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  • Ser idealista, ser pragmático

    Ser idealista, ser pragmático

    Ser idealista, ser pragmático

    El idealista busca adaptar al mundo a esquemas ideológicos de carácter normativo pensando en que si dicho esquema logra alcanzarse vamos a alcanzar una suerte de estado superior u óptimo de las cosas: ese fin de la historia en el que ingenuamente soñó Hegel y al que Fukuyama pensó, habíamos llegado. De alguna forma, piensa, ese mundo ideal tiene que embonar.

    El pragmático es, en muchos sentidos, un escéptico de los mundos mejores. Suele abandonar las convicciones normativas para hacer que las cosas se hagan (de acuerdo con el paradigma establecido existente). Apuesta, dice, a la técnica y al conocimiento: claro está, dentro de sus esquemas.

    Pero ambas posturas, sobre todo llevadas al extremo, terminan echándolo todo a perder. El idealista puro suele ser necio y cree que su mundo idílico debe hacerse realidad a como dé lugar. Cree que el mundo no tiene límites y que las leyes que lo rigen no establecen ninguna suerte de condiciones. Así, el idealista suele pasar por alto los procedimientos, los métodos y la técnica porque todo ello le establece un límite y le estorba.

    El pragmático puro, por su parte, busca que las cosas se hagan dentro de un paradigma establecido (el cual también tiene bases ideológicas, pero, al conformar el status quo prevaleciente, asume que ese paradigma es más bien «el mundo como es»: por ello, de forma peyorativa, denomina como ideológico cualquier cosa que salga de su caja). El problema para el pragmático es que se ve imposibilitado de salir de los esquemas mentales bajo lo que opera.

    Y si no se pueden construir mundos idílicos, también es cierto que el mundo da más margen de maniobra que la conformidad con los paradigmas prevalecientes. Los terribles experimentos como los comunismos del siglo pasado exhiben a los primeros, pero el mismo progreso del mundo (mucho del cual se explica por medio de irrupciones y ruptura de paradigmas) pareciera exhibir al segundo.

    Tal vez lo sensato sea adoptar un punto dentro de la gradualidad. Tal vez se valga soñar con un mundo mejor, al tiempo que seamos escépticos y rigurosos sobre los pasos que demos así como que podamos ser conscientes de los límites que se nos revelan para poder guiarnos de mejor forma cuando queremos caminar en lo desconocido.

    El mundo nos impone límites, pero es cierto que los límites no nos terminan de ser claros y ello nos deja margen de maniobra para crear mundos que, si bien seguirán siendo imperfectos, podrán ser algo mejores que lo que tenemos hoy.

  • Campaña sobre campaña

    Campaña sobre campaña

    Campaña sobre campaña

    Las campañas han comenzado ya. Cientos de candidatos políticos están haciendo todo para llamar nuestra atención y pedirnos nuestro voto para llegar al poder.

    Las campañas comenzaron en un clima un tanto extraño. No parece existir mucho entusiasmo entre la población sobre el tema. Es cierto que en las elecciones intermedias la gente suele participar menos, pero esta vez no parece haber nada relevante que despierte el interés (ya ni siquiera desde una perspectiva crítica). En 2009 el tema fue el voto nulo para expresar el descontento hacia la clase política: apenas en 2000 se había terminado de dar la transición democrática y apenas 9 años después ya estábamos decepcionados. En 2015 fueron las candidaturas independientes como una forma de protesta hacia el sistema: Kumamoto por aquí, el Bronco por allá.

    Pero en 2018 no hay nada, no existe esa pequeña chispa de esperanza, ni siquiera por lo que tiene que ver con la intentona de frenar o contener a López Obrador. La oposición no entusiasma en lo absoluto, no parece que nadie se sienta representado o arropado por esa cosa llamada «Va por México» que básicamente consiste en la misma clase política contra la que la gente se manifestó en 2009 con el voto nulo y en 2015 con la esperanza puesta en las candidaturas independientes.

