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  • La batalla rosa

    La batalla rosa

    La batalla rosa

    Si hay un sector que ha sido muy estigmatizado y relegado es el de la comunidad gay. Se han inventado miles de términos para referirse a ellas y ellos: «joto, puto, maricón, marimacha», e incluso se ha hecho uso de su orientación sexual para mofarse de otras personas a quienes consideran débiles: «no seas joto, compórtate como hombre».

    Pero la homosexualidad no es una anomalía, ha estado presente a lo largo de la historia de nuestra especie: ha existido, existe y existirá hasta que nuestra especie desaparezca (aunque haya quienes insistan en lo contrario o aspiren a ello).

    Intentar combatir algo que ha sido una constante dentro de nuestra especie a lo largo de nuestra historia termina volviéndose un absurdo. Pero a estas alturas existen quienes todavía piensan que se trata de una enfermedad o un «cáncer a curar». Insisten en que hay que llevar a los homosexuales a una terapia de conversión que merecería categorizarse al mismo nivel que la frenología, el terraplanismo, los movimientos antivacunas y la medicina de Galeno.

    Quienes están preocupados por la moral son los primeros que deberían estar preocupados por integrar a los gays dentro del ethos social en vez de pedirles que se curen o, en su versión más condescendiente, «que sean gays en lo privado y que no anden pidiendo derechos». Ellos son los primeros que deberían estar preocupados de que a estas alturas haya quien excluya a su hijo de su familia por ser gay, privándolo de su formación ética y moral y, sobre todo, privándolo del cariño de sus padres con todo el impacto que ello tiene para su psique (luego se sorprenden de sus mayores tasas de suicidio o depresión).

    Reconozco la ardua y durísima lucha que han llevado a cabo para que, con el paso del tiempo, sean más y más aceptados dentro de nuestra sociedad. Son, y serán cada vez serán menos los que insistan en que hay una conspiración «marxista» (comunismo gay, le dicen algunos) supuestamente orquestada, paradójicamente, por grandes «capitalistas» como George Soros, Bill Gates y los Rockefeller para «amariconar» a la población y así controlar la natalidad (en especial en países donde la natalidad ya es baja mientras que en muchos de los países donde la natalidad es muy alta la homosexualidad es un crimen).

    Pero su lucha ya ha logrado que incluso jerarcas religiosos como el Papa Francisco se reúna en privado con parejas gays y transexuales (cosa inédita) sin que les pida «corregir su orientación sexual» o que repruebe públicamente el rechazo hacia ellos. Ya han logrado que varias empresas, entidades públicas y privadas se sumen a su causa como lo hemos visto en este mes. Han logrado muchos avances antes impensables que no son tanto parte de un plan macabro, sino de una lucha complicada, muy complicada, de varias décadas, y que ha trastocado algunos mitos y tabúes que han estado enraizados en nuestras estructuras sociales y paradigmas de pensamiento.

    Dentro de las personas homosexuales y lesbianas que conozco hay historias de lucha, de personas que lucharon contra la adversidad y que trascendieron a pesar del rechazo. A todas esas personas, a quien estimo y admiro por su carácter (porque el mero hecho de ser gay no es fácil, incluso ahora), van dedicadas estas palabras.

  • ¡Prohibido lamentarse por el incendio en Notre Dame!

    ¡Prohibido lamentarse por el incendio en Notre Dame!

    ¡Prohibido lamentarse por el incendio en Notre Dame!

    Hace unos días, nos topamos con la triste noticia de que la Catedral de Notre Dame, uno de los inmuebles más visitados del mundo, ardió en llamas. Afortunadamente, ésta no colapsó y el interior no quedó comprometido, por lo que se podrá restaurar y recuperar (sin dejar de mencionar el colapso de la aguja y las estructuras de madera que tenían cientos de años y que se perdieron para siempre). Se planea reabrir al público esta catedral en aproximadamente cinco años.

    Pero lo que me llamó la atención es que varias personas en las redes sociales recriminaran a quienes se lamentaban por la posible pérdida de este mueble histórico porque viven en un país como México donde hay violencia y pobreza (exceptuando, claro, a los que no dejaron de aprovechar el momento para compartir sus fotos con la catedral de fondo y presumir su outfit), e incluso que recriminaran a los millonarios franceses que decidieron donar parte de sus riquezas para construir este inmueble porque, dicen, deberían estar más bien preocupados por combatir la pobreza.

    Pero estos planteamientos me parecen, cuando menos, absurdos, y voy a explicar por qué.

    Los inmuebles históricos no solo sirven para atraer turismo, sino que representan símbolos que le dan sustento y forma a una sociedad dada. Una sociedad se construye a través de narrativas, que en este caso no solo le dan forma a Francia como nación sino a todo Occidente e incluso a nuestra especie humana como conjunto. Por ello es que los gobiernos promueven historias, crean mitos o narrativas fundacionales, para darle forma y cohesión a la sociedad. Sin una narrativa o identidad, ninguna sociedad podría sostenerse.

