Etiqueta: Elecciones 2018

  • López Obrador, o cómo aferrarse a un espejismo de esperanza

    López Obrador, o cómo aferrarse a un espejismo de esperanza

    López Obrador, o cómo aferrarse a un espejismo de esperanza
    Foto: Fox, Los Simpson

    A López Obrador le dijeron que tenía que recorrerse al centro para ganar voto útil, pero no se si entendió mal el mensaje porque más que hacer eso parece que está adoptando los vicios de la clase política tradicional, esa que llama la mafia en el poder, para poder llegar a como dé lugar a Los Pinos. Vicios que sus seguidores criticaban en los otros pero que ahora callan cuando se trata de su líder.

    Me explico. En estos últimos días hemos visto nombramientos y postulaciones de actores, futbolistas de la peor calaña (Cuauhtémoc Blanco), ex priistas, ex panistas que ya fueron “perdonados”. Coincide que hasta hace muy poco estos personajes se expresaban pésimamente de López Obrador. Lilly Téllez incluso se ruborizaba ante la presencia de Peña Nieto, pero ahora, súbitamente, habla de AMLO como si fuera la única esperanza de cambio.

    Gaby Cuevas, ahora ex panista, se había unido al intento de desafuero contra López Obrador cuando él era jefa de gobierno; algunos seguidores del tabasqueño la llamaban “delegata”. Ahora, al no haber encontrado hueso en el PAN, decide moverse a MORENA. De un día para otro se volvió porrista de AMLO.

    AMLO se da el lujo de ser pragmático, y en parte porque sus seguidores no le van a reprochar nada. No importa si antes criticaban a las televisoras con vehemencia y ahora su líder tiene de aliada a TV Azteca. No importa que muchos de los suyos tengan una aversión al libre mercado mientras él incluye a Alfonso Romo en su equipo o tiene como cercano a Carlos Slim. No importa que se haya aliado con el PES. No importa la presencia de Bartlett, el arquitecto del fraude de 1988.

    Siendo realistas, no parece haber algo que indique que AMLO vaya a ser muy diferente del común denominador del político mexicano. Ante la desesperación por la situación política muchos se aferran a la figura del candidato de Macuspana esperando ver una suerte de cambio y también se aferran al discurso maniqueo de su líder porque, gracias a éste, ellos creen sentirse representados por alguien que, dicen, irrumpirá dentro de la arena política para construir un México más justo.

    A pesar de las evidencias de que Rusia ha intentado intervenir en cualquier elección en Occidente, sus seguidores y AMLO mismo se burlan de la posibilidad de que el régimen de Putin lo haga en favor de AMLO. Si bien es cierto que los opositores han sacado de contexto esta posibilidad con propósitos electorales (casi como si Putin fuera el poder detrás de AMLO), los suyos se han dado a la tarea de linchar a quienes simplemente advierten de esta posibilidad y le piden a AMLO que tenga cuidado, tal y como ha ocurrido con León Krauze, quien ha recibido en Twitter varios ataques con un aroma antisemita, incluido John Ackerman, quien es columnista en RT Noticias (el brazo propagandístico del régimen de Putin).

    López Obrador es el favorito en estas elecciones porque se ha convertido en el único recurso del cual agarrarse para soñar con un cambio. Aunque, de forma paradójica, sea quien más representa ese rancio paradigma paternalista donde el individuo espera que su líder le resuelva todos sus problemas. Por eso AMLO se ha vuelto inmune a la crítica, porque para muchos es difícil aceptar que él es parte de la decadencia política que vive nuestro país, aceptarlo es destruir cualquier forma de esperanza de «cambio verdadero, prefieren el engaño a terminar de aceptar que los ciudadanos hemos sido dejados a la deriva y que nosotros deberíamos comenzar a construir ese cambio». El Peje se ha vuelto una suerte de Homero Simpson boxeador, a quien golpearán una y otra vez hasta el cansancio para que el, con un solo empujón, termine saliendo victorioso.

    Y sus seguidores no lo van a cuestionar. Les será más fácil retorcer la realidad, dirán que cualquier crítica (este artículo incluido) contra AMLO es parte de una agenda política macabra. Incluso podrán sugerir que somos priistas (lo cual es casi ofensivo) o que somos seguidores del infame Ricardo Alemán. Y aunque yo no creo que AMLO vaya a convertir a México en Venezuela como algunos siguieren, si creo que es heredero de las más rancias formas de hacer política del PRI, al igual que su visión económica obsoleta.

    Y mi intención no es convencerlos de no votar por AMLO. Ante las pésimas ofertas que hay comprendo que para muchos esa opción sea razonable (incluso si se le ve en su justa medida) y lo respeto. Lo que sugiero es que lo bajen de ese pedestal en el cual no merece estar.

  • Amlodipino, el remedio contra la guerra sucia

    Amlodipino, el remedio contra la guerra sucia

    Amlodipino, el remedio contra la guerra sucia

    Apuesto que dentro del equipo de campaña de José Antonio Meade se encuentran nerviosos y bastante preocupados. No sólo no saben cómo hacer que «Pepe» levante, sino que tampoco entienden por qué López Obrador no ha caído ni un punto porcentual después de tanto ataque. Ellos apostaban  a que con una buena dosis de guerra sucia López Obrador fuera perdiendo terreno: por eso hicieron un circo mediático con el caso de Eva Cadena, por eso compararon una y otra vez a López Obrador con Maduro cuando los venezolanos eran reprimidos en las calles y había un terrible desabasto de productos básicos. Así, una y otra vez, y no pasó nada. 

    Creo yo que no están entendiendo. 

    2006 era una época muy diferente: López Obrador, quien todavía no era tan conocido fuera de la Ciudad de México, tenía que preocuparse por construir una narrativa para posicionarse ante el electorado. Su arrogancia y la ansiedad de ver que su margen de superioridad se reducía lo hizo cometer varios errores. La campaña del PAN aprovechó la coyuntura (los propios errores de AMLO) para construir una propia narrativa del tabasqueño que le quitaron votos, así acuñaron la frase «un peligro para México» que doce años después sigue resonando. López Obrador perdió por varias razones (independientemente de la discusión de si dichas elecciones se apegaron a la legalidad) y una de ellas fue la guerra sucia.

    Pero 2018 no es 2006. López Obrador no tiene que construir una narrativa porque ya todo mundo lo conoce, con sus virtudes y sus defectos. López Obrador tiene a sus incondicionales y también tienen a aquellos que le tienen miedo. La suma de estos dos grupos representa la mayoría de la población, pero sobra una minoría, la que se la está pensando en darle una oportunidad a López Obrador. dicha minoría podrá ser pequeña, tal vez de una sola cifra, pero es la que podría decidir si AMLO gana o no.  

