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  • López Obrador: La receta perfecta para el desastre parte dos

    López Obrador: La receta perfecta para el desastre parte dos

    López Obrador: La receta perfecta para el desastre parte dos

    Hugo López-Gatell está haciendo lo que puede y hay que reconocérselo.

    Incluso las alabanzas norcoreanas a López Obrador fueron acertadas. Había que ganarse al patrón. La facción que estaba en favor de priorizar la contingencia sanitaria en la que está incluido él y Marcelo Ebrard tenía que imponerse. Era eso, o era que los relegaran y fueran sustituidos por personas irresponsables que habrían hecho un desastre.

    Hoy Hugo López-Gatell es el líder por el simple hecho de que López Obrador ha dejado el puesto vacante. Todas las tardes la gente prende la televisión (o hace lo análogo en Internet) para ver lo que va a decir López-Gatell.

    Tanto insistió López Obrador en ser presidente y a la hora de la verdad, desapareció, se escondió. El baño de la Ibero de Peña Nieto es una nimiedad comparado con el acto de cobardía de quien formalmente está al timón del barco llamado México.

    Era obvio que esta contingencia le iba a arruinar el proyecto de nación a López Obrador, proyecto que ya de todos modos era inviable. López Obrador pudo convertirse en el héroe agarrando a la contingencia por los cuernos, no importaba si el efecto de la contingencia era devastadora (pensando en que no somos un país desarrollado), pero ese liderazgo lo habría colocado en los anales de la historia.

    Si López Obrador se hubiera desprendido de sus «faraónicos proyectos» para encausarlo todo a combatir la epidemia, muchísimos se lo hubieran agradecido y muchos de los hoy críticos le habrían perdonado los errores. En unos meses habría recuperado algo de esa popularidad que ha perdido dramáticamente y seguramente le habría ido bien a su movimiento en las elecciones del 2021.

    Y terriblemente desaprovechó la oportunidad.

    López Obrador hoy parece estar bloqueado mentalmente, como si estuviera noqueado, ido, ensimismado, sin reacción ni margen de maniobra, como si hubiera sufrido algún evento muy traumático. AMLO ha preferido refugiarse en lo que le es familiar y conocido: regresa a su papel como candidato, abraza gente, hace videos diciéndole al pueblo cómo debe cuidar las calles, pero no toma responsabilidad alguna.

    La visita a la mamá del Chapo es, en gran medida, un efecto de todo esto que está pasando.

    Es cierto quien dice que los presidentes de alguna u otra forma establecen relaciones o pactos con algún cártel (cosa aberrante). El gobierno de Calderón hizo lo propio con el mismo cártel con el que AMLO ha establecido contacto. El problema es que López Obrador lo hizo de una forma explícita y descarada, al punto de verse personalmente con la mamá del Chapo para posteriormente tener un convivio que se llevó a cabo el mismo día en que Ovidio Guzmán cumplía años.

    ¿Qué va a pensar el ejército al ver eso? ¿Qué van a pensar todas las víctimas del narcotráfico al ver que el Presidente convive con ellos? ¿Qué va a pensar la propia opinión pública? Lo que hizo López Obrador no solo es aberrante, sino que atenta en contra de sus propios intereses personales. Y un acto tan irracional tal vez, a estas alturas, sólo pueda explicarse a través de un bloqueo mental por parte de un presidente que ha visto caer a pedacitos su proyecto de nación. Las circunstancias le ofrecieron otra alternativa para imprimir su nombre en los anales de la historia y lo desperdició.

    Pasó lo que muchos temíamos que pasara, que ante la adversidad López Obrador flaqueara, se volviera más rígido e inflexible en un tiempo que exige mucha flexibilidad y pragmatismo. Lo que me sorprende es el grado, no pensé que se iba a bloquear tanto. No pensé que iba a ser capaz de pelearse con los ventiladores eólicos e iba a cancelar inversiones en vez de al menos estar liderando con la mera retórica. Esto que está ocurriendo es muy grave. Mucha gente percibe que su presidencia se está cayendo a pedacitos y siente que México se cae con él.

    Los encargados de la contingencia hacen lo que pueden: ante la ausencia de liderazgo de su patrón, son ellos los que dan la cara, los que explican, los que le piden a la gente que se queden en casa. Todos voltean a ver a López-Gatell, a López Obrador lo ignoran.

    AMLO ha cedido a su liderazgo, se ha ausentado del momento más crucial de su presidencia y ha dejado un enorme vacío que sus colaboradores han intentado llenar. El que fuera el liderazgo político más importante de los últimos años ha quedado reducido a meras cenizas. Incluso, si el país saliera avante de la crisis sanitaria, López Obrador no sería el depositario de los halagos, sino López-Gatell y su comitiva. AMLO sería visto como un estorbo que tuvieron que sortear.

