Categoría: temas polémicos

  • El síndrome Armendariz: cuando las causas sociales tienen cheque al portador

    El síndrome Armendariz: cuando las causas sociales tienen cheque al portador

    El síndrome Armendariz: cuando las causas sociales tienen cheque al portador

    No son pocas las personas que dicen abanderar causas sociales o presumen construir su trayectoria personal o profesional a partir de ellas: estar del lado de las personas vulnerables: las que menos tienen, de las personas que más sufren, las que se encuentran en la base de la pirámide.

    Es cierto que muchas personas lo hacen desde una convicción y preocupación genuina, pero no todas las personas lo hacen por esa razón, e incluso hay quienes son capaces de autoengañarse al punto de hacerse creer que sí hay una convicción genuina cuando el incentivo tiene más que ver con un interés personal.

    Abanderar causas sociales es muy redituable para la imagen personal y profesional: la gente que lo hace generalmente es bien vista e incluso admirada por la sociedad (claro, en tanto esas causas no sean incómodas al statu quo). Muchas empresas se involucran en campañas sociales ya no tanto porque sean «deducibles de impuestos» sino porque ello les da una buena imagen: «son humanas, son armoniosas con su entorno». Y es cierto que desde una perspectiva consecuencialista es mejor que ocurra eso a que no ocurra nada: al final es cierto que personas que están en alguna condición vulnerable reciben algún beneficio de ello y pueden afirmar que su calidad de vida es algo mejor que antes.

    De igual forma podemos ver a políticos que dicen preocuparse por los pobres y hacerlos su causa (aunque luego se refieran a ellos como «animalitos»), a algunos hombres abanderar las causas del feminismo más que nada para obtener aprobación femenina, así como a algunos emprendedores sociales, como es el caso de Paty Armendariz, que luego muestran una grosera falta de empatía con los que están en la «base de la pirámide».

    Pero la diferencia entre el hecho de que una actividad parta de una condición genuina a que no lo haga marca una gran diferencia, porque si los incentivos para participar son distintos entonces necesariamente los resultados también lo serán:

    Primero, porque las causas de «dientes para afuera» nunca van a representar una amenaza al statu quo. Los activistas por conveniencia rara vez van a tener incentivo alguno de correr el riesgo que implica generar cambios estructurales, más bien van a buscar «resolver los problemas por encima» solo al punto en que obtengan un beneficio personal. Por poner un ejemplo: un hombre convencido genuinamente de la equidad de género buscará, en la práctica, combatir la inequidad aunque ello signifique que él mismo tenga que ceder mientras que uno que lo hace para obtener aprobación femenina solo lo hará al punto en que logre cumplir con su cometido (que las mujeres le aplaudan, cuando menos) al tiempo que no cederá ahí donde a él racionalmente no le convenga.

    Segundo, porque, tarde que temprano, los «defensores de las causas más nobles» que lo hacen por interés propio terminarán expuestos y evidenciados. Incluso, en muchas ocasiones, las cosas terminan cayendo por su propio peso. Eso es justo lo que ocurrió con Paty Armendáriz al mostrar falta de empatía con su colaborador que falleció de Covid, y las cosas se pusieron peor para ella cuando trató de «arreglar» el incidente al insistir de forma muy torpe que sí tenía vocación social porque se notó aún más que lo que realmente le preocupaba era su imagen. Esto termina siendo contraproducente porque, a la larga, terminan deslegitimando las causas que defienden, incluso llevándose «entre las patas» a aquellas personas que sí tienen una convicción genuina.

    La diferencia entre el interesado y el que tiene una convicción genuina tiene que ver, claro está, con la real capacidad de empatizar con aquellas personas que dice ayudar. La persona que tiene convicciones genuinas es capaz de ponerse en los zapatos de aquella persona en sector vulnerable o aquella persona que forma parte de una minoría relegada. Ésta persona es capaz de sentir, de alguna forma, lo que las otras personas sienten, y por ello es que está dispuesta a hacer los sacrificios que las personas que tienen un interés propio no están dispuestas a hacer. No es que la imagen personal o la reputación no les importe, tal vez sería ingenuo pensar que no, pero juega un papel más bien secundario. Por ello no es un secreto que muchas de estas personas están ahí porque les ha tocado vivir en carne propia ese sufrimiento o porque, a lo largo de su vida, les ha tocado convivir muy de cerca con las problemáticas que defienden.

    La persona con convicciones genuinas es autorreflexiva y autocrítica. No está preocupada (como sí lo hace quien tiene intereses propios) por revisar diariamente cómo es que su actividad incide sobre su reputación personal ni por sobrevenderse como «activista y líder social». Quienes realmente lo son no se preocupan por ello no solamente porque sus incentivos más fuertes no tienen que ver con su imagen personal sino porque su trabajo mismo habla por ellos. Las mujeres y hombres con causas genuinas hablan mucho de lo que hacen pero porque les apasiona, porque tratan de persuadir a los demás e involucrarlos en sus causas. Quienes no, simplemente lo hacen e insisten en ello porque están preocupados por su imagen personal, por lo que el mundo va a decir de ellos y por el beneficio que pueden obtener.

    Y la diferencia se nota, y mucho.

  • La pérdida de un ser querido en medio de la pandemia

    La pérdida de un ser querido en medio de la pandemia

    La pérdida de un ser querido en medio de la pandemia

    La muerte es un episodio natural e inevitable. Algún día vamos a morir y, salvo que tengamos una enfermedad terminal y el doctor haya hecho un buen pronóstico de nuestra muerte, no sabremos con certeza cuándo es que eso va a ocurrir.

