Etiqueta: Donald Trump

  • ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump?

    Ante la llegada de Trump al poder, hay quienes piensan -en México- que se abre un mundo de oportunidades, y hay otros que predicen una hecatombe para nuestro país. Yo sugiero un punto intermedio entre los ilusos -ser optimista en exceso es ser iluso- y los pesimistas.

    De hecho, lo que me da más miedo de Donald Trump no tiene que ver directamente con México, y eso es algo de lo que no todos hablan.

    Es decir, lo que genera mucha ansiedad aquí es que Trump va a construir el muro -el cual vamos a pagar, dice-, que va a deportar a muchos connacionales,  y que planea cancelar el TLC-, del cual hasta hace poco muchos dudaban de sus beneficios-. De esos tres puntos, la deportación de muchos connacionales es la que me preocupa más -seguramente serán mucho menos de los que prometió, aunque no dejará de ser un número considerable-, porque muchos serán desterrados y mucha familias quedarán rotas. No es que no importen las otras, sí importan, pero no es el final del país.

    ¿Por qué no me preocupa tanto? Porque no creo que México dependa o deba depender completamente de Estados Unidos; de hecho, esa relación de dependencia es relativamente reciente. No es como que no se pueda entender a México sin una relación estrecha con Estados Unidos.

    Lo que me preocupa de Trump, eso de lo cual no se habla tanto, no es su relación con México, sino la que tendrá con su propio país y con el mundo, así como las implicaciones geopolíticas que su presencia pueda tener.

    Me preocupa, por ejemplo, esa tendencia de Occidente hacia el nacionalismo abrazado (y posteriormente abrasado) por demagogos tendientes hacia el autoritarismo. Y preocupa por lo que representa Trump al frente del país que todavía tiene mayor influencia ideológica y cultural sobre el mundo.

    La democracia está en peligro, pero aún así, si sortea los malos tiempos -lo cual creo que sucederá-, regresará en una mejor versión. Esta cadena nacionalista fue una advertencia para los liberales, por ejemplo, que encajonados en su corrección política, preocupados por solo algunas minorías (de raza, género o preferencia sexual) se olvidaron de toda la sociedad en su conjunto. Pero claro que hay razones por las cuales nos debemos mantener en alerta, y comparto la petición de que no se debe «normalizar» a este magnate con inclinaciones fascistas.

    Pero México puede sobrevivir a Trump.

    Si a Trump se le ocurre cancelar el TLC, o lo negocia de tal forma que quedamos en desventaja, todavía tenemos varias alternativas, muchas de las cuales ni siquiera habíamos contemplado porque ya nos habíamos acostumbrado a esa relación de dependencia.

    Incluso no se equivocan del todo quienes dicen que esta crisis puede abordarse de tal forma que se transforme en una oportunidad. Ésta puede ayudar a México a replantearse como nación. La contraparte es que para esto se necesita mucha visión, y eso es algo de lo que carece el gobierno actual (en todos los niveles).

    Y no estoy diciendo que no vayamos a padecer nada. Muy posiblemente podamos ver a corto plazo algún impacto en nuestra economía al ver reducido el intercambio de productos y servicios con Estados Unidos, habrán trabajos que se pierdan -sobre todo al norte del país-, posiblemente entremos en alguna suerte de recesión económica, pero no creo que sea un día desolador del cual no podamos salir o que pueda comprometer nuestro futuro a largo plazo si somos inteligentes.

    Una alternativa es diversificar nuestra economía. Ante una estrella menguante como la de Estados Unidos, podríamos mirar a países como China, la misma Europa o todas esas naciones asiáticas que emergen gracias a la globalización mientras Occidente se estanca.

    Si Estados Unidos se cierra y cae en un nacionalismo absurdo, México podría llenar esos vacíos que deje nuestro vecino.

    Otra cosa que se puede hacer es fortalecer el mercado interno y trabajar a México desde adentro -lo cual no implica necesariamente que apostemos a una especie de proteccionismo-. México puede apostar a producir lo que importaba por poner un ejemplo. En un mundo globalizado gracias a las tecnologías de la información es más fácil absorber conocimiento que en la etapa pre-TLC, y por lo tanto la curva de aprendizaje es menor.

    Se trata de una estrategia más ambiciosa que convocar en redes a comprar producto nacional para castigar a las empresas gringas -cuya mayoría no tienen nada que ver con el triunfo de Donald Trump, y que de hecho lamentan-. Ese nacionalismo absurdo de no comprar Coca Cola o Starbucks por un día no servirá en lo absoluto. No debemos caer en el mismo juego de cerrarnos.

    Lo que más me preocupa de México no es la llegada de Donald Trump, sino todos los problemas que tenemos dentro de nuestro país y que nos laceran mucho más que Trump.

    La corrupción, la violencia, los feminicidios -ahora que se hace énfasis en la misoginia de Trump-, las instituciones débiles, la impunidad. No podemos culpar a Trump de todas nuestras desgracias a corto plazo cuando ni siquiera nos hemos molestado en barrer la casa. Si queremos vencer a «la amenaza del hombre naranja» debemos vencer a nuestras amenazas internas primero.

    Buscar a enemigos a quien culpar es una pérdida de tiempo cuando el enemigo está en casa, y no me refiero a Peña Nieto -quien es tan sólo una manifestación-, sino a todos, a nuestros vicios como sociedad.

    ¿México puede ser chingón, a pesar de Trump? Sí, porque no necesitamos de su presencia o ausencia para reinventarnos como país. Nos podrá meter en algunos aprietos -menos de los aprietos en que nosotros mismos nos metemos-, pero la capacidad que tenemos -porque tengo fe en que la tenemos- de ser un país grande reside en nuestra voluntad.

     

  • ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    ¿Por qué estamos obsesionados con Donald Trump?