    Pero no se trata de una minoría que no lo conozca; por el contrario, ya tiene un concepto hecho del tabasqueño, y su indecisión es producto de dicho concepto sumado al panorama político y electoral (por ejemplo, su postura frente al partido en el gobierno, entre muchas otras cosas). Si el PRI quisiera ganar la presidencia (además de que tendrá que levantar la candidatura de Meade, algo que cada día que pasa se antoja más difícil) tendría que evitar que dicha minoría vote por López Obrador. Aquí viene el principal problema: es muy probable que esa minoría tenga un pésimo concepto del propio PRI, y esto es muy importante decirlo.

    Parece que el PRI va a apostar por una «guerra frontal» en contra del tabasqueño. Creo yo que algo así sería un error, más si se hace en la misma tesitura que hemos visto durante los últimos meses. Lo sabemos por las declaraciones de su asesor de campaña J.J. Rendón, quien en una revista afirmó que hará «todo lo que esté a su alcance dentro de la ley para evitar que López Obrador gane». Esa es casi una declaración abierta de guerra, y posiblemente sea una estupidez porque esto implica que su campaña está enseñando sus cartas. 

    ¿Qué reacción ya están provocando en sus adversarios? Una postura defensiva, no sólo de los seguidores de AMLO (quienes se prepararán para recibir los embates) sino incluso de varios de sus críticos. Si ya declararon la guerra, entonces cualquier cosa que parezca guerra sucia será guerra sucia. El gran ejemplo fueron las pintas en Venezuela, los tuiteros les ganaron la batalla con sus bromas; lo mismo ocurre al tratar de tejer nexos de la campaña de López Obrador con Rusia: si bien, es cierto que el régimen de Putin podría llegar a influir a favor de la campaña de AMLO, la forma en que los priístas intentan amplificar y tergiversar el mensaje es lo suficientemente irrisorio como para que la gente siquiera lo considere. 

    La forma tan torpe y predecible en que intentan aprovechar los errores de López Obrador o en que sacan de contexto información publicada por medios nacionales e internacionales se vuelve muy irrisoria y hasta cómica. En vez de amplificar un hecho que puede afectar a López Obrador terminan, sin querer, por atenuarlo. Basta escuchar los discursos de Ochoa Reza, no sólo suena poco creíble y acartonado, sino que también despliega una gran dosis de cinismo.

    El PRI no tiene legitimidad ante un gran sector de la población (incluyendo esa importante masa de indecisos) y cualquier mensaje que tenga la etiqueta del PRI será descartado por ellos. Esto es un problema porque la guerra sucia, que aspira a ser muy predecible (insistir en los nexos con Venezuela y en el peligro que representa para la economía), podría generar el efecto adverso: si un partido tan «nefasto» como el PRI se le lanza a la yugular a López Obrador entonces algo bueno ha de haber, seguramente pensará más de uno. 

    Otro problema con la guerra sucia frontal es que refleja desesperación, y la deseperación no vende. Por el contrario, refleja que la oferta que tiene quien lanza dicha guerra sucia es más bien pobre. Es un síntoma de debilidad, y si una lección podemos aprender de diversas campañas es que los electores suelen verse más motivados a darle su voto a quien se ve fuerte. 

    https://www.youtube.com/watch?v=bnGKo3m9RDw

    Eso no es todo, en la campaña de López Obrador saben que en el PRI están desesperados y han empezado a jugar con ello. La estrategia del tabasqueño es muy buena, no sólo porque busca reducir esa mala impresión que genera dentro de esos sectores a los que todavía puede convencer, sino porque demuestra que es él quien marca la pauta, quien es el rival más fuerte y quien se encuentra seguro «allá arriba» mostrando a los otros como quienes se encuentran desesperados revueltos en un severo conflicto. 

    La campaña de López Obrador utiliza eso que siempre está muy presente en el ethos mexicano: la comedia. AMLO se ríe hasta de sí mismo y, después de encontrar un medicamento llamado Amlodipino (que coincide no sólo con las siglas del tabasqueño sino con Los Pinos, al lugar donde aspira llegar), le responde a Peña Nieto de una forma burlona y cómica sin llegar a faltarle al respeto. Así, AMLO muestra que es quien tiene el control de las cosas, puede reírse, puede tomarse todo a la ligera; los otros son los que están desesperados, los que están ansiosos. 

    https://www.youtube.com/watch?v=Xk3tQoq1xqI

    ¿Cómo podría el PRI evitar que López Obrador gane? Tendría que llevar a cabo una estrategia quirúrgica y muy focalizada (eso fue lo que le dio la victoria a Donald Trump, una estrategia muy bien dirigida en redes sociales) y buscar que López Obrador caiga en desesperación para que cometa errores. Pero los priístas cometieron un primer error al poner en evidencia que diseñarán una campaña de guerra sucia para evitar que López Obrador llegue al poder. Peor aún, siguen sin entender que los «voceros» de estas campañas, llámese Ochoa Reza y similares» tienen muy poca credibilidad como para que el mensaje genere impacto alguno.

    Si los errores de AMLO le dieron el triunfo al PRI en 2012, los priístas podrían regresarle el favor con sus propios errores. 

  • Ricardo Anaya se columpiaba en el mitín de precampaña

    Ricardo Anaya se columpiaba en el mitín de precampaña

    Ricardo Anaya se columpiaba en el mitín de precampaña
    Foto: PAN

    Dentro de la «semifinal electoral», el propósito del PRI es crear la percepción de que Ricardo Anaya va abajo y que no tiene gas para que así sea Meade quien pase a la final y logre captar, una vez que se ha derrotado a Anaya, el voto útil del PAN. La realidad es que Ricardo Anaya no va tan abajo, y de hecho es quien tiene un mayor potencial para competirle a Andrés Manuel López Obrador. 

    La campaña de Anaya es como un columpio:  tiene mucho potencial, ya que puede hablar descalificar frontalmente la corrupción de este gobierno y puede hablar de cambio sin que ello se perciba como un riesgo, pero también tiene muchos enemigos en su contra (sobre todo dentro de su propio partido). De llegar Margarita Zavala a la boleta (cosa que es muy probable) Anaya tendrá otra piedra en el zapato con la cual lidiar. Ante la imposibilidad de que Margarita gane la presidencia, es muy probable que su tarea, junto con la ayuda de su esposo Calderón y los «rebeldes del PAN», sea descalificar a Anaya para que su voto útil se vaya a la campaña de José Antonio Meade. 

