Etiqueta: Donald Trump

  • Tu Donald Trump interior

    Tu Donald Trump interior

    Y el discurso de muchos no era uno de apertura, fraternidad o tolerancia, era uno de un nacionalismo ramplón.

    Amigos, dejemos al lado las formas y lo políticamente correcto, dejemos de ser hipócritas y de aparentar algo que, como sociedad, no somos. Nuestra sociedad es, en general, una que comparte muchos de los prejuicios de los que acusa a muchos que conforman eso que llamamos «el vecino del norte». 

    Al menos ellos son honestos y no pretenden ser algo que no son. Al menos ellos no esconden sus prejuicios bajo una capa moralina y correcta.

    No, no somos todos, pero sí son varios, los suficientes como para no tener el permiso de decir que se trata de una excepción a la norma. Los suficientes como para poder dejar pasarlo de largo. 

    Tristeza fue la que me dio al ver a muchas personas adoptar un discurso muy parecido al de Donald Trump a raíz de lo ocurrido con la caravana migrante. Es cierto, no es un tema en el que se pueda opinar a la ligera, es cierto que intentaron entrar al país de forma abrupta y que deben respetar las normas y leyes del país al que van a ingresar, es cierto que al entrar de forma desordenada corren mayores riesgos de ser víctima de la violencia del narco o la trata de personas, es cierto que ellos se encuentran desesperados por buscar una mejor vida, es cierto que existe una crisis humanitaria de la cual ellos están huyendo. Es válido tener diferencias al respecto, pero por favor, otra cosa son esas declaraciones de muchos que iban desde «a ver, si tan consciente eres adopta uno en tu casa» al «hay que construir un muro para que no pasen».

    Tristeza fue la que me dio porque entonces para muchos el problema con Trump era mero nacionalismo, era subirse al mame: ¡No nos chingues pero nosotros sí podemos chingar! El problema para esos muchos era un tema de egos, de ¡no te metas con México! Era algo más parecido a un partido de futbol entre México y Estados Unidos y no producto de de alguna genuina preocupación con motivos humanistas. 

    Tristeza fue la que me dio al ver que muchos de nuestros connacionales buscan conmiseración cuando nuestro país está en posición de víctima, ¡que todos conozcan a Trump el abusador! ¡Que las organizaciones supranacionales intervengan! ¡Que ojalá «le hagan impeachment» y lo saquen a patadas! Pero cuando nosotros estamos en una posición de privilegio donde las víctimas son los otros entonces podemos ser igual o más crueles que los propios gringos. 

    No es un caso aislado, muchos de los mexicanos suelen ser crueles con los migrantes y suelen ver de forma despectiva a las personas de Centroamérica como si fueran inferiores a nosotros. No es raro ver que alguien coloque alguna manta donde soliciten que los migrantes no se queden en su colonia y algunos ejercen presión para que no se construya un albergue de migrantes por su colonia porque la pueden ensuciar y volver más insegura. Todo esto a pesar de que los migrantes que están de paso en nuestro país suelen ser pacíficos. Vaya, por algún tiempo abundaron por mi colonia porque ésta se encuentra cerca de las vías del tren, estaban ahí dormidos en la pista donde salgo a correr y nunca causaron ningún problema, absolutamente ninguno. Por el contrario, eran gente respetuosa que incluso eran respetuosos con el lugar donde se encontraban.

    Muchos de los otrora anti Trump ahora nos alertan porque los hondureños van a llegar a quitarnos nuestros trabajos, que son de la Mara Salvatrucha, que son criminales, asesinos ¿dónde escuchamos eso? 

    Hipocresía pura y dura.

    Quitémonos esa pretensión de ser moralmente superiores por el simple hecho de ser generalmente las víctimas y no los victimarios. Porque cuando nos toca ser victimarios somos muy crueles. 

    Nosotros tenemos más moral que los gringos para hablar de migración. Nosotros la tenemos doble.

  • Con Trump ¿dónde jugarán los niños?

    Con Trump ¿dónde jugarán los niños?

    Con Trump ¿dónde jugarán los niños?

    El slogan de Trump, ese «Make America Great Again» siempre apeló a ese Estados Unidos blanco, en el cual las otras razas estaban condenadas a formar parte de la base de la pirámide y a no tener los mismos derechos de los primeros. Eso explica que su gobierno no haya tenido ningún empacho a separar a los niños de sus padres. 

    Las imágenes y videos que circularon por las redes sociales donde había niños enjaulados cubiertos con hojas de aluminio dentro de un almacén o un recinto que había sido abandonado por Wal Mart en Texas son muy crudas. Esas imágenes, que causaron una gran indignación, evocaron a muchos (yo incluido) imágenes de eventos pasados que ya creíamos superados. Pero los seres humanos podemos llegar a ser tan imbéciles como para volver a repetir la historia. 

    A Trump se le debe de llamar por lo que es: un fascista, cosa que los medios de comunicación en Estados Unidos temen hacer. Pero este tipo de medidas no permiten categorizarlo de otra forma. 