    Han pasado dos semanas y -tanto la comentocracia, los aficionados a la política como la gente normal- no hemos terminado de digerir el triunfo de Donald Trump. Después de su triunfo se ha escrito tanto tratando de entender cómo es que llegó al poder. Después de analizarlo una y otra vez, llegamos a ciertas conclusiones, para después sólo preguntarnos por qué eso sucedió y cómo fue posible.

    Esta histeria es inédita, sobre todo en un país de origen como estados Unidos. Nunca había visto a esta nación en estas circunstancias donde se le dedicaran con resquemor tantos artículos al presidente electo señalando aquello que les preocupa tanto. Pero en este contexto, esta histeria es normal y posiblemente hasta deseable, porque la sociedad norteamericana debe adaptarse a una circunstancia muy diferente jamás vivida, y no debe de dejar la guardia.

    A los pocos días ya hemos visto, por ejemplo, muchos exámenes de consciencia por parte de varios liberales y progresistas que se obsesionaron tanto por la corrección política e incluyeron solo a algunas minorías -raciales, LGBT, de género, nacionalidad etc.- y no a todas -excluyeron y subestimaron a esa clase blanca trabajadora, por su escasez de estudios y su precaria resiliencia-.  Esa es una muy buena noticia, porque estas contradicciones dentro del liberalismo le pusieron la alfombra roja a Donald Trump, y sería muy grave no advertirlas. La que no es una buena noticia sin duda, es que la derecha no sólo no hizo ese mismo examen de consciencia en su tiempo, sino que se radicalizó, y ganó.

    Libros para entender que sucedió han circulado por montones, por lo reciente del triunfo, hasta ahora nos podemos remitir a aquellos libros que ya se habían escrito antes de llevarnos esa dolorosa sorpresa. Obras como Hillbilly Elegy o El Mito del Votante Racional, que sin hablar precisamente de las elecciones pasadas se han vuelto un gran referente. Si algo parecen hacer bien las élites académicas, intelectuales, periodistas y expertas en la materia, es que se han puesto a buscar y generar el mayor conocimiento posible para entender qué es lo que está pasando. Los académicos tratan de entrar a la guerra con el arma más poderosa que tienen, su mente.

    En el caso de nuestro país, la obsesión tiene que ver con el muro, la deportaciones o la renegociación del TLC. El panorama para México no es muy alentador, pero también es cierto que se trata de una circunstancia tal que un gran visionario podría no sólo revertir los efectos -excepto aquellos deportados que verán sus familias separarse- de Trump en el poder, sino que podría utilizar esa circunstancia a nuestro favor. Lo triste es que si algo falta en el gobierno actual -e incluyo a los partidos de oposición- es visión.

    El mayor peligro de Trump no son los efectos que puede causar en nuestro país -algunos están tan obcecados con el muro que no pueden ver el peligro real-, sino el efecto que su presencia tiene en el mundo. No sólo se trata de esta ola autoritaria que parece invadir a Occidente, sino el peso que tiene Estados Unidos para detener o promover dicha ola.

    El problema es que, a pesar de todas sus contradicciones, el discurso de Estados Unidos y la democracia era uno de los pilares que sostenía a la democracia liberal en Occidente. Los países desarrollados habían oscilado dentro de lo que se considera el consenso democrático liberal que va desde la centro izquierda, a la centro derecha (cuyas diferencias van poco más allá del papel del gobierno en una economía de mercado y las posturas en temas como el aborto o el matrimonio igualitario), consenso que parece quebrarse en tanto son cada vez más los que optan por modelos autoritarios.

    No es que Estados Unidos se vaya a convertir en una dictadura, pero con Trump el discurso se desviará lo suficiente de tal forma que pueda debilitar la democracia liberal en favor de autocracias como la Rusia de Vladimir Putin (quien celebra con regocijo el triunfo de Donald Trump). Si la democracia liberal está en riesgo, entonces muchas cosas están en riesgo.

    A Donald Trump no se le debe de normalizar, posiblemente debamos vivir con cierta dosis de histeria los 4 años que vienen a continuación. Lo que sí es importante es que quienes creemos en la democracia liberal, desde progresistas hasta conservadores, debemos ser autocríticos con nosotros mismos y aceptar que no somos ajenos ante lo sucedido. Debemos ser críticos tanto con nuestros modelos económicos -las clases medias en varios países son cada vez más estrechas- como con nuestros modelos sociales que hablan de inclusión pero no prometen inclusión para todos, sino sólo para algunas minorías.

    Nuestra obsesión con Donald Trump posiblemente sea un mecanismo de defensa. Nuestra obsesión posiblemente evite la normalización de un modelo que puede representar un riesgo no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo.

    Porque no podemos dejar de obsesionarnos ante la presencia de una persona que ha hecho del odio y la división, su fortaleza.

  • Carta a Alfredo sobre Donald Trump

    Carta a Alfredo sobre Donald Trump

    Estimado Alfredo Culebro:

    Tuve la oportunidad de ver tu streaming en Facebook y la verdad que lo que escuché ahí se me hizo lamentable.

    Nunca me ha gustado la filosofía de ustedes, los gurús del dinero. No tengo nada en contra de que la gente se haga rica,  pero esa idea excesivamente individualista de poner el dinero en el centro de todo se me hace muy pobre. Una cosa es la educación financiera -muy necesaria en estos tiempos- y otra cosa es esa mentalidad individualista donde el dinero es un fin y no un medio. Pero eso no es el punto, tú puedes ser un gurú del dinero si quieres, tienes todo el derecho a hacerlo, y lo respetaré. Voy a lo que verdaderamente lamenté:

    En tu video me llamaste borrego y loser, así llamaste a la mayoría de los mexicanos. No solamente eso, insultaste a la inteligencia de tu auditorio.

    Primero, la gente tiene derecho a indignarse sobre la llegada de Trump. Que la mayoría lo haga no los convierte en borregos.

