Hay algunos seguidores de López Obrador que conozco y que son razonables: ellos están muy abiertos al debate y he discutido con ellos de forma civilizada. Pero a veces temo que sean la minoría.
La constante, al menos por lo que veo en las redes sociales, es que no. Pareciera que muchos de sus seguidores intentan crear un clima donde es «políticamente incorrecto» criticar a López Obrador (aunque no siempre lo hagan de forma deliberada) y eso es preocupante ya que los seguidores dicen algo de su líder. Esto no ocurre, al menos en esa magnitud, cuando uno hace crítica de otros actores políticos.
Si bien no son los únicos que se comportan de forma agresiva (sus contrapartes muchas veces suelen ser agresivos con ellos utilizando términos despectivos como «chairos»), y si bien es cierto que los otros actores pueden introducir ruido en la red para desviar la conversación (como los infames bots del PRI) sí son quienes más acostumbran a hacer juicios morales y a «vigilar» lo que están opinando los demás. Si las críticas hacia AMLO empiezan a circular en las redes, ellos se ponen en acción. Parecen no distinguir entre un ataque propagandístico en contra de AMLO y las opiniones críticas hacia el tabasqueño, o entre un analista pagado (que los hay) y uno que simplemente quiso hacer una crítica, el trato es casi igual.
Haz un ejercicio, busca un artículo crítico de AMLO escrito por alguna persona que consideres razonable (es decir, descarta a Ricardo Alemán, Pablo Hiriart y a todos esos columnistas por consigna). Puedes utilizar Twitter para hacer ese ejercicio, es la herramienta indicada. Observa con detenimiento los comentarios: están llenos de personas que cuestionan incluso la integridad de los columnistas (crítico de AMLO = PRIAN = corrupto) y les exigen probidad, en su muy personal definición de lo que la probidad es (simpatizar con AMLO y no cuestionarlo).
Los juicios morales abundan. Es muy común que, por ejemplo, te cuestionen porqué has escrito más artículos críticos de AMLO que de Meade en la última semana, aunque eso se explique por razones coyunturales. A veces me ha ocurrido con algunos de sus seguidores que ni siquiera se dan la tarea de contar bien y les tengo que hacer la tarea.
Algunos de ellos están a la expectativa de lo que vas a publicar, aunque digan que eres un «analista muy chafa que no vale la pena», están ahí esperando un tuit crítico de López Obrador para contraatacar. A veces los cuestionamientos tienen un componente falaz; me ha llegado a ocurrir que cuando cuestiono a AMLO me dicen ¡y por qué no dices nada de Peña Nieto, vendido! Cuando mi tuit o artículo que le antecede a ese precisamente era una crítica al gobierno de Peña.
Recurren de forma constante a los juicios ad hominem, ya no es la crítica en sí a la que tratan de desarmar, sino al mensajero. Si cuestionas el programa de gobierno de AMLO, no llegarán a decirte, como sucede en muchas ocasiones, por qué tu crítica sobre dicho programa está mal. Simplemente cuestionarán tu persona: eres un vendepatrias, te pagan, estás manipulado por los medios.
Hay quienes (sin éxito) intentan despojarte de cualquier autoridad moral como esperando a que ya nadie te lea o te haga caso: que si critico a AMLO es porque tengo un interés oscuro en ello, que tal vez alguien me paga, que si la mafia del poder esto o aquello, que «Televisa me idiotiza» (vaya, yo ni televisión veo). Así esperan que cuando cualquiera te lea, haga un juicio a priori antes de leer tu texto.
Yo puedo ver esto con algo de gracia, pero no sé si sea lo mismo para los analistas a quienes este tipo de cuentas persiguen y hostigan, quienes en muchas ocasiones suelen sacar de contexto afirmaciones de quienes consideran sus adversarios. Un caso muy ejemplar es el de León Krauze, quien escribió una nota donde dijo que la campaña de López Obrador debía de tener cuidado con la injerencia rusa. La petición era razonable ya que los rusos han estado interviniendo en varios países a favor de los candidatos que sean o parezcan lo más opuestos a los intereses de Washington (aunque lo sean de forma moderada, como creo, es el caso de AMLO, quien no parece tener un discurso agitador en contra del país del norte). Sus seguidores tergiversaron, tal vez de forma deliberada, lo que León Krauze quiso decir, y afirmaron que había dicho que los rusos estaban detrás de López Obrador con el fin de desprestigiarlo. Pero León nunca afirmó que estuvieran detrás de él, solo dijo que AMLO tuviera cautela con la posibilidad y tomaran medidas al respecto.
Lo mismo ha ocurrido con Jesús Silva-Herzog, a quien han acusado de charlatán, e incluso llegó a ocurrir lo mismo con Julio Astillero, a quien increparon cuando el columnista de la jornada cuestionó el conservadurismo social de López Obrador.
Nadie se ha salvado de esta «persecución», ya ni siquiera Carmen Aristegui, tal vez con excepción de los columnistas muy afines a López Obrador como John Ackerman o Genaro Villamil, porque básicamente nunca lo cuestionan.
Y la realidad es que nadie debería escribir para complacer a nadie. Me atrevo a decir que sería buen negocio darle la razón a sus seguidores. Algunos columnistas y hasta Youtubers tienen muchos seguidores porque básicamente les dicen lo que quieren escuchar. Habemos muchos otros que nunca vamos a amoldar nuestras opiniones para «quedar bien con los demás» porque, para empezar, es algo intelectualmente deshonesto.
Seguramente este artículo me va a costar algún que otro unfollow, lo cual no me molesta en lo absoluto. Por el contrario, porque lo que menos aspiro con este sitio es crear una cámara de eco.
Si nuestra sociedad fuera racional, ahorita mismo estaríamos observando un desplome de López Obrador en las encuestas. Pero los electores, independientemente de colores o partidos, no siempre suelen ser racionales a la hora de definirse por un candidato. Si yo fuera su simpatizante me sentiría profundamente traicionado por las decisiones tan lamentables que está tomando.
Hasta hace poco, López Obrador podía pretender venderse como alguien diferente al régimen, a lo que él llama la «mafia del poder», como la única esperanza ante la política decadente. Hasta hace poco, López Obrador era el único que podía presumir algo parecido a una «ideología»: votaré por AMLO porque soy un hombre de izquierda, decían muchos.
Pero esa esperanza es ya, aunque muchos no lo quieran reconocer, un mero espejismo. Muchos prefieren aferrarse a él, aunque saben muy dentro de su ser que es falso y no existe. Abrir los ojos implicaría aceptar que no hay esperanza, que es iluso esperar un cambio sustantivo en nuestro país al elegir un candidato (vaya, es iluso esperarlo en la gran mayoría de las ocasiones y siempre que el elector se ha ilusionado con un candidato, eventualmente se ha decepcionado).