    Es imposible pensar que habrá una cuarta transformación. El proyecto está muerto. No fue el COVID-19 el que lo mató. Por el contrario, le dio una oportunidad para sobrevivir. El único responsable de su muerte es López Obrador, y la memoria histórica será fulminante a pesar de que sus acólitos intentarán, en medida de lo posible, mitificar al líder caído.

    Tantos años de tenacidad por parte de López Obrador para esto. Es inaudito.

  • El asesinato de Ingrid Escamilla

    El asesinato de Ingrid Escamilla

    El asesinato de Ingrid Escamilla

    Ingrid Escamilla fue asesinada cobardemente por Erik Francisco Robledo Rosas, asesino, feminicida, bestia, a raíz de una discusión.

    En un país normal, esto habría suscitado una indignación y escándalo terrible. Pero estamos en México, donde ya acostumbramos a normalizar la violencia.

    Muchas personas son asesinadas a diario (como si tuviera que ser algo normal), pero la forma en que fue asesinada Ingrid (después de darle varias puñaladas, le sacaron los ojos y la desollaron) es terrible.

    Sí, hubo quien se indignó, la nota salió en la prensa. Pero la noticia rápido se va a perder dentro de toda la cotidianeidad.

    Y si algunos se indignaron, otros se burlaron:

    «Tenemos como hombres que exigir justicia por el señor quien sabe qué vieja loca tenía por esposa #NiUnoMenos» dijo uno.

    «La dejó en los puritos huesos» dijo otro.

    Muchos de ellos seguramente son acosadores o violadores potenciales.

    Hubo quienes cobarde e inhumanamente compartieron las fotos del cuerpo desollado, como si la tragedia pudiese ser vista como un espectáculo. Esas personas tienen un poco de Erik en su interior.

    No es la primera vez que el morbo se manifiesta. Ocurrió lo mismo con aquel niño que disparó a sus compañeros de clase en Monterrey. Y lo peor es que la prensa llega a tener el descaro de capitalizarlo.

    Algunos hombres (y mujeres) culparon a la víctima: que es su culpa también por andar juntándose con ese tipo de gente. Algunos por ser hijos de su madre, otros por protección psicológica: la teoría del mundo justo en su máxima expresión.

    Hace dos años, la misma Ingrid había criticado al feminismo, diciendo que termina cuando su mejor argumento es «por el hecho de que somos mujeres». Dos años después, Ingrid murió a causa más atroz violencia que un hombre le puede causar a una mujer.

    Seguramente ella no se imaginó que le podía tocar. Seguro pensó, como muchas personas, que no correría con esa suerte, que no podría ocurrirle a ella, y le ocurrió.

    Y muchas mujeres se espantan y se indignan por una noticia como esta, porque al ver que si a una mujer como Ingrid, con una vida cotidiana como la de ellas, le tocó, entonces también les puede tocar.

    Seguramente los colectivos feministas verán su tamaño crecer. Ante estos casos, más mujeres verán en estos colectivos una contención, un escudo de protección.

    Hubo algunas mujeres, leí en redes, que buscaron adjudicarle cierta responsabilidad a la víctima. De nuevo la teoría del mundo justo entra en acción. No quieren pensar que exista posibilidad alguna de que a ellas les toque: que por andarse metiendo con gente más grande, que por buscar hombres de ese tipo. No es por mamonas necesariamente, sino porque quieren protegerse psicológicamente.

    En la mañanera, AMLO no quiso responder las preguntas relacionadas con el feminicidio. Esa palabra, la de feminicidio, que causa escozor en un sector de la opinión pública.

    «Se han manipulado mucho los feminicidios… la prensa dice muchas mentiras» dijo López Obrador.

    Y es la misma discusión ideológica (que si las feministas exageran, que si esto y lo otro) lo que termina sobresaliendo dentro de la opinión pública más que el denigrante e inhumano asesinato de Ingrid Escamilla.

    Seguramente mañana más de una mujer tendrá más miedo de salir a la calle. A los hombres nos matan más, pero tenemos mayor margen de maniobra para que no nos maten (no meternos en pedos), al punto en que yo me siento más seguro saliendo a la calle que lo que se siente una mujer.

    Yo no tengo que estar tomando excesivas precauciones a la hora de tomar un Uber. Los riesgos que tengo en la calle también los tienen las mujeres (que me asalten, me agredan o me maten para despojarme de mis pertenencias) pero ellas tienen otros que nosotros no tenemos (que te violen, por ejemplo).