    Todas las personas que han muerto de Covid iban a morir, dirán algunos, pero no es lo mismo morir intempestivamente que por causas naturales. Mucha gente muere porque ya está muy grande y, de alguna forma, sus seres queridos ya se van preparando psicológicamente para dicho evento. Cuando se nos muere el abuelo lo lamentamos, pero también nos consolamos de que ya “está descansando”. Es, a la vez, un alivio (no tanto para nosotros mismos, sino para el fallecido, nos decimos): ya vivió, se autorrealizó y ahora le toca partir.

    El cuerpo suele dar avisos de que eso está próximo a ocurrir, este se va deteriorando y los familiares van asimilando el hecho. Así me ocurrió con los tres abuelos que ya perdí (a uno me tocó verlo fallecer). Con los tres comprendí que había llegado la hora, era el fin de una trayectoria.

    Con los muertos de Covid no es lo mismo, aunque muchos de los fallecidos sean relativamente grandes. Por lo general, la víctima de Covid solía estar bien solo dos semanas atrás: cotorreamos con él, nos echamos una chela o nos carcajeamos. De pronto, ya no está.

    No es el fin de una trayectoria como ocurre con las muertes naturales, sino que es, a nuestra consideración, su drástico aniquilamiento. No es una transición natural, es un “bicho” que se le metió y lo aniquiló. El fallecido todavía tenía algo por vivir, aunque fuera convivir con sus nietos en sus últimos años, y ese tipo de fallecimientos son los que duelen más.

    Cuando hablamos de personas de 50 o 60 años, el dolor es mayor. Cuando es el padre, la madre, el mejor amigo. Cuando pensamos que a los cercanos no les iba a pasar, como si tuviéramos un privilegio especial. Pero estamos sujetos a las mismas leyes físicas y biológica que todos nuestros pares.

    En estos meses la configuración de muchas familias cambió, una silla quedó vacía. A otros les fue peor, perdieron varios seres queridos y quedaron en tan soledad que tal vez hasta se pregunten por qué el bicho no se los llevó a ellos también. Y los que hemos tenido el privilegio de no perder a ningún ser cercano, vemos cómo el bicho comienza a merodear: como esos ojos brillantes del lobo que se ven a lo lejos en el bosque. De pronto, de los pocos menos de mil contactos que uno tiene en Facebook, dos ya fallecieron. Nos enteramos de que una persona no muy lejana que sí se cuidó y casi no salió se contagió y fue vencido por el bicho. No, no estamos completamente seguros, no sabemos con certeza si, al terminar la pandemia, vamos a tener a todo nuestro círculo de familiares y amistades intacto. Es más, ni siquiera tenemos la total certeza de que nosotros seguiremos aquí, con todo y que las estadísticas duras dicen que los no tan grandes no somos tan vulnerables.

    Eso es lo que distingue a lo natural de la tragedia: el sentimiento de aniquilamiento, de que nos arrebataron algo. Y el dolor es más punzante cuando se le agrega la incompetencia y displicencia de las autoridades, o la indiferencia de parte de la sociedad hacia los demás cuando no les importa ponerlos en riesgo.

    Y es socialmente trágico si se cuentan por centenas de miles, aunque tratemos de blindarnos frente a ese sentimiento de desolación y relativicemos los muertos encapsulándolos en mera estadística para así proteger nuestra psique. Pero los humanos tenemos un problema muy serio con la estadística, porque aquél que se cuidó, sólo se dio una escapadita, un pequeño permiso, y bastó con eso para contagiar a sus familiares para después verlos fallecer, se sentirá consumido por el remordimiento; mientras que el indiferente, el irresponsable que tuvo mucha suerte (la suya y la de sus cercanos) seguirá como si no hubiera pasado nada.

    Algunos otros consumirán el dióxido de cloro o buscarán otros remedios cuya eficiencia es muy cuestionable para sentirse protegidos y tener algo cercano a cierta sensación de inseguridad, pero la verdad es que todos somos, de alguna forma, vulnerables, y mientras no nos toque la vacuna o no salga un medicamento, tendremos que conformarnos con las medidas «de cajón» que sirven tan sólo para reducir el riesgo: cubrebocas, lavarse las manos, gel antibacterial, sana distancia, buena alimentación y ejercicio.

    Mientras haya pandemia habrá incertidumbre, habrá cierta dosis de «angustia» sin posibilidad de saltar. En realidad, siempre existe la incertidumbre de saber cuándo vamos a morir. Lo que pasa es que ahora somos conscientes de ella: somos conscientes de que podemos perder un ser querido cercano, a alguien que queremos mucho, y lidiar con eso evidentemente no es la cosa más fácil.

    Y tal vez la forma más correcta de lidiar con ella sea tomar el camino «kierkegaardiano»: aceptar la angustia que provoca la incertidumbre para que a través de ella reconozcamos nuestra existencia y, en la medida de lo posible, busquemos tomar las mejores decisiones: aquellas que reduzcan la posibilidad de contagio, no aquellas que nos hagan sentir más seguros, porque no es necesariamente lo mismo (el caso del dióxido de cloro y demás placebos es muy ilustrativo) y francamente, de momento, no se puede.

  • Por el bien del bicho, primero los pobres

    Por el bien del bicho, primero los pobres

    Son los pobres, los desposeídos, los más afectados y los más abandonados por un gobierno que durante tanto tiempo juró representarlos.