    Me parece que existe entre la gente una sensación de que las alternativas se acabaron, que todo lo que podía dar la democracia ya lo dio y no hay más. Ciertamente, un sector lo suficientemente grande de la sociedad mexicana sigue manteniendo esperanzas en López Obrador (y posiblemente porque fuera de ello no hay más, porque si no es él no es nadie), pero algunos otros que le dieron el beneficio de la duda se decepcionaron. Y no es que los más férreos antilopezobradoristas sientan esperanzas de que pueden contrarrestar a López Obrador, más bien es un sentimiento de miedo: y tiene sentido que sea así, porque «Va por México» no se ha presentado como una alternativa que inspire (y tal vez no lo pueda hacer por lo dicho anteriormente), solo puede aspirar a ser la refractaria del voto antilopezobradorista: es más como «tenemos que votar por esta cosa rara para que López Obrador no siga destruyendo las instituciones».

    El problema es que, a pesar de este agudo desencanto con la clase política, los «políticos de siempre» (incluidos los de MORENA) siguen haciendo lo mismo. En la literatura de ciencia política existe una distinción entre las campañas informativas y las campañas persuasivas: las primeras anuncian las políticas propuestas por un candidato o partido mientras que las segundas buscan persuadir a los votantes más allá de la campaña política con valores, características personales de los candidatos o componentes emocionales. En nuestro caso, las campañas informativas casi brillan por su ausencia básicamente porque la gente siente que los candidatos ofrecen lo mismo y ya nadie les cree. Además, las plataformas en México (a diferencia de Estados Unidos) casi no son ideológicas sino meramente pragmáticas: por eso uno puede ver a MORENA tomando posturas conservadoras al tiempo que el PAN (la supuesta derecha) se sube a la agenda de género y busca parecerse más a los demócratas de Estados Unidos. Existen cada vez menos factores diferenciadores entre los partidos políticos, al punto en que la gente se pregunta incluso cuál es la necesidad de su existencia.

    Las campañas persuasivas, por su parte, son de un nivel bastante bajo y parecen tomar como punto de partida hacer lo que sea para llamar la atención de la gente: si no hacen caso y son apáticos, entonces hay que hacer más ruido. Eso ocurre especialmente con los partidos políticos «chicos» que necesitan votos para mantener el registro (y, por tanto, el negocio): por ello es que candidatean a artistas y celebridades, por eso es que son capaces de hacer lo que sea, aunque tengan que humillarse, para llamar tu atención y que sepas que existen.

    Las «estrategias de campaña exitosas» se explican mucho por la coyuntura, y si la gente termina decepcionada de esos políticos que les generaron esperanza en campaña, entonces esa misma estrategia de campaña otrora exitosa dejará de funcionar. En este contexto, es muy complicado para los estrategas políticos diseñar una campaña que funcione, porque por más llamativa sea, la gente termina guardando un profundo escepticismo. Por eso es que los partidos pequeños apuestan a las celebridades, porque una campaña informativa será completamente irrelevante para un partido al que nadie le importa porque es visto como un mero negocio o mera entidad satelital al servicio de alguien más y no como un movimiento que busque representar a un sector de la población. Seguramente la mayoría de la gente aborrecerá ese tipo de candidaturas, pero basta con los suficientes incautos o curiosos para mantener el registro: basta que de diez personas que aborrezcan ver a Paquita la del Barrio en la boleta, otras dos voten por ella incluso por morbo, con eso les basta.

    Y claro que es triste: es triste que después de años de lucha por trascender la hegemonía priísta en favor de un régimen democrático nos hayamos decepcionado y rendido tan pronto. Más que haber construido una pluralidad partidista efectiva, observamos entidades estériles de representatividad y vaciadas ideológicamente que solo tratan de ganar votos como sea. Y esta campaña electoral, más que cualquier otra, lo ha puesto en evidencia. La falta de cultura política, la grosera asimetría de información (producto, en parte, de cuestiones estructurales) así como un terrible abuso y mal uso de la mercadotecnia política perdiendo de vista lo esencial que es la representatividad nos tienen aquí.

  • Cuties sí es una porquería, aunque debo decir que…

    Cuties sí es una porquería, aunque debo decir que…

    Cuties sí es una porquería, aunque debo decir que...