    Y ni qué decir del ámbito privado, que es donde suceden las más dolorosas tragedias. Y no solo es un tema de género (que sí está presente dentro de la ecuación) sino de instituciones que no funcionan (ni para mujeres ni para hombres), de un pacto social tan endeble que no funciona bien como contención frente a gentes enfermas e inhumanas como Erik Francisco Robledo Rosas y que orilla a muchas personas a hacer justicia por cuenta propia (con los problemas que ello acarrea).

    Yo no sé si era buena o mala persona, si cometió errores, si engañó a alguien, si fue una persona ejemplar. Pero ella no mereció morir así, de eso puedo estar seguro. Y puedo seguir hablando…

    …y podría extenderme más y más. Pero ya es noche y tengo que irme a dormir, porque mañana tengo que trabajar en mi cotidianeidad, esa que le rebataron a Ingrid.

    Pero Ingrid ya no está.

    Que en paz descanse.

    #NiUnaMás

  • Odiar a Estados Unidos y amar a Irán

    Odiar a Estados Unidos y amar a Irán

    Odiar a Estados Unidos y amar a Irán

    Uno de los problemas fundacionales de la izquierda, a mi parecer, es esa tendencia a asumir que quien se encuentra en una posición de desventaja es necesariamente más bueno moralmente que el privilegiado.

    Ello en muchos casos puede ocurrir así, pero no es una regla general. En muchos casos quien se encuentra en desventaja no es opresor no porque no quiera, sino porque no tiene la capacidad de serlo. Es decir, puede darse el caso de que quien esté en desventaja sea opresor en potencia pero no en acto (esto es lo que la izquierda a veces pasa de largo). A lo largo de la historia hemos visto claros ejemplos de ello cuando quienes estaban en desventaja logran tomar el poder.

    Muchos izquierdistas (e incluso leí a alguna feminista defendiendo a este régimen misógino por antonomasia) han cerrado filas con Irán ante el conflicto con Estados Unidos porque es el país débil, el que se encuentra en desventaja frente a un Estados Unidos con un largo historial de ambiciones imperialistas e intervencionistas (muchas de ellas reprobables, ciertamente).

    Pero que Irán sea «el país débil del cuento» no lo hace bueno ni lo convierte necesariamente en una víctima. De hecho, los iraníes, con lo que tienen a la mano, juegan su juego en el terreno geopolítico. Dentro de su zona de acción ellos pueden comportarse de la misma forma con aquellos países con los que sí pueden meterse.

    Podemos criticar el actuar de Trump al mandar asesinar a Soleimani, pero también es cierto que previo a ello, los iraníes atacaron la embajada estadounidense de Iraq, lo cual deja patente que no es como que Irán sea una perita en dulce. Criticar a Trump no implica defender a la víctima, esa es una falsa disyuntiva. Bien se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo.

    Irán se puede asumir como una víctima geopolíticamente frente a los EEUU, pero sus asuntos internos contradicen absolutamente ese velo de superioridad moral que algunos le quieren poner. El régimen iraní es uno prácticamente absolutista y antidemocrático que se caracteriza por oprimir a las mujeres relagándolas de la vida pública y obligándolas a portar velo.

    ¿Por qué hemos de idealizar, de acuerdo a nuestros principios occidentales, a un régimen así? Imaginemos cómo sería Irán si de pronto le diéramos el poder imperialista que hoy Estados Unidos todavía ostenta: que pretenda crear una cultura global de opresión a la mujer y de imposición religiosa.

    De la crítica del actuar de Trump y/o Estados Unidos no se sigue que debamos subir a Irán a un altar ni compadecernos de él. Se vale criticar a Estados Unidos, pero no implica cegarnos para que, bajo un supuesto argumento donde victimizamos a quien está en desventaja, idealicemos a un régimen caracterizado por su misoginia y la falta de libertades y hagamos lo análogo con líderes opresores a quienes encumbremos como si fueran revolucionarios con las más buenas y nobles causas.

  • De la sociedad del deber a la sociedad de los derechos

    De la sociedad del deber a la sociedad de los derechos

    De la sociedad del deber a la sociedad de los derechos

    Desde hace mucho tiempo se ha dicho que nuestra sociedad ha sucumbido al nihilismo, que ya todo vale, que todo está permitido, pero en sentido estricto en realidad ello no es tan así. Sí así fuera, nuestras sociedades ya se habrían resquebrajado desde hace tiempo; pero, a pesar de todo, se mantienen en pie. Una conclusión así podría hacer un poco de más sentido para hablar de aquella rebeldía de los años 60 y 70 del sexo, drogas y rock & and roll, pero lo que estamos viendo hoy no es necesariamente una suerte de degeneración sino más bien la consolidación de una transición de entender la moral desde la lógica del deber hacia la lógica de los derechos en aras de buscar un marco ético y moral que funcione dentro de una sociedad líquida, capitalista y posmoderna con narrativas fragmentadas. En esa etapa de rebeldía de los años 60 y 70 el individuo buscó liberarse de las normas, los tabúes y los deberes. Lo que hoy ocurre parecería ir un poco en sentido opuesto: no se trata de un retorno a la sociedad del deber, sino la búsqueda de una estructura que satisfaga a una sociedad ya «liberalizada», que le dote de un cierto orden y la mantenga en pie.

