La presidencia ha cambiado de forma radical en tan solo unos días. La mayoría de los mexicanos, ante un estado de las cosas del cual estaba muy inconforme y harto, querían un cambio radical, un giro de 180 grados.
AMLO ya se los dio, al menos en lo simbólico que es lo único que el actual presidente puede ofrecer, porque lo otro, en caso de que llegue, va a tardar más en llegar. En los símbolos, en las formas y en la narrativa, el cambio es muy palpable.
Pasamos de un presidente ausente, que no salía de espacios muy controlados (nunca salió ante un público abierto más que en las dos primeras ceremonias del Grito de la Independencia), que daba pocas entrevistas y que parecía esconderse en un refugio desde el cual gobernar, a uno muy presente (tal vez en exceso) que se rodea de la gente, del pueblo, que da discursos largos, que da conferencias mañaneras.
Pasamos de un presidente muy odiado, que se fue siendo aprobado por menos del 25% de la población, a uno que llega con índices de aprobación cerca del 70%. Peña Nieto no se atrevía a salir a la calle porque sabía que no era querido. López Obrador, en cambio, toma vuelos comerciales confiado, excesivamente, en que el pueblo lo va a cuidar. Mientras que Peña Nieto se cuidaba del pueblo, AMLO dice deberse al pueblo.
También vemos un contraste entre el derrochamiento y la ostentación de Peña Nieto y su familia: de ropa fina, de tatuadores de Hollywood que iban a Los Pinos a hacerles un tatuaje bien pinche a las hijas a uno que abre las puertas de Los Pinos para que la prole pueda entrar al cuarto donde habitaba Paulina Peña. Vemos, al menos en lo simbólico, el cambio de una presidencia ensimismada a una que se dice que no se pertenece ya, porque pertenece al pueblo.
El ambiente que se percibe afuera es muy diferente. Hasta hace pocos días, había una suerte consenso de hartazgo y casi hasta de encono hacia lo político. Ahora el sentimiento predominante en un gran sector de la población es la esperanza y la algarabía, otro sector vive dentro de la incertidumbre (por una parte le gusta el cambio, pero también guarda cierto recelo y escepticismo) y otro, más pequeño, pero significante, que tiene miedo de forma abierta. En pocos días, la dinámica social en torno a lo político ha cambiado de forma drástica.
Pero, al final, AMLO sabe que lo simbólico sirve para darle legitimidad y margen de tiempo para mostrar resultados tangibles, porque serán esos resultados con los que la historia haga el juicio sobre él.
Pero en tanto, la oposición (política y civil) deberá buscar apelar también a lo simbólico. De lo contrario, se encontrará en franca desventaja ante este alud llamado López Obrador.
El tiempo pasa rápido, pareciera que fue ayer cuando Peña Nieto había llegado al poder y que sabíamos faltaban seis largos años donde podían ocurrir un montón de cosas desagradables (predicción que no fue muy lejana a la realidad). Pero, conforme uno crece, parece que el tiempo avanza de forma cada vez más acelerada. Ya estamos viendo los últimos días del peñanietismo, de un presidente que no se ha ido formalmente pero que, al parecer, con las cámaras en manos de MORENA y su alejamiento de los reflectores, en la práctica ya ha dejado el poder.
En pocos días se va un presidente que se despide con una popularidad que se encuentra por los suelos, cuyo desempeño fue diametralmente opuesto al que tuvo como candidato, donde gracias a su figura y a la construcción que se hizo de él como personaje de telenovelas, logró acaparar muchos votos.
La de Enrique Peña Nieto fue una candidatura que se fue construyendo desde años antes con el fin de que el PRI regresara al poder y tal vez se mantuviera ahí por mucho tiempo. Muchos advertíamos años antes de las elecciones de 2012 que él sería el siguiente presidente, para que con la ayuda de su personaje y de las estructuras del partido, regresaran casi sin problemas, a pesar de las manifestaciones que ocurrieron en su contra, del surgimiento del movimiento #YoSoy132 que ciertamente redujo la distancia que tenía con el ahora presidente electo Andrés Manuel López Obrador; aunque tampoco lo suficiente como para poner su victoria en entredicho, la cual ciertamente estuvo plagada de muchas irregularidades, sobre todo lo que tiene que ver con la compra de votos.