    Ciertamente la Catedral de Notre Dame no está en nuestro país, pero México, siendo un país occidental (colonizado por países occidentales y que comparte un mayor intercambio cultural y económico con países de la región que con otros), comparte muchos valores con los franceses (tanto religiosos como seculares). Por ello es que para muchos de nosotros fue realmente doloroso ver este icono histórico arder en llamas. México tiene sus propios símbolos, pero a su vez es parte de una entidad más grande que es Occidente y con quienes comparte otros símbolos que no necesariamente están en su región. Incluso estos símbolos van más allá de Occidente ya que le dan una narrativa a nuestra especie en su conjunto. Si nos enteráramos que las pirámides de Egipto se derrumbaron o que el Taj Mahal colapsó nos dolería mucho porque representan simbolismos de nuestra propia especie humana.

    Por ello es absurdo exigir a la gente que no se preocupe o lamente por ello cuando en su país existen otros problemas. No es como que las preocupaciones sean mutuamente excluyentes. Que la Iglesia de Satán se solidarizara habla mucho del poder simbólico que la Catedral de Notre Dame tiene.

    El segundo caso tiene que ver con las donaciones que millonarios franceses como François-Henri Pinault y la familia Arnault harán para restaurar la catedral. El argumento es que deberían preocuparse por combatir la pobreza en vez de gastar su dinero en cosas «superfluas» como la restauración de una catedral.

    En este caso mis argumentos anteriores también son válidos para explicar las motivaciones para restaurar la Catedral de Notre Dame, pero a ello debo agregar lo siguiente:

    Dicen los «críticos» que la pobreza es más importante, pero no reparan siquiera en que el dinero que van a dar esos ricos para ayudar a la restauración va a generar empleos, sobre todo para los que menos tienen: se van a necesitar albañiles y gente encargada de la construcción. Además es indispensable restaurar Notre Dame porque es el recinto más visitado en el mundo y no hacerlo significa que muchísimos empleos relacionados con el turismo se perderían para siempre. Y como son los ricos los que le van a meter de su dinero, son recursos que el gobierno no va a tener que gastar y que va a poder utilizar en otras cosas como ¡el combate a la pobreza! Es decir, gracias a la restauración se generarán empleos y se recuperarán otros. Además, el gobierno tendrá dinero que sin las donaciones no tendría.

    Por el contrario, es grato que personas que tienen mucho dinero reconozcan su privilegio y desde éste busquen recuperar un símbolo de Occidente, que genera empleos en turismo y que generará otros más en la reconstrucción.

    Por donde se le vea, no hay argumentos de peso para obligar a las personas a no lamentarse por lo que ocurrió con la Catedral de Notre Dame y tampoco los hay para exigir a los millonarios que no pongan de su dinero en la reconstrucción porque deberían de gastarlo en el combate a la pobreza (sea lo que ese concepto les signifique a los críticos).

    Sospecho que muchas de estas críticas no parten de una intención humana sino de la necesidad de llamar la atención. ¿Cuántas de estas personas realmente hacen algo para combatir la pobreza en nuestro país? ¿Cuántas de ellas, quienes dicen estar muy preocupadas por la pobreza y la desigualdad, son congruentes en la práctica?

  • Un duro y tupido análisis de los 100 días sobre AMLO en 15 puntos.

    Un duro y tupido análisis de los 100 días sobre AMLO en 15 puntos.

    1 Cambio: El gobierno de López Obrador ha llegado al poder mediante una forma de gobernar que, en las formas (no sé si tanto en el fondo), rompe con lo que venían haciendo los gobiernos pasados, esos a los que AMLO llama neoliberales.

    2 Símbolo: El gobierno de AMLO ha apostado a lo simbólico para mantener e incluso aumentar su popularidad, lo que se traduciría en mayor capital político para tomar decisiones y, eventualmente, más poder. Son cuestionables los beneficios que reciba el pueblo al vender el avión presidencial o al abrir Los Pinos al público, pero le ayuda a crear un mensaje, una narrativa, que ha convencido a la mayoría de la población de que un cambio sí está por venir.

    3 Prisa: El gobierno de López Obrador no se está tomando el tiempo; por el contrario, tiene prisa. Quiere empezar a hacer los cambios desde ya, lo que nos lleva al siguiente punto.

    4 Desorden: Ha sido la constante de su gobierno, el cual demostrado una evidente y preocupante cantidad de improvisación en su gestión, lo cual le ha llevado a tomar malas decisiones, a no sopesar buena forma aquello que se está decidiendo. Prueba de ellos son la gran cantidad de decisiones a las que han dado marcha atrás porque ni siquiera midieron su impacto.

