Etiqueta: Jair Bolsonaro

  • Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Bolsonaro y el arribo de la ultraderecha posmoderna

    Al mundo se le acabaron las narrativas.

    Tal vez sea la primera vez en varios siglos de historia en que las grandes narrativas, esas que le daban sentido a la vida de los seres humanos y que les ayudaban a explicar el mundo del cual eran parte, brillan por su ausencia en Occidente.

    Las dos narrativas más predominantes en nuestra región: las del cristianismo y el liberalismo, están cada vez más debilitadas; intentan sobrevivir ante esta vorágine que no solo se explica por los cambios políticos sino los económicos y los ideológicos que influyen en el tejido social, cambios que han dejado al mundo político, que sigue aferrado a una era industrial que ya no existe, completamente rebasado y que no ha hecho otra cosa más que improvisar sobre la marcha.

    Bolsonaro es una reacción a este complejo problema. El resumen sencillo y superficial (aún así válido) es el fracaso del régimen socialista que derivó en una crisis económica, de inseguridad y de corrupción. El más complejo es uno donde la gente ya no tiene una narrativa a la cual aferrarse porque las que había han quedado rebasadas y porque en este mundo tal acelerado, donde todo avanza rápido, y donde el individuo ha aprendido a ser escéptico ante todo y ante cualquier cosa, ha sido casi imposible crear una nueva o ya siquiera modernizar las que todavía no acaban de morir.

    Como dice Yuval Noah Harari, el individuo no interpreta el mundo a través de datos y hechos, sino a través de narrativas e historias. La religión le ha sido muy útil al individuo por mucho tiempo ya que lo simbólico le ha ayudado a interpretar al mundo. Cualquier persona sensata sabe que Jesús no convirtió de forma literal el agua en vino, pero sabemos que dichas historias guardan moralejas que le han servido a la gente para relacionarse con su entorno y para tener una estructura de valores éticos y morales. Luego vino el comunismo con su promesa de crear un mundo completamente justo e igualitario y, a su vez, el liberalismo creó una narrativa en torno a la libertad, el progreso y un futuro promisorio. Hoy no existe ninguna grande narrativa que le dé forma a la sociedad occidental.  Lo que hay en su caso es una antinarrativa que mira con ojos escépticos cualquier cosa que parezca una narrativa: la desmenuza, la interpreta y la deconstruye, pero no forma nada nuevo con aquello que desmenuzó. Esa narrativa pareciera ser por sí sola una narrativa, pero a la vez no lo es porque carece de fondo más allá de su carácter crítico y escéptico.

    La era posmoderna le dijo adiós al cristianismo, al liberalismo y al propio comunismo. Prometió la emancipación al individuo, la libertad de interpretar el mundo a su manera y bajo sus propias creencias sin necesidad de definirse como algo. 

    Lo que hay ahora son más bien pequeñas narrativas muy concretas y que no son necesariamente universales. Ni siquiera los movimientos relacionados con la izquierda como el feminismo, los colectivos LGBT, los ecologistas o los animalistas forman parte de una narrativa más grande.  Estos buscan deconstruir las grandes narrativas (o lo que queda de ellas) para resolver problemas muy concretos y relacionados con su causa. Las grandes religiones en Occidente, por su parte, dan paso a pequeñas iglesias (el propio Brasil es un claro ejemplo de ello) las sectas o al eclectisimo religioso sin ignorar el creciente agnosticismo y ateísmo.

    Bolsonaro no es nada ajeno a los influjos posmodernos (y lo mismo se puede decir de Trump o Putin). El virtual Presidente de Brasil, a diferencia de los fascistas con los que se le compara (de forma un tanto exagerada creo yo). no propone ni defiende narrativa alguna. Su postura, por más autoritaria que sea, está desprovista de un contenido ideológico concreto. Es homofóbico, misógino, cree en la tortura y en el libre mercado, pero no narra nada en concreto, no hay sustancia alguna. Por esto es que, a pesar de su ultraconservadurismo en cuestiones sociales, muchos brasileños que están a favor de estas causas sociales de las que él se burla votaron por él. Pareciera que estas posturas conservadoras son más bien contingentes y no esenciales, por eso muchos decidieron pasarlas por alto porque, además, ven la economía y la seguridad como algo más prioritario porque tienden a ser soluciones más básicas. En realidad no hay más esencia que la resolución de problemas muy concretos que tienen que ver con la crisis económica, política y de seguridad que vive el país.

    El surgimiento de personajes como Bolsonaro, Trump o López Obrador no son una salida al problema posmoderno, sino una exacerbación de éste. Al no existir narrativa alguna, no queda de otra que buscar soluciones pragmáticas e inmediatas. Por eso es que es muy difícil vaticinar como podría ser nuestro futuro (incluso el relativamente inmediato), porque vivimos en un mundo tan líquido, donde las innovaciones tecnológicas cambian día a día el entorno y las condiciones bajo las que nos movemos y donde amenazan hacerlo más con la tecnología artificial y el advenimiento de eso que llaman «la singularidad». 

    No sabemos siquiera si surgirá una nueva narrativa o más bien es que el dejarlas del lado sea una suerte de paso evolutivo de nuestra especie. El mundo actual, sobresaturado de información, es tan incierto, que no nos da siquiera un respiro para detenernos y terminar de analizar qué es lo que está pasando.

