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  • Los gays, el FNF, las difamaciones y el linchamiento, en el nombre del amor

    Los gays, el FNF, las difamaciones y el linchamiento, en el nombre del amor

    Los gays, el FNF, las difamaciones y el linchamiento, en el nombre del amor
    Blanca Juárez- La Jornada

    Hoy más que nunca, la disputa entre los grupos conservadores y la comunidad LGBT está al por mayor, ardiendo tanto que parece que el propio Satanás les ha prestado su hogar como campo de batalla.  Los primeros, representados por el Frente Nacional por la Familia, dieron el «primer golpe de autoridad» si así se le pudiera llamar. No se fueron con medias tintas y quisieron mostrar su músculo. Tal vez decir que fueron más de un millón de personas las que se manifestaron en las distintas ciudades es algo exagerado, pero de que fueron muchas, lo fueron.

    Ante un cambio generacional que no les beneficia, donde los millennials parecen abrazar cada vez más el concepto de matrimonio igualitario, habría que mostrar que su fuerza sigue siendo muy grande. Aunque, según Grupo Reforma, se haya llegado al punto en que quienes rechazan este modelo de matrimonio entre personas del mismo sexo ya no es mayoría; la percepción, las plazas abarrotadas de gente, y la capacidad de los grupos conservadores y organizaciones eclesiásticas con sus fuertes estructuras -mucho más que las de sus opositores- mandan el mensaje de que todavía tienen mucho peso, y que no pasarán fácilmente por encima de ellos.

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    Ese «golpe de autoridad» consistió en utilizar todos los recursos posibles para convocar y movilizar a la gente. Hace poco más de una semana critiqué el hecho de que el FNF había utilizado información falsa para que por medio del miedo, muchas personas salieran a marchar. Ahora hablaré de lo que ocurre al otro lado de la moneda, y es que si la postura del FNF ha sido muy confrontativa y agresiva, dentro de la comunidad gay, o al menos ciertos sectores de ésta, la respuesta tampoco ha sido muy diferente.

    Me llamó la atención que el Frente Orgullo Nacional (FON) haya decidido «exhibir» a los sacerdotes que, dicen, han estado involucrado en relaciones homosexuales. Afirman en su «lista péndulo» que incluso varios de los sacerdotes habrían mantenido relaciones homosexuales con algunos de ellos. Involucran a Hugo Valdemar, quien acuñó la ya popular frase de «imperio gay».

    Aunque fuera cierto, que el FON haya decidido revelar esa información se me hace de lo más bajo, vil y antiético, al punto que no todos sus pares estuvieron de acuerdo con lo que hicieron. ¿Por qué?

    Porque nadie tiene derecho de revelar la vida privada de los demás. Peor aún, cuando los que acusan, según afirman, estuvieron involucrados en algunas de esas relaciones. De hecho lo que están haciendo es ilícito, esto sin importar si lo que acusan es cierto o no. Este frente está violando el derecho a la privacidad que los propios sacerdotes tienen al ser mexicanos.

    En la misma suposición. Si un sacerdote se involucra en una relación homosexual, para la Iglesia podrá ser algo condenable o inmoral, pero para el Estado y las leyes que nos rigen, no está involucrándose en algo ilícito (a menos que fuera un menor de edad) y se considera que ese acto forma parte de su vida privada. Entonces, revelarlo constituye un difamación. Y una difamación tramposa, porque se trata de un chantaje de lo más bajo, de una venganza de lo más vil. Y esto, aclaro, en el escenario donde los padres sí se hubieran involucrado.

    En el escenario en el cual la información es falsa y fue inventada, se trata de igual forma de un acto de difamación y un acto ilícito, pero además habría que incluir que están mintiendo, con lo cual la difamación se agrava.

    Mientras muchas personas de la comunidad LGBT se esfuerzan por mostrar que son personas capaces de llevar una vida equilibrada y estar preparados para mantener relaciones estables y adoptar -para muestra, las marchas de la igualdad que son mucho más moderadas que las tradicionales «marchas del orgullo gay»-, algunos de sus pares como los del FON, con la supuesta intención de mostrar la doble moral de la Iglesia, parecen querer darles la razón a sus críticos, por medio de agresiones, calumnias y difamaciones.

