Cuando se habla de redes sociales podemos observar dos posturas distintas. Los primeros las idealizan considerándolas casi una herramienta que fomentará la democracia mundial, harán una y otra vez referencias a la Primavera Árabe para señalarte cómo es que el Facebook y el Twitter pueden derrocar dictaduras.
Están por otro lado aquellos quienes ven en las redes sociales un inminente riesgo donde al individuo se le despojará de su privacidad para irlo progresivamente conduciéndolo a un estado parecido al brain in a vat, donde el individuo estará tan hiperconectado que todo aquello que percibe será falso -un escenario parecido al de la película Matrix-.
La verdad es que ambas posturas están lejos de la realidad. La cruda realidad es que ni el Internet ha democratizado a la sociedad tal y como algunos ingenuos lo pensaban ni tampoco, hasta el momento, le ha despojado al individuo de su privacidad, al menos al grado en que algunos presumen, y en este artículo quiero hacer énfasis en este último argumento, el pesimista y conspiranoico.
Un claro ejemplo de esta visión tan oscura es este video -tiene subtítulos en inglés-:
https://www.youtube.com/watch?v=MURGHqQwwus
¿Cuál será la sensación que muchos reportarán después de verlo? Simple, Que Facebook, Google y los principales sitios de Internet son empresas maquiavélicas que utilizan al individuo, indefenso, para manipularlo y hacerlo adquirir productos y servicios ofertados por grandes trasnacionales con quien sabe que intenciones. Algunos hablarán incluso de que este es un inicio de un proceso de esclavización del ser humano.
El primer argumento es la pérdida de privacidad. ¿Ocurre? Sí, pero no al grado en que tú crees.
De hecho la parte más riesgosa tiene que ver con la información que terceras personas pueden ver de ti al subir contenidos imprudentes -tú en una fiesta alcoholizado, o que alguien te exhiba en una conducta antisocial, como ocurre con los lords y las ladies- que lo que las empresas pueden hacer contigo.
Nada en la vida es gratis aunque lo parezca. La televisión abierta no es gratis porque quienes la financian son las empresas que ahí se anuncian, costo que incide en el precio del producto que tú pagas. El modelo de Facebook es algo parecido, tú usas Facebook «gratuitamente» pero las empresas que pagan por su publicidad son las que hacen rentable a la compañía. ¿A poco pensabas que Facebook invertiría millones de dólares en servidores y programadores sólo para que tú te la pases bomba en las redes y ellos no ganen nada?
El modelo de Facebook es este: Tu utilizas las redes sociales gratuitamente. Mientras tanto, con base en tu actividad en Facebook, la red social elabora un perfil de tal forma que los anunciantes que ofrezcan productos y servicios que puedan interesante, puedan ofrecértelos.
En este proceso, ni Facebook ni Google exponen datos que puedan comprometer a tu persona. ¿Cómo?
Decía que Facebook elabora un perfil tuyo. De acuerdo a tu actividad, Facebook determina que tú te encuentras en el rango de edad de entre 20-25 años, estás en una relación, te gusta el rock y estudias en la universidad. Entonces, si una empresa quiere ofrecer sus productos a un segmento de mercado que tiene características similares a ti, te mostrará sus anuncios en tu muro. Algo similar pasa con Google, Instagram, Foursquare y demás redes sociales.
Pero ni Facebook ni Google ni nadie le dice a las empresas quién eres tú. El perfil que Facebook crea de ti se utiliza de forma anónima. Las redes sociales no comprometen tu integridad y privacidad en tanto tu información sirve y sólo sirve para que las empresas que buscan perfiles similares al tuyo te muestren sus productos o servicios.
El video que mostré ahí habla de que «las malvadas empresas atacarán a los pobres individuos que son más vulnerables». La verdad es que quienes hemos estado dentro del mundo de la mercadotecnia, sabemos que lo que hace Facebook, por más sofisticado que sea, no es algo tan nuevo y es una práctica que en realidad es añeja. Desde hace años, décadas, las empresas han tratado de segmentar mercados de tal forma que lleguen los productos a quienes tienen más posibilidades de comprar. Si una empresa anuncia sus productos en un partido de futbol o en un concierto es porque quienes asisten a esos eventos tienen más posibilidades de comprar un producto que quienes asisten a otro tipo de espectáculos.
¿Este tipo de medios conlleva riesgos? Sí, pero no son mayores siquiera que la publicidad tradicional, de hecho puede ser un poco más complicado sugestionar al usuario ante todo el «ruido» que hay en las redes e Internet. Una empresa o entidad política puede manipular al receptor de la misma forma en que siempre lo han hecho por medio de la publicidad tradicional. Cierto que en las campañas políticas se esparce mucha información falsa para confundir al usuario, pero eso ya se hacía por parte de los medios tradicionales al comprar plumas o noticieros.
Ese video asume que al individuo se le puede manipular mucho más fácil de lo que en realidad se puede hacer. Muestra al individuo como una víctima vulnerable que no tiene la capacidad intelectual de defenderse de la publicidad. En realidad, la capacidad que tiene el usuario de defenderse es exactamente la misma que en cualquier otro medio de publicidad. Ciertamente sí puede incidir en los usuarios y obtener un resultado de acuerdo al interés de quien se anuncia, pero no es algo nuevo o diferente a lo que ya conocemos.
El video también habla de empresas maquiavélicas que manipulan. La realidad es que para «manipular cerebros» es decir, para usar estas plataformas tan sólo necesitas abrir una cuenta -en Facebook basta con tener una Fan Page- y un presupuesto que pueden ser incluso 100 pesos. La «estrategia perversa» ahí está a los ojos de muchos, no es algo que esté oculto. Ahí puedes ver como funciona y como crear segmentos para dirigir la publicidad.
Incluso puedes usar su plataforma de publicidad para avisarles a todos de cómo Facebook nos quiere esclavizar.
Y al final diremos que la publicidad per sé no es mala, lo que es «malo» es el mal uso de ésta. Esta herramienta vista como una estrategia maquiavélica también es muy útil en muchos casos, no sólo cuando una empresa te muestra algún producto, servicio o información que en realidad sí necesitas. Sino que también es una herramienta para que por ejemplo, organizaciones civiles anuncien sus causas, o para que universidades o empresas anuncien oportunidades de desarrollo profesional o portales web que tengan el fin de propagar conocimiento puedan darse a conocer.
No sé si en un futuro los avances tecnológicos puedan poner el riesgo la libertad e integridad del ser humano, eso es algo que siempre debe analizarse. Pero al menos en el caso de Internet y las empresas que hacen «negocio» con los perfiles de los usuarios, el riesgo, de momento, no parece ser tan grande como parece.
Más allá de conspiraciones cartesianas, si quieres preservar tu privacidad, no publiques cosas de tu persona en las redes que puedan comprometer tu integridad, como aquellas fotos después de diez tequilas -cosa, que además, te agradeceremos-.
La serie británica Black Mirror, famosa por su crítica a la forma en que la tecnología influye en nuestras vidas, tiene un episodio que me llamó la atención, el cual presenta un futuro distópico donde todo el mundo califica a las demás personas mediante su smartphone, tal y como calificamos un servicio o a un chofer de Uber. Todos pueden conocer tu calificación, y con ella, la gente puede saber si eres una persona agradable, o bien, una empresa puede decidir si te contrata para su nuevo puesto de trabajo.