Pero no es lo mismo ser un candidato que gobernar: fue tan buen candidato como fue mediocre presidente. El de Atlacomulco incluso llegó generando ciertas expectativas con el Pacto por México, pero después se desinfló, en gran medida producto de sus errores y, sobre todo, por los escándalos de corrupción en los que estuvo involucrado.
Pero no solo eso, durante todo este tiempo vimos a un presidente que parecía estar ausente, que no parecía ejercer ninguna suerte de liderazgo. No vimos nunca a alguien que se pusiera a la altura de su cargo, sino a alguien más bien reactivo ante las circunstancias (y si es que reaccionaba, porque recordemos los tantos días que tardó en dar una declaración alguna sobre la masacre de Ayotzinapa).
Para la mala fortuna de Peña Nieto, él será recordado más bien por sus tropiezos, por sus errores tragicómicos que dieron vasto material para crear memes y parodias. Posiblemente Peña sea más recordado por el «infraestructochur», por los libros cuyos títulos no recordaba, por «la cogida», por la frivolidad de él y su familia, por la Casa Blanca o por su tesis falsificada que por ser el artífice de unas reformas que, en muchos de los casos, tuvieron problemas en su implementación. Peña quiso convertirse en el presidente transformador, pero su falta de liderazgo y presencia, su involucramiento en actos de corrupción o su displicencia ante la masacre de Ayotzinapa destruyeron todas sus pretensiones.
Una vez que has perdido la confianza de los ciudadanos, una vez que ya se han hecho una idea de ti (sobre todo cuando esta es negativa) ya no hay mucho qué hacer. En todo este sexenio, Peña Nieto nunca fue capaz de presentarse ante públicos masivos, con excepción de las primeras ceremonias del Grito de Independencia (ya que las subsiguientes, debido a su escasa popularidad, tuvieron que ser rellenadas con acarreados del Estado de México), incluso parece que vivió todo este tiempo dentro de una burbuja donde solo tenía contacto con sus asesores y su equipo de comunicación que sugerían que se subiera a Twitter una foto con las calcetas para «aclarar el asunto del #Calcetagate».
Construyeron a Peña para traer al PRI de regreso, pero, a pesar de que lo lograron, ahora el PRI está casi muerto. Peña fue una muy buena inversión a corto plazo, pero una bastante peor a largo plazo. Desde luego varias personas se enriquecieron dentro de su mandato, pero muchas de ellas (excepto las que hayan saltado a MORENA) ya no podrán seguirlo haciendo más.
Así se va un presidente que seguramente, al terminar su mandato, desaparecerá del foco público, incluso anunció que dejará la política. Difícilmente tendrá un papel activo como lo tiene Vicente Fox (con todas sus ocurrencias) y ni siquiera como Felipe Calderón que ha mantenido un perfil relativamente bajo pero sin desaparecer de la escena. Tal vez porque, a diferencia de ellos dos, nadie se siente representado por Peña Nieto, nunca ejerció alguna forma de liderazgo, nunca inspiró a nadie.
Adiós Peña Nieto, siento decirte que no, nadie te extrañará. Posiblemente ni los que comparen el régimen de AMLO con el tuyo si es que las cosas se ponen mal.
Aunque no lo parezca a ojos de muchos, los presidentes suelen preocuparse por el juicio que la historia hará de ellos. Ya una vez fuera del poder, les importa que se les recuerde de la mejor forma, que allá en la calle se diga que fue un buen Presidente de la República, o al menos, uno decente.
Para un presidente, el juicio de la historia adquiere una connotación más personal porque ésta puede influir en el concepto que tiene de sí mismo; la presidencia es el punto más alto del sujeto en cuestión, un punto al que solo uno de cada más de cien millones de mexicanos tiene el privilegio de llegar. No creo, en lo particular, que un presidente termine de sentirse contento cuando en la calle es recordado como un inepto, un cobarde o un bufón, y menos aún si este juicio llega a adquirir tintes míticos.