    Trump se excusó en la «falta de efectividad y debilidad de los demócratas» con respecto a la seguridad fronteriza. Dijo que era tiempo de «cambiar las leyes» pero no hay ninguna ley que requiera la separación de familias, fue la decisión de la administración Trump de hacerlo. La mayoría de los estadounidenses (incluyendo algunos republicanos) reprueban estas medidas, pero hay quienes, como el fiscal general Jeff Sessions, tienen el empacho de citar la Biblia para justificar estas políticas al decir que «se debe obedecer la ley porque Dios lo ha ordenado con el propósito del orden», un argumento que se utilizó constantemente incluso por los esclavistas de Estados Unidos

    Muchos padres que cruzan la frontera con sus hijos o familia están siendo deportados sin ellos. A los padres los regresan mientras sus hijos permanecen confinados en jaulas donde pasarán meses o años sin que sus padres los puedan ver o recuperar. Los padres tienen dos opciones: que los niños queden bajo custodia de algún familiar en Estados Unidos (evidentemente que resida de forma legal) o que sean regresados a las autoridades del país que provienen (no con sus padres), pero en la práctica esto no siempre sucede así ya que debido a «cuestiones burocráticas» los niños permanecerán detenidos meses o años. 

    Quienes son más afectados naturalmente son los niños. Estos niños seguramente terminarán con severos trastornos psicológicos al haber sido separados de sus padres y ser recluidos en una jaula donde lo único que tienen a la mano son botellas de agua, bolsas de papas fritas y telas de aluminio, donde se encuentran junto con personas desconocidas, donde se sienten inseguros y lo cual seguramente les afectará demasiado en su desarrollo psicoemocional. Seguramente estos niños desarrollarán fuertes trastornos de ansiedad, un escaso control del manejo de sus emociones e incluso podrían llegar a sufrir problemas psicóticos como esquizofrenia en los casos más extremos. No solo los están separando de sus padres, literalmente casi están cancelando su futuro.

    ¿Cuál ha sido la respuesta de las autoridades mexicanas? indiferencia. No hemos visto una postura enérgica de nuestras autoridades, de hecho, Enrique Peña Nieto no ha hecho declaración al respecto y Videgaray lo hizo tarde:

    Parece que Peña está más preocupado por su pellejo y sus intereses en las elecciones que por la forma en que están siendo tratados los niños que migraron de nuestro país y que están sufriendo, lejos de sus padres, por las políticas inhumanas de Donald Trump, quien, seguramente ante la presión y el alto costo político que estas políticas le estaban acarreando, firmó una orden ejecutiva para terminar con la política de separación de familias (que él mismo se sacó de la manga). 

    Trump nos enseñó que los seres humanos podemos ser lo suficientemente estúpidos como para retroceder a un oscuro pasado que ya había sido superado. 

  • Cómo quisiera poder vivir sin aire

    Cómo quisiera poder vivir sin aire

    Cómo quisiera poder vivir sin aire

    La ciencia es la manifestación suprema del hombre como individuo terrenal.

    Lo es porque la ciencia es el producto de sus más altas capacidades cognitivas. La ciencia no es perfecta en tanto el ser humano no es perfecto, pero tiene la capacidad de autolimitarse, regularse y de ponerse a prueba a sí misma a través del método empírico. Es decir, la ciencia no puede ser producto de arrebatos y arbitrariedades, ella misma funge como filtro ante las ocurrencias de nuestra especie. 

    La única forma en que se puede negar a la ciencia es con más ciencia. Si alguien duda de alguna teoría o hipótesis, debe plantear otra nueva que evidencie la hipótesis anterior y la sustituya. Quien pretenda negar a la ciencia fuera de esa dinámica es un charlatán.

    Pero esa negación, tomando en cuenta que el progreso humano y su autosustentabilidad tiene como base a la ciencia misma (y claramente a la filosofía que no contradice a la ciencia sino que le da sustancia), puede ser muy peligrosa. 

    Lo que acaba de hacer hoy Donald Trump es una rotunda negación de la ciencia. El cambio climático no es un concepto esotérico ni una arbitrariedad, es un hecho comprobable a través de la ciencia. Salirse del acuerdo climático de París es una de las decisiones más bárbaras que ha tomado Estados Unidos desde hace tiempo. 

    El pobre Donald Trump no entiende a la ciencia, básicamente porque su ignorancia y su desmedida ambición pesa más que la razón, porque el beneficio inmediato (si es que hay un beneficio tangible) importa más que la sustentabilidad a largo plazo. No entiende, el pobre Donald, que si no se toman medidas enérgicas (parte de la razón de ser del tratado) al planeta se lo va a cargar el payaso. Por ejemplo, se estima que en algunos años o décadas las principales ciudades del mundo tendrán un clima más cálido que cualquier otro año hasta 2005

    La ciencia es tan evidente que muchas empresas estadounidenses se opusieron a esta medida (porque recordemos que Trump busca, entre otras cosas, aumentar la productividad en su país al deshacerse de los «represivos protocolos ambientales»). Empresarios como Elon Musk y el CEO de Disney decidieron renunciar a los consejos consultivos de la Casa Blanca

    Nuestros antepasados creían que con el avance de la ciencia, la charlatanería terminaría siendo una anécdota histórica. Creían que bastaba con demostrar que algo era cierto o erróneo para que se estableciera de esa forma. Nos hemos dado cuenta que no es así, mucho de lo que ya puede ser afirmado o negado categóricamente por medio de la ciencia es ignorado (a veces de forma deliberada) para así crear una «interpretación alternativa» de la realidad, a pesar de que las evidencias son claras. El menosprecio por la ciencia que tienen algunos sectores de la sociedad estadounidense se ha traducido en políticas públicas tangibles. El dogma que puede ser fácilmente evidenciado ha logrado imponerse sobre la razón.

