. ¿Con qué cara un candidato puede presumir ser impoluto si acepta incluir a una persona acusada, con pruebas, de diversos fraudes? ¿Y cuál es la respuesta de López Obrador? Que es un «perseguido del régimen», que «los estigmatizan». 

    Pero no es el único nombre polémico, el otro que resuena es el del panista Germán Martinez. Y no se trata de cualquier panista, sino del representante de Felipe Calderón en el entonces IFE en 2006. Sí, esa vez que López Obrador los acusó de fraude electoral. ¿Qué responderán sus simpatizantes a ello? ¿Y qué responden del pacto que ha tejido con la otrora enemiga Elba Esther Gordillo? ¿Qué opinan de su decisión de dar marcha atrás a la Reforma Educativa en favor de las plazas y los maestros cooptados, cuando eran ellos mismos los que repetían hasta el hastío sobre la necesidad de tener una sociedad educada? ¿Qué dirán sus seguidores que odiaban a las televisoras al ver a varios de los actores de Televisa y a Esteban Moctezuma de TV Azteca en sus filas?

    MORENA se ha convertido en el basurero de la «clase política», de la «mafia del poder», de los oportunistas que buscan un hueso o una mejor posición desde donde preservar sus intereses y su cuota de poder. 

    Pero la gente se aferrará al espejismo, porque es más cómodo engañarse que darse cuenta que los mexicanos tenemos muy pocas razones para poder depositar esperanza alguna en cualquier candidato en las elecciones venideras, por eso es que incluso algunas personas (hasta intelectuales y académicos) han incursionado en la disciplina de la maroma y la contorsión intelectual para tratar de justificar a López Obrador: relativizan los hechos o cuentan una historia alternativa (alternative facts) para que todo cuadre y no pierdan la esperanza en su candidato. 

    López Obrador lo sabe, o al menos así lo cree; y por eso es que ha tomado estas polémicas decisiones que vacían a su movimiento de ideología y hasta de congruencia, pero que le construye una estructura de cara a las elecciones del 2012. Mientras los partidos ven como sus bases se resquebrajan, López Obrador fortalece las suyas: divide y vencerás. 

    Yo no creo que AMLO convierta a México en Venezuela, pero al ver estos movimientos sí puedo vaticinar que su probable gobierno tendrá una factura de corte más bien priísta, con todos los vicios inherentes a estas corrientes, que la justicia social quedará en un mero discurso o, probablemente, en medidas económicas irresponsables. Puede que termine por decepcionar a los suyos, quienes tardarán en darse cuenta de la dura realidad.

    El modelo de López Obrador (no sólo referido a lo económico, sino a toda su plataforma y línea de pensamiento) es insostenible. Sobrevive por la indignación de la sociedad con el gobierno y por el aura hacia su persona que el candidato construyó durante años. Pero será cuestión de tiempo cuando la cruda realidad se sobreponga a la fantasía.

  • Los pirrurris contra los prietos. Crónica de la discriminación

    Los pirrurris contra los prietos. Crónica de la discriminación

    Los pirrurris contra los prietos. Crónica de la discriminación

    Si con algo me quedo de la precampaña es con la incapacidad que muchos tienen de separar el razonamiento de sus simpatías partidistas, el sesgo es enorme. Muchos, incluso algunos de esos que presumen ser expertos, hacen maromas y contorsiones intelectuales para poder justificar a su candidato o partido político. 

    En este contexto se dan las declaraciones de López Obrador al llamar pirrurris y fifí a Jesús Silva-Herzog, y la otra declaración que a mi parecer es más grave, la de Enrique Ochoa Reza, el presidente del PRI, al llamar prietos a los priístas que migraron a MORENA.