    5 Esperanza: La popularidad de López Obrador es muy alta, puede presumir ser uno de los presidentes más populares de la historia moderna de México después de sus primeros 100 días.

    6 Austeridad: El gobierno de AMLO es uno muy austero. Parece estar preocupado por el manejo de las finanzas y la macroeconomía, Al parecer, no quiere endeudarse. Sin duda, tiene un equipo económico que «le sabe a esto».

    7 ¿Izquierda? El gobierno de López Obrador ha tomado medidas impopulares que muy difícilmente podrían vincularse con un gobierno a la izquierda. El desprecio por el papel del Estado en la promoción de la ciencia y la tecnología, los recortes a la cultura y al arte, el asunto del FONCA,

    8 Mansplaining: Si dudamos de etiquetar al gobierno de AMLO como de izquierdas, tampoco parece ser un gobierno que se preocupe por las mujeres, o al menos así lo ha demostrado con las polémicas decisiones de cerrar las estancias infantiles o amagar con hacer lo mismo con los refugios para las mujeres violentadas.

    9 Control: El gobierno de AMLO busca concentrar mayor poder y control sobre los asuntos políticos del país. A este gobierno no le gusta la sociedad civil (a la cual califica de conservadora y fifí), tampoco le gustan mucho las instituciones autónomas. El gobierno actual guarda sospechas sobre aquello que no puede controlar.

    10 Clientelismo: El gobierno de AMLO, a través de varios de sus programas, busca establecer una relación clientelar con sus beneficiarios: a través de tarjetas, beneficios, transferencias directas. Vaya, el gen del PRI está muy presente en esta administración que se asume como la Cuarta Transformación.

    11 Improvisación: A este gobierno parece no importarle mucho la técnica, ni los estudios ni los análisis (posiblemente por su desprecio a la tecnocracia). Lo que importan son las «buenas intenciones», la retórica, el símbolo. Lo importante no es, por ejemplo, el costo y el impacto de la cancelación del NAICM, sino el mensaje.

    12 Autoritarismo: Aunque su gobierno no se puede calificar como una dictadura ni mucho menos, vemos algunas señales algo preocupantes que van desde declaraciones despectivas a la Trump hasta amenazas por parte de algunos de los miembros de su gobierno.

    13 Consultas: AMLO ha hecho de la consulta una herramienta para crear un ambiente de cercanía con el pueblo y también para diluir su responsabilidad sobre las decisiones tomadas por su gobierno. Cabe mencionar que no se consultan todas las decisiones, sino tan solo las que son más convenientes políticamente.

    14 Moral: Más que el respeto al Estado laico que esperaríamos de un gobierno que se dice de izquierda, vemos a un gobierno que pretende propagar su particular visión de lo que la moral debería de ser, utilizando más de una vez símbolos religiosos cristianos.

    15 ¿Oposición? La oposición ha brillado por su ausencia. Ésta tan solo se ha visto mediante algunas pocas plumas, organizaciones civiles o incluso políticos que son parte del gobierno que lograron dar marcha atrás a la intentona de poner un mando militar al frente de la Guardia Nacional. Más bien nos hemos topado con cosas que rayan en el ridículo como el pobre papel de los mismos políticos que fueron «corridos a patadas» en las urnas y organizaciones como Chalecos Amarillos.

  • Percepción 1, realidad 0

    Percepción 1, realidad 0

    Hace unos días, Consulta Mitofsky publicó los resultados de un estudio de opinión sobre la popularidad que tiene López Obrador y la percepción que la gente tiene sobre sus políticas públicas. En resumen, contrario a lo que algunos eruditos piensan, López Obrador ha aumentado sus índices de popularidad.

    Pero me llamó la atención sobremanera el apartado sobre la percepción que la gente tiene de la seguridad del país, y creo que la interpretación de esta gráfica nos ayuda a interpretar casi todo lo demás, como por ejemplo ¿por qué AMLO es cada vez más popular?

    La percepción no siempre está correlacionada con la realidad porque el individuo muchas veces no conoce la realidad más allá de lo inmediato, de su realidad cercana y los medios de comunicación, porque tiene escepticismo de la estadística (sobre todo cuando viene de fuentes oficiales) y, sobre todo, porque las emociones y las sensaciones influyen mucho a la hora de hacer un juicio. Vaya, se les pregunta a las personas lo que percibe, no si hizo un minucioso estudio de las estadísticas. Tomemos el caso de la seguridad: Es común que una persona que fue asaltada en el último mes y que en la televisión vio noticias sobre asaltos y asesinatos, diga que la inseguridad se ha disparado aunque los datos duros indiquen que ha pasado lo contrario: digamos que esta persona tuvo mala suerte porque aunque ha habido menos asaltos, a ella le tocó la mala fortuna de ser víctima de uno y los noticieros que esta persona ve generalmente exhiben nota roja porque así esperan tener más audiencia.