    La decisión de Trump hará mucho daño al planeta tierra (por el tamaño, importancia y el peso económico del país al que gobierna), un planeta cuyo ecosistema ha visto deteriorarse por la supremacía del ser humano sobre todas las demás especies. Justo cuando empezamos a tomar responsabilidad sobre ello, y justo cuando posiblemente lo hicimos tarde, la ambición de un líder, alimentado por la ignorancia y el dogma, pueden comprometer la sustentabilidad de nuestro planeta en un futuro que ya no es tan lejano.

    Y claro, la reacción de la comunidad internacional apareció al instante: 

  • Alt-Right y la supremacía blanca hipster

    Alt-Right y la supremacía blanca hipster

    Foto: Atlanta Black Star

    La inteligencia y la cultura están muy íntimamente relacionadas, tanto que algunas confunden una cosa con la otra. La realidad es que ambas son dos cosas completamente distintas y se les suele confundir porque a mayor inteligencia, el individuo tendrá más posibilidades ser más culto. Una persona inteligente puede darse el lujo de no ser culta en tanto aquella persona con un nivel intelectual abajo del promedio difícilmente podrá serlo.

    Y se entiende porque una mente inteligente tendrá mayor capacidad de absorber y procesar el conocimiento que recibe.  

    Pero ¿En qué difieren ambos conceptos?

    Primero, la inteligencia tiene que ver con la capacidad cognitiva de nuestro cerebro -primero atribuida a la racional, y después a varios otros tipos de inteligencia como los propuestos por Howard Gardner-. 

    Segundo, la cultura tiene que ver con la cantidad del conocimiento que un individuo posee, y también se dice que tiene que ver con la capacidad y la disposición de procesar dicho conocimiento. Naturalmente la inteligencia es una herramienta casi indispensable para hacer ese ejercicio.

    Pero ni la inteligencia ni la cantidad de conocimiento que el individuo posee son una garantía ni un cheque al portador. Ciertamente una persona que devora libros está más inclinada a tener una perspectiva más amplia de las cosas. Pero como afirma Jonathan Haidt, una persona puede utilizar su inteligencia e incluso puede echar mano del conocimiento para reafirmar su dogma y su necedad.

    Considero que faltan dos variables en la ecuación de aquel hombre culto que a través del conocimiento obtiene una perspectiva muy amplia de la vida: la curiosidad y la capacidad de autocrítica. 

    Muchas de las personas que defienden posturas dogmáticas y hasta enfermizas (que incluyen racismo o discriminación) son inteligentes y no les sobra conocimiento. Han leído a Aristóteles, han estudiado a la escuela de Frankfurt, algunos admiran a Nietzsche y pueden explicar muy bien qué es el imperativo categórico de Immanuel Kant. Posiblemente sepan algo de metafísica, entiendan qué es potencia y acto, o utilicen el dualismo de Descartes para construir un argumento.

    ¿Entonces qué es lo que pasa?

    Muchos de ellos no echan mano del conocimiento para abrir sus mentes ni para ser más empáticos, sino para reforzar su dogma. No es como que el conocimiento los haya llevado allá, sino que estuvieron ahí desde un principio y echaron mano de dicho conocimiento, extrajeron de éste los argumentos que más les convenía.

    Ellos ya están predispuestos, ya saben de antemano qué es lo que van a tomar y van a rechazar. 

    Si bien, muchas personas de cualquier postura ideológica llegan a recurrir alguna vez a este tipo de «trampas» para formular sus argumentos, quienes se encuentran en los extremos ideológicos hacen de este juego la regla. 

    Un caso ejemplar es el de los integrantes del movimiento ultraderechista Alt-Right, que tienen muchas afinidades con Donald Trump, y sobre todo, con Steve Bannon, el cerebro del gobierno de Estados Unidos. 

    En su página oficial publicaron un artículo llamado Democracy Isn’t Working -La democracia no está funcionando-. Cuando se lee el artículo por encimita -eso que los anglosajones llaman skimming- uno encontrará algunos lugares comunes y argumentos que podrían sonar familiares como: -la democracia no ha venido funcionando bien, o que el votante es irracional, echan mano de filósofos como Aristóteles e incluso se atreven a citar al propio Jonathan Haidt -opositor a Trump y quien busca lo opuesto con sus obras: fomentar la tolerancia entre liberales y conservadores- para formular sus argumentos. 

    Un ingenuo podrá quedarse seducido por ese aroma intelectual y que a simple vista podría pasar como moderado. Ese es el arte de Alt-Right y algunos movimientos supremacistas de Estados Unidos. En lugar de ser fuertemente confrontativos y políticamente incorrectos como uno podría entender a un movimiento fascista, esconden argumentos e ideas nocivas dentro de este aire intelectualoide.

    https://www.youtube.com/watch?v=CYT5DfE73UY

    Pero basta analizar bien el texto para entender las trampas a las que recurren. Citan a Aristóteles, quien decía que las democracias podían derivar en una tiranía -cosa que no sólo es falsa como lo hemos visto con el caso de Donald Trump, sino que gracias a este fenómeno, Alt-Right ha encontrado más foros para alzar su voz-. Hacen énfasis en los defectos que mencionan -que no son del todo falsos- para crear un argumento falaz: «la democracia es el peor de todos los sistemas».

    Lo que hace a la democracia el sistema más peligroso es que no hay meritocracia en ella. La gente tiene poder de decisión con solamente haber cumplido 18 años y no haber muerto al cumplir esa edad. 

    Ciertamente, en muchos casos los votantes son irracionales y toman decisiones equivocadas. La contradicción viene cuando estos individuos proponen que el soberano resida en una monarquía -el gobierno de un rey- o en una aristocracia -el gobierno de unos pocos-.