    Si algo me gusta mucho es leer, leo más de 20 libros al año, muchos de ciencia política, de filosofía, y sí, algunos libros relacionados con educación financiera y emprendimiento, así que no puedes hablarme de «contextos chiquitos». Y créeme, que la preocupación que tiene la gente por Trump es genuina. Independientemente de la viabilidad de sus propuestas como el muro o el NAFTA, esta persona insultó a México. ¿No tiene la gente derecho a molestarse porque quien ganó hirió el orgullo de nuestro país?

    Dices que es una oportunidad. Concuerdo en que debemos sacar lo mejor de esta circunstancia. Sí podemos, en la medida de lo posible, buscar oportunidades como fortalecer el mercado interno o diversificar nuestra economía. Tampoco he visto hasta el momento, gente que haya tirado sus sueños por el triunfo de Trump, tal y como afirmas. Pero eso no evita el inevitable sufrimiento para nuestros connacionales, no le puedes decir «te quitaron a la vaca» a una familia que va a quedar dividida porque al padre lo van a regresar. ¿Sabes lo que es ser ilegal en Estados Unidos?

    Sé que comparar a Trump con Hilter es algo muy exagerado. Pero ¿te atreverías a decirle a los judíos alemanes de 1935 que «te quitaron a la vaca»?

    Aseguras que el único peligro de Trump es una guerra, que por su temperamento iracundo pueda desatar un conflcto. Yo veo más peligros. No se si en el poder sea un poco más mesurado o termine siendo lo contrario. Pero su llegada es parte de una ola donde los electores están optando por políticos populistas y antidemocráticos. ¿Entiendes que esto implica un riesgo, verdad?

    Hablas de oportunidades, oportunidades y oportunidades. ¿Entonces consideras que la misoginia de Trump es una «ventana que se abre»? ¿Consideras que su intolerancia es una «oportunidad para los aventados»?  Ahí yo veo más bien peligros, peligros y peligros.

    Luego te congratulas porque Trump es un empresario, y dices que los empresarios tienen una mentalidad diferente. Mencionas a Fox, un presidente que tuvo una gestión decente y no más, como caso de éxito. No subestimo a los empresarios, por el contrario, su papel es indispensable en nuestra economía, pero eso no garantiza que sean buenos políticos. ¿Conoces a Silvio Berlusconi, el magnate italiano que gobernó Italia? Pregúntale a los italianos como les fue.

    Peor tantito, te contradices muy feo, primero dices que quienes estamos preocupados por la llegada de Trump somos «losers de la borregada», que debemos cambiar nuestra mentalidad y emprender. Pero luego dices que los mismos gringos con quienes haces negocios -naturalmente emprendedores- estaban muy preocupados por la llegada de Trump. ¿Qué no, como son emprendedores de éxito, porque alguien como tú tan «exitoso» no haría negocios con cualquier mediocre, también deberían tener tu «mismo chip» de ver las oportunidades, oportunidades, y oportunidades?

    Claro, y no podía faltar, justificas a Trump porque es amigo de Robert Kiyosaki. Eso para mí reafirma esa filosofía individualista y acaparadora de dinero de la cual eres promotor. Este mundo necesita más Elon Musk o Steve Jobs, quienes crean, quienes innovan y producen riqueza. Ni Kiyosaki ni Trump producen riqueza, lo cual convierte esto en una ecuación cercana a la suma cero. Mientras Musk crea automóviles o cohetes espaciales, Trump y Kiyosaki especulan en bienes raíces. Lo primero genera progreso humano, lo segundo desigualdad y hasta crisis mundiales -2008, cof cof-. ¿De qué lado quieres estar?

    Y seguirás diciendo en tu mente que soy un loser…

    En lugar de insultarme porque no me cae bien Donald Trump, deberías de venir a Guadalajara -donde por cierto, Elon Musk presentó su proyecto para colonizar Marte por su creciente industria de las tecnologías de la información- para asesorar financieramente a todas esas nuevas startups, y a esos jóvenes que quieren innovar para que aprendan a administrarse mejor económicamente.

    Y para terminar, te cuento lo siguiente:

    Yo en mi vida he tenido bastantes momentos duros y crisis que al final se convirtieron en oportunidades. He participado en varias organizaciones civiles, trabajo por mi cuenta y posiblemente me vaya a estudiar una maestría al Reino Unido, mucho de eso producto de las fuerzas que agarré con el dolor que me provocaron corazones rotos y momentos difíciles.

    Y cuando pasé por esos momentos. cuando «me quitaron a la vaca», le lloré y mucho ¿tiene algo de malo? Pero ni siquiera le estás dando a la gente la oportunidad de expresarse y sacar sus sentimientos, algo que es completamente sano y que es parte de un proceso de duelo. Tu mensaje es: -deja de quejarte, loser borrego-, ¡hasta les truenas los dedos! ¿Con qué autoridad? Estamos hablando de un video que publicaste el mismo día en que Donald Trump fue declarado ganador. A mí me parece un insulto.

    No niego que tengas conocimientos en el ramo, no niego que te has hecho una vida con base en tu esfuerzo, ese no es el punto. Seguro estás gracias a tus méritos, pero también tienes una responsabilidad. El punto es que no puedes insultar a la gente y sacar un beneficio de ello (desde atención, likes, hasta más personas inscritas para tus seminarios), es algo que no es ético y es completamente irresponsable.

    Ojalá ofrezcas una disculpa a tu auditorio, creo que se la merece. No puedes llamar borrego o loser a alguien que no va con tus mismas ideas.

    Bueno, ni siquiera sabes que es el bitcoin y te dices ser gurú del dinero…

    Un saludo.

