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  • La amnistía y la guerra contra el narco

    La amnistía y la guerra contra el narco

    La forma en que operan los cárteles de la droga en nuestro país es muy parecida a la forma en que los regímenes totalitarios (como los nazis y los comunistas) se implantaron dentro de las naciones en las que gobernaron. Estos regímenes aprovechan una condición de vulnerabilidad para establecerse: así como los nazis aprovecharon el declive económico de la República de Weimar a raíz de la crisis de 1929, los cárteles del narco aprovechan las condiciones de vulnerabilidad, pobreza y falta de oportunidades preexistentes dentro de alguna comunidad dada. 

    De la misma forma, la propaganda es crucial. La cultura que el narco promueve es una forma de propaganda, una cultura aspiracional y de status, de dinero, mujeres, camionetas que serían impensables ganar de forma legal y formal. El narco penetra dentro de la vida cotidiana por medio de géneros musicales como la banda (narcocorridos) o el rap, así como otros medios de consumo. Por último, al igual que las dictaduras totalitarias, los cárteles del narco atomizan y destruyen el tejido social e implementan uno nuevo por medio de un régimen del terror, donde todos los que son parte se vigilan a ellos mismos o se delatan ante la más mínima traición que les puede llegar a costar la muerte.

    La llamada guerra contra el narco desatada en los últimos doce años parece haber subestimado la reingeniería social que el narco hace en las comunidades y se ha enfocado mucho en el desmembramiento de los cárteles por la vía coercitiva. Es decir, la guerra contra el narcotráfico ha tenido una visión correctiva pero no preventiva. La Alemania ocupada de la posguerra llevó a cabo un proceso de desnazificación para revertir la influencia que el nazismo tenía en el tejido social, no había bastado con que los aliados vencieran al ejército de Hitler, había que limpiar a Alemania que estaba infectada para evitar su resurgimiento. 

    La propuesta de López Obrador en materia de seguridad tiene muchas lagunas y le falta desarrollo, ello explica que haya dado pie para que sus opositores tergiversaran su propuesta de la amnistía afirmando que va a liberar a los capos (lo cual es falso). Pero si algo ha de reconocerse es que López Obrador ha planteado una alternativa que busca atacar el problema de raíz. La amnistía considera más bien hacerlo con aquellas personas que están en la cárcel porque se han visto forzadas (ya sea por necesidad económica y coerción) a involucrarse en actividades relacionadas con el narcotráfico como la siembra y actividades similares, no considera liberar a los capos ni pactar con ellos. Pero lo interesante, a pesar de su falta de desarrollo como propuesta, es el cambio de enfoque que propone el tabasqueño ya que aborda eso que ha faltado en el combate contra el narcotráfico.

    No sé si las hojas de ruta que se tracen en el caso de López Obrador puedan ser las más acertadas, me parece un tanto evidente que sus asesores están trabajando sobre la marcha en ellas y la buenas intenciones no bastan. Pero el diagnóstico y la propuesta de cambio de perspectiva (que ha quedado relegada en un segundo plano en el contexto electoral) es algo que debe analizarse y tomarse en cuenta. Aunque creo que la estrategia correctiva no debe abandonarse del todo, sino que debería formar parte más bien parte de una estrategia integral que busque atacar el problema de raíz.

    Cuestiones como la excesiva desigualdad y un sistema que no ofrece posibilidades de movilidad social (la capacidad que tiene un individuo de desplazarse a un nivel socioeconómico superior) a aquellos que se encuentran abajo se convierten en caldo de cultivo para que el narco penetre en esas comunidades y las explote en su beneficio. Eso es algo que no se ha combatido posiblemente porque implicaría tocar algunos intereses y cotos de poder. La desigualdad y la falta de oportunidades, más que un problema, son un síntoma de una falla estructural más grande y que es la que debe de atenderse. López Obrador es el único que lo ha detectado, pero habría que debatir con él no argumentos absurdos como si «va a liberar a los capos» sino, por ejemplo, si su intención de revertir la Reforma Educativa pudiera jugar en contra de este objetivo ya que la educación es un pilar clave para crear un país donde haya una mayor movilidad social. 

    Pareciera que sus opositores no quieren entrarle al tema y parecen más bien aspirar a hacer eso mismo que durante 12 años no ha funcionado. Si a 12 años de que la guerra contra el narco inició estamos lamentándonos por el triste asesinato de estudiantes en Guadalajara, entonces es porque algo no ha funcionado en la estrategia. Tal vez sea importante comenzar a hablar del combate a la desigualdad y a la falta de oportunidades, un combate que no se lleve por medio de programas asistencialistas pero sí con una regeneración de las estructuras sociales para que «los de abajo» tengan mayores oportunidades de crecer «hacia arriba» sin tener que recurrir al narco para ello. Tal vez sea importante comenzar a debatir sobre cómo podemos regenerar y fortalecer el tejido social de esas comunidades para que los jóvenes no se vean tentados por la delincuencia y se vean seducidos por la narcopropaganda. Esto debería ser uno de los temas centrales dentro de la elección y sólo López Obrador lo ha abordado a medias y con torpeza.