    Al menos, si un rey se corrompe, puedes matar a su niño -el heredero-, los aristócratas al menos pueden poner a otros en jaque, pero la democracia es el cáncer de la corrupción política. 

    La democracia por sí sola no es meritocrática. Pero tampoco lo son la monarquía ni la aristocracia. En la monarquía quien gobierna lo hace por herencia y no por méritos. La aristocracia no necesariamente se conforma con base en el concepto que de ella tiene Platón, donde ésta se conformaría como una meritocracia, menos cuando seguramente,  de acuerdo al ideario de Alt-Right, serían hombres de raza blanca y no aquellos quienes son más talentosos. 

    La democracia no se entiende sólo, como la concibe Alt-Right, como un sistema donde la gente vota, sino que ésta incluye o al menos trata de incluir las condiciones para que la gente logre agruparse e incidir en los asuntos públicos. Gracias a la democracia, a través de organizaciones civiles o think tanks, el pueblo puede crear unidades de conocimiento para tener incidencia dentro del gobierno -gobernanza-. La democracia también incluye derechos humanos y libertad de expresión. En una monarquía, el pueblo debería tener la suerte de que su rey sea lo suficiente benévolo para que garantice ciertas libertades -lo cual no ocurre en la mayoría de los casos-.

    En la crítica que Alt-Right hace, delinea de forma muy sutil su supremacía racial:

    El promedio de cociente intelectual (IQ) entre los blancos y europeos es de 100. Sin embargo, tenemos una mayor representación entre los talentosos e inteligentes que los asiáticos, cuyo IQ es un poco mayor. Suena bien, pero ¿cuál es el problema? El sector de la sociedad que tiene un IQ más alto de 120 y que puede juntar e inferir su propia información.

    Luego hablan de trampas o sesgos cognitivos para apelar a la irracionalidad del votante -que provoca la corrupción en la democracia- como si ellos fueran incapaces de caer en esas trampas. Hablan de aquel sesgo cognitivo –el efecto de Dunning-Kruger– donde un individuo tiene la percepción de ser más inteligente de lo que en realidad es. Y citan a Haidt -quien decíamos es opositor de Trump y de estos movimientos supremacistas- y su analogía del elefante y el jinete; en la cual explica que las intuiciones -elefante- viene primero, y la racionalización -jinete- viene después y está condicionada por el propio elefante:

    Y si habíamos hablado de que quienes forman parte de estos movimientos supremacistas ya lo eran antes de adquirir conocimiento, entonces podemos entender que caen en el mismo juego del que acusan a los demócratas, a los liberales y a los conservadores «tibios». La supremacía racial «irracional» entonces está representada por el elefante, mientras que su búsqueda del conocimiento «el jinete» tiene una gran dependencia con dicho elefante quien le dice cómo interpretar el conocimiento que el sujeto recibe. 

    Analizando el artículo, uno se puede dar cuenta que a pesar de las referencias filosóficas, psicológicas o antropológicas, terminan formando una nada. Porque los autores forzan dichas referencias para que encajen a fuerzas en el argumento. 

    Pero como forma de propaganda tiene sentido. El incauto verá en el artículo un texto intelectual y no un desplante fascista. Se dejará llevar por la «pomposidad» y la grandilocuencia del texto que parece no tener muchas agresiones ni confrontaciones. Pero los argumentos, la supremacía racial, la tentación por el autoritarismo, ahí están impresas, con palabras más bonitas y rebuscadas. 

    Basta «hojear» algunos artículos contenidos en su plataforma para ver que ese recurso es una constante.

    Todos sabemos que hemos entrado a un punto de quiebre, que la democracia necesita replantearse, que la representatividad está en crisis, y que ésto ha creado un caldo de cultivo para el surgimiento de movimientos ultraderechistas y radicales de izquierda. Pero esta crisis debe solucionarse desde dentro de la democracia y no fuera de ella. La deliberación, la autocrítica y el debate de las ideas son los que deben de sanar y reconstruir la plataforma que ha quedado desgastada, no el dogma y la intolerancia de quienes, paradójicamente, gracias a la democracia, tienen una voz para esparcir ideas nocivas. 

  • Mas si osare dos extraños enemigos

    Mas si osare dos extraños enemigos

    México no tiene un enemigo en común, sino dos. No sólo es Trump, también es Peña Nieto. Esta paradoja no ha permitido al país cerrar filas ante el magnate.
    Marcha #VibraMéxico

    El semiólogo recientemente fallecido Umberto Eco decía que todos necesitamos tener un enemigo. Ello, dice él, define nuestra identidad y nuestro sistema de valores. Se puede tratar de un enemigo concreto (otra nación o algún personaje) o uno abstracto (alguna corriente política o forma de pensar).

    Por ejemplo: la Unión Soviética forjó gran parte de su identidad con el discurso antioccidental y la conceptualización de Estados Unidos como «el enemigo». Un clásico de futbol también está explicado por ésto. Los equipos -Real Madrid o Barcelona, Chivas o América- no sólo tienen un rival acérrimo a quien odiar, sino que parte de su esencia tiene que ver con ese odio: ser aficionado al Guadalajara es odiar al América y viceversa. 

    De igual forma ocurre con los enemigos abstractos: Los enemigos de los libertarios son los keynesianos, el enemigo de la religión es el ateísmo y viceversa. 

    México ha conocido a un nuevo enemigo, una amenaza que pudiera ayudarle a reforzar su identidad: Donald Trump. Ante la amenaza, el mexicano hace énfasis en los valores que lo definen como mexicano: saca su bandera, presume el guacamole, y hasta hace campañas para producir lo hecho en México. Ante una amenaza así el mexicano intenta ser más mexicano. 