    La sociedad del deber, como le llama Lipovetsky, fue promovida dentro de las sociedades modernas que emergieron en la sociedad industrial para evitar la degeneración y el caos. No solo eran las instituciones religiosas las que la promovían, sino el propio Estado secular y laico (siendo el punto más álgido la sociedad victoriana). Por ejemplo, se decía que tu deber como hombre o como mujer era comportarte de esta manera o llevar a cabo ciertos roles, debes sacrificarte por tu país aún si ese sacrificio no te iba a traer un beneficio personal, debías de salir a votar porque es tu obligación. Bajo esta cultura del deber, más que los derechos (que existían, aunque jugaban un papel secundario al respecto), las sociedades occidentales se mantuvieron en pie.

    En nuestros tiempos, en cambio, la idea del sacrificio ahora termina siendo sustituida por la del bienestar. La cultura del deber ha sido eclipsada por la cultura de los derechos, que mantiene la idea toral de la cultura occidental de que el ser humano es digno por el mero hecho de serlo, pero que cambia el enfoque bajo el cual se aborda la ética y moral.

    Ya no se habla de sacrificios en torno a un bien común sino de derechos: tienes derecho a ser respetado, tienes derecho a la educación, tienes derecho a votar, tienes derecho a expresarte etc. Pero para satisfacer estos derechos es imperativo crear obligaciones y un marco ético: si tienes derecho a expresarte, entonces yo estoy obligado a permitir expresarte, si tienes derecho a vivir, entonces yo estoy obligado a no matarte. No hay un «todo se vale expreso» ni un nihilismo absoluto en tanto que para poder garantizar los derechos se vuelve indispensable crear reglas y normas que la gente debe seguir.

    Incluso dentro de los sectores conservadores donde permea y se mantiene más el sentido del deber han adoptado progresivamente el enfoque de los derechos para defender sus convicciones: ahora se habla del «derecho de los niños a tener mamá y papá», «el derecho a la vida», por poner algunos ejemplos. La batalla cultural entre conservadores y progresistas va en función a los derechos mucho más que los deberes, dado que los derechos que uno y otro defienden se contradicen y no pueden coexistir y dado que, hablando de derechos dentro de una cultura basada en los derechos más que en los deberes, es más fácil persuadir a la gente. Más suena hablar de «el derecho del niño a tener una madre y un padre» que hablar del tema en cuestión de deberes.

    ¿Podrá nuestra sociedad, tan líquida y cambiante, mantenerse en pie prescindiendo por completo de la cultura del deber, de la cual las nuevas generaciones ya se sienten muy ajenas? ¿Esta cultura de los derechos representa un avance o un riesgo con respecto de la cultura del deber? Las opiniones al respecto están muy divididas, más cuando esta nueva forma de abordar la ética es relativamente nueva. La liquidez de nuestra sociedad evidentemente espanta a más de una persona dado que se percibe que no termina por consolidarse una estabilidad muy fija y anclada lo cual deriva en una suerte de angustia hacia lo desconocido, como si más de una vez nos sometiéramos a asomarnos a un precipicio al cual tememos caer, algo similar a la angustia de Kierkegaard. Pero tampoco se percibe lo opuesto, que la sociedad termine por sucumbir a la degeneración y al caos. Pareciera que nuestra sociedad se ha mantenido en una suerte de estado de equilibrio bajo el cual aspira a expandir el sentimiento de liberación sin prescindir de un marco ético y moral.

  • Por quienes se dobla la Sheinbaum

    Por quienes se dobla la Sheinbaum

    En los últimos días, hemos visto varias manifestaciones en las cuales aparecen personas encapuchadas realizando destrozos.

    ¿Son un sector radical? ¿Son infiltrados? ¿Son anarquistas? ¿Son grupos políticos enfrentados? No lo sé. Sé que en la mañana en Twitter hubo una campaña entre los manifestantes para deslindarse y señalar a los violentos. Me llama la atención, entre los videos que pude ver, que no se trataba de gente que estuviera enojada o llena de rabia, como suele ocurrir con los motines, sino gente que, al parecer se estaba divirtiendo, e incluso parecían tener una suerte de organización o protocolo. No importa si es Ayotzinapa, la marcha feminista o el 2 de octubre, los vándalos hacen acto de presencia.