    Por el bien del bicho, primero los pobres

    Las pandemias suelen exhibir de una forma grotesca las condiciones de desigualdad, ya sea la polio, la peste o ahora el Covid. Los que están en mayor estado de indefensión son los más propensos a morir.

    Es muy simple, quienes tenemos el privilegio de ser parte de las clases medias, medias-altas y altas, tenemos el privilegio de no tener que volcarnos a aglomeraciones para poder ir a trabajar. Nosotros hacemos home office, o si ya de plano nuestro jefe es un hijo de su madre, podemos movernos en automóvil. Nosotros contamos con seguro médico, hospitales cercanos, tenemos la capacidad de estar bien alimentados y sanos físicamente (que tengamos la voluntad ya es otro cuento). También tenemos acceso a mayor información para tomar mejores decisiones (que tengamos la voluntad y el criterio para no caer en fake news es otro cuento).

    La gente de clase media baja para abajo no tiene todos esos privilegios. El trabajador se levanta en la mañana, se trepa al camión que es básicamente un foco de infección (y aunque lleve cubrebocas muchos otros no llevarán) y se va a la obra o a la fábrica donde los protocolos de sana distancia son, por lo general, más raquíticos que en la oficina de la torre de Santa Fe o Puerta de Hierro.

    Ellos también suelen tener una alimentación deficiente (lo cual se traduce en defensas más débiles para contener al bicho) y solo pueden acudir a hospitales públicos que, además de estar más lejanos (se tienen que trasladar en transporte público) suelen estar más saturados que los hospitales privados. Muchos de ellos ni siquiera van al hospital, se mueren en su casa y, por ende, ni siquiera son contabilizados en los registros.

    Dicho esto, uno esperaría que un gobierno que se dice de izquierda vele por los menos privilegiados, pero el nuestro no lo ha hecho en lo absoluto. Por el contrario, el mal manejo de la pandemia ha agravado la ya fuerte disparidad social en torno a la pandemia. El mal desempeño del gobierno, su proclividad a la improvisación y poca seriedad ha dejado a los pobres en una situación aún más vulnerable.

    Cuando pedíamos a las autoridades que ayudaran a las empresas no era porque esperábamos que los «grandes malévolos capitalistas» se beneficiaran. Lo que se esperaba era que protegieran empleos y que las empresas pudieran tomar medidas para proteger a sus empleadores sin que el impacto económico fuera lo suficientemente fuerte. El no hacerlo ha dejado a muchas personas sin trabajo, más indefensos, angustiados y preocupados (lo cual es pésimo para el sistema inmune).

    Si las personas en condiciones más vulnerables tienen menos acceso a información para tomar buenas decisiones, entonces el gobierno habría tenido que apuntar a ellas e informarles todo lo necesario con respecto al Covid-19. En cambio, vimos a un presidente que no usó cubrebocas y que les dijo que podrían darse abrazos durante la pandemia. Haberles informado bien habría disminuido aunque sea un poco la brecha de desigualdad en torno a la pandemia.

    La poca empatía del gobierno con los más vulnerables ha costado vidas, Mientras López Obrador se pelea con Twitter y se saca fotos, hoy mueren más de 1,000 personas por día (solo contando los datos oficiales), pero hay una cantidad que no se reporta, y que está compuesta en gran parte por los sectores menos privilegiados. A ellos, ni la decencia de ser contados en las estadísticas oficiales.

    A López Obrador se le desea que se recupere del Covid y no sea uno más de la estadística, pero también deseamos que su gobierno se ponga a trabajar para que sean las menos posibles las muertes y para que los sectores vulnerables, hoy completamente indefensos, estén mejor protegidos.

    ¿Cuántas personas no habrían muerto si López Obrador siempre hubiera usado cubrebocas?

  • Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Trump, y el libertinaje moral del conservadurismo

    Que vivamos en tiempos de verdades relativas y posverdades no es una sorpresa.

    El conservadurismo ha insistido en que el relativismo y la decadencia moral es producto de esa izquierda cultural influida por los filósofos posmodernos como Michel Foucault y Jacques Derrida.

    Sin embargo, la realidad es que en estos últimos años hemos sido testigos de la aparición de una derecha profundamente «líquida», (como dijera cierto filósofo), en la cual se arropan quienes dicen defender los valores morales, pero que está representada por una corriente de pensamiento nihilista (si es que se le puede llamar corriente de pensamiento) encarnada por Donald Trump.

    En el pasado, la derecha procuraba votar a políticos que eran (o aparentaban ser) hombres íntegros, patrióticos, de familia, con una buena conducta, moderación (más allá de si realmente lo eran). Se fijaban mucho en esos detalles y los políticos lo sabían.

    Donald Trump es lo opuesto al arquetipo conservador: es un hombre profundamente nihilista para el cual «todo se vale». El concepto de «ley y orden» se ha repetido una y otra vez en su presidencia, pero lo que hemos visto de su gobierno es lo contrario: caos, atropello institucional y un profundo atropello a los valores democráticos de los Estados Unidos. Incluso habría que preguntarse si una de las posturas más importantes para su electorado, como era su oposición al aborto, fue genuina o no. En 1999, él mismo afirmó ser «pro-choice».

    Podría esperar, por ejemplo, que en 2016 vieran a Trump como el menor de los males (pero mal al fin y al cabo) y votaran estratégicamente porque son «Prolife», pero no me hace sentido alguno que lo arropen y lo hagan suyo.