    Pero México tiene dos problemas, que aquel «extraño enemigo» no era el primero ni el único. 

    El que «pegó primero» fue aquel que primero le daba identidad a la izquierda pero que después -producto de sus errores y agravios- se convirtió un enemigo común para todo mexicano sin distinguir corriente política o posición social -el 88% según las encuestas-: Enrique Peña Nieto.

    Entonces estamos en un problema. ¿Por qué?

    Porque parte de la dinámica en la cual la entidad -sea una persona, un grupo o una nación- toma una postura ante el enemigo, consiste en reforzar los lazos de quienes conforman dicha entidad. Pero resulta que dentro de esa entidad hay, a su vez, otras entidades que juegan el mismo papel y que debilitan el reforzamiento de la identidad como un todo. 

    Para decirlo más fácil, tener un enemigo interno no permite a la nación crear una unidad absoluta en contra del enemigo exterior. Quienes forman parte de esos lazos -los ciudadanos- no sólo gastan muchas energías en tratar de combatir a los dos, sino que son incapaces de crear una unidad completa.

    La única forma de hacerlo es reconciliándose con el enemigo interior, de quien se supone -y no todos concuerdan con ello- representa una amenaza inferior al enemigo exterior, y porque esas entidades internas al final forman una parte de una otra más grande y suprema -llamada México-. Si la identidad suprema se vence, las internas quedarán muy comprometidas.

    Pero sí entonces tenemos tan sólo la reconciliación como opción para aspirar a la mejor unidad posible, tendríamos que poner sobre la mesa las razones por las cuales el enemigo interior -Peña Nieto- fue creado. ¿Por qué la gente odia a Peña Nieto y lo considera su enemigo? Porque está muy relacionado con la corrupción, por su postura displicente -cuando menos- con la tragedia de Ayotzinapa, por el conflicto de intereses de la Casa Blanca, por el estado actual de las cosas de nuestro país. 

    El enemigo de los ciudadanos es Peña Nieto en tanto que no ocurre lo contrario, al menos no con tanta fuerza. Los ciudadanos odian a Peña por las causas antes mencionadas, Peña tiene cierto resquemor con los «ciudadanos de oposición» que son el 88% porque lo odian por las causas anteriormente mencionadas. 

    Entonces las únicas dos formas en que ambas partes pueden conciliarse serían las siguientes:

    1. Que los ciudadanos cedan. Esto es, que «perdonen» los agravios al Presidente o al menos los relativicen lo suficiente para que Peña Nieto no merezca la etiqueta de enemigo.
    2. Que Peña Nieto ceda. Esto es, que resuelva todos los agravios de los que se le acusa y que lo haga de tal forma que dichos actos tengan credibilidad y sea perdonado por el pueblo.

    Lo cual se antoja muy difícil por cualquiera de los dos partes. Personajes como Steve Bannon, el hombre detrás de Donald Trump, conocen muy bien estas dinámicas. Parece ser que en la Casa Blanca se esfuerzan por debilitar aún mas la figura del presidente, porque así la unidad es menos posible y el país se vuelve más vulnerable. 

    El enemigo de fuera juega con el enemigo interno. Pero el enemigo interno ha agraviado tanto a la población que los mexicanos están muy poco motivados a cerrar filas con él.

    Por eso se entiende que hasta las marchas se polaricen. Ante la búsqueda de legitimidad el gobierno trata de incidir en ellas, esperando que sea algo «pro Peña», o al menos que no sea «anti Peña». Por eso los letreros de repudio a Trump se hacen a acompañar por los del repudio a Peña Nieto, por eso se debate con insistencia si la marcha de #VibraMéxico tiene que ser en pro o en contra de Peña como si no existiera un punto medio. El agravio con el enemigo interno es tan grande que muchos no pueden dejar de «recordársela a Peña. 

    Si esta paradoja de los dos enemigos no existiera ya hubiéramos visto las calles de México abarrotadas desde hace mucho. Pero el mexicano, con dos enemigos y no uno, se siente atacado por diferentes flancos que no puede concentrarse en uno solo.

    Y por eso México llega muy debilitado al combate. 

  • ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    ¿Por qué sí apoyo la campaña #VibraMéxico?

    FOTO: DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ /CUARTOSCURO.COM

    Las redes sociales están divididas en torno a esta marcha. Hay quienes dicen que es organizada por el establishment, que se trata de una marcha descafeinada en repudio a Trump pero que no profundiza en las causas y hay quienes de plano creen que su propósito es legitimar al gobierno de Peña Nieto. 

    Argumentos tan simplones como: «Si Enrique Krauze promovió la marcha en el programa de Denise Maerker, si el programa de Maerker se transmite por Televisa, y si Televisa apoyó a Peña Nieto en 2012, entonces la marcha tiene el propósito de legitimar a Peña Nieto».

    Algunos de estos críticos lincharon a Enrique Krauze por no marchar cuando desaparecieron los estudiantes de Ayotzinapa -aunque escribió varios artículos lamentando lo ocurrido-. Pero si cuando ocurrió lo de Ayotzinapa casi todos marcharon, mucha gente «de derecha» hasta monjas salieron a las calles. ¿Si esa vez prácticamente todo México se unió, por qué no ahora?