    Otra figura que operará contra Anaya será Javier Lozano, quien no tendrá piedad para señalar al panista como «pequeño dictador».  Pero Lozano cometió un error al salirse del PAN para unirse a la campaña de Meade, y es que dentro del PRI su palabra tendrá mucho menor peso. Difícil que un político que se haya pasado «al bando del enemigo» tenga autoridad moral para acusar a un candidato de traidor. La reputación que Lozano tiene es más bien bastante mala, basta ver las reacciones que en las redes genera, las peleas que ha tenido con líderes de la sociedad civil e incluso con figuras públicas como Gael García.  

    Con la personalidad ocurre algo parecido: Anaya tiene potencial pero tiene áreas en las que debe trabajar mucho. Por un lado, Anaya no es una persona muy empática, no es carismático y puede llegar a caer mal, pero también es una persona que tiene una gran elocuencia y un gran don de palabra, lo cual será muy útil a la hora de atacar a sus adversarios. Posiblemente Anaya gane los debates, en ese sentido tiene mucho más tablas que Meade y que López Obrador. 

    El planteamiento dentro de su campaña es, a mi parecer, la correcta: Anaya debe apuntar a los más jóvenes, a los que van a votar por primera vez, y hay que robarle el perfil académico a Meade (por eso sus spots donde habla en varios idiomas). Sin embargo, la ejecución de la estrategia no me parece la mejor. El palomazo con Zepeda no generó el impacto que se esperaba, la respuesta del público fue un tanto ambigua.

    https://www.youtube.com/watch?v=iq1mXezHAgo

    El carisma te permite hacer muchas cosas en campaña, por ello es que en el artículo pasado mencioné que a AMLO se le da muy bien mostrarse cantando con su esposa o comiendo con sus hijos. Anaya ha intentado una y otra vez mostrarse como «el padre de familia» cantando con sus hijos y presumiendo en sus redes que fue a recoger a su hijo Mateo a la escuela. Pero no le sale tan bien, se percibe un tanto falso, acartonado. Incluso no son pocas las personas que dicen que «está utilizando a su familia con propósitos electorales» ya que ha recurrido de forma constante a los videos y publicaciones donde aparece interactuando con sus hijos. 

    Otro flanco para derrotar a Meade en la semifinal es insistir en la corrupción del PRI. Ahí, creo yo, la estrategia ha funcionado mejor. La campaña de Anaya metió un gol tempranero (de esos que duelen) con el caso de Javier Corral quien, con justa razón, reclama al gobierno que no se haya detenido a César Duarte e insiste en el desvío de recursos públicos para campañas electorales. El PRI mordió el anzuelo, se lo tragó, Meade reaccionó mal y su campaña amenazó con censurar a Animal Político. Corral ni siquiera debería tener prisa por cerrar el asunto (que se procese a Duarte, por ejemplo), lo mejor para la campaña de Anaya debería ser darle largas al asunto, mantenerlo ahí presente y jugar con él para que tenga un efecto mayor durante toda la campaña. Funciona, porque además, aunque la estrategia tenga intereses electorales, el reclamo de Corral es completamente justo y válido. 

    Anaya acierta, a mi parecer, al no pronunciar palabra alguna sobre el asunto. Así, quien recibe los ataques de la maquinaria priísta para contrarrestar el escándalo es Corral y no Anaya. Primero, porque Corral es un hombre que se ha conducido de forma honesta en su carrera política; segundo, porque él no es el candidato a la presidencia; y tercero, porque de esa forma, la percepción de que se trata de una estrategia electoral es menor y le da mayor legitimidad a la causa. Ya llegará el momento en que sea propio hacer un pronunciamiento al respecto, cuando el daño infligido sea mayor.  

    https://www.youtube.com/watch?v=a0rrFxi9qE8

    Esta estrategia también acierta porque logró que gran parte de la opinión pública (círculo rojo) se sumara a la causa. Eso no implica de ninguna manera que se hayan sumado a la campaña de Anaya, sino que más bien le terminaron de dar la espalda a Meade. La opinión pública (con excepto de aquellos medios oficialistas) mantendrá una postura recelosa y hasta beligerante hacia la campaña de Meade, lo cual le quita al priísta mucho margen de maniobra y prácticamente destruye cualquier posibilidad de presentarse como ciudadano. El PRI se siente desesperado y está tratando de destruir la reputación de Corral, quienes a mi parecer uno de los políticos más respetables de México. Pero esta desesperación puede jugar en su contra, cosa que es muy común cuando se intenta desacreditar a quien tiene una buena reputación personal (independientemente de que el gobierno de Corral esté dejando algo que desear en materia de seguridad en su estado). 

    También creo que Anaya, una vez «calificado a la final», tiene más posibilidades de derrotar a López Obrador que Meade ya que no carga con los negativos del PRI, que pesan mucho más que cualquier discurso de traición que se le pueda achacar. La traición puede ser percibida también como astucia política (más cuando los afectados, los «rebeldes del PAN» no presumen una reputación para presumir) pero la corrupción no, la corrupción es corrupción. 

    Ricardo Anaya necesita crear un buena campaña y una buena narrativa sobre su persona (la ventaja y desventaja a la vez es que todavía no es muy conocido). Debería echar mano del equipo de comunicación de Movimiento Ciudadano y tienen a todos cantando su jingle de Movimiento Naranja, quienes a través de la propaganda lograron encumbrar a políticos como Enrique Alfaro. Anaya es el que más margen de maniobra tiene para crear una campaña fresca y creativa, y con esta tratar de aminorar las desventajas (como su poco carisma). Anaya también puede convertir algunas de sus desventajas en ventajas. Por ejemplo, su distanciamiento con Calderón podría ser una desventaja, pero también podría criticar algunos rasgos de su gestión (por ejemplo, la guerra contra el narco) para obtener algo de voto útil de aquella gente que no quedó muy conforme con el gobierno del michoacano. 

    ¿Lo logrará? Es una buena pregunta. Posiblemente las decisiones que tome ahorita pesen mucho dentro de la elección regular, como definir cuál será su equipo de comunicación y qué mensaje crearán. 

  • El día que Meade dejó de ser ciudadano y se volvió priísta

    El día que Meade dejó de ser ciudadano y se volvió priísta

    El día que Meade dejó de ser ciudadano y se volvió priísta
    Foto: Página oficial del PRI

    La campaña de Meade no levanta. Y no sólo no lo hace, sino que han cometido varios errores estratégicos, me explico.