    El trailer de Cuties (anunciado aunque no producido por Netflix) hizo lo que ningún político ni movimiento había logrado hacer en casi toda la historia moderna: unir a conservadores, liberales, religiosos, feministas y progresistas en una causa: condenar el filme porque, se decía, promueve la pedofilia.

    Luego llegaron a decirnos que no era así, que este filme dirigido por Maïmouna Doucouré hacía todo lo contrario: condenar la sobresexualización de los niños.

    La porquería

    Ahora que me di la oportunidad de ver este filme ¿quién tenía la razón? Digamos que en parte sí es una crítica a la sobresexualización de los niños (el argumento de la película va en ese sentido) y por otra parte parte sí pareciera promover dicha sobresexualización con las escenas explícitas que en la película se presentan.

    La cinta trata de una niña llamada Amy, quien es parte de una familia musulmana que vive en el norte de París. Ella, ante la asfixia que impone la cultura a la que pertenece (sobre todo a la mujer) y al ver la suerte que le deparará como mujer al verse en el espejo de su madre, logra encontrar en un grupo de amigas una forma de rebelarse ante esa opresión y «liberarse».

    Y escribo «liberarse» entre comillas, porque lo que realmente ocurre es que Amy cae en las garras de una cultura que le invita a abandonar a su niñez de forma precoz para envolverse en una cultura de consumo donde la mujer, a través de la sensualidad de su cuerpo, busque obtener aceptación y reconocimiento.

    Hablar de la sobresexualización de los niños no debería ser tema tabú, sin embargo es importante no rebasar esa difusa frontera en donde aquello que se expone pueda terminar siendo promovido de alguna u otra manera. El problema con esta cinta es que aunque su argumento tome una postura crítica, la ejecución sobreeexpone la sobresexualización de estas niñas al punto en que la crítica termina entrando en un segundo plano. Así lo sugieren varios de lo bailes que llevan a cabo y algunas otras escenas.

    Hacer esto conlleva muchos problemas éticos y morales: primero, porque las actrices son niñas, y el mero hecho de que su sexualidad sea explotada con fines comerciales (aún con el consentimiento que sus padres seguramente dieron) es un acto deleznable y reprobable que debe ser condenado, y segundo, porque aunque ciertamente el argumento de la película no lo presenta como algo bueno, las escenas, en las que la película hace mucho énfasis, sí logran ser lo suficientemente seductoras (estoy seguro que a muchos pedófilos les va a gustar) como para que atraigan al público desde el plano de lo sexual.

    El simple hecho de que Netflix haya lucrado con esto como stunt publicitario ya es algo que no puede justificarse éticamente y no solo eso: ese mero atrevimiento termina fortaleciendo el argumento «pro-pedófilo» en la discusión sobre si se promueve o se critica la sexualización de los niños porque ya hubo un uso de ella para fines publicitarios.

    Más allá de estos dilemas, la película en sí es pésima y es de lo peor que he visto en Netflix. Me pareció bastante aburrida y confieso que la terminé de ver más para escribir esta crítica que para otra cosa: la trama no es nada buena, las actuaciones no son destacables, algunas escenas son inverosímiles: casi nada de lo que Amy hace tiene consecuencias. Lo único rescatable es el final que presenta una suerte de moraleja, ya que Amy termina encontrándose a sí misma (lejos tanto de la opresión de la cultura musulmana como de la sobresexualización infantil) brincando a la cuerda, pero nada más.

    Aunque…

    Si bien no soy simpatizante de la cultura de la cancelación que abunda en nuestros tiempos, las críticas hacia la empresa estadounidense son válidas y Netflix debe recibir y comprender el mensaje. Y tal vez lo hizo, porque al entrar a Netflix la película no estaba visible en la plataforma principal, tuve que utilizar el buscador para dar con ella.

    Sin embargo, hay algo que no me termina de cuadrar en torno al escándalo que se ha suscitado.

    No es el hecho de que se haya criticado la película, sino el hecho de que la sexualización infantil está ahí con nosotros como si nada pasara. La película genera indignación, pero muchas cosas más indignantes pasan como si nada.