    Primero: los dos son actos de discriminación. La declaración de AMLO es, al menos, clasista, ya que se está refiriendo a Silva-Herzog de forma despectiva por su posición social. La declaración de Enrique Ochoa Reza no sólo es clasista, más bien es racista. Aunque trate de justificarse como lo hizo en Twitter, cualquier persona sabe que la palabra prieto tiene una connotación peyorativa hacia las personas de todo de piel oscuro y, por tanto, debió abstenerse de usarlo. 

    Segundo: La declaración de Ochoa Reza es, a mi parecer, más grave que la de López Obrador, pero eso tampoco implica que se debe relativizar (como varios hacen) las declaraciones del tabasqueño ya que no dejan de mostrar desprecio y discriminación.

    Digo que es más grave porque podría hacerse el siguiente ejercicio: podemos ir a alguna calle de Polanco y decirle a alguna persona desconocido de dinero pirruris o fifí y la respuesta tal vez sea una risa e incluso podrá reafirmarlo como persona: ah mira, me dijo pirruris, pues claro, si yo tengo baro y ese pendejo no; o, en el peor de los casos, si le llega a molestar, dirá que el que le dice eso es un resentido o envidioso. 

    Aún así no deja de ser un acto de discriminación y una falta de respeto en contra de otra persona, más cuando se hace un juicio ad hominem de otra persona con base en su posición social como hizo López Obrador. 

    https://www.youtube.com/watch?v=bbwFXo43nPw

    Pero si vamos por la calle y le decimos prieto a una persona de tez morena que no conocemos, la respuesta no va a ser la misma. Posiblemente recibamos un gesto de desaprobación, un insulto o hasta un golpe. 

    La diferencia estriba en que una de las personas aludidas se encuentra en una posición de privilegio y la otra no. El «pirruris» jamás se sentirá mal por su posición social ni su color de piel ya que ha sido históricamente dominante en nuestro país en el cual los españoles y los criollos siempre han estado en la parte superior de la pirámide en tanto las personas morenas suelen estar más bien en la base. Si bien, en la actualidad esto no siempre se cumple, sí existe una marcada tendencia, la suficiente como para que relacionemos al blanco con las clases altas y al moreno con las clases más bien bajas. 

    Otra cosa que me llama la atención de todo esto es el grado al que está internalizado el racismo en nuestro país. El adjetivo molesta cuando el insulto es explícito (que alguien en la calle te diga prieto) pero no siempre ocurre cuando alguien hace una mofa de la gente de tez morena. Hasta hace poco no se hablaba mucho de ello a pesar de que nuestro país es muy racista. Pero no solo está internalizado dentro de «los de arriba» sino también en «los de abajo»:

    Si yo estuviera frente al estrado en un mitin en Estados Unidos donde hay varias personas de color y yo pronunciara tan solo la palabra nigga, recibiría insultos, tal vez intentos de agresión y una gran cantidad de desaprobación. Pero cuando Ochoa Reza hizo su lamentable declaración no se escucharon manifestaciones de indignación (si algo abundan en los mítines del PRI es gente de tez morena), inclusive algunos de ellos rieron.   

    Tienen razón quienes dicen que estas declaraciones (tanto las de AMLO como las de Ochoa Reza) fomentan la división, pero yo más bien diría que exhiben una realidad que siempre hemos querido ocultar «tapando el sol con un dedo». Ese es el México de de veras, el que también explica por qué somos una sociedad tan desigual. Una sociedad donde muchos blancos y privilegiados son muy racistas y clasistas con los pobres y morenos, pero donde también la discriminación ocurre a la inversa (de abajo para arriba). 

    https://www.youtube.com/watch?v=QcYApfwartM

  • Cállate Chachalaca 2.0

    Cállate Chachalaca 2.0

    Cállate Chachalaca 2.0
    Foto: Proceso – Germán Canseco.

    ¿Puede un político, un candidato o un servidor público en funciones criticar a un diario o a un analista?

    Sí lo puede hacer. Básicamente porque los políticos son ciudadanos, y los ciudadanos tenemos derecho a la libertad de expresión. Si un político afirma que un diario está «vendido» o que la información que ha compartido es falsa, está en su derecho de hacerlo. La crítica no es lo mismo que la censura.