  • Trump, y el imperio estadounidense que llega a su fin

    Trump, y el imperio estadounidense que llega a su fin

    Trump, y el imperio estadounidense que llega a su fin
    Andrew Moore / The New York Times

    La historia es cíclica, no es permanente. Dentro de ésta siempre existe una potencia hegemónica -se puede sumar alguna otra contraria como lo fue la URSS- que ejerce influencia sobre gran parte del territorio mundial, pero su condición de potencia no es algo que dure para siempre. El Reino Unido, con su ímpetu colonizador, fue una potencia que mantuvo su condición hasta entrado el siglo XX, para luego ceder progresivamente su estafeta a Estados Unidos. La pérdida de esta condición no se debió necesariamente a un proceso de decadencia como sucedió con Roma y como sí parece estar sucediendo actualmente con el país norteamericano. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial cuando los estadounidenses consolidaron su poder, el Reino Unido había salido victorioso en el conflicto mundial de la mano de Winston Churchill. Con el paso del tiempo, a pesar de no tener la influencia de antaño, e incluso a pesar del Brexit, la nación británica y su cultura mantiene cierta influencia en el concierto de las naciones.

    Una de las características de las potencias económicas es la capacidad que tienen para ejercer influencia en las culturas de los demás países. Ese soft power o poder blando, con el cual un país puede incidir en otro por medio de la cultura o la ideología, ha sido crucial para que Estados Unidos se mantenga como potencia hegemónica.

    No es que Estados Unidos esté en riesgo de perder ese poder blando, es que éste ya se ha empezado a deteriorar desde hace varios años. Antes, por medio de su cultura, Estados Unidos podía mostrarse como el salvador del mundo, como aquellos que defienden los valores democráticos a capa y espada contra las tiranías -siempre y cuando no fuera aliada-. El discurso funcionaba. Así, Estados Unidos podía tener cierta injerencia en otros países, y el discurso de los «mensajeros de la democracia» les daba legitimidad para cometer actos, en algunos casos, atroces.

    El capitalismo y la democracia, con la ayuda de una cultura relativamente simple -y por tanto fácil de aprender-, así como un idioma inglés fácil de aprende en comparación con otros idioma, sirvieron para tal propósito. Pero el capitalismo estadounidense ya no funciona tan bien (ni siquiera dentro de su país) y la democracia está en un riesgo serio.

    Considero que fue entrado el siglo XXI cuando Estados Unidos comenzó a perder no sólo capacidad de influencia, sino respeto. Después de la decisión del gobierno de George W Bush de invadir Irak para destruir unas armas de destrucción masiva, Estados Unidos se convirtió en el hazmerreír. Hollywood dejó de crear filmes donde el Presidente de Estados Unidos salvaba al mundo, y en cambio aparecieron muchas películas y documentales exhibiendo las carencias de su gobierno y de su pueblo. El orgullo estadounidense estaba quedando en entredicho.

    Parecía que con Barack Obama Estados Unidos respiraba y volvería a recuperar algo de legitimidad, pero el daño ya estaba hecho, y con un congreso dividido y una polarización creciente, el margen de maniobra era muy estrecho. Ante una economía que parecía no recuperarse del todo, una clase media empequeñecida, y los monstruos de la cultura estadounidense como el racismo y el nativismo, erigieron a Donald Trump como su presidente.

    Reuters / Jason Reed

    Trump llega con carro completo. Parte de la decadencia del gobierno estadounidense se debía a esa parálisis provocada por la división en las cámaras que no les permitía tomar decisiones. Esa condición se rompió, pero quien liderará el país será un magnate populista con tendencias fascistas muy bien marcadas. Y un tirano con «carro completo» es un peligro. Las instituciones estadounidenses serán sometidas a una dura prueba.

    Regresando al poder blando. Si Trump asume la presidencia como condujo su campaña -el escenario más probable-, lejos estará de ser un presidente que cree en la «libertad» y los «valore democráticos». Un régimen tendiente al autoritarismo y proteccionista como el que parece prometer terminará de romper de una vez por todas ese concepto de país «libre y democrático». El discurso, ese que dio poder a Estados Unidos, y que le dio legitimidad para llevar a cabo actos que en cualquier otro escenario hubieran sido considerado reprobables pero que abonaron a su condición hegemónica, habrá terminado de destruirse.

    Estados Unidos quedará aislado, no solo por el muro, sino por un falso proteccionismo donde sus empresas son alentadas por medio de la coacción a no tercerizar sus operaciones en el extranjero y regresar los empleos a Estados Unidos. Quedará aislado por sus altos aranceles, por su intolerancia -en mayor o menor medida, al priorizar el concepto del hombre blanco-, y por su poca apertura. Es decir, entrará en una profunda contradicción con sus ideales y con los valores que intentó transmitir cuando, como potencia hegemónica, ejerció una fuerte influencia sobre el mundo.

    No es que Trump -a menos que nos sorprenda gratamente a todos, cosa que veo improbable- sea el responsable de conducir a Estados Unidos a un futuro decadente, más bien Donald Trump es consecuencia del deterioro tanto económico como cultural de Estados Unidos. La cultura estadounidense es simple, no requiere complicaciones ni mucho menos un lenguaje rebuscado. Para absorber su cultura «consumista pop» no requiere de capacidad intelectual alguna. Cualquier persona con escasa educación puede disfrutar de los reality show, de los Jackass, o de las Kardashian. Un pueblo al que no se le requiere intelectualizar ni expandir sus horizontes más allá de su nación -amen de su gran capacidad para ubicar países en un mapa-, al cual se le dijo que bastaba trabajar y esforzarse mucho para avanzar, premisa que en la actualidad ya no es cierta. Los pocos educados (mayoría) y susceptibles ven casi imposible la posibilidad llegar a ser parte de esa minoría educada y selecta que forma parte de las élites económicas, académicas y empresariales. Esa minoría, cuya mayoría repudió a Trump, pero despreció y subestimó a esas «mayorías enojadas».

    Donald Trump es consecuencia de esa cultura tan simple para poder ejercer influencia en otros países pero tan chatarra como para poder quebrarse por sí misma. Él se presentó como un showman esquizofrénico de la televisión, no importaba que los medios no lo apoyaran, tan sólo necesitaba que le dieran cobertura. El producto vendió tanto que ganó, rompió esquemas y pronósticos.