El juicio de la historia, a diferencia de casi todo lo demás, no se puede comprar. Menos en un país donde ya existe cierta libertad de expresión y donde la discusión pública ya no puede ser controlada por los órganos de gobierno, menos aún cuando ya no se está en el poder. Si el juicio de la historia es negativo, el Presidente podrá, a lo sumo, contentarse con el hecho de que una minúscula porción de la población lo consideró un buen presidente, pero no podrá engañarse cuando el juicio abarca a la mayoría de la población.
Y por supuesto que Peña Nieto no es ajeno a esta preocupación. De hecho, una vez que López Obrador ganó la elección, su actuar ha ido en función de intentar, hasta donde le sea posible, que el juicio histórico no sea tan implacable con él. Seguramente este es uno de los motivos que motivó a Peña Nieto a fomentar una tersa transición entre su presidencia y la de AMLO. Seguramente Peña Nieto piensa que al facilitarle todo al Presidente Electo, quien en estos momentos goza de una gran popularidad, podría reducir un poco sus negativos. Las palabras de AMLO agradeciendo a Peña Nieto por no meterse en el proceso electoral, como si eso lo hiciera un gran demócrata, caen muy bien al mexiquense. Los seguidores de AMLO podrían pensar que «al menos Peña no estorbó, no puso el pie, tuvo la voluntad política de permitir que llegara AMLO a hacer el cambio que México necesita».
Los spots del sexto informe también van en este sentido. No falta a la verdad Diego Petersen cuando dice que, con excepción de Zedillo, todos los presidentes han llegado desgastados a su último informe. Pero, aún con este desgaste, los otros mandatarios al menos podían darse el lujo de presumir un bono de aprobación decente. Felipe Calderón al menos podía sentirse querido por la mitad de la población, y si bien hay fantasmas que caen sobre su administración, sobre todo la de la guerra contra el narco, no hubo un juicio implacable de la historia en su contra. Incluso la presencia de Peña Nieto en la arena política matizó un poco el concepto en el que lo tenían sus adversarios.
A pesar de ese desgaste, tal vez ni Calderón o Fox estaban tan preocupados por el juicio de la historia porque sabían que ésta al menos iba a compadecerse con ellos; que si bien no todos, varios mexicanos sí iban a reconocer sus aciertos. Pero Peña Nieto sabe que el juicio de la historia no tendrá piedad sobre él, que ni las reformas son razón suficiente para atenuar ese halo de indignación que se formó hacia su persona por los casos de corrupción, por los conflictos de interés, por las olas de inseguridad, y por la debilidad constante de su mandato.
Por eso no le queda de otra que utilizar el aparato de propaganda del gobierno por medio de spots que se repiten una y otra vez para convencernos de que no fue un presidente tan malo. En ellos toca alguno de los temas más complicados, pide disculpas pero no perdón. Para él, todo fue un problema de imprudencia y comunicación, no de falta de honorabilidad ni de engaño: «cuando invité a Trump subestimé el encono de la gente», «me equivoqué al decirle a mi esposa que ella diera la cara con respecto a la casa blanca, debí hacerlo yo, pero no hubo nada ilegal ni hubo nada malo». Cree que las formas bastan, cree que una cara de arrepentimiento es suficiente cuando no está dispuesto a reconocer sus errores y agravios más profundos.
Pero esta «campaña» para ganarse a «la historia» es inocua, no tiene fondo, y se ve fácilmente rebasada por otros escándalos producto de su gestión, como la liberación de Elba Esther Gordillo; e incluso se ve rebasada por actos tan frívolos como la invitación que las hijas de Peña Nieto hicieron a Los Pinos al tatuador más importante de Hollywood.
Parece que Peña Nieto no se ha dado cuenta de que desde hace algunos años su palabra ya no tiene valor alguno y que no podrá hacer nada en contra del juicio de la historia, con el cual tan solo disentirán los priístas de hueso colorado.
La victoria de López Obrador se dio de una forma muy tersa y tranquila. José Antonio Meade ni siquiera se esperó al conteo rápido para, en una actitud democrática y ejemplar, reconocer el triunfo de López Obrador. Lo mismo ocurrió con Ricardo Anaya y El Bronco. Muchos líderes de diversos sectores sociales y empresariales (incluidos varios opositores) le desearon suerte y mostraron una actitud de cooperación. Pocos minutos después del cierre de las casillas ya todo se había acabado: la presidencia estaba definida. Por fin, a pesar de los cuestionamientos sobre el INE y el Tribunal Federal Electoral, habíamos tenido unas elecciones que no estuvieron plagadas de irregularidades, dudas o descalificaciones.