A pesar de que el planteamiento que hace el episodio tiene algunos detalles cuestionables -no creo que el rating pueda tener alguna utilidad para poder comprar una casa o rentar un coche, como lo muestra la serie-, logra su cometido: mostrar un mundo posible donde los individuos puedan hacer un juicio de las demás personas por medio de la opinión que los demás tienen de ellas.
Entonces tenemos que hacernos la siguiente pregunta:
¿Hasta qué punto la tecnología y la ciencia pueden afectar a las estructuras sociales y a nuestras relaciones?
Con el progreso de la humanidad, y sobre todo, con el método empírico, el individuo aprendió a medir fenómenos para sacar conclusiones a través de éstos. Por ejemplo, podemos hacer estudios cuantitativos para medir la opinión o preferencia que el individuo tiene sobre alguna cosa, para que con sus resultados podamos anticiparnos y hacer los necesarios ajustes para que dicha cosa logre su cometido en función tanto de quien oferta como de quien consume.
Con el crecimiento de la tecnología digital y la irrupción del big data, este tipo de herramientas ha adquirido otra dimensión. Ya no sólo puede el individuo evaluar el servicio que recibe de tal forma que los usuarios puedan hacer un juicio a priori de aquel producto que van a consumir con base en la calificación y críticas que las otras personas hacen, sino que puede de alguna forma evaluarse, e incluso puede intentar hacer un juicio acerca de su valía como persona.
Pero, ¿es posible, en estos momentos, que un individuo pueda hacer un juicio de sí mismo con base en los instrumentos cuantitativos que miden la interacción del individuo en redes sociales, como por ejemplo, los likes o el número de seguidores de Facebook?
Mi respuesta sería que no del todo. Si bien los datos pueden tener algún valor en este sentido, es todavía muy difícil llegar a una conclusión objetiva e imparcial.
Algo sí sabemos, estos instrumentos cuantitativos ya afectan la psique de las personas. Un like o un share generan una sensación de bienestar en el organismo de muchos de los usuarios de Facebook, mientras que la ausencia de, suele generar el efecto contrario. Esto se debe a la dopamina, sustancia, que por cierto, es altamente adictiva, la cual puede generar problemas de aislamiento en quienes usan en exceso las redes sociales.
Debido a esto, muchos usuarios pueden tentarse a hacer un juicio de ellos mismos con base en el número de seguidores que tienen en Facebook o el engagement (número de likes, comentarios o shares) que sus publicaciones tienen comparándose con los demás usuarios. Y lo hacen porque se ha incrustado la idea de que un mayor número significa una mayor popularidad: las empresas que tienen presencia en redes siempre quieren obtener un número mayor, un influencer (como un videoblogger o un líder de opinión) suele tener muchos seguidores y muchos likes. Entonces se asume que:
A más seguidores o likes, mayor popularidad, y quien es más popular es más exitoso.
Y de eso se sigue que quien no tiene muchos seguidores o tiene pocos likes en comparación con otras personas es menos popular y menos valioso. Y así mucha gente lo cree: muchos usuarios intentan incrementar su engagement por medio de fotos más atrevidas (véanse las selfies) o citas que piensan que a todos les va a gustar.
Pero como dije, no creo que el usuario pueda hacer un juicio objetivo sobre su persona de acuerdo a su popularidad en redes o al engagement de sus publicaciones, existen variables que un like no puede medir por sí solo. Es más, ni siquiera puede el individuo comparar la calidad de su vida con la de otros de acuerdo a lo que publican en redes. Existen muchos factores que sesgan ese análisis, enlisto algunos:
Frecuencia de uso: Una persona que usa poco sus redes sociales suele tener menos followers que una persona similar a él y que es un usuarios constante.
Representatividad de seguidores: Una persona que tiene 400 seguidores podrá tener mucha gente cercana dentro de ellos, mientras que otro puede presumir tener a 1,000 amigos de los cuales muy pocos son gente muy cercana a él. De la misma manera, un individuo podrá tener muchos amigos que prácticamente no interactúan en redes sociales mientras que otros tienen a todos sus amigos en Facebook. No está de más decir que de acuerdo al Número de Dunbar, una persona, debido a la neocorteza del cerebro, es incapaz de tener una relación cercana en la vida real con más de 150 personas.
Sesgo cualitativo: Las redes contabilizan la cantidad de seguidores, pero no qué tan valiosos son ni qué tanto interactúa el individuo -tanto a nivel virtual como real- con ellos. Tampoco puede medir la motivación que hay detrás de un like. Si bien, redes como Facebook han agregado otros estados de ánimo con ese propósito -como «estoy enojado» o «estoy asombrado»-, dos personas pueden dar un like a una publicación por razones muy distintas y que tienen distinto valor.
Historia de vida ideal: Los usuarios suelen exaltar los acontecimientos positivos de sus vidas en las redes al tiempo que minimizan los negativos. Así, el usuario, al ver las publicaciones de los demás, puede pensar que tiene una vida más desgraciada que la de sus seguidores cuando no es así.
La ilusión de la mayoría: Los usuarios tienden a seguir a otros usuarios que tienen más seguidores que ellos, porque básicamente quien tiene más seguidores tiene mayores posibilidades de ser seguido. De esta forma, el usuario podría creer que es menos popular de lo que en realidad es.
Personalidad del usuario: La personalidad del individuo afecta la forma en que usa las redes, y por tanto, la respuesta que reciben sus publicaciones. Una persona introvertida que es selectivo a la hora de elegir amigos no tendrá la misma respuesta que aquel que se siente el alma de la fiesta.
Tópico de los contenidos: Por ejemplo, un post de política o de un tema especializado generará en Facebook menos engagement que una foto de cumpleaños o un acontecimiento importante mientras que, en Twitter, el fenómeno suele ser inverso.
Formato: Los formatos de las publicaciones condicionan el alcance. Por ejemplo, en Facebook las imágenes generan más engagement, mientras que los contenidos compartidos generan muy poco.
Algoritmo: Facebook determina qué publicaciones tienen más relevancia de acuerdo a un algoritmo que está en constante cambio.
Y sumado a esto, deberíamos de recalcar que la popularidad no siempre es condición necesaria para que alguien sea una persona exitosa, y menos se puede pensar que eso tenga relación alguna con la valía de la persona.
Ahora habría que hacernos otra pregunta: ¿habrá un momento en el cual la inteligencia artificial evolucione tanto que por medio del comportamiento en las redes el individuo pueda saber cómo lo perciben los demás?
La respuesta es que eso eventualmente ocurrirá, tomando como punto de partida la evolución que la inteligencia artificial ha tenido en los últimos años.
Imaginemos un futuro no muy lejano donde un individuo que tiene problemas de depresión por no sentirse aceptado va con el psicólogo, quien le pide su acceso a Facebook, para que por medio de una aplicación, pueda determinar por qué no es agraciado y por qué las demás personas no son muy receptivas a él.
Imaginemos que, gracias a las redes sociales, el individuo pueda, con base en una análisis que hace una computadora tomando como base la información que comparte, conocer de forma objetiva y veraz cómo es que lo perciben los demás.
Imaginemos que un tercero pueda pedir a Facebook o cualquier red social un examen psicométrico de un individuo, el cual deriva de su interacción en la red social, para ver si es apto para algún puesto de trabajo.