    Según narra Riva Palacio, la estrategia que seguirá el PRI es intentar ganar el segundo lugar en todos los estados (asumiendo que en los estados del norte ganará el frente y en los del sur ganará AMLO) y evitar que el voto útil se incline por López Obrador. Para esto van a «echar toda la maquinaria a andar». Se trata, básicamente, de un malabarismo. 

    Hace algunas semanas consideré que habían acertado en nombrar a un candidato que no fuera parte de las filas del PRI, incluso varias personas vieron casi inevitable su triunfo dentro de las elecciones y todo el aparato mediático priísta trató de generar esa sensación: Meade es el candidato ciudadano, el académico, el burócrata eficaz. 

    Una estrategia sensata con el fin de obtener voto útil era buscar que el círculo rojo (líderes de opinión) diera el beneficio de la duda a la candidatura de Meade, en especial aquellos que se encuentran cerca del centro del espectro político tales como León Krauze, Silva Herzog, Elizondo Mayer, Leo Zuckerman entre muchos otros. Naturalmente no es que fueran a abrazar la candidatura de Meade debido al desgaste del partido y del gobierno actual, pero bastaba con que dijeran algo así como «igual y no es tan malo», «va por el PRI corrupto de siempre, aunque Meade no es corrupto y es inteligente» o «al menos va a manejar bien la economía». Bastaba con eso para que el círculo verde (los ciudadanos sobre quienes ejercen influencia los líderes) se quedara con esa idea, que hubiera podido ser suficiente para decidir votar por él en vez de hacerlo por López Obrador. 

    Eso no sucedió, porque para lograr eso Meade tendría que haber encontrado una narrativa fresca que contrastara con el priísmo clásico. Algunos llegamos a pensar que tal vez sí podría llegar a hacerlo, pero no solo no lo hizo, sino que ha adoptado un discurso fuertemente priísta: ha saludado a Carlos Romero Deschamps después de hablar del combate a la corrupción, y lo peor, acusó a Javier Corral de torturar (por denunciar el desvío de recursos del Estado de Chihuahua a la campaña del PRI) y amagó con demandar a Animal Político por publicar una nota relativa a la Estafa Maestra.

    «Tenemos que movernos en un esquema en el que la pregunta no sea válida.» – Respondió José Antonio Meade al diario El País cuando se le preguntó si estaría dispuesto a investigar los casos de corrupción de esta administración.

    El círculo rojo no sólo no le da el beneficio de la duda sino que se ha encargado de «desenmascarar al ciudadano». Nadie habla de sus facultades como académico o burócrata, todos hablan de «Meade el priísta», son implacables con él. Señalan lo priísta que es y lo poco ciudadano que es, advierten que su discurso se ha vuelto muy tricolor, advierten que es tan solo uno más, y con la amenaza a Animal Político ya advierten visos de autoritarismo. La sociedad civil ya la dio la espalda y tan sólo se ha quedado con la maquinaria del PRI en una elección donde las estructuras no podrán, por sí solas, otorgar el triunfo. 

    A esto tenemos que sumar lo que expliqué en un artículo pasado, que Meade no ha encontrado una narrativa, que es un candidato que no es elocuente en lo absoluto, no convence, no inspira. Pronuncia un discurso oficialista y acartonado y saluda a personajes impresentables casi como si fueran sus amigos, lo cual contrasta con un rostro muy inocente y acompañado de algunos tics nerviosos.  El momentum (cuando fue ungido como candidato) ha desaparecido. Por más ruido tratan de hacer, Meade se vuelve irrelevante. 

    Un eventual triunfo del PRI se sostendría en tres pilares: Que Meade brille por sí mismo y logre contrastar con la administración actual, que contraste con López Obrador y, por último, el trabajo de la maquinaria priísta. El primer pilar ya quedó muy comprometido y el segundo podría comprometerse también si continúan amenazando a los diarios como Animal Político.

    Y la maquinaria no es garantía alguna. Hemos visto en los últimos años, como en muchas ocasiones (como ha ocurrido en Jalisco o Veracruz) que la maquinaria priísta a veces deja de responder. 

    Me temo que el PRI tiene una tarea muy difícil. 

  • Así te van a lavar el cerebro en las elecciones presidenciales pt 2

    Así te van a lavar el cerebro en las elecciones presidenciales pt 2

    Así te van a lavar el cerebro en las elecciones presidenciales pt 2

    En el artículo pasado hablé de todas las estrategias que podrían llevar a cabo los partidos políticos para manipular la opinión pública y obtener el número posible de votos. Ya que todas las opciones se han vaciado ideológicamente, cualquier cosa se vuelve válida para ellos (como las alianzas con partidos políticos de ideología antagónica). No se trata de convencer al electorado sobre quien tiene mejores propuestas y por qué son las mejores, se trata de narrar una historia, de crear personajes, de alienar a la sociedad con la finalidad de obtener el poder en el 2018.

    En el 2018 no veremos debates ni contrastes de ideas, eso será algo muy secundario si bien nos va. Veremos descalificaciones, los candidatos te recordarán una y otra vez cómo es que el PRI ha sumido a México en la corrupción o cómo es que si llega AMLO convertiría a México en Venezuela. Apelarán a las emociones más viscerales por lo cual lo verdadero del mensaje es lo que menos importa, no importa que sea falso en tanto mueva las elecciones del electorado (sobre todo aquel que no se encuentre muy informado). Los equipos de comunicación podrían esparcir por medios como Whatsapp mensajes como los que siguen (vaya, sabemos que los grupos de los tíos no son precisamente una arena de alta discusión política):

    • López Obrador se reunió en privado con su amigo Nicolás Maduro para convertir a México en Venezuela si gana
    • Si José Antonio Meade gana las elecciones, censurará Facebook y Whatsapp
    • Ricardo Anaya acordará con Donald Trump la construcción del muro

    Los argumentos que mostré como ejemplo son absurdos, pero pueden ser muy efectivos si de mover emociones se trata, en especial las emociones de aquellos que no tienen muchos conocimientos en política. Muchos detectarán lo absurdo de los mensajes, pero otros tantos podrán creérselo y así dejarse influir. Basta con que algunos lo hagan, su voto vale lo mismo.

    Pero toda esta maquinaria propagandística que se quiere ejecutar con la ayuda de herramientas digitales, de inteligencia artificial y de neurociencia, no es completamente infalible, porque no está completamente automatizada. Es decir, la inteligencia artificial no crea por sí misma las premisas (inputs) sobre las cuales trabajará, sino que le serán dadas por seres humanos (naturalmente de los equipos de comunicación de campaña) que han llegado a una conclusión.

