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  • La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    Tengo el privilegio de tener amigos quienes tienen diferentes formas de pensar entre sí. Algunos de ellos son conservadores y asisten a misa, otros son liberales, algunos tienen otra preferencia sexual. Esto me ha ayudado a entender algo más a las dos partes que suelen enfrascarse en un debate tan ríspido como el tema de los matrimonios entre las personas del mismo sexo; y así, tratar de explicar, sin siquiera tener la necesidad de defender una postura (para efectos de este artículo no será necesario hacerlo), el contexto bajo el cual se desarrolla este debate (si es que podemos llamarlo así).

    La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    En este sentido, las críticas que emitiré no tendrán que ver con una postura propia y sí mucho con las formas. Porque no sólo es lo que se dice o lo que se promueve, sino la forma en que se hace. Las formas también inciden en el resultado que un cambio genera dentro de la sociedad.

    He tratado de entender a ambas partes. Entiendo que un cambio de tal envergadura genere conflicto. Por un lado puedo divisar a la comunidad LGBT quienes han buscado expandir sus derechos, o a quienes simplemente concuerdan con la propuesta, así como a los conservadores que quieren mantener el modelo de familia tradicional. Si te pones a pensar, sin importar que estés de acuerdo o no, ambas posturas tienen sentido:

    Los seres humanos siempre entramos en conflicto cuando se pretende un cambio estructural en la sociedad por instinto de supervivencia. Es decir, una estructura social no puede permanecer rígida porque se atrofia, pero tampoco puede permitirse cambios estructurales de forma intempestiva (en vez de ser progresiva) porque ello amenaza la cohesión misma de la sociedad.

    Gracias a este jaloneo entre ambas partes, es que hemos podido implementar cambios de forma progresiva dentro de nuestra sociedad con sus propias particularidades. Cuando los cambios se imponen de forma súbita, sin importar si el fin último es bueno, pueden generar más bien caos. Un ejemplo de ello es el Consenso de Washington que proponía libre mercado, reducción del estado, privatizaciónes, y demás medidas.

    A priori, podríamos estar de acuerdo que un estado con una fuerte injerencia en la economía termina inhibiendo el progreso económico, pero al imponerse como una misma receta para todos, y sin pensar en la realidad propia del país, generó en muchos casos resultados adversos que se convirtieron en caldo de cultivo para el ascenso de dictadores como Hugo Chávez.

    La homofobia existe y es un problema, pero la discriminación en muchos casos es recíproca y tiene que ver más con una actitud que con una postura ideológica.

    Es decir, las resistencias, aunque estas representen una idea que será reemplazada por otra que la hará obsoleta, tienen un sentido dentro de nuestra evolución como especie.

    Un liberal, asumiendo el estricto significado de la palabra, debería ser respetuoso de la resistencia propia de los conservadores, donde el debate y el conflicto sea con las argumentaciones y no con las personas. Lamentablemente, en muchos casos no ha sido así.

    Me explico, me he molestado en leer ambas posturas, quienes apoyan estos cambios, y quienes desde el conservadurismo se oponen a la adopción por personas del mismo sexo y a un cambio en la currícula que tiene como fin integrarlos a la sociedad. Dichos cambios efectivamente implicarían un cambio en la agenda educativa, donde la familia pasaría de ser entre mamá y papá para dar entrada a otros modelos. Independientemente si se está de acuerdo o no se está de acuerdo con las argumentaciones, hay una constante que me cuadra. Y es, que muchos de los conservadores (u opositores) se sienten condenados al ostracismo cuando menos al expresar sus opiniones.

    Muchos gays se sienten discriminados y apartados de la sociedad por su mera preferencia sexual. Son discriminados de puestos de trabajo, son expulsados de sus familias, son insultados con términos como «joto o puto», son excluidos, etiquetados, tachados de enfermos, pecadores, a algunos los motivan a «quitarse lo gay» y demás. En ese sentido, se me hace correcto que en este tipo de actos se perciba una expresión de homofobia y se señale.

    Es decir, la homofobia sí existe, pero no abordaré eso con profundidad porque abunda literatura sobre la homofobia y la discriminación a los gays. Voy a hablar de lo que casi no se habla y se debería de hablar.