Pero ese acto de institucionalidad no solo se vio en los candidatos opositores, sino en el propio Andrés Manuel. A pesar de que Meade y Anaya ya había reconocido su victoria, López Obrador se esperó al conteo rápido para salir y celebrar su victoria. López Obrador dio un discurso conciliatorio que buscó reducir la incertidumbre y sanar la natural oposición ocasionada por la campaña electoral. No sólo eso, dos días después se reunió con Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional para preparar la transición. Los primeros actos de López Obrador como virtual Presidente Electo estuvieron muy lejos del personaje rijoso que se le recuerda.
Por su parte, el papel de la comentocracia y de diversos sectores que siempre habían guardado cierto escepticismo hacia López Obrador es uno que incluye la disposición a cooperar y donde legitiman al próximo Presidente de la República. Tan sólo los más rijosos y extremistas han mantenido una postura adversa hacia el candidato.
Todas las partes han entendido que no es conveniente comenzar un mandato con resentimientos y sin puentes de diálogo. Si bien, no sabemos cómo será la relación entre AMLO y los demás sectores, es una muy buena noticia ver la postura que mantienen las diferentes partes en los primeros días de López Obrador como Presidente Electo. ¿Podrá mantenerse esta actitud conciliadora? ¿Habrá algún momento en el que comiencen las divisiones y las descalificaciones? No lo sé, pero lo cierto es que es más probable que no existan puentes de diálogo si desde un inicio no existen, lo cual no es el caso.
Es completamente natural y entendible la incertidumbre que genera que algún presidente tenga “el carro completo” en las cámaras. Pero que ambas partes se reconozcan me parece muy sano con el fin de generar gobernabilidad. Es muy sano que AMLO se reúna con Peña Nieto, también que dialogue con el Consejo Coordinador Empresarial, o que la Coparmex afirme que será un aliado de AMLO para combatir la corrupción. Eso no implica que tengan que ser críticos o incluso funjan como férreos opositores cuando Andrés Manuel haga más las cosas, pero partir de tabla rasa, donde se dejen del lado rencillas y diferencias, me parece un acierto de ambas partes.
El resultado puede no gustar y hasta preocupar a muchos. Pero al final, en una democracia lo que cuenta es la voluntad de los mexicanos que eligieron a López Obrador como su presidente. Esa es la realidad y, a partir de ahí, es que se debe trabajar, cada ciudadano, sector o político desde su trinchera, para sacar adelante a este país llamado México.
Ahí, en alguna sala de Los Pinos, en un día nublado que no permite al sol llevar sus rayos ante el recinto donde se encuentra, sentado en una de esas sillas donde también se han postrado varios mandatarios, Peña Nieto reflexiona:
– ¿Por qué, a pesar de las reformas que yo he impulsado la gente no me quiere?
Peña Nieto, a sabiendas de que en un año terminará su mandato, está más preocupado que nunca por el juicio que hará de él la historia. Le da un sorbo a su vaso de Coca Cola Light (esa que toma todos los días), y preocupado, comienza a reflexionar:
¿Qué dirá la gente de mí en algunos años? ¿Cómo seré visto? ¿Madurarán las reformas que yo implementé y la gente dirá «ah, cuánto estábamos equivocados sobre él, si fue un buen presidente»? Peña Nieto apuesta a las reformas, no tiene nada más. Son, considera él, su salvación.
De todo lo demás busca excusas. Cree que su mala fama no es producto de sus errores sino producto de factores exógenos.
– Mira lo que está pasando en todo el mundo, el desencanto de la ciudadanía con los políticos es un «fenómeno mundial, no es mi culpa. Y atribuyo esto a la desinformación que hay en las redes sociales. La población tiene un concepto muy equivocado de mi presidencia, básicamente porque está desinformada y está manipulada.