    El caso de la gráfica que nos muestra Consulta Mitofsky muestra este mismo sesgo pero en el sentido inverso donde el porcentaje de la gente que percibe que México es más seguro es mucho mayor que en todos los 10 años en que la encuestadora ha lanzado esa pregunta. Es discutible si enero ha sido el mes más violento (como afirma un columnista en Animal Político donde, al parecer, hizo un mal desglose de la información proporcionada por la SESNSP al no excluir los homocidios accidentales de los demás homicidios). pero lo cierto es que, en el mejor de los casos, la tendencia se ha mostrado estable, lo cual muestra que ese cambio drástico en la percepción nada tiene que ver con la realidad.

    La imagen puede contener: texto

    ¿Y entonces por qué ese drástico cambio en la percepción se dio? Si un indicador se mueve es porque una variable dentro de la ecuación cambió.

    Y me atrevería a sugerir que este cambio podría explicarse por la figura y la retórica de López Obrador. ¿Por qué?

    Mi argumento es el siguiente: la mayoría de los mexicanos en este momento evalúa de forma positiva la gestión de López Obrador porque tiene esperanza en su figura, su amplia popularidad creciente lo deja ver latente. Posiblemente la gente está tomando con agrado que se esté «gobernando de una forma diferente», que en poco tiempo le esté «pegando al avispero» y esté cambiando la forma de hacer las cosas. Muchos de los especialistas y la oposición han sido muy críticos sobre las formas y los métodos, pero el alcance que tienen en el contexto actual es limitado. Incluso toman eso como algo positivo, «si los perros están ladrando, es señal de que se está avanzando», podrían pensar. AMLO dirige la agenda, los medios bailan a su ritmo, sus seguidores la propagan y la defienden en las redes sociales.

    Y como la gente está percibiendo que este gobierno «está haciendo algo», entonces en automático piensa que la seguridad está mejorando porque cuando una narrativa de cambio y rompimiento de un status quo deficiente está siendo implementada dentro del colectivo, se piensa que todo tiende a mejorar. Como en un lapso de tres meses solo una pequeña proporción de la población es asaltada y como hasta ahora no se ha suscitado algún escándalo fuerte relacionado con la seguridad, no hay algo que ponga en tela de juicio su argumento. Lo mismo explica por qué el desabasto de gasolina no redujo la popularidad de López Obrador en lo absoluto: muchos de los que aprueban su gestión tal vez se sintieron incomodados, pero al mismo tiempo llegaron a la conclusión es que es muestra de que «por fin se está haciendo algo». No es poco común que cuando un gobierno implementa cambios de fondo, suela generar incomodidades en el corto plazo (aunque podemos cuestionar si este es el caso).

    El gobierno de López Obrador ha tomado como base lo simbólico. Es la forma en que aspira a mantener legitimidad mientras llegan los resultados (los cuales tardan más). Vender el avión presidencial, abrir Los Pinos o quitarles las pensiones a los ex presidentes tiene un efecto casi nulo dentro de las finanzas o dentro del combate a la corrupción, pero ayudan mucho a fortalecer la narrativa que López Obrador ha estado propagando.

    El problema es que la fortalece tanto que la gente piensa que los indicadores sobre aquello que «sí importa» están mejorando cuando no hay evidencia empírica alguna de ello. Y ello es un problema porque la gente no está haciendo un juicio sobre los hechos, sino con base en una percepción muy sugestiva que ha sido, de alguna forma, alterada con la ayuda de la misma propaganda lopezobradorista, para que la gente crea que AMLO está gobernando muy bien y está transformando el país cuando en realidad su gobierno lleva solamente tres meses.

    ¿Hasta qué punto podrá el símbolo alterar la percepción de la gente? Difícilmente lo sabremos. Habrá que ver hasta que grado los hechos que contradigan a lo simbólico son suficientes para convencer a la gente de la cruda realidad, si bastarán datos duros o tenga que percibir una afectación en la vida cotidiana. Habrá que ver si en el mediano plazo, el gobierno de López Obrador comienza a mostrar resultados positivos con lo cual el símbolo se vuelve innecesario.

    Pero lo cierto es que juzgar el mandato de un gobierno con base en lo simbólico puede llegar a ser peligroso. Imaginemos que López Obrador logra extender la fuerza de lo simbólico unos tres años aunque los resultados de su gestión no sean en realidad nada buenos, lo cual hace que la gente le vuelva a dar un voto de confianza en las cámaras porque «percibe» que este gobierno está haciendo las cosas bien. Imaginemos que la gente cuestiona a quienes evidencian los errores del gobierno bajo el pretexto de que son supuestamente parte de las élites que quieren que las cosas no cambien (por eso es que la polarización suele ser una buen arma política). Imaginemos que AMLO insista en estigmatizar a la prensa, a la oposición. No sería el primero en hacerlo, pero dada la popularidad que tiene López Obrador así como su fuerte y feroz narrativa, el efecto será mucho más grande que al que habría podido aspirar cualquier otro presidente.