    Tristemente esta confrontación ha tomado tintes intolerantes desde ambos lados, poco falta para que llegue a la violencia. Cierto, no son todos, así como muchos de los que fueron a manifestarse a favor de la familia no lo hicieron con la intención de «atacar a los gays», también muchos gays han tratado de sensibilizar a quienes no piensan como ellos sin ataques personales de por medio. Pero hay otros varios, como los del FON y parte de los organizadores del FNF, que han hecho de la intolerancia la moneda de cambio para defender las que dicen ser sus causas.

    Triste que esta confrontación llegue a un nivel tan bajo y decadente. Triste que en ocasiones parezca que lo que se pretenda no es defender a la familia o las familias, sino destruir al otro, al prójimo. Curiosamente que muchos de ellos lo hagan en «el nombre del amor, del respeto, de Dios, de los valores y de la tolerancia», por más paradójico que sea.

  • Orlando, cuando la homofobia tiene una pistola en sus manos

    Orlando, cuando la homofobia tiene una pistola en sus manos

    ¿No te has puesto a pensar lo difícil que ha de haber sido para un gay llegar a la recámara de sus papás, pararse de frente y decirles, papá, mamá, soy gay?

    Primero, esa escena rompe con el tabú que reza que los gays son débiles de carácter, porque son «muy afeminados», que tienen que hacerse muy hombrecitos. Muchos de quienes somos heterosexuales posiblemente no vivamos una escena tan estresante como esa durante toda nuestra vida.

    Orlando, cuando la homofobia tiene una pistola en sus manos

    Ahora imagina que la respuesta del papá es: -¡Te largas de la casa! ¡Yo no quiero maricones ni putos viviendo aquí!

    Imaginemos que es lo suficientemente joven como para no tener un ingreso bajo el cual vivir solo; sus padres le pagan la escuela, comida, servicios médicos. Imagina el impacto que eso tendrá en la vida del joven. Posiblemente su vida cambie para mal, que sus aspiraciones profesionales queden truncas. Peor aún, todos los valores y educación que recibió en su casa quedarán en entredicho. Posiblemente piense que todo lo que aprendió en casa no tenga validez. Y sí, posiblemente tendrá más posibilidades de llevar una vida desenfrenada, llena de drogas y excesos, que al estar dentro del seno familiar.

    Paradójicamente, la decisión del padre atentaría contra la familia. Acaba de expulsar a uno de sus miembros.

    Esto me vino a la mente al escuchar la lamentable noticia del asesinato de más de 50 personas en un club gay de Orlando. Al momento que escribo este texto, parece que el autor intelectual Omar Mateen no tiene relación con DAESH o algún movimiento similar, sino que más bien fue movido por un puro acto de homofobia. Su padre afirmó que se había enfadado hace dos meses al ver a dos hombres besándose en Miami.

    El miedo irracional nubla y nos dirige a un odio que destruye eso mismo que este tipo de personas temen que los gays, dicen, pueden destruir: el tejido social.

    Muchas de estas personas, desde una postura desinformada, creen que los gays son personas que tienen la firme intención de destruir a la sociedad, que son personas que «decidieron enfermarse», que tienen serios conflictos psicológicos y quieren destruir el planeta. Peor aún, algunos creen desde su religión, que es un trabajo del diablo que conspira contra los designios de Alá, o el dios que sea; que los gays fueron tentados por satanás. Esta creencia naturalmente no empata con los miles de casos de hijos que tienen que ver de frente a sus papás para confesar su preferencia sexual.

    El fuerte conflicto que los gays tienen que enfrentar en esa escena es muestra patente de que no se trata de «una moda» o una «simple desviación que se puede cambiar con un tronido de dedos»; el precio de enfrentarse a los padres, so pena de ser apartados del seno familiar, es muy grande. Sería, de hecho, más rentable dejar del lado «la moda» que lidiar con el riesgo de perder contacto con tus seres queridos, un techo, y estabilidad económica.