El usuario con mayor razón se preocupará por tener más likes o que sus contenidos sean más atractivos, porque entonces ya sabrá la relación que tienen con su «cruda realidad» y sabrá que eso podrá afectarle a la hora de aspirar a un puesto de trabajo. Tal vez en ese momento, la sociedad sí podría parecerse un poco más al episodio de Black Mirror.
Porque una herramienta como Facebook que puede ser muy útil para estar en contacto con quienes queremos, cuando es mal usada, puede crear una sociedad narcisista donde la exacerbación del «yo» sea ya no sólo algo propio de un megalomaniaco, sino una necesidad para sobrevivir dentro de un mundo cada vez más individualista, más «cuantitativo», y menos «cualitativo».
Con la llegada de Internet pensamos que la democracia se iba a consolidar. El argumento esa muy sencillo: si la información está al alcance de todos, entonces todos pueden beneficiarse de ella. Gracias a Internet ya no existirían medios unidireccionales que monopolicen la información sin que el usuario pudiera responder o interactuar. Entonces, se decía, la ignorancia cerraría sus puertas para crear una sociedad compuesta solamente de ciudadanos críticos e informados. Nada más falso.
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Pensamos que la amenaza a esa democratización y posibilidad de compartir conocimiento peligraba gracias a mecanismos institucionales restrictivos como la Ley SOPA. En realidad, parece que la disponibilidad del conocimiento puede ayudar a reforzar la desigualdad -tanto económica como intelectual- dentro de una sociedad porque nuestra capacidad económica y nuestra capacidad intelectual condiciona lo que podemos hacer con dicho conocimiento.
Ciertamente, Internet ha abierto puertas a aquellos que antes no tenían acceso al conocimiento. Por ejemplo, personas de países en desarrollo que no podrían aspirar a estudiar una carrera -pero que gracias a sitios web como coursera.org o edx.org pueden adquirir conocimiento para especializarse de forma gratuita-, son mejores profesionales con un mejor ingreso. Pero de la misma forma, una persona que antes se encontrara en una posición relativamente cómoda y que no ha podido o querido adaptarse a Internet, puede verse perjudicada. Por ejemplo, personas con trabajos que han sido reemplazados por el desarrollo tecnológico.
Decía que los seres humanos no nos encontramos en las mismas condiciones. Tenemos distintos ingresos, nacemos en condiciones totalmente distintas, algunos tuvimos más suerte que otros, unos somos más inteligentes o tontos que otros, unos somos más sociables o antisociales que otros, unos tenemos más valores y principios que otros, y algunos tenemos más o menos criterio que otros. Debido a estas diferencias, que pueden ser atenuadas pero nunca eliminadas, es que en el mundo hay ganadores y perdedores. Y de igual forma, hay quienes ganan mucho más con Internet que otros.
Entendiendo estas diferencias, me atreví a hacer una escala de usuarios de Internet y su papel con la información que ahí se genera. Tal vez pueda escucharse un tanto reduccionista al simplificar el rol del individuo en Internet de esta forma, pero creo que es la forma más fácil de explicar cómo la gente genera o consume contenidos en Internet, y cómo es que estos roles generan una condición de desigualdad:
El capitalista
El influencer
El técnico
El crítico (o informado)
El ingenuo
El ignorante (o anticuado)
Esta lista está organizada -de mayor a menor- por la capacidad que cada uno tiene para beneficiarse de la información en Internet. A los primeros dos -el capitalista y el influencer- los podemos considerar emisores -es decir, ejercen influencia sobre los demás al emitir o controlar la información-, mientras que los otros tres son receptores de la información. El técnico, por su parte, puede jugar ambos papeles.
Antes de empezar a describir a cada uno, debo señalar que aunque coloqué al capitalista por encima del influencer, no siempre sucede que el capitalista tenga más poder de influencia que el influencer. Es decir, un influencer podría ejercer más influencia que aquel que tiene algunos millones de dólares para invertirlos en pauta y big data. También se puede dar el caso que el individuo juegue más de un papel. Un influencer que amase dinero gracias a la publicidad en Youtube y lo invierta para tener mayor alcance, podría ser considerado capitalista también.
También un emisor puede jugar al mismo tiempo el papel de un receptor. Un influencer, por ejemplo, puede ser un crítico, o bien, puede jugar el papel del ingenuo, con lo cual logrará amplificar la desinformación dentro de Internet.
De igual forma un crítico podría llegar a jugar el papel del ingenuo en más de alguna ocasión. Que suela estar informado no lo hace completamente inmune de caer en alguna trampa.
Pero aún haciendo estas aclaraciones, el individuo terminará siempre jugando más un papel que los otros. El capitalista será siempre más capitalista que influencer, y el crítico será la mayor parte de las veces crítico y no ingenuo.
1.- El capitalista
El capitalista se encuentra en la punta de la pirámide social: ha amazado mucha fortuna, y así como puede invertir en bienes raíces o empresas, también puede invertir dinero para influir en la opinión pública -de forma positiva o negativa-. No sólo es el capitalista tradicionalmente hablando, sino quien tiene dinero a su disposición, como pueden ser los gobiernos o diversas instituciones.
Vamos a decir la verdad, quien tiene más dinero tiene mayor capacidad de influir -o manipular- a la opinión pública. Dentro de esta categoría no sólo podríamos considerar a individuos, sino a empresas como tales. Quienes tienen capital pueden invertir en tecnología o infraestructura. Google o Facebook pueden considerarse capitalistas: casi toda la información que circula por Internet pasa por ellos, y aunque, al menos en teoría, tomen una postura neutral con respecto a la información, al modelar la estructura por la cual la información circula, terminan ejerciendo influencia porque condicionan la forma en que el usuario final la consume.
Un individuo o empresa que tenga la suficiente cantidad de dinero para crear unidades de conocimiento se puede considerar capitalista. Un grupo de accionistas que desarrolle un portal de información en línea y tenga los suficientes recursos para darle una gran exposición también. Un capitalista puede manipular a la opinión pública a su favor. Si un político tiene dinero como para esparcir información falsa a su favor, también es un capitalista.
El propio Donald Trump -o su campaña- es un capitalista -en este sentido-, y a la vez, también explica el rol capitalista de Facebook -aunque Mark Zuckerberg no simpatice con Trump-. La inversión de la campaña de Trump en Facebook Ads y big data fue esencial para ganar las elecciones. Si Obama mostró que Internet puede darle el triunfo a candidatos progresistas, y si Egipto y Libia demostraron que Internet puede derrocar dictaduras, Trump logró mostrar que Internet también puede ser la vía para el ascenso de algún político autoritario o hasta fascista.
Básicamente, el equipo de campaña de Trump invirtió una gran cantidad de dinero en pautas. Quienes hemos usado Facebook Ads, sabemos que la infraestructura que tiene la red social es algo enorme, complejo e intrigante. Por ejemplo, la campaña de Trump buscaba disuadir a aquellos sectores que Hillary necesitaba: los blancos liberales idealistas, los afroamericanos y las mujeres blancas. Y lo logró.