Gran parte de los puestos, como los de los senadores plurinominales, no serán otorgados a quienes han formado parte de su movimiento, ni a sus incondicionales ni a quienes merecerían estar ahí por mérito, sino a los oportunistas y, disculpen que lo diga así, a los delincuentes que buscan fuero, porque Napoleón Gómez Urrutia es un delincuente. Raymundo Riva Palacio relata muy bien los fraudes que este «minero» ha cometido.
Cualquier discurso anticorrupción deja de tener validez. ¿Con qué cara un candidato puede presumir ser impoluto si acepta incluir a una persona acusada, con pruebas, de diversos fraudes? ¿Y cuál es la respuesta de López Obrador? Que es un «perseguido del régimen», que «los estigmatizan».
Pero no es el único nombre polémico, el otro que resuena es el del panista Germán Martinez. Y no se trata de cualquier panista, sino del representante de Felipe Calderón en el entonces IFE en 2006. Sí, esa vez que López Obrador los acusó de fraude electoral. ¿Qué responderán sus simpatizantes a ello? ¿Y qué responden del pacto que ha tejido con la otrora enemiga Elba Esther Gordillo? ¿Qué opinan de su decisión de dar marcha atrás a la Reforma Educativa en favor de las plazas y los maestros cooptados, cuando eran ellos mismos los que repetían hasta el hastío sobre la necesidad de tener una sociedad educada? ¿Qué dirán sus seguidores que odiaban a las televisoras al ver a varios de los actores de Televisa y a Esteban Moctezuma de TV Azteca en sus filas?
MORENA se ha convertido en el basurero de la «clase política», de la «mafia del poder», de los oportunistas que buscan un hueso o una mejor posición desde donde preservar sus intereses y su cuota de poder.
Pero la gente se aferrará al espejismo, porque es más cómodo engañarse que darse cuenta que los mexicanos tenemos muy pocas razones para poder depositar esperanza alguna en cualquier candidato en las elecciones venideras, por eso es que incluso algunas personas (hasta intelectuales y académicos) han incursionado en la disciplina de la maroma y la contorsión intelectual para tratar de justificar a López Obrador: relativizan los hechos o cuentan una historia alternativa (alternative facts) para que todo cuadre y no pierdan la esperanza en su candidato.
López Obrador lo sabe, o al menos así lo cree; y por eso es que ha tomado estas polémicas decisiones que vacían a su movimiento de ideología y hasta de congruencia, pero que le construye una estructura de cara a las elecciones del 2012. Mientras los partidos ven como sus bases se resquebrajan, López Obrador fortalece las suyas: divide y vencerás.
Yo no creo que AMLO convierta a México en Venezuela, pero al ver estos movimientos sí puedo vaticinar que su probable gobierno tendrá una factura de corte más bien priísta, con todos los vicios inherentes a estas corrientes, que la justicia social quedará en un mero discurso o, probablemente, en medidas económicas irresponsables. Puede que termine por decepcionar a los suyos, quienes tardarán en darse cuenta de la dura realidad.
El modelo de López Obrador (no sólo referido a lo económico, sino a toda su plataforma y línea de pensamiento) es insostenible. Sobrevive por la indignación de la sociedad con el gobierno y por el aura hacia su persona que el candidato construyó durante años. Pero será cuestión de tiempo cuando la cruda realidad se sobreponga a la fantasía.
Es probable que cuando busques la palabra México en Google en 2019, en la descripción aparezca «Presidente: Andrés Manuel López Obrador».
Como lo he señalado en este espacio (desde hace algunos años inclusive) vaticino que él será el próximo Presidente de la República. Ciertamente no hay nada seguro, cualquier cosa puede pasar, pero pareciera que todo se está configurando para que así sea.
El día de ayer, Roberto Gil Zuarth, el senador panista (ahora rebelde del PAN), escribió un artículo interesante en el que hace un buen análisis del panorama electoral pero que se vuelve más interesante si lo leemos entre líneas. Pareciera que el senador ya imaginó a López Obrador en Los Pinos, y aunque delineó algunas sugerencias para hacerle frente, parece notarse cierta resignación al punto en que al final del artículo propone ponerle una agenda al «probable presidente» en la mesa.
Conforme el tiempo pasa, la sensación de que el Peje triunfará crece.
Como habrán visto en este espacio, he sido crítico con muchas de las decisiones de López Obrador. Sin embargo, esas decisiones han resultado acertadas desde una perspectiva de estrategia electoral. Las alianzas con el PES, con Alfonso Romo, Esteban Moctezuma (TV Azteca), el suegro de Azcárraga, el nombramiento de Tatiana Clouthier como coordinadora de campaña, la incorporación de panistas, la alianza con Elba Esther, la inclusión de actores o futbolistas, son decisiones, a mi parecer, bastante acertadas desde una perspectiva electoral.
Parece que López Obrador ha entendido que las estructuras de relaciones personales y políticas son importantes. Uno de los rasgos que diferencian a los seres humanos de los animales y que explican por qué nuestra especie ha llegado a dominar el planeta tierra es que tienen una gran capacidad de crear relaciones personales de largo alcance. El PRI ganaba, sobre todo, por ello: por sus estructuras que incluían el voto duro y por sus relaciones políticas y su capacidad de llegar a acuerdos con otras facciones. Mientras que el PRI no se encuentra en las mejores condiciones actualmente por su falta de legitimidad, AMLO sabe que es su oportunidad de tejer relaciones y alianzas que coadyuven en un triunfo electoral aunque eso implique que AMLO tenga que ceder (algo que antes era impensable). Mientras el PRI tiene su legitimidad por los suelos y Anaya intentó hacer lo propio con la configuración del frente, pero conformado por partidos divididos o pequeños, AMLO toma todo lo que puede tomar para crear una estructura importante de cara a las elecciones.
Si no puedes con el enemigo, únetele. Si no puedes con la mafia del poder, hazte de una porción de esta para que la restante pierda fuerza. Tal vez sus seguidores no vean con buenos ojos varios de estos movimientos (algunos otros incluso harán malabares intelectuales para justificarlos) pero al final lo seguirán prefiriendo por mucho a Ricardo Anaya y José Antonio Meade.
López Obrador está logrando atraer a parte del poder político y económico a su movimiento. Ese efecto es muy poderoso porque también tiene un impacto mediático, más en un escenario electoral donde quien gana suele ser quien parece que va a ganar.
Ciertamente, con estas decisiones, López Obrador podría perder algo de capital político a largo plazo. Su imagen como la alternativa a la «política tradicional» tenía como base, en parte, su renuencia a negociar y pactar con «los malos». Pero en realidad eso no importa porque Andrés Manuel sabe que esta es su última oportunidad para llegar a Los Pinos y es necesario poner toda la carne en el asador.