    Muchos lo veían venir en el aniversario del fatídico 2 de octubre del 68 por lo sucedido en los últimos días, pero las vallas humanas no sirvieron.

    Me pregunto ¿por qué los civiles tendrían que orillarse a conformar vallas humanas? ¿Qué ese no es trabajo de las autoridades, el de evitar que se vandalice propiedad privada y se atente contra la propiedad de terceros?

    Peor aún: ¿Por qué el gobierno de la CDMX envía a sus empleados a formar esas vallas? ¿Por qué el gobierno pone en riesgo a ciudadanos inocentes? ¿Por qué utilizan a personas que laboran en el sector público, lo cual viola la Ley Federal el Trabajo, para llevar a cabo una tarea que debe recaer en el orden público? ¿No se dan cuenta del problema? Terrible lo que está ocurriendo bajo la jefatura de Claudia Sheinbaum

    No, no estoy pidiendo que «resucite Díaz Ordaz», ni que se cometa una represión arbitraria, menos aún cuando la mayoría se está manifestando de forma pacífica, derecho que debe respetarse irrestrictamente. Simplemente que las autoridades ejerzan la ley con la mínima violencia posible necesaria para evitar que los vándalos sigan atacando propiedades de terceros.

    La fuerza pública primero debe disuadir estos actos con su presencia, de tal forma que los potenciales vándalos sepan que si el mero acto de vandalizar va a tener un costo. Pero en vez de eso vimos a los vándalos encapuchados haciendo de las suyas sin que absolutamente nadie haga nada.

    El problema ya no es el vandalismo en sí. Las paredes de los edificios públicos se pueden limpiar.

    El problema son las señales que está mandando, señales de un Estado débil, displicente e incapaz el cual no reacciona ante las eventualidades y es fácil de someter. Esto es una joya para los delincuentes, porque si ellos perciben que los actos que llevan a cabo los demás no tienen consecuencias por las razones anteriormente mencionadas, entonces asumirán los suyos tampoco los van a tener y que el precio a pagar por delinquir es mucho menor.

    Y eso, en un país como México donde los índices de inseguridad son altísimo y donde el narcotráfico es un cáncer que no se ha podido extirpar, es muy peligroso, mucho.

  • AMLO te quiere feliz, muy feliz

    AMLO te quiere feliz, muy feliz

    En el imaginario colectivo se dice que el fin último del ser humano en este mundo terrenal (obviando el componente trascendental de las religiones) es la felicidad. Se dice que todo acto humano tiene como propósito alcanzarla.

    La felicidad es un término muy abstracto y está condicionada por diversas variables subjetivas. Es decir, lo que te hace feliz a ti posiblemente no me haga feliz a mí. Si la felicidad es eso que se siente cuando una persona logra alguna meta, se autorrealiza o lleva a cabo algo que lo haga sentir plena, entonces es inevitable que aquello que la felicidad es sea algo subjetivo y relativo, ya que aquello que nos puede hacer feliz está condicionado por la forma en que cada uno de nosotros hemos construido e interpretado el mundo a través de nuestra experiencia, la educación que recibimos y nuestro temperamento.

    La constitución estadounidense dice que las personas tienen el derecho a «la búsqueda de la felicidad». Ello asume la independencia del individuo y asume el carácter subjetivo que la felicidad tiene. Este derecho asume que los individuos podrán buscarla por sus propios medios y de acuerdo a sus propias necesidades sin que haya algún obstáculo coercitivo o impedimento y tenga las condiciones mínimas necesarias para llevar a cabo esa empresa, lo cual respeta la forma en que cada individuo concibe la felicidad. Esta búsqueda va más en el sentido de la libertad negativa (Isaiah Berlin): que yo pueda buscar ser feliz y que nadie me lo impida.

    AMLO no piensa igual, él dice que el gobierno debe «procurar la felicidad». A primera vista puede no sonar muy distinto, pero decir otorgar el derecho a la búsqueda de la felicidad (como lo dice la Constitución de los Estados Unidos) es más bien muy distinto a decir que el gobierno la procurará (como dice AMLO), porque ello implica que entonces el gobierno adquirirá un rol activo en esa búsqueda de la felicidad. No se trata de dejar al individuo en libertad para buscar la felicidad, sino que yo como gobierno participaré activamente en dicha búsqueda, y ahí las cosas ya cambian mucho.