Segmentar la audiencia a la que se quiere llegar -gracias a los custom audiences, los lookalikes y la segmentación por intereses– es algo completamente posible. Si quiero mostrar anuncios a jóvenes de la Ibero considerados de izquierda que mantienen una relación, que tienen una edad de 18 a 22 años de edad, que anden en bicicleta y que además les guste correr, lo puedo hacer. Gracias a nuestra actividad en Facebook -las Fan Pages que te gustan, los contenidos que compartes, cuando publicas que tienes novia o que vas a entrar a estudiar algo-, la red social crea un perfil de nosotros y de cada usuario, de tal forma que les pueda servir a los anunciantes para mostrarte sus productos. Gracias a Facebook, un capitalista puede influir en la población -desde crear consciencia sobre algún tema hasta desinformar por medio de notas falsas para modificar percepciones políticas- y beneficiarse de ello.
Sólo basta tener mucho dinero para que el alcance sea mayor.
2.- El influencer
Fuente: Youtube
El influencer no tiene -necesariamente- la cantidad de dinero que un capitalista tiene, pero tiene la capacidad de ejercer influencia sobre otras personas. Cuando hablamos del influencer, se nos vienen a la mente los videobloggers como Werevertumorro o Chumel Torres. Sí, ellos son un tipo de influencers, pero no son los únicos.
También lo son las personas líderes en su ramo que han utilizado Internet para amplificar su alcance son influencers. Por ejemplo, los especialistas en marketing digital, psicología, política, o finanzas personales –Sofía Macías por ejemplo- que son muy conocidos por quienes conocen el ramo.
También los periodistas, columnistas y opinólogos que crearon parte de su reputación fuera del Internet -es decir, en medios tradicionales-, y que gracias a éste han tenido un mayor alcance -lo cual ocurre sobre todo en Twitter-, lo son, porque gracias a Internet ejercen influencia sobre los demás. Por ejemplo, Denise Dresser o Pedro Ferriz de Con deben ser considerados como influencers.
Muchos influencers no necesitaron de mucho dinero para crearse una reputación tal que les diera la capacidad de influir sobre los demás, pero sí necesitaron de mucho talento, o una gran habilidad para crear un proyecto.
Los influencers son quienes han tenido una mayor movilidad social gracias a Internet. Mientras los capitalistas ya lo eran, los influencers, en muchos casos, eran personas comunes y corrientes que dieron con la fórmula correcta.
El influencer también puede modificar o manipular la opinión pública, pero a diferencia del capitalista -quien en muchos casos puede ocultarse-, el influencer tiene que dar la cara, y su reputación queda sujeta al escrutinio público.
Cuando hablamos de la viralización de un contenido, el influencer juega un papel esencial. Contrario a la creencia general de que los contenidos se viralizan solos como si se multiplicaran como un virus, ésto ocurre gracias a que dicha información llega a uno o varios influencers -que no necesariamente conoces-, y cuando éstos lo comparten, amplifican considerablemente su alcance. El libro The Tipping Point de Malcolm Gladwell, ilustra bien la forma en que el conocimiento se viraliza.
El técnico es aquel que puede beneficiarse de la información gracias a su especialización en áreas relacionadas con las tecnologías de la información. Un técnico puede ser un data scientist que tiene la capacidad de analizar cantidades de datos muy grandes (big data), un hacker que a través de sus conocimientos en computación puede obtener un beneficio de la información, o un programador que pueda diseñar la arquitectura de sitios e interfases por medio de las cuales se transmita dicha información.
Los técnicos generalmente no emiten información, pero sí pueden condicionar la forma en que ésta se consume, pueden influir para determinar quienes consumirán determinada información, o bien, pueden tomar decisiones con base en la información que recibe y obtener un beneficio. Un data scientist puede analizar datos de tal forma que con los cruces que haga tenga un mayor conocimiento de un sector de la población, conozca sus hábitos de consumo o incluso su perfil psicológico. Esto le ayudará mucho para influir en dichos segmentos que le interesan y conoce a la perfección.
El hacker puede manipular los canales de comunicación -para distribuir información, chantajear a gobiernos, empresas o instituciones-, o puede extraer información con el mismo fin, para obtener un beneficio personal, político o ideológico. También puede ser contratado por capitalistas para que le ayudan a sus fines, o bien, pueden atentar contra los intereses de dichos capitalistas.
El técnico es el único que posee conocimiento especializado en tecnologías de la información, por lo cual, todos los otros tipos de usuarios (excepto el ignorante, quien no accede a Internet) dependen de él. El capitalista, por más dinero que tenga, necesitará de un especialista para poder crear la arquitectura de una unidad de conocimiento, o utilizará un sistema «creado por técnicos» para poder invertir en publicidad digital. El influencer necesita de plataformas creadas por técnicos (como Youtube o Twitter) para poder alcanzar a sus seguidores. Y así también el crítico y el ingenuo también necesitarán de esas plataformas para consumir contenidos en Internet.
4.- El crítico (o informado)
Fotografía: Alfredo Cunha
Como mencioné, a diferencia de los primeros dos personajes, el crítico no genera información sino que la consume o la comparte en sus redes -con un limitado alcance-. El crítico es el mejor consumidor de información en Internet y es el más inmune ante la manipulación que pueden llegar ejercer tanto el capitalista como el influencer porque son, valga la redundancia, críticos con la información que reciben.
El crítico, gracias a su criterio, sabe utilizar la información a su favor. El crítico suele ser educado -aunque pueden darse casos en que una persona con alta escolaridad puede tener menos criterio que uno con menor escolaridad-, y suele tener el hábito de adquirir conocimiento de forma constante.
El crítico es quien sabe usar mejor todas las herramientas que facilita Internet. Posiblemente busque especializarse gracias a esta herramienta por medio de sitios en educación en línea o haga consultas en buscadores o sitios especializados para solucionar problemas. Además, sabe ser selectivo con la información que consume. El crítico revisa las fuentes de la información que circula en Internet, suele mostrar escepticismo y sabe contrastar información.
Sin embargo, tenemos que recalcar que el crítico no es perfecto, porque a pesar de su capacidad de contrastar y ser selectivo, puede estar condicionado por sesgos ideológicos -ya sea, preferencia política, religión, políticas económicas- que harán que dé preferencia a cierto tipo de información.
Otro detalle a señalar es que el tipo de contenidos que un usuario tiene más posibilidad de consumir en Internet, es aquel con el que muestra mayor simpatía. Esto ocurre porque redes sociales como Facebook muestran al usuario contenidos similares a los que suele compartir o con quienes suele interactuar, así generando una cámara de eco. Lo mismo ocurre con Twitter donde el usuario tiende a seguir más bien a usuarios que sigan una línea ideológica similar.
El crítico es aquel que asumimos en que nos convertiríamos todos, y por eso pensamos que el poder de los capitalistas estaría limitado por la población en su conjunto y la sociedad ya no volvería a ser manipulada, pero no fue así.
5.- El ingenuo
http://www.academiasidiomas.es/
A través de la historia hemos aprendido que, en mayor o menor medida, la gente informada y preparada intelectualmente es una minoría dentro de una sociedad dada; mientras que la gente que no lo es, suele ser mayoría. Quizá suene políticamente incorrecto decirlo, pero es una realidad que puede ser fácilmente demostrable.
De esta forma podemos entender que «el ingenuo» sea el personaje que más abunde en Internet.
El ingenuo es quien es más susceptible de ser manipulado por quienes emiten la información (capitalistas o influencers). Aunque el ingenuo se conecte constantemente a Internet, no está preparado intelectualmente para absorber la información que recibe. De hecho, no suele utilizar Internet tanto para informarse, sino para divertirse. El ingenuo entra a Internet para estar conectado en Facebook -donde puede recibir información falsa que no tiene capacidad de rechazar-. El ingenuo, por ejemplo, puede dar por válida información que circula como cadena en Whatsapp.