Esta faceta más pragmática le ha podido valer muchas críticas, pero también ha reducido un poco, a mi parecer, el miedo que genera en varios sectores. Al menos parece haber convencido a alguno que otro dentro del círculo rojo (líderes de opinión) de que igual no es tan malo o tan riesgoso. Algunos de los mismos que lo critican por algunas de estas alianzas advierten también un cambio en López Obrador, uno menos berrincudo y necio, y más dispuesto a dialogar; uno menos dogmático y más pragmático. Incluso los errores que ha cometido López Obrador parece que le terminaron redituando beneficios (como aquello de la amnistía) ya que AMLO se ha convertido en el tema de conversación principal en un momento donde sus adversarios están urgidos de construir una narrativa creíble. Si antes López Obrador se quejaba de los medios que no le daban cobertura, ahora él es el que lleva la agenda, el que está a la vanguardia, el que hace ruido. Todos hablan del Peje y de sus videos chuscos, pocos hablan de Meade y su nuevo «giro de campaña» donde busca aparentar ser más conciliador. Tampoco son muchos los que hablan de su propuesta para combatir la corrupción.
Pero Meade no logra convencer a los líderes de opinión. No es que AMLO haya convencido a todos, tan solo ha reducido su imagen negativa en algunos de ellos. Pero tal vez eso le sea suficiente.
Ver al PRI tratar de enarbolar la bandera anticorrupción es surrealista. Insisten en creer que el electorado mexicano caerá una vez más en la amnesia colectiva. Esta será una elección de cambio, no de continuidad, en gran medida por los errores del propio PRI.
Posiblemente hagan bien quienes se imaginen a López Obrador en Los Pinos y se planteen escenarios en caso de que esto suceda, como aquellos que guardan (guardamos) un cierto escepticismo sobre su postura económica. Si bien su triunfo no es seguro, sí es bastante probable. Me parece acertada la propuesta de Gil Zuarth de plantearle una agenda, incluso podrían llegar a acuerdos donde, en caso de que AMLO gane, él respete esta agenda a cambio de otras concesiones que consideren no impliquen un riesgo (dando por sentado que AMLO llegará con una minoría en las cámaras). Podrían contrastar esa agenda con la suya desde la campaña (acierta Zuarth cuando dice que una de las mejores estrategias electorales contra AMLO es presentar una agenda sólida y contrastarla con la del tabasqueño en vez de insistir en que es un peligro y que México se convertirá en Venezuela).
Aunque sea por sugerencia de sus coordinadores de campaña o sus asesores políticos, el hecho de que AMLO tenga la capacidad de llegar a acuerdos con otras fuerzas muestra que tendría la capacidad de hacer lo mismo siendo presidente. Sus alianzas también dejan entrever, aunque sea un poco, que la idea de la «mafia en el poder» es más bien algo retórico o demagógico, que al final podría estar más dispuesto a «hacer política» y a conceder con el fin de lograr ciertos objetivos de lo que muchos pensábamos, si bien su carácter necio y reacio nadie se lo quita.
Hacer el ejercicio no nos haría daño: imaginar escenarios de cómo sería una eventual presidencia de López Obrador. Las otras fuerzas políticas no harían mal en imaginar cuál sería su postura ante esos escenarios y tampoco haríamos mal los ciudadanos en hacer lo mismo: ¿qué es lo que haremos en caso de que se presenten ciertas situaciones?
Si bien tengo escepticismo sobre la presidencia de López Obrador y hay propuestas que me preocupan y considero un tanto riesgosas así como algunos de los rasgos del personaje, no creo que México se convierta en una «dictadura venezolana» ni creo que ocurra una catástrofe histórica. Creo que la evolución que ya ha mostrado la participación ciudadana seguirá su curso y eso López Obrador tendrá que saberlo (a diferencia del gobierno de Peña Nieto quien nunca lo entendió). Andrés Manuel tendrá, en caso de ganar, a un conglomerado ciudadano todavía más fuerte y organizado que ya no podrá subestimar ni ningunear.
Lo cierto es que la posibilidad de triunfo de López Obrador es más probable que nunca (incluso me atrevería a decir que más que en 2006 cuando tenía una ventaja mayor en las encuestas, dado el contexto actual). Tal vez, imaginarlo en la silla presidencial no sea, al final del día, tan mala idea.
Existe un librito muy interesante y ameno del filósofo Harry Frankfurt llamado On Bullshit, que es básicamente un ensayo sobre cómo se puede manipular la verdad sin tener que mentir de forma explícita (es eso a lo que llama «Bullshit»). No se trata de una mentira como tal, pero es una falsedad. Por ejemplo, cuando una persona opina sobre aquello que no sabe, cuando se habla de un tema del cual no tiene dominio, cuando se dice algo sin prestar a los detalles o de forma descuidada de tal forma que no se toman en cuenta ciertas cuestiones relevantes para emitir una opinión. Posiblemente la intención no sea mentir deliberadamente, pero lo más probable es que aquello que diga sea falso.
Ahora que le presté más atención al proyecto que presentó López Obrador, me vino a la mente ese libro. Algo que es constante son las ocurrencias y las improvisaciones.
Parece algo irrelevante, algo fútil, pero es algo importante y que dice mucho de lo que podría llegar a ser su gobierno. Los analistas de la cosa política, mas que concentrarse en que López Obrador se pueda convertir en el «Chávez mexicano» (afirmación bastante apresurada, a mi parecer), deberían fijarse en estos detalles. No sólo en lo que dice, sino en lo que quiso decir, y sobre todo, en lo que trató de no decir.
Si existe una constante dentro de todos los proyectos de gobierno escritos por los candidatos es que estos suelen ser muy cuidadosos. Se procura que la redacción sea impecable, que se perciba muy técnica e incluso se disfrace aquellas propuestas demagógicas por medio de tecnicismos. Se comprende que quienes leerán los proyectos de gobierno son aquellos que leen, que analizan, que desmenuzan, y que por tanto, son más críticos. Estos textos están dirigidos mayormente a ellos. Se asume que la estructura del proyecto está plasmada de mejor forma ahí que en ninguna otra parte. La demagogia abierta queda para los spots y los discursos callejeros, aquí hay que ser más rigurosos o al menos aparentarlo.
Eso no sucede aquí. El sitio web en el que se presenta, por su desarrollo y acomodo de los elementos, sugiere un trabajo profesional. Pero cuando uno empieza a leer los textos parece estar leyendo uno de esos trabajos en equipo de la preparatoria hechos un día antes de la presentación final. Hay errores de redacción imperdonables y, sobre todo, el texto no es consistente. Parece como si hubiera sido escrito por varias personas.
Basta entrar a ver el planteamiento de las propuestas para darse cuenta que algunas de ellas son muy escuetas e improvisadas y dejan más dudas que respuestas. También se percibe una inconsistencia argumentativa e incluso ideológica: no es un proyecto, más bien parece la suma de varios proyectos diferentes (de entrada, parece una extraña combinación de las disimiles visiones de López Obrador y Alfonso Romo). Así como en los trabajos de preparatoria donde nota que la calidad final es distinta entre sus distintos elementos porque lo llevaron a cabo varias personas y ni siquiera se molestaron en integrarlo bien.