    Y es que Trump está lejos de ser ese arquetipo que los conservadores antes buscaban: Trump no es un hombre familiar (aunque insista en ello), no es un hombre «fiel a su esposa» ni un padre de familia ejemplar en lo absoluto como un conservador esperaría: no es una persona que promueva valores morales, por el contrario: representa la ausencia de cualquier principio ético o moral. Trump está muy lejos de ser un Ronald Reagan, quien sí parecía encajar mucho más con ese arquetipo.

    Esta idea posmoderna de que todo es un mero relato y que tanto han criticado algunos conservadores es también parte de ellos y su postura en torno al Covid lo deja patente. Si algunos posmodernos se atreven a argumentar que la ciencia no es más que un relato, estos sectores conservadores que simpatizan con Trump tienden a hacer lo mismo, y tal vez de una forma más grosera. Estos sectores son los que se han mostrado más reacios a tomar medidas recomendadas por especialistas en la materia (incluido Trump mismo), son los que más «oposición» han tenido frente a las vacunas y los que más consideran las propuestas científicas al mismo nivel que las «soluciones alternativas», e incluso prefiriendo estas últimas. No es que en los demás sectores ideológicos este problema esté ausente, pero es particularmente notable entre los sectores conservadores que simpatizan con Trump.

    Estos conservadores nos han alertado una y otra vez que el relativismo y las políticas identitarias son peligrosas para Occidente, pero cuando su líder clama un fraude que no hubo y viola todos esos acuerdos tácitos que explican la supervivencia de la democracia estadounidense no solo hacen mutis, sino que se dejan convencer y aplauden la «irreverencia» antidemocrática de su tirano. Llaman la atención influencers conservadores como Agustín Laje, que tanto se indignaron por las protestas de Black Lives Matter que terminaron en violencia, pero que mide con una vara distinta las protestas de los extremistas simpatizantes de Trump porque son de «los suyos».

    Por todo esto es que veo con asombro cómo algunos líderes de opinión de la derecha más conservadora y confesional de México han convertido a Trump en un mártir e incluso le ruegan a Dios que lo proteja. ¿Un hombre corrupto, egocéntrico y misógino que representa la más profunda decadencia de valores y principios éticos y morales un mártir?

    Si estos sectores están abocados en denunciar la decadencia moral, deberían empezar por verse al espejo. Hay algo muy grotesco en la idealización de un hombre nihilista por parte de aquellos que dicen ser guardianes de los valores morales.

  • ¿Por qué no te quieres vacunar?

    ¿Por qué no te quieres vacunar?

    ¿Por qué no te quieres vacunar?

    Mucho se ha hablado sobre las deficientes políticas del gobierno para contener la pandemia o sobre la irresponsabilidad de muchas personas. ¡Lo bueno es que ya vienen las vacunas! Algunos dicen aliviados, pero de aquí surge otro problema que puede ser determinante y que puede marcar una gran diferencia entre el número de muertes por el Covid.

    Resulta que muchas personas no se quieren vacunar. Nos dicen que son muy escépticos a las farmacéuticas y a las élites de poder. ¡Podría haber gato encerrado! ¡Quieren manipularnos! Hablan de supuestos órdenes mundiales, de Bill Gates, de chips y hasta de fetos abortados.

    Días después ven una nota en redes sociales que confirman su postura: resulta que un médico que se vacunó desarrolló síntomas graves: ¿ves? Te dije, hay gato encerrado. ¡Te dije y una y otra vez que no tenía sentido que una vacuna saliera tan rápido!

    Pero ello no es más que un sesgo cognitivo. No es lo mismo un caso específico publicitado en los medios que muchos casos que no son cubiertos (básicamente, porque los medios no se van a poner, por poner un ejemplo, a sacar una plana por cada muerte del Covid).

    Estadísticamente, vacunarse contra el Covid es «mucho menos peligroso» que no vacunarse contra el Covid. Una persona que no está vacunada tiene posibilidades mucho más altas de morir o tener un cuadro grave que el que tiene una persona por recibir la vacuna. ¿Cuántas muertes por Covid o cuántos cuadros graves se desarrollan mientras lees una nota de un doctor que tiene una sintomatología grave a causa de la vacuna en México o en alguna parte del mundo? En México se han administrado 25,000 vacunas y de estas solo se ha reportado un caso grave. Mientras tanto, ha habido casi 25 muertes por cada 25,000 personas (con base en cifras oficiales que, como sabemos, tiene un subreporte de muertes).

    Esto ya es argumento suficiente y necesario para vacunarse. Es más, es menos peligroso vacunarse que manejar un coche o salir a andar en bicicleta. Ahí hay más probabilidades de fallecer que recibiendo una vacuna.

    Los «escépticos» de las vacunas también insisten en que la vacuna salió muy rápido, que ahí hay «gato encerrado». Pero difícilmente te sabrán explicar cómo es que se desarrolla una vacuna.

    Explicaciones explicar la rapidez del desarrollo de la vacuna abundan. Una de las razones por las que la vacuna salió en menos de un año es que las investigaciones no comenzaron desde cero. Había ya mucho camino recorrido gracias a los «hermanos» del Covid, el SARS y el MERS.

    Otra de las razones es que, dado los estragos que causa la pandemia, había demasiado interés en tener una vacuna. Sí, los intereses económicos de «los poderosos» están alineados con los intereses de la población en general. A todos, a la farmacéutica malévola, al gobierno, a ti y a mí nos conviene tener la vacuna.