Si bien, algunos ingenuos suelen ignorar información relevante que pueda malinformarlos -por ejemplo, que no estén interesados en política, y no pongan atención a anuncios o artículos relacionados-, otros pueden pensar que son críticos y apasionarse por diversos temas, pero sin la capacidad de interpretar o contrastar la información que reciben.
El ingenuo, al igual que el crítico, no sólo consume información , sino que también la comparte; con lo cual puede desinformar a más gente. Pueden existir casos en que un influencer pueda llegar a jugar el papel de ingenuo y compartir información falsa en redes, amplificando su alcance y desinformando a mucha gente sin tener la intención de ello. Supongamos, por ejemplo, que Chumel Torres recibe información sobre un desfalco que nunca ocurrió, e indignado, lo comente en sus redes; información que será dada como verdadera por muchos usuarios de Twitter.
6.- El ignorante (o anticuado)
http://www.dfiles.me/
El ignorante es aquel que básicamente no tiene acceso a la información porque no está familiarizado con Internet. Este grupo naturalmente está compuesto principalmente por personas mayores de edad.
El ignorante también puede jugar el papel de ingenuo o de crítico con respecto a la información que circula en Internet y le llega por medios externos. Por ejemplo, un pariente que le comente sobre cierta noticia que circula en Internet, y el ignorante, al ser una persona leída y cultivada, tenga la capacidad de darse cuenta que esa noticia es falsa.
Los ignorantes, al no estar conectados, no reciben beneficio alguno de Internet, y por tanto, se encuentran en desventaja frente a los demás. En muchos casos, esa desventaja se puede convertir en menos oportunidades profesionales, rezago, o incluso en cierta exclusión social (que todos los familiares estén conectados menos él).
Conclusión
Al darnos cuenta que tanto los recursos económicos, el talento, los roles de cada individuo en una sociedad, y la capacidad intelectual determinan la forma en que cada usuario consume los contenidos en Internet, entonces entendemos por qué tener tanta información en nuestras manos no se ha transformado en esa democratización que tantos esperábamos.
Más bien, Internet ha cambiado las reglas del juego. Y algo que ha quedado en evidencia, es que nuestras instituciones y nuestras formas de organización se han visto rebasadas por esa súbita cantidad de información que apareció en nuestras manos y que hace menos de dos décadas no teníamos.
Posiblemente el ascenso de la ultraderecha en Occidente tenga, entre muchas explicaciones, que aquellos que están más informados suelan ser más escépticos con sus gobiernos, haciendo menos atractivas las candidaturas con posturas cercanas al centro político -con lo cual algunos fueron disuadidos de votar-, en tanto que aquellas personas con menos educación y que son más proclives a ser engañados por medio de Internet (véase Estados Unidos y Brexit) vieron en candidatos populistas y demagogos una opción muy atractiva.
Estoy seguro que con el tiempo podremos saber utilizar Internet y todo el conocimiento que hay ahí de mejor forma, hay indicios de ello. Pero ya no podemos pensar a estas alturas del juego que Internet por sí sólo democratizará al globo terráqueo. Posiblemente fuimos muy idealistas, ahora es muy conveniente tomar una dosis de realidad, y empezar a trabajar desde ahí.
Y no lo tengo porque José, en este caso es una persona hipotética, que dicen, tiene una vida propia porque no está posteando información de su vida en las redes sociales.
Aunque en realidad no creo que postear acontecimientos en las redes sociales sea necesariamente reflejo de la falta de vida propia. Incluso ni siquiera se puede decir eso de quienes quieren llamar la atención.
En realidad conozco gente que cae en el exhibicionismo en las redes sociales, y no le hacen falta amigos y gente que los quieran. En muchos casos ciertamente puede haber una relación con algún problema de índole psicológico (alguna pérdida, algún problema) como los que la gran mayoría de los mortales tenemos.
Sí, me preocupa que mucha gente relacione su autoestima con lo que ve en las redes. Sobre todo por el sesgo cognitivo que produce la información posteada ahí, y que orilla a pensar a muchas personas que las vidas de los demás son mejores que las suyas. Las personas tienden a narrar su vida con base en acontecimientos agradables, y publican más bien poco de aquellos desagradables o que les hacen sufrir (que si los despidieron del trabajo, que si se pelearon, que si se sienten solos).
Pero ese es su problema. ¿Saben?
Y las redes sociales como Facebook fueron concebidas para eso, para que la gente interactúe y comparta sus momentos.
La gente no comparte necesariamente por exhibicionismo, muchas personas lo hacen simplemente por compartir sus acontencimientos con los demás y es válido. Si una persona bajó 10 kilos y lo quiere postear ¿cuál es el problema?
Y si lo hace en exceso, si realmente quiere llamar la atención porque tiene algún problema de autoestima, es muy su problema. Si es tu amigo tal vez podrías hablar con él. Si no lo es ¿cuál es tu problema?. Si te molesta, simplemente déjalo de seguir.
¿Y cuál es el problema con que las personas suban las fotografías de su nuevo bebé? ¿Y cuál es el problema con que suban la fotografía de su último maratón?
En realidad, habrá que preguntarse que hacen en las redes aquellos que no están de acuerdo con que sus amigos suban imágenes de la radiografía del bebé, el nuevo empleo o su crítica sobre algún asunto político. Ese es el propósito de las redes. Si es tu caso, tal vez lo más prudente es que cierres tu cuenta.
Porque no tiene sentido que estés usando un servicio del cual reniegas su dinámica.
Cierto, hay personas que publican contenidos hasta el cansancio, hay quienes comparten contenidos desagradables o deprimentes, o quienes son demasiado exhibicionistas. Tan fácil es como dejar de seguir a esas personas, o bien, bloquear sus contenidos sin dejarlos de seguir para no herir susceptibilidades. Tan fácil como eso. Si estás harto de que tal persona suba fotos de su comida o quiera llamar la atención, ahí están las funciones para dejar de ver sus contenidos.
¿Por qué?
Porque ellos tienen el derecho de usar su cuenta de Facebook como se les venga en gana. Aunque sea una persona lo suficientemente deprimida como para postear que tiene ganas de suicidarse.
Porque las políticas de Facebook no los obliga a dejar de publicar ciertos contenidos porque a ti no te gustan. De hecho Facebook tiene un algoritmo que hace que las publicaciones de los usuarios más relevantes para ti (es decir, las publicaciones con las que más interactúas) aparezcan con más frecuencia en tu muro, con el fin de que la información que aparezca ahí sea la que más te interesa ver.
Lo que quiere decir que posiblemente te molesta que tus amigos y gente con la que tienes algún tipo de relación (y no desconocidos que por alguna extraña razón los agregaste) publiquen cierto tipo de contenidos. Tal vez te molestan las frases como «No pain no gain» o «Es viernes y el cuerpo lo sabe» que un amigo tuyo posteó.
Y es que hay que entender a las redes sociales como una extensión (no sustituto) de la vida real. Aún tomando en cuenta el sesgo cognitivo al cual me referí (que la gente tiende a postear información agradable de sus vidas en detrimento de la desagradable), la gente refleja mucho de quien es en sus redes.
Y se sobreentiende que tú tienes amigos con los cuales tienes muchas cosas en común. Y por ello interactúas con sus publicaciones.