    Se me hace incorrecto que algunas personas pretendan encasillar y relegar a quienes, desde una postura no homófoba, disienten con alguna o algunas de propuestas, leyes o agendas que busca impulsar la comunidad LGBT como quienes expresan preocupaciones no por la preferencia sexual, sino por las consecuencias que en su opinión podrían acarrear este tipo de medidas. Por ejemplo, quienes dicen que los hijos pueden confundirse o no puedan desarrollar una identidad plena sin un mamá y un papá.

    De esta forma, asumimos una postura maniquea donde solo existen dos bandos, y se ignora la escala de grises.

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    Les contaba que yo tengo amigos conservadores que no están a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y tal vez te sorprenderías si te dijera que varios de ellos tienen amigos gays. De hecho me atrevería a decir, que la distancia entre uno de ellos y una persona pro LGBT es menor, a la que hay entre ellos y quienes sí son homofóbicos y sí son partícipes de actos de discriminación. Es decir, apoyan el modelo de familia tradicional, pero no relegan a los gays ni los discriminan.

    Mis amigos pueden convivir con ellos sin ningún problema; a pesar de que la postura entre ambos es diferente, se respetan, porque la amistad, consideran, es más fuerte.

    Pero para algunos, ya son homofóbicos. Y entonces al constatar esto, la conclusión es que la discriminación es recíproca. Un sector de quienes se oponen (no todos) incurre en actos de homofobia, mientras que un sector de los que están a favor (tampoco todos) discrimina de la misma forma.

    Pero en vez de tolerar la disensión y debatir con argumentos, las descalificaciones abundan. Esto no sólo reduce el nivel de debate, sino que no ayuda mucho a nuestro crecimiento como sociedad.

    Otra cosa importante que debemos entender es que los cambios dentro de la estructura de valores y creencias de cada persona son progresivos. Cuando éstos ocurren de forma súbita, se debe fundamentalmente a dos razones. 1.- Por interés, o 2.- Como resultado de un lavado de cerebro intensivo.

    Vamos a hacer un ejercicio. Vamos a suponer que el matrimonio igualitario es deseable, que es consecuencia de nuestro progreso como especie humana, y que no hay argumentos sólidos, de acuerdo a nuestros avances en la ciencia, filosofía, psicología, o psiquiatría, para oponerse a ello.

    Una persona que no concuerde o su postura sea «en contra», no lo hace por ser una mala persona, o por que no es inteligente, o es intolerante. Tiene que ver más con una escala de valores y creencias que ha adquirido en el seno de su familia, la escuela, o la religión. Ese conjunto de creencias le otorga una esencia como persona y le ayuda a construir su personalidad (en conjunto con su temperamento y rasgos producto de los genes).

    A los individuos no se les puede obligar a cambiar de ideas de la noche a la mañana. Debido al instinto de supervivencia humana, esto requiere un proceso y quienes no estén de acuerdo con su postura, deberían de ser más empáticos.

    Cambiar esa escala de valores de la noche a la mañana tendría consecuencias nefastas para su psique, si lo hiciera podría sufrir una severa crisis de identidad que lo orille a suicidarse; por eso es que el individuo opta por defender su postura en un primer instante, porque es más sano para su mente. En cambio puede progresivamente, conforme a su experiencia, realizar «ajustes» en esa escala de valores sin el riesgo de que su estructura colapse. Para generar el primer resultado, está la degradación y la humillación (aunque en realidad, el individuo terminará reforzando más sus ideas), para el segundo, la persuasión.

    El tema del matrimonio igualitario es algo completamente novedoso en nuestro país, ni siquiera era parte de la discusión hasta hace poco tiempo. Cuando degradamos, etiquetamos, y condenamos al ostracismo, estamos obligando al individuo a hacer lo primero, que cambie su conjunto de creencias de forma inmediata. Como «defensores del matrimonio igualitario», en este caso hipotético, no estamos siquiera respetando el proceso psicológico que debería de llevar a cabo para convencerse de que ese conjunto de creencias con respecto al tema era obsoleto.

    Imagina que eres un activista que toda su vida ha luchado contra los GMO (transgénicos), ha dado conferencias, ha marchado a la calle, se ha hecho un nombre, y eso le ha dado un sentido a tu vida. De pronto, un estudio por parte de científicos respetados que no deja ninguna duda, demuestra que los GMO no tienen ningún problema. Naturalmente tú te vas a mostrar muy escéptico ante esa nota y no la vas a creer. Pero ahora imagina que el siguiente día sales a la calle y te empiezan a señalar como «GMOFóbico», al punto en que te la piensas dos veces antes de publicar algo en Facebook sin ser juzgado por tus amigos.