    Los sospechosistas nos quieren convencer de que «algo nos están queriendo ocultar», pero no saben bien qué o cómo: nos dicen que el virus fue creado en un laboratorio para contagiarnos y hacer dinero con ello. Pero eso es un absurdo porque la pandemia no ha hecho más que golpear a muchos sectores económicos. Muchas transnacionales han visto pérdidas en sus cuentas producto de la reducción del consumo producto de la pandemia.

    Pero así como no pueden explicarnos cómo es que se desarrolla una vacuna o cómo funciona, tampoco pueden explicarnos bien en qué consiste esta conspiración. Y lo preocupante es que este «escepticismo» solo va a traer consecuencias adversas a la población en general.

    La sana duda y el escepticismo son válidos, pero para eso se investiga, no se supone. Cualquier persona sensata que haga un esfuerzo en investigar se dará cuenta que gran parte del miedo a las vacunas no tiene fundamento alguno.

  • La segunda ola del Covid y México. Solo nos queda el caos

    La segunda ola del Covid y México. Solo nos queda el caos

    La segunda ola del Covid y México. Solo nos queda el caos

    Últimamente me he sentido muy frustrado, ¿saben? La segunda ola (sin que siquiera hubiese terminado la primera en nuestro país) está aterrizando en nuestro país y apenas va a comenzar lo peor, no solo por la naturaleza de dicha segunda ola, sino porque no estamos preparados en lo absoluto.

    La segunda ola es inevitable porque está impactando en prácticamente todo el mundo, pero evidentemente este impacto terminará de variar de acuerdo con la cultura del país en cuestión, el contexto socioeconómico y la calidad de las políticas públicas impuestas ahí.

    Llega, sí, casi al mismo tiempo en que las vacunas van a comenzar a aplicarse, pero el efecto de las vacunas va a tardar unos meses en notarse para toda la población en general. Esto quiere decir que las vacunas no nos van a salvar en el corto plazo. Es como si tu casa se estuviera quemando y tienes la esperanza en que el cuerpo de bomberos se comprometió en llegar en 15 minutos, no te puedes sentir aliviado porque tu casa se va a seguir quemando en lo que llega.

    Mientras la segunda ola comienza a revolcarnos, las camas de los hospitales comienzan a escasear y cada vez más gente morirá porque no había cama ni ventilador, pensamos que nos habíamos salvado de eso, pero no es así.

    Las autoridades terminan obligadas a «suspender» actividades, con el impacto económico que ello implica (y que habría sido menor si, como cualquier país decente hizo, hubiera dado apoyos tanto a personas como a empresas que no dio). Lo nuestro es un caos total.

    Y es que todo falla por todos lados. Si los países más preparados están en un serio aprieto (véase Reino Unido y la nueva cepa que tiene a los ingleses en aprietos) imagínense lo que va a ser para nosotros.

    En nuestro país el Gobierno Federal lo ha hecho mal: no han hecho más que enviar mensajes confusos y contradictorios, no han hecho más que tomar pésimas decisiones de política pública (nos juraron que la estrategia iba a ser evitar la saturación en los hospitales, hasta cifras nos presumían y ahora ni eso). Luego ha habido una terrible descoordinación con las entidades federativas. Cada quien su estrategia. No ha habido nada cercano a un consenso, todos van por su cuenta.

    Mientras esto ocurre, a una gran parte de la sociedad literalmente le vale madre: bodas multitudinarias, grandes posadas, gente que va al tianguis sin cubrebocas. No es que sea el único país en el que pase, hasta en las naciones desarrolladas aparecen esas actitudes de free rider, pero allá al menos hay una autoridad mientras que acá el mismo gobierno alimenta estas conductas y dan incentivos para ellas porque ellos mismos hicieron como que no pasaba nada, López Obrador ni siquiera se molesta en usar cubrebocas, López-Gatell dice en TikTok que no lo cuestionen a él por las actitudes de AMLO que porque él sí usa el cubrebocas cuando en el pasado nos dijo literalmente que no servían.

    Y ante este vacío podríamos pensar que vendría algún liderazgo que trate de llenarlo, pero en vez de ello tenemos a figurines como Salinas Pliego, quien, por cuidar sus ingresos, ha expuesto a sus más de 90,000 empleados y ha utilizado los medios a su alcance (desde los noticieros de TV Azteca hasta su cuenta de Twitter) para invitarnos a no tomar medidas y vivir la vida.

    Claro está, la conspiranoia y el escepticismo absurdo (que claramente se vuelve más agudo cuando las autoridades no hacen bien su trabajo de informar y han perdido su legitimidad para hacerlo) en el que la gente cree que el Covid no existe, que el dióxido de cloro es más efectivo que las vacunas, que hay un plan por parte de Bill Gates para controlar el mundo y demás teorías absurdas,

    Y mientras tanto, diariamente siguen muriendo decenas de personas. Ciertamente, muchas de esas muertes eran inevitables, pero otras podrían haberse salvado si no fuera por la ineptitud del gobierno y la indiferencia de un sector de la sociedad. Los muertos se convirtieron en mera estadística (y ni siquiera están bien contados), parece que se volvieron completamente irrelevantes para la gente (a menos que le toque a un cercano suyo) y, peor aún, para el mismo gobierno que anda concentrado en construir sus obras faraónicas o presumirnos paisajes desde el avión.