    Y cuando los seres humanos (en forma de candidatos o asesores partidistas) trabajan sobre esas premisas pueden llegar a ser muy torpes. Si ellos no hacen un buen diagnóstico del entorno y las circunstancias en las que se encuentran todo lo demás pueda fallar, por más sofisticado que sea:

    Por ejemplo, el equipo de campaña del PRI puede crear algunos mensajes que son enviados estratégicamente a sectores muy específicos de la sociedad para generar un efecto determinado en cada uno de estos. La inteligencia artificial se encarga de entregar esos mensajes a dichos sectores, pero son los seres humanos quienes tejen esa relación entre el tipo de mensaje y el sector al que se envían. El equipo de campaña del PRI puede ignorar o subestimar algunas variables como el encono que la gente tiene a su partido, por poner un ejemplo. Hecho esto, la estrategia no obtendrá los resultados que habían pronosticado.

    El problema de los partidos es que siguen trasladando las viejas formas de hacer política al mundo digital. Han aprendido a usar las redes sociales y ya conocen su alcance mediático, pero no han aprendido a utilizarlas para establecer canales de comunicación con sus potenciales electores. Basta ver a los priístas en Twitter quienes entre ellos se alaban por medio de mensajes acartonados propios de una ceremonia partidista de los setentas: «Nuestro candidato Meade, todos estamos unidos con usted, la CNC y la CNOP le agradecemos» como si eso fuera a tener algún efecto fuera de sus círculos. Fuera de dichos círculos son cínicos, parece que «no entienden que no entienden», le pagan a un periodista como Joaquín López Dóriga cuya reputación dentro de las redes es bastante mala a que presuma a Juana Cuevas haciendo el súper: el canal y los receptores fueron los equivocados. 

    Es muy posible que quien gane sea quien haya creado la mejor estrategia de comunicación, pero parecen estar lejos de eso y parece no haber visos de que, una vez que empiece la campaña, alguien cree una estrategia pegadora (ganará la estrategia menos mala). Los candidatos son tan poco atractivos que ponen casi todos sus esfuerzos en la guerra sucia: lo acepto, mi candidato es malo, pero es menos malo que el otro. Así los veremos en los debates, exhibiéndose una y otra vez para que al final todos digan que ganaron. Peor aún, en dichos debates resaltarán los defectos y los errores que ya conocemos, los convertirán en una arena de lucha libre de candidatos acartonados. Tanto repetirán los defectos del otro que dejarán de ser novedosos en muy poco tiempo.  ¿Qué AMLO va a convertir a México en Venezuela? ¡Ya chole con lo mismo! ¿Qué el PRI es muy corrupto? ¡Woow, ni me había enterado! ¿A poco?

    Este 2018 veremos una campaña muy primitiva, muy básica. La gente estará esperando a que se acabe, harta y cansada: algunos porque perdieron algunos amigos por candidatos que ni valían la pena, otros porque ya estarán hasta las madre de tantas discusiones tan huecas. Será algo terrible, patético. Sacará lo peor de los individuos ya que si la persuasión no funciona, sólo queda el miedo y el odio para hacer que el elector vote de una forma. 

    Será un circo, pero uno al cual no irías ni aunque te paguen.

  • Así te van a lavar el cerebro en las elecciones presidenciales

    Así te van a lavar el cerebro en las elecciones presidenciales

    Así te van a lavar el cerebro en las elecciones presidenciales
    Imagen: ornabentor.com

    Las elecciones del 2012 fueron las primeras donde las redes sociales se hicieron presentes. Los equipos y sus equipos de comunicación todavía no terminaban de entenderlas. Sabían que podían utilizarlas para manipular la opinión pública pero sus estrategias para hacerlo eran un tanto arcaicas e incluso torpes. En ese entonces la izquierda (ya que tenía las puertas cerradas en los medios de comunicación tradicionales) se había apoderado de las redes (sobre todo Twitter), ellos eran quienes tenían las fan pages más populares, quienes generaban más opinión, quienes tenían más videobloggers criticando al gobierno y a la campaña de Peña Nieto. 

    No sabían que hacer con ellos, Peña Nieto veía que su distancia era cada vez más estrecha y los jóvenes, por medio del movimiento #YoSoy132, pusieron en riesgo el triunfo de un candidato que pensaba que iba a ganar las elecciones caminando. La arena era de ellos, tanto de la izquierda simpatizante de López Obrador como de aquella que no necesariamente lo era (aquella representada por los jóvenes) pero que no quería que Peña Nieto ganara la presidencia. Apresurados, quienes eran parte del equipo de comunicación de Peña intentaron crear videos para desinflar a esa masa opositora que ponía en riesgo sus ambiciones. Inventaron movimientos como la GeneraciónMX. crearon videos de jóvenes que supuestamente apoyaban a Peña, los cuales fueron exhibidos inmediatamente como parte de una estrategia electoral.

    En 2012, los equipos de comunicación de las campañas políticas todavía no terminaban de entender las redes sociales. Ahora ya las entienden bien. 

    Si en 2012 las redes sociales eran vistas como el espacio que la ciudadanía tenía para hacer contrapeso a los políticos ahora serán una gran herramienta para manipular la opinión pública. Ya aprendieron a hacerlo gracias a los tropiezos que tuvieron en el pasado y a lo que han aprendido de las campañas llevadas a cabo en otros países. Si bien dichas estrategias de manipulación no garantizan el éxito sí que podrán ser un factor importante en las elecciones venideras.

    De 2012 a 2018 la inteligencia artificial que reside detrás de las redes sociales ha tenido un crecimiento considerable, lo mismo ha ocurrido con las herramientas que dichas redes ponen a su disposición a sus anunciantes. Como el número de usuarios dentro de las redes también ha tenido un incremento considerable éstas ya no serán un espacio donde «las minorías se aglutinan», sino el lugar donde sucede todo, o casi todo: la televisión tiene menos poder de influencia ya que muchas personas (en especial los millennials) han dejado de verlas y se han concentrado en el mundo digital.

    La vida de los individuos está cada vez más ligada a la tecnología: con ayuda de esta se informan, se conectan con sus seres queridos y satisfacen muchas de sus necesidades. Los equipos de comunicación política lo saben y saben que si quieren obtener voto deben de entrar a esta dinámica, porque aquí es donde los sujetos conversan, donde sucede casi todo.