En eso, llega al recinto uno de sus asistentes para decirle que en un rato se filmarán los videos promocionales del Informe de Gobierno. Le avisa que el presupuesto para la comunicación tuvo que volver a subir en detrimento del presupuesto de otras secretarías y programas:
– Nada más no logramos cambiar su imagen ante la sociedad señor Presidente: tenemos a los mejores creativos, gente experta en neuromarketing, y creo que no nos queda de otra que subir el presupuesto para ver si por medio de la repetición convencemos a los ciudadanos de que usted es un gran presidente.
Peña se mantiene fiel a sus reformas. Ciertamente, algunas de ellas son, o al menos parecen ser, benéficas para el país; y ciertamente, la política hecha para que ocurrieran no se puede demeritar. Pero sólo eso y poco más puede presumir (tal vez el papel de Videgaray en la SRE donde parece que está siendo un muy buen aprendiz).
Peña Nieto no ha entrado en razón y no se ha dado cuenta que el juicio de la historia ya se ha emitido. ¿Por qué?
Porque Peña les falló y les mintió a los ciudadanos (a veces de forma descarada) una y otra vez. Por su casa blanca (y el teatro posterior con Virgilio Andrade), por el espionaje a los opositores, por su postura timorata y displicente ante la masacre de Ayotzinapa, porque su gobierno ha estado manchado de corrupción y porque solapó (y hasta se benefició de) gobiernos corruptos como el de Javier Duarte, a quien sólo se persiguió cuando fue políticamente insostenible mantenerlo. Porque las instituciones, que se supone hacen que la democracia funcione, se han deteriorado como quedó demostrado en las pasadas elecciones de Coahuila y el Estado de México. Porque beneficia a sus contratistas como Grupo Higa y OHL. Ésta última, encargada de construir una vía exprés que produjo en pocos días de inaugurada un socavón donde dos personas, que pudieron ser rescatadas, murieron producto de la indiferencia de las autoridades. Porque cuando recibió a Donald Trump en Los Pinos no tuvo dignidad y permitió que pisotearan a nuestro país. Porque utilizó programas sociales con propósitos asistencialistas y electoreros donde no sólo se distorsiona la democracia, sino que genera dependencia dentro de la población atrofiando la iniciativa de los individuos «beneficiados».
Peña Nieto nos insiste sobre las amenazas del populismo autoritario (es decir, López Obrador), pero su gobierno no es paladín de la democracia. Por ejemplo, se ha utilizado al SAT (algo más propio del régimen de Nicolás Maduro que de un país democrático) para acosar a los opositores. También le pidió al padre de Claudio X González que su hijo dejara de ser crítico del gobierno. No sin olvidar las voces silenciadas como la de Carmen Aristegui, la de Pedro Ferriz poco antes de que iniciara su presidencia, y el uso y cooptación de diarios (El Universal es un claro ejemplo) para que escriban a su favor. No sin olvidar el espionaje que sufrieron sus opositores (partidistas, organizaciones civiles y periodistas).
De la misma forma, su gobierno está peleado con casi todos los sectores y organizaciones de la sociedad. Desde la Coparmex y la Iglesia Católica, hasta las ONG’s tanto de derecha como de izquierda que cuestionan duramente su presidencia y la corrupción que la ha caracterizado.
Peor aún. Peña Nieto insiste en la amenaza de López Obrador, pero si algo ha fortalecido la campaña de AMLO más que nunca es el gobierno de Peña Nieto. Su partido busca difamar a sus opositores (como sucedió con el panista Ricardo Anaya) para dividir el voto y ganar la presidencia (lo que a la vez podría terminar fortaleciendo la propia campaña de AMLO). Peor aún, pactan con los calderonistas para que el presidente Peña Nieto quede impune cuando salga de la presidencia.
Se puede hablar de los aciertos de su presidencia, los hay, nada es blanco y negro. Pero los mexicanos se sintieron varias veces, y con toda razón, traicionados por su gobierno. Que Peña Nieto insista sobre las reformas es como un esposo que recrimina los reclamos que le hace su esposa por sus constantes infidelidades y sus agresiones físicas porque éste lleva pan a la casa.