    ¿Cuántos pequeños no hemos visto «perrear» en las escuelas o en las comidas familiares? ¿Acaso no es cierto que muchos niños suben escenas «candentes» al TikTok para ganar likes? ¿Cuántas veces no hemos visto afirmaciones que rayan en la pedofilia a pesar de que parezcan frases inocentes como: «legalicen a las de diesiseis»? ¿Qué decimos de los casos de pedofilia, de pornografía infantil o de trata de personas?

    Suena terrible, pero la explotación de la sexualidad de los niños como objeto de consumo no es algo raro ni nuevo y a veces no parece ni inmutarnos. Pocos hacen algo al respecto.

    La película es tan solo una pizca, una nada comparada con el mundo de la sexualización infantil que está ahí presente y que tiene, evidentemente, como principales víctimas, a las niñas y niños.

  • ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    ¿Es cierto que si emulo la trayectoria del éxito de tal o cual millonario o artista, me convertiré en uno? ¿Está todo en mí? Si lo deseo y trabajo duro ¿se me va a hacer?

    ¿Qué pasa con las historias de éxito?

    Afuera hay muchas historias de éxito en libros, conferencias y demás. Pero las historias de fracaso no las conocemos porque realmente nadie va a escribir sobre cómo fracasó en su vida, y si lo hace, pocos lo van a escuchar.

    ¿Cuál es el problema con esto?

    Qué hay un evidente sesgo. Pensamos en que si emulamos las historias de éxito vamos a triunfar: hay toda una industria detrás de ello. Pero ahí en el fondo se esconden historias de aquellas personas que pusieron el mismo empeño que los exitosos y no lo lograron.

    La realidad, y que la «industria del éxito» nunca te va a decir es que éstas otras historias existen, que no hay receta segura, que el esfuerzo y talento son necesarios para salir adelante pero que el factor suerte juega un papel importante. No te lo va a decir la industria porque vende más decirle a la gente que tiene todo el control de su destino, y la verdad que no es así.

    Y esto es importante saberlo, no para desanimarse, por el contrario. El problema es que cuando se crea esa ilusión de «todo está en ti» entonces el fracaso se vuelve insoportable porque seguramente fue porque «no la hiciste», «no tuviste las tablas». Y la vida no funciona así: el contexto, la circunstancia (de la cual no tienes todo el control) e incluso la mera aleatoriedad son relevantes para que una cosa suceda o no.

    Basta con que el evaluador no se haya despertado de buen humor para que ello determine si te dan la beca o el trabajo o no. ¿Tuviste la culpa de ello?

    La vida es así, caprichosa, no es lineal ni binaria, es muy compleja y más impredecible de lo que creemos.

    Las historias de éxito repetidas son escasas, pero sí conocemos a muchos quienes supieron ser flexibles, que admitieron que no todo necesariamente se tiene que dar como uno exactamente quiere y que han logrado la dicha aunque hayan tenido que modificar un poco sus planes.

    Aquí, el estoicismo se convierte en una buena filosofía a la que podemos recurrir. Habrá que preocuparse por lo que está en nuestras manos. ¿Le pusiste todo el empeño? ¿Diste lo que pudiste dar? Si la respuesta es afirmativa, entonces no deberías culparte por tus fracasos, menos compararte con los demás.

    Claro, se puede aprender, se puede mejorar la estrategia, pero somos humanos imperfectos, la vida es muy compleja, muchas variables están en juego y tú no controlas todas. No te recrimines por lo que no puedes controlar.

  • Lozóygame no. El escándalo y el 2021

    Lozóygame no. El escándalo y el 2021

    Lozóygame no. El escándalo y el 2021

    Lozoya cantó. Y el Reforma nos mostró la letra de la canción.

    El golpe mediático es indudable. Las declaraciones de Lozoya embarran a casi toda la hoy oposición partidista: la muestra como corrupta y ello le viene muy bien a la narrativa de López Obrador.

    Si algo nos preguntábamos en el sexenio pasado, molestos e indignados, era por qué a diferencia de varios países de América Latina en México no caía nadie a causa del escándalo internacional de Odebrecht.