    Las estrategias de desinformación serán más sutiles y sofisticadas que antes. Todos los partidos echarán mano de ellas. 

    Términos como big data, neurociencia y machine learning podrían haber sonado extraños hace algunos años, pero ahora podrán ser la piedra angular de algunas de las estrategias digitales que lleven a cabo los equipos de comunicación:

    Gracias al big data, podrán segmentar sus contenidos a sectores muy específicos de la sociedad, sectores que podrán ser de un tamaño reducido pero que podrán determinar las elecciones. Por ejemplo, después de un análisis exhaustivo de datos, se logra segmentar el voto útil de distintas formas: algunos son personas mayores que tienen una vida hecha y otros son millennials que todavía no saben por quien votar porque dicen, no se sienten representados. Supongamos que las personas mayores están encabronadas con el PRI, no quieren enfrentar riesgos, apostarán a la estabilidad, y a la vez, son conservadores (se oponen al matrimonio gay, a la adopción y al aborto) mientras que los millennials que están encabronados con el PRI, quieren un cambio y son liberales. Ahora supongamos que soy el encargado del equipo de comunicación de la campaña de Meade y López Obrador está arriba de mi candidato en las encuestas ¿qué tengo que hacer? 

    Evidentemente no puedo utilizar una misma estrategia para ambos sectores sino que más bien tengo que crear dos mensajes muy distintos (y no importa que se contradigan entre sí, ya que cada sector sólo va a ver uno de ellos). Con ayuda de las herramientas publicitarias de Facebook (que he utilizado y créeme, son muy potentes) puedo hacer que cada mensaje llegue a cada sector. A las personas mayores les diré que López Obrador convertirá a México en Venezuela y que, como es de izquierda, atentará en contra de la familia por medio del matrimonio gay. A los millennials les diré lo contrario: AMLO es en realidad una forma de continuismo de la corrupción del PRI, la presencia de Manuel Bartlett y Esteban Moctezuma lo confirman, además de que gracias a su alianza con el PES, el partido más ultraderechista de México, los derechos de las minorías sexuales están en riesgo. 

    Estas estrategias serán todavía más sofisticadas que el ejemplo que puse y no se harán a nombre de los partidos, nunca verás las siglas del PRI, PAN o MORENA en este tipo de contenidos, sino que se utilizarán Fan Pages creadas específicamente para este propósito. Algunas de ellas ya han sido creadas y alimentadas desde hace tiempo con este propósito de tal forma que los usuarios piensen que no son parte de una estrategia electoral hasta que ya sea demasiado tarde. En mayor o menor medida, este tipo de estrategias publicitarias serán utilizadas por todos los partidos.

    ¿Y cómo esparcirán este tipo de información? Propagarán noticias falsas, comprarán planas de algunos diarios e incluso podrán propagar la opinión de algún experto que sea conveniente para esta estrategia (sin que eso implique que el experto sea parte de dicha estrategia), pero sobre todo utilizarán memes o contenidos chuscos para divertir a la gente: si a la gente le gusta divertirse en las redes sociales, entonces «haremos que se diviertan».  Incluso utilizarán estrategias más sutiles para reforzar o degradar la imagen de un candidato. En muchos casos no lo atacarán o promoverán directamente, sino que lo venderán como alguien peculiar que transmite algo de frescura o lo relacionarán de forma chusca con un villano conocido. 

    Los equipos de comunicación entienden de mejor forma cómo funciona la mente del ser humano. Los avances en neurociencia les ha dado más conocimientos y herramientas para poder llevar a cabo estrategias que generen determinadas sensaciones en la psique cuando se expongan a diversos contenidos. Posiblemente contraten a algunos expertos: antropólogos, psicólogos y hasta etnógrafos. La desinformación se mimetizará con la información hasta el grado en que la gente no sepa cual es cual; intentarán, en la medida de lo posible, insertar columnas compradas para que se pasen desapercibidas entre aquellas que no lo son. Incentivarán al incauto para que las comparta por Whatsapp: «AMLO se reúne con Maduro», «Meade pactó con Trump la construcción del muro». Dentro de las campañas saben que hay gente más crédula que otra e incluso a ellos les pueden enviar contenidos que crean son los más indicados para influir en ellos.

    Como los candidatos tienen poco que ofrecer apostarán a la división y al engaño. La guerra sucia se convertirá en la piedra angular de las elecciones y posiblemente veamos la elección más sucia de la historia. Estas estrategias, seguramente, harán que muchos pierdan amigos, e incluso provocarán algunos divorcios. Pero no importa, porque todo se vale cuando de poder se trata.

    El problema para los partidos no se encuentra en el nivel de sofisticación de estas herramientas sino en su arrogancia y su constante incapacidad de ver «hacia afuera», lo cual podrá hacer que terminen subestimando o sobredimensionando algunas de las variables que entrarán en juego y terminen mermando su efectividad (como aquel post de López Dóriga presumiendo a la esposa de Meade haciendo el súper). Es el margen de error humano el que determinará qué tan eficaces terminan siendo las estrategias digitales. 

    Pero ojo, saben que los usuarios rara vez revisan la fuente de los contenidos que consumen.

  • Pepe tiene un problema, José Antonio también

    Pepe tiene un problema, José Antonio también

    Pepe tiene un problema, José Antonio también
    Foto: Saúl López /cuartoscuro.com

    Cuando el PRI destapó a Meade, la reacción de parte de la opinión pública y de la sociedad fue que el PRI se había salido con la suya: «va a ganar, nos la aplicaron de nuevo». El PRI se encargó de revestir a su nuevo candidato con bombo y platillo y puso a la maquinaria a trabajar para lograr un impacto mediático contundente. Trataron de que desde la opinión pública se dijera que el PRI había tomado una decisión muy bien calculada y sensata como para crear la sensación de que los tricolores habían dado un fuerte golpe en la mesa para decir: aquí estamos, más vivos que nunca.

    Se comenzó a decir, Meade va a arrasar en los debates: pobres Anaya y López Obrador, que se agarren de donde puedan porque este tecnócrata con maestrías y doctorados en el extranjero va a acabar con ellos. 

    Pero conforme pasaron los días, ese optimismo desbordado se ha comenzado a diluir. Básicamente porque esa grandilocuencia ha empezado a chocar con la cruda realidad. El PRI no se había salido con la suya, más bien hizo algo que cualquiera hubiera hecho y que ya se sugería por muchos analistas: si todos los candidatos de tu partido están quemados, coloca a uno que tenga un perfil más independiente. Incluso José Narro hubiera sido la opción más indicada ya que, a diferencia de Meade, no formó parte del gobierno de Peña Nieto ni del de Felipe Calderón. El «golpe de autoridad» donde pusieron toda la maquinaria mediática a trabajar tampoco era algo tan novedoso. Mucho de todo eso fue una ilusión.