    Mientras tanto, muchas familias siguen rompiéndose, muchos jóvenes siguen siendo asesinados, los balazos siguen cimbrando el territorio mexicano. 

  • López Obrador, la amnistía para la mafia, y la otra mejilla

    López Obrador, la amnistía para la mafia, y la otra mejilla

    La campaña (eterna) de López Obrador ha tenido un viraje. El tabasqueño ha decidido moderar su discurso para atraer a los votantes de centro. De apoyar abiertamente a la CNTE, se ha mostrado en favor de una negociación entre el gobierno y esta organización, al tiempo que ha sido menos beligerante con la Reforma Educativa propuesta por Aurelio Nuño.

    López Obrador, la amnistía para la mafia, y la otra mejilla
    Revista Alto Nivel

    Recordemos que en 2012 la estrategia le funcionó, quedó cerca de ganar la elección pero el ultimo mes volvió a radicalizarse con lo cual ahuyentó votos y sentenció su derrota (a esto podemos sumar otros factores como la compra de votos del PRI). López Obrador contrató en ese entonces a Luis Costa Bonino, quien fue el artífice de las exitosas campañas de François Miterrand y Lula da Silva, y casi logra colocar a AMLO en la silla presidencial. Parece que López Obrador ha optado por una estrategia similar de camino al 2018.

    Pero hay algo que me ha llamado mucho la atención, y es que en ese afán de moderarse, López Obrador propone una amnistía (la cual incluye a Peña Nieto y a todos sus colaboradores). Más propio de un pasaje bíblico que de una estrategia política, el argumento de López Obrador es que él no se quiere vengar y optará por el perdón para poder sacar adelante al país.

    A mí me parece una propuesta errónea.

    Es errónea, porque la justicia no se debe de regir por el «perdón» ni la «venganza», sino por el imperio de la ley.

    Si Peña Nieto, sus colaboradores, o la «mafia del poder» cometieron actos ilegales, deben de pagar por ellos y deben recibir un castigo de acuerdo a la ley. Si López Obrador fuera ese presidente tan «honesto y democrático» que dice ser, su tarea no debe de ser el perdón ni la venganza, sino la aplicación de la ley; y si a los actos cometidos por sus «adversarios» les corresponde un castigo por sus actos, éstos se deben aplicar.

    Posiblemente pienses que soy iluso, que en México las cosas así no funcionan, que es imposible. Pero es a lo que deberíamos aspirar si queremos tener un Estado fuerte con instituciones que funcionen.

    Si la ley queda sujeta a los deseos de justicia o perdón de un mandatario, además de ser un acto de autoritarismo, ésta terminaría usándose a discreción, deteriorando aún más unas instituciones que ya han sido demasiado laceradas en este sexenio. Si AMLO considera tener el derecho de «perdonar», entonces también asumirá el derecho de «vengarse» y aplicar la ley a su conveniencia.

    Peor aún, si quienes hayan cometido algún acto ilícito son perdonados, seguirán disfrutando impunemente de los recursos que han despojado a terceros, o de los beneficios de haber violado la ley sin recibir castigo. López Obrador no sólo estaría «perdonando» a los «mafiosos», estaría validando sus actos, y dejaría impunes actos que se cometieron contra la sociedad.

    O acaso, si Peña Nieto cometió actos ilícitos que merecen un castigo ¿Estarías de acuerdo con que él fuera perdonado?

    No se trata de iniciar una cacería de brujas, se trata de aplicar la ley. Se trata de que nuestras instituciones funcionen, de tener un Estado fuerte, pero a que la vez sea limitado por la rendición de cuentas, y que la sociedad organizada sea partícipe. No se trata de un caudillo que desea o no perdonar a otros al margen de la ley por conveniencia política, que se encuentra entre la mitad de un pasaje bíblico y las viejas formas del PRI (que son las mismas que las «nuevas»).

    No se trata de aparentar o ser más moderado, se trata de gobernar con las instituciones. Además no es una estrategia política inteligente, porque a estas alturas, no son muchos los mexicanos (ni los moderados, ni los panistas, menos los suyos) que están de acuerdo con que Peña Nieto no pague todos aquellos actos ilícitos que él o su gobierno cometieron.