El juicio histórico ya está hecho, y no va cambiar mucho ni con las reformas. Salinas de Gortari se presentó como reformador, pero cometió el error de traicionar a sus gobernados. A la fecha, aunque algunos reconocen su espíritu reformador, casi nadie le perdona sus errores y hasta la fecha es visto como una especie de Maquiavelo. Salinas al menos puede sentirse más tranquilo pensando que, a pesar de todo, infunde respeto. Peña Nieto ni siquiera podrá contar con eso.
Por más que intente hacer sentir a sus gobernados que el país va mejor, el agravio ya está hecho.
Por eso es que creo que su decisión de apartarse completamente de la política es sensata. Lo mejor que puede hacer, entendiendo que ni él ni nadie de su gobierno comparecerá ante la justicia, es desaparecer de foco en cuanto termine su presidencia. Por su bien, y por el bien de todos.
Y a pesar de todo, algunos insisten en que los que estamos equivocados y manipulados somos los mexicanos.
En Guadalajara, Enrique Peña Nieto amenazó a quienes sugirieron (con pruebas) que el gobierno había espiado a periodistas y activistas. Quienes hicieron esa «sugerencia» no sólo fueron los propios afectados u organizaciones civiles que no sólo residen en nuestro país, sino The New York Times, quien publicó el escándalo en primera plana.
Espero que la Procuraduría General de la República, con celeridad, pueda deslindar responsabilidades, y espero, al amparo de la ley, pueda aplicarse contra aquellos que han levantado estos falsos señalamientos contra el gobierno.
Y si se trató de un error, es lo suficientemente grave y notorio para considerarse como cualquier «error humano». Es muy grave, más en un contexto de un país sumido en la violencia donde el ejercicio del periodismo es un deporte de riesgo.
¿Qué pasó después? Que Presidencia dijo que se habían «malinterpretado» las palabras de Peña Nieto, que eso no era lo que quería decir. Pero no pidieron disculpas a los afectados ni a la sociedad civil, ni a la sociedad en general, sino a Azam Ahmed, el periodista de The New York Times, a quien le aclararon que Peña Nieto nunca los había querido amenazar.
Así, el gobierno trató a los medios extranjeros como de primera, y a los medios mexicanos, a los activistas y periodistas afectados, como de segunda clase. Fue hasta más tarde, en una entrevista, que Peña Nieto aclaró ante los medios que se había tratado de una «mala interpretación» y que eso no era lo que había querido decir:
También, como se ha mencionado mucho en redes, es inaceptable que Peña Nieto relativice el hecho al decir que a él lo llegan a espiar como si se tratara de algo común y cotidiano, y que los espiados no se vieron afectados (cosa que sí sucedió como relató Juan Pardinas con relación a su matrimonio). Pareciera que el mensaje que quiso decir fue: «sí, los espiamos, pero tranquilos amigos, el espionaje es algo muy común, a mí también me han espiado, entonces todos en paz».
Peor aún, Peña cerró toda la posibilidad para que un organismo independiente investigue. Dice haber dado indicaciones a la PGR, misma institución en la cual los afectados habían hecho sus demandas anteriormente y que nunca se les atendieron.
El Gobierno está urgido de hacer un lado este tema. La mayor parte de la opinión pública (con excepción de la que está ahí para servir a su gobierno) está en su contra y el encono es cada vez más grande.
Es tan grande, que a Peña Nieto ya no se le da el beneficio de la duda, su palabra ya no cuenta. Si su palabra no reafirma lo que se supone, entonces ya no tiene validez alguna.
Y tienen razón para estar enojados, porque con lo sucedido, todos los periodistas y activistas se sienten amenazados. Saben que pueden ser espiados y saben que información suya puede ser utilizada en su contra. Saben que su derecho a la libertad de expresión y libertad de prensa no está garantizado. Saben que todos los que están involucrados en temas de corrupción o cuya tarea es vigilar al gobierno son un objetivo de éste último. Como lo mencioné en el artículo pasado, este tipo de actividades es propio de gobiernos autoritarios como el de Rusia o el de Corea del Norte.
Lo que sorprende es que Peña Nieto se sorprenda. O posiblemente está fingiendo que está sorprendido.
No tengo nada en contra de las vaquitas marinas. Es más, aplaudo a Leonardo DiCaprio quien insiste en reunirse con los mandatarios para evitar que esta sea una de tantas especies que se extinguen.