Pero si estás en Facebook y esos contenidos te generan alguna molestia, posiblemente existan otras razones que no quieres aceptar.
Posiblemente tú como José, te sientas sólo.
Posiblemente tú como José, te sientas mal al ver los bebés de tus amigos mientras que tú ni novia tienes. O posiblemente te molesten los viajes de tus amigos cuando tú siquiera has salido del país porque tu sueldo es lo suficientemente miserable (producto de tu mediocridad profesional) como para irte de viaje.
O posiblemente a ti, como a José, te moleste ver a tus amigos correr maratones cuando tú ni tienes el hábito de salir a trotar.
¿O entonces por qué te causa tanto conflicto?
José no es tan inteligente como pensabas que era, te han mentido.
Si Facebook quiere ser una empresa global deberá ser «menos estadounidense». Esta empresa tiene la intención de llevar Internet gratuito mediante un satélite propio a África y demás lugares donde la pobreza abunda. Para Facebook, colocar la bandera de Francia y no la de Siria o Líbano pudo ser un error, en este entendido de que pretende ser una empresa global. Pero eso es problema de Facebook.
En las redes veo algo parecido a una campaña de linchamiento contra aquellos que han decidido colocarse esa bandera, o bien, decidieron solidarizarse de alguna forma con Francia.
Para algunos, como requisito para solidarizarte con los parisinos muertos, debiste haberlo hecho antes (con pruebas de que lo hiciste en redes) con México, con Siria, con Iraq, con Palestina y con Líbano; si así no lo hiciste, es que eres un «hipócrita, doble moral». Aunque muchas de esas personas ni siquiera lo han hecho con dichas naciones.
Incluso algunos critican la solidaridad con Francia porque no han sufrido tanto como México, al punto de minimizar su sufrimiento y burlarse de él:
Esas mismas personas, en su mayoría, estaban agradecidas cuando los franceses mostraron su apoyo cuando ocurrió la tragedia de Ayotzinapa. Agradecer la solidaridad de otra nación y criticar el acto de reciprocidad, perdónenme, pero ese sí es un acto hipócrita y de doble moral. No sólo eso, es un acto egoísta.
Incluso algunos tuvieron la desfachatez de reclamar por qué Facebook no colocó la bandera de México el año pasado, cuando hace un año la red social no tenía la costumbre de hacer ese tipo de dinámicas.
Otros negaron su solidaridad argumentando que «Occidente se lo tenía merecido». Si bien, ciertamente, los países occidentales no han tratado muy bien a estos pueblos árabes (sobre todo los más deprimidos) e incluso se puede decir que el Estado Islámico no se puede entender sin la intervención de occidente en Iraq (de hecho, los grupos radicales se alimentan de los agravios occidentales para construir sus discursos bélicos), las víctimas de Francia nada tienen que ver con las decisiones que han tomado sus gobernantes (las cuales el pueblo occidental suele no aplaudir).
Esperar que la gente se indigne con la misma intensidad ante cualquier evento del mundo es algo ingenuo. Los individuos tenemos una tendencia a indignarnos más con aquello con que nos sentimos más identificados, incluso se puede interpretar como un acto supervivencia porque nos coloca en estado de alerta. Para un mexicano representa un mayor riesgo (aunque sea mínimo) un atentado de un terrorista islámico en Francia que en Siria, porque Francia está culturalmente más cerca de México. Las repercusiones de un conflicto bélico en Oriente son menores a las que puede tener un conflicto occidental.
¿Recuerdas que los sirios o los árabes se indignaran por Ayotzinapa como lo hicieron los europeos? No lo hicieron ¿verdad?. Y no recuerdo que la gente se haya indignado por eso. Es natural, porque los sirios se sienten identificados con otras culturas antes que la nuestra; y porque muy probablemente ni siquiera se enteraron de lo ocurrido.
De la misma forma, un cristiano tenderá a solidarizarse más con los cristianos, un vegano se escandalizará más si a otro vegano le han coartado sus derechos. Es una simple condición humana.
Pero eso no quiere decir que no tengamos la capacidad de solidarizarnos con los sirios o los libaneses. Ciertamente los medios occidentales tenderán a difundir y dar prioridad a lo que ocurre en Occidente (y sí, a veces por interés) y eso hace que quienes vivimos en esta área geográfica recibamos menos información de lo que ocurre en esas latitudes; esto aunado la inseguridad de esos países, donde es más difícil llevar a cabo una cobertura noticiosa como se puede hacer en los países occidentales.
Imagina que en una pequeña sala de cine reúno a 50 amigos tuyos, diferentes entre sí (algunos conservadores, otros liberales, algunos otros hipsters, empresarios, de izquierda) y coloco un video de los bombardeos en Siria y algunos otros sobre como asesinan niños cristianos. ¿Sabes que va a pasar?
Algunos van a salir llorando, alguno que otro amigo tuyo vomitará, otros saldrán indignados y posiblemente lleguen a sus casas a compartir en las redes videos para que todo el mundo se entere. Mientras eso ocurriría acá, en el Estado Islámico sus miembros festejan cuando sus pares asesinan víctimas inocentes occidentales.
Y todavía hay quienes quieren ponerlos a la par. – Ay, es que los del Estado Islámico son víctimas de Occidente, ojo por ojo, diente por diente. – Quien atenta contra una vida de algún inocente, deja inmediatamente de llamarse víctima, aunque haya sufrido un agravio anterior.
Yo recuerdo que durante la guerra de Iraq, en México transmitieron imágenes crudas (pero lo suficientemente tolerables para ser transmitidos por televisión abierta) que no se transmitían en Estados Unidos. Recuerdo bien que los mexicanos nos indignamos, y criticamos al gobierno y ejército de Estados Unidos. Es más, gran parte de la impopularidad del gobierno de Bush en Occidente se debe a la intervención en ese país, y las fotos donde soldados estadounidenses maltrataban a iraquíes causaron una gran indignación. Es decir, los occidentales nos solidarizamos con los orientales (con esos que algunos dicen que «nos valen madre») debido al abuso de sus pares occidentales. Eso no es algo que vayas a ver algún día en el Estado Islámico.
De hecho, los atentados en París han hecho que la gente se preocupe más por lo que está ocurriendo en Siria.
Por eso es que no entiendo que haya personas se indignen más porque algunos coloquen en su avatar la bandera de Francia; e incluso cuestionen a gobiernos locales de nuestro país por iluminar monumentos con los colores de la bandera de ese país. – ¿Dónde está la bandera de Siria, dónde está?
No entiendo como algunas personas pueden pasar por alto el sufrimiento de los demás por ideologías, por querer llevar la contraria, o bien, por querer imponer un falso aire de superioridad, y se limitan a criticar a quienes nos solidarizamos con los franceses, quienes el año pasado se solidarizaron con nosotros.
Las redes sociales parecen haber creado (o más bien crearon) un mundo virtual. No es un mundo propiamente paralelo, más bien podría considerarse como complementario porque lo que sucede ahí tiene cierta repercusión en el mundo real. Las redes pueden deprimir personas al punto de llevarlas al borde del suicidio, pueden lograr que un producto lanzado al mercado sea exitoso o (por el contrario) que una marca termine deteriorándose, o bien, incluso pueden llegar a derribar políticos o hasta a un gobierno entero. Pero si bien las redes son un complemento, la dinámica en la que entran los participantes no es exactamente igual a la que juegan en el mundo real.