    Yo no quiero venganza ni perdón, yo quiero que la ley se haga cumplir, y punto.

  • Burlarse de la vida

    Quizás pocas cosas unan tanto a México como sus tradiciones, siendo el culto a la muerte una de las más celebradas en todo el territorio nacional. Desde finales de octubre comenzamos a ver en las casas, escuelas, o instalaciones oficiales, pequeñas edificaciones cubiertas con papel de china picado, donde se colocan coloridas calaveras de azúcar, fruta, flores y pan de muerto, como ofrecimiento a un miembro de la familia o personaje distinguido que se nos adelantó en el camino.

    Paradójicamente, la celebración de la muerte no es otra cosa que un llamado a la vida, donde asumimos que la gente que nos dejó continúa su existencia en alguna otra dimensión, la cual se empata con la nuestra durante los primeros días de noviembre, cuando se corre la cortina entre ambos mundos, lo que les hace posible a los difuntos convivir con sus seres queridos de este plano.

    En todo el mundo, la muerte es reverenciada de una u otra forma. Desde el Día de Muertos cristiano hasta el Samhain pagano de los celtas que dio origen al Halloween, cada cultura ha encontrado la forma de rendir homenaje al misterio máximo de la existencia, que comprende nuestra incapacidad de considerar este fenómeno como el final permanente de nuestra personalidad.

    Como humanos, nuestro instinto de supervivencia nos hace desear una continuidad, y preferimos verla como un tránsito a una vida distinta, donde nos reuniremos con nuestros allegados que se fueron primero y continuaremos juntos el viaje infinito hacia el perfeccionamiento del alma.

    Los y las mexicanas preferimos personificarla, traerla a nuestra vida cotidiana y mofarnos de ella a través de caricaturas, esqueletos de papel maché y rimas ingeniosas llamadas “calaveritas”, donde intercambiamos el miedo a morir por la dicha de la subsistencia. Como afirmaba, el culto a la muerte en México no es otra cosa que un tributo a la vida.

    Sin embargo, los tiempos violentos que estamos viviendo nos invitan a reflexionar sobre este tema. En un país donde la guerra en las calles ha cobrado la vida de alrededor de 50 mil personas (según el poeta Javier Sicilia y su Movimiento por la Paz; la DEA contabiliza 43 mil), la muerte deja de ser un invitado fugaz para convertirse en un temor real al que todos y todas estamos expuestos. Los titulares en los medios hablan diariamente de los decesos producidos, ya sea por combates entre las fuerzas de seguridad del Estado contra miembros del crimen organizado, o por luchas entre cárteles por el control de alguna plaza, siendo los segundos los que más atentan contra el derecho a vivir.

    Las formas en que se ultiman hablan de cómo se ha perdido el respeto al cuerpo humano, de cómo ha cambiado la mentalidad de algunas personas para deshumanizar a sus enemigos, siendo capaces de crímenes atroces donde pareciera que lo importante no es deshacerse de ellos, sino infligir la mayor cantidad de sufrimiento posible antes de hacerlo; enseñorearse de la vida de alguien más donde la empatía se convierte en un obstáculo inoportuno.

    ¿Cómo celebraremos ahora el Día de Muertos? ¿Cómo nos burlaremos confiadamente de “La Catrina”, cuando ella nos ha mostrado su peor cara? ¿Cómo honraremos a la vida cuando el miedo a morir hace que haya quienes se pregunten si no sería mejor pactar con los criminales?

    Hace poco, Vicente Fox, expresidente de México, dijo que pactar con el crimen organizado podía ser un garante de paz; y en entrevista con El Universal criticó el lunes pasado la guerra contra las drogas emprendida por Felipe Calderón, y señala la necesidad de negociar con los narcotraficantes y de brindarles amnistía.

    Con un cinismo insoportable, Fox Quesada parece convertirse en el principal defensor de los traficantes de estupefacientes, olvidando todas las muertes que están detrás de las luchas entre los cárteles por controlar las plazas, y la saña con la cual ejecutan a quienes consideran sus enemigos, siendo algunos de ellos respetables integrantes de la sociedad civil.

    El tema de la legalización de los enervantes podría ponerse en la mesa de discusión, junto con un sistema de prevención y tratamiento, pero hablar de un indulto después de 50 mil vidas humanas perdidas suena insultante, sobre todo viniendo de una persona que estuvo al frente de la administración de México, y que probablemente es directamente responsable de la realidad actual.

    Justo en la víspera del Día de Muertos, el expresidente nos recuerda con su inverosímil propuesta que es muy diferente la tradición mexicana que se mofa de la muerte, a burlarse descaradamente de la vida.