    Con esto, López Obrador se va a contrastar con el «PRIAN» y la mafia del poder. Aunque evidentemente la detención de Emilio Lozoya obedece a intereses políticos y hasta electorales (como siempre suele ocurrir), lo cierto es que esto le va a venir bien a su imagen y tal vez gane algún que otro puntito en las encuestas, aunque más que nada servirá para reforzar a ese 50% de los mexicanos que sigue creyendo en él. Pero esto no es lo más importante, sino cómo es que este escándalo puede ayudar a inhibir el voto opositor desprestigiando a las alternativas opositoras.

    A diferencia de los otros «quinazos» donde era un líder el detenido, éste va más allá. Es una suerte de ataque al «régimen que se fue» y al que hoy el oficialismo encasilla como «la oposición».

    Más allá de lo que vaya a pasar con este caso (tendremos que ver si alguien pisa la cárcel) el mensaje que quieren comunicar es claro: «estamos combatiendo la corrupción de forma estructural» porque los estamos «exhibiendo a todos» (claro está, con la evidente excepción de su propio partido y afines a los que se les mide con una diferente vara).

    Somos nosotros, o son ellos, los corruptos. Nos insistirán una y otra vez reforzando así su retórica polarizadora.

    Incluso esto le puede servir al oficialismo para desacreditar al árbitro electoral de quien, con mucho trabajo y presión ciudadana, se logró conservar su autonomía esta semana, ya que se revelaría que Odebrecht financió la campaña electoral de Enrique Peña Nieto. Evidentemente ello no implica algún fraude en tanto no tiene nada que ver con el proceso de votación pero es posible que la 4T lo venda como tal: ahí está la prueba del «fraude del 2012»: el PRIAN siempre nos hace fraudes, ergo, el INE no sirve.

    Nadie puede estar en contra de que esto haya sucedido (que se exhiba a los corruptos), pero hay que entender el contexto y por qué se hace. El golpe viene en un momento difícil para el gobierno de López Obrador severamente criticado por las decisiones económicas y sanitarias frente a la pandemia y quien en poco menos de un año tendrá que enfrentar el reto que supone las elecciones del 2021 y que son clave para la continuidad de su proyecto.

    La verdad es que este caso puede ser un duro golpe para la oposición. Si panistas, priístas, perredistas y gente de todos los colores están embarrados ¿con qué cara van a persuadir al electorado para votar por ellos en 2021? Está claro que si los partidos mantienen esta mala reputación, algunos votantes van a preferir no salir de sus casas.

    Es cierto que la seguridad y la economía son más importantes que la corrupción para la gente ya que tiene efectos inmediatos y más visibles en su cotidianidad. Es cierto que los índices de inseguridad siguen muy altos y la economía está muy comprometida no solo por la pandemia misma sino por las erráticas decisiones de este gobierno. Pero que la seguridad y la economía sean más importantes no implica que un tema como la corrupción no importe.

    Es cierto también que no pocos saldrán a votar por quien sea para quitarle las cámaras a López Obrador. Según el Financiero en una encuesta de hace un mes, ellos representan poco menos de un tercio de la población:

    Imagen

    Si los que dicen que no votarán ni a favor ni en contra no salen a votar y si las preferencias se mantienen como hoy, quitarle la mayoría absoluta a la 4T no estaría garantizado y, en el peor de los casos para AMLO, conservaría la mayoría relativa.

    Es ese 23% el que tendría menos razones para salir a votar al ver que la alternativa a la 4T ha sido partícipe de escándalos de corrupción.

    Lo más llamativo es que, a pesar de los severos problemas económicos y sanitarios, la popularidad de AMLO en el contexto de la pandemia ha caído más bien poco. Podríamos pensar que la popularidad de AMLO se iba a desplomar, pero eso no está ocurriendo. Nótese cómo la popularidad de AMLO es prácticamente igual que en marzo, el mes en que el país entró a la pandemia.

    Esto ocurre, con todo y que muchos empleos se han perdido, con todo y que cada día mueren cientos de personas a causa del Covid-19.

    Sería interesante saber por qué la popularidad se ha mantenido constante, pero este supuesto combate a la corrupción puede ser un activo en favor de las narrativas que conciernen a la economía, ejemplo: hoy estamos mal, pero el gobierno está combatiendo a la corrupción, y si no hay corrupción, vamos a estar mejor. Justo uno de los pilares de la narrativa lopezobradorista.