    Los críticos también parten de otro supuesto -más que válido-. Si el Gobierno de Donald Trump nos puede humillar es porque somos muy débiles como nación, y esta debilidad se explica en gran medida porque México es un país muy corrupto donde la clase política forma parte de la corrupción. El problema es que piensan que dado esto, entonces primero tenemos que resolver todo antes de manifestarnos con un demagogo que nos insulta y que es un riesgo no sólo para México, sino para el mundo.

    La conclusión es errónea. Voy a hacer una analogía:

    Tú eres una persona debilucha y el bully de la escuela siempre te golpea en la salida. Si fueras una persona menos débil el bully ya no se metería contigo, naturalmente llegas a la conclusión de que debes ir al gimnasio para que en unos meses tengas más masa muscular y puedas darle unos buenos golpes al agresor. Pero ¿eso significa que mientras tanto vas a dejar que te golpeen? Naturalmente no, vas a tratar de defenderte en la medida que sea posible. Posiblemente vayas con el director de la escuela o le avientes un mesabanco al bully, y que lo hagas no implica que no dejes de ir al gimnasio.

    Es una obviedad que México tiene que fortalecerse y resolver sus problemas internos para ser un país más fuerte del cual no abusen. Pero eso no está peleado con el hecho de que los mexicanos salgan a las calles para mostrar su repudio al bully llamado Donald Trump, una cosa no cancela la otra. El problema del bully es un problema inmediato, el problema del país débil que necesita fortalecerse es uno necesitará varios años de lucha, voluntad y esfuerzo. 

    Los críticos dicen que es algo que está organizado por el gobierno. Pero yo por más que me meto a su página y veo todas las organizaciones involucradas no veo a nada que me huela a gobierno. 

    ¿Amnistía Internacional? ¿El CIDE y el Colmex que tiene académicos muy críticos con el gobierno actual? ¿El IMCO que con la #Ley3de3 tuvieron muchos roces con el gobierno y cuyo titular es duro crítico de Peña Nieto? ¿Transparencia Mexicana? ¿La Universidad Iberoamericana que respaldó a los alumnos que formarían #YoSoy132?

    Curiosamente muchas de esas ONG’s e instituciones se la han pasado trabajando para incidir en el gobierno y cambiar las cosas. ¿O son despreciables las reformas políticas propuestas desde la ciudadanía y estas organizaciones?

    Ciertamente, yo dije que no puedo apoyar moralmente a Peña Nieto, pero sí puedo exigirle que haga lo que tiene que hacer y esperar que represente a México de la forma más digna. El sitio web dice que el propósito de la marcha es:

    … «que los ciudadanos sumemos esfuerzos y unamos voces para manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del Presidente Trump, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican». A su vez «Requerir que el gobierno informe permanentemente de las negociaciones con Estados Unidos» y «Exigir el buen gobierno que merecemos». 

    La marcha tiene como propósito la inmediatez y es totalmente comprensible porque el riesgo es «inmediato», nos manifestamos por eso que ya está enfrente de nosotros. Es inmediato que el gobierno tome medidas ante este nuevo contexto y por eso hay que marchar. 

    Y sí, también hay que marchar en contra de Donald Trump. Que seamos un país débil no significa que no tengamos el derecho a defendernos de un agresor. Que deploremos a nuestro gobierno no significa darle derecho a alguien externo a agredirlos. Esos cómicos memes de: -Peña es un pendejo, pero es nuestro pendejo, no te metas con él Donald Trump- llevan algo de verdad. Y si algo es muy cierto es que Steve Bannon pretende debilitar lo más posible al gobierno así como deteriorar aún más la imagen de Peña Nieto para poder incidir así más sobre México, que pierda lo más posible en las negociaciones para cumplir los caprichos políticos de Donald Trump. 

    Pero no sólo se trata de México, el repudio hacia Donald Trump debe unir a todas las voces de distintas partes del mundo, que sea generalizado. Recordemos que el mayor peligro de Trump y su gente es que pretenden destruir los cimientos de la democracia liberal y modificar el panorama geopolítico llevándonos a un estado de las cosas que ya habíamos superado. Por eso es importante colmar las calles, porque se trata de unir fuerzas de repudio en todo el globo terráqueo. Debemos evitar que las tentaciones de ultraderecha prosperen.

    Por eso me preocupa que ante un momento así decidamos dividirnos, afirmar sin bases que unirnos a esta marcha implica abandonar los temas nacionales, el gasolinazo o la corrupción, o que nos «estamos volviendo paleros de Peña Nieto» cuando esta marcha ni siquiera está organizada por el gobierno ni tiene relación alguna. Los problemas de México son muchos y se pueden atacar por diferentes flancos. 

    No es con banderitas ni con nacionalismos absurdos de activistas de sofá, es salir a las calles no sólo a defender a México, sino unirnos con todo el mundo, con todos los ciudadanos del mundo que no queremos a Trump, que no queremos que la ultraderecha avance. El repudio debe ser generalizado, y si Estados Unidos puede -todavía- incidir en todo el mundo, entonces todos los ciudadanos del mundo tenemos que mostrar músculo.

    Como dijo Genaro Lozano en su Twitter: si tu problema es que no quieres marchar «con la derecha» puedes unirte al colectivo de la UNAM. Esta marcha no debe tener colores, debe unir a todos los mexicanos y todas las facciones están representadas. 

    Vibra México no es sólo un alto a las agresiones de Donald Trump, es un alto al fascismo y al oscurantismo. 

