Hay quienes piensan y aseguran que los delincuentes son víctimas. Sí, son víctimas del sistema, son víctimas de la corrupción, son víctimas de sus padres, son víctimas de la desigualdad rampante en nuestro país, de la falta de oportunidades, de los medios de comunicación, del gobierno. Y como son víctimas, se transformaron en delincuentes.
Es cierto que todas esas razones influyen para que un individuo se convierta en delincuente. Ciertamente si queremos combatir la delincuencia deberíamos de pensar en el tejido social de la comunidad, en crear más oportunidades para los jóvenes, en generar una economía más justa y demás. En efecto, esas medidas preventivas son muy necesarias si queremos combatir la delicuencia. Pero…
Pero, los delincuentes no son víctimas. El problema viene cuando se piensa que los delincuentes lo son exclusivamente por estas causas. Otros son los culpables, sus papás, las autoridades, los monopolios, la pobreza…
Eso sería negar el libre albedrío que tenemos los seres humanos. Los delincuentes no son autómatas ni seres que no tienen capacidad más allá de responder a un estímulo. Los delincuentes deciden delinquir.
Hace unos días robaron la casa de una amiga mía, a punta de pistola se metió el delincuente y amenazándolas con violarlas las despojó de casi todas las propiedades de su casa. Hace poco tiempo a una conocida la golpearon unos delincuentes en la vía pública para despojarla a ella y su amiga de sus pertenencias. A ella la golpearon en el ojo, a la otra la patearon en el suelo. Son historias que parecen cotidianas hasta que le ocurren a uno, o a seres queridos cercanos.
Y en efecto, estos delincuentes no son autómatas que responden a estímulos como un ratón de laboratorio para replicar un experimento de Skinner. Tan es así que muchas veces planean muy bien la forma en que van a delinquir.
Los delincuentes deben de ser tratados como tal. Los delincuentes al privar a otras personas de sus derechos deben de perder los suyos. Los seres humanos vivimos en sociedad por medio de un contrato social. Tú cedes ciertas libertades al soberano (las autoridades o el Gobierno, elegidas democráticamente y quienes están encargadas de velar por el bienestar de sus gobernados) con fin de que la sociedad pueda vivir en paz y pueda crear su proyecto de vida. Al mismo tiempo adquieres derechos: A la seguridad, la integridad, el derecho a poseer bienes personales.
Si un delincuente priva de esos derechos a otra persona, está rompiendo dicho contrato social. Entonces con ello debería perder sus derechos.
El problema viene cuando tenemos un sistema donde el Gobierno es incapaz de garantizar en un grado aceptable los derechos de los demás. Más cuando algunos de esos delincuentes son policías.
Yo me opongo a la pena de muerte por el simple hecho de que una sociedad con tasas altas de crimen tiende a tener un Estado de derecho lo suficientemente distorsionado como para usar sus leyes de forma errónea y ventajosa (además de que este tipo de penas en realidad no reducen la delincuencia como algunos presumen), y si una sociedad tuviera un Estado de derecho sólido, los niveles de criminalidad se reducirían al punto en que no se necesitaría alguna medida de este tipo.
Eso no significa que esté a favor de la vida de los delincuentes: Si un individuo es asaltado con violencia, agredido o violado, de tal forma que el delincuente ponga en peligro su legitimidad, el primero debe tener el derecho de asesinar al delincuente en defensa propia.
Incluso, como acaba de suceder en mi ciudad. Una persona fue despojada de 200,000 pesos a punta de pistola. El asaltado persiguió en su automóvil a los delincuentes y los atropelló. Los dos quedaron lesionados y recuperó su dinero.
Lo idóneo es que las autoridades tengan la suficiente capacidad como para que los afectados no tengan que hacer justicia por cuenta propia, porque cuando una autoridad es débil, esto inclusive conlleva riesgos. Pero ante la falta de autoridad, el individuo tiene derecho a defender su vida y su integridad despojando al otro de la suya. ¿Por qué?
Porque los delincuentes no son víctimas. Porque muchas personas que se desarrollan en familias disfuncionales o en condiciones adversas logran llevar una vida digna. Prueba irrefutable de que el delincuente posee de libre albedrío y puede decidir no serlo.
Y porque todos los seres humanos sabemos que despojar a otro de sus bienes está mal, sabemos que agredir a otra persona, que violarla o asesinarla, está mal. Son nociones tan básicas que se repiten en todas las culturas de la humanidad.









Más que el evento y el texto del mensaje con motivo del V Informe de Gobierno de Felipe Calderón, mismo que se convirtió en un acto de juicios, reclamos y justificaciones; la entrevista que el periodista Joaquín López Dóriga le hizo previo al mensaje del informe, revela de forma muy clara la soledad, el enojo y la intolerancia de un presidente que previo a su último año de gobierno, se siente incomprendido cual mártir.
Hace poco comentaba en este blog sobre
Creo que uno de los errores de la derecha mexicana es tratar de combatir al fuego con fuego, y no tratar de solucionar el problema de fondo. Respeto la intención del Presidente Felipe Calderón de buscar acabar con el narcotráfico (lucha que probablemente le hizo perder a su amigo Juan Camilo Mouriño), pero está quedando demostrado que eso de usar la fuerza para combatir un mal canceroso tal vez no es la forma más correcta de eliminarlo. Es cierto, a los narcotraficantes les está «incomodando» las acciones del gobierno, pero siguen vivos y coleando, al grado que están más preocupados por sus competidores (los cárteles opuestos) que por los militares que los tratan de combatir. E incluso me atrevo a decir, que dentro de la lucha armada el gobierno se está equivocando, porque quiso hacer una guerra directa y frontal en lugar de utilizar los servicios de inteligencia. Eso lo vimos cuando Calderón llegó al poder, lo primero que hizo fué declararle la guerra al narcotráfico, y yo lo que veo es un país hecho un desmadre.