¿Está Peña Nieto preocupado por las vaquitas marinas? Posiblemente Peña esté igualmente preocupado con las vaquitas marinas que por la corrupción, la inseguridad, los periodistas desaparecidos o los fraudes electorales. Es decir, realmente le importa un comino.
Pero Leonardo DiCaprio no es un opositor ni mucho menos, es un actor. Seguramente el equipo de comunicación de Peña Nieto (que tal vez tenga ingenuas esperanzas en levantar la tan pisoteada y escupida imagen presidencial) pensó que era una muy buena idea: – que la gente vea a Peña con el del Titanic, igual así gana simpatías.
Mientras DiCaprio persuade a Peña Nieto de salvar a la vaquita y su hijo presume las fotos con el actor en Instagram, los que estamos fuera de esa burbuja podemos ver como el Estado de derecho se deteriora, vemos cómo la corrupción invade de forma creciente a las instituciones que se supone, deberían fortalecer el entramado social y garantizar en la medida de lo posible que los ciudadanos puedan desarrollar sus proyectos de vida. De la misma forma vemos como regresamos a los tiempos de los fraudes electorales, tal como ocurrió en Coahuila y el Estado de México (que el fraude no se haya llevado a cabo en el conteo no significa que no haya ocurrido en el transcurso de la campaña).
El deterioro es evidente. Ya no tenemos que hablar de transición democrática, sino de una suerte de involución. No sólo es una crisis de representatividad (como dicen muchos para aminorar el trabajo del problema) sino un intento de restauración pero de forma más improvisada, donde el cochinero ya no se esconde, más bien se presume.
Es decir, parte de lo que se llegó a construir se está viniendo abajo. Ya habíamos sido capaces de organizar elecciones relativamente limpias, ahora el proceso se ha distorsionado completamente porque en las elecciones el votante cada vez decide menos de forma libre y sí lo hace bajo el acarreo, bajo la compra de su voto o la amenaza de la desaparición de los programas sociales. A quienes vivimos dentro de la clase media o la clase alta, una tarjeta con 1500 pesos o una despensa de 600 pesos mensuales podría sonar a nada, pero para la gente pobre, esa con la cual el PRI lucra tanto, hace una gran diferencia.
Para Peña Nieto, la opinión de Leonardo DiCaprio importa más que la de todos los ciudadanos a los que dice gobernar. Todo el que está preocupado por la economía (a menos que sean grupos de interés demasiado influyentes como para ignorarlos), por la seguridad, o por la corrupción, tiene cerrada la puerta de Los Pinos. Su voz no importa.
Pero no es sólo que sean indiferentes ante el problema, es que son parte de, y es que ellos mismos han propiciado de forma deliberada este estado de las cosas. Ellos son los que han corrompido a las instituciones que se dice, están para servir al pueblo, con el fin de servirse a ellos mismos.
Si la vaquita marina es rescatada, más le vale a Leonardo DiCaprio que no la deje en Ecatepec porque seguramente la van a asaltar o secuestrar. Y si contiende por una elección, su opositora, la rata, le robará el triunfo.
El semiólogo recientemente fallecido Umberto Eco decía que todos necesitamos tener un enemigo. Ello, dice él, define nuestra identidad y nuestro sistema de valores. Se puede tratar de un enemigo concreto (otra nación o algún personaje) o uno abstracto (alguna corriente política o forma de pensar).
Por ejemplo: la Unión Soviética forjó gran parte de su identidad con el discurso antioccidental y la conceptualización de Estados Unidos como «el enemigo». Un clásico de futbol también está explicado por ésto. Los equipos -Real Madrid o Barcelona, Chivas o América- no sólo tienen un rival acérrimo a quien odiar, sino que parte de su esencia tiene que ver con ese odio: ser aficionado al Guadalajara es odiar al América y viceversa.
De igual forma ocurre con los enemigos abstractos: Los enemigos de los libertarios son los keynesianos, el enemigo de la religión es el ateísmo y viceversa.