    Tiroteo bar gay Orlando

    Hace poco escribí sobre las posturas en contra del movimiento LGBT, que no todas necesariamente implicaban un acto de homofobia como a veces se sugiere, y que temas polémicos como el matrimonio igualitario o la adopción podrían y deberían debatirse desde un nivel más alto del que se hace. Mi argumento es que tener escepticismo ante estas figuras propuestas, no implica necesariamente un miedo a lo gay o un rechazo, en tanto algunas personas que no se muestran a favor de éstas tienen amigos (algunos muy cercanos) con preferencia sexual por personas del mismo sexo, y su rechazo a estas instituciones no tiene que ver con un rechazo a los gays per sé.

    Pero cuando se trata de hablar de un rechazo que incluye el ostracismo, la expulsión del seno familiar, la negativa a ser contratado por una empresa por su mera condición, ahí sí tenemos que hablar de la homofobia, de una homofobia muy condenable, basada en prejuicios, miedos y concepciones sociales arcaicas.

    El asesinato en masa perpetrado por Omar Mateen es un acto de homofobia, y así se debe de recalcar, es un «asesinato en masa homofóbico». Es lamentable que en pleno siglo XXI resolvamos así nuestras diferencias (peor cuando los prejuicios tienen un papel preponderante), cuando el fanatismo y la absoluta desinformación tienen una gran influencia.

    Ojalá este lamentable evento sea motivo para reflexionar, entender una vez más que el miedo irracional nubla y nos dirige a un odio que destruye, que destruye eso mismo que este tipo de personas temen que los gays, dicen, pueden destruir: el tejido social.

    Mis condolencias al pueblo de Estados Unidos y a todos quienes lamentablemente perdieron la vida gracias a una persona cegada por el fanatismo.

  • La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    Tengo el privilegio de tener amigos quienes tienen diferentes formas de pensar entre sí. Algunos de ellos son conservadores y asisten a misa, otros son liberales, algunos tienen otra preferencia sexual. Esto me ha ayudado a entender algo más a las dos partes que suelen enfrascarse en un debate tan ríspido como el tema de los matrimonios entre las personas del mismo sexo; y así, tratar de explicar, sin siquiera tener la necesidad de defender una postura (para efectos de este artículo no será necesario hacerlo), el contexto bajo el cual se desarrolla este debate (si es que podemos llamarlo así).

    La homofobia y la discriminación de la que nunca se habla

    En este sentido, las críticas que emitiré no tendrán que ver con una postura propia y sí mucho con las formas. Porque no sólo es lo que se dice o lo que se promueve, sino la forma en que se hace. Las formas también inciden en el resultado que un cambio genera dentro de la sociedad.

    He tratado de entender a ambas partes. Entiendo que un cambio de tal envergadura genere conflicto. Por un lado puedo divisar a la comunidad LGBT quienes han buscado expandir sus derechos, o a quienes simplemente concuerdan con la propuesta, así como a los conservadores que quieren mantener el modelo de familia tradicional. Si te pones a pensar, sin importar que estés de acuerdo o no, ambas posturas tienen sentido:

    Los seres humanos siempre entramos en conflicto cuando se pretende un cambio estructural en la sociedad por instinto de supervivencia. Es decir, una estructura social no puede permanecer rígida porque se atrofia, pero tampoco puede permitirse cambios estructurales de forma intempestiva (en vez de ser progresiva) porque ello amenaza la cohesión misma de la sociedad.

    Gracias a este jaloneo entre ambas partes, es que hemos podido implementar cambios de forma progresiva dentro de nuestra sociedad con sus propias particularidades. Cuando los cambios se imponen de forma súbita, sin importar si el fin último es bueno, pueden generar más bien caos. Un ejemplo de ello es el Consenso de Washington que proponía libre mercado, reducción del estado, privatizaciónes, y demás medidas.

    A priori, podríamos estar de acuerdo que un estado con una fuerte injerencia en la economía termina inhibiendo el progreso económico, pero al imponerse como una misma receta para todos, y sin pensar en la realidad propia del país, generó en muchos casos resultados adversos que se convirtieron en caldo de cultivo para el ascenso de dictadores como Hugo Chávez.

    La homofobia existe y es un problema, pero la discriminación en muchos casos es recíproca y tiene que ver más con una actitud que con una postura ideológica.

    Es decir, las resistencias, aunque estas representen una idea que será reemplazada por otra que la hará obsoleta, tienen un sentido dentro de nuestra evolución como especie.