    Que el gobierno de AMLO genere adversidad en la mitad de la población no implica que por sí solo eso le vaya a hacer perder elecciones: 50% de aprobación sigue siendo considerable. Es importante que los indignados salgan a votar: los que están muy indignados votarán por lo que sea con tal de votar contra MORENA, pero los que tal vez no lo están tanto, los que no se han sentido muy afectados en su vida cotidiana (porque las crisis no impactan a todos de igual manera), tal vez no lo hagan si no existe un medio que consideren una alternativa real: un partido o líder político del cual perciban que todavía tiene algo de prestigio o decencia como para que «esa alternativa valga la pena».

    Si no existe esa alternativa, muchos se van a quedar en sus casas y vamos a ver una participación relativamente baja y al oficialismo no le va a ir tan mal (a menos que la crisis se agudice severamente o que explote un escándalo).

    Si los partidos quieren ser una alternativa real, tendrán que trabajar para serlo: ello implica de inicio remover de sus filas e investigar a aquellos que se han visto implicado en este escándalo (y difícilmente podría ser suficiente), así como hacer una renovación concienzuda a partir de una profunda autorreflexión que al día de hoy no han tenido; de lo contrario, el 2021 no tendrá buenas noticias para ellos.

  • El político ladrón y el político incompetente cara a cara

    El político ladrón y el político incompetente cara a cara

    El político ladrón y el político incompetente cara a cara

    Robar es moralmente malo. Se puede decir que moralmente la maldad es más grave que la incompetencia, ya que el primero obra con alevosía y ventaja y el segundo no conoce bien a bien las consecuencias de sus actos.

    Sin embargo, cuando hablamos de efectos, el segundo puede tener efectos más perniciosos para la sociedad que gobierna que el primero.

    El que roba sabe cuánto está robando, por lo cual puede medir el impacto de sus actos. Un político puede decir: voy a robar ocho millones de pesos y no ochenta ya que tratará de ser discreto. Si va a desfalcar el erario por completo, sabe que ello puede tener duras consecuencias y a partir de ello, decide si las asume.

    El incompetente puede presumirse honesto (aunque poco hay de honesto en aquella persona que se sabe incompetente para su actividad y podemos calificar a esta deshonestidad como una forma de corrupción), pero el impacto económico puede llegar a ser mucho más grave ya que, al ser incompetente, toma decisiones cuyo impacto no conoce y no puede prever.

    El incompetente actúa con los ojos vendados y dice: hagamos esta obra, construyamos este elefante blanco, imprimamos billetes, lo hace por capricho porque no tiene la capacidad de evaluar sus decisiones o, en el mejor de los casos, lo hace por intuición y por motivos meramente ideológicos (que vaya, actuar de forma ideológica no es malo, pero sí lo es cuando ello no se somete al filtro de la técnica y la evaluación).

    Un político ladrón debe tener una moral terrible, una gran audacia y correr grandes riesgos para dejar a su gobierno completamente quebrado. El incompetente no, él incompetente sólo tiene que serlo.

    Y lo peor es que, en ocasiones, el incompetente puede llegar a salir más o menos bien librado. La ley no lo va a perseguir por su incompetencia, puede presumir que no robó un centavo y que, al salir del poder, sigue viviendo una vida frugal y austera.

  • #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    Está llegando el momento que todos sabíamos que iba a llegar, pero que pocos habían dimensionado.

    Está llegando ese momento en que los fallecidos diarios se comenzarán a contar por centenas y no decenas. Si el día de hoy ya no son pocas las personas que conocen al menos a una persona que tiene Covid-19, pronto no serán pocas las que conozcan al menos una persona que falleció por el virus.

    Sí el día de hoy ya tenemos algunos hospitales a su máxima capacidad, pronto veremos al sistema de salud rebasado y habrá gente que no podrá recibir atención hospitalaria (suena duro, pero las cosas como son) lo cual seguramente provocará conflictos y descontento. Si en los países desarrollados ello está pasando ¿por qué tendríamos que esperar algo diferente en nuestro país donde el sistema de salud es más precario?