    Bienvenido al ocaso de Estados Unidos, un país que en las próximas décadas podría dejar de ser considerada como la potencia hegemónica en turno. Posiblemente uno de los pocos legados que queden es su idioma, el inglés es lo suficientemente práctico (sobre todo si lo comparamos con el Chino mandarín) que posiblemente no necesite de Estados Unidos para consolidarse como idioma universal.

    Bienvenidos.

  • La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    La victoria de Trump, la desigualdad, y las clases medias

    Razones por las que Donald Trump es el Presidente Electo de los Estados Unidos son muchas. He visto a muchos «opinadores» y usuarios de Twitter, convertidos en politólogos de la noche a la mañana, arrinconar la discusión a un tema meramente ideológico. Los de derecha le echan culpa a las políticas progre, y los de izquierda al neoliberalismo. Tal vez ambas corrientes tengan algo de responsabilidad (no toda, ni en su conjunto). El problema, más bien, es uno muy complejo, y tiene muchas variables que van desde el nativismo hasta la creación de una narrativa tramposa de un país que dice Trump, está en el borde del desastre.

    Pero hoy quiero hablar de una variable que me preocupa mucho y que nos debería ocupar. Es el tema de la desigualdad y el estancamiento de las clases medias.

    Algunos economistas ortodoxos dicen que no nos debemos de preocupar por la desigualdad, que sólo importa el crecimiento. La realidad es que cuando esa desigualdad empequeñece a la clase media, la democracia corre el riesgo de deteriorarse.

    Desde una perspectiva política, una nación muy desigual, incapaz de crear una clase media, se verá imposibilitada de coexistir en un régimen democrático. De hecho, la historia ha demostrado cómo los países como Estados Unidos y Alemania se democratizaron en tanto sus clases medias empezaron a crecer.

    Entonces sabemos que la clase media es condición necesaria para la existencia de un régimen democrático. Las clases medias son las que suelen hacer los cambios en la sociedad, las élites no lo harán porque naturalmente desean mantener el status quo y sus privilegios, mientras que los pobres tienen que pensar como sobrevivir, además que por su escasa educación son fácilmente manipulables.

    Si ocurre lo contrario, cuando las clases medias se vuelven estrechas, el resultado es el opuesto. Las clases medias, amenazadas y sin un futuro promisorio, tienen más posibilidades de buscar refugio en un líder carismático que se enfrenta a un sistema que ya no funciona, o no les funciona; y entonces, la democracia se deteriora. Ésto es lo que pasó en Alemania del siglo pasado quien sufrió severamente los estragos de la crisis del 29 y que derivó en el ascenso de Hitler, y ésto es lo que pasó con Donald Trump -aclaro que no estoy sugiriendo que los rasgos fascistas de Trump tengan los alcances de Hitler-.

    Varios países desarrollados, entre ellos Estados Unidos, han visto sus clases medias estancadas, sin posibilidades de crecimiento, al tiempo que la distribución de la riqueza se acentúa. Las clases medias, frustradas, al ver que los partidos políticos cercanos al centro ya no funcionan, corren el riesgo de radicalizarse.

    Esto es lo que está pasando con las clases medias en Estados Unidos:

    Pew Research Center
    Pew Research Center

    El ingreso de las clases medias en Estados Unidos está disminuyendo, esta tendencia, como muestran las gráficas del estudio que llevó a cabo Pew Research Center, afecta tanto a la clase media alta como la media baja.

    ¿Y por quién votaron aquellos que afirman que antes les iba mejor? Sí, por Donald Trump.

    Votantes de Donald Trump
    The New York Times

    Según las encuestas de salida que The New York Times cabo el día de la elección, el 78% de las personas cuya situación financiera está peor que antes. En Estados Unidos los más pobres (y que siempre han sido pobres) suelen votar por los demócratas porque son quienes más promueven políticas asistencialistas. Pero aquellos, de clase media, que vieron como sus ingresos se reducían, votaron por Donald Trump.

    Y ésta no es una historia nueva. Una Alemania empobrecida por la crisis de 1929 llevó al poder a Adolfo Hitler.

    Éste es un tema que debe de ocupar a los líderes mundiales y todos los que están involucrados en el tema. Es una discusión que debe ir más allá de ideologías económicas y de pensamientos políticos.

    Y lo es porque el futuro amenaza con estrechar cada vez más a las clases medias.

    Como avances tecnológicos que sustituyen empleos, la concentración de la riqueza en las élites, e incluso la insostenibilidad de las pensiones.

    Muchos estadounidenses que han visto reducir sus ingresos – varios de los cuales viven en la zona denominada Rust Belt–  son empleados poco cualificados. Las empresas que les daban empleo se fueron a México o a otros países, y dada su poca cualificación no pudieron acomodarse en otro empleo, o al menos, no pudieron obtener el mismo ingreso. Pero esa es sólo una historia parcial, y es en la que ha hecho énfasis Donald Trump.

    La otra parte tiene que ver con la evolución natural del ser humano de la era industrial a la del conocimiento. Muchos empleos que requieren poca cualificación están siendo reemplazados por robots o por inteligencia artificial -muchos de estos votantes de Donald Trump no perdieron su trabajo por la culpa de un mexicano, sino de un microchip-. De hecho, en un futuro no tan lejano, la inteligencia artificial hará el trabajo que hasta ahora hace la mayoría de los seres humanos. Ante este oscuro panorama, Elon Musk sugiere que el gobierno pague a todos los individuos un ingreso porque habrán pocos empleos para los seres humanos, y considera que las alternativas son pocas.