    A la hora de hacer juicios políticos, la gente es menos racional de lo que se piensa, ya que sus posturas no son necesariamente producto de una concienzuda deliberación, es a veces más producto de la forma en que percibe el mundo y, en muchas ocasiones, las personas se expresan a través de ésta. Los políticos lo saben, López Obrador lo sabe, y sabe sacarle partido.

  • Después de la partidocracia

    Después de la partidocracia

    Ahora es el momento ideal para construir nuevos partidos políticos.

    Ante una oposición al régimen actual que se encuentra huerfana y no está representada (ya que lo que quedó de la partidocracia está completamente deslegitimada), es imperativo que surjan movimientos nuevos que abarquen el espectro político y acaparen ese vacío que ha quedado y que indudablemente deberá llenarse.

    Dentro de las organizaciones que ya se registraron ante el INE con el fin de lograr registrarse como partidos podemos encontrar algunas con posturas extremas u ortodoxas como «Movimiento Imperialista», «México Blanco», o «Frente Anticapitalista de los Trabajadores».

    Pero entre las opciones más fuertes y que, a pesar de sus diferencias ideológicas, pueden insertarse dentro del liberalismo democrático, se encuentran, a mi parecer, las siguientes.

    1) Futuro: Este sería el partido de Kuma y los wikis (aunque empezarán a hacerlo localmente). Aunque hay quienes los han llegado a criticar por no definirse ideológicamente y han aspirado a ser un proyecto transversal que supere la dicotomía izquierda-derecha, podríamos ubicarlos cerca de la «centro-izquierda» o socialdemocracia. Pero presenta diferencias sustanciales al lopezobradorismo: como una mayor convicción por la defensa de los valores liberales entre los que se encuentran la libertad de expresión y participación ciudadana, un distanciamiento del nacionalismo heredado del PRI así como del caudillismo que pretende estar por encima de las instituciones y el Estado del derecho.

    2) Cambiemos: Este sería el partido de Gabriel Quadri, quien posiblemente busque crearlo para lanzarse a la presidencia. Quadri, quien adquirió popularidad en las elecciones de 2012 como el outsider que aprovechó los reflectores para promover sus ideales liberales, tiene una propuesta liberal pura que enfatiza en las libertades tanto económicas como sociales. Busca un Estado pequeño pero eficiente, una economía de mercado y también libertades sociales como la legalización de la mariguana, el matrimonio igualitario, así como la protección del medio ambiente. Ciertamente ha sido cuestionado por algunas posturas y comentarios elitistas en las redes sociales.

    3) México Libre: Este sería el partido de Margarita Zavala. Su nombre es algo engañoso ya que si bien se puede enmarcar dentro de la democracia liberal, se trata, al final, de un partido conservador que apuesta por la libertad económica, pero no así en el terreno de lo social. Básicamente sería una continuación del PAN calderonista (el que gobernó de 2006 a 2012), pero bajo nuevo nombre y nuevos colores que tendrá el objetivo de llevar a Margarita Zavala a la presidencia en 2024.

    Las dos primeras opciones se me hacen interesantes y creo que podrían representar una superación de la política tradicional ya que sus propuestas ideológicas marcan cierta diferencia con respecto de lo que hemos visto dentro de la política tradicional. México Libre es prácticamente una reedición del PAN y el hecho de que ya haya juntado las firmas que necesitan (pero en contra en change.org) dice mucho. Calderón y Margarita cargan con la ilegitimidad con la que carga la política tradicional ya que fueron parte de ella. Mucho dice de Margarita el hecho de que no haya logrado rebasar el 6% de las preferencias en las elecciones pasadas.

    Veremos como evolucionan estos proyectos. Lo cierto es que entran en un contexto donde el modelo actual ya está completamente rebasado, lo cual abre una gran oportunidad a quienes demuestren solidez en sus proyectos políticos.

  • Una salida para Venezuela

    Una salida para Venezuela

    Una salida para Venezuela

    El argumento del régimen lopezobradorista para no desconocer a Maduro es el de la «libre autodeterminación de los pueblos».

    Pero si tomamos este concepto de forma estricta, no podríamos decir que eso exista en Venezuela. El hecho de que Maduro se haya reelegido por medio de una elección fraudulenta contraviene el deseo del pueblo. En ese caso se esperaría que su postura fuera, si no de desconocimiento, cuando menos, de el de solicitar unas elecciones libres como lo está haciendo la Unión Europea.