    Algo así es lo que pasa. Si bien, lo que le da sentido a la vida a la mayoría de los opositores no es «odiar a los gay», sí lo es la creencia en un modelo de familia tradicional. Entonces puedo entender su sentimiento cuando son señalados por no estar de acuerdo con algún punto, cuando ellos no son homófobos e incluso tienen amigos gay. Es lo mismo que sintieron Dolce & Gabanna, la famosa pareja gay creadora de la marca de moda del mismo nombre al oponerse al matrimonio igualitario. Muchos los amenazaron con ya no volver a comprar sus productos, y los humillaron en las redes sociales cuando ellos mismos no pueden ser homófobos porque eso implicaría darse un balazo en el pie.

    Dolce & Gabanna. Matrimonio gay

    Sí, sí se debe de señalar a quienes sí incurren en actos de homofobia porque van en contra de derechos esenciales como el respeto a la integridad de las demás personas, y esa postura tiene que ver más con una «escala de prejuicios». Pero quienes sin hacerlo desde una postura homófoba disienten, deberían merecer el mismo respeto que quienes están a favor.

    Tenemos que aceptar que la discriminación es recíproca, y que ésta tiene que ver más con una actitud de la persona que con una diferencia ideológica o de opinión. Tanto quienes están a favor de expandir los derechos de la comunidad LGBT por medio del matrimonio igualitario, como aquellos que defienden el modelo de familia tradicional, deben de aprender que lo que va en la zona de guerra son los argumentos y no las personas. Deben de aprender a no hacer juicios morales por tan solo disentir o pensar diferente. No se puede ser liberal si se coarta la libertad del otro a expresar su opinión. De igual forma un conservador que vive bajo la premisa de la familia y los valores, no puede discriminar a otra persona por su preferencia sexual.

    En democracia, ambas partes están en el derecho de defender su postura, de promover un modo de familia nuevo, o de defender un modelo tradicional. Palabras como liberalismo y democracia son atractivas, pero a veces no es tan atractivo ser congruente con dichos términos; porque eso implica tolerancia a la opinión del otro, y que a pesar de que se luche por ideales opuestos, el respeto a la persona y su derecho a la libertad de expresión siempre debe de garantizarse.

    Se trata de elevar el nivel de debate, de aprendernos a respetar a pesar de las diferencias.

  • Defender la vida

    Relata la antropóloga Françoise Héritier, en su libro Masculino/Femenino II, disolviendo la jerarquía, cómo se dio en la antigüedad la apropiación de la sexualidad femenina. En los orígenes, los hombres se maravillaron de la capacidad de las mujeres, no sólo de reproducirse a ellas mismas, a lo igual, sino también a lo diferente, a los hombres, por lo que consideraron necesario apropiarse de aquel extraño bien para poder asegurar su trascendencia. Más tarde, comenzaron a observar que una mujer no podía reproducirse sin antes haber tenido contacto sexual con un hombre, y que el producto de su embarazo tendría rasgos físicos que recordaban a aquél, por lo que infirieron que, aun cuando en ella se hubiera gestado aquel nuevo individuo, éste no le pertenecía, pues había sido puesto ahí por su divinidad o sus ancestros, siendo ella sólo el recipiente del mismo. Nace así la mujer-receptáculo, cuyo contenido cobra una importancia capaz de nulificar su voluntad.

    El tema del aborto es particularmente complicado, porque involucra creencias e ideologías religiosas que difícilmente tendrán una conciliación con los grupos que están a favor de su despenalización. Aunque la ley, la razón y los organismos internacionales de derechos humanos estén a su favor, la idea planteada por la Iglesia Católica Romana sobre la implantación de la vida en el cigoto desde el momento mismo de la concepción tiende a colarse hasta en los más renombrados integrantes de la política, el mundo intelectual, e incluso el jurídico, con resultados como el que pudimos contemplar la semana pasada, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación quedó a un voto de declarar la inconstitucionalidad de las reformas de las Constituciones locales que protegen la vida desde el momento de la concepción.

    Hay que tener claridad, sin embargo, de lo que en realidad está en juego. A pesar de que el discurso público en favor de mantener estas reformas apela a la defensa del no nacido, en realidad lo que se está negando es la autonomía de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Las leyes que dicen proteger la vida desde el momento de la fecundación derivan en una criminalización de las mujeres que, por la razón que sea, no desean convertirse en madres; en Baja California, por ejemplo, según datos de www.elnformador.com.mx, al menos 20 mujeres esperan un proceso judicial por haber abortado.