  • No es México, es todo el mundo el que está en riesgo

    No es México, es todo el mundo el que está en riesgo

    No es México, es todo el mundo el que está en riesgo
    Fuente: Bloomberg

    Si yo saliera con un micrófono a preguntarle a la gente qué es lo que más le preocupa de Donald Trump, seguramente escucharía muchos argumentos donde relacionan al magnate con nuestro país. Me dirían: «Trump nos ha humillado, nos quiere hacer pagar el muro, o qué va a pasar con los mexicanos que están allá». Las preocupaciones que la gente tiene no sólo son válidas, sino que tienen sustento. 

    Sin embargo a mí me preocupa más lo que ya está pasando en el mundo y en Occidente con el ascenso de Trump y los gobiernos nacionalistas de ultraderecha.

    Y no, no es que no me importe México. Es que esto también va a impactar a nuestro país, y a la vez puede terminar impactándonos a nosotros los ciudadanos. Esto es algo que la gente de pie no toma mucho en cuenta.

    Por decirlo de alguna forma, el modo de vida que tú llevas, lo que consumes, tu derecho a expresar tu opinión, todo es producto de un sinnúmero de equilibrios que damos por sentado porque ahí han existido desde hace mucho tiempo. Esos «equilibrios» no sólo se han estado desgastando como producto del tiempo -la historia es cíclica de algún modo- sino porque hay quienes están ansiosos por derribarlo, como Steve Bannon, el hombre que está detrás de Donald Trump.

    Gracias a la democracia liberal es que podemos no sólo salir a votar, sino expresarnos libremente en las redes sociales, podemos reunirnos y crear organizaciones ciudadanas. Aún con una democracia disfuncional como la muestra, al ser la democracia liberal la regla en Occidente, ésta ejerce cierta influencia en el país: -México debería tener una prensa libre, México debería de promover los derechos humanos y debería garantizar la equidad de género-. A pesar de que las instituciones supranacionales como la ONU y similares no están de ningún modo exentas de corrupción e intereses, no deja de ser cierto que parte de los valores que se promueven van en el sentido de garantizar ciertas libertades a los individuos.

    En una democracia liberal el individuo tiene la libertad de manifestarse contra sus propias instituciones. 

    ¿Qué pasaría si la democracia liberal en Occidente fuera reemplazada por regímenes autoritarios? ¿Qué pasaría si la demagogia y el autoritarismo se convirtiera en regla?

    Primero, que los gobiernos -y sí, incluyo el mexicano- tendrían menos incentivos para democratizarse. Si países como Estados Unidos, Francia u Holanda se volcaron al nacionalismo ¿por qué no hacerlo nosotros? Al cabo nos gusta mucho seguir el ejemplo de los países desarrollados ¿o qué no?

    No sin olvidar la influencia y presión que otras naciones pudieran ejercer sobre nuestro país.

    Segundo, ante el rompimiento del orden geopolítico sería más difícil acudir a instancias internacionales -porque posiblemente algunas de ellas desaparezcan o su naturaleza se corrompa- para resolver conflictos. Me preguntaría que relevancia tendría la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -recordemos de ahí el GIEI de Ayotzinapa- ante un nuevo orden geopolítico donde el multilateralismo ha muerto (deseo de Trump y Bannon) y ha sido reemplazado por relaciones bilaterales entre los distintos países. 

    Steve Bannon, un leninista de derecha (es profundamente admirador de Lenin) quiere romper con lo que él considera el establishment. Eso no sólo significa influir en Europa para que la Unión Europea desaparezca como tal, ni sólo implica acabar con el progresismo e ideas liberales para sustituirlas por otras ultraconservadoras. Va más allá y parece estar conspirando contra el Papa Francisco al apoyar e instigar a los círculos más ultraconservadores de la Iglesia Católica porque considera que el Papa es muy liberal, dada su agenda de cambio climático, migración y pobreza. 

    Pero independientemente de lo que haga este hombre tras el poder, Europa se podría reconfigurar por sí misma. El primer paso ya está dado con el Brexit, pero ahora tendremos que esperar a ver lo que pasa en Holanda y Francia en el primer semestre de este año. En Holanda, Geert Wilders,  del Partido por la Libertad de ultraderecha, es favorito a ganar según las encuestas. En Francia, no son pocas las posibilidades que tiene la ultraconservadora Marine Le Pen, y a pesar de que las encuestas -a esas que tanto les encanta fallar- dicen que ganará la primera ronda, vaticinan que en la segunda votación perderá contra su opositor -posiblemente Emmanuel Macron-. 

    Ahora, no sólo es Occidente inclinándose hacia la derecha -rompiendo ese consenso liberal que abarcaba de la centro-izquierda a la centro-derecha-. Habrá que ver como se configura el nuevo orden geopolítico. Habrá que ver el papel que toman países como Rusia o China -que tampoco son democráticos- en esta nueva configuración. La democracia liberal tendrá que resistir desde las calles y las universidades, el conflicto entre ideologías y naciones estará asegurado. 

    Este nuevo panorama me preocupa más que lo que ocurra en México porque al final este reacomodo geopolítico e ideológico impactará sí o sí a nuestro país. La postura de Trump ante México no se explica mediante un conflicto entre dos países, sino entre uno de carácter más global. México es la víctima fácil para legitimar el discurso nacionalista, es el que no opondrá resistencia a diferencia de lo que sí haría China. 

    Vienen tiempos difíciles, y no sé si oponerse a Trump con un nacionalismo ramplón de banderitas como avatares ayude en algo. 

  • Make nuestra pinche hipocresía great again

    Make nuestra pinche hipocresía great again

    Make nuestra pinche hipocresía great again

    Lo voy a decir claro, si un Donald Trump mexicano surgiera dentro de nuestro territorio -esto es, una figura igual que el magnate estadounidense, pero adaptado o tropicalizado al contexto y la realidad mexicana- sería muy popular entre un considerable sector de la población, y hasta podría ganar. 