    Si bien es cierto que el gobierno de AMLO no está tomando una postura completamente favorable a Maduro, como insisten algunos de sus opositores, y está buscando (junto con Uruguay) que Venezuela resuelva «encuentre una solución pacífica a sus diferencias», tampoco es como que esté terminando de reconocer que el gobierno de Maduro es ilegítimo, cosa que es un hecho. Pareciera que se quiere enclavar en un punto medio como para no comprometerse y asumir las consecuencias de ese compromiso (lo cual no solo tiene que ver con la diplomacia exterior sino con los integrantes del movimiento que sostiene a AMLO y que mantiene posturas un tanto disimiles ante este tema).

    Con estas ambigüedades, nuestro gobierno se tambalea entre la «libre autodeterminación de los pueblos» y la «libre autodeterminación del tirano», porque las posturas «neutrales» y timoratas siempre tienen una tendencia a favorecer al opresor. Pero eso no quiere decir que nos vayamos a convertir en Venezuela ni que haya un apoyo abierto al régimen de Nicolás Maduro.

    La postura de México va en consonancia con la Doctrina Estrada que tanto tiempo rigió la diplomacia en nuestro país (en especial en tiempos del PRI), se explica por el principio de no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Pero en la diplomacia es imposible tomar posturas neutrales ya que la neutralidad siempre beneficia a alguien.

    En mi humilde opinión, México debería tomar una postura en la cual pida a Venezuela que se lleven a cabo elecciones libres y se reconozca al ganador. Debe reconocer que Nicolás Maduro no se reeligió de forma legítima y que no es resultado de la voluntad del pueblo venezolano. También debe pedir que se respeten los Derechos Humanos.

    Pero ello no significa de ninguna manera que esté a favor de una intervención para remover al régimen actual (como podría hacerlo Estados Unidos, que tiene a la cabeza a Donald Trump, un presidente autoritario y demagogo igual que Nicolás Maduro pero que tiene la fortuna de tener instituciones fuertes y los contrapesos suficientes para restringir sus impulsos autoritarios). Las intervenciones armadas rara vez terminan en algo bueno.

    Hay quienes dicen que gracias a que Estados Unidos intervino para derrocar a Salvador Allende, Chile es ahora un país que está cerca de convertirse el primer país desarrollado en América Latina. Quienes hacen esa argumentación olvidan varias cosas: 1) Que para eso Chile tuvo que vivir una dictadura sangrienta que costó la vida de varios miles de vidas humanas. 2) Que Chile se democratizó después no gracias a Estados Unidos, sino gracias a sus propios esfuerzos y buenas decisiones, sobre todo gracias a la alianzas de partidos de izquierda y derecha que dirimieron sus diferencias en pos de un fin en común. 3) Que se trata de excepción y no de la regla: es natural aceptar que las intervenciones no son obras de caridad sino la defensa de ciertos intereses geopolíticos o económicos (La Guerra Fría es un claro referente en el caso de Chile) y la mayoría de las intervenciones de nuestro país vecino no han resultado nada bien. Uno de los ejemplos más recientes fue la intervención en Iraq a raíz de los atentados del 9/11. Juraron que democratizarían la región, pero dejaron a dicha región lo suficiente inestable como para que surgiera ahí el Estado Islámico, cuyo surgimiento no se terminaría de entender sin las invasiones de los últimos años.

    Es obvio que Venezuela no va a crecer ni se va a desarrollar en cuanto el chavismo deje el poder. Por el contrario, quienes lleguen al poder tendrán que sortear muchos obstáculos dentro de un país que vivirá algunos años de estabilidad. La comunidad internacional debe de velar porque haya elecciones libres y el país se empiece a democratizar.

    En una situación así, un golpe de Estado o la intervención extranjera sería muy peligroso, sobre todo en un país donde la milicia juega un papel relevante. No hay nada que garantice que Venezuela no caiga en un régimen militar de derechas (más opresor que el actual) o bien, una suerte de restauración del chavismo. Ejemplos de los efectos de un golpe de Estado existen de sobra a lo largo del globo.

    Espero que todo esto pueda terminarse con una salida negociada del chavismo y que Venezuela logre transitar a un régimen democrático. No será nada fácil, no es tan simple como parece.

  • Carlos Romero Deschamps ¿El quinazo de AMLO?

    Carlos Romero Deschamps ¿El quinazo de AMLO?

    Carlos Romero Deschamps ¿El quinazo de AMLO?

    En torno al desabasto y al combate al huachicoleo hay muchas conjeturas, muchas versiones y muchos dimes y diretes. No quiero ahondar en ellos.

    Pero hay algo cierto, un sector de la sociedad mexicana está indignada por lo que está pasando con la escasez de gasolina. Tiene razón de estarlo, ya no solo porque no puedan usar el automóvil, sino porque muchos dependen de vehículos automotores para trabajar y ganarse el pan.