    Las leyes que penalizan la interrupción del embarazo son exclusivas para las mujeres, por la sencilla razón de que los hombres no pueden embarazarse, lo que constituye una discriminación doble, tanto al marcar esta diferencia en los Códigos Penales, como al no enfocarse en la otra parte indispensable para que una gestación pueda suceder. El pretender obligar a una persona a hacer cualquier cosa sobre su cuerpo es negar la autonomía que ésta puede tener por el mismo, es desposeerla de su libertad de decidir sobre lo más personal que puede llegar a tener, donde, además, las consecuencias serán para sí misma.

    El discurso apasionado por la protección de la vida se termina en el momento en que ésta comienza, es decir, en el momento en que el niño o la niña nacen y pasan a formar parte del patrimonio exclusivo (y en ocasiones inexistente) de la madre, sin que sus posibilidades por continuarla sean ya motivo de grandes discusiones entre liberales y conservadores. El tema entonces no es por la «defensa de la vida», sino por la libertad de una mujer al definir su sexualidad y todo lo que esto implica, incluyendo la maternidad.

    Los argumentos utilizados por los sectores conservadores tienden a culpar a las mujeres por el uso irresponsable de sus gónadas, aduciendo que en estos tiempos cualquier persona sabe que el intercambio sexual entre un hombre y una mujer puede ocasionar un embarazo. Estas personas olvidan que la educación sexual que existe en nuestro país es deficiente, y en muchos casos nula; que efectivamente hay jóvenes y adolescentes que no saben cómo se produce un embarazo, y que incluso hay bastantes casos en los cuales éste es fruto de una relación sexual no consentida. Pero fundamentalmente dejan de lado el machismo implícito en su moralina retórica, donde las consecuencias, físicas, morales, legales, económicas, sociales, etc., son todas para la mujer preñada, quedando el ausente padre suficientemente libre de culpa y responsabilidad, a veces porque no quiere hacerse cargo, en ocasiones porque desaparece. ¿Por qué se tolera esta diferencia? ¿Por qué se toma a la mujer como la única culpable al optar por un aborto, sin considerar que hubo otra persona involucrada para que éste tuviera lugar? ¿Por qué se le criminaliza sólo a ella? ¿No sería más justo, ante la imposibilidad de incluir a los hombres, evitar penalizar a las mujeres?

    A pesar de «los tiempos en los que vivimos», seguimos uniendo el sustantivo mujer con el de madre, confundiéndolos con uno mismo, creyendo que sólo porque tenemos la capacidad física de procrear, la responsabilidad de convertirnos en madre es solamente nuestra. La prueba podría ser el número de mamás solteras que hay en México por abandono del cónyuge, contra el de padres solteros. Hasta donde yo sé, la inmaculada concepción no se da desde los tiempos de María, y a menos que se haga uso de costosos desarrollos tecnológicos, para lograr un embarazo se requiere un mínimo de dos. ¿Por qué entonces se observa sólo a la mujer cuando se discute el aborto?

    Porque se supone que el sueño de toda mujer es el de convertirse en madre, así lo sugirió en una ocasión el presidente del Colegio de Médicos en Colima, por lo que cualquier mujer que decida no hacerlo es una aberración ante los que comparten esta mentalidad; es una disidente, una mala mujer que intenta recuperar la posesión de su sexualidad, aquella que es tan celosamente guardada por los hombres que las gobiernan.

    Estar a favor de la vida, en mi opinión, no implica salvaguardar la integridad de un cigoto, sino brindar completa autonomía a un ser humano del uso de su cuerpo, así como abrir canales para brindar información suficiente y acceso a métodos anticonceptivos, para no tener que llegar a una decisión tan difícil y controvertida como ésta. Defender la vida no es sólo cuidar que el fruto de la concepción se logre y nazca, sino tomar responsabilidad de lo que ocurra después; es dejar de obviar a los cientos de mujeres que cada año mueren por recurrir, desesperadas, a métodos abortivos alternativos, o a clínicas insalubres y no autorizadas. Defender la vida es dejar de ocultarnos en discursos moralinos destinados a hacernos sentir bien, olvidando la historia de mujeres vivas, que sufren consecuencias reales por la discriminación obcecada de México.