    Culpar al neoliberalismo u optar por recetas económicas ortodoxas no servirá de mucho ante un panorama tan complejo al cual nos estamos enfrentando. Tampoco podemos dar por sentada nuestra estabilidad política. Ya hemos aprendido que ésta sí se puede romper, y este rompimiento puede ocurrir si no logramos ser autocríticos e ignoramos la señales que el deterioramiento de los sistemas que nosotros creamos emiten.

    Apenas ha empezado el siglo XXI. Se vienen transformaciones importantes. La pregunta es ¿estaremos a la altura de nosotros mismos?

  • El triunfo de Donald Trump, primeros pensamientos

    El triunfo de Donald Trump, primeros pensamientos

    Podría encabronarme, decir que los gringos son unos pendejos. Podría culparlos directamente de nuestras desgracias. Pero la ignorancia que es regla y no excepción en gran parte del electorado estadounidense no es algo nuevo. Por lo tanto atribuir la virtual victoria de Donald Trump a la ignorancia de los estadounidenses es una visión pero muy parcial.

    El triunfo de Donald Trump, primeras pensamientos

    Es como decir que Hitler llegó al poder gracias a la ignorancia de los alemanes ignorando todo lo demás.

    Es cierto que también jugaron varios de los peores rasgos de la cultura estadounidense: las actitudes misóginas y nativistas de Trump tuvieron mucho que ver, pero aún así no narra toda la historia de lo sucedido.

    Quienes decimos creer en la democracia no aprendimos el error, no quisimos ver como el sistema empezaba a hacer aguas. Nos detuvimos demasiado en lo políticamente correcto, volvimos a asumir que la gente era racional, volvimos a sobreanalizar las escuestas dando refresh una y otra vez al sitio web 358 de Nate Silver quien hasta el día de hoy parecía convertirse en una suerte de rockstar.

    Cuando los votantes están indignados y enardecidos, las encuestas se convierten en una herramienta inoperante.

    La dura lección es para nosotros, para los demócratas liberales.

    Hace falta un Churchill contemporáneo. A la democracia liberal le hacen líderes y de paso sea, también le hace falta autocrítica.

    Como Francis Fukuyama dice, las democracias se forman gracias a sus clases medias, y cuando éstas se estancan, abren paso a la entrada de demagogos y líderes carismáticos. Y lo cierto, es que el estancamiento de las clases medias es evidente. Quisimos, en cambio, seguir con el discurso políticamente correcto, pensando que con puras ecuaciones econométricas para «acabar con la pobreza» y corrección del pensamiento para «acabar con la desigualdad» íbamos a mantener el barco a flote.

    Y hago hincapié en los líderes, porque dentro de las democracias los ciudadanos ya no se sienten identificados con sus mandatarios, ya no hay lazos que los unan.

    Los mandatarios, cínicos y vacíos, se han convertido en figurines a quienes nadie representa, servidores públicos que a ver si hacen algo por su pueblo, haciendo como que todo va bien.

    El Brexit fue una clara advertencia.

    Muchos dijeron incluso que la desigualdad no importaba, ahí están los más desfavorecidos haciendo valer su voz, los menos educados, Las corrientes ideológicas, desde la socialista a la capitalista, ambas llenas de corrección política, nunca entendieron el trasfondo. No es gratis que los ni los partidos de centro derecha ni de centro izquierda sean capaces de despertar pasiones.

    La democracia se ha vuelto una caricatura de sí misma. De forma paradójica, las tecnologías de la información y la libertad de prensa aceleraron esta percepción de que los políticos, ávidos de pronunciar discursos políticamente correctos y bien cuidados, no trabajaban para sus pueblos, y estos últimos se sintieron desamparados.

    Con su displicencia y apatía, las clases educadas pasaron la estafeta a quienes no lo estaban , quienes, frustrados ante su condición, fueron engañados por un líder demagogo que ya es presidente. No sólo es la ignorancia, el nativismo o el racismo. También es mucho, lo que dejamos de hacer quienes creemos en la democracia.

    El turno ha llegado para los extremistas, para Trump, para Le Pen, para Podemos, para AMLO, y sólo una sincera autocrítica podrá detener este vendaval. Posiblemente a los demócratas nos cueste sudor y hasta sangre volver a recuperar esa posición que dimos por sentada volviéndonos comodinos y displicentes.

    Volvimos al mundo de los muros – también un 9 de noviembre, cayó el Muro de Berlín-, al mundo de las diferencias, del nacionalismo irracional, al mundo de la discriminación. Y eso ocurrió porque los demócratas, los que en algún momento enarbolaron esas luchas, se volvieron cínicos, se volvieron una caricatura de sus antepasados.

     

  • ¿Por qué votamos por pendejos?

    ¿Por qué votamos por pendejos?

    ¿Por qué votamos por pendejos?
    Fuente: rollingstone.com

    Donald Trump no sólo es un político nefasto, sino una mala persona. Trump es un empresario racista, que explota a la clase trabajadora, ignorante, misógino, mentiroso, repugnante.

    Aún así, sin ser todavía favorito, puede llegar a la Casa Blanca, y conforme se acerca el día de la elección, las posibilidades de que gane son mayores.

    Mi pregunta es, ¿por qué una figura así tiene posibilidades de ganar?

    Supondría yo, que si quiero depositar mi voto en un político, éste debería ser todo un profesional de la política. Es decir, una persona que esté capacitada para gobernar, que naturalmente sepa hacer política, que posea conocimientos al menos elementales en las diversas áreas que delegará (como economía, justicia, etcétera); no lo depositaría en un demagogo improvisado sin idea alguna. Los políticos, por más los odiemos y les mentemos madres, tienen una función dentro de la sociedad, y por lo tanto, esperaríamos que estuvieran preparados para ello.

    Ojo, al hablar de profesionales de la política, no hablo de políticos de cuño viciados y propios de las viejas formas, sino aquellos que se han entrenado para desempeñar bien sus puestos.

    Entonces, así como llamo a un arquitecto para que construya mi casa o a un doctor para que me cure de algún mal, esperaré que el político esté preparado, sí, para hacer política y para gobernar.