    Evidentemente, si se trata de indignación, a quien se voltea a ver es a AMLO, porque esta escasez es producto, sí, de las decisiones que él y su equipo están tomando para, comentan ellos, combatir el huachicoleo de una vez por todas. Aunque se trate de una «buena causa», la gente no va a tener mucha paciencia si esto le pone al traste a su vida cotidiana, en especial si percibe improvisación y torpeza en los métodos.

    Supondríamos que combatir el huachicoleo le ayudaría a López Obrador a fortalecer su discurso anticorrupción. Frenarlo implicaría un golpe en la mesa que toda la gente reconocería: López Obrador hizo lo que los otros sexenios no quisieron hacer. El problema para AMLO es que ese discurso queda ensombrecido ante la indignación de la gente que no le puede poner gasolina a su automóvil. Y por cada día de desabasto que pase, la cosa empeora. El costo político es más alto que el beneficio.

    A menos que…

    Vamos a empezar mal un poco y hacer caso a esa frase tan usada en la política mexicana de «piensa mal y acertarás».

    ¿Qué pasaría si el Gobierno Federal detuviera a Romero Deschamps y lo responsabilizara del Huachicoleo (acusación que ya ha comenzado a circular)?

    Simple: la gente, al ver a una de las némesis tras las rejas, podría perdonar el problema del desabasto, lo vería como un «mal necesario» que tuvo que ocurrir para tener a uno de los políticos más corruptos tras las rejas y varios de ellos llegarían a la conclusión de que el gobierno si va con todo contra la corrupción.

    Incluso, en un escenario como éste, el problema del desabasto terminaría beneficiando al propio AMLO, porque a diferencia de, por un decir, el caso de la detención de Elba Esther Gordillo por parte de Peña Nieto, antes de la solución (la detención de Romero Deschamps) la gente sintió el problema en su vida cotidiana: siente todo lo que todas estas lacras han hecho, para que goces cuando las estemos metiendo a la cárcel.

    Desde hace algunos días habían algunas voces que sugerían que Romero Deschamps no iba a ser muy bien tratado por este gobierno, pero a raíz del desabasto, han comenzado a correr algunos rumores sobre una posible detención de Romero Deschamps ha comenzado a circular en las redes.

    También llama la atención que en redes haya comenzado a circular un muy halagador comunicado del Secretario General del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (o sea, el mismísimo Carlos Romero Deschamps) donde dice que el gobierno está haciendo lo correcto. Es tan halagador y complaciente que a más de uno le podría parecer sospechoso:

    Así mismo, el día de hoy, algunas plumas (de tinte oficialista) han escrito sus columnas con relación a Romero Deschamps o incluso sugieren un quinazo para que AMLO apecigue este problema que, al menos desde el ojo del público, se le ha venido encima.

    Evidentemente mi hipótesis es eso, una hipótesis. Yo no tengo elementos suficientes para asegurar de forma categórica que es algo que vaya a pasar, puedo estar equivocado. Pero, tratando de interpretar todo lo que ha estado aconteciendo en estos últimos días, el discurso anticorrupción de AMLO y la necesidad de un golpe en la mesa de un gobierno que en sus primeros dos meses ha recibido más críticas que aplauso, no me parecería nada descabellado que la detención de Romero Deschamps fuera una posibilidad.

    Si esto llegara a ocurrir sería una brillante maniobra política.

    Solo falta esperar, solo falta dejar este asunto en manos del tiempo.

    Por cierto, si resulta cierta mi hipótesis, sería el segundo quinazo consecutivo que predigo. Hice lo propio con la detención de Elba Esther incluso antes de que Peña llegara a la presidencia.

  • ¿Es nuestra generación más ignorante?

    ¿Es nuestra generación más ignorante?

    Hay una frasecita que se pronuncia muy comúnmente, una que dice que «cada vez somos más ignorantes».

    Esta frase la he escuchado tanto de algunos conservadores como de algunos izquierdistas. Si en algo coinciden ambos es que existe, de una u otra forma, una estrategia para mantener a la población cada vez más idiotizada porque así es más fácil controlarla.

    Tanto el izquierdista como el conservador acusan a la frivolidad de los medios de comunicación, a la manipulación de la publicidad, de las campañas políticas e incluso de las políticas educativas que en los países no desarrollados evidentemente están muy por debajo de lo que esperaríamos. Todas estas cuestiones existen, pero lo dicen como asumiendo que antes no se manipulaba y que la frivolidad no existía.