    En unos días, alguna que otra persona de aquellas que se fueron a vacacionar o que dijeron que el coronavirus era una simple gripe van a estar implorando en sus redes sociales porque no hay ventiladores. Más de una de esas personas va a fallecer.

    La crisis va a ser complicada por la naturaleza de la pandemia, pero los efectos causados por las personas que no tomaron precauciones y los errores de las autoridades van a complicarlo más aún más porque debido a ello la curva no se habrá «aplanado lo suficiente» y muchas personas no recibirán la atención médica necesaria para sobrevivir.

    En unos días vamos a escuchar uno que otro caso de algún famoso, político o personalidad pública que falleció a causa del Covid-19 y ello asustará mucho a la gente, incluso a algunos de los que el día de hoy creen que es un juego.

    Vamos a escuchar a mucha gente desesperada, incluyendo gente cercana. Veremos a alguno que otro conocido llorando porque se le murió alguien. Nuestras redes se van a inundar de casos, de anécdotas muy dolorosas e indignantes aunque también de aquellas que nos harán tener una luz de esperanza: veremos algunos actos heroicos, personas que se salvaron contra todo pronóstico, personas que se partieron la madre para salvar a los otros.

    A juzgar por los pronósticos, esta etapa de finales de abril y el transcurso de mayo va a ser la más complicada, e incluso va a ser la etapa más complicada para el país en muchos años y en muchos ámbitos.

    Y ello quiere decir (partiendo del hecho de que la enfermedad no muestra síntomas sino hasta casi dos semanas después) que hoy es cuando más debes cuidarte. Si te contagias hoy, posiblemente muestres síntomas cuando los hospitales estén rebasados. Dicho esto, hoy más que nunca deberías de cuidarte porque si la enfermedad se complica va a ser un problema. Con probabilidad adquirirás el Covid-19 algún día, pero mucho mejor que ello ocurra cuando el sistema de salud no esté saturado.

    Y eso no quiere decir que en junio vayamos a regresar a la normalidad. La normalidad tal y como la conocíamos va a tardar mucho en llegar. Se manejan muchos escenarios al respecto, tal vez en un par de meses no tengamos que estar encerrados en casa pero sí se van a cambiar muchos patrones de conducta: evitaremos saludarnos de mano, no iremos a eventos donde mucha gente se conglomera. Es más, incluso podrían establecerse cuarentenas periódicas o parciales mientras se encuentra la vacuna. No lo sabemos.

    Hoy vivimos en una tranquilidad tensa, sabiendo que lo peor, lo que ya está a la vuelta de la esquina, no ha llegado.

    La tranquilidad se disipará pero la tensión subirá, nuestras vidas tal vez se verán algo más interrumpidas de lo que ya están. Trataremos de continuar haciendo nuestras vidas implorando porque el crecimiento se detenga sin saber siquiera qué va a pasar después ¿se habrá acabado todo? ¿Vendrá una segunda ola de contagios? No lo sabemos.

    Y ello, además, vendrá con consecuencias económicas. Habrá que apretarse, hacer algunos sacrificios, algunos proyectos tendrán que empezarse desde cero.

    Y ante la frustración buscaremos culpables: el gobierno, la gente que no hizo nada, la OMS, AMLO, Trump, López-Gatell, China y hasta los murciélagos.

    Sé que sonará chocante, pero esto es parte de la vida. Los equilibrios que damos por sentado y que nos permiten mantenernos en nuestra zona de confort son eso, equilibrios que en cualquier momento pueden sacudirse. La estabilidad nunca es eterna. De hecho, el mundo necesita sacudirse de cuando en cuando para no atrofiarse y colapsar.

    Pero hasta en esta sacudida somos afortunados. Al final, el virus tiene una tasa de mortalidad relativamente baja, más baja que muchas otras pandemias que nos han azotado como la peste o la gripe española. Las posibilidades de que fallezcas son bastante bajas (sobre todo si tienes menos de 60 años y no presentas comorbilidad), las posibilidades de que te hospitalicen son un poco más altas pero siguen siendo relativamente bajas.