¿Por qué no es igual? Porque la arquitectura de las redes hace que las personas se comporten de alguna u otra forma, de hecho la dinámica no es igual entre las distintas redes sociales. Facebook parece ser una extensión virtual de la relación de una persona con sus círculos cercanos. Twitter más bien parece ser una red orientada al intercambio de opiniones e información (aunque con ciertas limitaciones, una puede hacer lo que hace otra).
Facebook ayuda a la gente a «estar conectada» con sus seres queridos, esta red (junto con los servicios de mensajería instantánea) ha desplazado al teléfono como principal medio de comunicación con los cercanos. El usuario puede saber que es lo que están haciendo sus amigos, puede estar al tanto de lo que hacen los demás y sentirse en contacto. Esta tecnología tiene muchos aspectos positivos, como también algunos negativos (como crear una narrativa de vida idealmente sesgada que puede hacer creer a otra persona que los demás tienen una vida más interesante que la propia, tratar de equiparar una relación o lazo en la red a uno personal, o bien, usar esta red para evadir o tergiversar el mundo real).
Mientras en Facebook por razones obvias, los usuarios tienden a mantener la compostura de forma parecida a la que tomarían en la vida real (se trata de amigos y seres queridos reales), en Twitter la cuestión es diferente: No existe esa necesidad, y como no existe, los usuarios tienden a tomar posturas más intolerantes frente a ciertos temas.
Algunos usuarios o personalidades se llegan a preguntar por qué ocurre este fenómeno. – ¿Por qué en redes como Twitter o foros de discusión la gente toma una postura muy agresiva? Personajes como Enrique Krauze intentan relacionar esto con una democracia incipiente y una sociedad que no ha terminado de madurar; puede haber una relación pero no lo explica todo, en tanto en cierta medida y con sus particularidades esto ocurre en diferentes latitudes del mundo.
La explicación más obvia es que muchas de las personas con las que interactuamos no son personas con las que tenemos alguna relación cercana. Cuando discutimos con gente que queremos buscamos guardar las formas y llegamos a la conclusión de que vale más la pena conservar una amistad que ganar una discusión de un tema que no es muy relevante. Podemos ganar poco, y a cambio podemos perder mucho.
En cambio en las redes como Twitter los usuarios no perdemos nada a la hora de tratar de «humillar al rival». Podemos difamar a alguien, decirle de lo que se va a morir y la consecuencia más extrema sería recibir una sanción por parte de la red social (claro, exceptuando gobernadores autoritarios que son capaces de llevarlo a otra dimensión). Se trata de defender nuestra postura, y no sólo eso, sino de exhibirla tal cual es como no lo haríamos con nuestros seres queridos. Si el tío es «conservador» o es un «chairo» procuraremos no discutir, o si accedemos a la discusión, trataremos de no llegar a los insultos y buscaremos cerrar el debate de forma cordial.
Pero siendo sinceros, cuando eso ocurre, el pleito continúa latente en nuestra mente. Muchas veces la discusión desgarradora de ideas sigue en nuestra cabeza cuando el tío no está o cuando hemos dado por concluido el tema. Ese hábito más que ser una postura hipócrita es un acto de tolerancia e inteligencia emocional. Pero en las redes, al no tener nada que perder, insisto, el usuario asume que no hay necesidad de guardarse nada. Incluso es capaz de proyectar en las otras personas a esos seres queridos a los cuales por prudencia no les mienta la madre, debido a sus diferencias ideológicas, políticas, religiosas, o ve tú a saber que.
Muchas personas que son agresivas en las redes, en la vida real pueden ser muy tranquilos e incluso inseguros con dificultad para expresar sus sentimientos.
Dentro de las redes como Twitter no hay lazos afectivos con la mayoría de las personas con las que se interactúa. Uno no puede lamentar romper un lazo que no existió. Tampoco hay necesariamente un interés en esa relación, ni afectivo, ni económico ni de interés. Vaya que una discusión con un anónimo no corre el riesgo siquiera de llegar a los golpes. Además el juicio que hacemos de los demás usuarios tiende a ser muy apresurado (efecto halo) y nos asignamos atributos y características a una persona solamente por su forma de pensar (y en la mayoría de los casos, con respecto a un tema específico).
Las redes sociales como Twitter o los foros de discusión no tienen el propósito de crear lazos afectivos entre las distintas personas, no son Facebook (que más bien busca consolidarlas) ni mucho menos Tinder. Esas redes buscan generar discusión, es su propósito. Habrá quienes discutan de forma moderada y respetuosa, pero los que no lo hacen (independientemente de si pudieran tener problemas de personalidad, psicológicos o de autoestima), no tienen barreras que les impidan ser agresivos.
No es que la gente «cambie» o se haga «más buena» o «más mala»; es que la gente se comporta de forma diferente de acuerdo el entorno en el que está. Así como un mexicano puede ir a Estados Unidos y respetar las leyes que aquí jamás respetaría, en las redes sociales tendría comportamientos que no manifiesta cuando interactúa con otras personas en la vida real. Los seres humanos jugamos distintos roles (con amigos, familiares) y las redes sociales solo vinieron a crear nuevos roles, porque el individuo sigue siendo el mismo.
Cuando entré al Tinder por primera vez (hace un día), pensé que me encontraría a muchas mujeres denotando poca suerte en el amor, la apariencia las delataría a pesar de las fotos retocadas y las poses ensayadas repetitivamente hasta encontrar alguna que se acerque aunque sea un poco al concepto de mujer atractiva (sería buena idea sacar una cuenta de «mujer» para poder analizar también a los hombres que se «ofertan» en esa red social). En realidad no fue así, muchas de las mujeres que aparecen en esa red social son atractivas, y algunas amigas que conozco y que considero atractivas o que al menos no catalogo como «ineptas en el amor» aparecen ahí mostrando algunas fotos y una breve descripción de quienes son.
Muchos asumen que quienes usan este tipo de aplicaciones para buscar pareja son personas que pueden estar frustradas sentimentalmente, y ante su ineptitud para socializar o conquistar a mujeres de sus círculos cercanos, buscan hacerlo en el exterior. Pero Tinder (o al menos dentro de esta red social) nos ha enseñado que de alguna manera esa proposición es falsa.
En realidad hay muchas razones por las que una persona usaría la aplicación. Posiblemente una mujer quiere conocer un hombre fuera de los círculos que frecuenta, posiblemente un hombre atractivo no ha conocido mujeres últimamente por diversas razones (ha tenido mucho trabajo, frecuenta a los amigos de siempre), puede ser que el usuario perciba esta aplicación como una aventura (quiere conocer alguna mujer extravagante), o puede ser que un hombre quiera tener sexo casual con una persona lejana a sus círculos de influencia; o bien, se puede tratar de una persona que es nueva en la ciudad que quiere conocer gente.
Pero no sólo podemos juzgar por las fotografías. Si bien por selección natural; por más atractiva, inteligente o socialmente apta sea una persona, más posibilidades tendrá de estar sentimentalmente satisfecha, no implica que una persona de tales características deba tener éxito en las relaciones sentimentales en absolutamente todos los casos.