    Antes de seguir debo hacer una aclaración: procurar el bienestar tampoco es sinónimo de procurar la felicidad aunque suene muy parecido y pueda confundirse, sobre todo con el concepto en boga de Bienestar Subjetivo. Un gobierno puede crear o fomentar las condiciones para que una sociedad dada tenga un mayor bienestar y así pueda alcanzar la felicidad de mejor forma: un Estado que otorgue mejores servicios de salud, que diseñe ciudades vivibles, poco contaminadas, con un buen transporte público, seguridad y con un tejido social fuerte para que el individuo pueda tener una vida plena. El Bienestar Subjetivo mide la satisfacción (subjetiva) de los individuos para entender cómo es que a través de políticas públicas se pueden generar las condiciones para que tengan un vida plena. Pero a pesar de que el Bienestar Subjetivo esté muy interrelacionado con la felicidad, la búsqueda de ésta última sigue siendo un derecho del individuo que la busca bajo sus propios parámetros.

    Decir «voy a procurar la felicidad» va un poco más allá de lo que significa «procurar el bienestar», una línea un tanto difusa separa estos conceptos, pero esa distinción cambia las cosas.

    Cuando se habla de Bienestar Subjetivo no se piensa en lo que la felicidad debería de ser, sino en entender cómo se pueden lograr las condiciones para que más gente sea feliz y plena sin que esto implique decirles cómo es que deberían ser felices, pero hablar de procurar la felicidad como tal sí implica concebirla. Ya no es el individuo el que la define y el que le da forma, es el gobierno quien establece parámetros de lo que la felicidad debería de ser.

    Y para evitar confusiones: que si AMLO quiso decir esto o no aquello, que si se quiso referir más bien al bienestar o a otra cosa, tomemos en cuenta que él ya había definido en su libro lo que la felicidad es o lo que debería de ser, definición que tiene una carga retórica e ideológica (e incluso religiosa):

    La felicidad no se logra acumulando riquezas, títulos o fama, sino mediante la armonía con nuestra conciencia, con nosotros mismos y el prójimo… La felicidad profunda y verdadera no puede basarse únicamente en los placeres momentáneos y fugaces. Estos aportan felicidad sólo en el momento en que existen…

    Andrés Manuel López Obrador en su libro La Salida

    Es decir, cuando AMLO habla de procurar la felicidad, habla de una felicidad más bien específica que ha de ser promovida. En su definición hace acotaciones que ya excluyen varios medios para buscar la felicidad (por medio de acumulación de riquezas, por medio de la fama o de títulos, los cuales, me parece que ignora López Obrador, también pueden significar alguna forma de autorrealización para algunas personas). Lo que la felicidad es o debería de ser está íntimamente ligado con la retórica de la Cuarta Transformación.

    Para consolidar este argumento, habría que tomarse en cuenta la relación que López Obrador como gobernante quiere tejer con los gobernados. Él no concibe a los gobernados como una ciudadanía (heterogénea), sino como el pueblo que tiene una voluntad general y del que se asume como representante de dicha voluntad, lo cual convierte a aquel en una entidad homogénea que, como tal, debería caber en una sola definición de felicidad.

    La búsqueda la felicidad es un asunto privado y personalísimo, por lo que todo lo que tiene que ver con la procuración del bienestar entonces tiene que ver con la creación de las condiciones para que el individuo busque la felicidad de forma más plena. Sin embargo, su gobierno busca entrar en el ámbito privado al promover su concepto de felicidad bajo ciertos criterios morales: lo cual explica la distribución de cartillas morales, el uso de símbolos cristianos y organizaciones religiosas para ese fin.

    En resumen. Decir «voy a procurar la felicidad» es una forma de politizarla, es una forma de intervenir en ella en vez de dejar que los individuos busquen su propia felicidad como se les venga en gana mientras se apeguen a un marco legal (incluso es de alguna forma prueba de la relación de este gobierno con la institucionalidad). Porque intervenir en ella implica necesariamente imprimir el concepto subjetivo que de ella el gobernante tiene para transformar ese concepto en algo que en realidad nunca podría ser, en una felicidad objetiva y única para todos.

  • Conflicto entre generaciones

    Conflicto entre generaciones

    Conflicto entre generaciones

    ¿Por qué entre las generaciones no nos entendemos? ¿Por qué señalamos a unos como arcaicos o retrógradas y a otros les acusamos la incapacidad de seguir los roles que esperábamos que siguieran?

    Partamos desde el principio: los seres humanos construimos nuestra percepción del mundo de forma subjetiva con base en nuestra educación y nuestra experiencia: con lo que recibimos de los medios, de las corrientes filosóficas vigentes y dominantes. Es esa construcción la que nos separa del hombre primitivo en estado de naturaleza. Es esa construcción paradigmática que, con todos sus defectos, nos permite vivir en una sociedad siguiendo reglas y apegándonos a un sistema de valores.