    Y es por esto que nos debemos mantener fuertes y unidos. Ahora que viene la ola más avasalladora es donde tendremos, al menos en espíritu, que sostenernos todos y agarrarnos muy muy fuerte, porque no tenemos margen de maniobra para evitar que la ola nos caiga encima pero sí lo tenemos para que no nos derrumbe.

    Porque siempre hay una luz al final del túnel. Porque llegará el momento en que todo haya acabado, y aquello que no nos mató, nos habrá hecho más fuertes.

  • La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    El miércoles tuve que salir de mi casa al hospital por una prueba médica. Éste se encuentra a tres cuadras por lo que me fui caminando, al cabo habría poca gente en las calles, pensé.

    Desde que puse el primer pie fuera de mi casa me percaté de algo: sí había gente.

    Es cierto que había menos gente de lo normal, pero tampoco es como para decir que las calles estaban vacías. Decían los «expertos» en mi ciudad que para contener la pandemia era necesario que el 70% se quedaran en sus casas, pero cuando mucho podría decir que había sólo 50% menos gente, si no es que menos.

    Es cierto que tendría que obviar a la gente que no puede dejar de salir a trabajar porque tienen que comer (y hacia quienes no se puede esgrimir críticas), pero en ese caso tendría que haber visto muy pocos autos y sí más gente en el transporte público, lo cual no fue el caso. Si digo que se redujo menos del 50% de gente en las calles, ello se vio reflejado en igual proporción en los automóviles como en los transeúntes que toman el transporte público. Ello quiere decir que personas con lujo de sobra salieron a la calle y personas con una realidad un poco más «ajustada» hicieron el sacrificio de quedarse en su casa.

    En la calle había muchos coches de lujo circulando, de gente de la cual uno esperaría que solo salga para lo estrictamente necesario. Pero eran los suficientes coches para darse cuenta que la mayoría no salían para ello sino para cosas que podrían evitar hacer.

    Luego crucé el camellón que tiene una pista para correr. Había alguna que otra persona trotando. Y me dije, está bien, mientras tomen sus precauciones y mantengan distancia entre ellos no hay mucho riesgo (la posibilidad de contagio es mínima con tres personas en una pista de un kilómetro) y les ayuda para el bienestar emocional, si no tuviera la bicicleta estática que me permite hacer ejercicio en mi casa posiblemente lo haría (tomando las evidentes precauciones). Varios países europeos en cuarentena lo permiten porque, a la larga, ello permite que la gente no se desespere tanto y tengan su sistema inmunológico en mejores condiciones.

    Pero solo bastó cruzar la avenida para ver a un grupo de jóvenes (de clase media alta) platicar afuera de un automóvil, eran unos ocho. Estaban relajados, se reían, bromeaban como si nada. Eran de esos jóvenes que evidentemente tienen la capacidad económica para quedarse en casa.

    Seguí caminando y pasé por edificios donde había empresas que, por su naturaleza, podrían hacer home office pero que tenían ahí a sus empleados trabajando como si nada. Desde la ventana de afuera ni siquiera se veía nada anormal (que por ejemplo, hubiera más distanciamiento entre los empleados).

    Luego llegué al hospital donde el vigilante me tomó la temperatura y me dio gel antibacterial. Hasta ese momento volví a recordar que estamos en una situación de emergencia sanitaria, no sentí la calle muy extraña, tan solo parecía ser día feriado cuando mucho y nada más.

    ¿Por qué hay mucha gente a la que no le importa lo que está pasando? ¿Por qué hay mucha gente que antepone aferrarse a su vida cotidiana que evitar que mucha gente, sobre todo aquella vulnerable ante el COVID-19 muera? ¿Por qué hay gente que sigue yendo al gimnasio? ¿Por qué hay gente que cree que no hay problema con platicar con ocho amigos en la calle?

    Y si bien hay gente que sí está actuando de forma muy responsable y solidaria, hay otra que no lo está haciendo, la suficiente cantidad para que se conviertan en un problema. Lo peor es que ello va a afectar a muchas personas, se va a traducir un mayor número de muertes.

    Al final, todas aquellas personas tendrán alguna responsabilidad moral por aquellas muertes que pudieron evitarse.