Estos descuidos son muy relevantes porque no sólo hablan del poco profesionalismo, sino que muestran la incongruencia del discurso de López Obrador. Digo que se trata del proyecto de nación de López Obrador porque todos sabemos de antemano que él será el candidato de MORENA (el partido gira en torno a él). Sin embargo, ha prometido que el candidato de MORENA se someterá por encuesta y no por dedazo. Entonces uno se pregunta porqué en el proyecto se dice habla de un «objetivo del gobierno de AMLO» y no un «objetivo de MORENA».
Luego uno encuentra errores de redacción como «abatir la fuga». Parece que ni siquiera se molestaron en que un editor revisara la redacción para que estos errores no aparecieran. Estamos hablando del «proyecto de nación», no es cualquier documento.
También es posible encontrarse con silogismos tramposos y mal cuidados que muestran el poco rigor a la hora de plantear las propuestas. Si «A» y «B» entonces «C».
Este error es más grave aún. No tanto por el «unas sola» sino porque se les olvidó eliminar del texto los comentarios y las anotaciones que se hacían sobre el texto mientras lo estaban trabajando.
Voy a la siguiente. MORENA se había aliado a los demás partidos para evitar que el PRI-Gobierno impusiera al fiscal carnal y de igual forma se opusieron al despido de Santiago Nieto, titular de la FEPADE. El argumento en ambos casos (y con el que concuerdo) es que esto tiene la intención de que el gobierno pueda adquirir más control sobre diferentes dependencias de tal forma que le permitiera ser más opaco y así servirse a su intereses.
La otra incongruencia aquí es que López Obrador propone lo mismo. Quiere nombrar él al fiscal, quiere tener mayor control sobre los asuntos de seguridad:
La improvisación y el descuido son «el sello de la casa» de MORENA y de López Obrador. Hay que recordar que en 2012, cuando intentaron denunciar al PRI por compra de votos (denuncia completamente legítima, dado que aquello que se quería probar sí ocurrió), armaron la demanda de una forma muy descuidada e improvisada. Mientras los priístas cuidaban mucho los detalles para hacer parece que no había delito donde sí lo hubo, los obradoristas fueron lo suficientemente descuidados como para que el equipo de Peña Nieto ni se despeinara. En vez de eso, crearon una suerte de exposición en el Zócalo mostrando las «pruebas del fraude» en las que había burros, objetos de campaña y demás artilugios que como tales no probaban nada.
Este es otro de tantos casos donde la improvisación hace gala de presencia. Y si la improvisación es típica de López Obrador, habría que preguntarnos cómo es que esto incidirá dentro de su hipotético gobierno. ¿Improvisarán cuando tengan que tomar decisiones a corto plazo que puedan afectar el rumbo del país? ¿Improvisarán de la misma forma cuando a la economía se refiere? ¿No pondrán atención a los detalles en las relaciones con otros países como Estados Unidos, o para determinar si una política propuesta es viable económicamente? Responder esas preguntas posiblemente sea más necesario que pronosticar inútilmente si México se convertirá en Venezuela, Cuba o hasta Corea del Norte.
Y no sin olvidar las incongruencias bajo las que se intentan ocultar esos rasgos de López Obrador que son los que generan más temor, como su afán de controlarlo todo (si yo soy honesto, todos van a ser honestos, y por tanto yo voy a decir que se hace en temas de seguridad).
Es importante notarlo, porque si queremos formarnos una idea de lo que sería el gobierno de López Obrador debemos saber que «el diablo está en los detalles», no en las campañas negativas ni en los discursos llenos de lugares comunes que se repiten una y otra vez.
Siempre se ha dicho que el mexicano es individualista.
No me refiero a un individualismo en el sentido del liberalismo filosófico que hace hincapié en el desarrollo personal en detrimento del colectivismo, sino en un sentido más burdo, donde el individuo es incapaz de cooperar con sus semejantes y busca satisfacerse en detrimento de los demás. Ese individualismo que se refleja en «no permitir que el que destaque avance» o «yo primero y después los demás».
Hay muchos testimonios de dichas afirmaciones, una de las que más vale la pena, es la de Samuel Ramos, quien intentó analizar a la sociedad mexicana con base en las teorías de Carl Jung y Alfred Adler, en su libro «El Perfil del Hombre y la Cultura en México».
De alguna forma, tiene algo de sentido que nuestra sociedad sea así. Se puede explicar, en mi opinión, con un sentimiento patriótico (no nacionalista) débil, con unas instituciones que no trabajan bien, y con una fuerte desconfianza a las instituciones y al gobierno. Es más, tomando como referencia un muy interesante estudio que llevo a cabo Robert Putnam en Italia, podemos saber que dentro de las sociedades en donde no se ha logrado construir una democracia sólida, y que está acostumbrada al clientelismo, los individuos suelen tener más recelo de sus semejantes y están menos dispuestos a cooperar. Más que ser consecuencia de algo cultural o hasta genético, ese individualismo puede ser más bien consecuencia de un problema estructural.
Dicho esto, traigo a colación un artículo de Leo Zuckermann (con quien en general concuerdo con sus artículos, no así en este caso), quien afirma que México es muy individualista, y que dicho individualismo explica que seamos muy poco solidarios. Sugiere que la solidaridad que mostró el pueblo mexicano en los terremotos del 7 y 19 de septiembre fue algo muy pasajero, casi un espejismo. Que pronto terminó la crisis (o la moda) y volvimos a mostrar lo individualistas que somos. Concuerdo con él en que nuestra sociedad es individualista, pero creo que Zuckermann demerita mucho la capacidad que nuestro pueblo tiene para solidarizarse.
Zuckermann trae algunos datos interesantes para armar su argumento. Dice que el presidente Peña se reunió con los líderes del sector privado, entre los cuales se incluían empresas, bancos, fundaciones y organismos privados que lanzaron campañas para que la gente donara dinero en favor de los afectados (muchos de ellos duplicaron o incluso multiplicaron lo que las personas donaban). De acuerdo a los números de dichos líderes, se demuestra, dice, que somos una suerte de parias individualistas. En promedio, cada mexicano donó $31 pesos. Luego, sabiendo de antemano que casi la mitad del país es pobre y no está condición de donar, incluyó a 14.5 millones de familias de clase media y alta (que representan el 46% de la población) y la donación fue de sólo $276 pesos por familia.
Añade: el total de las donaciones privadas representa sólo el 8% del dinero que pondrá el gobierno para la reconstrucción.