  • Jair Bolsonaro y la corrección política

    Jair Bolsonaro y la corrección política

    Jair Bolsonaro y la corrección política

    Varios están sorprendidos por el contundente triunfo de Bolsonaro en Brasil en la primera vuelta presidencial. ¿Cómo es que un personaje que arremete abiertamente contra los homosexuales y los negros en pleno siglo XXI gana una elección? Pero en esa sorpresa se refleja la poca capacidad que tienen para entender por qué han surgido este tipo de liderazgos. Si entendieran el contexto no se sorprenderían, y si lo entendieran posiblemente podrían haber «hecho algo más» para evitar que estas figuras estén tomando el poder en detrimento del «buenaondismo» progresista cuyas batallas culturales de los últimos años parecieran haber servido más para polarizar la política y dar pretextos a la extrema derecha que para generar mayor equidad de género y aceptación hacia los gays.

    Las razones por las que Bolsonaro ha tomado mucha fuerza no son exactamente las mismas que explican el triunfo de Donald Trump, el triunfo de este último tiene que ver con la automatización de varios empleos (era culpa de los robots, no de los mexicanos) y de los liberales que, al estar tan concentrados en las identity politics, se olvidaron de «los de abajo» que fueron seducidos por el discurso de Trump. En Brasil tiene que ver más bien con el fracaso de la era Lula que durante años había generado la ilusión de un Brasil que progresaba, que comenzaba a volverse importante en el concierto de las naciones y que terminó sumido en escándalos de corrupción y crisis económicas. 

    Los líderes fuertes o los «hombres alfa» como los llamó Carlos Yárnoz de El País, se vuelven atractivos en un entorno donde el pueblo se siente desesperado por su situación. No es que la mayoría de los brasileños sean unos «sucios homofóbicos», al igual que muchos de los votantes de Trump no eran necesariamente misóginos ni sexistas y eso no fue lo que les motivó a votar por Trump. Posiblemente varios de ellos no estén muy de acuerdo con las declaraciones de Bolsonaro, más bien lo que les atrae es lo que dichas posturas reflejan: un hombre que está dispuesto a rebelarse contra lo políticamente correcto y contra los estándares es un hombre que tendría la capacidad de hacer algo más de lo que el político normal hace. Así esperan una mano dura y firme para manejar los problemas económicos y sociales que tanto les aquejan.

    «Sería incapaz de amar un hijo homosexual. No voy a ser hipócrita aquí. Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí» – Jair Bolsonaro

    El progresismo buena onda ha empoderado de forma indirecta a estos líderes. Al enfocarse demasiado en la corrección del lenguaje y de lo que se puede o no decir (en ocasiones llegando al extremo de encontrar resquicios de discriminación donde nunca los hubo), oponerse a ello y de forma visceral y contestataria se convirtió en una forma atractiva de rebeldía. Lo vemos en las mismas redes sociales donde muchas personas se han dado a la tarea de pronunciar discursos abiertamente sexistas o discriminatorios porque sienten que se están rebelando contra algo, como si fueran una especie de hippies reaccionarios.  Así como en décadas anteriores se volvió atractivo rebelarse contra la corrección política de los conservadores (no digas groserías, guarda las formas, respeta a la autoridad y no hables mal de ella) ahora parece suceder lo opuesto en un mundo donde debes tener mucho cuidado con tus palabras porque ellas pueden discriminar (aunque no sea tu intención y aunque en realidad no lo estés haciendo). 

    Estos líderes autoritarios saben lucrar muy bien con esta rebeldía. Así como el hippie o el joven universitario le gritaba consignas al gobierno y se burlaba de la autoridad, estos líderes se suben al estrado para arremeter contra las minorías que habían encontrado un resguardo y protección dentro del progresismo que poco a poco se ha convertido en una suerte de status quo

    Los negros no hacen nada, creo que ni como reproductores sirven más – Jair Bolsonaro.

    Los progresistas deberán ser críticos con ellos mismos y determinar si, en estos últimos años, sus batallas han logrado sociedades realmente equitativas y tolerantes o si por el contrario han alienado a un sector de la sociedad que ha visto en la corrección política un pretexto para rebelarse contra algo. En vez de «convencer a los indecisos que se encuentran en el centro que es lo que las causas sociales exitosas han logrado» parece que solo han logrado crear una creciente y preocupante polarización entre izquierdas y derechas, donde la izquierda se atrinchera cada vez más en la corrección del lenguaje y sobredimensionar la opresión en tanto que la derecha se da más permiso de hacer pronunciamientos cada vez más sexistas y discriminatorios de tal forma en que se han roto ya los puentes de diálogo entre ambas posturas.

    La palabra feminazi se ha popularizado enormemente en los últimos años, ya que muchas personas, ante la excesiva corrección política, han encontrado en el sexismo una postura contestataria. Fuente: Google Trends. 

    La culpa no es solo del progresismo y todo esto que acabo de decir no explica toda la historia, tal vez ni siquiera su mayor parte. La incapacidad de quienes creemos en la democracias para solucionar los problemas sociales y políticos en medio de un entorno globalizado y muy cambiante explica mucho el surgimiento de los líderes autoritarios. Pero el punto al que quiero llegar es que los progresistas deberían ser más críticos consigo mismos y con sus planteamientos ya que la excesiva corrección política ha sido un pretexto para que líderes como Bolsonaro, Duterte y Trump se legitimen y ganen fuerza por medio de discursos muy políticamente incorrectos.