    Un liberal, asumiendo el estricto significado de la palabra, debería ser respetuoso de la resistencia propia de los conservadores, donde el debate y el conflicto sea con las argumentaciones y no con las personas. Lamentablemente, en muchos casos no ha sido así.

    Me explico, me he molestado en leer ambas posturas, quienes apoyan estos cambios, y quienes desde el conservadurismo se oponen a la adopción por personas del mismo sexo y a un cambio en la currícula que tiene como fin integrarlos a la sociedad. Dichos cambios efectivamente implicarían un cambio en la agenda educativa, donde la familia pasaría de ser entre mamá y papá para dar entrada a otros modelos. Independientemente si se está de acuerdo o no se está de acuerdo con las argumentaciones, hay una constante que me cuadra. Y es, que muchos de los conservadores (u opositores) se sienten condenados al ostracismo cuando menos al expresar sus opiniones.

    Muchos gays se sienten discriminados y apartados de la sociedad por su mera preferencia sexual. Son discriminados de puestos de trabajo, son expulsados de sus familias, son insultados con términos como «joto o puto», son excluidos, etiquetados, tachados de enfermos, pecadores, a algunos los motivan a «quitarse lo gay» y demás. En ese sentido, se me hace correcto que en este tipo de actos se perciba una expresión de homofobia y se señale.

    Es decir, la homofobia sí existe, pero no abordaré eso con profundidad porque abunda literatura sobre la homofobia y la discriminación a los gays. Voy a hablar de lo que casi no se habla y se debería de hablar.

    Se me hace incorrecto que algunas personas pretendan encasillar y relegar a quienes, desde una postura no homófoba, disienten con alguna o algunas de propuestas, leyes o agendas que busca impulsar la comunidad LGBT como quienes expresan preocupaciones no por la preferencia sexual, sino por las consecuencias que en su opinión podrían acarrear este tipo de medidas. Por ejemplo, quienes dicen que los hijos pueden confundirse o no puedan desarrollar una identidad plena sin un mamá y un papá.

    De esta forma, asumimos una postura maniquea donde solo existen dos bandos, y se ignora la escala de grises.

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    Les contaba que yo tengo amigos conservadores que no están a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y tal vez te sorprenderías si te dijera que varios de ellos tienen amigos gays. De hecho me atrevería a decir, que la distancia entre uno de ellos y una persona pro LGBT es menor, a la que hay entre ellos y quienes sí son homofóbicos y sí son partícipes de actos de discriminación. Es decir, apoyan el modelo de familia tradicional, pero no relegan a los gays ni los discriminan.

    Mis amigos pueden convivir con ellos sin ningún problema; a pesar de que la postura entre ambos es diferente, se respetan, porque la amistad, consideran, es más fuerte.

    Pero para algunos, ya son homofóbicos. Y entonces al constatar esto, la conclusión es que la discriminación es recíproca. Un sector de quienes se oponen (no todos) incurre en actos de homofobia, mientras que un sector de los que están a favor (tampoco todos) discrimina de la misma forma.

    Pero en vez de tolerar la disensión y debatir con argumentos, las descalificaciones abundan. Esto no sólo reduce el nivel de debate, sino que no ayuda mucho a nuestro crecimiento como sociedad.

    Otra cosa importante que debemos entender es que los cambios dentro de la estructura de valores y creencias de cada persona son progresivos. Cuando éstos ocurren de forma súbita, se debe fundamentalmente a dos razones. 1.- Por interés, o 2.- Como resultado de un lavado de cerebro intensivo.

    Vamos a hacer un ejercicio. Vamos a suponer que el matrimonio igualitario es deseable, que es consecuencia de nuestro progreso como especie humana, y que no hay argumentos sólidos, de acuerdo a nuestros avances en la ciencia, filosofía, psicología, o psiquiatría, para oponerse a ello.

    Una persona que no concuerde o su postura sea «en contra», no lo hace por ser una mala persona, o por que no es inteligente, o es intolerante. Tiene que ver más con una escala de valores y creencias que ha adquirido en el seno de su familia, la escuela, o la religión. Ese conjunto de creencias le otorga una esencia como persona y le ayuda a construir su personalidad (en conjunto con su temperamento y rasgos producto de los genes).