Evidentemente, los números no serían nada halagadores si consideramos que éstos fueron el resultado de todo el esfuerzo de la ciudadanía, que no hubo más medios y otras formas de ayudar. El error de Zuckermann es considerarlo casi como un todo en vez de considerarlo como sólo una parte. Zuckermann comete varios errores:
Primer error:, asume que los organismos que se reunieron con Peña, ya sea de forma directa o indirecta (es decir, que fueron representados por uno superior) son todos los organismos privados a través del cual la gente donó dinero. ¿Qué hay de las empresas más pequeñas? ¿Qué hay de todos los ciudadanos, universidades e instituciones que por su cuenta recabaron dinero y no están contabilizados?
Segundo error: Zuckermann asume que del 46% superior, todos están en condiciones de donar algo, lo cual es falso. Dentro de ese 46% existen muchas familias que si bien no sufren de pobreza (relativa o absoluta), están lo bastante apretados como para donar y un donativo de $500 pesos les podría significar no utilizarlos en artículos de primera necesidad. No creo que sea un lujo que siempre se pueda dar una familia cuyo ingreso sea de $10,000 a $15,000 pesos mensuales, que tiene que pagar renta de la casa, comida, agua y luz (y que entran dentro de ese 46%).
Y olvida lo más importante: que el dinero en efectivo no fue la forma más común de donar. No está considerando a todas aquellas personas que donaron víveres: (lo cual difícil de cuantificar dado que sólo se podría conocer un aproximado mediante un muestreo donde se le pregunte a la gente cuanto dinero gastó). La realidad es que los víveres cuestan dinero y no son muy baratos que digamos. Yo que estuve muy involucrado tratando de ayudar, me percaté que mucha gente que no donó dinero en efectivo sí lo hizo ayudando con víveres, lo cual incluía agua, atún, comida, ropa, leche, pañales, y los cuales en su conjunto por cada persona costaron algunos cientos de pesos. Algunos gastaron más de mil pesos.
Posiblemente, si contabilizáramos el gasto en donaciones en especie, ese número que señala Leo Zuckermann se dispararía, al menos a una cantidad más razonable.
Muchas otras personas, sobre todo las que trabajan por su cuenta (fue mi caso) dejaron de trabajar uno o algunos días por abocarse a ayudar. Eso implicó la pérdida de parte de su ingreso dado que dichos días no laboraron. Aunque posiblemente no hayan donado dinero, si asumieron una pérdida en sus ingresos para ayudar a sus semejantes.
Otra cosa de la que me percaté, es que varias personas prefirieron no donar en efectivo porque eso les generaba desconfianza. No sabían si las cuentas que se publicaban eran reales, no sabían cómo se iban a utilizar los recursos (algunos incluso tienen algún recelo a las campañas de grandes corporaciones porque las relacionan con una «forma de evadir impuestos») y les dio más confianza donar en especie. Aún así muchos nos preguntaron quien iba a llevar los víveres a los lugares siniestrados y quién los iba a recibir.
Y además, no hay que olvidar a aquellas empresas (muchas de ellas no contabilizadas dentro de las cifras que muestra Zuckermann) que pusieron a su disposición su capital tantos físico como humano para ayudar: quienes donaron el transporte u ofrecieron sus instalaciones (lo cual implicó un gasto). Y menos olvidemos a las personas que viajaron a los lugares siniestrados. Varios de ellos gastaron miles de pesos en aviones y compra de materiales (esos tampoco se incluyen en las cifras).
Zuckermann dice que, después de que pasó lo peor, regresamos a nuestro hábitat natural. En realidad es algo muy natural que eso ocurra: Primero, porque ayudar es muy cansado y desgastante (yo llegué casi al agotamiento), y segundo, porque la gente tiene que retornar a su vida normal porque necesita generar ingresos para vivir, y todavía más importante, para que la economía siga funcionando. Aún así, a dos meses, hubo personas que todavía nos mandaban víveres para llevarlos a Puebla.
Es cierto que «papá gobierno» no debería de encargarse de todo. Pero eso no es un problema que se explique con el simple hecho de que la gente no ayude, se trata de un fenómeno más bien estructural. No tenemos un mercado muy dinámico como para que sean más las empresas las que se involucren, no tenemos todavía una cultura fuerte de participación ciudadana.
También tenemos que poner en la mesa otros factores más bien culturales o estructurales. Por ejemplo, al menos en el caso de la CDMX (porque se entiende que la circunstancia de la gente de las comunidades pobres que se vio afectada es muy diferente) son pocas las personas que tienen un seguro de hogar, el cual, por cierto, es un tanto más barato que un seguro de vida o de automóvil. La mala cultura de previsión hizo que quienes vivían en casas y departamentos siniestrados sufrieran más de lo que lo hubieran hecho si estuvieran respaldados por medio de un seguro. Son ellos, los que ante la incapacidad del gobierno para responder, salen a las calles.
Pero aún así, se pueden presumir avances, los cuales tampoco pueden ser agregados a la cifra que muestra Leo Zuckermann. Ciertamente falta mucho camino por recorrer, y todavía somos testigos de abusos de todo tipo (desde damnificados que no lo son hasta edificios con daño estructural que sólo son resanados para que los dueños no pierdan su inversión). Pero, a diferencia de 1985 donde el gobierno cooptó a la sociedad civil y la incorporó a sus redes clientelares porque no tenían a dónde más sumarse, ahora podemos ver una mayor participación de organizaciones civiles que ya tienen la estructura y el know how para seguir trabajando con el tema. Ahí están organizaciones como Mexicanos contra la Corrupción, entre otras, vigilando el proceso de reconstrucción. ¿Es suficiente? No, pero tampoco hay que despreciar un avance que sí existe.
Sí, el mexicano sigue siendo individualista. No fue tan egoísta como Zuckermann asegura si hablamos del terremoto. Pero el problema no se va a resolver insistiendo en que somos individualistas y poco solidarios, sino resolviendo los problemas de fondo que generan que seamos así. Necesitamos construir un país más sólido, mas democrático, con instituciones más fuertes que funcionen y en los cuales los mexicanos tengamos confianza, donde los ciudadanos se puedan tener más confianza, donde exista una mayor cultura ciudadana.
Y creo, a pesar de todo, a pesar de que todavía hay muchas deficiencias, que tampoco vamos por mal camino. A pesar de todo, hay avances.
Las redes se llenaron de algarabía. Estados Unidos había quedado fuera del mundial. Tenían que darse muchas combinaciones que se consideraban improbables para que así sucediera, y que el equipo de las barras y las estrellas perdieran con una débil Trinidad y Tobago. Pero eso fue lo que sucedió: ¡los gringos están fuera del mundial! Mejor aún para los aficionados, todos sus victimarios habían quedado fuera: Holanda (el #NoEraPenal que tal vez sí era) y Chile (por golearnos 7-0) como si eso fuera un triunfo para una selección caótica como la nuestra.