    Luego podría pensar que al menos en pocos meses los sectores más vulnerables van a estar vacunados y la mayoría de todos nosotros en unos pocos más. Podría sentirme aliviado porque las elecciones del 2021 son un incentivo para que el gobierno, ahora sí, haga bien su trabajo. Me temo que, debido a las experiencias reiterativas con este gobierno, lo menos que uno puede hacer es guardar profundo escepticismo: sí, el gobierno debe liderar el suministro de vacunas, pero que hospitales privados no puedan comprar por su cuenta las suyas es un completo absurdo, y también lo es que no exista coordinación alguna entre Estado e iniciativa privada para el suministro.

    Por eso solo nos queda el caos. Por eso solo nos queda tomar nuestras medidas de forma personal y privada en un entorno hostil y adverso, y aquí sólo quien tenga la información adecuada (que uno tiene que buscar por sí mismo) tendrá más posibilidades de protegerse contra el virus.

  • Maradona humano, demasiado humano

    Maradona humano, demasiado humano

    Maradona humano, demasiado humano

    Cierto es que Diego Armando Maradona Franco fue un jugador genial. La genialidad no queda a debate. Maradona fue hecho un mito en tiempos donde todos los mitos han sido sujetos de una deconstrucción muy abrasiva (y tal vez de más). 

    Quienes lo vimos jugar (aunque en ese entonces estaba muy chico) sabíamos del genio que el argentino tenía en sus pies. Quienes no lo vieron jugar afortunadamente tienen Youtube para poder ver sus grandes proezas. Fue una cosa de otro mundo, fue uno de esos destellos que el futbol solo da de cuando en cuando. Seguramente, junto con Pelé, el mejor jugador del siglo XX.

    Basta ver ese golazo que le metió a Inglaterra en el mundial de México 86 y con la herida de la Isla de las Malvinas muy reciente. El Diego se fue solo con el balón, se llevó a la media, a la defensa, al portero, a todos, y metió el mejor gol de todos los tiempos.

    https://www.youtube.com/watch?v=jOz2uGMTA2w

    Pero justo en ese mismo partido metió ese otro gol, ese que no habla de la proeza, sino de la trampa: la mano de dios. 

    Maradona tuvo la gran suerte de que el árbitro no viera tan grosera mano que el resto del Estadio Azteca sí vio: una mano que fue de alguna forma, si no sé si determinante (aunque fue el que abrió el marcador), sí muy relevante en el triunfo de Argentina que, a la postre, los llevaría al campeonato. Una actitud antideportiva que le pudo merecer una tarjeta (tal vez roja) se convirtió en un mito en sí mismo. El nombre que se le dio, “la mano de Dios”, es toda una contradicción: de los dioses se puede esperar una virtud que el ser humano terrenal es incapaz de alcanzar; la mano, por el contrario, es totalmente opuesta a cualquier manifestación de virtud y sería algo más parecido a alguna representación del mal.

    Diego Armando hizo felices a muchos. Cierto es que el futbol es un espectáculo, pero dentro de ello a los argentinos les dio muchas glorias y algo de lo que sentirse orgullosos. Maradona fue una suerte de reafirmación nacional: “nosotros tenemos a Maradona”, “el genio es argentino”. Me atrevo a decir que la rebeldía de Maradona encajaba bien dentro de ese arquetipo que los argentinos sentían que necesitaban y, en parte, ello también explica la mitificación de la que ha sido sujeto. Sin duda Maradona tenía personalidad, imponía, hacía lo que quería. Nunca se llegó a crear un mito de ese tamaño ni siquiera con Pelé, tampoco con Messi quien, aunque a mi juicio es aún más talentoso de lo que fue Maradona, se queda corto en cuanto a mitificaciones. 

    Pero no todas las rebeldías son buenas. Cierto es que muchos rebeldes suelen agitar las estructuras sociales y sus convenciones para exhibir sus carencias, cierto es que es la rebeldía la que hace que este mundo no sea tan rígido y predecible. Pero las rebeldías mal encausadas generan efectos adversos, y la de Maradona fue, en muchas ocasiones, una mal encausada, ya que no era que se rebelara necesariamente contra las injusticias, sino que llegaba a causarle algún agravio a alguien más (e incluso a sí mismo).

    Fue esa rebeldía la que le llevó a consumir drogas, y si no lo hizo para mejorar su desempeño en la cancha, sí a sabiendas de lo que ello le podía acarrear en su carrera profesional. El problema no es que haya consumido drogas, sería incorrecto estigmatizarlo por ese hecho en sí (la gente cae en las drogas por muchas razones), sino por el contexto, por el daño que le hizo a su carrera, porque creyó que era invencible y lo podía todo, y no era así.

    Maradona perdió casi todo ese lapso que va de 1990 a 1994 donde todavía tenía la edad para seguir brillando, y regresó ese mismo año para participar en el Mundial de Estados Unidos donde metió un gol pero donde volvió a ser sancionado por dar positivo en el antidopaje. Ahí se acabó su carrera como futbolista, luego jugó un pequeño tiempo en Boca Juniors pero eso ya fue como un “tiempo extra”, como un homenaje a lo que fue. 

    Tanto la garra y el deseo de lucha como sus carencias explicaron también lo que siguió. Maradona logró ser entrenador de la Selección Argentina llevándola a los cuartos de final para luego ser eliminada por Alemania de una forma humillante. Tuvo su propio programa de televisión, se hizo amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez, deambuló como entrenador de algunos equipos en Asia, otros en Argentina, entrenó a los Dorados de Sinaloa e incluso fue rechazado por el Atlas de Guadalajara a quien pidió trabajo seguramente porque sus finanzas no eran nada sanas. Sin duda, Maradona habría sido aún más genial si no hubiese sido víctima de sus pasiones. Pero Maradona no supo administrar su fama. Afortunadamente para él, su talento con los pies era tanto, que aún con sus excesos y falencias, pudo brillar y de gran manera (fortuna que no se pueden dar otros futbolistas).