    Ambos idealizan al pasado, creen que las generaciones anteriores eran más cultas, más inteligentes y más leídas. No sé, yo tengo muchísimas dudas sobre esta tesis y creo que esa percepción en muchos casos es producto de cierta nostalgia. Las generaciones pasadas se enclavaban dentro de grandes narrativas desde las cuales percibían el mundo: ya sea el cristianismo, el liberalismo, el marxismo. Ante el fin de las grandes narrativas y en una sociedad más líquida, por llamarla de alguna forma (característica de nuestra era posmoderna), la gente no se ata tanto a estas narrativas sino que busca interpretar el mundo por sí misma.

    Evidentemente esto trae problemas, ya que en muchos casos el individuo no tiene una hoja de ruta desde donde partir (cosa que sí otorga una narrativa que interpreta de forma simplificada lo compleja que es nuestra especie y todo el mundo que nos rodea), pero ello no es necesariamente una manifestación de una sociedad cada vez más ignorante. Si bien, podría argumentar que en estos casos el individuo tiene más problemas para adquirir e interpretar información de forma más ordenada, también podría decir que, en algunos casos, el rompimiento con esas grandes narrativas tiene que ver con la curiosidad de ver qué hay más allá de esos esquemas preestablecidos y la asimilación de que vivimos en un mundo tan complejo que no se puede enclavar en una sola gran narrativa que por sí sola nos dé todas las respuestas (aunque creo que esta posmodernidad se caracteriza también por nuestra inmadurez para poder manejar dicha complejidad y en ese intento varios terminan sucumbiendo ante interpretaciones reduccionistas).

    Tal vez sea esa nostalgia donde el individuo podía contar con una formación con base en información concisa (aunque con un acceso más limitado al conocimiento) y apegada a una doctrina (ya sea cristiana, liberal, marxista) que una donde hay más acceso a información valiosa pero que se encuentra entremezclada con aquella otra que es confusa y vacía. Para efectos prácticos, en ambos casos siempre tuvimos una minoría culta y leída, y una mayoría que no lo era. Tomemos la religión como ejemplo: siempre existió una minoría culta que sabía cuestiones teológicas, leía a Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, y otra a la que le enseñaban la religión de una forma muy básica e incluso algo supersticiosa. De igual forma ahora tenemos una minoría culta que lee mucho, que sabe discernir los contenidos que ve en las redes y sabe cómo llegar a la información que vale la pena, y otra que no sabe hacerlo y termina compartiendo esas notas que dicen «si eres flojo, eres inteligente según la ciencia» sin cuestionarse su veracidad.

    Seguramente me dirán: «pero mira las fake-news«, «la posverdad que aqueja a nuestros tiempos enclavados en la posmodernidad». Pero si uno pone atención a la historia, se dará cuenta que estos vicios, por más sofisticados suenen los términos con los que se les relacionan, no son nada nuevos. Los políticos siempre han mentido, los medios también, los relatos dentro de la Guerra Fría eran una suerte de fake news reforzadas por los medios tanto en Occidente como en la URSS. Antes no existía información falsa en Internet porque Internet no existía, pero existía la televisión que desde los noticieros hasta los infomerciales uno encontraba contenidos completamente engañosos.

    Es prácticamente imposible medir de forma metodológica si una generación es más ignorante que otra y tal vez nos tengamos que conformar con informes muy parciales o incluso las muy limitadas y engañosas percepciones. Pero, a mi parecer, no hay argumentos de peso para determinar que las generaciones de antes eran más cultas. Tal vez pueda partir de los niveles de escolaridad y alfabetización, o los resultados de pruebas estandarizadas que me darían una respuesta que no alcanza a responder una pregunta que trasciende todos estos indicadores, pero que dentro de sus evidentes limitaciones sugieren que la sociedad actual tiene más conocimientos y preparación que las generaciones anteriores.

    Las percepciones pueden ser engañosas y son muy subjetivas. Es evidente que dentro de la sociedad hay mucha ignorancia, y por más se cultive una persona, esta le parecerá aún más evidente. Pero la ignorancia nos ha acompañado a lo largo de la historia de nuestra especie, incluso hasta hace poco ésta consistía en el analfabetismo de un sector importante de la población y que siempre será peor al llamado analfabetismo funcional (aquellos que saben leer y escribir pero son incapaces de interpretar bien aquello que leen). Hoy un índice de analfabetismo de más de un dígito es imperdonable.

    Dudo mucho, con todos los problemas que nuestra sociedad pueda tener, que nuestra generación sea más ignorante que la de antaño. Los libros se siguen leyendo (incluso esos libros pesados de filosofía), la gente sigue debatiendo, en algunas ocasiones con un alto nivel, sobre cuestiones sociales, políticas e ideológicas. Y si bien es una minoría, siempre lo ha sido.

    Ojalá nuestra sociedad fuera más culta, pero estoy seguro de que, aún así, estaríamos quejándonos, ya que el estándar de lo que «ya no es ignorante» suele ser relativo a través del tiempo.