El compromiso que hicieron en 1998 era que los estadounidenses fueran campeones del mundo en 2010. Ciertamente el nivel de su selección mejoró durante algún tiempo, e incluso durante la década pasada, a rasgos generales, fue mejor que la nuestra, pero algo pasó en esta década que todo se vino abajo. Ni una planeación más meticulosa, ordenada y limpia que la nuestra bastó para poner a su selección allá arriba.
Pero Estados Unidos no sólo ha quedado marginado de la Copa del Mundo, también se ha marginado de la UNESCO (por mostrar un sesgo, dicen, contra Israel y a favor de Palestina) y está ya a un paso de deshacer el TLCAN. La política exterior de Estados Unidos es la automarginación y el abandono de los acuerdos multilaterales por otros bilaterales, lo cual representa no sólo un retroceso para Estados Unidos, sino para el mundo que marcaba una tendencia más bien a aglomerarse en regiones (como la comunidad europea, y los creados por los tratados multilaterales de diversas índoles). Así como el proyecto que Estados Unidos tenía dentro del futbol se vino abajo, el proyecto de Estados Unidos como país y potencia mundial podría tener un paradero similar.
La algarabía de ver a la selección de Estados Unidos excluida del mundial de Rusia es un tanto banal. Ello no hará que el nivel de la selección mexicana mejore ni la ayudará a clasificar al quinto partido. De la misma forma, no se puede celebrar la cerrazón de Estados Unidos en materia política o económica ni su decadencia. Hasta el experto más antiestadounidense sabe que las consecuencias de dicha cerrazón para nuestro país no serán las mejores. No sólo por las consecuencias directas de la relación entre ambos países, sino por las consecuencias indirectas, como por ejemplo, que se marque la pauta de abandonar el proceso de apertura en pos de un mundo con naciones cada vez más cerradas y ensimismadas.
La apertura comercial y la interdependencia entre las naciones no sólo se explica en términos económicos, sino en términos políticos. La interdependencia es uno de los factores por los cuales los países tienen menos incentivos para declararse la guerra dado que ambas partes pierden más al cortar dichos lazos. Ganan más al tener acuerdos comerciales que conquistándose uno al otro. En este sentido, los conflictos son dirimidos por otros medios, ya sea diplomáticos o incluso «guerras económicas», pero ninguno de estos se traduce en devastación o pérdidas humanas. No es que la decisión de Estados Unidos vaya a derivar en una guerra (aún con las medidas proteccionistas, las relaciones de interdependencia siguen siendo sustanciales), pero sí podría marcar una pauta que termine representando un retroceso en materia de acuerdos e integración.
Nada de esto es para celebrar. A pesar de los pesares, a México, al menos en estas épocas, le ha sido más beneficioso que perjudicial tener a Estados Unidos de vecino. Algunos aseguran lo contrario, que Estados Unidos «chupa» los recursos de México, pero lo mismo dicen los estadounidenses que apoyan a Donald Trump, que nosotros nos hemos aprovechado de ello. Tampoco es para celebrar que China levante la mano como potencia económica porque su cultura no es democrática, menos podemos celebrar a Rusia, que políticamente sigue teniendo cierta importancia, que aunque se caracteriza por tener gobiernos autoritarios y corruptos, en términos de materia geopolítica tiene mucho oficio.
Estados Unidos, para sorpresa de todos, no va al mundial, pero también está empeñándose en «descalificarse» del concierto de las naciones.
Cuando me preguntan si el feminismo es necesario (en el sentido muy amplio de la palabra) yo respondo que sí, porque a pesar de los grandes avances en materia de género todavía no se ha llegado a la equidad.
Todavía existen varias manifestaciones que lo dejan ver así y enumeraré algunas de ellas. Es cierto que yo, al ser hombre, puedo no terminar de entender algunas de las problemáticas que las mujeres viven, pero para eso me he molestado en platicar con varias amigas al respecto:
La violencia en contra de las mujeres persiste en algunos sectores. En pleno siglo XXI, las mujeres tienen que cuidarse a ellas mismas para no ser víctimas de una violación o de un homicidio como sucedió con el caso de Mara Fernanda.
En algunos sectores sociales, mientras que es un sacrilegio que la mujer sea infiel, el hombre puede serlo sin consecuencias graves.
Algunas amigas me han contado que, dentro de las empresas en las que trabajan, han infravalorado en más de una ocasión su trabajo por el hecho de ser mujeres. Esto sobre todo en aquellas áreas que tradicionalmente han estado dominado por los hombres, tales como ingenierías y STEM.
La objetivación de la mujer en la publicidad y, especialmente, dentro de la industria pornográfica.
Falta de respeto a las mujeres con frases inapropiadas, piropos callejeros insultantes, etc.
Pero al mismo tiempo, varias amigas con las que he platicado me han comentado que se les dificulta o no están dispuestas a llamarse feministas por lo que, dicen, ese término representa hoy en día. O bien, me dicen, sí soy feminista, pero «no de esas». Otras señalan que la causa se ha desviado, que se ha atrincherado, o bien, que se ha dogmatizado.
Por eso, yo mismo quise analizar al feminismo actual, a ese que llaman «feminismo de la tercera ola», para tratar de entenderlo y así poder emitir una crítica. Anteriormente había hablado de las corrientes filosóficas subyacentes a este tipo de feminismo y de las malas experiencias personales que tuve con algunas personas que dicen representarlo, sobre todo, por la poca disposición a debatir.
Para esto me molesté en leer un libro llamado Feminism is for Everybody de Bell Hooks, quien es una de las más importantes representantes del feminismo de la tercera ola. Escogí este libro porque, después de analizar la filosofía que sostiene a esta corriente con anterioridad, se me hizo propio leer una obra que busca introducir al lector al feminismo sin muchas complicaciones. Contrastaré este libro con El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir, y también retomaré el tema de las bases filosóficas de este tipo de feminismo. Estas tres herramientas, junto con información que consulté en Internet y otros medios, me ayudarán a hacer la crítica.
Es paradójico, por ejemplo, que el libro de Hooks se llame Feminism is for Everybody cuando en su libro queda patente una y otra vez lo contrario, y que refleja uno de los más grandes problemas del feminismo actual:
Mientras Simone de Beauvoir no hace distinciones y describe el problema para plantear algunas soluciones de las cuales todos son parte, Hooks sí las hace y parece sugerir que entre más oprimido sea el individuo, más autoridad moral tiene. Se trata de una especie de «discriminación a la inversa». Hooks no fundamenta mucho sus argumentos en fuentes ni estudios y hace muchas generalizaciones, a diferencia de Beauvoir que sí lo hace (con todas las desventajas de hacerlo en la primera mitad del siglo XX donde el acceso a la información era mucho más escasa), además que es más rigurosa.