    La sociedad y la cultura, tal y como se nos manifiestan, moldean esa percepción de la realidad que tenemos. Es a partir de esa construcción paradigmática desde donde hacemos juicios y desde donde construimos nuestros anhelos.

    Es cierto, no todos construimos la realidad de la misma forma ni necesariamente nos exponemos a la misma información o sistema de valores (basta ver las distintas ideologías y formas de pensar que coexisten en nuestro mundo). Pero es claro que, por encima de esta multiplicidad, hay un relato más dominante, de tal forma que podemos distinguir las diferencias entre los paradigmas de nuestra generación y las generaciones pasadas. Incluso uno se puede percatar de que, en una sociedad tan globalizada y occidentalizada como la nuestra, existen algunas reminiscencias o patrones de ese paradigma (propio del sistema occidental) en sociedades no occidentales.

    Como la cultura y la sociedad no son cosas rígidas sino que van mutando de forma progresiva a través del tiempo, una persona joven y una persona mayor no construyen su realidad a partir de la misma sociedad y cultura, sino desde una relativamente distinta, lo que quiere decir que no perciben la realidad exactamente de la misma manera, y lo cual es el origen del conflicto generacional.

    Todos estos términos como «baby boomers«, «generación x» o «millennials» son básicamente formas de categorizar a la sociedad con respecto al paradigma de su tiempo. Tal vez sean un tanto arbitrarios, pero su mera existencia y uso explica que tenemos la capacidad de distinguir que los seres humanos crecemos bajo ciertos paradigmas típicos de nuestro tiempo.

    Los jóvenes y los mayores caemos en el error de juzgarnos como asumiendo que todos operamos bajo el mismo paradigma, lo cual nos lleva a la contundente resolución de que el otro está mal y no comprendemos «cómo es que no entiende y agarra la onda», y como dice el Abuelo Simpson, si no entendemos esto, al crecer nos vamos a ubicar en el mismo dilema que los grandes a los que cuestionamos y nuestros hijos serán los jóvenes que nos cuestionarán.

    Ciertamente, ambos paradigmas (el de los mayores y el de los jóvenes) no son completamente diferentes. No se trata de un rompimiento, sino que una es una derivación de la otra y la última no se termina de explicar sin la anterior (prueba de que no existe ese rompimiento por completo es la transmisión de valores de la gente mayor a la gente joven). Un paradigma es una acumulación histórica de conocimiento, de significantes, de conceptos, de valores que se someten al avance del tiempo, cuya mayoría permanecen pero algunos otros cambian.

    Pero, aunque uno sea casi en todos los casos una derivación del otro, los paradigmas no serán lo suficientemente iguales como para que ambas generaciones puedan entenderse sin necesidad de comprender que no perciben la realidad de forma idéntica.

    Y en una posmodernidad tan cambiante como la nuestra, donde el continuo cuestionamiento de los propios paradigmas se suma al vigoroso avance de las tecnologías que han modificado de manera abrupta los canales de comunicación y, por ende, la forma en que se transmite la información y los valores, hace que este contínuo y progresivo cambiar del paradigma sea más veloz y más agitado, con lo cual es muy posible que una generación se sienta aún más alienada con respecto de la otra.

    Dicho esto, la única forma en que el joven y el mayor podrán entenderse es a partir de la empatía, de ponerse en el lugar del otro, de tratar, en la medida de lo posible, de entender el paradigma del otro y simular que están percibiendo la realidad a partir de éste.

  • ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    Cuando uno revisa la distribución entre mujeres y hombres en distintas carreras, se percata de que las mujeres optan más por carreras sociales como psicología o relaciones públicas mientras que los hombres dominan las STEM (ingenierías y tecnología).

    El argumento que algunos utilizan para explicar esta diferencia es que hay estudios de bebés recién nacidos donde las mujeres tienen preferencias por rostros y los hombres por objetos. Dicho esto, las mujeres preferirían tratar con personas y los hombres con herramientas o modelos. Así, se dice que esa distribución no es producto de alguna inequidad de género, sino que los hombres prefieren un tipo de empleos y las mujeres otro tipo. Eso sí, generalmente los primeros empleos son mejor pagados que los segundos.

    Pero si entonces ello fuera la justificación, ¿por qué los hombres dominan la política y, de paso, el análisis político?

    El argumento es que la política atrae menos a las mujeres. Que ellas no se quieren «embarrar del lodazal», que a ellas no les gusta hablar tanto del tema y discutir sobre asuntos políticos, como si ello estuviese determinado por la naturaleza.

