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  • ¡Queremos Halloween!

    ¡Queremos Halloween!

    El Halloween es una muestra de como una cultura relativamente nueva (y por ende más escasa) pueda terminar absorbiendo a una más rica. Y esto no sucede porque la primera sea más fuerte, de ninguna manera. Esto sucede más bien porque la primera viene acompañada de un imperio y la segunda de una nación relativamente débil. Eso explica porqué los niños gritan ¡Queremos Halloween!.

    ¡Queremos Halloween!

    No tengo nada contra el Halloween. Pero a mí en lo particular me agrada más el día de muertos y se me hace más rico culturalmente. Ese folclor que le rodea, ese significado que tiene dicho rito prehispánico (que se mezcló de una u otra forma con el cristianismo), el cual habla de nuestra cultura, de una cultura que tiene la costumbre de burlarse de las desgracias (aunque con una tesitura fina y prudente, pero eso es el día de muertos). A pesar de que el día de muertos es una tradición de exportación y es algo que admiran muchos extranjeros que vienen a visitar nuestro país, algunos lo han cambiado por el Halloween, al cual no quiero desestimar sus orígenes celtas pero al menos como se celebra aquí y en los países anglosajones, el Halloween tiene más de «marketero» que de tradicional.

    Algunas corrientes religiosas han relacionado al Halloween con el satanismo (que vaya que con las brujas y las calaveras luego se pueden hilar argumentos). Esto posiblemente preocupe a los religiosos practicantes, pero no a aquellas personas que no son «tan practicantes» o que bien que no tienen religión alguna, dado que estos últimos no creerán en dichas acusaciones por las mismas razones que hacen que no crean en alguna religión. El día de muertos también habla de la muerte, pero esta celebración más bien es una forma de honrar a aquellos que se han ido, de burlarse de la muerte a la cual estamos resignados por medio de las famosas «calaveritas».

    En lo particular yo prefiero ver un altar de muertos que unas calabazas afuera de mi casa. Y no se trata de nacionalismo, más cuando muchas de nuestras tradiciones y creencias fueron importadas. Sino que México tiene una cultura rica y exquisita que muchas veces no sabemos valorar. A la cual a veces incluso hacemos menos debido a nuestra deteriorada autoestima colectiva.

    Si la gente quiere celebrar Halloween, que lo celebre, está en todo su derecho. Pero yo prefiero quedarme con el día de muertos. A pesar de que no soy una persona religiosa, muchas de nuestras tradiciones ricas y folclóricas están relacionadas con la religión o influenciadas de alguna u otra manera con esta. Incluso el Halloween lo estuvo (a pesar de que ya se ha convertido en una campaña de mercadotecnia más que nada, y que se ha convertido en una tradición totalmente secular).

  • Burlarse de la vida

    Quizás pocas cosas unan tanto a México como sus tradiciones, siendo el culto a la muerte una de las más celebradas en todo el territorio nacional. Desde finales de octubre comenzamos a ver en las casas, escuelas, o instalaciones oficiales, pequeñas edificaciones cubiertas con papel de china picado, donde se colocan coloridas calaveras de azúcar, fruta, flores y pan de muerto, como ofrecimiento a un miembro de la familia o personaje distinguido que se nos adelantó en el camino.

    Paradójicamente, la celebración de la muerte no es otra cosa que un llamado a la vida, donde asumimos que la gente que nos dejó continúa su existencia en alguna otra dimensión, la cual se empata con la nuestra durante los primeros días de noviembre, cuando se corre la cortina entre ambos mundos, lo que les hace posible a los difuntos convivir con sus seres queridos de este plano.

    En todo el mundo, la muerte es reverenciada de una u otra forma. Desde el Día de Muertos cristiano hasta el Samhain pagano de los celtas que dio origen al Halloween, cada cultura ha encontrado la forma de rendir homenaje al misterio máximo de la existencia, que comprende nuestra incapacidad de considerar este fenómeno como el final permanente de nuestra personalidad.

    Como humanos, nuestro instinto de supervivencia nos hace desear una continuidad, y preferimos verla como un tránsito a una vida distinta, donde nos reuniremos con nuestros allegados que se fueron primero y continuaremos juntos el viaje infinito hacia el perfeccionamiento del alma.

    Los y las mexicanas preferimos personificarla, traerla a nuestra vida cotidiana y mofarnos de ella a través de caricaturas, esqueletos de papel maché y rimas ingeniosas llamadas “calaveritas”, donde intercambiamos el miedo a morir por la dicha de la subsistencia. Como afirmaba, el culto a la muerte en México no es otra cosa que un tributo a la vida.

    Sin embargo, los tiempos violentos que estamos viviendo nos invitan a reflexionar sobre este tema. En un país donde la guerra en las calles ha cobrado la vida de alrededor de 50 mil personas (según el poeta Javier Sicilia y su Movimiento por la Paz; la DEA contabiliza 43 mil), la muerte deja de ser un invitado fugaz para convertirse en un temor real al que todos y todas estamos expuestos. Los titulares en los medios hablan diariamente de los decesos producidos, ya sea por combates entre las fuerzas de seguridad del Estado contra miembros del crimen organizado, o por luchas entre cárteles por el control de alguna plaza, siendo los segundos los que más atentan contra el derecho a vivir.

    Las formas en que se ultiman hablan de cómo se ha perdido el respeto al cuerpo humano, de cómo ha cambiado la mentalidad de algunas personas para deshumanizar a sus enemigos, siendo capaces de crímenes atroces donde pareciera que lo importante no es deshacerse de ellos, sino infligir la mayor cantidad de sufrimiento posible antes de hacerlo; enseñorearse de la vida de alguien más donde la empatía se convierte en un obstáculo inoportuno.

    ¿Cómo celebraremos ahora el Día de Muertos? ¿Cómo nos burlaremos confiadamente de “La Catrina”, cuando ella nos ha mostrado su peor cara? ¿Cómo honraremos a la vida cuando el miedo a morir hace que haya quienes se pregunten si no sería mejor pactar con los criminales?

    Hace poco, Vicente Fox, expresidente de México, dijo que pactar con el crimen organizado podía ser un garante de paz; y en entrevista con El Universal criticó el lunes pasado la guerra contra las drogas emprendida por Felipe Calderón, y señala la necesidad de negociar con los narcotraficantes y de brindarles amnistía.

    Con un cinismo insoportable, Fox Quesada parece convertirse en el principal defensor de los traficantes de estupefacientes, olvidando todas las muertes que están detrás de las luchas entre los cárteles por controlar las plazas, y la saña con la cual ejecutan a quienes consideran sus enemigos, siendo algunos de ellos respetables integrantes de la sociedad civil.

    El tema de la legalización de los enervantes podría ponerse en la mesa de discusión, junto con un sistema de prevención y tratamiento, pero hablar de un indulto después de 50 mil vidas humanas perdidas suena insultante, sobre todo viniendo de una persona que estuvo al frente de la administración de México, y que probablemente es directamente responsable de la realidad actual.

    Justo en la víspera del Día de Muertos, el expresidente nos recuerda con su inverosímil propuesta que es muy diferente la tradición mexicana que se mofa de la muerte, a burlarse descaradamente de la vida.