    Ahora ya entró la moda de subestimar a los estadounidenses, y sobre todo, de ser implacables con quienes votaron por Trump, aquellos de los apalaches, del rust belt, de las zonas más deprimidas de nuestra nación vecina. A veces las críticas se llevan a cabo con cierto tufo de superioridad moral: –mira que la «clase media ilustrada» mexicana está mucho más avanzada que esos white trash-. E incluso muy dentro de nosotros nos congratulamos de su condición porque haciendo la comparación ya nos sentimos tan mal. 

    La realidad es que incluso nuestras clases urbanas ilustradas, a diferencia de las estadounidenses, siguen siendo en gran medida apáticas, o bien, se limitan al activismo comodino. Si bien es cierto que la participación ciudadana en México ha aumentado en los últimos años, sigue siendo mayoría la que sigue sin involucrarse y no muestra responsabilidad alguna para con su comunidad. 

    Estados Unidos presenta una curiosa dicotomía, una aparente contradicción que es parte de su cultura y sus raíces y que de alguna manera siempre ha coexistido. Por un lado está el multiculturalismo, el país de migrantes. Por otro lado está el nativismo y el racismo. Uno vive dentro de las ciudades, otro dentro de las áreas rurales y suburbanas. Las segundas fueron olvidadas por el sistema, y desde un contexto decadente, de exclusión, de tejidos sociales rotos, votaron por un demagogo que les dio voz. 

    Los estadounidenses no niegan esa contradicción ni se la guardan. Por el contrario, la gritan. Las élites intelectuales y el multiculturalismo presumen su condición y sus ideales, los nativistas también. 

    Los mexicanos, por nuestra parte, no nos caracterizamos por ser directos. No sólo porque a veces llegamos a pecar de ser demasiado humildes como para poder terminar de presumir todas nuestras virtudes, sino que nos gusta esconder muchos de nuestros defectos y a hacer como que no existen. Esto ocurre mucho con el tema del racismo, muy presente en nuestro país. 

    La realidad es que si reconocemos nuestra condición tal y como es, podemos llegar a la conclusión de que nuestra situación es igual o posiblemente peor a la de los Estados Unidos. Posiblemente nosotros no tengamos red necks o nativistas que salen al pórtico de sus casas a decir que matarán al primer migrante que encuentren dado que no recibimos las olas de migrantes que los estadounidenses reciben. Pero la realidad es que nosotros también discriminamos a los migrantes.

    Eso sin importar la incongruencia que eso representa cuando criticamos el racismo y la xenofobia de Donald Trump.

    La Encuesta Nacional de Migración de UNAM realizó las siguientes preguntas: ¿estás de acuerdo en que se deporten a los migrantes centroamericanos? O ¿estarías de acuerdo en que se construya un muro en la frontera sur? Las respuestas fueron las siguientes:

    • La mitad está totalmente o parcialmente de acuerdo en que se construya un muro en el sur.
    • El 40% está total o parcialmente de acuerdo en que se deporten a los migrantes.
    • El 30% está de acuerdo en que los extranjeros paguen más impuestos que nuestros connacionales.

    Un Trump o una Marine Le Pen mexicana estarían frotándose las manos.

    Eso sí, cuando se habla de los migrantes mexicanos en Estados Unidos el consenso es unánime: no debe haber muro, no deben haber deportaciones.

    ¿Qué ésto no sólo es contradictorio, sino producto de un nacionalismo trasnochado y convenenciero, como ese que tanto le reclamamos a Trump?

    Peor aún, los mexicanos también somos selectivos con los extranjeros, y el criterio para hacerlo es muy parecido al del gobierno de Donald Trump, En esa misma encuesta, los mexicanos muestran más confianza ante estadounidenses, canadienses y españoles, en tanto estigmatizan más a los centroamericanos. Por más blancos y más limpios, son más bienvenidos.

    Incluso somos más tolerantes con los sirios porque no son sucios y porque gracias a los medios están de moda. Aplaudo que el esfuerzo de muchos haya dado la oportunidad a Samah, una siria que huía de la guerra, para que continuara con sus estudios y su proyecto de vida. Pero esa solidaridad no la muestran todos, ni siempre, ni con todos. 

    No debemos tampoco olvidar las manifestaciones de discriminación hacia los migrantes que es pan de cada día. En Guadalajara, muchas personas se opusieron a el establecimiento de una casa de paso para ayudar a los migrantes porque decían, afean sus colonias, son sucios, y traen inseguridad -a pesar de que han demostrado lo contrario-. De igual forma, en esta misma ciudad, algunos colonos han desplegado mantas donde invitan a los migrantes a retirarse de sus colonias. 

    Si queremos que otras naciones respeten a la nuestra debemos actuar con congruencia respetando no sólo a aquellos de otras nacionalidades sino a nosotros mismos. Lo primero que deberíamos hacer es aceptar nuestros defectos culturales en vez de verlos reflejados como un «lo que te choca te checa» en los defectos del vecino. 

    Duele, pero es la verdad. Y si queremos avanzar deberíamos primero ser conscientes de nuestra realidad. No, no somos tan incluyentes con los migrantes como pensamos y presumimos. Dejemos de pensar que lo somos porque a los extranjeros -predominantemente blancos- se les atiende con una cálida cortesía.

    Y vaya que sólo he hablado de los migrantes, porque hasta con nosotros mismos discriminamos.