Hooks afirma que no se puede ser feminista y estar en contra del aborto, argumento que contradice el título de su obra porque entonces el feminismo no es para las personas que no son pro-choice. Pero luego muestra de forma constante cierto recelo a las mujeres blancas y de buena posición económica (quienes son privilegiadas). Entonces las puertas del feminismo de Hooks se reducen: el feminismo es para todas las mujeres pro-choice que no sean ricas y no sean blancas.
La filosofía posmoderna (postestructuralista), que toma de Foucault el concepto del poder y la opresión, pero sobre todo, la idea derridiana de la oposición binaria y la deconstrucción del lenguaje, ha creado una receta explosiva: la esencia del feminismo de la tercera ola son las relaciones de opresión. Es decir, en todas las categorías binarias una oprime necesariamente a la otra: Así, el hombre oprime a la mujer, la burguesía al proletariado, el blanco al negro. Este concepto, cuya autoría pertenece al filósofo francés Jacques Derrida, queda muy patente en la obra de Bell Hooks.
Pero luego se le agrega un ingrediente más y es el de la interseccionalidad, un término acuñado por la activista Kimberlé Williams Crenshaw. Este término básicamente refiere a la idea de que los individuos viven identidades múltiples formadas por varias capas, y donde en cada identidad opera una relación de poder binaria donde una oprime a la otra.
Por ejemplo, una mujer no sólo es mujer, también puede ser blanca o negra, homosexual u heterosexual, rica o pobre. Con base en las múltiples identidades que un individuo tiene, entonces se puede determinar qué tan privilegiado es.
De acuerdo a esta teoría, el indigente de la foto de arriba es un privilegiado de acuerdo a su género, su orientación sexual y el color de su piel, y no lo será de acuerdo a su posición económica. En cambio, Oprah Winfrey es privilegiada solamente por su orientación sexual y su posición económica. Para estas corrientes postestructuralistas que ejercen influencia sobre el feminismo de la tercera ola y varios movimientos de izquierda como los Social Justice Warriors, el indigente puede ser considerado mayormente privilegiado y representante de la «supremacía blanca heteropatriarcal», aunque en la práctica veamos que los privilegios que tiene son más bien pocos.
Después de haber explicado las categorizaciones binarias de Dérrida, el concepto de la interseccionalidad y agregando los antecedentes marxistas de los filósofos postestructuralistas, entonces entendemos que en el libro de Bell Hooks se repita ad nauseam la siguiente frase:
La supremacía blanca patriarcal capitalista y colonialista.
La frase intenta dejar patente una condición de opresión. La supremacía blanca oprime a la gente de otras razas, el patriarcado (hombre) oprime a la mujer, dentro del capitalismo los capitalistas explotan a los trabajadores y a los que menos tienen, y dentro del colonialismo un país oprime al otro.
Además, se asume que dentro de las oposiciones binarias hay una relación de suma cero. Por ejemplo, el capitalista siempre oprimirá al pobre o el hombre a la mujer. Como una categoría binaria siempre oprime a la otra, no hay posibilidad de que se complementen.
Así, se ignora que en la práctica el hombre y la mujer tienen la capacidad de complementarse al tener un objetivo en común como una familia o un equipo de trabajo; se ignora que el capitalismo pueda generar riqueza que terminará elevando el nivel de vida de la mayoría de la población y se ignora el hecho que fue dentro de las sociedades capitalistas donde se vieron los más grandes avances en cuestión de los derechos de la mujer; y de la misma forma, se ignora que la influencia de un país sobre otro no siempre genera resultados negativos. Por ejemplo, los programas de becas ofrecidas a los extranjeros son un claro ejemplo donde un país intenta influir sobre otro y donde a la vez los dos países ganan (el que ejerce la influencia y el estudiante que regresa con conocimientos a su país).
Este mismo concepto de la interseccionalidad es propensa a generar severas contradicciones. Una muy conocida es que dentro de estos movimientos no es posible defender a la mujer oprimida en países como Arabia Saudita, de hacerlo, se incurriría en un acto de islamofobia. Consideran que el colonialismo también es una forma de opresión de suma cero, y como todas las culturas deben ser consideradas igualmente valiosas, entonces es incorrecto criticar al Islam. En ese afán de «revisar sus privilegios» son capaces de ser implacables con las religiones propias como el cristianismo, pero a la vez son muy tolerantes con el islamismo, aunque en los países islámicos se oprima a las mujeres con base en El Corán.
Peor aún, Bell Hooks se atreve a afirmar que «dentro de las culturas de dominación supremacistas blancas y patriarcales, los niños no tienen derechos«. Yo me pregunto ¿cuáles derechos les están quitando a los niños? ¿Cómo es que el padre blanco y la madre blanca oprimirán al niño blanco por ser blancos? Hooks relaciona al patriarcado con los actos de violencia hacia los niños y también critica a la mujer cuando lo hace, pero aún cuando la mujer lo haga lo sigue llamando «patriarcado» (lo cual no tiene sentido), como si culpara al hombre de los actos que la propia mujer hace, porque hasta donde entiendo, el patriarcado consiste en la autoridad del varón dentro de una sociedad.
Me es imposible imaginar cómo es que por medio de estas corrientes filosóficas se pueda aspirar a construir un sociedad incluyente, porque asumen que la opresión es una condición necesaria en las oposiciones binarias y que no tienen la capacidad de llegar a acuerdos aceptando sus diferencias, ni de complementarse ni de trabajar en equipo.
Al final, lo que obtenemos es un conflicto eterno que sólo puede ser paliado con una igualdad absoluta y artificial ¿les suena?
Dentro de esta cosmovisión, la identidad no es individual sino colectivista. Es decir, tu identidad no está dada porque eres un ser único e irrepetible, sino porque eres mujer, eres homosexual o eres negro. Dicha cosmovisión genera actitudes discriminatorias dentro de los colectivos, por ejemplo, hay casos donde las mujeres blancas o gays blancos «privilegiados» son vistos con recelo o son relegados.
Por esta razón es que proponen políticas de acción afirmativa (o discriminación positiva) como la cuotas de género o los «safe spaces«, que, con el afán de «proteger a las minorías» los aíslan de las mayorías cerrando la oportunidad del debate y el diálogo. Si los gays o los negros son discriminados, no hay que integrarlos para que quienes son heterosexuales o los blancos los conozcan, empaticen con ellos y hagan sus prejuicios a un lado, más bien hay que separarlos para que estén seguros y no reciban insultos. Así se promueven las cámaras de eco dentro de las minorías que se han aislado de las mayorías y también dentro de las propias mayorías que terminan teniendo menos contacto con dichas minorías.