    Como persona su vida fue de claroscuros. Empezó y se construyó desde abajo, desde Villa Florito, comenzó a destacar por su excepcional talento y esfuerzo. Fue leal y compasivo en ocasiones, fue un déspota y un hijo de… en otras: tuvo hijos no reconocidos, golpeaba a su ex esposa, agredía a la prensa y, al mismo tiempo, podía ser un buen amigo o podía llorar por su país. No era, como dice López Obrador, alguna persona que siempre haya defendido sus ideales y haya sido congruente con ellos, era como cualquier ser humano en ese sentido que profesaba una cosa y hacía otra, o más bien ni le ponía atención a ello y hacía lo que se le pegaba la gana.

    La izquierda latinoamericana ha puesto un esfuerzo monumental en mitificarlo: un hombre venido de abajo y que se codea con los líderes socialistas del subcontinente. Basta ver cómo Eduardo Galeano se refiere a él, como el «dios más humano de los dioses»:

    «Es un Dios sucio de barro humano, se nos parece mucho: pecador, mentiroso, fanfarrón, mujeriego, le gusta el trago como a nosotros. Es el más humano de los dioses y por eso muchísima gente se reconoce en él«

    Eduardo Galeano

    Ciertamente, Galeano no se equivoca del todo cuando dice que Maradona comenzó a ser admirado por ese gol «sucio» (el de la mano de Dios) pero él, como muchos, se subieron a esa mitificación y convirtieron casi en objeto de culto a todos sus pecados porque es un dios «de abajo» que toma, que es mujeriego, como la gente «del barrio». En este sentido, el arquetipo de Maradona no es muy diferente a aquel del populista latinoamericano: alguien visto como un padre, admirado, alabado, venido de otro planeta, pero que, al mismo tiempo, es «parte de nosotros», es «pueblo».

    Así, bajo esa mitificación, se relativizan sus fallos, e incluso se le victimiza: el pobre hombre que no pudo controlar la fama y cayó en las drogas, casi como si no tuviera capacidad de decisión y fuera víctima de su contexto. Pero Maradona en este sentido no puede ser visto como un buen ejemplo. Peor aún es que sean varios de esos fallos los que han creado el mito de Maradona: la mano de dios es un mito, hasta canciones se le han hecho con ese nombre.

    Maradona dejó toda una cultura tras de sí, incluso iglesias que giran en torno a su persona. La Argentina contemporánea no se puede entender sin él, es parte de su historia moderna. Maradona es un objeto de culto y muy posiblemente el futbolista más alabado de la historia, el que ha generado más fanatismo irreflexivo tras de sí.

    Tristemente, El Diego se fue de este mundo por consecuencia de sus errores, pero sin duda sus virtudes futbolísticas quedarán en la memoria. Era evidente que su estado de salud (desde hace mucho tiempo) no era el más estable, tenía ya dificultades para hablar e incluso hace más de una década tuvo que operarse después de un increíble sobrepeso. Era obvio que su modo de vida iba a cobrar factura a su cuerpo y así lo hizo.

    Y lo que queda es hacer un juicio justo sobre su persona, los matices y los contrastes son groseros. ¿Maradona el genio del futbol, el que vino de abajo, el que tenía una gran garra? ¿O el Maradona impulsivo, agresivo, mujeriego y misógino? Porque eso sería lo justo, reconocer y admirar sus aciertos, pero también hacer lo propio con sus errores que también lo definen. Ese partido de México 86 contra Inglaterra resume quien fue Maradona. El primero, el virtuoso: el del gol del siglo, el segundo, el tramposo: el de la mano de dios.

    Y si fue un dios con la pelota, fue terrenal, muy terrenal sin ella.

  • En defensa de las personas que sobresalen

    En defensa de las personas que sobresalen

    En defensa de las personas que sobresalen

    En México hay un dicho que dice que solemos ser como cangrejos, que no nos gusta ver a los demás sobresalir y por consecuencia nos encargamos de «bajar» a quien busca destacar.

    Si bien, no he visto algún estudio que muestre evidencia empírica de que nos destaquemos por ello, y si bien no creo que sea algo exclusivo de México, sí es algo que, a mi parecer, comúnmente sucede. Sí parece haber una fuerza gravitacional que trata de empujarte a la medianía.

    Para el caso de este texto, tomaré el concepto sobresalir como algo muy general y que consiste en ser un outlier sobre algo dentro de una distribución dada. Es decir, mientras que la mayoría de la gente está relativamente cerca de la mediana, el outlier se ubica en el extremo positivo de esta.

    Para explicarlo de esta forma tomemos como referencia esta gráfica que hice con base a los ratings que el juego FIFA 18 da a los jugadores de las ligas más importantes. Si bien los ratings no son exactos (hay mucha subjetividad a la hora de dar una calificación a los futbolistas), el rating trata de alguna manera corresponder con la realidad.

    Cada punto gris es un futbolista, los que están dentro de la «caja» son los que están más cerca del promedio (los que están justo en la línea del medio son la mediana estadística) y los que se encuentran en las secciones punteadas en los extremos son los outliers. Evidentemente, los de la izquierda son los que «sobresalen» por ser malos y los de la derecha son los que sobresalen por ser buenos, entre esos puntos nos vamos a encontrar a Messi, a Cristiano Ronaldo, a Mbappe. Son 93 jugadores de los 17,592 jugadores que tiene la base de datos.