    Si bien, muchos políticos de carrera han decepcionado a la sociedad, ¿por qué esperar que quienes ni siquiera tienen noción de la política y de la habilidad para gobernar van a arreglar el problema que los profesionales no pudieron o quisieron arreglar?

    O en caso de que algún arquitecto inepto nos deje la casa con hendiduras y cuarteaduras producto de su pésimo trabajo, ¿llamaríamos a cualquier improvisado, que lo que más sabe de arquitectura es jugar al Minecraft a nivel básico, para que la arregle?

    Bienvenidos a la era de la trivialización del político.

    Esta se trata, no de tener las habilidades para gobernar, sino de decirle a las masas lo que quieren oír. Esto no trata de trayectorias, de efectividad, es más, ya ni de principios o doctrinas, sino de emociones profundamente viscerales e instintivas.

    A gran parte de la gente no le importa que quien lo vaya representar esté preparado para desempeñar un cargo.

    Lo peor es que esa gran masa no puede ver eso que nosotros asumimos queda en absoluta evidencia con un mínimo de sentido común; o si lo ve, lo reinterpreta a su modo. No hay otra forma de explicar el fenómeno Donald Trump. Muchos de sus seguidores son blancos poco calificados que han perdido sus empleos y no tienen la preparación para encontrar otro. Pero Donald Trump se ha caracterizado más bien por explotar a sus trabajadores. Él es parte de esa creciente desigualdad y se ha aprovechado de ella. Donald Trump es parte de ese problema que ha estancado a las clases medias y no al revés.

    Pero sus seguidores, muchos de ellos desesperados por su situación y por la mediocridad del establishment, caen, y convierten esos defectos en virtudes:

    ¡Por fin alguien con huevos!. reza uno de los carteles en un rally de Trump. ¡Por fin alguien políticamente incorrecto! ¡Por fin alguien que diga todas las verdades! -Aunque en realidad acostumbre a mentir sin piedad-. ¡Necesitamos a un empresario que maneje a Estados Unidos como un negocio! -Ignorando que no paga impuestos, y que sus recursos son más producto de la herencia que del talento-.

    Así, se entiende un poco más por qué Trump puede cometer muchos errores inverosímiles en su campaña y seguir vivo, errores que a Hillary, uno solo, le hubiera costado la candidatura.

    Lo mismo sucede con aquellos políticos que no tienen preparación alguna, o bien, son reconocidos por su falta de ética. Ideologías aparte, a ojos de nosotros lo evidente es tan evidente que cega de tan brillante, no se necesita mucho esfuerzo para poder percibir aquello que es evidente. Asumimos que todos pueden verlo, pero erramos al pensar que todo el mundo tiende a ser más bien parecido a los círculos en que nos movemos. Pero es esa mayoría, con quien probablemente no hemos tenido mucho contacto, la que no percibe (o no quiere percibir) esa tan intensa luz que nos advierte de los peligros de tal figura que quiere aspirar a un cargo político.

    El problema de Estados Unidos es que su población está dividida entre una pequeña masa, intelectuales, estudiantes de universidades en su mayoría de la Ivy League, escritores, filósofos, algunos empresarios o cineastas, o simplemente gente a la que le gusta estar informada; y esa inmensa mayoría educada en escuelas públicas con una calidad, de acuerdo a la OCDE, demasiado pobre comparado con países similares que consumen contenidos chatarra, y que perciben a Trump como un ídolo del show business. Es la primera la que sostiene intelectualmente al país norteamericano y no la masa en su conjunto. Esa minoría es la que gusta de involucrarse en temas políticos, que leen The New York Times o The Washington Post.

    Esa composición en México (la minoría pensante más minoría todavía) es más deplorable.

    La ignorancia de Trump es muy evidente a nuestros ojos porque nos parece demasiado fácil contrastar sus argumentos. Su misoginia lo es porque hay pruebas tangibles que no requieren un gramo de habilidad intelectual o académica para interpretarse y que incluso pueden venderse como un show barato.

    Pero Trump es sólo de tantas expresiones de esa trivialización; de esa conversión de la política a un programa vulgar de entretenimiento; de esos debates de argumentación y contrastes convertidos en una arena de lucha libre. Trump es el ejemplo de esa nueva camada de políticos, futbolistas, payasos, jóvenes físicamente atractivos (si, ya sé chicas, excepto Justin Trudeau), que aprovechando la ignorancia de la gente, han irrumpido en el escenario. Donde la pose y el brillo mata a las ideas, como un efecto colateral de una democracia que asumió que todos los votos eran racionales.

    De seguir así, tal vez las carreras de ciencias políticas, derecho, sociología, filosofía o economía; tendrán que dar paso a aspirantes a ser empresarios del estrellato que sean capaces de crear figuras plásticas para ponerlas a gobernar.

    Deje de lado sus libros de Hobbes o Montesquieu y por favor, abra un canal de Youtube y conviértase en un «influencer» del tema más banal que encuentre. Podría ser Presidente de su país en un futuro.

  • ¿De verdad se parecen López Obrador y Donald Trump?

    ¿De verdad se parecen López Obrador y Donald Trump?

    ¿De verdad se parecen López Obrador y Donald Trump?

    Últimamente, en mis redes sociales han aparecido diversos artículos, memes y opiniones sobre el parecido entre Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump. De igual forma, son cada vez más voces las que se han sumado para refutar esa comparación, reduciéndola a un meme. Hay quienes dicen que quienes hacen esta comparación la hacen de forma tramposa, unos llegan al extremo de decir que la guerra sucia ya ha comenzado. Otros insisten en que son iguales, que no hay nada diferente entre ellos dos.

    ¿AMLO y Trump se parecen?