    El PRI más bien hizo lo que está muy acostumbrado a hacer. Tanto que, al menos en estos primeros días, parecen estar comprometiendo la campaña de José Antonio Meade. Llamaron a su coalición «Meade ciudadano por México» pero en la práctica han hecho todo lo contrario: Meade ha sido absorbido por el ethos del PRI, ha formado parte de todos los rituales, ha «reconocido» públicamente a figuras de cuestionada reputación como Arturo Zamora, ha hablado de la importancia de los órganos políticos del PRI tales como la CTM y la CNOP. Lo que hemos visto en estos últimos días no es a José Antonio Meade, sino al «candidato del PRI». 

    El discurso de «Pepe Meade» con la militancia del PRI termina sonando al discurso de cualquier priísta, que alaba públicamente a gobernadores o a candidatos mientras todos le gritan «presidente» una y otra vez. El discurso suena soso y acartonado. Meade sonríe como un adolescente nervioso que se para por primera vez en un estrado ante el público.

    Los priístas, desde sus cuentas de redes sociales, han dirigido mensajes de alabanza a su candidato: mensajes compuestos por palabras que parecen salir no de su boca, sino de un guión preestablecido del cual no se pueden salir: que se vea la fuerza del PRI. Todo el PRI unido en torno a su candidato, quien dicen, es ciudadano, pero es nuestro candidato del PRI, el que va a continuar con los «buenos gobiernos del PRI». PRI aquí, PRI allá. 

    Podrían decirme que peco de ingenuo ya que se está dirigiendo a su militancia, que esa no es la imagen que va a proyectar al resto del país. Pero precisamente uno de los spots que circulan en televisión muestra al mismo Meade rodeado por priístas y por coros del PRI. 

    https://www.youtube.com/watch?v=fVBDI3stlhY

    Con Meade se apuesta al continuismo contra el riesgo de López Obrador, se busca resaltar sus capacidades intelectuales y académicas para mostrar certidumbre a quienes temen un salto al vacío: «con López Obrador tu economía está en riesgo, conmigo puedes estar tranquilo». Intentan agregarle un componente extra y es el de «convertir a México en una potencia mundial» para vender un mensaje de «tranquilidad y futuro promisorio». Así, la candidatura de Meade buscará apelar al voto útil conservador esperando que con este y con el voto duro les alcance para rebasar al tabasqueño y hacerse del triunfo. 

    Es una fórmula riesgosa (aunque ciertamente el PRI no tenía muchas alternativas) porque asume que la narrativa de las elecciones del 2018 es «López Obrador es el candidato a vencer» cuando en realidad esta coexiste con la otra que dice «estamos muy encabronados con el PRI». Esta le quita mucho margen de maniobra a Meade, porque para quitarse la carga que representa la imagen pública de su partido necesitaría distanciarse a tal grado que provocaría diversas molestias dentro de su partido. Después de verlo decir que México le debe mucho al PRI mientras se deja arropar por su militancia, nos percatemos de la estrechez de su margen de maniobra.

    En una elección que apuesta a ser muy visceral, presentarse como un candidato de centro-derecha con un perfil académico no suele ser la opción más rentable. En Francia, Emmanuel Macron tuvo que ser mucho más que eso para poder vencer a Marine Le Pen, quien al igual que López Obrador, causaba temor en un sector de la sociedad, al tiempo que los negativos del presidente anterior, François Hollande, estaban cerrando en un nivel preocupante. Macron logró crearse una imagen de independiente (cosa que le está costando demasiado trabajo a José Antonio Meade) y logró venderse como una suerte de «irrupción moderada» ante la «irrupción riesgosa» de Le Pen. Ofreció algo nuevo, vendió un discurso, y no contendió por el partido socialista. Meade, en cambio, apuesta tan sólo al continuismo y es arropado con el partido más detestado del país. Macron se distanció de Hollande, Meade no hace lo propio con Peña Nieto. Por el contrario, nos pide a los mexicanos que seamos agradecidos con el PRI.

    Pruebas de esta dificultad para distanciarse del gobierno son las entrevistas que tuvo con El País y con Enrique Toussaint. En el primer caso, cuando se le insiste en que la marca del PRI está dañada, Meade se sale por la tangente y afirma que lo que está dañado (a nivel global) es la relación entre el partido y el ciudadano y que el PRI ya está dando el primer paso. Es decir, desconoce la indignación que existe hacia su partido, le echa la bolita a un fenómeno exterior a este y afirma que el PRI es pionero en resolver ese problema: un acto de cinismo priísta puro.

    La entrevista con Enrique Toussaint es igualmente reveladora, a pesar de que Meade sólo le pudo dar pocos minutos y no tuvo la oportunidad de contraatacarlo. Toussaint fue al grano e hizo las preguntas incómodas que muchos hubieran querido hacerle. De nuevo, Meade intentó salirse por la tangente e incluso lo hizo de manera muy torpe cuando se le preguntó sobre el reportaje de The New York Times donde el gobierno de Peña Nieto buscaba censurar a la prensa: calificó al reportaje como «malón» y cayó en una falacia argumentativa al sugerir que al hacer este tipo de aseveraciones se dudaba de la integridad del periodismo en México y de los avances de la prensa libre. Meade no puede ser un Macron básicamente porque no puede ni quiere desligarse del partido que lo postuló. 

    De Meade se argumentará que es honesto o es ciudadano y que no se ha beneficiado de actos de corrupción. Pero esta cercanía con el PRI crea más bien la apariencia de que es uno más. Si es un tecnócrata preparado y estudiado puede terminar siendo asociado con el modelo de tecnocracia salinista más que con un político eficaz y preparado. Para no pocos, el mero hecho de pertenecer al PRI pone en tela de juicio la honorabilidad de un individuo. 