    Después de entender esto, López Obrador no cometió alguna falta al criticar a Jesús Silva-Herzog por una columna en el que calificó a López Obrador de oportunista (Silva-Herzog, por su parte, también estaba expresándose libremente). 

    Es más, ni Trump está cometiendo alguna falta al criticar a diestra y siniestra en Twitter. Está en su derecho. Incluso no es una falta que Peña Nieto haya criticado a las organizaciones civiles por «criticarlo mucho»,  pero sí habla sobre su forma de gobernar y de la poca tolerancia de la familia priísta con sus críticos.

    Por sí mismas, estas actitudes de López Obrador no son un acto autoritario. Lo serían si a partir de la molestia, él chantajeara o amenazara al individuo o al medio que emitió la crítica. En tanto eso no ocurra, no se podría hablar de una falta.

    Pero el que no se trate de una falta no implica que este tipo de actitudes se puedan tomar con cuidado, ya que ciertas conductas podrían delatar algunos rasgos del político en cuestión. Son válidas preguntas como ¿y si López Obrador denosta a quien no piensa como él en las redes, cómo será su comportamiento como presidente? ¿Cómo tratará a aquellos que disienten con él? ¿Delatan este tipo de conductas algún talante autoritario? ¿O AMLO sabrá autoimponerse límites y no irá más allá de criticar verbalmente a los medios?

    Me llama la atención que López Obrador, en vez de responder la crítica, haga juicios de valor. A Jesús Silva-Herzog y a Enrique Krauze les dijo que eran «conservadores disfrazados de liberales que son parte da mafia del poder». El juicio de valor es injusto ya que ambos han sido muy duros con el gobierno actual, sobre todo Silva-Herzog que ha sido más duro con Peña Nieto y el PRI que con López Obrador. También parece que AMLO tiene un concepto erróneo de lo que es el conservadurismo y el liberalismo.

    Esas reacciones delatan, a mi parecer, que López Obrador es una persona que podría estar poco dispuesta a dialogar y a aceptar críticas. Los juicios de valor, o falacias ad hominem, se suelen utilizar para esquivar el argumento o la crítica atacando al mensajero y no al mensaje. AMLO nunca argumentó por qué es falso que sea un oportunista (como lo llamó Silva-Herzog) sino que criticó su estatura moral. El silogismo de López Obrador es falso y tramposo:

    Silva-Herzog es un conservador.
    Los conservadores son parte de la mafia del poder.
    Los miembros de la mafia de poder no tienen autoridad moral.
    Por lo tanto, Silva-Herzog no tiene autoridad moral para atacarme.

    Las primeras dos premisas no se cumplen, ya que Silva-Herzog no es una persona conservadora, ni siquiera en la peculiar definición de López Obrador. Los de «la mafia del poder» no son necesariamente conservadores (políticos corruptos y elitistas hay de todos los colores). La tercera premisa se cumple y a medias porque habría que definir bien qué es la mafia del poder y quienes son parte de ella. Por lo tanto, la conclusión no funciona, la deducción es errónea. 

    Los seguidores de López Obrador dicen que por qué se escandalizan por un tweet en vez de escandalizarse por los periodistas desaparecidos. Otro argumento tramposo, ya que un argumento no invalida al otro. No quisiera imaginar la reacción si Peña Nieto hubiera pronunciado algo parecido, por menos que eso se le han ido a la yugular. 

    Y para terminar, sus declaraciones son un error estratégico dentro de una campaña que estaba teniendo muy buenos resultados ya que estaba reduciendo sus negativos. Su error es muy parecido al de José Antonio Meade, se echó a gran parte del círculo rojo en su contra.  

    AMLO nos volvió a mostrar quien es en realidad, una persona intolerante con aquél que no piensa como él o no está alineado a él.