    Decir que AMLO y Trump se parecen es como decir que Hitler y Stalin se parecen. Ciertamente Hitler y Stalin se encontraban en los extremos políticos opuestos, uno en la extrema derecha y otro en la extrema izquierda, ideológicamente tenían muchas diferencias. Pero ¿era más parecido Hitler a Stalin que Hitler a Churchill o Stalin a Churchill? La respuesta es que sí.

    Sería una exageración decir que Trump es Hitler (a pesar de sus manifestaciones que rayan en el fascismo) y más que López Obrador es Stalin, y por lo tanto, podemos concluir que los contemporáneos no se ubican en un lugar tan extremo ideológicamente como los primeros dos, pero lo cierto es que quienes se ubican muy a la derecha y muy a la izquierda suelen parecerse más entre ellos (aunque sean enemigos declarados) que con relación a quienes se encuentran en el centro, como lo muestra la teoría de la herradura:

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    Si comparamos la historia de vida de Donald Trump con la de López Obrador no encontraremos de ninguna manera a dos personajes similares. Donald Trump siempre vivió en la opulencia y heredó una inmensa fortuna, la cual invirtió y reinvirtió, construyó torres y hoteles, tal vez no con el éxito que tanto gusta de presumir. López Obrador, oriundo de Tabasco, no creció dentro de una familia opulencia y nunca tuvo una fortuna. Vivió siempre del erario público, fue Presidente del PRI en Tabasco, luego de la escisión llegó al PRD y fue presidente de ese partido, Jefe de Gobierno de la CDMX y candidato presidencial dos veces consecutivas (sin sumar la campaña de 2018).

    Sus programas de gobierno serían muy diferentes. López Obrador cree en la intervención del Estado en la economía (en ese rubro se parecería más a Barack Obama o a Sanders que a Trump) mientra que el millonario cree que se deben de reducir los impuestos al mínimo. Es un capitalista, aunque opta por la intervención del Estado en la economía y la sociedad de una manera distinta a la de AMLO, por ejemplo, pidiendo a las transnacionales que regresen los empleos a Estados Unidos, cerrando fronteras, construyendo muros y cancelando tratados multilaterales.

    Hay más diferencias, por ejemplo, es difícil advertir en López Obrador manifestaciones xenofóbicas como las de Donald Trump, y a pesar de que moralmente López Obrador es un persona que parece tender más hacia el conservadurismo, no manifiesta, como en el caso de Donald Trump, muestras de acoso a las minorías, tales como las mujeres o los discapacitados. En este sentido Donald Trump suele ser más agresivo y arrogante que su contraparte mexicana.

    Hitler y Stalin tenían muchas diferencias sobre cómo se debería de gobernar un país, pero a pesar de ellas, no era difícil observar también muchas similitudes. Por ejemplo, el papel del ejército en sus respectivas naciones, el férreo control social e ideológico sobre sus gobernados, la represión a quienes disienten, tenían un enemigo en común (los judíos en un caso, Occidente en el otro), el intenso uso de la propaganda política, el control total sobre los medios de comunicación, entre otros.

    AMLO y Trump

    Así también, podemos encontrar varias similitudes entre López Obrador y Donald Trump. Por ejemplo, ambos se presentan como outsiders de la política (lo cual no es necesariamente malo) y se oponen al status quo, al sistema o a la mafia en el poder. En ambos casos, la figura tiene mucho peso sobre sus seguidores y son capaces de mantener un considerable grupo de leales incondicionales quienes los apoyarán a pesar de todas las contradicciones evidentes.

    De la misma forma, debido a su personalismo, ambos creen estar por encima de las instituciones. Las razones pueden ser diferentes, en Donald Trump como producto de una megalomanía o un nacionalismo mal entendido, en López Obrador por ese sentimiento de que las instituciones en México no trabajan para todos. De esta forma los dos amagan con no reconocer el resultado de las elecciones antes de que éstas ocurran, y en caso de acusar un fraude electoral, en vez de utilizar los mecanismos institucionales para denunciarlas o promover reformas (cosa que López Obrador no hizo después de 2006), deciden entonces mandar al diablo a las instituciones. Aunque hasta el momento no conocemos la reacción de Donald Trump después de una derrota electoral, sí podemos utilizar como antecedente la victoria de Obama en 2012 donde el magnate invitó a desconocer los resultados y hasta amagó con hacer manifestaciones en Washington.

    El maniqueísmo es un rasgo muy presente en las dos figuras -estás conmigo o estás contra mí-. Los dos observan con recelo a quienes son críticos con ellos. Es muy parecido el trato que hace López Obrador -no sólo con los medios oficialistas, sino que aquellos que no siéndolo, son críticos con él- con el que hace Donald Trump después de recibir una crítica de The New York Times o The Washington Post. También ambos tienen enemigos en común que le dan fuerza a su figura, el status quo, los migrantes o China por el lado del magnate, y la mafia en el poder por el lado del tabasqueño. Ambos son la manifestación de problemas sociales y económicos que se manifiestan en ambos países: la tremenda desigualdad en México y la clase media sin educación en Estados Unidos que ve como sus empleos vuelan a otras naciones.

    Si ambos llegaran al poder, podríamos esperar programas de gobierno distintos, pero podríamos advertir similitudes en las formas para ejecutarlos. En ninguno de los dos casos podríamos hablar de gobiernos transparentes y tolerantes con quienes disienten con ellos, ambos encarnarían gobiernos que posiblemente no sean dictatoriales pero sí personalistas donde el nombre de Trump o López Obrador estarían por encima. Posiblemente ambos revisen tratados y acuerdos firmados, tanto dentro de la nación como por fuera del país. Un NAFTA podría correr el riesgo de sufrir, cuando menos, varias modificaciones considerables, en cualquiera de ambos casos.

    Quienes dicen que AMLO y Trump no son iguales tienen razón, existen muchas diferencias entre ambos personajes, sobre todo en su historia y programas de gobierno. Pero a la vez, también tienen razón quienes advierten muchas similitudes entre ambas figuras, sobre todo en la forma de conducirse.