    De igual forma podemos saber que los actores famosos de Hollywood son outliers con respecto a todos lo que se dedican a la actuación o que las bandas de rock que aparecen en los festivales lo son con respecto a todas las bandas de rock existentes (incluida la que tiene tu vecino). Sin embargo, hay que recalcar que los outliers lo son con respecto a su contexto. Por ejemplo, sabemos que los jugadores mexicanos de futbol profesional son outliers con respecto de todos los mexicanos que juegan futbol, pero difícilmente lo serán con respecto a todos los jugadores de todas las ligas del mundo (como lo ilustra esta gráfica) y tal vez solo uno o dos alcanzarán a tener ese privilegio.

    Tomando como referencia esta contextualización, se puede decir que, con respecto de todos tus amigos, al que le va muy bien en los negocios es un outlier con respecto al conjunto de tus amigos, el que se destaca en todo tu grupo de amistades por ser el que es muy bueno para contar chistes también lo es, aunque no lo sea a nivel nacional.

    Además hay que hacer otro señalamiento: el outlier lo es en algo, no en todo. Messi es un outlier como futbolista, pero no lo es hablando de política (aunque seguramente habrá algún ingenuo que le de gran relevancia a su opinión porque… Messi). Dicho esto, la proporción de las personas que son outliers en cualquier cosa con respecto a todo el conjunto es más grande que la proporción de personas que lo es con respecto a algo en específico. Entonces, si te pones a analizar a todos tus amigos y parientes, te encontrarás que varios destacan en algo y tal vez tú también lo hagas: uno es el mejor haciendo chistes, el otro es un gran atleta, y otro se destaca por saber mucho de filosofía.

    Y justo es con los outliers con los que tenemos un problema, nuestra cultura no es muy amable con ellos.

    ¿Por qué? Porque nos confronta, porque la gente cree (y creo que esto es algo completamente erróneo) que si alguien destaca en lo que uno no lo hace siente que pierde valía como persona, y como ello le molesta y le afecta a su ego, entonces se sentirá «orillado» a evitar que esa persona sobresalga cuestionándola, poniéndole piedras en el camino e incluso poniendo su entredicho su honor.

    ¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase «tiene éxito, seguro robó o seguro fue por palancas»? Es cierto que la suerte puede jugar cierto papel como lo muestra esta gráfica que toma la fecha de nacimiento de esos mismos jugadores profesionales de futbol. Vaya, si quieres ser futbolista profesional y naciste en febrero, tal vez tengas un poco de más suerte.

    Pero aún así, la suerte nunca podrá explicarlo todo, ésta siempre tiene que conjuntarse con algún talento o capacidad del individuo. Creo que a la sociedad no nos es difícil detectar a quien ha llegado a la fama por favores pero no tiene mérito alguno.

    Pero negando ese mérito o los talentos de la persona en cuestión y afirmando que todo es circunstancial, la gente sentirá que en realidad no sobresale, que hay una injusticia ahí, ¡problema solucionado! ¡Ya no me siento un mediocre o un inepto porque el otro solo tuvo suerte o privilegios! Es cierto, allá afuera hay gente que logra sobresalir de formas dudosas y antiéticas (políticos corruptos, empresarios que roban, personas que hicieron trampa), pero no nos hagamos, nos encanta agarrar de las piernas al que se eleva para que no se suelte de nuestro mundo de la medianía.

    Esta cultura de no dejar sobresalir al que sobresale se vuelve muy nociva, porque la distinción entre los outliers y quienes no lo son no es un juego de suma cero. Los que se encuentran en la medianía (de hecho, todos nos encontramos en la medianía de casi todas las cosas) en realidad no salen perjudicados por la existencia de outliers (lo cual es, a su vez, inevitable), por el contrario.

    No hay nada de malo que haya gente que destaque en algo y nosotros no, es lo más natural. Es terrible que creamos que se trata de una competencia y que nuestra valía deba ser dada en comparación con los demás.

    Peor aún, no es extraño que una persona que sea un outlier en un ámbito, se frustre porque no lo es en el otro. Imaginemos una persona que es brillante en el mundo de la computación pero que no sea un casanova tratando de ligar con el género opuesto y sienta una abundante envidia al ver a su amigo o amiga que se caracteriza por sus dotes de ligue.

    Pero la existencia de outliers es, a la larga, benéfica para todo el conjunto:

    Por ejemplo, es posible que tu amigo brille en el mundo de los negocios y tú no tanto, pero es muy posible que él te enseñe algunas estrategias de negocio que hagan que te vaya mejor de lo que te iría o te eche la mano en caso de que entres en una crisis económica. El amigo que hace muy buenos chistes hace más amenas las reuniones, el amigo que sabe muchísimo de filosofía te podrá decir por qué libro debes comenzar si quieres adentrarte en el tema.

    Los outliers (obviamente hablamos de aquellos que destacan en cosas virtuosas y no nocivas) abonan de alguna manera al progreso de la sociedad. Son ellos quienes, por sus características, logran romper con la monotonía y el mecanicismo que caracterizan a nuestras sociedades. Los outliers ejercen una suerte de fuerza gravitacional sobre el resto, son los que publican los libros que nos enamoran, son los que desarrollan los inventos que mejoran la calidad de nuestras vidas, son los que nos inspiran.

    Y si prescindiéramos de ellos, condenaríamos a nuestra sociedad a la irrelevancia y de ahí a su colapso.