    Pero Meade tiene otro problema y se llama Ricardo Anaya, ese candidato del frente que incluye al PAN, PRD y MC al cual el PRI (junto con los rebeldes del PAN, Calderón y Margarita) intentó matar (cabezales de El Universal incluidos). Pero está ahí vivo, el frente también, y su mera presencia ya es una derrota para el PRI. Anaya sabe que antes de contender con López Obrador tiene que contender con Meade y en este sentido creo que su campaña está teniendo varios aciertos:

    Anaya sabe que tiene que rebasar a Meade primero para que la batalla quede entre él y López Obrador, y para esto está intentando neutralizar las ventajas competitivas del priísta: ¿Cómo? Presentándose como un político que también tiene maestrías y doctorados y que habla muy bien el inglés y el francés, idiomas con los cuales ha defendido a México allá afuera. Si Meade es un académico preparado, yo también lo soy, pero yo, a diferencia de Meade, no estoy abanderado por el PRI, de hecho soy opositor y voy a «desmantelar el régimen del PRI». Si bien, su distanciamiento con Calderón podría llegarle a afectar de alguna forma (que algunos de los simpatizantes del ex presidente optaran por Meade) también aumenta su margen de maniobra. Anaya se puede dar el lujo de criticar a los gobiernos del PAN y acusarlos de no haber desmantelado el régimen priísta. Esto le podría traer varios votos independientes.

    Por eso a Meade le está costando mucho trabajo construir una narrativa sólida, porque no tiene para donde hacerse. Tendría que encontrar una forma de enarbolar lo bueno del continuismo y evitar al mismo tiempo ligarse al régimen de Peña Nieto, algo que realmente se antoja muy difícil y para lo cual tendría que hacer muchos malabares acrobáticos. Apuesta al continuismo ante el riesgo de López Obrador, pero no estoy tan seguro de que lo primero sea mucho más atractivo que lo segundo. Debido a sus pronunciamientos y actividades que ya ha realizado será muy difícil desligarse de la marca del PRI, a quien hemos visto estas semanas es a Meade el priísta. Su etiqueta de ciudadano es poco creíble, su oratoria no es muy buena y, a pesar de ser una persona inteligente y preparada, no parecer ser muy elocuente (cosa que Anaya sí puede presumir) y no sé si seis meses sean suficientes para lograr un cambio importante con respecto a ello.

    No es imposible que Meade llegue a ganar la presidencia, puede ocurrir. Pero no es tan probable como lo han querido sugerir los priístas y varios medios de comunicación estas últimas semanas y mucho menos es el favorito. También quienes dicen que harán compra masiva de votos para arrebatar el triunfo sobrevaloran esta estrategia, que apenas le alcanzó a Alfredo del Mazo para ganar un estado que el PRI ganaba por goleada. La compra del voto sólo será determinante si Meade termina la elección con una diferencia bastante cerrada contra su principal opositor, y eso sin olvidar que el voto duro del PRI tiene cada vez un tamaño más reducido.

    Tienen mucho trabajo que hacer en el cuarto de guerra de Meade. No, no la tienen fácil.

  • El Mochairo

    El Mochairo

    El Mochairo

    «Mocho» es un término despectivo para referirse a las personas profundamente conservadoras en tanto que «chairo» se utiliza despectivamente para referirse a las personas de izquierda excesivamente idealistas. Podría decirse que son la antítesis, ambos personajes suelen diferir en casi toda la agenda que promueven. Los «mochos» son conservadores en lo social, y suelen creer, al menos hasta cierto grado, en el libre mercado. Los «chairos» suelen ser, al menos en la mayoría de los casos liberales en lo social y conservadores (o intervencionistas) en lo económico (ciertamente lo segundo les es más importante y pueden llegar a prescindir un poco del liberalismo social con tal de defender el intervencionismo estatal). 

    Podría pensarse que en estas condiciones es imposible crear una alianza en común, pero al menos parece ser que es lo que AMLO estaría tratando de hacer o al menos tendría que hacer para que la alianza de MORENA con el PES (Partido Encuentro Social) rinda frutos (me imagino que debió haber calculado que los votos de los evangélicos que gane serán más en número que los votos que podría perder). López Obrador ha dejado a varios de sus seguidores en un dilema muy complicado: ¿cómo apoyar a un candidato que se está recorriendo de forma alarmante al conservadurismo, y al más rancio y retrógrada, si yo soy profundamente progresista? Dirá alguno de los suyos.

    Pero lo que más debe de llamar la atención es la incongruencia que esto implica. Es una traición a sus seguidores (aunque algunos no lo quieran ver). Hasta hace poco, López Obrador podía decir que, a diferencia del PRI (partido ambiguamente ideológico por definición) y el frente (compuesto por un partido de derecha y  dos de izquierda), él mantenía una postura ideológica definida y era congruente con ella. A partir de hoy esto ya no es así, incluso la contradicción es más grosera que en los otros casos.

    Esta decisión, además, habla de su mesianismo populista, paralelo a lo ocurrido con algunos de los mandatarios del Caribe y del cono sur quienes a pesar de decirse de izquierda suelen ser más bien conservadores en lo social e incluso suelen aprovechar la religiosidad de su pueblo para alimentar su liderazgo. Los regímenes autoritarios buscan intervenir también en la moral del individuo. López Obrador ya lo había dejado patente en su libro donde acudía constantemente a pasajes bíblicos y donde hablaba de la felicidad y la bondad, incluso la definía. No es casualidad que se haya destapado como precandidato el 12 de diciembre, el día de «la MORENA de Guadalupe«.

    El propio López Obrador dice que la alianza con el PES es muy importante porque «incluye principios, valores culturales morales y espirituales». Al igual que dijo en su libro, AMLO dice que esta alianza es muy importante porque «no solo vamos a buscar el bien material, sino el bienestar del alma». Estas propuestas son peligrosas porque así López Obrador quiere intervenir directamente en la moral de los individuos, quiere definir por ellos qué es la bondad y casi condicionarles su plan de vida para que no discrepe con este credo. 

    La contradicción se vuelve más grande porque AMLO había tomado a Benito Juárez como estandarte, quien, de forma paradójica, representó lo opuesto a lo que López Obrador quiere representar. Los líderes autoritarios de América Latina de igual forma suelen tomar a algún héroe o un mito y usarlo como estandarte aunque en el camino tergiversen su ideario hasta que casi no quede nada de él. 

    Preocupa, preocupa y mucho que AMLO vaya a construir su «cartilla moral» con la ayuda del sector más rancio y conservador de todo el país. Preocupa porque este tipo de estrategias políticas son más parecidas a la de la izquierda populista latinoamericana que las de la izquierda moderna. Incluso deberíamos poner el término «izquierda» en entredicho. 

    El «mochairo» no puede existir, violaría el principio de no contradicción de Aristóteles donde una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. La alianza MORENA – PES viola ese principio de no contradicción. Más bien parece que se podría explicar mejor por medio del gato de Schrodinger.

    Dicen que hoy AMLO acaba de cavar su tumba. Yo no estaría tan seguro de eso.