El feminismo de la tercera ola no es un feminismo en el sentido amplio, sino uno sujeto a ciertas ideas filosóficas rígidas pero a la vez subjetivas y relativas. Basta comparar El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir con el libro de Bell Hooks. Éste último se ve atado a la filosofía postestructuralista como si de seguir una receta se tratara, aunque no la mencione. Recurre a lugares comunes, a frases trilladas, estigmatiza a quienes dice, se encuentran en una postura de privilegio. En cambio, en el libro de Simone de Beauvoir se advierte una argumentación mucho más libre y flexible, no sin dejar de advertir que el nivel intelectual de Simone de Beauvoir es diametralmente superior al de Bell Hooks. Simone de Beauvoir apuesta al empoderamiento de las mujeres como la solución a la inequidad. Bell Hooks aspira al Estado de bienestar y a la estigmatización de los «opresores». Hooks insiste en que el feminismo no va contra el hombre sino contra el sexismo, pero exhibe constantemente al hombre como culpable de todos los males.
El feminismo de la tercera ola insiste tanto en el patriarcado que parece ignorar los logros de sus antecesoras. Si bien todavía no llegamos a una condición de equidad, también es muy cuestionable decir, al menos dentro de las sociedades urbanas occidentales, que vivamos bajo un régimen patriarcal. El patriarcado asume que el varón tiene la autoridad dentro de la sociedad, pero vemos que cada vez más mujeres se integran a puestos de poder, cada vez más mujeres dirigen empresas grandes, son intelectuales o son idolatradas por sus hazañas deportivas. Si bien todavía existe una condición de inequidad, ya no podemos hablar de una sociedad completamente dominada por el hombre, incluso las actitudes del hombre hacia la mujer ha cambiado (gracias, en parte, a la lucha del feminismo).
Actitud hacia la mujer (en Estados Unidos los hombres de 1995 eran más feministas que las mujeres de 1970). Fuente: The Better Angels of Our Nature de Steven Pinker.
Cuando se habla de una opresión hegemónica patriarcal se ignoran los cambios de actitud, la disposición de cada vez más hombres para darle a la mujer el lugar que merece, tanto en el terreno personal como en el profesional. Así, en lugar de partir de que habría cada vez más hombres aliados a su causa, asumen que el hombre (y todas las personas que se puedan encasillar dentro de las «categorías privilegiadas») es opresor por defecto, como si se tratara de un «pecado original», y que es culpable hasta que demuestre lo contrario.
Cuando se habla de una opresión hegemónica patriarcal, también se ignora que cada vez más hombres reprueban la violencia contra las mujeres y que, a pesar de todo, cada vez menos hombres ejercen violencia contra ellas (aún así se debe luchar para erradicarla por completo).
Dentro de las sociedades urbanas se puede hablar de manifestaciones patriarcales, machistas o sexistas, pero ya no de un régimen patriarcal como un todo. Eso es importante notarlo para poder atacar de mejor forma los problemas que todavía existen. Asumir que existe un régimen patriarcal como tal sólo alienará a los hombres que ya no presentan rasgos machistas o sexistas.
A diferencia del Segundo Sexo de Simone de Beauvoir, que me hizo lograr empatizar con la mujer como pocas veces, el libro de Bell Hooks generó en mí el efecto contrario, como si tuviera que sentir alguna especie de conmiseración, como si me tuviera que compadecer de ellas por la constante opresión que sufren. Yo me niego a hacerlo, por el contrario, yo preferiría aplaudirles por todo su esfuerzo, por mostrarnos de que están hechas, por callarles la boca una y otra vez a personas de nuestro género con sus logros, con su esfuerzo y con su dedicación.
Y para terminar aclaro: con mi crítica no les estoy diciendo a las mujeres lo que tienen que hacer. Nadie puede decirles como hacer su lucha. Pero si yo considero a las mujeres al mismo nivelo que los hombres entonces ejerceré mi crítica sin hacer distinción de género.
Ni a Rafa Márquez ni a Julión Álvarez se les ha comprobado culpabilidad alguna y sus cuentas están bloqueadas. Ni Rafa ni su familia pueden ir al cajero siquiera, porque nuestras instituciones asumen que ahí hay dinero malhabido. Tanto Rafa como Julión son inocentes hasta que se compruebe lo contrario.
Pero las acusaciones contra Lozoya Austin, acusado de recibir decenas de millones como parte de un soborno de Odebrecht, son algo más contundentes.
A Lozoya no sólo no le congelaron sus cuentas para investigar el «dinero mal habido» sino que el trato de los medios ha sido bastante diferente. El escándalo de Rafa Márquez y Julión acaparó todas las primeras planas, el de Lozoya, no tanto.
Las autoridades son muy eficaces cuando se habla de Rafa Márquez. Su reacción es «pronta y expedita». No sucede lo mismo con los funcionarios del gobierno, ni con Javier Duarte, a quien absuelven una y otra vez.
De Márquez se hacen transmisiones especiales y se habla hasta en los programas de chismes. De Lozoya se habla de forma tímida en las noticias y algunas cubren más bien sus palabras donde niega cualquier culpabilidad.
Y el problema de Lozoya, en caso de ser cierto (lo cual es altamente probable) es más grave en tanto es un miembro del Gobierno Federal, muy cercano al presidente Enrique Peña Nieto. Ciertamente, sería un golpe doloroso para el inconsciente colectivo que se encuentre a Rafa Márquez, uno de los pocos ídolos que todavía fungen como ejemplos a seguir, culpable de tener algún nexo con el narco; pero no hay nada más grave que los delitos sean cometidos por aquellos que se supone conducen los hilos de este país y los intereses de los ciudadanos.
De Márquez se hacen muchas suposiciones: que era amigo del narco, que le pusieron una trampa, que no sabía. Las hipótesis rondan dentro de la comentocracia y de las personas interesadas en el chisme; pero pocos advierten que el escándalo donde Lozoya fue exhibido por recibir millonarios sobornos salió a la luz apenas un día después de aquella asamblea del PRI, cuando Peña Nieto, el Presidente de la República, hablaba de su compromiso al combate contra la corrupción. Peña se limitó a borrar las fotografías en las que él aperecía con Lozoya Austin y Marcelo Odebrecht.
Pensar que Márquez pudiera tener algún involucramiento con el narco genera mucho escándalo; pensar que un importante miembro del Gobierno Federal esté envuelto en actos de corrupción grave no lo hace. Este gobierno es tan corrupto que ya le aprendimos a normalizar su corrupción. Es una de tantas, dirán. Los sobornos de esta empresa en otros países han logrado meter a algunos políticos a la cárcel, aquí no pasa nada, todos hacen como que nadie vio, esperan a que se tranquilice la tormenta para seguir con su vida normal. Eso parece haberle dado suerte a Ruiz Esparza después del socavón donde murieron dos personas por la negligencia de las autoridades (tanto lo que tiene que ver con la construcción de la vía exprés, como al momento del rescate).
Y así, parece, terminará el sexenio. Actos de corrupción que florecen una y otra vez, mientras Peña sigue «comprometido» con el combate a la corrupción.