    Hacer política trata más sobre personas que sobre sistemas: trata sobre comunicación, sobre relaciones, sobre saber hacer equipos, buscar aliados, negociar para poder impulsar agendas. Si a las mujeres se les da mucho la psicología y las relaciones públicas por «naturaleza», entonces ¿no tendría que ser la política casi la profesión perfecta para la mujer? Bajo el argumento biológico que se hace con base en esos estudios donde las mujeres prefieren personas y los hombres objetos, entonces tendría que haber una mayor presencia de mujeres que de hombres.

    Pero eso no ocurre. No hay ni siquiera paridad de género y ello explica que algunas mujeres incluse soliciten cuotas esperando de esa forma tener cierta representación. Entonces, ¿cómo explicamos desde lo biológico que las mujeres no quieran entrarle a la política y los hombre sí? Pues la realidad es que la biología no puede explicarlo porque no es un asunto biológico sino uno cultural.

    El análisis político (intelectual), por su parte, viene siendo algo así como una mezcla de «personas y sistemas» ya que analiza el comportamiento humano bajo ciertos sistemas o paradigmas; así, se esperaría que hubiera algo cercano a la paridad de género. Pero en realidad en México son muy pocas mujeres que hacen análisis político (ciertamente cada vez se están involucrando más): me vienen a la mente Maria Amparo Casar, Denise Dresser (Aristegui y Marker son más bien periodistas), tal vez Viridiana Ríos y otras pocas más. A nivel global la diferencia también es llamativa, de entre tantos teóricos de la política hombres que conozco del siglo XX, de entre las mujeres en este momento solo me viene a la cabeza Hannah Arendt.

    Otra prueba de la debilidad del argumento es que, con el tiempo, son más las mujeres que se han ido involucrando en la política y en su análisis. Si se tratara de biología, entonces ¿cómo explicaríamos estos cambios? De forma progresiva hemos visto más presidentas en el mundo, y aquí en México cada vez más mujeres legislan en el Congreso. Hace décadas era casi impensable ver a presidentas en el poder, ahora es algo relativamente común pero siguen siendo minoría. No es un secreto que en países como Estados Unidos, si bien una mujer tiene posibilidades de llegar a la presidencia, su género sí funge como una suerte de handicap.

    Es cierto que no se puede esperar una igualdad de representación perfecta pero sí una equidad de género (que es una de las críticas que se suelen hacer sobre las cuotas de género). Es decir, en un escenario de equidad tendríamos congresos donde en alguna ocasión tengan más hombres que mujeres y viceversa (por diferentes razones que no tienen que ver con algún prejuicio ni falta de oportunidades). Pero no habría alguna tendencia clara y notoria hacia algún género como todavía lo hay.

    Más que hablar de estudios de rostros y objetos. ¿no tendrá que ver que la política tiene que ver con el poder bastante más que la psicología y las relaciones públicas? ¿No será que todavía existe una tendencia a relegar a las mujeres a áreas con menos influencia en lo social (aunque sea evidentemente menor que antes o aunque sea de forma inconsciente)? ¿No será que siempre pensamos que la política era «cosa de hombres» y por eso las mujeres se sintieron menos atraídas a ella con la consecuencia de que ellas se han visto subrepresentadas?

    En la actualidad, una mujer puede entrar libremente a la política. Hasta aquí todo bien, pero luego vienen los siguientes problemas: muchas mujeres aprenden durante su vida que la política es más cosa de hombres, ven que los tíos hablan más de política que las mujeres que, si bien hablan más que antes, no hablan tanto. Por esta razón, algunas mujeres entonces podrían no verse motivadas porque sienten la política como algo ajeno. Aún así hay muchas otras que sí se vean interesadas y logren sortear este dilema, pero los problemas no acaban ahí. Dentro del mundo político, si bien no tienen las puertas cerradas para llegar a altos cargos, es cierto que ellas lo tienen un poco más complicado a la hora de llevar a cabo esa travesía que los hombres. Dentro de todos los que conforman el gobierno, habrán algunos (aunque fueran minoría) que tendrán recelo de ver a una mujer crecer. Sumemos los roles dentro de la familia, donde hay una correlación directa entre las posibilidades que una mujer tiene para triunfar y la equidad en la división de tareas dentro de la casa entre esposos. Todas esas cosas influyen, aunque no sean demasiado visibles, e incluso no han dejado de ocurrir en aquellas naciones que se congratulan por tener mayor equidad de género.

    Es cierto que se han logrado grandes avances, pero son esos mismos avances los que explican que la inequidad que todavía existe es una problemática cultural y no una cuestión biológica.