México ha conocido a un nuevo enemigo, una amenaza que pudiera ayudarle a reforzar su identidad: Donald Trump. Ante la amenaza, el mexicano hace énfasis en los valores que lo definen como mexicano: saca su bandera, presume el guacamole, y hasta hace campañas para producir lo hecho en México. Ante una amenaza así el mexicano intenta ser más mexicano.
Pero México tiene dos problemas, que aquel «extraño enemigo» no era el primero ni el único.
El que «pegó primero» fue aquel que primero le daba identidad a la izquierda pero que después -producto de sus errores y agravios- se convirtió un enemigo común para todo mexicano sin distinguir corriente política o posición social -el 88% según las encuestas-: Enrique Peña Nieto.
Entonces estamos en un problema. ¿Por qué?
Porque parte de la dinámica en la cual la entidad -sea una persona, un grupo o una nación- toma una postura ante el enemigo, consiste en reforzar los lazos de quienes conforman dicha entidad. Pero resulta que dentro de esa entidad hay, a su vez, otras entidades que juegan el mismo papel y que debilitan el reforzamiento de la identidad como un todo.
Para decirlo más fácil, tener un enemigo interno no permite a la nación crear una unidad absoluta en contra del enemigo exterior. Quienes forman parte de esos lazos -los ciudadanos- no sólo gastan muchas energías en tratar de combatir a los dos, sino que son incapaces de crear una unidad completa.
La única forma de hacerlo es reconciliándose con el enemigo interior, de quien se supone -y no todos concuerdan con ello- representa una amenaza inferior al enemigo exterior, y porque esas entidades internas al final forman una parte de una otra más grande y suprema -llamada México-. Si la identidad suprema se vence, las internas quedarán muy comprometidas.
Pero sí entonces tenemos tan sólo la reconciliación como opción para aspirar a la mejor unidad posible, tendríamos que poner sobre la mesa las razones por las cuales el enemigo interior -Peña Nieto- fue creado. ¿Por qué la gente odia a Peña Nieto y lo considera su enemigo? Porque está muy relacionado con la corrupción, por su postura displicente -cuando menos- con la tragedia de Ayotzinapa, por el conflicto de intereses de la Casa Blanca, por el estado actual de las cosas de nuestro país.
El enemigo de los ciudadanos es Peña Nieto en tanto que no ocurre lo contrario, al menos no con tanta fuerza. Los ciudadanos odian a Peña por las causas antes mencionadas, Peña tiene cierto resquemor con los «ciudadanos de oposición» que son el 88% porque lo odian por las causas anteriormente mencionadas.
Entonces las únicas dos formas en que ambas partes pueden conciliarse serían las siguientes:
Que los ciudadanos cedan. Esto es, que «perdonen» los agravios al Presidente o al menos los relativicen lo suficiente para que Peña Nieto no merezca la etiqueta de enemigo.
Que Peña Nieto ceda. Esto es, que resuelva todos los agravios de los que se le acusa y que lo haga de tal forma que dichos actos tengan credibilidad y sea perdonado por el pueblo.
Lo cual se antoja muy difícil por cualquiera de los dos partes. Personajes como Steve Bannon, el hombre detrás de Donald Trump, conocen muy bien estas dinámicas. Parece ser que en la Casa Blanca se esfuerzan por debilitar aún mas la figura del presidente, porque así la unidad es menos posible y el país se vuelve más vulnerable.
El enemigo de fuera juega con el enemigo interno. Pero el enemigo interno ha agraviado tanto a la población que los mexicanos están muy poco motivados a cerrar filas con él.
Por eso se entiende que hasta las marchas se polaricen. Ante la búsqueda de legitimidad el gobierno trata de incidir en ellas, esperando que sea algo «pro Peña», o al menos que no sea «anti Peña». Por eso los letreros de repudio a Trump se hacen a acompañar por los del repudio a Peña Nieto, por eso se debate con insistencia si la marcha de #VibraMéxico tiene que ser en pro o en contra de Peña como si no existiera un punto medio. El agravio con el enemigo interno es tan grande que muchos no pueden dejar de «recordársela a Peña.
Si esta paradoja de los dos enemigos no existiera ya hubiéramos visto las calles de México abarrotadas desde hace mucho. Pero el mexicano, con dos enemigos y no uno, se siente atacado por diferentes flancos que no puede concentrarse en uno solo.