La dinámica del Tinder me hizo pensar en que a veces tenemos ideas preconcebidas sobre las demás personas. Los seres humanos tendemos a dar más importancia a las disposiciones personales del individuo a la hora de explicar un comportamiento que a los motivos externos, o el entorno en el que el individuo se encuentra. Si conocemos a una persona amable a la cual llamaremos Carlos, diremos que «Carlos es una persona amable». Pero después la hermana de Carlos nos dirá que lo último que tiene su hermano es amabilidad. En realidad no hay contradicción alguna, simplemente Carlos se comporta de tal forma dependiendo del entorno en el que se encuentra; pero los humanos tenemos esta disposición (llamada Error Fundamental de Atribución) y la tenemos por una razón, y es que sería muy desgastante para nuestro cerebro tener que describir a la gente de formas diferentes según el contexto (decir: «Carlos es amable conmigo, pero es agresivo con su familia e indiferente con sus colegas», en vez de decir solamente que Carlos es amable).
Es natural que en el Tinder, la tendencia sea que los usuarios muestren las fotos más favorables para así crear una percepción favorablemente sesgada donde se resaltan los atributos al tiempo en que se minimizan los defectos. Basta ver el orden de las fotografías, la fotografía de portada (que es la que aparece cuando comienzas a barajear candidatas) casi siempre es la más favorable, incluso ésta puede llegar a contrastar con las demás. Los usuarios (asumiendo inconscientemente el EFA) tratarán de crear una narrativa (mediante fotos y textos) que genere atracción en las demás personas. Si el usuario no tiene éxito es por una de dos cosas (o las dos cosas al mismo tiempo): La primera, que la estrategia no es la adecuada, y la segunda que no eres una persona físicamente atractiva (el Tinder por su naturaleza prioriza las cualidades físicas sobre las intelectuales, así que si tu sabiduría o la labia te hace atractivo ante las mujeres, no te frustres si no obtienes los mismos resultados que la vida real).
Las redes sociales han cambiado la forma en que interactuamos, no es un avance que sea intrínsecamente bueno o necesariamente malo (como arguyen algunos escépticos), más bien implica cierto cambio en el contexto en el que el ser humano se desenvuelve; pero por la naturaleza de estas tecnologías los usuarios tratan de mostrar (a menos que estén lo suficientemente deprimidos como para explayarse en sus redes sociales) su mejor cara, sus viajes, sus momentos felices (por eso es que a veces redes como Facebook pueden generar cierta depresión en algunas personas porque asumen que la vida de los demás es mejor que la suya, aunque no sea necesariamente cierto), aunque naturalmente en algunos momentos nos acostumbraremos a esa realidad y por consecuencia asumiremos que las personas tenderán a ser un tanto menos felices de lo que aparentan en redes sociales.
Sé que ya alguna vez he tocado el tema, pero creo que es oportuno volverlo a hacer porque en lo personal me preocupa que la gente tome como verdadera cualquier nota o texto que vea en las redes y no se moleste siquiera en revisar su fuente (ah, pero Televisa te idiotiza). Creo que este vicio es algo así como el «Si lo dijo Jacobo, es que es verdad» en versión digital, o hasta peor. Cualquier persona puede emitir una nota para confundir a la gente, y en muchos casos la puede viralizar (a veces afortunadamente hay algún escéptico que sí hace la chamba y hace lo posible por aclarar lo que realmente sucede).
Me imagino que muchos de ustedes terminaron la universidad y elaboraron una tesis. Que el sinodal te obligara a citar la fuente de cada referencia no era algo absurdo e innecesario, lo básico en cada investigación es asegurarse de que la información que se use como respaldo sea verdadera y la fuente emisora tenga la suficiente reputación como para que dicha información sea creíble (como hipótesis, teoría, ley o como un evento ocurrido). Lo que le quieren dar al estudiante es generarle cierto criterio a la hora de seleccionar la información. Esa es un práctica que no sólo se debería de usar con las tesis y las investigaciones, sino a la hora de recibir información tanto por las redes como por los medios de comunicación.
En Facebook apareció un «juego» donde el usuario coloca su nombre y una página web le dice cual es su significado, de tal forma que el resultado lo comparte en ésta red social y lo presume a los demás. Cualquier persona con ciertos conocimientos (no avanzados) en programación puede hacer algo así; en realidad la programación es simple y ese simplismo denota la poca veracidad de ese juego (parte la cadena de la variable que tiene tu nombre en dos y le asigna un valor guardado en una base de datos, o en otra cadena). Pero la mayoría de los usuarios no son programadores, cierto, y tal vez no pueden lograr entender el contexto como yo lo puedo hacer; pero hay otras formas mucho más fáciles, no necesitan siquiera buscar fuentes y tiene que ver más con el sentido común y con un poquito de cultura.
Primero: ¿Cómo puedes estar seguro de que cualquier página donde el formulario que te pide ingresar tu nombre está rodeado de publicidad, te va a arrojar la información correcta sin siquiera mostrar un link o enlace a una fuente de donde obtuvieron la información para desarrollar ese programa? ¿Cómo puedes estar seguro de la veracidad de la información de una página que por sus características hizo cualquier persona y no hay nadie, ni una empresa, ni un académico ni una fuente ni nadie respaldándolo? Este juego se ha viralizado tanto (no entiendo por qué) que seguramente viste a varios de tus amigos hacerlo (y de hecho si lo hiciste, fue porque alguien más lo hizo) ¿No te percataste de que las respuestas son casi iguales para todos? ¿O creerás que todos los nombres propios significan lo mismo?
Este juego parte a la mitad todos los nombres para darle un supuesto origen etimológico (casi todos son «guerrero valiente», «caballero leal») ¿De verdad no tienes sospecha alguna? O asumes que todos los nombres son siempre una fusión de dos términos, no uno, ni tres; que Roberto proviene de «Rob y Erto», que Francisco proviene de «Fran» y «Cisco», y que el primer término es siempre es un sustantivo y el segundo término es un predicado ¡Por Favor! Por un ejemplo, el apellido «Godínez» se dice que proviene de «Godino», nombre muy utilizado por los Godos. Pero según este juego, su origen es árabe y significa ¡adivinen!: ¡Guerrero valiente! Es más, puedo poner «pendejo» o «lambiscón» y me va a dar su origen etimológico. Pero la gente se lo creyó lo suficiente que se viralizó.
¿Mi nombre es griego? Oralee, yo estaba seguro que su origen era germánico: Alberto. Visto en Facebook.
Si la gente no tiene la mínima capacidad (o más bien no quiere tenerla, porque no creo que estemos hablando de retrasados mentales) para molestarse en verificar la fuente de la información que consume, entonces estamos en un problema. Hace un año, se crearon portales web falsos para desinformar a la población con respecto a notas políticas. Los portales estaban muy mal hechos y casi no tenían nada de información. Algunos tomaban el nombre de un diario conocido (por un decir reformadiario.com) y ni siquiera se molestaban en emular el sitio original, la gente se lo creía, los contenidos se viralizaban. -Ay Cerebro, claro que mañana va a llover chocolate, si lo dijo el Reforma.
La misma historia ocurre con las cadenas de Whatsapp (algunas amenazan con comenzar a cobrar el servicio de esta aplicación de mensajería), basta con colocar encabezados como «apareció en CNN» o «lo vi en el Reforma» (sin ningún enlace de referencia) para que la gente se lo crea.
Si creías que gracias al Internet y las redes sociales, estamos liberados de quienes nos quieren desinformar y manipular, posiblemente estabas muy equivocado.