    A los individuos no se les puede obligar a cambiar de ideas de la noche a la mañana. Debido al instinto de supervivencia humana, esto requiere un proceso y quienes no estén de acuerdo con su postura, deberían de ser más empáticos.

    Cambiar esa escala de valores de la noche a la mañana tendría consecuencias nefastas para su psique, si lo hiciera podría sufrir una severa crisis de identidad que lo orille a suicidarse; por eso es que el individuo opta por defender su postura en un primer instante, porque es más sano para su mente. En cambio puede progresivamente, conforme a su experiencia, realizar «ajustes» en esa escala de valores sin el riesgo de que su estructura colapse. Para generar el primer resultado, está la degradación y la humillación (aunque en realidad, el individuo terminará reforzando más sus ideas), para el segundo, la persuasión.

    El tema del matrimonio igualitario es algo completamente novedoso en nuestro país, ni siquiera era parte de la discusión hasta hace poco tiempo. Cuando degradamos, etiquetamos, y condenamos al ostracismo, estamos obligando al individuo a hacer lo primero, que cambie su conjunto de creencias de forma inmediata. Como «defensores del matrimonio igualitario», en este caso hipotético, no estamos siquiera respetando el proceso psicológico que debería de llevar a cabo para convencerse de que ese conjunto de creencias con respecto al tema era obsoleto.

    Imagina que eres un activista que toda su vida ha luchado contra los GMO (transgénicos), ha dado conferencias, ha marchado a la calle, se ha hecho un nombre, y eso le ha dado un sentido a tu vida. De pronto, un estudio por parte de científicos respetados que no deja ninguna duda, demuestra que los GMO no tienen ningún problema. Naturalmente tú te vas a mostrar muy escéptico ante esa nota y no la vas a creer. Pero ahora imagina que el siguiente día sales a la calle y te empiezan a señalar como «GMOFóbico», al punto en que te la piensas dos veces antes de publicar algo en Facebook sin ser juzgado por tus amigos.

    Algo así es lo que pasa. Si bien, lo que le da sentido a la vida a la mayoría de los opositores no es «odiar a los gay», sí lo es la creencia en un modelo de familia tradicional. Entonces puedo entender su sentimiento cuando son señalados por no estar de acuerdo con algún punto, cuando ellos no son homófobos e incluso tienen amigos gay. Es lo mismo que sintieron Dolce & Gabanna, la famosa pareja gay creadora de la marca de moda del mismo nombre al oponerse al matrimonio igualitario. Muchos los amenazaron con ya no volver a comprar sus productos, y los humillaron en las redes sociales cuando ellos mismos no pueden ser homófobos porque eso implicaría darse un balazo en el pie.

    Dolce & Gabanna. Matrimonio gay

    Sí, sí se debe de señalar a quienes sí incurren en actos de homofobia porque van en contra de derechos esenciales como el respeto a la integridad de las demás personas, y esa postura tiene que ver más con una «escala de prejuicios». Pero quienes sin hacerlo desde una postura homófoba disienten, deberían merecer el mismo respeto que quienes están a favor.

    Tenemos que aceptar que la discriminación es recíproca, y que ésta tiene que ver más con una actitud de la persona que con una diferencia ideológica o de opinión. Tanto quienes están a favor de expandir los derechos de la comunidad LGBT por medio del matrimonio igualitario, como aquellos que defienden el modelo de familia tradicional, deben de aprender que lo que va en la zona de guerra son los argumentos y no las personas. Deben de aprender a no hacer juicios morales por tan solo disentir o pensar diferente. No se puede ser liberal si se coarta la libertad del otro a expresar su opinión. De igual forma un conservador que vive bajo la premisa de la familia y los valores, no puede discriminar a otra persona por su preferencia sexual.

    En democracia, ambas partes están en el derecho de defender su postura, de promover un modo de familia nuevo, o de defender un modelo tradicional. Palabras como liberalismo y democracia son atractivas, pero a veces no es tan atractivo ser congruente con dichos términos; porque eso implica tolerancia a la opinión del otro, y que a pesar de que se luche por ideales opuestos, el respeto a la persona y su derecho a la libertad de expresión siempre debe de garantizarse.

    Se trata de elevar el nivel de debate, de aprendernos a respetar a pesar de las diferencias.